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domingo, 26 de agosto de 2018

Cuando el Mal corrompe la naturaleza


Estamos viviendo un momento eclesial muy complicado. Estamos viendo cómo el mal ha colonizado la Iglesia y cómo nuestra Madre está siendo ultrajada por algunos que se hacen llamar sus hijos. Aunque sintamos dolor, seamos conscientes que es necesario que el mal se haga evidente para alejarlo de nosotros. Les pongo un ejemplo, normalmente hace falta que tengamos síntomas de una enfermedad para seamos conscientes de la necesidad de curarnos y de hacer más sana nuestra propia vida. Leamos lo que San Agustín nos dice sobre la corrupción:

Si la corrupción destruye en las cosas corruptibles todo lo que constituye en ellas la medida, la belleza y el orden, por el mismo hecho destruye o suprime la naturaleza. De esto se deduce que la naturaleza que es esencialmente incorruptible es Dios. Y, por el contrario, toda naturaleza sujeta a la corrupción es un bien imperfecto o relativo, ya que la corrupción no puede dañarle más que suprimiendo o disminuyendo la nota o el carácter de bondad que hay en ella.  (San Agustín. La naturaleza del bien. C VI)

¿Qué sucede en nuestra Madre Iglesia? Hemos perdido el sentido de lo sagrado y con ello, todo orden, belleza, medida y trascendencia queda supeditado a la subjetividad de cada uno de nosotros. Si cada uno de nosotros propone las medidas y el orden, adecuado a sus intereses, todo es posible y nada llega a ser considerado malo. Si desaparece el entendimiento del mal, el bien deja de ser el sentido de quienes somos católicos. De hecho, hemos dejado entender la Liturgia como la actividad principal de la Iglesia, dejándola como una excusa para darnos importancia a nosotros mismos: la asamblea. Los convocados nos reunimos para nosotros mismos, dejando de lado a Quien nos convoca. ¿Es tan extraño que la corrupción haya golpeado tan fuertemente a la asamblea de convocados? Es la consecuencia lógica de haber olvidado a Dios y haber puesto a nosotros mismo como centro de la Iglesia.

¿Qué hacer? Lo primero es dejar que Dios actúe, mostrando toda la podredumbre que hay dentro. No tengamos vergüenza, sino esperanza. Si no localizamos el foco de la infección, no podremos cauterizar la herida y curarla con los medicamentos adecuados. Si queda algo de podredumbre escondida, la infección seguirá latente. Mejor que aparezca todo lo que está corrompiendo a la Iglesia. Lo segundo es lo que nos toca hacer a cada uno de nosotros: buscar la santidad para que a través de nosotros, Dios se haga presente dentro de la Iglesia. Seguramente estemos pensando en la necesidad de un castigo. San Agustín nos habla de ello:

Dios es para nosotros un bien tan grande, que todo redunda en beneficio de quien no se separa de Él. Del mismo modo, en el orden de las cosas creadas, la naturaleza racional es un bien tan excelente, que ningún otro bien puede hacerla dichosa, sino Dios. Los pecadores, que por el pecado salieron del orden, entran de nuevo en él mediante la pena. Como este orden no es conforme a su naturaleza, por eso implica la razón de pena o castigo. Se le denomina justicia, porque es lo que le corresponde a la culpa o falta. (San Agustín. La naturaleza del bien. C VII)

Para cualquiera de nosotros, la pena empieza por rechazar lo que nos hace pecar. Para nosotros y para la Iglesia, es necesario sufrir alejándonos de los medios que nos han hecho pecar. ¿Hemos sido soberbios y prepotentes? Se impone la humildad y la docilidad. Dar espacio a la verdadera pobreza, que no es no tener dinero, sino dejar que sea Dios quien ordene nuestra vida. tenemos que dejar que vernos y entendernos como poderosos y empezar a vernos como herramientas defectuosas que esperan ser limpiadas y reparadas, por las manos de Dios. Esa limpieza y ajuste duele. Duele porque renunciamos a lo que nos gusta ser y a las apariencias que nos hacer tener poder. Duele porque tendremos que pensar en hacernos pequeños e irrelevantes. Ser irrelevante es el primer paso para que Dios sea el protagonista verdadero. 

El castigo viene dentro de la propia conversión y en el hecho de aceptar humildemente la justicia de Dios. Si no aceptamos hacer esto, el castigo no será vivificador, sino todo lo contrario. Quien se separa de la Voluntad de Dios, va desgastando su naturaleza, para terminar siendo un maltratado muñeco en manos del maligno. ¿Qué castigo es peor? ¿El que nos redime o el que nos hunde y destroza? En nuestra voluntad está empezar a negarnos a nosotros mismos y tomar la cruz, o despeñarnos para morir para siempre. ¿Por dónde empezar? Podemos tomar como punto de partida la profecía que nos legó en 1969 un sacerdote llamado Joseph Ratzinger:

La Iglesia se reducirá y tendrá que empezar de nuevo, más o menos desde el principio. Ella ya no podrá habitar muchos de los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. A medida que el número de sus adherentes disminuya. . . ella perderá muchos de sus privilegios sociales. . . Como pequeña sociedad, [la Iglesia] exigirá mayor iniciativa de sus miembros....

Serán tiempos difíciles para la Iglesia, porque el proceso de cristalización y aclaración, le costará mucha energía valiosa. Esto la hará pobre y se convertirá en la Iglesia de los humildes. . . El proceso será largo y tedioso como fue el camino del falso progresismo en la víspera de la Revolución Francesa - cuando un obispo se podría pensar que era inteligente si se burlaba de los dogmas e incluso insinuaba que la existencia de Dios no era en absoluto cierta. . .  Pero cuando la prueba de esta criba pase, un gran poder fluirá de una Iglesia más espiritualizada y simplificada. Los hombres en un mundo totalmente planificado se encontrarán indeciblemente solos. Si han perdido de vista a Dios por completo, sentirán todo el horror de su pobreza. Entonces descubrirán al pequeño rebaño de creyentes como algo completamente nuevo. Ellos lo descubrirán como una esperanza que es para ellos, una respuesta para los que siempre han estado buscando en secreto.

