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domingo, 9 de octubre de 2011

La Trascendente Proporción


Advierto que hoy traigo un texto un poco más difícil que de costumbre. De vez en cuando me gusta compartir este tipo de reflexiones, a fin de enlazar con otras personas que puedan compartir este tipo de inquietudes místicas. A lo mejor se sorprenden de la existencia de una mística científica, ya que tras el renacimiento ha sido casi totalmente olvidada. La irrupción del nominalismo hizo que la vía mística de la ciencia quedara detenida. 

Su autor, Nicolás de Cusa, fue cardenal y obispo de Bresanona, ciudad del norte de Italia. Nació en Cusa en el año 1401 y muere en Todi en año 1464. Fue uno de los teólogos que iniciaron la transición del medievo al renacimiento por medio de un entendimiento unitario de todo lo que existe. Este fragmento de su obra “La Docta Ignorancia” nos da una clave para entender el misterio de los paradigmas que nos hablan de Dios en todo lo que existe.

Todos nuestros más sabios, más divinos y más santos docto­res están de acuerdo en que realmente las cosas visibles son imágenes de las invisibles, y que nuestro creador puede verse de modo cognoscible a través de las criaturas, casi como en un espejo o en un enigma. Y el que las cosas espirituales, que para nosotros son por sí mismas intan­gibles, puedan ser investigadas simbólicamente, tiene su raíz en las cosas que antes se han dicho. Puesto que todas las cosas guardan entre sí cierta proporción (que para nos­otros, sin embargo, es oculta e incomprensible), de tal manera que el universo surge uno de todas las cosas y todas las cosas en el máximo uno son el mismo uno. Y aunque toda la imagen parezca acercarse a la semejanza del ejem­plar, sin embargo, excepto la imagen máxima, que es lo mismo que el ejemplar en la unidad de la naturaleza, no hay una imagen de tal modo similar, o igual, al ejemplar que no pueda hacerse más semejante y más igual infinita­mente, como ya hemos visto antes que es evidente.

Cuando se haga una investigación a partir de una imagen, es necesario que no haya nada dudoso sobre la imagen en cuya trascendente proporción se investiga lo desconocido, no pudiendo dirigirse el camino hacia lo in­cierto, sino a través de lo presupuesto y cierto. Todas las cosas sensibles están en cierta continua inestabilidad a causa de su potencialidad material, abundante en ellas. Lo que es más abstracto que esto, cuando se reflexiona sobre las co­sas (no en cuanto que carecen de raíz de elementos natu­rales, sin los cuales no pueden ser imaginadas, ni en cuanto yacen bajo la fluctuante potencialidad) vemos que es muy firme y muy cierto para nosotros, como ocurre con los ob­jetos matemáticos; por lo cual los sabios buscaron hábil­mente en ellos, por medio del entendimiento, ejemplos para la indagación de las cosas. Y ninguno de los antiguos, a quien se considere importante, buscó otra semejanza que la matemática para las cosas difíciles. (Nicolás de Cusa. La Docta Ignorancia, fragmento C. XI)

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 En una conversación en Facebook apareció la palabra “proporción”. Mi interlocutor me pregunto qué tenía que ver esa palabra en lo que estábamos dialogando. ¿Tienen que ver el cristianismo con la proporción? Es complicado encontrar mejor referencia de este concepto que la frase bíblica que se refiere a Cristo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.” (Salmo 117, 22-23).

La piedra angular o clave de bóveda es aquella que se coloca en la parte superior de los arcos y que reparte proporcionalmente los empujes para dar estabilidad a la construcción. Entender qué es esta piedra angular nos permite entender qué función tiene Cristo en nosotros y la Iglesia.

Hay otros muchos aspectos de nuestra Fe que se iluminan cuando los abordamos por medio de la semejanza. Las proporciones trascendentes se hacen evidentes ante nuestros ojos si sabemos mirar con limpieza de corazón. Ya nos lo Cristo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8).

