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domingo, 26 de octubre de 2014

Renunciar a la Verdad es letal para la Fe. Benedicto XVI


Tras una semana de la finalización del Sínodo de Familia es interesante volver la vista atrás, para hacer balance y sacar conclusiones. El Papa Francisco ha señalado las tentaciones que ha detectado durante el proceso:

La tentación del endurecimiento hostil, esto es el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celosos, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados "tradicionalistas" y también de los intelectualistas.

La tentación del “buenismo” destructivo, que en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causa ni las raíces. Es la tentación de los "buenistas", de los temerosos y también de los así llamados “progresistas y liberalistas”.

La tentación de transformar la piedra en pan para terminar el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra, y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7) de transformarla en “fardos insoportables” (Lc 10,27).

La tentación de descender de la cruz para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo e inclinarlo al Espíritu de Dios.

La tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando ¡una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada!

En estos días he leído multitud de análisis que se centran en uno o dos, de estas tentaciones, olvidando las demás. Podemos resumir las tentaciones en la tentación de ajustar la praxis eclesial, a las diferentes sensibilidades y carismas que poseemos. Es decir, la tentación de convertir la Iglesia en la iglesita de mis deseos. Desde quienes se cierran en la letra vacía de vida, hasta quienes desechan la santidad como única solución a nuestros sufrimientos.


El fin de la Iglesia es misionar y proclamar el Evangelio, dentro y fuera de sí misma. Todos necesitamos conversión, tanto si estamos integrados en la Iglesia, como si estamos alejados o fuera de ella. El fin último de cada uno de nosotros, es que el Señor nos haga santos a través de su Gracia. Por ello la misión es esencial como Iglesia y la Verdad es la luz que nos guía en el camino. (Seguir leyendo)

domingo, 21 de abril de 2013

¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos!


Las ovejas del Buen Pastor encuentran por tanto el pasto, pues todos los que le siguen con un corazón humilde, son alimentados con el pasto de las praderas eternamente verdes. ¿Y cuál es el pasto de esas ovejas, sino las alegrías interiores de un paraíso eternamente verde? El pasto de los elegidos, es el rostro de Dios, siempre presente y cuando lo contemplamos sin interrupción, el alma se sacia sin fin de un alimento de vida.

¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos! Que nuestra fe, sienta el calor de aquello en lo que creemos, que los bienes de lo Alto enciendan nuestros deseos. Amar así ya es estar en camino. No dejemos que ninguna prueba nos desvíe de la felicidad de esta fiesta interior, porque si deseamos llegar a la meta que nos hemos fijado, ninguna dificultad puede disuadir ese deseo. No dejemos que nos seduzcan falsas victorias. Sería estúpido el viajero que deslumbrado por el espectáculo del maravilloso paisaje, olvide a mitad de camino el destino de su viaje. (San Gregorio Magno. Homilías sobre el Evangelio, n°14 )

Seguimos en el Año de la Fe y por eso es especialmente interesante entender qué sentido tiene la Fe en nuestra vida cotidiana. Seguramente la vida parecer más fácil si somos cristianos durante la misa dominical y el resto de la semana, nos confundiésemos con los demás habitantes de nuestro mundo.

El Papa Francisco nos recuerda este cristianismo a tiempo parcial a través de una de sus homilías de la pasada semana:

Cuando “la Iglesia deja de ser madre, se convierte en una niñera, que cuida de los niños para hacer que se duerman. Es una Iglesia en estado latente, así que pensemos en nuestro bautismo, en la responsabilidad de nuestro bautismo” (Papa Francisco homilía 17/4/2013)

Tiene toda la razón el Santo Padre. La Iglesia “cuida” pastoralmente de nosotros y en cierta manera nos adormece y calma. Todavía “padecemos” la época en la que se suponía que la Fe era algo cultural cosustancial a la sociedad. Ya no es así, pero todavía nos cuesta pensar en que nuestra Fe debería de manifestarse con un compromiso 356 días / 24 Horas.

Dice San Gregorio Magno “El pasto de los elegidos, es el rostro de Dios, siempre presente”. No dice que sea un rostro que asome durante las misas dominicales y se esconda el resto de la semana. “¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos! Que nuestra fe, sienta el calor de aquello en lo que creemos” Tal vez estemos demasiado dormidos y acomodados para atrevernos a salir de nuestra cómoda pasividad.

