domingo, 31 de mayo de 2009

Orden y libre albedrio

“Pero ¿quién es tan ciego que vacile en atribuir al divino poder y disposición el orden racional de los movimientos de los cuerpos, tan fuera del alcance y posibilidad de la voluntad humana? A no ser que se atribuya a la casualidad la maravillosa y sutil estructura dé los miembros de los más minúsculos animales, o como si lo que no se atribuye al acaso, pudiera explicarse de otro modo que por la razón, o como si por atender a las fruslerías de la vana opinión humana osáramos substraer de la dirección de la majestad inefable de Dios el orden maravilloso que se aplaude y admira en todo el universo, sin tener el hombre en ello arte ni parte.

Mas esto mismo plantea más problemas, pues los miembros de un insectillo están labrados con tan admirable orden y distinción, mientras la vida humana versa y fluctúa entre innumerables perturbaciones y vicisitudes.

Pero este modo de mirar las cosas se asemeja al del que restringiendo el campo visual y abarcando con sus ojos sólo el módulo de un azulejo de un mosaico, censurara al artífice, como ignorante de la ordenación y composición de tales obras; creería que no hay orden en la combinación de las teselas, por no considerar ni examinar el conjunto de todos los adornos que concurren a la formación de una faz hermosa. Lo mismo ocurre a los hombres poco instruidos, que, incapaces de abarcar y considerar con su angosta mentalidad el ajuste y armonía del universo, al topar con algo que les ofende, luego piensan que se trata de un desorden o deformidad inherente a las cosas.” (
San Agustín. Tratado sobre el orden)

San Agustín se encontraba con quienes negaban la existencia de Dios negando todo orden en el universo. Estos mismos atribuían a la casualidad lo que aparentemente parecía ordenado. Hoy en día es normal oír el mismo planteamiento, al que se une un profundo relativismo que concluye que ante la evidencia del orden, "éste puede ser interpretado como tal por una persona, pero para otra pweaon puede no se orden. Todo es relativo”… lo que es tanto como decir que todo es puro azar.

Aunque es evidente que todo es susceptible de ser relativizado, no lo es menos que la realidad se sustenta en absolutos evidentes y comprobables.

En la misma Obra San Agustín responde a este planteamiento de la siguiente manera:

“Respóndeme primero a esto: ¿por qué te parece que esa agua no corre fortuitamente, sino con orden? Que ella corra y sea conducida por acueductos de madera para nuestro uso y empleo, bien pertenece al orden, por ser obra razonable y de la -industria humana, que quiere aprovecharse de su curso para la limpieza y bebida, y justo es que se hiciera así, según las necesidades de los lugares. Pero que las hojas caigan del modo que dices, dando lugar al fenómeno que nos admira, ¿cómo puede relacionarse con el orden? ¿No es más bien obra de la casualidad?

- Pero - replicó él - al que ve claramente que nada puede hacerse sin suficiente causa, ¿puede ocurrírsele otro modo diverso de caerse las hojas? Pues qué, ¿quieres que te describa la posición de los árboles, y de sus ramas, y el peso que dio la misma naturaleza a las hojas? Ni es cosa de ponderar ahora la movilidad del aire que las arrastra, o la suavidad con que descienden, ni las diversas maneras de caer, según el estado de la atmósfera, el peso, la figura y otras innumerables causas más desconocidas. Hasta aquí no llega la potencia de nuestros sentidos y son cosas enteramente ocultas; pero no sé cómo (lo cual basta para nuestra cuestión) es patente a nuestros ojos que nada se hace sin razón. Un curioso impertinente podía continuar preguntando por qué razón hay allí árboles, y yo le responderé que los hombres se han guiado por la fertilidad del terreno.” (
San Agustín. Tratado sobre el orden)

Nada se acontece sin una razón, por lo tanto nada es azar en un universo conformado por leyes que ordenan lo que acontece según la eterna sucesión de causa-efecto. La física constantemente nos muestra que la complejidad del universo se construye sobre los pilares que son las leyes universales. Este es orden natural que constituye el cosmos que nos rodea.

