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martes, 24 de enero de 2017

¿A qué unidad aspiramos? Del teólogo Ratzinger a Benedicto XVI


Sigo reflexionando sobra la unidad que tanto necesitamos y que por desgracia, no está cerca todavía. Estos días se puede encontrar en la red una foto de Benedicto XVI unida a un fragmento de un texto del teólogo Joseph Ratzinger, nada más terminado el Concilio Vaticano II. Este es el texto:

… la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

El texto proviene del libro: “Theological Highlights of Vatican II” publicado en plena euforia postconciliar (1966), por lo que debe ser tratado con cierto cuidado. No es adecuado indicar que está escrito por el Papa Benedicto XVI, sino por el teólogo Ratzinger en un momento muy determinado de la historia de la Iglesia. Para contextualizar su contenido hay que indicar que el teólogo Ratzinger habla sobre una propuesta de unidad elaborada por el Edmund Schlink, profesor de la universidad de Heidelberg, en un artículo de prensa. A continuación tienen una referencia más amplia de lo que se puede leer en el libro antes indicado:

Estas consideraciones pueden abrir la manera de responder a la pregunta planteada por el profesor Schlink. ¿El ecumenismo católico no equivale en última instancia a la absorción de las otras Iglesias? ¿No es por lo tanto la Contra-Reforma en una forma diferente? Mientras la unidad se identificara con uniformidad, el objetivo católico no podía dejar de parecer a los cristianos no católicos como una absorción completa en la forma actual de la Iglesia. El reconocimiento de una pluralidad de Iglesias dentro de la Iglesia implica dos líneas de cambio:

(A) El católico tiene que reconocer que su propia Iglesia aún no está preparada para aceptar el fenómeno de la multiplicidad en la unidad; debe orientarse hacia esta realidad. También debe reconocer la necesidad de una renovación católica completa (traducción del editor: revolución), algo que no se puede lograr en un día. Esto requiere un proceso de apertura, que lleva tiempo. Mientras tanto, la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

(B) Una unidad básica - de iglesias que siguen siendo iglesia, pero que se convierten en una Iglesia - debe reemplazar la idea de conversión, aunque la conversión conserva su significado para aquellos en conciencia estén  motivados a buscarla. (Pr. Joseph Ratzinger, “Theological Highlights of Vatican II” Paulist Press, New York, 1966 p. 61)

En este texto podemos darnos cuenta de la sensación de euforia postconciliar por la forma en que el Profesor Ratzinger señala el problema y cómo se atreve a sugerir el camino de solución. Para el entonces profesor de teología el problema lo tenía la Iglesia Católica, que debía de transformarse según la típica hermenéutica rupturista postconciliar. Esta hermenéutica, alineada con el “espíritu del concilio”, se va a enfrentar con la defensa de la continuidad que el posterior Papa Benedicto XVI promociona como el enfoque correcto para comprender el Concilio Vaticano II. El lector puede fijarse también en el posicionamiento ante el Misterio de la conversión. De hecho deja a la conversión como algo secundario y opcional para el que esté motivado a buscarla. Sin conversión por parte del Espíritu Santo no puede haber docilidad para hacer la Voluntad de Dios, lo que conlleva dejar a la santidad como algo accesorio o secundario para el cristiano.



El postconcilio no dio los frutos que esperaban los promotores del “espíritu del concilio”, por lo que una persona reflexiva y juiciosa, como es el actual Papa Emérito Benedicto, no pudo sostener este punto de vista demasiado tiempo. Siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe nos da otra visión diferente:

No soy un profeta, por eso no me atrevo a decir qué es lo que dirán en cincuenta años, pero creo que será sumamente importante el hecho de que el Santo Padre haya estado presente en todas las partes de la Iglesia. De este modo, ha creado una experiencia sumamente viva de la catolicidad y de la unidad de la Iglesia. La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad, y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad. Esto aparece con gran claridad en el pontificado del Santo Padre con sus visitas pastorales, sus encuentros. (Card. Ratzinger. 30 de noviembre de 2002, Universidad Católica San Antonio de Murcia)

Podemos seguir su línea de pensamiento en otro texto importante, que ya tiene carácter magisterial y que nos ayuda a darnos cuenta que no podemos reducir el ecumenismo a voluntarismo y planificación. Tampoco podemos esperar un unidad sinfónica colocando juntos a muchos músicos con diferentes partituras y estilos. Diversidad como don que completa nuestros limites humanos, pero que debe estar dentro de un todo ordenado y coherente. Esa era la visión del Card Ratzinger en el año 2002. Pero el pensamiento del Cardenal siguió evolucionando. Ya siendo Papa Benedicto XVI su pensamiento se vuelve más profundo y consistente. Cuando se es director de una orquesta sinfónica y se desea que la música sea fiel a la partitura, es necesario dejar las cosas claras:


El tema elegido este año para la Semana de oración hace referencia a la experiencia de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como la describen los Hechos de los Apóstoles; hemos escuchado el texto: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42).