A veces pensamos: ‘No, pero si yo soy cristiano. Fui bautizado, hice la confirmación, la primera comunión... el carnet de identidad y listo’. Y ahora, a dormir tranquilamente, eres un cristiano. Pero… ¿Dónde está el poder del Espíritu que te lleva a caminar? ” (Papa Francisco homilía 17/4/2013)

Sabríamos responder a la pregunta que el Santo Padre se hace “¿Dónde está el poder del Espíritu que te lleva a caminar?” No es una pregunta fácil ya que tiene una doble respuesta:

a)   El Espíritu está dispuesto a entregarnos sus dones, según nuestro carisma y la voluntad del Señor indiquen. Por lo tanto, el poder del Espíritu nos espera.
b)  La segunda parte depende de nosotros ¿Estamos dispuestos a recibir estos dones? Pensemos en los Apóstoles y lo que significó para ellos Pentecostés. Perdieron el suelo firme que creían pisar y se vieron recorriendo el mundo y soportando mil pruebas. Sin el Espíritu, todo hubiera sido un fracaso. Sin la aceptación de los Apóstoles, todo hubiera terminado como un bonito cuento.

Nadie duda que vivir los sacramentos sea maravilloso e imprescindible. Sin los sacramentos, nuestra comunión con Dios y nuestros hermanos, sería mucho más complicada. Pero no podemos quedarnos parados olvidando el destino:

Sería estúpido el viajero que deslumbrado por el espectáculo del maravilloso paisaje, olvide a mitad de camino el destino de su viaje.

Los sacramentos y los dones del Espíritu nos llevarán en volandas si les dejamos actuar en nosotros. ¿A qué esperamos? Quizás a dejar de tener miedo a abrir el corazón a Cristo y nuestros hermanos.

¿Qué sentido tiene la Fe en nuestra vida cotidiana? Amar de una forma especial.

Amar así ya es estar en camino. No dejemos que ninguna prueba nos desvíe de la felicidad de esta fiesta interior, porque si deseamos llegar a la meta que nos hemos fijado, ninguna dificultad puede disuadir ese deseo. No dejemos que nos seduzcan falsas victorias

domingo, 19 de febrero de 2012

Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio

XV. Más vale callar y ser, que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre. 2. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. 3. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente. (San Ignacio de Antioquía. Carta a los Efesios)

Vuelvo a la Carta a los Efesios de San Ignacio de Antioquía. En la estrofa XV, San Ignacio nos habla de la autenticidad, sinceridad, honestidad que debemos de tener antes de hablar. Más vale callar y ser que hablar y no ser”. Quien habla y no practica lo que dice, es testigo de su propia incoherencia. También nos habla de lo maravilloso que es obrar en silencio, para que la obra sirva de testimonio y no quede en entredicho por su autor. Obrar según la voluntad de Dios. Pero ¿Cuál es la voluntad de Dios?

Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio. El silencio de Dios siempre es aparente ya que si Dios hablara de forma explícita condicionaría nuestra libertad. Pero todo lo que nos rodea habla de Dios, si sabemos leer su mensaje. De esta forma quien no quiere tener oídos, puede vivir su vida sin pararse a escuchar la voz de Dios. Sólo hay un verdadero maestro, que es Cristo. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre ¿Por qué es Maestro? Porque da testimonio con sus obras y lo hace de manera coherente y completa.

También nos habla San Ignacio del ejemplo de quienes son santos y han conseguido ser testigos coherentes del Señor. El ejemplo de quienes cumplen la voluntad de Dios es reflejo de Cristo Maestro nuestro. Ser templos de Dios implica guardad su Nombre en nuestro corazón, nuestro ser. Pero reconocer y contener el Nombre del Señor es un don de Dios. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (Mt 16,17) Pedro reconoció que Cristo era el Hijo de Dios vivo ¿Lo hacemos nosotros? ¿Somos sinceros al decir que somos cristianos?

Aceptar a Cristo como Señor es más que gritar Señor Señor. ¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo? (Lc 6, 46) No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21) La Fe sin obras es sólo apariencia y conformidad. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? (St 2, 14)

Nos dice San Ignacio Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.

Roguemos al Señor para saber hacer la voluntad de Dios. Entonces seremos herramientas vivas y El se manifestará a través nuestra. Dios lo quiera.

domingo, 5 de febrero de 2012

Mi espíritu es el sacrificio expiatorio de la cruz

La breve carta de San Ignacio de Antioquia (†107) a los efesios es una colección de consejos profundos y útiles. Decir que murió en el año 107 significa que bebió directamente de la Tradición Apostólica. Antioquia era una de las principales ciudades del Imperio Romano, por lo que su Obispo tenía un encargo de gran responsabilidad. Hoy traigo dos estrofas de la Carta a los efesios, pero espero ir compartiendo poco a poco más de ellos.

XIII Procurad reuniros con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno. Nada mejor que la paz, que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra.

XIV Nada de esto os es desconocido, si mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la Fe y la Caridad, que son el principio y el fin de la vida: el principio es la Fe, el fin es la Caridad. Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican, con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas. El qué profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Por el fruto se conoce al árbol; del mismo modo, los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Lo que nos interesa ahora, más que hacer una profesión de fe, es mantenernos firmes en esa Fe hasta el fin.  (San Ignacio de Antioquia. Carta a los Efesios)

La estrofa XIII nos habla de la necesidad de reunirnos en acción de gracias y e alabanza a Dios. Es decir, San Ignacio nos invita a la Eucaristía y la vivencia comunitaria de la Fe. Es interesante que San Ignacio reseñe que la reunión sea en el mismo lugar, ya que se puede pensar en una estancia especialmente dedicada a la comunidad.