Entonces, si todo es orden y está regulado… ¿Dónde queda nuestro libre albedrío? El ser humano tiene una serie de capacidades le permite sobrepasar el mecanicismo de las leyes universales: es consciente de si mismo y de lo que lo rodea. Tiene la capacidad de recordar y comparar pasado y presente para poder proyectar su voluntad hacia el futuro. Ninguna otra criatura conocida tiene esta capacidad. Por lo tanto, podemos elegir entre ajustarnos al orden natural o actuar de manera alternativa al mismo orden. Esto es el libre albedrío.

sábado, 23 de mayo de 2009

Las definiciones que se dan de Dios son inadecuadas. Sacramentos.

Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: «A Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, éste lo explicó» (Jn 1, 18ss).

Por eso algunos lo llamaron abismo, pues aunque abarca y contiene en su seno todas las cosas, es ininvestigable e interminable. Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: Si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes? No se le puede llamar adecuadamente «el Todo», porque el todo se aplica a lo extenso, y él es más bien el Padre del todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o limites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, éstos no se aplican en sentido estricto: cuando le llamemos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo otra cosa, hemos de usar estas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo que no ande errante en cualquier cosa.

Cada una de estas denominaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente. Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras: pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es inengendrado. Sólo resta que el Desconocido llegue a conocerse por gracia divina y por la Palabra que de él procede. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, recuerda que Pablo habló de este modo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23). (
Clemente de Alejandría, Stromata, 5, 81,2-82,4)

Dios solo puede ser conocido por medio de la Gracia Divina y de la Palabra que de Él procede. Esta afirmación de Clemente define sin duda que todo intento de acceder a Dios por nosotros mismos está condenado al fracaso. Solo Dios puede revelarse a nosotros.

Dios excluye cualquier demostración o definición que provenga de nosotros. Pero Dios se manifiesta en la creación y esa manifestación nos permite conocerle. La naturaleza forma parte del domino sagrado cuando nos da noticia de Dios. Dios también se manifiesta por medio de la Palabra, de Jesús, por lo que podemos también obtener noticia de Dios gracias a todo lo que Jesús nos legó. Las escrituras se muestran como parte importante de lo sagrado.

¿Dónde más podemos buscar a Dios? Lo podemos buscar en la Gracia que nos dona a cada uno de nosotros. Esta gracia constituye en si misma una impresionante teofanía, una manifestación de Dios. La gracia se recibe de muchas formas pero es mediante los sacramentos como más fácilmente anida en nosotros:

Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu (San Ambrosio de Milán, Los Misterios. 7,42)


¿Pero qué es un sacramento y cómo nos comunica con Dios?

La dimensión simbólica es la puerta de acceso a la sacramentalidad cristiana: "El simbolismo sacramental, al menos en su estado rudimentario, se remonta en definitiva a los orígenes de la Iglesia. Su aparición, muy primitiva, explica en gran medida el uso de la palabra mysterion que sirve para designar los ritos cristianos". Estos "ritos cristianos" tienen por finalidad la celebración del misterio de Cristo y, en concreto, el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús, Señor, dentro de la Fe cristiana. Estos ritos consisten en oraciones, lecturas y acciones litúrgicas simbólicas, las cuales sólo llegan a conocer ya comprender los iniciados. (Josep M Rovira Belloso, Los sacramentos, símbolos del espíritu)

Por medio de esa gracia conocemos personalmente a Dios y nos unimos a El… unir y conformar una unidad trascendente es la principal característica que define al símbolo sagrado, por lo tanto los sacramentos son símbolos sustanciales de Dios. Además, si ampliamos el símbolo hasta nosotros mismos, nos hacemos también símbolos de Dios.