En el versículo citado de los Hechos de los Apóstoles, cuatro características definen a la primera comunidad cristiana de Jerusalén como lugar de unidad y de amor, y san Lucas no quiere describir sólo algo del pasado. Nos ofrece esto como modelo, como norma de la Iglesia presente, porque estas cuatro características deben constituir siempre la vida de la Iglesia.

Primera característica: estar unida y firme en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles; luego en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Como he dicho, estos cuatro elementos siguen siendo hoy los pilares de la vida de toda comunidad cristiana y constituyen también el único fundamento sólido sobre el cual progresar en la búsqueda de la unidad visible de la Iglesia.

El segundo elemento es la comunión fraterna. En el tiempo de la primera comunidad cristiana, así como en nuestros días, esta es la expresión más tangible, sobre todo para el mundo externo, de la unidad entre los discípulos del Señor. Leemos en los  Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos lo tenían todo en común y quien tenía posesiones y bienes los vendía para repartirlos entre los necesitados (cf. Hch 2, 44-45). Este compartir los propios bienes ha encontrado, en la historia de la Iglesia, modalidades siempre nuevas de expresión. Una de estas, peculiar, es la de las relaciones de fraternidad y amistad construidas entre cristianos de diversas confesiones. 

Tercer elemento: en la vida de la primera comunidad de Jerusalén era esencial el momento de la fracción del pan, en el que el Señor mismo se hace presente con el único sacrificio de la cruz en su entrega total por la vida de sus amigos: «Este es mi cuerpo entregado en sacrificio por vosotros... Este es el cáliz de mi sangre... derramada por vosotros». «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del Misterio de la Iglesia» (Ecclesia de Eucharistia, 1). La comunión en el sacrificio de Cristo es el culmen de nuestra unión con Dios y, por lo tanto, representa también la plenitud de la unidad de los discípulos de Cristo, la comunión plena.

Por último, la oración —o, como dice san Lucas, las oraciones— es la cuarta característica de la Iglesia primitiva de Jerusalén descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La oración es desde siempre la actitud constante de los discípulos de Cristo, lo que acompaña su vida cotidiana en obediencia a la voluntad de Dios, como nos lo muestran también las palabras del apóstol san Pablo, que escribe a los Tesalonicenses en su primera carta: «Estad siempre alegres, sed constantes en orar, dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros» (Benedicto XVI. Audiencia general. 19/1/11)

Benedicto XVI en el año 2011 se separa bastante del teólogo Ratzinger del año 1966. resumo lo que propone el ahora Papa Emérito, por medio de los cuatro elementos que deben guiar la unidad de los cristianos:

1) Tradición Apostólica. Es raíz del árbol de la unidad
2) Fraternidad, que es más que complicidad, amistad, gregarismo o comunidad. Es la naturaleza que nos une y reúne.
3) Sacralidad: trascendencia. Misterio y sacramentos. Es la savia que nutre y fortalece la humanidad caída que todos tenemos.
4) Oración. Es la flor que espera la mano de Dios para dar abundante fruto.

Desgraciadamente utilizamos los lenguajes humanos para crear apariencias y engañarnos unos a otros. Sabemos pervertir el entendimiento y destrozar la coherencia, intentando que Verdad sea nuestra herramienta y no al revés. Deberíamos ser instrumentos de la Verdad. ¿Qué sentido tiene distribuir una frase descontextualizada del teólogo Ratzinger, sobre una foto del Papa Benedicto XVI? 

Desde mi humilde punto de vista, lo que se busca es ganar la “partida” antes que desgastarnos suplicando que la Verdad nos acoja en su infinita bondad. El dolor que hace que la Iglesia se retuerza y gima, proviene de nuestra tendencia querer ser los protagonistas del show que nosotros mismos montamos. Es marketing se convierte en fe y esto no nos puede llevar muy lejos. Sigamos orando por la unidad de los cristianos. Unidad que sólo puede existir si profundizamos en los cuatro elementos enunciados por el Papa Benedicto.

Resalto la palabra profundizar, porque la tendencia actual es señalar que lo fundamental de la unidad es la dimensión horizontal y no la vertical. Utilizando un símil, nos contentamos con conseguir que llamemos “árbol” al bosque y así no tener que convertirnos y conseguir tener la misma raíz de la Tradición y que la savia de lo sagrado no corra por nuestro interior. El árbol tiene ramas diferentes, pero la diversidad de ramas nunca puede ser confundida con unidad de naturaleza y ser que Cristo quiere para Su Iglesia. La diversidad es un don que hace posible que los carismas personales se unan para ser una Iglesia santa, católica y apostólica.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Eucaristía, verdadera Carne verdadera Sangre. Benedicto XVI

