sábado, 28 de marzo de 2009

El templo interior (I): La Estrella Interior. Templo y Liturgia. Santidad


El esquema que se ha ido dibujando en estas breves entradas al blog coloca a Dios unido al hombre por medio de la sacralidad. Ahora nos tocaría preguntarnos cómo afecta la sacralidad a nuestro interior, ya que el sentido de “lo sagrado” es posibilitar re-unirnos con la Divinidad.

Vimos que la realidad se nos revela como sagrada y que por medio de ella podemos acercarnos a Dios. Los dos ejes, espacio y tiempo, se alían para religarnos con Dios por medio el la revelación contenida en las analogías de las que el universo está lleno. Estas analogías nos llevan a tener certeza de Dios y de la existencia de un objetivo por el que todo lo creado. Encontramos el sentido de todo y todos, que es el Logos, Cristo. Pero el espacio y el tiempo sagrados no son un fin en si mismos, ya que actúan sobre el hombre como medios para facilitar su reunión de Dios. Espacio y tiempo sagrados se cruzan en el punto que somos cada uno de nosotros. La sacralidad penetra hacia el interior de cada uno de nosotros buscando encontrar resonancia. Si no resonamos a igual frecuencia y fase, que el mensaje sagrado, seremos incapaces de reconocer la revelación y utilizarla como medio de reunión con Dios.

El Templo interior y la Liturgia interior se suelen asimilar a una estrella, una estrella que brilla en nuestro interior. La estrella interna llena de luz al Templo interior y marca el ritmo de la Liturgia interior. El cristianismo le llama santidad y no es más que transformación que el Espíritu Santo obra en nosotros cuando le permitimos ser el protagonista de nuestra vida. Cristo nos dijo "Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo" (Mt 5, 48), por lo que la santidad es más que una opción. Es un mandamiento. La santidad se puede comparar con la transparencia de nuestro ser a la Voluntad de Dios. Cuando somos transparentes al Espíritu, la Estrella Interna brilla en nosotros y puede iluminar a quien se acerca.

La resonancia interna se produce a nivel del ser: emocional, volitivo e intelectual, por medio de la intuición, vivencia y conocimiento de la revelación. Allá donde el intelecto no puede penetrar con facilidad, la intuición nos permite empezar a abrir sendas por las que caminar. No es lógico pensar en un re-ligamiento con Dios de carácter parcial, ya que representaría una contradicción con la plenitud de Dios actuando en nosotros. Por esto es necesario utilizar emoción, voluntad e intelecto de manera simultánea y no priorizar una sobre otra vía. Una mística únicamente emotiva, el activismo o intelectualidad encerrada en sí mismo, nos condiciona a ver parcialmente la grandeza de lo creado y revelado. Entiéndase mística como el camino de acceso al “Misterio Cristiano” en su parte abarcable por nuestras limitaciones humanas y personales. Limitaciones que son, en parte, debidas a nuestra naturaleza humana y en parte, nuestras características personales.

En nuestro interior existe un espacio-tiempo sagrado de características diferenciadas al espacio-tiempo externo. Entendemos que este espacio sagrado interno se asimila con nuestra persona y nuestra persona empieza a ser sagrada en el propio cuerpo físico tal como indica San Pablo: "
¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, que tenéis de Dios, y que no sois vuestros?" (1 Cor. 6:19). Pero sin olvidar que el cuerpo la representación física de lo que somos cada uno de nosotros: "Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que entra en el hombre puede hacerlo impuro; lo que lo hace impuro es lo que sale de él. El que tenga oídos para oír, que oiga" (Mc 7, 14).

La doctrina de la Iglesia nos indica que por medio del sacramento del bautismo nos hacemos templos del Espíritu Santo, pero la gracia del sacramento no es suficiente para hacer transparente nuestra naturaleza caída y limitada. La Estrella Interior de cada bautizado se hace posible de manera similar (análoga) a la realidad del espacio-tiempo arquitectónico-litúrgico. Desde los sólidos cimientos que representan la gracia recibida en el bautismo, hasta los muros y las bóvedas de crucería que se van construyendo por medio de los demás sacramentos y por el “sacrificio” voluntario de cada persona. Entiéndase sacrificio como “sacrum facere”, hacer algo sagrado mediante un acto o acción sagrada. Entiéndase el sacrificio como el camino activo y dócil que nos lleva hasta la santidad.