Quizás sea San Ireneo de Lyon el Padre de la Iglesia que más ha profundizado en el sentido de comunicación y unión con Dios que contienen los sacramentos:

Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina.

Dios, que "habita una luz inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

El designio divino de la revelación se realiza a la vez "mediante acciones y palabras", íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente. Este designio comporta una "pedagogía divina" particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo
. (
Sobre San Ireneo de Lyón, tomado de la web: http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=5105 )

Aunque para muchos, los sacramentos son solo signos que dan noticia de la presencia de Dios, es necesario ser conscientes de que contienen algo más la información de esta presencia. Mediante los sacramentos podemos “sintonizamos” con Dios y así predisponernos a actuar en sinergia con todo lo que nos rodea, para beneficio del plan de Dios.

Por esta razón la confesión y la eucaristía han sido la columna de apoyo de gran cantidad de santos y virtuosos en la historia de la Iglesia. Y por la misma razón, estos sacramentos deberían ser columna de apoyo para cada uno de nosotros.

sábado, 9 de mayo de 2009

¿Qué es adorar?


Un certero comentario a la entrada anterior del blog me ha hecho reflexionar sobre la necesidad de dar una definición clara a la acción de adorar. Gracias Amador. Entre lo hermanos evangélicos y nosotros los católicos y ortodoxos existe una interminable controversia sobre este tema, lo que denota que aunque utilizamos la misma palabra, pensamos en diferentes cosas.

Podríamos hacer una revisión integral de las palabras hebreas y griegas que terminaron por traducirse por adorar en nuestra versión latina de la Biblia. Por si alguien desea tener esta información le recomiendo el texto: "El significado de la palabra adorar": Pulsa


Personalmente creo que es más constructivo revisar diferentes textos de las Sagradas Escrituras y reflexionar sobre ellos.

Partiendo de los textos del antiguo testamento se puede entender que en los tiempos antiguos la adoración presuponía una cierta actitud corporal. Adoraba quien realizaba genuflexiones, se ponía de rodillas, se agachaba hasta colocar la cabeza en el suelo, etc. En este pasaje del Éxodo podemos claramente esta actitud en Moisés:

"Entonces Moisés dijo: Por favor, muéstrame tu gloria... Jehová paso frente a Moisés y proclamo: ¡Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad, que conserva su misericordia por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que de ninguna manera dará por inocente al culpable; que castiga la maldad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación! Entonces Moisés apresurándose, bajo la cabeza hacia el suelo y adoro" (Ex. 33:18; 34:6-8).

Para Moisés adorar se ajustaba a una actitud corporal que mostraba su actitud interna. Pero ¿Qué actitud interna tenía Moisés?

Mircea Eliade hace una perfecta descripción del sentimiento que tiene el ser humano ante al Divinidad ya que ante nosotros se presenta como la majestad suprema (magestas) [1]. En ese sentimiento de majestad se esconde también el “mysterium tremens” de aquello que es otra cosa, que nos supera nos impresiona y desborda en toda nuestra naturaleza, tal como Rudolf Otto [2] tan certeramente indica. La combinación de majestad y misterio tremendo y fascinante, da lugar al miedo, al temor reverencial que nos hace taparnos el rostro, cerrar los ojos, arrodillarnos o caer a tierra en signo de total sumisión.

De nuevo Moisés nos sirve de ejemplo de esta actitud:

“Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
— ¡Moisés, Moisés!
— Aquí me tienes —respondió.
— No te acerques más — le dijo Dios —. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios.”
(Ex 3, 4-6)


Adorar desde el temor reverente nos lleva a explicitar claramente nuestra actitud de manera corporal. El terror incontenible nos rompe física y mentalmente, lo que explica que caigamos de rodillas y solo podamos pedir clemencia. Pero la adoración no es lo mismo que sumisión, que caer de rodillas o bajar la cabeza hasta el suelo. Si me arrodillo para orar junto a la cama… evidentemente no estoy adorando a la cama. En los tiempos de Jesús ya eran normales comportamientos cínicos que reproducían físicamente el patrón de la adoración por temor reverente, únicamente para mostrarse como seres piadosos y ser considerados, por los que los vieren, como personas dignas de santidad.