Pero estas proporciones no solo nos hablan de Dios desde fuera y hacia fuera de nosotros. También nos hablan desde y hacia dentro de nosotros. En el Tratado sobre el Orden, San Agustín nos dice: “Luego yo soy superior (a los animales), no por fabricar cosas bien proporcionadas, sino por conocer las proporciones” (Tratado Sobre el Orden 2,19,49)

Estimado lector, seguramente se esté preguntando si es necesario entrar en el laberinto que intento dibujar. Ciertamente no es necesario. La Fe es un don de Dios que sólo necesita de nuestra aceptación para que la Gracia de Dios la haga crecer en nosotros. Ahora, también es cierto que la Fe se robustece por medio de los dones de entendimiento, ciencia y sabiduría. Roguemos a Dios para que recibamos estos dones y que la Fe se vaya afianzando en nosotros, día a día, por medio de la Gracia de Dios.

martes, 4 de octubre de 2011

Alabarán al Señor los que lo buscan

Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán el Señor los que lo buscan:
viva su corazón por siempre.
Lo recordarán y volverán al Señor
hasta los confines de la tierra;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
todo lo que hizo el Señor. (Salmo 21)


«Alabarán al Señor los que lo buscan» (Salmo 21,27). Los que lo busquen lo encontrarán, los que lo encuentren lo alabarán. ¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti! Porque tú te nos has revelado por la predicación. Te invoca, Señor, esta fe que me has dado, esta fe que me has inspirado a través de la humanidad de tu Hijo por el ministerio de tu predicador. Y ¿cómo invocaré yo a mi Dios, mi Dios y mi Señor? Cuando le invocaré, le llamaré para que venga a mí. Pero ¿es que hay en mí un lugar donde mi Dios pueda venir, ese Dios que ha hecho el cielo y la tierra» (Gn 1,1)? Así, pues, mi Dios y Señor, ¿es que hay en mí alguna cosa que pueda contenerte? ¿Es que el cielo y la tierra que tú has creado, y en los cuales me has creado a mí, te pueden contener?... Puesto que yo mismo existo ¿puedo pedirte que vengas a mí, a mí que no existiría si tú no existieras en mí?...

¿Quién me concederá poder descansar en ti? ¿Quién me concederá que vengas a mi corazón, que lo embriagues para que yo olvide mis males y pueda estrecharte, a ti mi único bien? ¿Quién eres tú para mí? Ten compasión de mí para que pueda hablar. ¿Quién soy a tus ojos para que me mandes amarte?... En tu misericordia, Señor Dios mío, dime lo que tú eres para mí. «Di a mi alma: Tú eres mi salvación» (Sl 34,3). Díselo; que yo lo oiga. Mira que el oído de mi corazón está a la escucha, delante de ti, Señor, haz que te oiga, y «di a mi alma: Yo soy tu salvación». Correré hacia esta palabra y al fin te agarraré. (San Agustín, Confesiones, I, 1-5)

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Salmo y comentario de San Agustín, se unen como una plegaria que es, al mismo tiempo, alabanza y súplica. Los textos son una llamada a Dios que espera y sabe que será colmada.

¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti!

La sociedad actual no busca a Dios, ya que quiere creer que no lo necesita. Quien no busca no encuentra, pero a algunos de los que buscan, Dios da la gracia de la Fe.

Los que hemos nacido católicos y hemos sigo bautizados por nuestros padres no tenemos una conciencia clara del gran don que Dios nos ha regalado. Nos ha tendido la mano desde que nacimos y está a la espera que nosotros la busquemos y la estrechemos. ¿A qué esperamos? ¿La responsabilidad es grande? Cierto, pero los dones que recibiremos nos ayudarán a llevar la cruz.

A muchos de nosotros nos llega a parecer insustancial conocer a Dios, ya que Dios no se nos ofrece como herramienta o sirviente de nuestros deseos. Dios hace otra cosa. El nos ofrece actuar en nosotros para que seamos herramientas suyas. Menuda contradicción para el ser humano actual. Pero también lo era en tiempos de Cristo “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25) No hemos avanzado mucho desde entonces.

Decía Benedicto en el discurso que ofreció en Friburgo hace unos días: “Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios y las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe

¿Somos católicos rutinarios? ¿Damos más importancia a las apariencias que a lo sustancial? El corazón, es decir nuestra centralidad, debe ser Cristo y eso sólo podemos conseguirlo si lo deseamos y Dios nos lo concede.

