domingo, 24 de abril de 2011

Cristo ha resucitado!!! Feliz y Santa Pascua

El Triduo Pascual se cierra con la Vigilia de Pascua. Liturgia maravillosa llena de signos del plan de salvación elaborado por Dios. Retomando las Catequesis de San Cirilo de Jerusalén, podemos detenernos en este fragmento: 

¿Quién es el que resucita y cuáles son sus signos? Lo dice con evidencia continuando el mismo texto profético? «Convertiré entonces la lengua de los pueblos» (Sof 3, 9) como quiera que después de la resurrección tras el envío del Espíritu Santo, se dio el don de lenguas (Hech 2, 4), «para que invoquen todos el nombre de Yahvé y le sirvan bajo un mismo yugo» (Sof 3, 9). ¿Y qué otro símbolo se añade, en el mismo profeta, de que servirán al Señor «bajo un mismo yugo?» «Desde allende los ríos de Etiopía, mis suplicantes, mi Dispersión, me traerán mi ofrenda» (3, 10). Ves que eso está escrito en los Hechos cuando el eunuco etíope llega desde los confines de los ríos de Etiopía (Hech 8, 27). Las Escrituras señalan, por tanto, el momento y las circunstancias de tiempo y lugar, además de los signos que siguieron a la resurrección. Ten, pues, una fe firme en la resurrección y que nadie te aparte de confesar a Cristo resucitado de entre los muertos. 

Recibe también otro testimonio del salmo 88, cuando es Cristo el que proféticamente dicen: «Yahvé Dios de mi salvación, ante ti estoy clamando día y noche» (Sal 88, 2) y, poco después: «Soy como un hombre acabado: relegado entre los muertos» (88, 5). No dice «soy un hombre acabado», sino «como un hombre acabado»: no ha sido crucificado porque le falten fuerzas, sino voluntariamente. Ni tampoco le llegó la muerte por una debilidad involuntaria. «Me has echado en lo profundo de la fosa». Y, ¿cuál fue la señal de esto?: «Has alejado de mí a mis conocidos». De hecho, huyeron sus discípulos (Mt 26, 56). «¿Acaso para los muertos haces maravillas?» (Sal 88, 11). Y, poco después: «Mas yo grito hacia ti, Yahvé, de madrugada va a tu encuentro mi oración». ¿Es que no ves cómo también se aclaran las circunstancias de tiempo tanto de la pasión como de la resurrección? 

Pero dicen insistentemente: Es un muerto recientemente difunto que ha sido resucitado por un vivo, pero mostradnos que es posible que resucite un muerto de tres días y que sea llamado de nuevo a la vida un hombre que esté ya tres días sepultado. Pero, si buscamos una tal prueba, nos la suministra el Señor Jesús en los evangelios al decir: «Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches» (Mt 12, 40; cf.Jon 2, 1). Y cuando indagamos con cuidado la historia de Jonás, es grande la semejanza con lo nuestro. Jesús fue enviado a predicar la conversión: también Jonás (1, 2 es) fue enviado (a lo mismo). Pero éste, al no saber el futuro, huye: aquél, en cambio, accedió a anunciar la penitencia de salvación. Jonás dormía en la nave, y lo hacía profundamente (1, 5) mientras el mar estaba encrespado por la tempestad: también, cuando Jesús se encontraba durmiendo, se encrespó el mar por determinados designios (Mt 8,2 4-25), para que después se reconociese el poder del que estaba durmiendo (8, 27). Aquellos decían: «¿Qué haces aquí dormido? ¡Levántate e invoca a tu Dios! Quizás Dios se preocupe de nosotros y no perezcamos» (Jon 1, 6). Y aquí dicen al Señor: «¡Señor, sálvanos!» (Mt 8, 25). Allí decían: «¡Invoca a tu Dios!». Y aquí; «¡sálvanos!». Aquél dice: «Agarradme y tiradme al mar, y el mar se os calmará» (Jn 1, 12). Este, «increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza» (Mt 8, 26). Aquél fue a parar al vientre de la ballena (Jon 2, 1), pero éste descendió por su propia voluntad al lugar donde la muerte tragaba a los hombres. Descendió voluntariamente para que la muerte vomitase a aquellos que se había tragado, según aquello que está escrito: «De la garra del sheol los libraré, de la muerte los rescataré» (Os 13, 14). 