Por eso en el nuevo testamento Jesús nos presenta de una nueva manera de entender la adoración a Dios donde las expresiones físicas pasan a segundo plano. Podemos recordar el pasaje de la Samaritana:

Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". (Jn 4,21-24)

Ahora la adoración deja de presentarse de manera corporal para adecuarse a un nuevo paradigma, más auténtico y profundo. El temor no es el sentimiento que aparece al contemplar de cerca de Dios. Frente a Jesús las personas no demuestran el temor reverencial que hasta entonces se asimilaba a la adoración. Ahora aparece el amor y la misericordia como motivos principales de admiración hacia Dios. Jesús se acerca a la Samaritana y esta le interpela desde la confianza y la cercanía. Habla de Dios como algo diferente a una potencia inconmensurable. Jesús nos dice que nuestra actitud deberá pasar de ser corporal a ser espiritual de forma inminente, al desaparecer el Templo de Jerusalén.
El sentimiento de temor reverencial, producido por la inmensa e insondable majestad, se transforma en inmenso amor y misericordia, tal como Jesús muestra. El misterio de Dios concebido como poder, en el tiempo de Moisés, se transforma en un nuevo misterio revelado tal como es revelado por Cristo. Ambos misterios son igual de tremendos, majestuosos. Revelan igualmente el inabarcable poder de Dios. Ambos revelan al mismo Dios, pero el primero lo hace por medio de la cultura y la concepción de Dios de su tiempo y el segundo directamente por gracia de la Palabra Divina. De la transformación de la revelación de Dios a nosotros proviene la diferencia del icono que podemos crear para entender la revelación.

Del icono de Dios destructor de los enemigos, sediento de sangre de quien le desobedece se pasa a un icono repleto de bondad y misericordia. Dios es el mismo pero el vehículo de al revelación es diferente.

Hay otro pasaje interesante en el Nuevo Testamento, esta vez tomado del relato de las tentaciones de Jesús:

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme". Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto". (Mt. 4, 8-10)

El diablo quiere regalar el mundo a Jesús con la sola condición de que le adore y se postre ante el. Jesús dice que solo se debe adorar a Dios y solo a El hay que dar culto. Rechaza al diablo y a su mundo.

Jesús no reconoce al diablo como objeto de adoración. No puede adorarlo ya que no es Dios. Dios une, el diablo separa. El mundo como lugar lleno de roturas, divergencias y disputas es el reino del diablo y como tal se lo ofrece a Jesús. Jesús, que vino a recrear el Reino de Dios en al tierra, sabe que lo que se le ofrece no es unidad, sintonía y concordia entre lo Dios y los hombres, y entre los seres humanos. No puede aceptar el ofrecimiento ya que lo que se le ofrece es una inmensa mentira.

Adorar es primeramente reconocer quien es Dios y colocarlo en el centro de lo que somos. No es necesario postrarse para adorar. El solo reconocimiento de qué simboliza Dios y qué es su imagen, representa la mejor y más indiscutible adoración. Es cierto que tras el reconocimiento puede venir la sumisión, correspondiente a postrarse ante Dios. Pero esta sumisión no es algo pasivo, precisamente es todo lo contrario. Es una actitud activa frente al desorden y rotura. Una actitud de cura y unión de lo fragmentado.

Podemos traer otro texto más del Nuevo testamento.

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas. (Mc. 12,28-34)

En este caso Jesús vuelve a hacer prevalecer lo espiritual sobre las actitudes y ritos. Los ritos y por lo tanto la liturgia, parten de una actitud, un conocimiento y un reconocimiento previo. Sin esa actitud vital, conocimiento y reconocimiento de lo que se representa, todo lo que hacemos estará hueco y sin sentido. En el fondo lo que haríamos sería adorar al diablo por medio de la aceptación de la apariencia desprovista de fondo y profundidad. Adoraríamos al sinsentido que nos separa y nos rompe. Quizás ganaríamos aparentemente el mundo, pero nos perderíamos a nosotros mismos.