Los sacramentos son caminos, vías, medios de comunicación con los que Dios nos hace llegar su Gracia. Alguno de nosotros se puede preguntar si estos medios son realmente necesarios o Dios puede enviarnos su Gracias de forma directa. Para Dios todo es posible, podría hacer su Voluntad como quisiera, pero ha decidido darnos unos signos visibles para hacerse presente entre nosotros. Ahora ¿Qué pasa hoy en día con los sacramentos? ¿Por qué son campo de batalla? Desgraciadamente los hemos reducido a ceremonias sociales. No creemos que Dios se haga presente por estos medios e incluso hemos dejado de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Pero son muy claras las palabras que Cristo pronunció en esa circunstancia: "Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros" (Jn 6, 53). Realmente, tenemos necesidad de un Dios cercano.  Ante el murmullo de protesta, Jesús habría  podido conformarse con palabras tranquilizadoras. Habría podido decir: "Amigos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se trata sólo  de una profunda comunión de sentimientos". Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. Mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos de sus discípulos (cf. Jn 6, 66). Más aún, se mostró dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos Apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia, hacemos nuestra: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). (Seguir leyendo)

domingo, 10 de mayo de 2015

Política, Verdad y ser humano. Benedicto XVI


La sociedad es como un jarrón al que una pelota de golf hizo estallar en pedazos (trozos, partidos). Cada trozo lucha por ser el que mande y reconstituya la sociedad a su imagen. Sin gana el trozo del cuello del jarrón, nos quedamos sin fondo. Si gana un asa, todo lo demás parece sobrar. Lo cierto es que el jarrón sólo es útil cuando está completo y no se excluye ninguna parte. La naturaleza herida por el pecado (la pelota) del ser humano sólo puede ser restaurada por la Gracia de Dios. 

Nuestro mundo tiene gran necesidad de justicia (unidad, coherencia, sentido), las ideologías ofrecen reducir o hacer desaparecer, el sufrimiento obligando a que la sociedad se ajuste a sus ideales y al ser humano, a que se ajuste al modelo que propugnan. Pero la necesidad de justicia nunca se llega a abordar de verdad. En los países con mayor riqueza no hay problemas de alimentación, pero la depresión, la violencia y el desprecio a los semejantes, evidencian que el ser humano no encuentra la felicidad desde la riqueza. Cuanto más avanzada y rica es una sociedad, las familias son menos estables y las personas padecen más la soledad. Dejamos de necesitarnos unos a otros y eso nos hace ser menos humanos. Donde hay riqueza, el amor, la caridad, se sustituye por servicios sociales, derechos vacíos y capacidad de compra. No hay amor sin verdad. 

La caridad en la Verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone ante todo, la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes(Seguir leyendo...)

domingo, 28 de diciembre de 2014

Iglesia: somos una gran familia. Joseph Ratzinger



Este domingo celebramos el domingo de la Sagrada Familia. En muchas Diócesis hay misas, manifestaciones o marchas a favor de la familia, como columna vertebral de nuestra sociedad.

La familia es un problema y un obstáculo para diversas ideologías contemporáneas. Por ello se está intentando difuminar el significado y el entendimiento de la familia a través de adoctrinamientos ideológicos cada vez mejor orquestados y puestos en escena.

Pero, como católicos, a lo mejor deberíamos de empezar a valorar y consolidar nuestras propias familias. La familia es tan importante, que Cristo mismo la tomó como referencia para definir la Iglesia:

Entre  las  muchas  imágenes  utilizadas  por  Jesús  para iniciar  el  nuevo  pueblo:  rebaño,  invitados  a  las  bodas,  plantación,  casa  de  Dios, ciudad de Dios, destaca como imagen preferida la de la familia de Dios. Dios es el padre de familia, Jesús el dueño de la casa, por lo cual es muy comprensible que se dirija  a  los  miembros  de  este  pueblo,  aunque  sean  adultos,  como  a  niños.  Estos últimos,  finalmente,  se  han  comprendido  realmente  a  sí  mismos  cuando, abandonando su autonomía, se reconocen delante de Dios como niños (cf Mc 10,13-16). (Joseph Ratzinger, La Iglesia, 1, 2)

La familia es la célula básica de toda sociedad. (Seguir leyendo

domingo, 7 de diciembre de 2014

Adviento: ¡Dios te ama sin medida! Benedicto XVI


El evangelio de hoy nos muestra a Juan el Bautista que predica en el desierto: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. ¿Qué prediga? La Esperanza que parte del amor incondicional de Dios. Esperanza que nos hace gritar de júbilo, porque sabemos que el Señor nos ama infinitamente. Esperanza que se sostiene en la sólida roca de la fe. Dios nos ama, con tal fuerza, que envió a su propio Hijo a morir por nosotros.