Y por lo tanto me parece cierto que la Iglesia se enfrenta con tiempos muy difíciles. La verdadera crisis apenas ha comenzado. Vamos a tener convulsiones terribles. Pero estoy igualmente seguro de lo que quedará al final: no la Iglesia del culto político, que ya está muerto, pero la Iglesia de la fe. Ella no será el poder social dominante en la medida en que fue hasta hace poco, pero disfrutará de un nuevo florecimiento y será vista como el hogar del hombre, donde se encuentra la vida y la esperanza más allá de la muerte. (La Fe y el Futuro, Joseph Ratzinger)

Tenemos que hacernos pequeños e irrelevantes por nosotros mismos. Tenemos que esperar todo de Dios y no de nuestras fuerzas, edificios, instituciones, poderes, valores, complicidades, mafias, redes de corrupción, etc. Si dejamos de tener poder, será cuando el verdadero poder, el poder de Dios, habitará entre nosotros. Cuando volvamos a reunirnos en Nombre del Señor, Él habitará entre nosotros. Cuando la jerarquía de la Iglesia vuelva a ser la santidad, empezaremos a sentir que la Gracia fluye por cada uno de nosotros. Quizás este sea el mejor de lo momentos para empezar el largo éxodo para volver al hogar que dejamos hace tantos siglos. Dios lo quiera, ruego por ello.



jueves, 16 de agosto de 2018

Mensaje a la iglesia de Esmirna


Y escribe al ángel de la iglesia en Esmirna:

El primero y el último, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida, dice esto: Yo conozco tu tribulación y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que son sinagoga de Satanás. No temas lo que estás por sufrir. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. `El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. (Ap 2, 8-11)

¿Cómo se puede ser rico cuando se pasa tribulación y pobreza? Se puede ser rico en arrogancia y soberbia sin tener nada que llevarse a la boca. El ser humano tiende a ser rico de sí mismo y rechazar a Cristo. Cristo que le solicita que se niegue a sí mismo antes de nada.

¿Cuál es la sinagoga de satanás? Es la estructura o red, que acoge y protege a quienes no creen en Cristo, pero se aprovechan de la Iglesia. La Iglesia está muy infiltrada de personas que se aprovechan de ella y que sólo buscan sus intereses personales.

¿Qué tribulación tenemos que soportar? Ser considerados detestables dentro de la misma Iglesia y ser rechazados por arrodillarnos únicamente ante Cristo. Tenemos que tener esperanza, porque tendremos que ser probados y aceptar con serenidad que se nos repudie y desprecie.  Sólo serás diez días, es decir, el tiempo justo perfecto que Dios estima que es necesaria la prueba a la que seremos sometidos.

El Ángel nos dice que si seguimos fieles hasta la muerte, tendremos la corona de la gloria. ¿Qué podemos esperar el mundo sino desprecio? Seamos fieles y no perdamos la esperanza.


miércoles, 8 de agosto de 2018

Mensaje a la iglesia de Efeso



Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso:

El que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que anda entre los siete candelabros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, tu fatiga y tu perseverancia, y que no puedes soportar a los malos, y has sometido a prueba a los que se dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos. Tienes perseverancia, y has sufrido por mi nombre y no has desmayado. Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio; si no, vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar, si no te arrepientes. Sin embargo tienes esto: que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios. (Ap 2, 1-7)

¿Quienes son los nicolaitas de la actualidad? Tomemos lo que indica en el comentario del Apocalipsis escrito por Victorino de Petovio en el siglo II. Este comentario es primero del que se tiene noticia y de ahí que sea de utilidad para entender muchos aspectos del Apocalípsis. Victoriano indica de los nicolaitas que  son «hombres falsos y turbadores que ministrando bajo el nombre de Nicolás crearon para ellos una herejía diciendo que las viandas ofrecidas a los ídolos podían ser exorcizadas y luego comidas,​ y que cualquiera que cometiere fornicación podía recibir la paz al octavo día». Los cristianos creemos que las ofrendas realizadas a los ídolos paganos no deben ser utilizadas por nosotros. No porque sean impuras en sí mismas, sino porque puede parecer que aceptamos estas ofrendas como válidas. Los nicolaitas eran funcionalistas a los que no le importaba comer las ofrendas a los ídolos y realizar actos que eran evidentemente inmorales.  ¿En qué se apoyaban para tener este tipo de comportamiento? Lo desconocemos, pero posiblemente utilizaban la casuística mezclada con una visión indiferentista de Dios. ¿Cuantos neo-nicolaitas tenemos hoy en día dentro de la Iglesia? Sin duda muchos. Se pueden encontrar entre las filas de quienes señalan constantemente ¿Quien soy yo para juzgar? y desprecian a quien señala el error. Son como el escriba, que en la parábola del buen samaritano, sigue adelante sin pararse ante el prójimo necesitado de consejo y entendimiento. 

¿Que significa que el Ángel quitará el candelabro de lugar? El candelabro es donde está depositada la luz para que ilumina nuestro camino. Es un signo de la Iglesia, que sostiene los sacramentos como camino hacia Dios. Sin el candelabro, nada podemos hacer. Sin la Gracia de Dios tampoco podemos nada (). Es evidente que quienes creen en un Dios indiferente, no necesitan de luz alguna. Se bastan con sí mismos para seguir adelante como ciegos en medio de ciegos. Si el Ángel quita el candelabro sólo nos quedará el llanto y el crujir de dientes.