domingo, 11 de septiembre de 2011

La carrera de ser cristiano

Así, dueño de si mismo y de lo suyo, poseyendo una segura comprensión de la ciencia divina, [el cristiano] se encuentra auténticamente junto a la Verdad. En efecto, el conocimiento y la percepción segura de lo inteligible sin duda puede llamarse ciencia, cuya tarea respecto a las cosas divinas es indagar ciertamente cual sea la causa primera y de Aquél por cuyo medio fueron hechas todas las cosas y sin Él no se hizo nada (Jn 1,3); a su vez también cuales son las cosas como penetrantes, cuales las envolventes, cuales las que se encuentran unidas y cuales las disociadas.  Y cual es el rango que cada una de estas cosas tiene y cual es el poder y la función sagrada que desempeñan. A su vez, respecto a las cosas humanas, [el conocimiento revela] qué es el hombre mismo, qué es lo conforme a su naturaleza y contrario a ella, cómo está relacionado con el actuar y con el sufrir, cuales son sus virtudes y sus vicios, lo relativo al bien y al mal y a lo que está entre ambos; lo que concierne a la fortaleza, prudencia, templanza, y a la justicia, que sobrepasa a todas. Pero [el cristiano] se aprovecha de la prudencia y de la justicia en aras de la adquisición de la sabiduría y de la fortaleza, no sólo para soportar él mismo las adversidades, sino para también dominar en lo concerniente al placer y a la concupiscencia, al dolor y a la ira, y en general para enfrentarse a todo lo que con violencia o engaño seduce a las almas (Clemente de Alejandría, Stromata VII 3, 17.1)

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Leer este párrafo de la Stromata de Clemente de Alejandría, me invita a reflexionar sobre el sentido del cristiano. No podemos decir que Clemente proclame un cristianismo apático y desentendido de la comprensión de todo lo que le rodea. Para él, el cristiano debería buscar sabiduría que le permite discernir dentro y fuera suya. Sabiduría que le ayuda a defenderse de todo lo que le puede seducir y le engañar.

¿Tenemos hoy en día una comprensión del cristiano que se acerque a lo que nos indica Clemente? Me temo que nos quedamos en una capa de conocimientos desligados que se mantienen unidos gracias a la Fe.  Si la Fe es fuerte, el cristiano podrá seguir adelante por mucho que se plantee dudas, pero si la Fe no es tan fuerte, es normal que se derrumbe ante las incertidumbres que le plantea el mundo actual. Por otra parte, hay que ser conciente que no todas las personas están dispuestas a dedicar su vida y aliento a formarse y reflexionar en profundidad. 

Si comparamos el camino del cristiano con una carrera, los hermanos más lentos pueden recriminar a los más rápidos que se complican la vida y se la complican a los demás. También pueden objetar que todas las florituras son innecesarias y que los rápidos se centren en lo fundamental: la Fe. Lo maravilloso es que estas personas tienen razón sin que ello implique que haya que cambiar la actitud en los rápidos. La velocidad o la fortaleza no son imprescindibles, pero forman parte de la naturaleza que ha dado Dios a cada cual.

¿Cómo es posible? A cada obrero Dios da un número de talentos particular y sobre lo que les ha dado, les pedirá cuentas cuando vuelva. Los rápidos tienen su función, los fuertes la suya, los lentos tienen sus responsabilidades, al igual que los despistados. Nadie deja de ser necesario.

Decía San Agustín: Cuantos corren, corren con perseverancia, pues todos recibirán el premio. El que llegó el primero esperará a ser coronado con el último. Este certamen no lo emprende la codicia, sino la caridad. Todos los que corren se aman, y este mismo amor es la carrera (San Agustín. Comentario al Salmo 39,11).

La caridad hace que los que corremos unidos, nos amemos aunque unos vayan delante y otros detrás. Los más fuertes ayudarán a los rezagados, los más rápidos marcarán el camino a los despistados. Los lentos serán quienes procuren descanso a los rápidos y los despistados, relajarán a los fuertes. Una vez lleguemos, todos recibiremos el mismo premio ¿No es maravilloso?

Si alguien piensa que obtener el mismo premio para todos es injusto, le invito a repasar la parábola de los obreros de la hora undécima (Mateo 20:1-16). ¿Por qué el mismo premio? ¿Dios puede ser injusto? El mérito de llegar antes o después es de Dios, no nuestro.  Él fue quien nos creó como somos (talentos) y además nos dio la fuerza (gracia) para llegar. Pero no olvidemos que nuestra colaboración es imprescindible aunque el premio lo ganemos por Gracia de Dios.

domingo, 28 de agosto de 2011

Todo cuanto de verdadero había leído, se decía aquí realzado con tu gracia

Agustín, Santo
Así, pues, cogí avidísimamente 'las venerables Escrituras de tu Espíritu, y con preferencia a todos, al apóstol Pablo. Y perecieron todas aquellas cuestiones en las cuales me pareció algún tiempo que se contradecía a sí mismo y que el texto de sus discursos no concordaba con los testimonios de la Ley y de los Profetas, y apareció un o a mis ojos el rostro de los castos oráculos y aprendí a alegrarme con temblor.