Esta estructura sacramental se hace sólida por medio del cultivo y asimilación de las virtudes. Fe, esperanza y caridad son las tres columnas que sostienen nuestro interior que se vuelca constantemente hacia fuera. Las virtudes cardinales son prudencia, justicia, templanza y fortaleza se constituyen en los muros de nuestro templo interior. Las demás virtudes actúan como la cubierta del templo que nos separa de los pecados, destructores de nuestra unidad interna:
  • Humildad se antepone a la soberbia
  • Generosidad se antepone a la avaricia
  • Castidad se antepone a la lujuria
  • Paciencia se antepone a la ira
  • Moderación se antepone a la gula
  • Caridad se antepone a la envidia
  • Diligencia se antepone a la pereza

En este punto es conveniente recordar la actitud de Jesús ante los comerciantes que ocupaban el templo vendiendo los animales para los sacrificios rituales. El templo tiene que estar libre de economías y componendas profanas. La santidad no se compra ni se vende. La santidad es un don que Dios construye en nosotros siempre que se lo permitamos. La santidad es la actitud interior y su proyección al exterior, que conforman un tipo de liturgia que nos re-liga con la Divinidad a cada paso o acción que realicemos. La máxima benedictina “Ora et labora” se nos aparece como un camino de acceso a religar nuestro tiempo interior profano con la divinidad, creando un vínculo temporal sagrado.

La oración es uno de los caminos de sacralidad interior más desarrollados en el cristianismo. Cuando la oración se une al canto se sublima adquiriendo belleza y sincronía con la creación. Cuando la oración cantada se ve al unísono en los espacios sagrados interior y exterior, los ejes de espacio-tiempo interiores y exteriores se unen para formar un continuo. De esta unión surgen las experiencias místicas sobrenaturales por las que algunos santos han logrado acceder a una revelación de Dios particular y vivificante. Me pregunto si el “agua viva” a la que se refería Jesús en el pozo de Samaria:

“Jesús le respondió: Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.” (Jn 4, 13-14)

El agua se utiliza como símbolo de purificación. Cuando se bebe el agua sagrada, que purifica nuestro interior, exterior e interior sagrado se unen y por medio de esa unión accedemos a Dios.

No es raro encontrar oraciones que nos permiten dejar atrás nuestro pensamiento profano para adentrarnos en al contemplación de todo lo creado y en la revelación de Dios. Oraciones como pueden ser el rosario, la oración de Jesús o la coronilla de la misericordia, nos permiten llenar esos momentos de ociosidad mental que nos desligan de la realidad separándonos de Dios manifestado. Vivir, trabajar, actuar en silencio interior y que en ese silencio resuene una plegaria de unidad, es un sacrificio formidable. Es hacer sacralidad interior y llevarla al exterior profano para así sacralizarlo por medio de nuestra voluntad activa y creadora, que se deja guiar por la voluntad Divina.

Sacramentos, virtudes y oración constituyen nuestro espacio-tiempo sagrado interior. Gracias a este templo y a la liturgia que hayamos creado dentro de nosotros será posible resonar con la revelación externa a nosotros. Al mismo tiempo, este espacio sagrado es generador de sacralidad que se vuelca al exterior por medio de nuestras actitudes vitales y nuestro compromiso con la obra de Dios.




sábado, 14 de marzo de 2009

El Mensaje Sagrado

Ya hemos visto que la revelación de la Divinidad se puede vivir directamente en el espacio y el tiempo sagrado. Hemos visto que esta sacralidad es solo perceptible si se conoce el lenguaje especial en que la expresa, ya que necesita de una hermenéutica especializada para ser comprendida. Esta hermenéutica es un lenguaje y por lo tanto un mensaje que recibimos. Un Mensaje que es Cristo mismo que se manifiesta en el Evangelio, la Buena Noticia. Según vayamos comprendiendo el lenguaje en que está expresada la sacralidad, iremos asimilando toda la plenitud de al revelación contenida en todo y todos los que nos rodean. Sin no disponemos de las claves para comprender lo que se nos revela siempre es posible acceder a nivel intuitivo a la sacralidad que se nos presenta ante nosotros. Si no tenemos ni el conocimiento ni la intuición necesarias, lo que se nos presente como sagrado carecerá de todo significado y perderemos el hilo que nos une con Dios.