Es más, Dios ha revelado que su amor hacia el hombre, hacia cada uno de nosotros, es sin medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra en el modo más luminoso hasta qué punto llega este amor, hasta el don de sí mismo, hasta el sacrificio total. Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para volver a llevarla a Él, para elevarla a su alteza. La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. (Benedicto XVI. Audiencia general. 24 de octubre de 2012)


El viernes, en una reunión de matrimonios católicos, nos preguntamos por la razón de la desesperanza que existe en el mundo. ¿Por qué hay tantas personas que viven la Navidad con tristeza? La respuesta tiene que ver con los seres queridos que han muerto y no tenemos esperanza de volver a ver. (Seguir leyendo)

domingo, 26 de octubre de 2014

Renunciar a la Verdad es letal para la Fe. Benedicto XVI


Tras una semana de la finalización del Sínodo de Familia es interesante volver la vista atrás, para hacer balance y sacar conclusiones. El Papa Francisco ha señalado las tentaciones que ha detectado durante el proceso:

La tentación del endurecimiento hostil, esto es el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celosos, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados "tradicionalistas" y también de los intelectualistas.

La tentación del “buenismo” destructivo, que en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causa ni las raíces. Es la tentación de los "buenistas", de los temerosos y también de los así llamados “progresistas y liberalistas”.

La tentación de transformar la piedra en pan para terminar el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra, y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7) de transformarla en “fardos insoportables” (Lc 10,27).

La tentación de descender de la cruz para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo e inclinarlo al Espíritu de Dios.

La tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando ¡una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada!

En estos días he leído multitud de análisis que se centran en uno o dos, de estas tentaciones, olvidando las demás. Podemos resumir las tentaciones en la tentación de ajustar la praxis eclesial, a las diferentes sensibilidades y carismas que poseemos. Es decir, la tentación de convertir la Iglesia en la iglesita de mis deseos. Desde quienes se cierran en la letra vacía de vida, hasta quienes desechan la santidad como única solución a nuestros sufrimientos.


El fin de la Iglesia es misionar y proclamar el Evangelio, dentro y fuera de sí misma. Todos necesitamos conversión, tanto si estamos integrados en la Iglesia, como si estamos alejados o fuera de ella. El fin último de cada uno de nosotros, es que el Señor nos haga santos a través de su Gracia. Por ello la misión es esencial como Iglesia y la Verdad es la luz que nos guía en el camino. (Seguir leyendo)

martes, 4 de junio de 2013

BXVI nos habla de Parroquia, Eucaristía y Corpus Christi

El domingo pasado celebramos la solemnidad del Corpus Christi, recordando la importancia que la Eucaristía tiene para todos nosotros. Quizás en esta solemnidad pueda quedar desdibujada la relación entre Eucaristía y comunidad de fieles, por eso traigo aquí un fragmento de una obra pequeña en tamaño, pero inmensa en su profundidad “La Fraternidad Cristiana” escrita por el entonces profesor Ratzinger, hoy Papa Emérito, Benedicto XVI:

¿Cómo puede realizarse en concreto la fraternidad de los miembros de una parroquia? A este respecto puede ayudarnos, adicionalmente, la consideración de la antigua significación verbal de eclessia, pues esta palabra no solo significa “Iglesia” y “comunidad local”, sino también “reunión de culto”. Estos tres significados no se encuentran simplemente yuxtapuestos uno junto al otro, sin ningún tipo de relación, sino que son en realidad tres escalones de un mismo significado y por consiguiente, se solapan unos con otros. Están tan unidos unos con otros que podría decirse que la única Iglesia está representada concretamente por la comunidad local. Y la comunidad local se realiza, a su vez, como Iglesia en la reunión de culto, es decir, principalmente en la celebración de la Eucaristía. Por lo tanto, la fraternidad cristiana exige, concretamente, la fraternidad de las distintas comunidades parroquiales. Y esta fraternidad tendrá de nuevo su fundamento decisivo y su fuente primera en la celebración de los misterios sagrados. De hecho, la teología clásica de la Iglesia ha entendido la Eucaristía no tanto como “encuentro del alma con Cristo” sino como la “concorporatio cum Christo”, la unión de los cristianos en el único cuerpo de Cristo. (Joseph Ratzinger. La Fraternidad Cristiana, 5)

El entendimiento de los sacramentos es fundamental, ya que a veces perdemos el norte y tendemos a recluirlos en el espacio personal de cada uno de nosotros. 

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martes, 12 de febrero de 2013

¿Por qué ha renunciado Benedicto XVI?


¿Por qué el Santo Padre ha decidido renunciar al Ministerio Petrino? Creo que sus propias palabras lo dejan claro: 

Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo rezando

Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe,para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. 

No es ningún secreto, que el mundo actual necesita de un Papa capaz de enfrentarse al proceso de cambio social y los continuos desafíos que sociedad, ciencia y cultura, nos plantean. Si la salud del Santo Padre flaquea, su responsabilidad le hace decidir anteponiendo a la Iglesia. Hay que ser muy valiente para dar el paso que Benedicto ha dado hoy. Valiente y humilde, ya que legar el timón de la Iglesia contiene un mensaje maravilloso: Nadie es imprescindible, ya que la Voluntad de Dios es la fuerza que mueve el mundo. 