Y comprendí y hallé que todo cuanto de verdadero había yo leído allí, se decía aquí realzado con tu gracia, para que el que ve no se gloríe, como si no hubiese recibido, no ya de lo que ve, sino también del poder ver—pues ¿qué tiene que no lo haya recibido?—; y para que sea no sólo exhortado a que te vea, a ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado, para que te retenga; y que el que no puede ver de lejos camine, sin embargo, por la senda por la que llegue, y te vea, y te posea.

Porque aunque el hombre se deleite con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su mente, y que le lleva cautivo bajo la ley del pecado, que existe en sus miembros? Porque tú eres justo, Señor, y nosotros, en cambio, hemos pecado, hemos obrado inicuamente; nos hemos portado con impiedad, y tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros, y justamente hemos sido entregados al pecador de antiguo, prepósito de la muerte, porque persuadió a nuestra voluntad de que se asemejara a la suya, que no quiso persistir en tu verdad. (San Agustín. Las confesiones, Libro VII, Cap. XXI, 27)


Hoy celebramos a San Agustín, persona que buscó la Verdad y se hizo libre a partir de Ella.

Ser sanados para poder ver la senda que nos lleva a Dios. Senda por la que llegar y recibir a Dios en forma de Gracia y don.

El ser humano contemporáneo desdeña la Verdad, porque ha aprendido que la Verdad limita su libertad. Pero ¿Es esto posible? ¿La Verdad nos limita o nos potencia?

Depende de a que llamemos libertad. Si decimos que el sordo es más libre que el que oye, ya que puede ponerse la música que quiera sin que esto le afecte, entenderemos el concepto de libertad contemporáneo. Por esta razón el que no tiene oídos para oír, se considera libre. El que oye, entiende y decide frente a lo que conoce, resulta ser una persona esclava de su conocimiento y sentido.

El pecador de antiguo, como llama San Agustín al diablo,  nos persuade de seguir su voluntad y lo hace embotando nuestra percepción y nuestro entendimiento. Sólo de esa forma podemos seguirlo sin darnos cuenta del engaño. Si nuestra voluntad fuese realmente libre, se uniría a la voluntad de Dios sin dudarla.

Les recomiendo leer las obras de San Agustín. Quizás las confesiones sean la puerta de entrada más común. También puede ser interesante introducirse por medio de los Comentarios a los Salmos, el Tratado sobre el evangelio de San Juan o los Sermones. En estos libros tenemos lecturas rápidas y concretas, que nos van acercando a las Sagradas Escrituras. También hay una serie de tratados breves, como el del Orden, la Paciencia, ... que son fáciles de leer.

Los momentos de quietud, antes de dormir, son especialmente propicios para ir leyendo con tranquilidad, la inmensa obra de San Agustín. 

lunes, 8 de agosto de 2011

Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti


Por lo tanto, hermanos míos, conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiera su pequeñez para que sea plena cuando lleguemos al lugar donde se dirá: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer.

Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad, pero no puede existir en ti al margen de tu voluntad. Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo. Pues fue entregado por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación. ¿Qué significa para nuestra justificación? Para justificarnos, para hacernos justos. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre, sino también por ser justo. Mejor es para ti ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser justo obra tuya, al menos esa obra tuya es más grande que la de Dios. Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento si no existías? Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti .(San Agustín. Sermón 169,13)

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 ¿Qué es justificarse? En el entendimiento cotidiano es dar razón de nuestra acciones e inacciones. Ante los intentos de dar explicaciones de nuestros actos, más de una vez nos han dicho: “no te justifiques, acepta tus fallos”. Esta justificación no es de la que habla San Agustín y por eso nos resulta complicado entender lo que nos dice. Justificarse no es dar razones personales, es algo muy diferente.

Justificarse (iustum facere) es “hacerse justo a uno mismo”. Recrearse con la proporción adecuada, perfecta, divina.  ¿Qué proporción? La proporción con la que fuimos creados y perdimos con el pecado. Es decir, justificarse es santificarse, hacerse santo. ¿Podemos hacernos santos por nosotros mismos? ¿Podemos cambiar nuestra naturaleza? Dado que nuestra naturaleza nos hace ser lo que somos, por nosotros mismos no podemos transformarnos. La piedra sólo queda transformada en una obra de arte, llena de significado y proporción, cuando el cincel del artista termina su obra.