Llegados a esta parte del discurso, consideremos si es más difícil que un hombre sepultado salga del suelo. ¿O acaso no se deshace y se corrompe un hombre en el vientre de un cetáceo, tragado en las vísceras cálidas de un ser vivo? ¿Quién ignora que es tanto el calor que hay en el vientre que deshace incluso los huesos que se devoran? Y Jonás, tras habitar tres días y otras tantas noches en el vientre de la ballena, ¿no estaría corrompido y deshecho? Siendo idéntica la naturaleza de todos los hombres, y no pudiendo vivir sin respirar el aire, ¿cómo pudo vivir tres días sin él? Responden los judíos y dicen: Juntamente con Jonás, cuando se agitaba en el sheol, descendió el poder de Dios. Dios daba así vida a su siervo otorgándole su poder. ¿Y no podía Dios darse ese poder a sí mismo? Si aquello era creíble, también esto lo es; y si esto no se puede creer, tampoco aquello. A mí ambas cosas me parecen igualmente creíbles. Creo que Jonás fue protegido, pues «para Dios todo es posible» (Mt 19, 26). También creo que Cristo resucitó de entre los muertos. Tengo múltiples testimonios de esta realidad, tanto de las Sagradas Escrituras como del mismo Resucitado, todos válidos hasta el día de hoy: el que descendió a los infiernos solo volvió acompañado de muchos, pues descendió a la muerte y muchos cuerpos de los santos que habían muerto fueron resucitados por él (Mt 27, 52). (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis XVI, fragmento) 

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¿Qué hacemos mirando su tumba vacía?
¡Cristo Vive! ¡Ha Resucitado!
Alegría loor y gloria en los cielos y la Tierra.
Dios ha elevado al Sol de Justicia por encima de quienes injustamente lo condenaron...
y ahora ilumina al mundo y a todo aquel que lo acoge en su corazón.
Amén 

¡Feliz Pascua!

jueves, 21 de abril de 2011

Triduo Pascual. La Cruz - Tierra Santa

Antes de entrar en las reflexiones sobre el Viernes Santo y la Cruz, tengo que recordarles cariñosamente que el Viernes Santo también es el día que se realiza la colecta pro Tierra Santa.

Seamos generosos con nuestros hermanos de Tierra Santa. Ellos son las piedras vivas que vivifican el cristianismo perseguido y repudiado en la misma Tierra del Señor. La inmensa labor de la Custodia Franciscana de Tierra Santa es inmensa. Los franciscanos de Tierra Santa son verdaderos héroes desconocidos por la mayoría de los católicos. Si pueden, visiten su página Web y disfruten de la cercanía de estos hermanos tan queridos.


Se siente conmovido ¿Quiere ayudar? Pónganse en contacto con el Centro de Tierra Santa en Madrid. Fr. Teodoro les guiará hacia las Comisarías de Tierra Santa y Asociaciones de Amigos más cercanas. No dejen pasar este tren. No se arrepentirán.

Volviendo al Viernes Santo, comparto con ustedes este texto de San Cirilo de Jerusalén:

En cualquier acción de Cristo se gloría la Iglesia católica. Pero el colmo de estas glorias es la cruz. Pablo, con conocimiento del asunto, dice: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! (Gál 6, 14). Sin duda fue admirable que un ciego de nacimiento recuperase la visión en Siloé (Jn 9). Pero, ¿en qué afectaba esto a todos los ciegos del mundo? Grande es, y más allá de toda naturaleza, que Lázaro, muerto de cuatro días, resucitara (Jn 11, 39-44). Pero ésta es una gracia que a él sólo le alcanzó. ¿Qué tenía esto que ver con todos los que en todo el mundo estaban muertos por sus pecados? (Ef 2, 1 ss; Rom 3, 23). Es admirable que cinco panes diesen alimento, como si manase de cinco fuentes, a cinco mil hombres (Mt 14, 21). Pero, ¿qué es esto en comparación con los que en todo el mundo se encontraban sometidos al hambre de la ignorancia? (Am 8, 11). Es admirable que una mujer fuese totalmente liberada tras haber estado atada por Satanás durante dieciocho años (Lc 13, 10-13). Pero míranos a todos, que estamos sujetos por las cadenas de nuestros pecados. En cambio, la corona —o incluso la gloria— de la cruz, iluminó a los que estaban ciegos por la ignorancia, liberó a los que estaban sujetos por el pecado y rescató a todos los hombres.

No te asombre que haya sido redimido el orbe entero. Pues no era un simple hombre, sino el unigénito Hijo de Dios, el que moría por esta causa. Ciertamente, el pecado de un único hombre, Adán, pudo introducir la muerte en el mundo. Pero si por la caída de uno reinó la muerte en el mundo, ¿por qué no habrá de reinar mucho más por la justicia de uno sólo?. Y si en aquel momento, a causa del leño del que (nuestros padres) comieron, fueron expulsados del paraíso (cf. Gén 3, 22-24), ¿acaso los que crean no habrán de entrar ahora, por el leño de Jesús, mucho más fácilmente en el paraíso? Si el primer hombre, hecho de la tierra, trajo a todos la muerte, ¿acaso quien lo hizo de la tierra (Gén 2,7), siendo él mismo la vida (Jn 15, 5 ss), no le dará vida eterna? Si Pinjás, inflamado de celo, matando al autor del delito, aplacó la ira de Dios (Núm 25, 7-11), Jesús, sin matar a nadie, sino entregándose a sí mismo como rescate (I Tim 2, 6), ¿acaso no deshará la cólera contra los hombres (Rom 1, 18)? (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis XIII, fragmento)

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Comparto mis humildes reflexiones con ustedes. La Cruz es un escándalo y al mismo tiempo una llamada de Dios. La Tradición señala que la Cruz es mucho más que un instrumento de tortura. La Cruz es símbolo, reflejo y analogía de la voluntad de Dios. Se pueden encontrar sus ecos en muchos pasajes de la Biblia, tal como San Cirilo nos indica. La serpiente que forjó Moisés para salvar a quienes eran picados por serpientes. El árbol de la Vida que hizo caer a la humanidad y ahora la eleva. Al pecado de desobediencia de Adán y Eva que se contrapone la virtud de la obediencia extrema de Cristo. El deseo de querer ser como Dios, que se enfrenta al inmenso amor de Dios al hacerse hombre y morir por nosotros.

¿Cómo algo puede ser tan sobrecogedoramente cruel y maravillosamente alegre? La voluntad de Dios actúa más allá de nuestra comprensión y por los medios que estima adecuados en cada momento. Ante este tremendo misterio solo podemos arrodillarnos y adorar a Dios a través de la Cruz.

miércoles, 20 de abril de 2011

Triduo Pascual. La Cena del Señor


En las vísperas del Tríduo Pascual, no viene mal echar en vistazo a las catequesis de San Cirilo de Jerusalén. Sobre la institución de la Eucaristía, nos dice lo siguiente:

Incluso esta sola enseñanza de Pablo sería suficiente para daros una fe cierta en los divinos misterios. De ellos habéis sido considerados dignos y hechos partícipes del cuerpo y de la sangre del Señor. De él se dice que «la noche en que fue entregado» (I Cor 11, 23), nuestro Señor Jesucristo «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió» (1 Cor 11, 23-24) «y, dándoselo a sus discípulos, dijo: "tomad, comed, éste es mi cuerpo". Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: "Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre"» (Mt 26, 26-28). Así pues, si es él el que ha exclamado y ha dicho acerca del pan: «Este es mi cuerpo», ¿quién se atreverá después a dudar? Y si él es el que ha afirmado y dicho: «Esta es mi sangre», ¿quién podrá dudar jamás diciendo que no se trata de su sangre?