Confieso que la renuncia del Papa al Obispado de Roma y al Ministerio Petrino me ha cogido por sorpresa. Con Benedicto XVI me siento especialmente sintonizado, ya que el pensamiento agustiniano corre por sus venas y esto se nota en sus homilías, catequesis y escritos varios. Pero no puedo dejar de agradecer al Señor estos años de sintonía y comunión que he vivido con el Santo Padre. Esta mañana, una llamada de un amigo sacerdote me puso en aviso e hizo que comenzara a pensar en lo que esta renuncia conlleva. Gracias D. Joan. 

No es necesario ponerse catastrofista, ni pensar en que esta renuncia es una tragedia. Gracias a Dios, Su Santidad podrá dedicarse a su labor de teólogo para beneficio de la Iglesia y podrá vivir de forma reposada, los años que le tenga reservado el Señor. No puedo más que alegrarme por la persona, el ser humano, que hay detrás de Su Santidad Benedicto XVI. Esta renovación del papado será diferente, ya que no tendremos que compaginar la tristeza por la muerte del Papa y la alegría por la nueva esperanza que nace de la elección de nuevo Pontífice. El proceso de elección será mucho menos emotivo, pero no por ello dejará de ser de una tremenda importancia para todos nosotros. 

¿Qué conlleva la renuncia? Seguir leyendo en Religión en Libertad: Aquí

martes, 4 de octubre de 2011

Alabarán al Señor los que lo buscan

Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán el Señor los que lo buscan:
viva su corazón por siempre.
Lo recordarán y volverán al Señor
hasta los confines de la tierra;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
todo lo que hizo el Señor. (Salmo 21)


«Alabarán al Señor los que lo buscan» (Salmo 21,27). Los que lo busquen lo encontrarán, los que lo encuentren lo alabarán. ¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti! Porque tú te nos has revelado por la predicación. Te invoca, Señor, esta fe que me has dado, esta fe que me has inspirado a través de la humanidad de tu Hijo por el ministerio de tu predicador. Y ¿cómo invocaré yo a mi Dios, mi Dios y mi Señor? Cuando le invocaré, le llamaré para que venga a mí. Pero ¿es que hay en mí un lugar donde mi Dios pueda venir, ese Dios que ha hecho el cielo y la tierra» (Gn 1,1)? Así, pues, mi Dios y Señor, ¿es que hay en mí alguna cosa que pueda contenerte? ¿Es que el cielo y la tierra que tú has creado, y en los cuales me has creado a mí, te pueden contener?... Puesto que yo mismo existo ¿puedo pedirte que vengas a mí, a mí que no existiría si tú no existieras en mí?...

¿Quién me concederá poder descansar en ti? ¿Quién me concederá que vengas a mi corazón, que lo embriagues para que yo olvide mis males y pueda estrecharte, a ti mi único bien? ¿Quién eres tú para mí? Ten compasión de mí para que pueda hablar. ¿Quién soy a tus ojos para que me mandes amarte?... En tu misericordia, Señor Dios mío, dime lo que tú eres para mí. «Di a mi alma: Tú eres mi salvación» (Sl 34,3). Díselo; que yo lo oiga. Mira que el oído de mi corazón está a la escucha, delante de ti, Señor, haz que te oiga, y «di a mi alma: Yo soy tu salvación». Correré hacia esta palabra y al fin te agarraré. (San Agustín, Confesiones, I, 1-5)

-oOo-

Salmo y comentario de San Agustín, se unen como una plegaria que es, al mismo tiempo, alabanza y súplica. Los textos son una llamada a Dios que espera y sabe que será colmada.

¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti!

La sociedad actual no busca a Dios, ya que quiere creer que no lo necesita. Quien no busca no encuentra, pero a algunos de los que buscan, Dios da la gracia de la Fe.

Los que hemos nacido católicos y hemos sigo bautizados por nuestros padres no tenemos una conciencia clara del gran don que Dios nos ha regalado. Nos ha tendido la mano desde que nacimos y está a la espera que nosotros la busquemos y la estrechemos. ¿A qué esperamos? ¿La responsabilidad es grande? Cierto, pero los dones que recibiremos nos ayudarán a llevar la cruz.

A muchos de nosotros nos llega a parecer insustancial conocer a Dios, ya que Dios no se nos ofrece como herramienta o sirviente de nuestros deseos. Dios hace otra cosa. El nos ofrece actuar en nosotros para que seamos herramientas suyas. Menuda contradicción para el ser humano actual. Pero también lo era en tiempos de Cristo “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25) No hemos avanzado mucho desde entonces.