Nosotros somos más que piedra pasiva carente de conciencia de si misma y de lo que le rodea. Nosotros tenemos consciencia y voluntad. Por eso somos capaces de desear transformarnos según el modelo inicial del Artista. Podemos desear y querer ser reconstruidos según las proporciones iniciales dadas por quien nos creó.

Igual que no podemos esperar ser quienes nos transformemos a nosotros mismos, tampoco podemos esperar que el Creador nos cambie sin que nuestra voluntad esté presente y participe en todo el proceso.

Dice San Agustín: “ Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo.

¿Sabemos que hacer? ¿Conocemos la manifestación de la voluntad de Dios? ¿Tenemos corazón?

Es decir, si tenemos conocemos la revelación de Dios, tenemos consciencia de lo que somos, sabremos lo que tenemos que hacer. Si creemos en la fuerza de la resurrección Cristo, es decir, la fuerza que transforma las naturalezas y que es la voluntad de Dios, nos queda rogar y aceptar la conversión. Qué fácil es decirlo y que complicado es hacerse con el valentía necesaria para abrir la puerta a Dios y aceptar todas las consecuencias que trae consigo.

lunes, 25 de julio de 2011

Fe Recta y Acción buena

Sometamos, pues, el alma a Dios, si queremos someter nuestro cuerpo a servidumbre y triunfar del diablo. Y la fe es la primera que somete el alma a Dios. Luego vienen los preceptos de buen vivir, con cuya observancia se afirma la esperanza, se nutre la caridad y empieza a comprenderse lo que antes tan sólo se creía. El conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre; y así como en el conocimiento hay que evitar el error, así en la conducta hay que evitar la maldad. Yerra quien piensa que puede comprender la verdad viviendo inicuamente. Iniquidad llamo amar a este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, desearlo y trabajar para adquirirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca, entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella mira, auténtica e inalterable verdad, adherirse a ella y permanecer adherida para siempre. Por lo tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aun no podemos entender; porque con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis. (San Agustín. El combate cristiano, Cap 13, 14)

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San Agustín nos indica un camino sobre el que andar: Primero hemos de creer después tenemos que someternos y experimentar los preceptos y sólo después podemos empezar a entender lo que antes solo se creía.

Dios nos pide que aceptemos con confianza aquello que El nos ha revelado, ya que sólo partiendo de esta revelación podemos actuar y después entender. Este enunciado no está muy lejos del método científico. Hipótesis, experimentación y certeza. Pero esto no quiere decir que la Fe sea algo medible o analizable en probetas. Hablamos de dos dimensiones diferentes que no podemos mezclar aunque presenten una evidente y reveladora analogía.

En todo caso, la probeta sería nuestra vida y la certeza se obtiene únicamente si se parte de la Fe necesaria para dejarse convertir por Dios mismo. Esta confianza nos permite ir andando el camino hacia la santidad.

Igual que no se puede experimentar científicamente sin comprometer los medios necesarios, tampoco podemos dejarnos convertir, sin comprometernos a nosotros mismos.

Por eso el conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre. La felicidad sólo puede alcanzarse según nuestra conversión se produce y vamos entendiendo lo revelado por Dios.

lunes, 11 de julio de 2011

¿De quién es la Verdad?

Ahora bien, nadie posee con seguridad los bienes que puede perder contra su voluntad. Pero la verdad y la sabiduría nadie la puede perder contra su voluntad; porque nadie puede ser separado de ella por la distancia de lugar, y así, cuando hablamos de separación de la verdad y de la sabiduría, entendemos por esto la perversión de la voluntad, que menosprecia las cosas superiores y ama las inferiores. Por lo demás, nadie quiere una cosa sin quererla.

Tenemos, pues, en la verdad un tesoro, del que todos gozamos igualmente y en común; ningún sobresalto, ningún defecto menoscaba este gozo. No tiene, no puede tener la verdad amadores envidiosos entre sí; a todos se da igualmente toda, y a todos y cada uno en suma castidad. Nadie dice al otro: Retírate para acercarme yo: apártate tú para abrazarla yo; no, todos están estrechamente unidos a ella, todos la poseen toda a la vez. Sus manjares no se dividen en partes; nada de ella bebes tú que no pueda beber yo.