¿Qué es el primer amor? Es el amor de cada uno de nosotros a Dios. Quien desplaza este amor hacia ídolos y segundos salvadores, ha perdido el primer amor. Por muchas acciones solidarias que realice, todo lo que hace, termina siempre a nivel humano y terrenal. Nuestros hermanos poseen la impresa la imagen de Dios. Pero ¿Comos capaces de ver que detrás de lo que tanto nos estorba de ellos está es maravillosa imagen? Esta imagen y semejanza está escondida detrás de la costra del pecado, pero está allí. Todo lo creado, nos recuerda a Dios y nos habla de Él. No podemos odiar lo que ha sido creado por Dios, pero tampoco podemos amar a la imagen por encima del original

Mirémonos en la iglesia de Éfeso y encontremos qué nos pide del Señor. Hemos olvidado el primer amor, que no es más que el amor que le debemos a Dios sobre todas las cosas. El ángel nos pide que nos arrepintamos y que pidamos perdón. La Iglesia actual, de la que somos parte, ama muchas cosas y personas que no son Dios. No se trata de odiar todo lo que no sea Dios, sino aprender a verlo en todos y todo. La huella de Dios ha quedado impresa en toda la creación. Todo y todos, tenemos el signo de Dios en nosotros, pero muchos son los llamados y pocos los elegidos. Pocos son los que permiten que el Espíritu Santo los transforme en símbolos vivos de Cristo entre nosotros. No se trata de convertirnos en líderes, organizadores o conductores de shows culturales basados en la fe. Todo simulacro de fe, está destinado a deshacerse en la manos de quien lo adquiere engañado.

viernes, 30 de octubre de 2015

Cuando la Iglesia enferma

La Iglesia es un ser vivo en el que las personas somos las células que le dan cohesión. La Iglesia, como todo ser vivo, necesita comunión, porque las células necesitan estar unidas para apoyarse, recibir alimento y desarrollarse.

Pero no todo es idílico en la vida de los seres vivos. A veces las células enferman y generan problemas. Estas células enfermas pueden desarrollarse en cualquier parte del cuerpo, por lo que ninguno de nosotros estamos a salvo de poder enferman espiritualmente y perder los vínculos de unidad que nos hacen sentirnos plenamente integrados en el gran organismo eclesial.

En los momentos en que vivimos, el cuerpo eclesial está enfermo por una gran diversidad de motivos, pero el síntoma más evidente de esta enfermedad es que los católicos cada vez nos alejamos más los unos de los otros. Las sinergias que dan vida al organismo se van perdiendo y el cuerpo se va debilitando poco a poco. Detrás de las enfermedades eclesiales siempre está el diablo, el gran separador, el gran mentiroso, el gran conspirador. El diablo juega con los carismas para enfrentarnos e imposibilitar que trabajemos unidos.

El principal vínculo de unidad, la fe, se ha convertido en algo relativo y maleable. El segundo vínculo de unidad: la relación con Dios, la sacralidad, casi ha desaparecido del mapa. Lo podemos ver en la gran cantidad de Liturgias y paraliturgias que conviven. Lo podemos ver en la construcción de templos multi-funcionales capaces de ser utilizados para fiestas, congresos o actos sociales, pero que cada vez albergan menos actos sagrados, como las misas. Lo podemos ver en la desacralización de los sacramentos y su transformación en signos socio-culturales.

Incluso el signo de unidad que Cristo no donó: el Santo Padre, se ha convertido en elemento de discordia y separación. Cada cual crea su clon de Papa ajustado a su ideología y egoístas deseos. Después grita, ¡Todos con el Papa!, reclamando que se unan a su clon Papal. Si no lo hacemos, nos atizan inmisericordes papazos, hasta que consiguen que nos vayamos lejos. Hablan de una misericordia que esconde dentro complicidad indiferente. Cuando se habla de justicia les duele, porque no aceptan que Dios nos regala la ley como primicia de su Gracia. Dios nos señala el camino y después nos envía la Gracia para que lo consigamos andar.

En el caos de propuesta de iglesitas personales, muchos reclaman una Iglesia plural. Si ahondamos en esta propuesta nos encontramos que lo que se solicita realmente es "otra iglesia" diferente. Una iglesia alternativa que se intenta imponer a los demás con buenas palabras y sonrisas vehementes. En todo caso, si les señalamos el engaño, nos dicen que cada cual se quede con la iglesia que más le guste. Eso sí, lo suficientemente lejos para que no nos tengamos que ver unos con otros.

En esta ambiente tan complejo y disonante, sólo el Espíritu Santo consigue que no nos rompamos en decenas de grupos independientes, cada cual con la iglesia que más le gusta. Hay esperanza por que el Señor habla de la victoria frente al maligno. La Iglesia prevalecerá, pero seguramente mucho más pequeña e irrelevante que en estos momentos, tal como el Card. Ratzinger nos comentó en su juventud. Esto es lo que nos hace seguir adelante día a día, la esperanza que conlleva tener fe en las Palabras de Cristo, que siempre son la Buena Noticia que da fuerzas y ánimo.


domingo, 8 de marzo de 2015

La Iglesia se reforma continuamente. Orígenes de Alejandría


Estoy empezando a leer el libro del P. Nicola Bux: “Cómo ir a misa y no perder la fe”. Me está resultado muy interesante, no tanto por descubrir nuevos aspectos que no conociera, sino por una serie pistas espirituales que son realmente interesantes. Una de ellas nos habla de la reforma que la Iglesia siempre está llevando a cabo: 
Por aquí empieza la reforma. El propio Messori recuerda que la más potente arma cristiana es la reforma continua, aquella que cada uno empieza desde sí mismo, desde el deseo y la búsqueda de la santidad personal. Frente a la tendencia extendida de la “autodeterminación” de la cultura laicista y la “sumisión” predicada por los musulmanes, la fe católica nos muestra, con su Liturgia perenne, el camino de la participación en la obediencia. Si queremos contribuir debemos preguntarnos si estamos disponibles. (P. Nicola Bux, Cómo ir a misa y no perder la fe) 

El vienes me hablaba con un amigo laico, que está encargado de una de las pastorales del archiprestazgo al que pertenezco. Me comentaba que llevaba intentado mover y darle vida a esa pastoral hace años, pero las “estructuras” no se mueven lo más mínimo... (Seguir leyendo)

domingo, 28 de septiembre de 2014

¿Por qué hay iniquidad en la Iglesia? Responde San Agustín


Muchos de nosotros nos preguntamos la razón que lleva al Señor a permitir la iniquidad dentro de la Iglesia. ¿No debería el Señor ocuparse que todo funcionara al 100%? La Iglesia tendría que estar compuesta por seres angélicos, perfectos y fieles, para que no existieran infidelidades y errores. La realidad nos demuestra que todos somos incoherentes, igual que los dos hermanos que aparecen en el Evangelio de hoy domingo (Mt 21,28-32).