En la estrofa XIV nos dice que nada de lo que él indica nos será desconocido siempre que estemos unidos de forma perfecta a Cristo por medio de la Fe y con el fin de la Caridad. Pero ¿Es tan importante profesar la Fe? San Ignacio dice que El qué profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Nosotros profesamos la Fe cada domingo mediante el Credo. Con el Credo decimos a toda la comunidad y a Dios, que creemos en todo lo que El nos ha revelado. Esta profesión nos lleva a la concordia y a la paz que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra. ¿Cómo vamos a discutir si tenemos la misma Fe y nuestro objetivo es el Amor que llena y completa, la Caridad.

Quien posee la Caridad no odia. ¿Cuánto nos cuesta no odiar? La medida de nuestro odio, es inversamente proporcional a nuestra medida de Amor, Caridad. Quien está lleno de Caridad no puede odiar, igual que quien está lleno de luz, no encuentra sombra dentro de si mismo.

Los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Las obras de quienes perteneces a Cristo son obras que unen, dan consistencia y son coherentes. Las obras que destruyen, separan, desmiembran, no pueden ser obras de caridad realizadas desde la Fe.  Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican, con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas.  

Para terminar, San Ignacio nos dice que quienes hemos tenido el don de recibir la Fe, nos toca trabajar por mantenerla y acrecentarla. No es tarea fácil, ya que tiene que contar con la ayuda directa de Dios.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Oigo en mi corazón: "Busca mi rostro..."

Habla, corazón mío; ábrete todo entero y dirígete a Dios: «Busco tu rostro; sí, Señor es tu rostro que busco» (Sl 26,8). Y Tú, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón cómo y dónde he de buscarte; cómo y dónde he de encontrarte, Señor. Señor, si Tú no estás aquí, si estás ausente ¿dónde buscarte? Y si es que estás presente en todas partes ¿por qué yo no puedo verte? Ciertamente, Tú habitas en una luz inaccesible. Pero ¿dónde está esta luz inaccesible? ¿Quién me conducirá hasta ella y me introducirá en ella para que yo pueda verte? Y luego, ¿bajo qué signos, bajo qué figura podré descubrirte? No te he visto jamás, Señor Dios mío, y no conozco tu rostro. Altísimo Señor, ¿qué puedo hacer, qué hará este desterrado lejos de ti? ¿Qué puede hacer tu siervo, ansioso de tu amor y alejado de tu rostro? Aspira a contemplarte y tu rostro se le oculta enteramente. Desea reunirse contigo, pero tu mansión es inaccesible. Ansía encontrarte, pero no sabe dónde habitas. Emprende tu búsqueda, pero desconoce tu rostro.

Señor, Tú eres mi Dios, Tú mi Maestro, y sin embargo yo no te he visto. Tú me has creado y me has redimido, Tú me has dado todos mis bienes, y sin embargo no te conozco aún. Me has hecho con la única finalidad de que te vea, y sin embargo yo no he realizado aún mi destino. Miserable condición la del hombre que ha perdido aquello para lo que fue creado... Te encontraré al amarte y te amaré mientras te encuentro. (San Anselmo de Canterbury, Proslogion, 1)

San Anselmo de Canterbury nos relata el ansia de conocer a Dios que todos llevamos en nuestro corazón. Dios no puede ser visto con la luz que penetra en nuestros ojos, por eso San Anselmo nos dice que habita en una luz inaccesible. ¿Quién me conducirá hasta ella y me introducirá en ella para que yo pueda verte? Y luego, ¿bajo qué signos, bajo qué figura podré descubrirte?

Ese Quien es Cristo que es el Logos, la Palabra que da sentido y llena toda nuestra existencia. Pero ¿Cómo descubro a Dios? ¿Qué signos y qué figura nos da noticias suyas? En libro del Exodo nos dice: Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.» (Ex 33,20) El rostro de Dios no puede verse, entonces, ¿por qué dicen los Evangelios?: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)

Leamos lo que nos dice Orígenes de Alejandría:

Y si alguien nos pregunta por qué está dicho: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8), nuestra posición, a mi juicio, se afirmará mucho más con esto, pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón, sino entenderle y conocerle con la mente, según lo que antes hemos expuesto? En efecto, muchas veces los nombres de los miembros sensibles se refieren al alma, de modo que se dice que ve con los ojos del corazón esto es, que comprende algo intelectual con la facultad de la inteligencia. Así se dice también que oye con los oídos cuando advierte el sentido de la inteligencia más profunda. Así decimos que el alma se sirve de dientes cuando come, y que come el pan de vida que descendió del cielo. (Orígenes de Alejandría. Los Principios)

“Fides quaerens intellectum”, la Fe necesita entender. La Fe necesita entender y ese entendimiento es la luz inaccesible que sólo Dios nos ofrece a través de los dones de ciencia y entendimiento. Luz que nos permite ver a  Dios con los ojos de un corazón limpio de prejuicios y sinsentidos.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Viendo su Fe ...