Decía Benedicto en el discurso que ofreció en Friburgo hace unos días: “Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios y las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe

¿Somos católicos rutinarios? ¿Damos más importancia a las apariencias que a lo sustancial? El corazón, es decir nuestra centralidad, debe ser Cristo y eso sólo podemos conseguirlo si lo deseamos y Dios nos lo concede.

martes, 27 de septiembre de 2011

Desmundanizar la Iglesia


Merece la pena leerse, releerse. El discurso de Benedicto XVI en Friburgo es una hoja de ruta para reconocer, entender y penetrar en el Misterio de la Iglesia. Lo comparto de forma literal:

Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres señoras y señores,

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad, cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.

La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es.

Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye (como dicen los Padres de la Iglesia) un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.

También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones (sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares) han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena.

Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible.

La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.

Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres (tanto a los que sufren como a los que los ayudan) precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

Benedicto XVI. Friburgo de Brisgovia, 25 de septiembre de 2011

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Dios mio, por qué me has abandonado?

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
¿Por qué estás lejos
de mi clamor y mis gemidos?
Te invoco de día, y no respondes,
de noche, y no encuentro descanso;
y sin embargo, tú eres el Santo,
que reinas entre las alabanzas de Israel.
En ti confiaron nuestros padres:
confiaron, y tú los libraste;
clamaron a ti y fueron salvados,
confiaron en ti y no quedaron defraudados.
(Salmo 22)

En la catequesis de la Audiencia del 14 de septiembre,  Benedicto XVI ha desarrollado el tema de sufrimiento y la aparente lejanía de Dios, basando su explicación en Salmo Nº 22.

Nos dice el Santo Padre: “El grito inicial del salmista,-‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado-, es una llamada a un Dios que parece lejano, que no responde. Dios calla, y este silencio lacera el ánimo del orante, que llama incesantemente sin encontrar respuesta. Sin embargo, el orante “llama al Señor ‘Dios mío’, en un acto extremo de confianza y de fe.

… bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y el aniquilamiento. (…) Por eso grita al Padre (…) Pero el suyo no es un grito desesperado, como no lo era el del salmista”, cuya súplica desemboca en la confianza en la victoria divina.


Personalmente, este salmo me transporta al momento final del sacrificio en la Cruz. Cuando Cristo eleva sus ojos al cielo y grita, al igual que el salmista, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

La vida de todo cristiano conlleva momentos de claridad y de oscuridad. Momentos en que sentimos que todo va bien y momentos en que todo parece ir en contra de nosotros. Benedicto XVI nos ofrece un clave realmente interesante para entender y entendernos en estos momentos: el grito no parte de la desesperación, sino de la confianza en que Dios nos oye. Pero ¿Para qué queremos que nos oiga si no nos arregla los problemas? O mejor dicho, ¿Qué valor tiene para nosotros una herramienta que no funciona?

Leamos esta breve reflexión atribuida a San Efrén de Siria:

Desde ahora, por la cruz, las sombras se han disipado y la verdad se levanta, tal como nos lo dice el Apóstol Juan: El mundo viejo ha pasado porque mira que hago un mundo nuevo. La muerte ha sido despojada, el infierno ha liberado a sus cautivos, el hombre ha quedado libre, el Señor reina, la creación se ha llenado de gozo. La cruz triunfa y todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos vienen para adorarla. La cruz devuelve la luz al universo entero, aleja las tinieblas y reúne a las naciones de Occidente a Oriente en una sola Iglesia, una sola fe, un solo bautismo en la caridad. Fijada sobre el Calvario, se levanta en el centro del mundo.” (Anónimo atribuido a San Efrén de Siria)

La respuesta de Dios no tiene porque hacer desaparecer lo que nos hace sufrir. Si el plan de Dios fuese impedir nuestro sufrimiento, no hubiera dejado morir a Cristo en la Cruz. Lo que nos ofrece Dios es el consuelo de saber que todo tiene sentido que nuestros sufrimientos dan frutos tarde o temprano. Después de la Cruz, la Verdad se levanta, dice el escrito atribuido a San Efrén. El Santo Padre concluyó la catequesis señalando:

Queridos hermanos y hermanas, este Salmo nos ha llevado sobre el Gólgota, a los pies de la cruz de Jesús, para revivir su pasión y compartir la alegría fecunda de la resurrección. Dejémonos invadir, pues, por la luz del misterio pascual también en la aparente ausencia de Dios, en el silencio de Dios y, como los discípulos de Emaus, aprendamos a discernir la verdadera realidad más allá de las apariencias, reconociendo el camino de la exaltación precisamente en la humillación, y la plena manifestación de la vida en la muerte, en la cruz. De esta manera, colocando toda nuestra confianza y nuestra esperanza en Dios Padre, en cualquier angustia podremos rezarle también nosotros con fe y nuestro grito de ayuda se transformará en canto de alabanza.

Tal como se dice en el escrito atribuido a San Efrén, “La cruz devuelve la luz al universo entero, aleja las tinieblas y reúne a las naciones de Occidente a Oriente en una sola Iglesia, una sola fe, un solo bautismo en la caridad.