Adorar es amar a Dios sobre todas las cosas y además amar al prójimo a uno mismo. Las posturas corporales solo tienen sentido tras el amor entregado a Dios y a nuestro hermanos.

Tal como dijimos en una entrada anterior amar a Dios es conocer y comprender a Dios por medio de la revelación. Adorar es aceptar que Dios existe y luchar por entender su revelación e incluso pedir humildemente llegar ser nosotros mismos revelación de lo Eterno.



[1] Lo sagrado y lo profano, (1998) Eliade, Mircea. Editorial Kairos
[2] Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, (1980) Otto, Rudolf. Editorial Alianza.

viernes, 1 de mayo de 2009

La Verdad de Dios. Rechaza la idolatría.


Jeremías, ese profeta tan sabio, o mejor, el Espíritu Santo por Jeremías, nos muestra a Dios. Dice:


"Yo soy un Dios cercano, no un Dios lejano. Si un hombre hiciera algo en un escondrijo, ¿no lo veré Yo? ¿No lleno los cielos y la tierra? Dice el Señor."


Por otra parte, de nuevo nos dice por Isaías: "¿Quién medirá el cielo con la palma y toda la tierra con el cuenco de su mano?". Mira la grandeza de Dios y conmuévete. Adoremos a este de quien afirma el profeta: "Ante tu faz se derretirán las montañas como la cera se derrite ante la faz del fuego".


Éste es Dios, dice, "el que tiene como trono el cielo y la tierra como escabel". "Si abriera el cielo se apoderaría de ti el temor".

¿Quieres también oír lo que dice este profeta sobre los ídolos? Se colocarán ante el sol y sus cadáveres servirán de alimento a las aves del cielo y las fieras de la tierra. Se corromperán bajo el sol y la luna los que les amaron y sirvieron. Y su ciudad será arrasada.


Dice que los elementos y el cosmos perecerán con ellos también: "La tierra –afirma– envejecerá y el cielo pasará", "pero la palabra del Señor permanece para siempre".


¿Y cuando, en otra ocasión, Dios quiso manifestarse a sí mismo por medio de Moisés? "Ved, ved que soy Yo, y no hay otro Dios fuera de mí". "Yo daré la muerte y la vida. Heriré y sanaré. No hay nadie que se libre de mis manos".



Pero ¿quieres oír otro oráculo? Tienes todo el coro de profetas, los compañeros de Moisés. ¿Qué dice el Espíritu Santo por Oseas? No dudaré en decirlo: "Ved que Yo he dado fuerza a la tormenta y he creado el viento". Sus manos establecieron el ejército del cielo.


Y también por Isaías (te recordaré esta palabra): "Yo soy, Yo soy, afirma, el Señor, que proclama la justicia y anuncia la verdad. Reuniros y venid. Deliberad a la vez los que estáis salvados de todas las naciones. No me han conocido los que erigen un trozo de madera como su ídolo y suplican a dioses que no les salvan". A continuación prosigue: "Yo soy Dios y no hay otro justo fuera de mí, y no hay otro salvador fuera de mí. Volveos a mí y seréis salvos los del confín de la tierra. Yo soy Dios y no hay otro. Lo juro por mi nombre".



Rechaza a los idólatras diciéndoles: "¿Con quién compararéis al Señor? ¿A qué imagen haréis que se asemeje?" "¿No fabricó el artesano una imagen y el orfebre fundió el oro y la doró?". Lo mismo ocurre en esto.