Jesús llegó a su propia ciudad. Le presentaron un paralítico que yacía en su litera. Jesús, dice el evangelio, viendo la fe de la gente dice al paralítico: “Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados.” (Mt 9,2) El paralítico entiende el perdón y se queda sin palabra. No responde nada, ni para dar las gracias. Deseaba la curación de su cuerpo más que la de su espíritu. Estaba acongojado por los males pasajeros del cuerpo enfermo, pero lo males de su alma, males eternos, no le preocupaban. Juzgaba que la vida presente era más preciosa que la vida futura. Cristo tenía razón en hacer caso de la fe de la gente que presentaban al enfermo y no de la insensatez del mismo. Gracias a la fe de otros, el alma del paralítico es curada antes de ser curado su cuerpo. “Viendo la fe de la gente” dice el evangelio. Prestad atención, hermanos, que Dios no se preocupa de aquello que le piden los hombres insensatos, no espera la fe de lo ignorantes ni atiende los deseos desacertados de un enfermo. En cambio, no puede rehusar su ayuda a los que creen. Esta fe es un regalo, un don de la gracia de Dios que la otorga a quien quiere. (San Pedro Crisólogo. Sermón 50, CCL 24)

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En el pasaje evangélico al que San Pedro Crisólogo habla de un grupo de personas que desean presentar a un paralítico a Jesús. Jesús, viendo la Fe de estas personas, decide obrar el milagro. La Fe se manifiesta siempre dentro de la acción que parte de nuestra voluntad. La hemorroisa que toca el manto de Cristo, el Centurión que viene se acerca a Cristo para pedir por sirviente, etc.

Incluso si la acción, movida por la Fe, la realizan otras personas Dios está presente. Si lo que pedimos está dentro del plan de Dios, Cristo accede. Se demuestra que la comunión de los Santos es una herramienta que nos permite pedir a Dios por nuestros hermanos. Aunque nuestros hermanos estén en lo que les interesa y se queden mirando lo que los demás hacemos por ellos. Pero, ojo, no se trata de una herramienta que mueva a Dios segú n uestra voluntad, sino la consciencia de ser nosotros esa herramienta y que nuestra voluntad actúa en colaboración con la Voluntad divina.

Decididamente, una Fe activa es el medio que nos acerca a Cristo por medio de la colaboración de voluntades que acontece a través de la comunión de los Santos.

En la conclusión de este breve pasaje aparece una frase que nos conduce al misterio, porque se dicen dos cosas el mismo tiempo: “Esta fe es un regalo, un don de la gracia de Dios que la otorga a quien quiere”. A quien quiere recibirla y a quien Dios quiere dársela.

Llevemos ante Dios a nuestros hermanos y hagámoslo con Fe, ya que el milagro está en la mano de Dios.

lunes, 25 de julio de 2011

Fe Recta y Acción buena

Sometamos, pues, el alma a Dios, si queremos someter nuestro cuerpo a servidumbre y triunfar del diablo. Y la fe es la primera que somete el alma a Dios. Luego vienen los preceptos de buen vivir, con cuya observancia se afirma la esperanza, se nutre la caridad y empieza a comprenderse lo que antes tan sólo se creía. El conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre; y así como en el conocimiento hay que evitar el error, así en la conducta hay que evitar la maldad. Yerra quien piensa que puede comprender la verdad viviendo inicuamente. Iniquidad llamo amar a este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, desearlo y trabajar para adquirirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca, entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella mira, auténtica e inalterable verdad, adherirse a ella y permanecer adherida para siempre. Por lo tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aun no podemos entender; porque con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis. (San Agustín. El combate cristiano, Cap 13, 14)

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San Agustín nos indica un camino sobre el que andar: Primero hemos de creer después tenemos que someternos y experimentar los preceptos y sólo después podemos empezar a entender lo que antes solo se creía.

Dios nos pide que aceptemos con confianza aquello que El nos ha revelado, ya que sólo partiendo de esta revelación podemos actuar y después entender. Este enunciado no está muy lejos del método científico. Hipótesis, experimentación y certeza. Pero esto no quiere decir que la Fe sea algo medible o analizable en probetas. Hablamos de dos dimensiones diferentes que no podemos mezclar aunque presenten una evidente y reveladora analogía.

En todo caso, la probeta sería nuestra vida y la certeza se obtiene únicamente si se parte de la Fe necesaria para dejarse convertir por Dios mismo. Esta confianza nos permite ir andando el camino hacia la santidad.