No es raro hoy en día oír y ver a personas hablar sobre el carácter pagano de determinados símbolos, rito o escritos considerados sagrados por las Iglesias cristianas tradicionales (occidental y oriental). Por ejemplo, se oye decir que los católicos adoramos a un supuesto "dios sol", basándose en que hacemos al sol símbolo de Cristo. De igual forma, se suele oír que creer que el pan consagrado es el mismo Cristo es una evidente idolatría. Cuando alguien se expresa de esta manera, solo demuestra que desconoce el lenguaje sagrado y la revelación que Dios hace de Su propia naturaleza; además de ignorar la revelación contenida en las sagradas escrituras. Las existencia de simbologías asimilables solo indica que se utiliza un lenguaje simbólico común, que además es el utilizado por Dios para revelarse a los hombres desde el inicio de los tiempos.

Fijémonos en las Sagradas Escrituras ¿por qué les llamamos sagradas? Son sagradas debido a que las consideramos Palabra de Dios y Mensaje Divino. Las consideramos como una revelación debido a que nos comunica aspectos de Dios que no podríamos conocer si no se desvelan. El ejemplo más claro que apoya esto lo encontramos en las parábolas que nos legó Jesús por medio de los Evangelios. Por medio de unas narraciones aparentemente simples, Jesús nos comunica aspectos sobre Dios, el Reino de Dios, la Verdad, etc, que son todo menos simples y evidentes.

Es interesante reseñar que el Mensaje Sagrado se comunica por los mismos medios y lenguajes que se consideran vehículos artísticos: palabra, pintura, escultura, música, etc. Podemos hacer un rápido repaso sobre cómo se comunica la revelación utilizando estos lenguajes artísticos, apoyándonos en citas de diversos autores.

Empezamos por el arte sagrado de la pintura, donde el mejor exponente de su función sagrada es el Icono. Un icono es sagrado en cuanto nos revela a Dios mediante el arte del escritor de iconos. Jean Hani nos habla sobre qué es un icono y cómo debe ser entendido el mensaje contenido en el:

El ícono es el perfecto ejemplo de arte sagrado. En su campo, realiza perfectamente la representación de las realidades celestiales, de los arquetipos eternos; de este modo es un soporte de influencia espiritual y desempeña un papel que las autoridades eclesiásticas competentes no dudan en llamar sacramental. Es fuente de bendición e instrumento de contemplación; de bendición por el tema sobrenatural que representa según una regla canónica y que irradia su fuerza de bendición; de contemplación porque conduce de lo sensible a lo inteligible, de lo terrenal a lo celestial, a las verdades eternas, pues el icono es una visión del Cielo.

Porque el tema fundamental de todo icono, ya sea un retrato o un tema con varios personajes, es el hombre; pero precisemos enseguida: no el hombre terreno, en su estado terreno y su apariencia física, sino el hombre redimido y ya resucitado que vive en el Paraíso en la contemplación de Dios. Si esto es así, es porque todo icono deriva del icono primordial que sirve de modelo a todos los demás: el de Cristo. Como precisaron los Padres de Nicea, este icono es una prolongación de la Encarnación, es la imagen del Dios Hombre, que a su vez es imagen arquetípica del Hombre Dios, o sea el modelo de lo que tiene que ser el hombre creado «a imagen de Dios» cuando «se convierte en lo que él mismo es».” [1]

El canto como unión perfecta de música y oración nos ayuda a focalizar el ánimo, espiritualidad y la atención durante las celebraciones litúrgicas. En el diario de Raissa Maritain, una admirable mujer, poeta y contemplativa (1883-1960) podemos encontrar la siguiente cita:

"Necesidad de los cantos en la iglesia: canto del coro, canto de los fieles, canto de los mundos. La palabra es demasiado seca, demasiado limitada para expresar tal Amor. Es preciso el canto esplendido o el silencio que es otro lirismo, el del amor unificador que une al propio Júbilo divino." [2]

El amor al que se refiere Raissa es un amor revelado mediante el canto litúrgico, ya que no es algo a lo que podamos acceder por nosotros mismos.

En al arquitectura o escultura sucede lo mismo. Las estructuras espaciales incorporan niveles de significado y simbolismo que permiten ser leídos por aquellos que están preparados para ello. Quienes no lo están pueden disfrutar de la revelación por medios intuitivos.

“No olvidemos que el arte románico está lleno de símbolos y que, como decía Plotinio, el hombre sabio es aquel que en una cosa lee otra. Por todo ello, sugeriría que el arte románico- y más concretamente su percepción simbólica anagógica- actuara como tal anzuelo para personas hambrientas de un significado más profundo. A partir de allí pueden comenzar a elaborar una actitud de concientización que les capacitará para moverse en un proceso de interiorización, de modo que puedan integrar el significado de un símbolo, revolucionando los presupuestos ortodoxos que separan actualmente el conocimiento del observador de la concepción de la realidad de su experiencia.[3] (Malvis)

El mensaje sagrado difícilmente puede mostrarse de manera pragmática y científicamente analítica, ya que significado excede al capacidad de comunicación de evidencias. Pero es admirable que el mensaje se exprese de manera especialmente fidedigna utilizando cualquiera de los medios artísticos antes citados.