¿No sois vosotros aún idólatras? ¡Venga, tened miedo de sus amenazas! No se quejan las esculturas y las obras hechas por hombres, sino más bien los que confiaban en ellas, pues la materia es insensible. Incluso afirma: "El Señor hará temblar las ciudades habitadas y tomará en su mano toda la tierra habitada como si fuera un nido".

¿Por qué te anuncio los misterios de la sabiduría y las sentencias de un niño hebreo, totalmente instruido? "El Señor me estableció al comienzo de sus caminos con vistas a su creación"; y "el Señor otorga la sabiduría y de su boca brota ciencia e inteligencia".


"Perezoso, ¿hasta cuándo estarás acostado? ¿Cuándo despertarás de tu sueño? Si fueras diligente, te llegaría tu cosecha como una fuente". Es el Logos del Padre, la buena luz, el Señor que nos trae la luz, la fe y la salvación para todos. "El Señor que hizo la tierra con su poder, restableció la parte habitada con su sabiduría", como dice Jeremías. Pues nosotros habíamos caído en los ídolos, pero la Sabiduría, que es su Logos, nos encamina hacia la verdad.


Ésta es la primera resurrección de la caída. Por eso el admirable Moisés, alejándonos de toda idolatría, grita con hermosas palabras: "Escucha, Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es uno solo". "Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás".


Ahora, pues, hombres, comprended según aquel bienaventurado salmista David: "Aprended la lección, no sea que el Señor se irrite y perezcáis fuera del camino justo, pues su cólera se inflama de repente. ¡Venturosos los que a Él se acogen!". (Clemente de Alejandría. Protréptico título VIII)



¿Quiénes son los idólatras a los que se refiere Clemente? Podemos fijarnos lo que Dios dijo por medio de Moisés: “Escucha, Israel, el Señor es tu Dios, el Señor es uno solo"



Dios es Uno solo, no es multiplicidad. En Dios, en la Divinidad, todo se integra, se une y tiene significado. Fuera de la Divinidad aparece la multiplicidad, la dispersión y la ausencia de razones comunes. Dios se manifiesta a nosotros por medio de lo sagrado, que al ser reflejo de la Divinidad, esta sacralidad integra, une y da significado a todo. Por eso la sacralidad es ante todo simbólica, entendiendo simbólica como la propiedad de representar de forma unitaria e integrada tanto lo representado como todo lo que depende de ello.



¿Cuándo actuaremos de forma idólatra? Cuando demos carácter de verdad a aquello que separa, rompe y disgrega. Los ídolos tienen un significado que se puede calificar como diabólico, ya que nos separa de un entendimiento y unión con todo lo que nos rodea.



Las representaciones sagradas hacen referencia a al Divinidad utilizando el sentido simbólico que las convierte en iconos. Los iconos reflejan y conducen a Dios. Por lo tanto adorar, un icono es idolatría. ¿Por qué? Si en un icono se pierde “Lo Representado” se pierde el carácter y sentido de mediador simbólico con la Divinidad.



¿Cómo saber si nuestra actitud frente a lo sagrado es idólatra? Si utilizamos lo sagrado para separar, atacar o romper, estamos cometiendo idolatría, ya que estamos poniendo la representación sobre lo representado. La representación de lo Divino se puede respetar, venerar y hasta admirar… pero nunca adorar.



Por ejemplo, cuando se utilizan las sagradas escrituras para atacarnos unos a otros, estamos poniendo la revelación sobre el revelado. Esto se hace más patente si somos conscientes de que estamos incumpliendo el mandato expreso de Cristo: Amaos los unos a lo otros como yo os he amado. Amad a vuestros enemigos. Este hecho se relata perfectamente en primera epístola de San Juan:


“Quien dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la Palabra que habéis escuchado. Y sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo - lo cual es verdadero en él y en vosotros - pues las tinieblas pasan y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.” (1 Jn 2, 4-11)


Dios une, nunca separa. Si nuestro 'dios' es un 'dios separador', lo que realmente adoramos en un ídolo creado a nuestra medida.
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