Igual que no se puede experimentar científicamente sin comprometer los medios necesarios, tampoco podemos dejarnos convertir, sin comprometernos a nosotros mismos.

Por eso el conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre. La felicidad sólo puede alcanzarse según nuestra conversión se produce y vamos entendiendo lo revelado por Dios.

viernes, 22 de julio de 2011

El Símbolo de la Fe

Al aprender y confesar la fe, debes abrazar y guardar como tal sólo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras —a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones—, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón. Y cuando penséis en esto meditándolo, tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se os ha entregado.

Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (cf. 2 Cor 11, 14), quisiera inducirte a error. Pues «aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!» (Gál 1, 8).

La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe. Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf. 2 Tes 2, 15).. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 12)

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San Cirilo de Jerusalén nos habla del símbolo de la Fe: el Credo. Durante los primeros siglos, el Símbolo solo podía ser conocido por quienes hubieran sido bautizados y además no podía ser escrito. Debía ser aprendido de memoria para así retenerlo escrito en el alma. Los profanos no podía conocerlo para que así no pudieran profanarlo al exponerlo sin realmente tenerlo escrito en alma. Pero los tiempos cambiaron y al aceptarse el cristianismo como religión oficial del imperio (allá por el siglo VI) el carácter sagrado-oculto del Símbolo apostólico se fue perdiendo.

Pero que actualmente no se (re)conozca el carácter sagrado del Símbolo, no lo despoja de ser instrumento necesario para nuestra unión con Dios. Se tiene constancia indirecta de la confección del canon del Símbolo en los tiempos apostólicos, por lo que es más que probable que los propios apóstoles lo configuraran y lo donaran a las comunidades como parte del patrimonio entregado por Cristo en forma de revelación.

Es evidente que profesar el Símbolo unidos en comunidad nos hace constituir y renovar el vínculo sagrado existente entre nosotros y Dios. Sería deseable que a la profesión del Símbolo se le diera toda la solemnidad y consciencia, que requiere el acto que realizamos.

Con el símbolo repasamos el conjunto de pilares sobre los cuales se apoya nuestra Fe y unidad. Recordemos que dentro del Símbolo, profesamos nuestra Fe en una Iglesia única, universal, santa y apostólica. No son palabras vanas o una mera referencia a pertenecer una tradición determinada. Se trata de reconocer y proyectar nuestra comunidad dentro de la Iglesia universal, aceptando su carácter único y santo. Se trata de reconocer que la Iglesia es más que el conjunto de particularidades, instituciones y reglamentos. Se trata de ver en la Iglesia como un ideal a construir cada día entre nosotros.

El Símbolo apostólico une a cada fiel con la comunidad y a su vez, une a la comunidad con la Iglesia universal. Al mismo tiempo se une a la Iglesia actual con la Iglesia primitiva, dentro de una continuidad que lejos de ser aparente es una evidencia sagrada.

Pero lo que quizás sea más importante sería entender que nuestra Fe no es una fe ciega o producto del miedo. La fe es luz que nos permite entender lo que somos y lo que nos rodea. La Fe es alegría que parte de la Gracia proveniente del Amor de Dios. ¿Cómo podría partir del miedo? En todo caso podría causarnos temor consciente y reverente, pero nunca miedo.

Profesar la Fe es unirnos para cantar Marana-Thá (Ven Señor). Venga a nosotros tu Reino. Pero que todo sea según Tu voluntad.

miércoles, 20 de julio de 2011

Fides quaerens intellectum

Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre.

Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... «Dios es amor» (1 Jn 4, 16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. «Dios es fiel» (I Cor 1, 9; 10, 13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes. «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad. (Clemente de Alejandría. Stromata. V, 11, 1ss)

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¿Pensamos que la fe es inoperante y pasiva? ¿Quizás esperamos sentados a que Dios nos resuelva los problemas? Ciertamente la fe nos mueve, pero ¿A qué nos mueve? Nos mueve a comprender, sentir y actuar.

Tal como nos indica Clemente, para entender la fe es necesario que nos familiaricemos con el amor de Dios.  La fe no trata de creer algo que no se ve, sino de creer en aquello que se nos revela. Indudablemente tenemos que aceptar lo revelado, contemplarlo y comprenderlo. Acercarnos a nuestra verdadera naturaleza mediante la humildad de sabernos limitados y falibles. Sólo así podremos actuar con la pureza de los niños. Solo actuando como niños podremos ver a Dios en todo lo que nos rodea.

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. (Mt 5,8)

Tan simple y tan complicado para el ser humano de nuestros días. El ser humano se siente poseedor de todo el poder y el conocimiento, además se siente capaz de delimitar por si mismo qué es el bien y el mal. En la sociedad actual, más que negar a Dios, nos afanamos en olvidarle o recluirle de manera controlada en espacios y momentos delimitados. Lugares y tiempos cuanto más profanos mejor, a fin de evitar sentirnos fuera de lugar. 