No cabe duda que la Iglesia sufre constantemente por nuestros errores. Pero el mal tiene una función que solemos olvidar: evidenciar aquello que está caduco y necesita ser podado.

Tenemos nuestra incoherencia representada en los dos hermanos del Evangelio. Uno que le dice no al Padre, pero que termina haciendo su voluntad. El otro, que le dice que sí pero no hace lo que el Padre le ha indicado. Realmente nos quedan otras dos posibilidades que no se tratan en el Evangelio: el que dice que sí y hace lo que el Padre indica. La otra sería el que dice que no y no hace la voluntad del Padre.

Cristo no habla de las dos posturas incoherentes. Las dos que son coherentes no necesitan de demasiadas explicaciones. Ojala todos fuésemos capaces de decir sí y hacer lo que Dios desea de nosotros. Nos encontraríamos viviendo ya en el Reino de Dios. Pero, el Reino de Dios no es de este mundo. (seguir leyendo)

domingo, 10 de agosto de 2014

Nos hundimos porque falta Alguien. Orígenes de Alejandría


¿Cuántas veces hemos soñado con ir hasta la otra orilla? Una orilla en la que los problemas, responsabilidades y rencillas desaparecen como por arte de magia. En el Evangelio de hoy leemos un maravilloso pasaje en el que Cristo nos enseña que esa orilla existe, pero sólo podemos llegar si El nos acompaña. Orígenes de Alejandría nos habla sobre este episodio de una forma muy clara:

"Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a esperarlo en la otra orilla, mientras despedía a la muchedumbre". La muchedumbre no podía ir hacia la otra orilla; no eran hebreos en el sentido espiritual de la palabra, que se traduce como: "la gente de la otra orilla". Esta obra fue reservada para los discípulos de Jesús: irse a la otra orilla, sobrepasar lo visible y corporal, estas realidades temporales, y llegar los primeros hacia lo invisible y eterno. […] Y sin embargo los discípulos no pudieron preceder a Jesús sobre la otra orilla […]; posiblemente quería hacerles pasar por la experiencia de que sin Él no era posible llegar allí. […] ¿Qué barca es a la que Jesús obliga a los discípulos a subir? ¿No sería la lucha contra las tentaciones y las circunstancias difíciles? […]

Y nosotros, si un día nos enfrentamos con tentaciones inevitables, acordémonos que Jesús nos obligó a embarcarnos; no es posible alcanzar la otra orilla sin pasar por la prueba del oleaje y del viento huracanado. Luego, cuando nos veamos rodeados por numerosas y penosas dificultades, cansados de navegar en medio de ellas con la pobreza de nuestros medios, pensemos que nuestra barca está entonces en medio del mar, y que este oleaje busca "hacer naufragar nuestra fe" (1Tm 1,19) […] Mantengámonos seguros hasta que cercano el fin de la noche, cuando "la noche está avanzada y el día está cerca" (Rm 13,12), el Hijo de Dios llegará andando sobre las aguas y calmando la tempestad. (Orígenes. Comentario al Evangelio de Mateo, libro 11, cap. 5-6)

Para el cristiano cada día es una prueba, ya que nos encontramos siempre rodeados de tentaciones, dificultades y problemas. La Iglesia es como esa barca en la que Cristo envió a sus discípulos hacia el ideal de la “otra orilla”. Los discípulos, seguramente estaban deseando dejar la multitud que les acosaba y encontrar ese remanso de paz que todos anhelamos y nunca encontramos por nosotros mismos. En el camino, el viento se volvió contra la barca y las olas hicieron imposible la navegación. ¡Que desilusión! ¿No estaba tan cerca el destino deseado? ¿Cómo es posible que con todas nuestras fuerzas y medios, no podamos llegar hasta la orilla? (Leer más)

domingo, 29 de abril de 2012

El Espíritu en la vida del Cristiano y de la Iglesia


El Espíritu en la vida del cristiano. La unción de los bautizados está en continuidad con el bautismo del Señor. Por este sacramento asimilamos en nosotros mismos al Espíritu que, siendo imagen del Hijo, nos hace también a nosotros semejantes al Verbo de Dios. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana, que es "vida en el Espíritu" hacia la resurrección final, una vez que ha asimilado al que es el Espíritu de vida, a condición de que lo conserve hasta el fin de su paso por este mundo, cuando se tornará inmortal al recibirlo plenamente. Este es el hombre perfecto, es decir, el espiritual, porque toda su historia discurre bajo el signo del Espíritu que porta en su propio espíritu.

«Quienes temen a Dios y creen en la venida de su Hijo, y por la fe mantienen en sus corazones al Espíritu de Dios, se llaman con razón hombres puros y espirituales que viven en Dios» porque el Espíritu de Dios limpia con su presencia el corazón de aquellos en quienes habita, y, unido a ellos, los eleva al nivel de la vida divina. El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios.  Y como solamente los de corazón puro verán a Dios, por ello la vida del Espíritu en el hombre es condición para que éste pueda poseer el Reino.

El Espíritu en la vida de la Iglesia. El Espíritu dio vida a la Iglesia en su nacimiento, y por él ésta continúa viviendo; él la conduce y alienta, y sin él ella ni existiría ni podría realizar misión alguna. Si el Espíritu ha ungido a Jesús en el bautismo para que lleve a cabo la misión mesiánica, también ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia. Una vez descendido sobre los discípulos, los envió a los gentiles para purificarlos de sus idolatrías e iluminarlos con la luz de la fe por el bautismo. Elige a los ministros y les concede los carismas necesarios para su ministerio. Establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales. La conserva como un vaso siempre joven que contiene el perfume fresco del mismo Espíritu; por eso llega casi a identificarlos: «Donde está la Iglesia ahí está el Espíritu, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia y toda la gracia, ya que el Espíritu es la verdad». Por ello quienes se apartan de la Iglesia para formar sus conciliábulos renuncian a la verdad y la salvación por el Espíritu de Cristo.