Cabría preguntarse si no sufriéramos ¿seríamos humanos? Sin limitaciones ¿Entenderíamos qué sentido tiene lo infinito? Sin conocer nuestra incapacidad de vivir aislados de los demás ¿Daríamos sentido a la comunidad? Quiera Dios que la Cruz que vivimos, sentimos y sufrimos nos reúna en una sola Iglesia, Fe y bautismo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Corrección Fraterna


En el Ángelus de hoy domingo Su Santidad, Benedicto XVI ha hablado de la corrección fraterna y nos propone cuatro pasos. Dentro del discurso nos recuerda que existe una "corresponsabilidad" en el camino de la vida cristiana. Les recomiendo que lo lean, porque es especialmente instructivo.

El tema de la corrección fraterna es muy interesante. Para que exista se deben de dar con condiciones previas:

-          Hay algo importante que nos parece incorrecto en nuestro hermano y que tiene directa repercusión en la comunidad-Iglesia.
-          Quien lo realiza, tienen lazos fraternales con nosotros. Es decir, no es desconocido, sino una persona a la que tenemos afecto y al que deseamos el mayor bien.

Sin hermandad y sin una razón de peso, la corrección fraterna no puede darse. Si me acerco a alguien con él que no existe ninguna unión fraternal, no puedo esperar que me escuche y me entienda. Si lo que voy a decir, es una cuestión intrascendente para la relación de hermandad, tampoco puedo esperar que me haga mucho caso.

Poco puedo añadir a la claridad con la que ha tratado el tema Benedicto XVI, pero sí quisiera incidir en un aspecto que no se trata normalmente. ¿Cómo realizamos y recibimos la corrección fraterna?

Corregir puede ser, en algunos casos una palabra inadecuada. Sobre todo cuando se parte de la buena voluntad de entenderse. Si esto es así, lo que realmente hacemos es de enseñar algo que se ignora. Cuando se enseña, la actitud del “enseñante” debe ser positiva y clarificadora. Nunca debemos mostrarnos agrios o enfadados. Una actitud negativa rompe el lazo de aprendizaje en una décima de segundo. Si prevemos que la respuesta de nuestro hermano puede ser negativa, a veces hay que empezar por el final ¿Por el final?

Sí. Se puede pedir a nuestro hermano que sea él quien nos enseñe las razones por las que hace o dice lo que nos parece equivocado. Tras la explicación, plantearle nuestras dudas y esperar a que las conteste. Seguramente descubramos que el error parte de otros errores previos que debemos abordar en primer lugar. Incluso puede suceder que el error parta de nosotros mismos. Al final, lo que buscamos y propiciamos es un diálogo fraternal de enriquecimiento mutuo.

¿Por qué ser tan sutil? Seguramente alguna vez alguien les ha abordado exigiendo una retractación de lo que usted dice o piensa. Lo normal es que el orgullo salte rápidamente ¿Cómo “este” me dice que me equivoco? Resultado, nos cerramos a nuestro hermano y aunque aceptemos en silencio lo que nos dice, no es fácil que penetre en nosotros. Seguramente pensemos que nosotros también podemos enseñar algo a nuestro hermano. El diálogo sólo puede llevarse a cabo en un ambiente de mutua cordialidad y afecto.

Es necesario tener consciencia que nosotros no tenemos la Verdad. En el mejor caso podemos ser el medio que Dios utiliza para transmitirla. El Verdad es el Verbo, Cristo, que se dona a través nuestra por medio del Espíritu Santo.

¿Qué sucede si nuestro hermano no quiere escucharnos? Lo primero que se produce una fractura en la comunión. La comunidad sufre y el Espíritu encuentra trabas para manifestarse. Por eso, al recibir corrección o enseñanza, debemos ser tremendamente humildes. No es nuestro hermano quien nos corrige o enseña, es Cristo mismo por medio suya quien se acerca a nosotros. Es un honor que Cristo nos tome en consideración y que nuestro hermano se preocupe por nosotros. Si pensamos que nosotros llevamos razón, podremos ser, a su vez, medio de Cristo sobre nuestro hermano. Si reaccionamos con soberbia, el medio de transmisión de la Verdad queda roto.

¿Qué hacer si nuestro hermano no desea dialogar y rechaza nuestro acercamiento? Su Santidad nos lo recuerda: volver acompañados por dos o tres hermanos.

¿Por qué un grupo mayor? Podría decirse que es una táctica militar, pero no tiene nada que ver con eso. Hay una cita maravillosa que sirve para entender la razón: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Si dos o tres se reúnen en Nombre de Cristo, que es la Verdad, oran previamente y buscan al hermano con caridad y humildad, es posible que el Espíritu se manifieste y rompa las murallas de quien se equivoca. No se trata de buscar a quienes apoyen nuestras ideas para asediar a quien se equivoca. Si hiciéramos esto nos equivocaríamos e iría todo aún peor. Se trata de poner en juego la caridad y la presencia de Cristo.