El tiempo y el espacio sagrado ya no se comprenden como algo vivo, por lo que se alojan en museos. El mundo penetra en nosotros para alejarnos de Dios y de su verdadero objetivo. Al olvidar a Dios hacemos imposible su búsqueda. Entendiendo la búsqueda, no como una teodicea, sino como la capacidad abrir a Dios nuestro corazón, ya que El siempre llama primero a la puerta. 

lunes, 18 de julio de 2011

Dos nuevos pasos en la fe... ¿Cuáles?

Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el alma, como dice el Señor: «El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio» (Jn 5,24) y, además: «El que cree en él (en el Hijo), no es juzgado» (Jn 3,18), «sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5,24)14. ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos agradaron a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron esforzándose en un servicio a Dios durante largo tiempo, esto te lo concede a ti Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Cf. Rm 10,9; Flp 2,11) y que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rm 10,9; cf. Rm 1,4 ss; cf. I Co 12,3) y serás llevado al paraíso por quien en él introdujo al buen ladrón (Lc 23,43). Y no desconfías de que esto pueda hacerse, pues el que salvó en este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvará a ti también con tal de que creas.

Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones. «Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones...» (1 Cor 12,8,9). Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Pero quien tenga esta fe, dirá «a este monte: "Desplázate de aquí allá", y se desplazará» (Mt 17,20). Y cuando alguno, al decir esto mismo, «crea que va a suceder lo que dice» «y no vacile en su corazón» (Mc 11,23), recibirá aquella gracia. De esta fe se dice: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza» (Mt 17,20). Pues el grano de mostaza es de un volumen muy reducido, pero dotado de una fuerza como fuego y, sembrado en un espacio estrecho, hace crecer grandes ramas y se desarrolla, pudiendo albergar a las aves del cielo (cf. Mt 13,32). Del mismo modo, también la fe obra grandes cosas en el alma en rapidísimos instantes. Pues, una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo. Abarca los extremos de la tierra y, antes de la consumación de este mundo, ya ve el juicio y la concesión de los bienes prometidos. Ten, pues, esta fe que está en ti y a él se refiere, para que también de él recibas la que está en él y que actúa por encima de las fuerzas humanas. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 10-11)

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Volvemos a la fe y su polisemia intrínseca. San Cirilo nos ofrece otros dos nuevos entendimientos de la Fe. El primero lo publiqué en la entrada previa.

Podemos entender la fe como el compendio de aquello que ha sido revelado por Dios. Es, por lo tanto, una fe dogmática. Una fe-confianza en aquello que no vemos ni tocamos, pero que ha salido de boca de Dios.

Está escrito,No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’ ” (Mt. 4,3-4). ¿Vivimos nosotros de esa Palabra que procede de Dios? Complicado, complicado. Nos falta fe. Precisamente fe. Fe para dejar atrás  el cómodo y vacío sentido que “el mundo” nos ofrece.

¿Confiamos en la voluntad de Dios? Normalmente no. Nuestros afanes se topan constantemente con el hecho de creernos autosuficientes o con la desesperanza de sabernos incapaces. Por eso no conseguimos más que frustraciones. Queremos construir torres para alcanzar a Dios y no somos capaces de terminarlas.

Necesitamos fe para que la Divina Providencia actúe a través nuestra. El Buen Ladrón evidencia que esta fe es imprescindible y básica para nosotros. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (Lc 23,42-43)

El Buen Ladrón acepta la Verdad que es Cristo y no necesita más. Incluso si esta aceptación llega un segundo antes de morir.

Hay otro aspecto de la Fe. Dice San Cirilo: “hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones” “Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas”. Fe que es dada por la Gracia y que nos confiere posibilidades que exceden las fuerzas humanas. ¿A qué se refiere San Cirilo? ¿Podremos volar como Supermán o ser más poderosos cualquier ser humano?

Me temo que no va por ahí a lo que San Cirilo se refiere. “…una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo” Vaya, no son superpoderes. San Cirilo se refiere al entendimiento de Dios. ¿Cómo vamos a entender a Dios? Dios excede todo entendimiento.

San Cirilo no se refiere a entender el Ser de Dios, sino a que obtenemos la capacidad de comprender la voluntad de Dios y libremente poner nuestra voluntad en sintonía y sincronía con ella. De esta forma es Dios quien obra prodigios a través de nosotros. Estas son las posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Si tuviéramos la fe del tamaño de un grano de mostaza.

Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: "Arráncate y plántate en el mar", y os habría obedecido.» «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: "Pasa al momento y ponte a la mesa?"  ¿No le dirá más bien: "Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?" ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lc 17, 5-10)

Cristo nos lo deja claro: primero confianza, después unir nuestra voluntad a la voluntad de Dios. ¿Nos sabemos siervos inútiles? ¿Hemos hecho lo de debíamos hacer? Lo maravilloso de Dios no es que tome como siervos a los mejores, sino a defectuosos e incapaces y aún así consiga maravillas.