También es interesante la opinión que el cardenal Tomas Spidlík da sobre lo el mensaje sagrado que es transmitido por el arte:

“El arte que se manifiesta en los iconos, en la imagen sagrada y en la liturgia. Cuando se enseña la doctrina sólo con los conceptos racionales, evidentemente el misterio es muy limitado. En cambio, el símbolo mantiene la plena riqueza de significados. No hay que entender el símbolo como atributo decorativo. La palabra símbolo hay que entenderla a la letra, como signo visible e inmediatamente perceptible de la realidad que indica. Por eso Jesús habló siempre con parábolas, con símbolos; y la liturgia oriental está llena de símbolos, es un icono vivo.” [4]


San Juan dice que Cristo es el Logos, es decir lo que expresa y da sentido a todo lo creado. Por eso Cristo es el Evangelio, la Buena Noticia que se manifiesta y comunica a nosotros. Cristo nos dice que todo y todos tenemos sentido en Él y que ha venido al mundo para comunicarlo. El Mensaje Sagrado no es más que Cristo manifestado a los seres humanos, el Logos. No se trata de nada oculto, aunque comprender este Misterio sea imposible para el ser humano. 

[1] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.
[2] El diario de Raissa.(2009) Maritain, Raissa p60. Jaques Maritain Editor.
[3] La nueva percepción simbólica. Cada símbolo posee niveles de interpretación diferentes. (2005) Malvis. http://www.circuloromanico.com/index.php?menu_id=5&jera_id=65&page_id=59&cont_id=70
[4] Entrevista al Cardenal Tomás Spidlík. (2003). http://www.30giorni.it/sp/articolo.asp?id=2220

domingo, 8 de marzo de 2009

El tiempo sagrado

Tan sublime y perfecta es la inmensa montaña, imperturbable frente a nosotros, como el sutil y perfecto es el canto del pájaro en la mañana.

El espacio sagrado muestra la armonía estática del universo. El tiempo sagrado muestra la armonía dinámica de la creación.

El segundo eje sobre el que se construye nuestra realidad es el tiempo. El tiempo es una percepción que solo podemos ponderar por medio de la percepción de cambios externos a nosotros. La intuición del “Panta Rhei” de Heráclito, “todo fluye”, no es más que una constatación de la existencia de la existencia del tiempo como factor de cambio permanente a nuestro alrededor. Podemos diferenciar entre tiempo “físico” o científico y tiempo vivencial o “humano”. El tiempo físico es una magnitud cuantizable, medible, comparable, mientras que el tiempo humano es una percepción personal. Esta percepción personal se basa en los eventos que suceden y en nuestra relación con ellos.

Pasemos al concepto de tiempo sagrado. Podemos definir tiempo sagrado como cualquier sucesión de eventos por medio de los cuales nos acercarnos a la Divinidad, a Dios. En este punto nos encontramos con una incongruencia… si Dios es inmutable, ¿Cómo podemos acercarnos o unirnos a El mediante el tiempo? Esta aparente incongruencia se desvela si lo comparamos con el concepto de espacio sagrado. Si Dios es absoluto ¿Cómo se desvela o une a nosotros por medio de un espacio limitado? En el espacio sagrado, decíamos que la armonía que encontramos en el universo se transfiere mediante analogías a un espacio físico. Mediante estas analogías estáticas y la armonía implícita en ellas, damos pasos para acercarnos a Dios. Con el tiempo pasa lo mismo: todo lo que nos rodea acontece secuencialmente en cadenas de causas y efectos. Si recreamos estos ciclos mediante la sucesión de acciones personales y/o colectivas, nos sentimos formar parte del universo. En esta sincronización hombre-universo hacemos nuestros los ciclos universales y mediante estos ciclos, nos acercamos a Dios.


En el Prefacio al volumen XI de su obra "Opera Omnia", Benedicto XVI nos ilustra el sentido cósmico de la Liturgia con esta certera frase:  “el carácter cósmico de la Liturgia representa algo más que la simple reunión de un grupo más o menos grande de seres humanos; la Liturgia se celebra en la amplitud del cosmos, abraza creación e historia al mismo tiempo". El cristiano sabe que en el cosmos Dios ha dejado su huella creadora y que esa huella es sagrada. Es decir, el cosmos nos acerca a Dios, porque es obra de su amor inifito.