¿Y si incluso así no es posible acceder a quien se equivoca? Nos dice San Pablo (y nos recuerda Benedicto XVI), que es necesario llevar el problema a la comunidad. Ya no es un asunto nuestro, es un asunto de todos aquellos que deseamos estar unidos y trabajar en sintonía por el Reino. En este ámbito se orará a Dios para que nos ayude a solucionar el problema. Si la persona equivocada sigue defendiendo su error, la comunidad advertirá a quien sostiene el error, que él es el culpable de la ruptura. Se le rogará que recapacite y que no cause mayor mal a si mismo y al conjunto de la comunidad.

Su Santidad nos recuerda la importancia de la oración común, porque "existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana, y todos, conscientes de los propios límites y defectos, están llamados a aceptar la corrección fraterna y a ayudar a los demás con este particular servicio", que exige "mucha humildad y sencillez de corazón”

La oración es imprescindible, ya que mediante el lazo que establecemos con Cristo, es posible encontrar la razón que nos impide seguir unidos y así poder abordar el proceso de curación necesario.

Si todo es infructuoso lo mejor que la ruptura sea pacífica y amigable. De esta forma será mucho más fácil volvernos a re-unir en futuro. Esperaremos a que las causas de la ruptura puedan ser abordadas con más capacidad de diálogo.

Dios nos ayude procurándonos humildad, perdón y templanza.

lunes, 22 de agosto de 2011

Fortalecer esta Fe que se nos han transmitido desde los Apóstoles


Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta Fe que se nos han transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.

Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tú fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios. (Benedicto XVI. Homilia de la Misa de cierre de la JMJ 2011. Cuatrovientos)

-oOo-

En mi paseo por la prensa de hoy, leo diversas reacciones contrarias a la visita del Papa y las Jornadas Mundiales de la Juventud. Estas reacciones se ajustan al milímetro a las consideraciones que Su Santidad hizo a los jóvenes y que he reproducido al comienzo de esta reflexión.

Benedicto XVI ha sabido tocar los errores típicos de una fe adolescente que nos impulsa a ser rebeldes, individualistas, lejanos a los sacramentos, descreídos con lo sagrado, desdeñosos de la Iglesia. Curiosamente, el Papa les pide a los jóvenes que salgan de este nivel de Fe individualista y personal, para encontrarse con una Fe madura, universal y atemporal. Fe que solo puede desarrollarse dentro de las comunidades que, a su vez,  viven dentro de la Iglesia

Las críticas presentan sus iglesias alternativas personales y se lamentan lo poco las consideramos. Para ellos, sus alternativas son las que están “al día” y las que nos hacen libres. ¿Cuál de ellas? ¿Todas? La verdad nos hará libres, no las apetencias de cada cual. Es evidente que muy pocas personas aceptan las miles de iglesias personales que nos ofrecen. ¿Por qué? Le pregunta Cristo a un demonio, « ¿Cuál es tu nombre?» Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.» (Mt 5, 9)

Las críticas nos hablan de los mismos fantasmas de siempre. La existencia de un estado confesional encubierto, la connivencia de la Iglesia con el poder y el dinero. No se fijan que el estado ha funcionado igual que con cualquier otro grupo de personas. La diferencia es el número de ellas que solicitan sus derechos para testimoniar públicamente en lo que creen. Hablan de los jóvenes como fanáticos y los llegan a comparar con Hare Khrisnas. Me pregunto si se miran a si mismos. Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.( Mt 7,5)

Dicen que el estado ha dado dinero para la JMJ, ignorando que se han financiado por si mismas y por los fondos que los propios católicos aportamos. Critican que el estado haya facilitado el evento ¿Estado debería estar en contra de la mayoría de sus ciudadanos? ¿Qué concepto tiene de estado? ¿Es democratico? Más bien, lo que demuestra es un peligroso sesgo totalitario disfrazado en aparente igualitarismo.¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! (Mt 23, 27)

La figura del Papa le duele a muchos. Les duele que sigamos al Papa como signo de una Iglesia unida y coherente. Nos llaman idólatras, pero lo que realmente adoramos es a Cristo desde dentro de la Iglesia. No buscamos cristos alternativos ni iglesias personales. Nos queremos reinventarnos los evangelios sesgando el mensaje, ni queremos vivir en una la Iglesia esclava de las tendencias ideológicas de cada tiempo histórico. La Iglesia es la misma desde el siglo I y debe seguir siendo la que fundó el propio Cristo. «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Leamos lo que nos dice San Cirilo de Jerusalén en una de sus catequesis:

-oOo-

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se la llama Iglesia o asamblea, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la tienda del encuentro. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oir mis palabras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis –dice el Señor de los ejércitos-, añadiendo a continuación: Del oriente al poniente es grande entre las naciones mi nombre.

 Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pablo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 18,23-25)
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