Que fácil es decirlo y que complicado es hacerlo. Dios nos ayude.

domingo, 17 de julio de 2011

La Fe de Jonás

Dios ha mostrado su paciencia ante la debilidad del hombre porque veía de antemano la victoria que le concedería un día, gracias al Verbo. Porque, cuando “el poder se manifiesta en la debilidad” (cf 2Cor 12,9) el Verbo manifiesta la bondad de Dios y su magnífico poder.

En efecto, al hombre le pasó lo que al profeta Jonás. Dios permitió que éste fuera tragado por un monstruo marino, no para desaparecer y perecer del todo, sino para que, después de haber sido devuelto por el monstruo, fuera más dócil a Dios y glorificara a aquel que le dio inesperadamente la salvación. También lo hizo para conducir a los ninivitas a un arrepentimiento sincero y convertirlos a Aquel que los libraría de la muerte, gracias al prodigio que vieron cumplirse en Jonás... De la misma manera, desde el principio, Dios permitió que el hombre fuera tragado por el gran monstruo, autor de la desobediencia, no para hacerlo desaparecer y perecer del todo, sino porque Dios había preparado de antemano la salvación realizado por su Verbo por medio del signo de Jonás. Esta salvación fue preparada para aquellos que tenían para con Dios los mismos sentimientos que Jonás y que los confesarían en los mismos términos: “Soy hebreo y adoro al Señor del cielo el que ha hecho el mar y la tierra.” (Jon 1,9).

Dios quiso que el hombre, recibiendo de él la salvación inesperadamente, resucite de entre los muertos y glorifique a Dios diciendo con Jonás: “Grité al Señor en mi angustia, y él me respondió; desde el vientre del abismo pedí auxilio, y escuchaste mi voz.” (Jon 2,2) Dios ha querido que el hombre siga siempre fiel en su alabanza y acción de gracias por la salvación obtenida. (S. Ireneo de Lyón. Contra los herejes III, 20,1)

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Volvemos al tema de la Fe y el evangelio de hoy domingo es especialmente adecuado.

¿Cuánta fe tuvo que tener Jonás para no desesperar en la oscuridad del cetáceo durante tres días? ¿Cuánta fe debemos tener nosotros en el trascurso de nuestra vida? Mucha, sin duda. Fe-confianza, que nos lleva a la Esperanza.

Sé de buena boca que alguno pensará que tanta confianza ciega no puede llevar a nada bueno. Cierto. La confianza ciega es un peligro. Necesitamos una confianza luminosa o no encontraremos sentido a nada de lo que nos ocurre. ¿Dónde encontrar la Luz necesaria?

Y el juicio está en que vino la Luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 19)

¿Preferimos la oscuridad de la ignorancia auto-asumida a la Luz? Sí. Es lo más frecuente. Esconderse en la oscuridad resulta más sencillo que buscar sentido por medio de la Luz.

Pero en los dos versículos previos,  al que he indicado antes, hay algo interesante:

Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. (Jn 3, 17-18)

¿Dónde podemos ir sin la confianza en Dios? Solamente a la desesperación. Terminamos por aceptarnos como chispas entre dos nadas. Pensando ahora en la frase Sartre, me doy cuenta que no respeta el principio de conservación de la energía. Interesante.

Pero ¿De qué tenemos que salvarnos? A corto plazo, de vivir sin un sentido que nos llene. Después la muerte, aunque sólo Dios conoce lo que encontraremos, tenemos la confianza en que la Luz nos guiará donde debemos ir. Decía San Ireneo:

Esta salvación fue preparada para aquellos que tenían para con Dios los mismos sentimientos que Jonás y que los confesarían en los mismos términos: “Soy hebreo y adoro al Señor del cielo el que ha hecho el mar y la tierra.” (Jon 1,9).

Es mejor encender na Luz que maldecir la oscuridad... dice una sabia frase oriental.

viernes, 15 de julio de 2011

¿Se parece nuestra Fe a la de los no creyentes?

Tampoco hay que pensar que el prestigio de la fe sólo se da entre quienes nos amparamos bajo el nombre de Cristo, sino que todo lo que se hace en el mundo, incluso por parte de quienes están lejos de la Iglesia, queda penetrado por la fe. Por medio de una fe, dos personas extrañas se unen por las leyes nupciales; personas ajenas una a otra entran en la comunión de cuerpos y bienes mediante la fe que se hace presente en el contrato matrimonial. También en una cierta fe se apoya el trabajo agrícola, pues no comienza a trabajar quien no tenga esperanza de recibir frutos. Con fe recorren los hombres el mar cuando, confiando en un pequeño leño, cambian la solidez de la tierra por la agitación de las olas, entregándose a inciertas esperanzas y mostrando una confianza más segura que cualquier ancla. En la confianza, finalmente, se apoyan los negocios de los hombres, y esto no sólo sucede entre nosotros, sino también, como se ha dicho, entre quienes son ajenos a lo nuestro. Pues, aunque no aceptan las Escrituras, tienen doctrinas propias que aceptan con confianza.