El Espíritu inspiró los Evangelios, porque, siendo el que preanunció a Jesús por los profetas, ahora lo anuncia por los evangelistas; el que descendió sobre los Apóstoles y los envió a todas las naciones, les comunicó su poder para actuar por medio suyo, convocó a los gentiles a la fe, les mostró el camino de la vida para la existencia en Cristo, y todavía purifica y eleva a las creaturas por el bautismo. Sigue llamando a cada uno de los cristianos a la vocación de la fe, para que pasen continuamente del campo árido de la gentilidad al terreno de Cristo, donde éste les da a beber de su Espíritu (San Ireneo de Lyon, Síntesis teológica, 6)

Se suele decir que el Espíritu Santo es el gran desconocido, yo no lo tengo tan claro. Más que desconocido, tal vez sea el gran ignorado. Las obras del Espíritu son patentes. La Iglesia recibe la Vida del Espíritu y a través de él, se desarrollan carismas y ministerios. Viendo su obra, no podemos decir que no lo conocemos, sino que ignoramos que todo esto parta del Espíritu.

Quienes se apartan de la Iglesia son evidencia de la ausencia del Espíritu. El Espíritu hace reverdecer la Iglesia y en los círculos cerrados no aparece la renovación. Las iglesias personales mueren junto con quienes las han creado. La Iglesia universal revive de manera continua: ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia.

El Espíritu sigue llamando a los cristianos y les sigue dando dones para que colaboren en la construcción del Reino. Otra cosa es que no utilicemos esos dones, los depreciemos o los ocultemos por miedo a perderlos. [El Espíritu] establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales.

Podríamos preguntarnos a nosotros mismos si nos sentimos vacíos de Espíritu. ¿Vivimos apáticos nuestra Fe dentro o fuera de la comunidad? ¿Qué nos sucede? ¿Nos da miedo recibir el Espíritu? El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios. Si sentimos que nuestra vida no tiene un sentido y no sentimos la necesidad de dar testimonio de Cristo, es que algo falla. La semilla que se plantó en nuestro bautismo no ha terminado de germinar. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana. Tal vez nos pase como a quienes oían hablar a Cristo y se volvían abatidos porque su mensaje era duro. Mientras, sus discípulos oían palabras de vida eterna. No es lo mismo acercarnos a Cristo con el corazón sellado que con el corazón abierto.

¿Cómo tenemos nuestro corazón? Que el Señor nos ayude a abrir el corazón a Su Espíritu.

martes, 27 de septiembre de 2011

Desmundanizar la Iglesia


Merece la pena leerse, releerse. El discurso de Benedicto XVI en Friburgo es una hoja de ruta para reconocer, entender y penetrar en el Misterio de la Iglesia. Lo comparto de forma literal:

Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres señoras y señores,

Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.

Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad, cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.

La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es.

Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye (como dicen los Padres de la Iglesia) un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.

También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

En efecto, las secularizaciones (sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares) han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena.

Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible.

La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.

Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.

Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres (tanto a los que sufren como a los que los ayudan) precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

Benedicto XVI. Friburgo de Brisgovia, 25 de septiembre de 2011

lunes, 22 de agosto de 2011

Fortalecer esta Fe que se nos han transmitido desde los Apóstoles


Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta Fe que se nos han transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.

Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tú fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios. (Benedicto XVI. Homilia de la Misa de cierre de la JMJ 2011. Cuatrovientos)

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En mi paseo por la prensa de hoy, leo diversas reacciones contrarias a la visita del Papa y las Jornadas Mundiales de la Juventud. Estas reacciones se ajustan al milímetro a las consideraciones que Su Santidad hizo a los jóvenes y que he reproducido al comienzo de esta reflexión.

Benedicto XVI ha sabido tocar los errores típicos de una fe adolescente que nos impulsa a ser rebeldes, individualistas, lejanos a los sacramentos, descreídos con lo sagrado, desdeñosos de la Iglesia. Curiosamente, el Papa les pide a los jóvenes que salgan de este nivel de Fe individualista y personal, para encontrarse con una Fe madura, universal y atemporal. Fe que solo puede desarrollarse dentro de las comunidades que, a su vez,  viven dentro de la Iglesia

Las críticas presentan sus iglesias alternativas personales y se lamentan lo poco las consideramos. Para ellos, sus alternativas son las que están “al día” y las que nos hacen libres. ¿Cuál de ellas? ¿Todas? La verdad nos hará libres, no las apetencias de cada cual. Es evidente que muy pocas personas aceptan las miles de iglesias personales que nos ofrecen. ¿Por qué? Le pregunta Cristo a un demonio, « ¿Cuál es tu nombre?» Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.» (Mt 5, 9)

Las críticas nos hablan de los mismos fantasmas de siempre. La existencia de un estado confesional encubierto, la connivencia de la Iglesia con el poder y el dinero. No se fijan que el estado ha funcionado igual que con cualquier otro grupo de personas. La diferencia es el número de ellas que solicitan sus derechos para testimoniar públicamente en lo que creen. Hablan de los jóvenes como fanáticos y los llegan a comparar con Hare Khrisnas. Me pregunto si se miran a si mismos. Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.( Mt 7,5)

Dicen que el estado ha dado dinero para la JMJ, ignorando que se han financiado por si mismas y por los fondos que los propios católicos aportamos. Critican que el estado haya facilitado el evento ¿Estado debería estar en contra de la mayoría de sus ciudadanos? ¿Qué concepto tiene de estado? ¿Es democratico? Más bien, lo que demuestra es un peligroso sesgo totalitario disfrazado en aparente igualitarismo.¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! (Mt 23, 27)

La figura del Papa le duele a muchos. Les duele que sigamos al Papa como signo de una Iglesia unida y coherente. Nos llaman idólatras, pero lo que realmente adoramos es a Cristo desde dentro de la Iglesia. No buscamos cristos alternativos ni iglesias personales. Nos queremos reinventarnos los evangelios sesgando el mensaje, ni queremos vivir en una la Iglesia esclava de las tendencias ideológicas de cada tiempo histórico. La Iglesia es la misma desde el siglo I y debe seguir siendo la que fundó el propio Cristo. «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Leamos lo que nos dice San Cirilo de Jerusalén en una de sus catequesis:

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La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se la llama Iglesia o asamblea, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la tienda del encuentro. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oir mis palabras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis –dice el Señor de los ejércitos-, añadiendo a continuación: Del oriente al poniente es grande entre las naciones mi nombre.

 Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pablo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad. (San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 18,23-25)

martes, 16 de agosto de 2011

Iglesia en unidad

El cristiano que viajaba a otra comunidad recibía de su obispo la carta o letras de comunión, que lo acreditaban como miembro de la sociedad de comunión de la gran Iglesia. Para este procedimiento cada obispo poseía listas con las comunidades miembros de la gran comunión ortodoxa. En este punto, empero, Roma fue siempre tenida, por decirlo así, como el exponente de la recta sociedad de comunión. Era axioma que quien comulgaba con Roma, comulgaba con la verdadera Iglesia, aquel con quien Roma no comulga, no pertenece tampoco a la recta comunión, no pertenece en pleno sentido al «cuerpo de Cristo». Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo, preside la comunión general De la Iglesia, el obispo de Roma concreta y representa la unidad, que recibe la Iglesia de la cena del Señor.

Así la unidad de la Iglesia no se funda primariamente en tener un régimen central unitario, sino en vivir de la única cena, de la única comida de Cristo. Esta unidad de la comida de Cristo está ordenada y tiene su principio supremo de unidad en el obispo de Roma que concreta esa unidad, la garantiza y la mantiene en su pureza. El que no está en concordia con él se separa de la plena comunión de la Iglesia indivisiblemente una. De todo lo cual se sigue que el lugar teológico del primado es a su vez la eucaristía, en la cual tienen su centro común oficio y espíritu, derecho y caridad, que aquí hallan también su punto común de partida. Así pues, las dos funciones de la Iglesia -ser signo y misterio de fe- tienen su lugar en la eucaristía. Según eso, la Iglesia es pueblo de Dios por el cuerpo de Cristo, entendiendo aquí «cuerpo de Cristo» en el sentido pleno, que hemos tratado de elaborar en el presente trabajo. La tarea siempre nueva de los cristianos será luchar para que nunca se pierda la verdadera plenitud de la Iglesia: la caridad en que cada día se cumple de nuevo el misterio del cuerpo del Señor. (Joseph Ratzinger, El Nuevo Pueblo De Dios)

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Mañana comienzan las Jornadas Mundiales de la Juventud. Aparte de todo el evento y sus objetivos legítimos, hay un hecho que no debe quedar olvidado: el signo de unidad. Este signo se hace presente con la presencia del Santo Padre.  Presencia que evidencia la comunión existente entre todos los asistentes y participantes.

No olvidemos orar por los frutos de la JMJ y para que este signo conmueva a más de una persona y se precipite su conversión. Dios lo haga posible.

domingo, 27 de febrero de 2011

Me alimentaste con la leche espiritual de tus divinas enseñanzas

Tú, Señor, me sacaste de los lomos de mi padre; tú me formaste en el vientre de mi madre; tú me diste a luz niño y desnudo, puesto que las leyes de la naturaleza siguen tus mandatos.

Con la bendición del Espíritu Santo preparaste mi creación y mi existencia, no por voluntad de varón, ni por deseo carnal, sino por una gracia tuya inefable. Previniste mi nacimiento con un cuidado superior al de las leyes naturales; pues me sacáste a la luz adoptándome como hijo tuyo y me contaste entre los hijos de tu Iglesia santa e inmaculada.

Me alimentaste con la leche espiritual de tus divinas enseñanzas.

Me nutriste con el vigoroso alimento del cuerpo de Cristo, nuestro Dios, tu santo Unigénito, y me embriagaste con el cáliz divino, o sea, con su sangre vivificante, que él derramó por la salvación de todo el mundo.

Porque tú, Señor, nos has amado y has entregado a tu único y amado Hijo para nuestra redención, que él aceptó voluntariamente, sin repugnancia; más aún, puesto que él mismo se ofreció, fue destinado al sacrificio como cordero inocente, porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a ti, Dios, su Padre, hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Así, pues, oh Cristo, Dios mío, te humillaste para cargarme sobre tus hombros, como oveja perdida, y me apacentaste en verdes pastos; me has alimentado con las aguas de la verdadera doctrina por mediación de tus pastores, a los que tú mismo alimentas para que alimenten a su vez a tu grey elegida y excelsa.

Por la imposición de manos del obispo, me llamaste para servir a tus hijos. Ignoro por qué razón me elegiste; tú solo lo sabes.

Pero tú, Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, tú que eres una lámpara que alumbra.

Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile.

Apaciéntame, Señor, y apacienta tú conmigo, para que mi corazón no se desvíe a derecha ni izquierda, sino que tu Espíritu bueno me conduzca por el camino recto y mis obras se realicen según tu voluntad hasta el último momento.

Y tú, cima preclara de la más íntegra pureza, excelente congregación de la Iglesia, que esperas la ayuda de Dios, tú, en quien Dios descansa, recibe de nuestras manos la doctrina inmune de todo error, tal como nos la transmitieron nuestros Padres, y con la cual se fortalece la Iglesia. (San Juan Damasceno, De la Declaración de la fe, Cap. l: PG 95, 417-419)

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Poco se puede añadir a estaba preciosa oración de San Juan Damasceno. Leyéndola damos gracias por todo lo que hemos recibido de Cristo. Nosotros hemos recibido todo gracias a la Iglesia.

¿Damos gracias a Dios por la Iglesia que nos nutre y nos cobija? ¿Damos gracias por la leche espiritual que Cristo nos ofrece por medio de ella? Seguramente la sentimos más veces ajena que cercana. Tal vez la veamos más frecuentemente frente a nosotros que en nuestro interior. ¿Por qué?

La Iglesia no puede ser lejana o externa a nosotros. Si lo fuera, no sería realmente Iglesia sino una de las imágenes distorsionadas que con tanta facilidad nos proponen cada día.