En una ocasión, en Cana de Galilea, cambió el agua en vino (Jn 2, 1-10), que es afín a la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre? Invitado a unas bodas humanas, realizó aquel prodigio admirable. ¿No confesaremos mucho más que a los hijos del tálamo nupcial les dio para su disfrute su propio cuerpo y sangre?

Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura de pan se te da el cuerpo, y en la figura de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4).

En cierta ocasión, discutiendo Jesús con los judíos, decía: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53). Pero como aquellos no entendiesen en sentido espiritual lo que se estaba diciendo, se retiraron ofendidos (Jn. 6, 60) creyendo que les invitaba a comer carnes.

Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo le va bien al alma.

Por lo cual no debes considerar el pan y el vino (de la Eucaristía) como elementos sin mayor significación. Pues, según la afirmación del Señor, son el cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque ya te lo sugieren los sentidos, la fe te otorga certidumbre y firmeza. No calibres las cosas por el placer, sino estate seguro por la fe, más allá de toda duda, de que has sido agraciado con el don del cuerpo y de la sangre de Cristo. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis XXII, Fragmento)

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Hace un rato he estado conversando con una pareja de Testigos de Jehová de los que van de puerta en puerta intentando “desenmascarar” la Tradición en que sustenta la Iglesia. Es triste constatar todo lo que pierden al despreciar la Tradición y quedarse en la “sola escritura”, además cambiando muchos pasajes de la Biblia para que se ajusten a sus ideas. Cuando les hablas con caridad y con conocimiento, se despiden con cordialidad. Dios vaya con ellos.

Entre todo lo que dejan atrás, estas personas pierden la Eucaristía y todos los sacramentos. ¿Cómo se puede vivir sin el pan el Cielo? ¿Cómo se puede vivir sin el vínculo sacramental que nos liga y relaciona con Dios? Ruego para que llegue un día que recapaciten, vuelvan a la Iglesia renovados y compartan con nosotros la comunión que nos une y nos da sentido. Recemos por ellos y tratémoslos con afecto.

sábado, 16 de abril de 2011

Feliz 84 Cumpleaños Santo Padre


Oramos por usted porque sabemos que la carga que lleva en sus hombros 
es pesada y compleja.
Sabemos que ser guardián de la tradición latina que ilumina occidente, 
es un inmenso honor y una responsabilidad de 
proporciones descomunales.

Que pase un día feliz y que Dios le guarde en su vida y le ilumine.
Gracias  por entregar su vida a tan maravillosa causa.
Dios le bendiga

miércoles, 13 de abril de 2011

La Paciencia

La virtud del alma llamada paciencia es un don de Dios tan grande que El mismo, al dárnosla, pone de relieve la suya esperando que se corrijan los perversos. Aunque Dios nada puede padecer —y el termino paciencia se deriva de padecer (paciencia vero a patiendo)— no solo creemos con firmeza que Dios es paciente, sino que además así lo confesamos para nuestra salvación. Pero ¿hay quien pueda explicar con palabras la calidad y la grandeza de la paciencia de Dios, que no padece, v sin embargo no permanece impasible, e incluso afirmamos que es pacientisimo? No puede explicarse su paciencia, como tampoco su celo, su ira y otras cosas semejantes. Pero su paciencia, pensando estas cosas a nuestra manera, con toda seguridad no se da en El del mismo modo. Nosotros no sentimos ninguna de estas cosas sin sufrir molestias, y no podemos ni sospechar que Dios, cuya naturaleza es impasible, sufra tribulación alguna. Así, tiene celos sin envidia, ira sin perturbación, se compadece sin sufrir, se arrepiente sin que le sea necesario corregir una maldad propia. De este modo, es paciente sin pasión. Pero ahora voy a exponer, si el Señor me lo concede y la brevedad del presente discurso lo consiente, la naturaleza de la paciencia humana de modo que podamos entenderla y , así, nos mas sea fácil tenerla. (San Agustín, Tratado sobre la paciencia, Cap.I)

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Recordé hace un par de días el breve tratado de San Agustín sobre la Paciencia. Aquí les traigo el capítulo I que sirve de introducción a este breve texto. Les recomiendo que lean todo el tratado. Es un texto breve, pero lleno de sabiduría práctica. 