En lo ciclos universales encontramos todo el sustrato de orden dinámico que sostiene el universo. Orden no tiene un único aspecto ligado a lo inmutable. Existe orden en toda causa que da lugar a un efecto. Este efecto puede ser causa que dará lugar al siguiente efecto y así hasta el infinito. Causa y efecto están ligados en un orden inmutable representado por las leyes universales. Este orden excede el primario concepto de inmutabilidad que solemos tener y plasmar en el concepto de Divinidad. Contemplando el orden cíclico y las leyes que lo mantienen, nos acercamos mediante analogías o símbolos a la perfección divina.

De igual forma que un templo muestra la armonía estática del universo, en los ritos recreamos por analogía y simbolismo, el orden dinámico universal. Hablar de tiempo sagrado es hablar de ritos y rituales. Ritos que van desde un sencillo gesto hasta los grandes ciclos litúrgicos que se desarrollan durante uno o más años… o durante toda una vida. Participar en los ritos nos permite unirnos simbólicamente a la Voluntad de Dios por medio de nuestra participación en estos ciclos. Los simbólico es real como la vida misma, siempre que se haga vida en nosotros. Jean Hani [2] en su libro “Simbolismo del templo cristiano nos indica”:

… el año litúrgico es una reactualización siempre repetida de la vida de cristo y, por ello mismo, una regeneración individual del individuo. Por la repetición cada año del ritual, nos convertimos, de algún modo, en contemporáneos de Cristo y nos incorporamos, poco a poco sus misterios, hasta que El se «haya formado en nosotros (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Otro pasaje interesante del mismo libro indica que:

La liturgia anual se nos presenta como un «sacramento del tiempo»; ella integra el tiempo, el cual, si no, significa pura dispersión, en una perspectiva espiritual, mostrando que él es una de las formas que reviste la manifestación cósmica del Verbo Divino, y ella nos permite así «redimir el tiempo», según al viva expresión de San Pablo (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Pero debemos ser conscientes que los ciclos se integran en la liturgia por medio de los simbolismos. Podemos tomar como ejemplo el siguiente texto de Mons. Klaus Gamber[2]:
En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las Constituciones apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se menciona igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el Oriente. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: "¡Poneos de pie hacia el Señor!". Como se ve, aquí también hay un paralelismo entre el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.

La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es inmemorial, como igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto entre los judíos como entre los romanos.

Por ello el romano Vitrubio, en su tratado sobre arquitectura, escribe: "Los templos de los dioses deben estar orientados de tal forma que la imagen que se encuentre dentro del templo mire hacia el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos hacia el Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los sacrificios.


Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es cosa evidente. En su librito "Apologética ", menciona que los cristianos "rezan en dirección al sol naciente" (c.16). Esta orientación de la plegaria se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro (
Mons. Klaus Gamber. El altar católico)

Podríamos pensar que la Liturgia que puede ser creada sin más, a voluntad de las personas que tienen la capacidad de ello. Pero no se trata de esto. La Liturgia y las tradiciones asociadas tardan siglos en ir madurando, incorporando elementos y sintonizando con las personas que la viven. Una vez creada es necesario instruir a los fieles para que sean capaces de entender y vivir la Liturgia. Vivirla sin que la participación tenga que ser intervención. Es decir, que puedan hacerse parte integrante del tiempo sagrado y vivilo en su interior.

Cuando un los creyentes pierden la noción y el entendimiento del tiempo sagrado, olvidan el significado de los símbolos empleados y trasladan el centro de gravedad de su Fe desde la sacralidad al pragmatismo inmanente. Cuando se pierde el sentido del rito, se pierde uno de los dos ejes que liga nuestra realidad con Dios a través de la sacralidad. Si también se ha perdido el eje espacial, solo nos queda un vínculo con la Divinidad: nuestro interior. Si perdemos el lazo interior, se rompe todo puente hacia Dios, que es lo que está pasando en estos momentos. Roto el puente, la Divinidad y el ser humano se separan irremisiblemente. Todo lo que nos rodea pierde su capacidad de darnos muestras de Dios, con lo cual nos veremos arrastrados al infierno de lo inmediato, práctico y pragmático. Nos convertimos la agnosticismo socio-cultural que nos venden como cristianismo actual.


[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] El altar católico. Mons. Klaus Gamber. Tomado del la web: http://www.unavocecadiz.org/pdf/vueltoshaciaelsenor.pdf
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