Amad a la Iglesia, permaneced en la Iglesia, sed vosotros la Iglesia. (San Agustín)

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Señor, ayúdanos a ser Iglesia
amándola y permaneciendo en ella.
No nos permitas sentirnos alejados de ella,
ya que Tu cuerpo místico no puede ser
nunca algo ajeno y desafecto.
Gracias Señor por darnos la Iglesia
y enseñarnos que está más allá
de nuestros gustos y preferencias personales
Amén

sábado, 19 de febrero de 2011

La Iglesia, Virgen Madre

¡Oh maravilla de misterio! Uno es el Padre de todo, uno el Logos de todo, y uno el Espiritu Santo, el mismo en todas partes; y una sola también es la virgen madre: me complazco en llamarla Iglesia. Únicamente esta madre no tuvo leche, porque solo ella no llegó a ser mujer, sino que es al mismo tiempo virgen y madre, intacta como virgen, pero amante como madre. Ella llama a sus hijos para alimentarlos con una leche santa, el Logos acomodado a los niños. Por esto no tuvo leche, porque la leche era ese niño hermoso y querido, el cuerpo de Cristo. Con el Logos alimentaba ella a estos hijos que el mismo Señor dio a luz con dolores de carne, que el Señor envolvió en los pañales de su sangre preciosa. ¡Oh santos alumbramientos! ¡Oh santos pañales! El Logos lo es todo para el niño, padre, madre, pedagogo y nodriza. «Comed mi carne y bebed mi sangre», dice (cf. Jn 6, 53). Estos son los alimentos apropiados que el Señor nos proporciona generosamente: nos ofrece su carne, y derrama su sangre. Nada falta a los hijos para que puedan crecer (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, 1,6,42)

-oOo-

Leyendo este pasaje de Clemente de Alejandría es fácil darse cuenta de la esencia de la Iglesia. Las madres no se cambian o se reforman a gusto de sus hijos. El alimento del niño no se ajusta a sus gustos, sino a sus necesidades. Solo por medio de la Iglesia podemos Comer la verdadera Carne y beber la verdadera Sangre de Cristo, tal cual El lo instituyó. Sacramentos que nos unen y dan sentido como personas, comunidad e Iglesia universal. 

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Señor, estamos delante de Ti y te imploramos.
Condúcenos a tu redil y cuida de nosotros
Solo Tu eres la Puerta que nos guarda 
y nos aleja de todo mal.
Te doy gracias Señor Padre Santo, 
Dios Todopoderoso y eterno
porque aunque soy sólo un siervo pecador
y sin mérito alguno,
has querido conducirme a tu redil y
misericordiosamente me alimentas 
con el cuerpo y la sangre 
de tu hijo Nuestro Señor 
Jesucristo.
Amén.

domingo, 6 de febrero de 2011

Iglesia y Tradición

"Como antes hemos dicho, la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con cuidado la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la Tradición es una y la misma. Las iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Iberia o de los Celtas, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco de las iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una creatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz, que es la predicación de la verdad, brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad. Y ni aquel que sobresale por su elocuencia entre los jefes de la Iglesia predica cosas diferentes de éstas -porque ningún discípulo está sobre su Maestro -, ni el más débil en la palabra recorta la Tradición: siendo una y la misma fe, ni el que mucho puede explicar sobre ella la aumenta, ni el que menos puede la disminuye". (San Ireneo de Lyón,Contra las herejías I,10,2)

-oOo-

Es frecuente leer declaraciones en las que se ofrece iglesias alternativa, adaptadas a lo que en cada momento creemos más adecuado. Estas declaraciones suelen utilizar al famosa frase: "otra iglesia es posible". Frase que conlleva la destrucción de la Iglesia universal y la reedificación de una inmensa diversidad de iglesias particulares de cada cual.

Se olvida que el pegamento de la Iglesia es la Revelación de Dios a través de las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición. Claro que otra iglesia es posible si dejamos de lado la Tradición y la Tradición no puede ser olvidada ni recortada. La Iglesia tiene una sola voz, lo que evidencias que las segundas, terceras y cuartas voces no son la voz de la Iglesia.

Pero este problema no es un mal de la modernidad, aunque la modernidad haya dado nuevas armas a quienes quieren destruir la Iglesia:

Los que no están en la comunión católica y se glorían, sin embargo, del nombre cristiano, se ven obligados a oponerse a los creyentes; osan engañar a los indoctos como si se valiesen de la razón, siendo así, que el Señor vino cabalmente a traer esta medicina de la fe impuesta a los pueblos. Pero los herejes se ven obligados a hacer eso, como he dicho, porque sienten que serían repudiados con desdén si comparasen su autoridad con la de la Iglesia Católica.


Tratan, pues, de superar la autoridad de la Iglesia inconmovible con el nombre y promesa de la razón. Esta temeridad es normal en todos los herejes. Pero aquel emperador clementísimo de la fe, nos dotó también a nosotros del magnífico aparato de la invicta razón, valiéndose de selectos varones y piadosos y doctos y verdaderamente espirituales. Y al mismo tiempo fortificó la Iglesia con la ciudadela de la autoridad, valiéndose de concilios famosos de todos los pueblos y gentes y de las mismas sedes apostólicas.” (San Agustín, Carta a Dióscoro 118,32)

Pero las nuevas armas de los destructores de la Iglesia son las mismas que tenemos quienes la defendemos: los nuevos medios de comunicación. No dudemos en defender a la Iglesia en todo espacio y momento. Dios “...quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2, 4)

-oOo-

Arcángel San Miguel,
apiadate de nosotros y defiéndenos en la batalla de la vida.
Ampáranos ante los ataques y las acechanzas del enemigo-
Arroja al infierno a Satanás
y a todos aquellos espiritus malvados que quieran atacarnos
Amén.

martes, 1 de febrero de 2011

Unidad Cristo-Iglesia... y amor a la Iglesia

Merece leerse este post del blog Corazón eucarístico de Jesús. El Sagrario, que con tanta sinceridad, afecto y dedicación lleva el Padre Javier Sánchez. Pulse en la imagen para ir allí: Adelanto un breve párrafo para que se den cuenta de lo que les hablo:


"La Iglesia es el sacramento de Jesucristo, lo cual quiere decir, que la Iglesia se encuentra en cierta relación de identidad mística con Jesucristo. Todas las metáforas, imágenes y tipos de la Iglesia en la Escritura y en la Tradición reflejan esta identidad mística: Cuerpo de Cristo, Esposo y Esposa, Tabernáculo de su Presencia, Edificio en el que Cristo es el Arquitecto y la piedra angular, Templo de Cristo donde Él enseña, Arca y Columna, Paraíso en que Cristo es el árbol de vida, la Luna que refleja al Sol que es Cristo... Baste recordar un buen número de estas imágenes en el capítulo I de la Constitución Lumen Gentium. Por eso,  apartarse de la Iglesia es apartarse de Cristo; segregarse de la Iglesia es ser arrancado de Cristo quedando sin la comunicación de la Gracia, de la Redención y de la Verdad."