Se pregunta San Agustín cómo es la paciencia de Dios Evidentemente, su paciencia es de naturaleza diferente a la nuestra. Nuestra paciencia conlleva sufrimiento, la de Dios no. Suelo pensar que la paciencia es la virtud que mejor nos hace sentir el significado del sacrificio. ¿Por qué? Porque el sufrimiento que conlleva no es dolor físico ni ofuscación mental, pero duele en la médula de nuestro ser. Aceptar este dolor y entenderlo como la voluntad de Dios, es un sacrificio maravilloso. Nos acerca a la naturaleza atemporal y eterna de Dios mismo.

El impaciente no soporta esperar que el plan de Dios se desarrolle. Desea dar un salto y superar el tiempo y el espacio que le separan de lo deseado - esperado - necesitado. Al menos para mi, se hace evidente que el enemigo actúa a sus anchas en este terreno.

Me vienen a la memoria dos pasajes bíblicos. El primero es la tentación de la serpiente a Adán y Eva. ¿Por qué este pasaje? Porque Dios creó el árbol del que no debían comer y lo puso delante suya para algo. Quizás para probar la paciencia asociada a la naturaleza humana de nuestros primeros padres. El tentador les dijo que si comían de la fruta serían como Dios... y no fueron capaces de esperar a que Dios les dijera la razón de que no pudieran comer. Fueron impacientes y eso les hizo desobedecer a Dios. 

El segundo pasaje está en Padre Nuestro: "Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo" ¿Somos capaces de esperar a que la voluntad de Dios dé sus frutos? Difícil ¿verdad?¿Los queremos ya mismo? ¿Qué es lo que  realmente queremos? Saciar nuestros deseos antes que la voluntad de Dios se cumpla.

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Señor, danos la capacidad de negarnos a nosotros mismos para seguirte.
Danos la capacidad de tomar la Cruz de nuestra naturaleza caída 
y soportar el peso de la espera que conlleva.
Cura nuestra naturaleza para que
sepamos dejar que el tiempo se mueva
según tu voluntad.
Amén.

lunes, 11 de abril de 2011

Sacrificio

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Que dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto –dice–, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor (San Agustín. Sermón 19,2-3)

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Nos acercamos a la Pascua y todavía tenemos tiempo de reflexionar sobre el inmenso Misterio que se nos presenta por delante, una vez más, en la Semana Santa. Es el Misterio de la muerte y resurrección de Cristo.

Pero ¿Qué podemos hacer nosotros? Somos tan limitados, tan variables. Podemos hacer penitencia, que no solo mortificación y desprecio hacia nosotros mismos. Si entendiéramos de forma tan negativa la penitencia despreciaríamos el reflejo de Dios que habita en nosotros. Se trata de sacrificarnos. Es decir: sacrum facere… hacer sagradas nuestras actitudes. Unirnos a la voluntad de Dios por encima de nuestra volunta personal, como tan claramente nos indica San Agustín. “Así nuestra voluntad coincide con la de Dios” y así se cumple la plegaria del Padre Nuestro “Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo”.

El sacrificio es penitencia con sentido, no solo penitencia basada en inflingirse dolor sin objetivo alguno. Debemos de orar, dar limosna y hacer penitencia en Cuaresma, pero todo ello con el sentido de unirnos a Dios cumpliendo su voluntad.

No es nuestro dolor lo que busca Dios sino nuestra capacidad de negarnos a nosotros mismos para seguirle y así realmente encontrar la dicha eterna. Dios nos ayude.

miércoles, 6 de abril de 2011

¿Tengo remedio, Señor?