A la verdadera fe os llama también la lectura de hoy indicándoos el camino por el que podéis agradar a Dios, pues señala que «sin fe es imposible agradarle» (Hebr 11,6). Pero, ¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador? ¿Cómo mantendrá una muchacha su propósito de virginidad o será casto un joven si no creen en la corona inmarcesible de la castidad? La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección, pues dice el profeta: «Si no creéis, no entenderéis» .La fe, según Daniel, cierra la boca de los leones (cf. Hebr 11,33), pues de él dice la Escritura: «Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios» (Dn 6,24).

¿Hay acaso algo más terrible que el diablo? Pues contra él no tenemos otra clase de armas que la fe (cf. 1 Pe 5,9): un escudo incorpóreo frente a un enemigo invisible, que lanza múltiples venablos y acribilla con saetas a quienes, en la noche oscura, no están vigilantes. Pero, aunque reine la oscuridad y el enemigo no esté a la vista, tenemos como armadura la fe, como dice el Apóstol: «embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno» (El 6,16). A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 3-4)

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La Fe es una palabra polisémica que a veces nos da ciertos quebraderos de cabeza. En este texto Cirilo nos enseña una de estos entendimientos de la Fe. Fe entendida como confianza. Esta confianza no es algo propio de los cristianos, sino que se da de muchas formas en la vida cotidiana. Sin esta confianza, la vida se vuelve un martirio por la intranquilidad y las continuas sospechas.

Incluso las personas ateas desarrollan este tipo de fe-confianza sobre todo aquello que no puede ser comprobable materialmente. Por lo tanto, la dimensión de la fe-confianza, siempre que no se tenga algún trastorno psicológico, es común a todo ser humano.

Demos un paso más. San Cirilo se pregunta “¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador?” ¿Cuál es la remuneración que proviene de la confianza depositada en Dios? Simplemente la Gracia. La fe-confianza se convierte en fe-certeza por medio de la Gracia de Dios.

¿Qué nos sucede cuando perdemos la confianza? Sin fe-confianza, las demás virtudes se desaparecen. ¿Dónde queda la Esperanza sin confianza? ¿Cómo podremos tener caridad si no confiamos en Dios y nuestros hermanos?

Sin confianza nos desesperamos y es entonces cuando el diablo nos tiene a su merced. Sin esperanza no cabe encontrar sentido en la vida. Nada tiene razón de ser, nos quedamos solos con nosotros mismos y con el caos que nos rodea. ¿Qué podemos hacer entonces? Defendernos engañando y machacando a los demás.

Dice San Cirilo “La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección”. Las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad están íntimamente ligadas con los tres dimensiones de la persona humana: intelecto, emotividad y voluntad.

Sin esperanza (sentimiento) ¿Qué razón (intelecto) tenemos para negarnos a nosotros mismos y seguir a Cristo (voluntad)? Simplemente no habrá razón para nada que no nos beneficie egoístamente.

A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente” Lo que dice San Cirilo está cargado de sentido. La fe mueve la inteligencia y la inteligencia, mueve la voluntad.

¿Cómo podemos se más libres que utilizando todas las dimensiones de lo que somos? Dios no deja cabos sueltos.

viernes, 8 de julio de 2011

Primero pensar, luego creer

¿Quién no ve que primero es pensar que creer? Nadie en efecto cree, si antes no piensa que se debe creer... Es preciso que todo lo que se cree, se crea después de haberlo pensado (San Agustín. Tratado sobre la predestinación de los Santos 2,5).

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Seguramente le parecerá que esta frase de San Agustín se contradice con las palabras de Cristo a Santo tomas. "Le dice  Jesús: [ A Tomás] «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»" (Jn 20,29). Pero no es así.

Una Fe sin reflexión es una Fe congelada e incapaz de transmitirse a los demás y dar frutos. Dios quiere para nosotros una Fe viva y activa, no una fe que se desentiende de su coherencia. En la parábola de los talentos. ¿Quién se desentiende de la responsabilidad que ha depositado el dueño en él? El que guarda su talento para devolverlo tal cual. Quienes actúan correctamente son los otros dos depositarios, ya que devuelven más y lo hacen en proporción a lo recibido. Si no reflexionamos sobre la Palabra de Dios, la Tradición y Doctrina ¿Dónde vamos? ¿Sin reflexión es posible enraizar las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad?

Ahora, pensar la Fe no es manipularla ni trastocarla según nuestros gusto y tendencias del momento. Se trata de colaborar con Cristo  para convertirnos según la Fe y no convertir la Fe para que se adapte a nosotros.
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