-oOo-

Señor danos unidad,
la necesitamos como el agua. 
Agua de vida eterna que eres Tu
y que se sólo la encontramos en
la Iglesia.
Amén

miércoles, 5 de enero de 2011

Dios se manifiesta a nosotros. Epifanía


Nosotros creemos en el Verbo de Dios. No nos fundamos en palabras sin sentido, ni nos dejamos llevar por impulsos emotivos o desordenados, ni nos dejamos seducir por la fascinación de discursos bien preparados, sino que prestamos fe a las palabras del Dios todopoderoso. Todo esto lo ordenó Dios en su Verbo. El Verbo las decía en palabras, para apartar al hombre de la desobediencia. No lo dominaba como hace un amo con sus esclavos, sino que lo invitaba a una decisión libre y responsable. El Padre envió a la tierra esta Palabra suya en los últimos tiempos. No quería que siguiese hablando por medio de los profetas, ni que fuese anunciada de manera oscura, ni conocida sólo a través de vagos reflejos, sino que deseaba que apareciese visiblemente, en persona. De este modo, contemplándola, el mundo podría obtener la salvación. Contemplando al Verbo con sus propios ojos, el mundo non experimentaría ya la inquietud y el temor que sentía cuando se encontraba ante una imagen reflejada por los profetas, ni quedaría sin fuerzas como cuando el Verbo se manifestaba por medio de los ángeles. De este modo, en cambio, podría comprobar que se encontraba delante del mismo Dios, que le habla.

Nosotros sabemos que el Verbo tomó de la Virgen un cuerpo mortal, y que ha transformado al hombre viejo en la novedad de una criatura nueva. Sabemos que se ha hecho de nuestra misma sustancia. En efecto, si no tuviese nuestra misma naturaleza, inútilmente nos habría mandado que lo imitáramos como maestro. Si Él, en cuanto hombre, tuviese una naturaleza distinta de la nuestra, ¿por qué me ordena a mí, nacido en la debilidad, que me asemeje a Él? ¿Cómo podría, en ese caso, ser bueno y justo? Verdaderamente, para que no pensáramos que era distinto de nosotros, ha tolerado la fatiga, ha querido pasar hambre y sed, ha aceptado la necesidad de dormir y descansar, no se ha rebelado frente al sufrimiento, se ha sujetado a la muerte y se nos ha revelado en la resurrección. De todos estos modos, ha ofrecido como primicia tu misma naturaleza humana, para que tú no te desanimes en los sufrimientos, sino que, reconociendo que eres hombre, esperes también tú lo que el Padre ha realizado en Él.

Cuando hayas conocido al Dios verdadero, tendrás con el alma un cuerpo inmortal e incorruptible, y obtendrás el reino de los cielos, por haber reconocido al Rey y Señor del cielo en la vida de este mundo. Vivirás en intimidad con Dios, serás heredero con Cristo, y no serás ya esclavo de los deseos y pasiones, y ni siquiera del sufrimiento y de los males físicos, porque habrás llegado a ser como Dios. Los sufrimientos que debías soportar por el hecho de ser hombre, te los daba Dios porque eras hombre. Pero Dios ha prometido también concederte sus prerrogativas una vez que hayas sido divinizado y hecho inmortal. Cristo, el Dios superior a todas las cosas, el que había decidido cancelar el pecado de los hombres, rehizo nuevo al hombre viejo y desde el principio lo llamó su propia imagen. De este modo ha mostrado el amor que te tenía. Si tú eres dócil a sus santos mandamientos, y te haces bueno como Él, te asemejarás a Él y recibirás de Él la gloria .
 (Hipólito romano Refutación de todas las herejías, capt. X, 33-34)

--oOo--

Tal como dice San Hipólito romano, los cristianos no nos dejamos llevar por palabras sin sentido, emotividades o discursos huecos. No seguimos imaginaciones personales ni nos postramos ante estatuas sin vida. ¿Por qué nos comportamos así? Porque  Dios se ha encarnado entre nosotros. El Verbo que da sentido a todo cuanto existe, se manifestó en carne mortal.

¿Cómo podemos salir al encuentro de Cristo? Aunque Dios siempre da el primer paso, el segundo paso lo tenemos que dar nosotros. Esto se evidencia tanto en los pastores como los Sabios Magos de oriente. Ambos respondieron a la llamada de Dios y peregrinaron hasta ver a Cristo.

Los pastores, en su sencillez, tuvieron que dar un breve paseo para encontrarse con Dios. Los sabios, tuvieron que viajar desde lejos y hacer acopio de paciencia y tesón. Pero llegaron ante Dios de igual forma. Se postraron ante El en adoración y le ofrecieron sus regalos. Regalos que son profecías: oro, incienso y mirra. Ante Dios solo cabe postrarse y le adorarle.

¿Dónde encontramos a Cristo hoy en día? ¿A dónde nos llama a que vayamos a adorarle? Cristo nos lo dejó claro: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18,20) Cristo nos convoca a reunirnos eclesialmente para encontrarnos en El. Quizás debamos emprender el camino ya mismo y dejar atrás todo aquello que nos separa. Al final del camino, Cristo está esperándonos.

¿Qué podemos ofrecer a Cristo como presente? Lo más preciado que tenemos: nosotros mismos. Entonces Dios nos ofrece su gracia más excelsa. ¿Cúal? Lean el texto de San Hipólito romano y sabrán a que me refiero.

--oOo--

Señor, Tu nos llamas y nos convocas a adorarte
y nos dices que hemos de hacerlo unidos.
Ayúdanos a romper todo lo que nos separa y nos aleja.
Ayúdanos a entender tu mensaje y penetrar en el Misterio
Nos te olvides de nuestras imperfecciones y limitaciones
Solo tu gracia es capaz de cambiar nuestra naturaleza humana
para ser divinizados por tu Amor
Amén

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