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón. (San Agustín. Sermón 19,2)

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¿Soy un hombre sin remedio? ¿Miro a los demás buscando su pecado? ¿Estoy preparado para morderles, despreciando corregirles con caridad y afecto? ¿Soy de los que acusan a los demás para ocultar mis culpas e impotencias?

¿Quien puede pedir perdón a Dios realmente? Quien no se perdona a si mismo. Dios es el que perdona y nos da la Gracia que nos convierte. Nosotros, a lo sumo, podemos olvidar nuestros errores sin llegar a transformarnos. Reflexionando sobre este texto se encuentran muchas claves del sacramento de la reconciliación y porque es como es y no de otra forma.

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Señor perdona nuestros pecados y sobre todo,
perdona que olvidemos que el perdón que convierte
sólo puede provenir de Ti.
Amén

viernes, 1 de abril de 2011

No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud

En efecto, en aquel tiempo el Señor ejerció todo su poder para que en su persona se cumplieran todos los misterios que la Ley anunciaba refiriéndose a él. Porque en su Pasión llevo a término todas las profecías. Cuando, según la profecía del bienaventurado David (Sl 68,22), se le ofreció una esponja empapada en vinagre para calmar su sed, la aceptó diciendo: “Todo se ha cumplido”. Después, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Jesús, no sólo realizó personalmente lo que había dicho, sino que llegó a confiarnos sus mandatos, para que los practicáramos. Aunque los antiguos no habían podido observar los mandamientos más elementales de la Ley (Hch 15,10), a nosotros nos prescribió de guardar los más difíciles gracias a la gracia y del poder que vienen de la cruz. (Epifanio de Benévent (siglos V – VI), obispo. Comentario sobre los cuatro evangelios, PLS 3, 852)

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Hoy en día es difícil entender que la ley no cambia ni se adapta a nuestros deseos. ¿Cambia la ley de atracción universal o las leyes de la termodinámica según nos gusta más o menos lo que nos sucede por razón de ellas? ¿Son las leyes un obstáculo o una oportunidad? ¿Actuar de forma irresponsable es equivalente a ser más libre?

"Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo" "Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad."(Mt 26,42)

Las ley también nos hablan de Dios, ya que son creación directa Suya. Conocer las leyes nos permite saber cómo se comporta el universo y a que nos atenemos si actuamos sin tenerlas en cuenta. Las consecuencias de conocer o desconocer cada ley son la mejor justicia que existe, ya que evidencian que todos somos iguales ante Dios y que recibimos lo que merecen nuestros comportamientos. Pero parecería que esto lleva implícito que cumplir es sufrir.

Para desatar este dilema tendemos que diferenciar entre sufrimiento y sacrificio. Sufrimiento es dolor que no tiene razón ni sentido. Se padece porque nos ha tocado en suerte o mala suerte. Solo podemos aguartar o desesperarnos. Sacrificarse es el camino que nos permite ajustarnos a la voluntad de Dios y por lo tanto, el esfuerzo y el dolor conllevan gozo y alegría. Pero ¿La muerte de Cristo fue algo gozoso? ¿Como se puede decir estas cosas?

El esfuerzo diario de un deportista de élite ¿Es sufrimiento sin sentido? O tiene sentido el dolor y la negación de sus deseos que conlleva alcanzar los objetivos que tiene.

El designio de Dios era el sacrificio redentor de su Hijo a través de aquello que a los hombre parece más difícil de aceptar: una muerte horrenda. Podría parecer que esto es una tragedia innecesaria, pero sin este sacrificio, no hubiera habido resurrección. Sin la humillacion no hay exaltación. Sin el esfuerzo no hay logro. Si no fundimos el hierro con un inmenso calor y lo templamos a martillazos continuos, no tendremos una espada perfecta. Si no sacrificamos nuestros deseos para cumplir la voluntad e Dios, no conseguiremos la libertad que conlleva esa renuncia.

Cristo no vino a abolir ninguna ley, sino a dale plenitud. Si cumplimos la ley podremos obtener el gozo de decir junto con Cristo  “Todo se ha cumplido”. El Señor nos permita dar plenitud a su Ley.


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