Nada de lo que de ella participas conviertes en algo exclusivamente tuyo, sino que todo lo que de ella tomas queda íntegro también para mí. Lo que a ti te inspira, no espero que vuelva de ti para inspirármelo a mí; porque nada de la verdad se convierte nunca en cosa propia de alguno o de varios, sino que simultáneamente es toda común a todos. (San Agustín. Tratado sobre el Libre Albedrío Cap XIV, fragmento)


Este texto de San Agustín nos muestra una característica de la Verdad que rara vez tenemos en cuenta: la verdad no tiene propietario. ¿No es soberbia sentirse mínimamente poseedor de algo de ella?

Entonces ¿Por qué somos tan dados a discutir por la Verdad? En general lo que defendemos no es la Verdad, sino nuestra verdad frente a la de los demás. Con lo fácil que es ir a beber de la fuente de vida eterna y dejarnos de disputas. Pero para beber hay que arrodillarse públicamente ante la fuente de la Verdad y eso hiere nuestro orgullo.

viernes, 8 de julio de 2011

Primero pensar, luego creer

¿Quién no ve que primero es pensar que creer? Nadie en efecto cree, si antes no piensa que se debe creer... Es preciso que todo lo que se cree, se crea después de haberlo pensado (San Agustín. Tratado sobre la predestinación de los Santos 2,5).

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Seguramente le parecerá que esta frase de San Agustín se contradice con las palabras de Cristo a Santo tomas. "Le dice  Jesús: [ A Tomás] «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»" (Jn 20,29). Pero no es así.

Una Fe sin reflexión es una Fe congelada e incapaz de transmitirse a los demás y dar frutos. Dios quiere para nosotros una Fe viva y activa, no una fe que se desentiende de su coherencia. En la parábola de los talentos. ¿Quién se desentiende de la responsabilidad que ha depositado el dueño en él? El que guarda su talento para devolverlo tal cual. Quienes actúan correctamente son los otros dos depositarios, ya que devuelven más y lo hacen en proporción a lo recibido. Si no reflexionamos sobre la Palabra de Dios, la Tradición y Doctrina ¿Dónde vamos? ¿Sin reflexión es posible enraizar las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad?

Ahora, pensar la Fe no es manipularla ni trastocarla según nuestros gusto y tendencias del momento. Se trata de colaborar con Cristo  para convertirnos según la Fe y no convertir la Fe para que se adapte a nosotros.

miércoles, 13 de abril de 2011

La Paciencia

La virtud del alma llamada paciencia es un don de Dios tan grande que El mismo, al dárnosla, pone de relieve la suya esperando que se corrijan los perversos. Aunque Dios nada puede padecer —y el termino paciencia se deriva de padecer (paciencia vero a patiendo)— no solo creemos con firmeza que Dios es paciente, sino que además así lo confesamos para nuestra salvación. Pero ¿hay quien pueda explicar con palabras la calidad y la grandeza de la paciencia de Dios, que no padece, v sin embargo no permanece impasible, e incluso afirmamos que es pacientisimo? No puede explicarse su paciencia, como tampoco su celo, su ira y otras cosas semejantes. Pero su paciencia, pensando estas cosas a nuestra manera, con toda seguridad no se da en El del mismo modo. Nosotros no sentimos ninguna de estas cosas sin sufrir molestias, y no podemos ni sospechar que Dios, cuya naturaleza es impasible, sufra tribulación alguna. Así, tiene celos sin envidia, ira sin perturbación, se compadece sin sufrir, se arrepiente sin que le sea necesario corregir una maldad propia. De este modo, es paciente sin pasión. Pero ahora voy a exponer, si el Señor me lo concede y la brevedad del presente discurso lo consiente, la naturaleza de la paciencia humana de modo que podamos entenderla y , así, nos mas sea fácil tenerla. (San Agustín, Tratado sobre la paciencia, Cap.I)

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Recordé hace un par de días el breve tratado de San Agustín sobre la Paciencia. Aquí les traigo el capítulo I que sirve de introducción a este breve texto. Les recomiendo que lean todo el tratado. Es un texto breve, pero lleno de sabiduría práctica. 

Se pregunta San Agustín cómo es la paciencia de Dios Evidentemente, su paciencia es de naturaleza diferente a la nuestra. Nuestra paciencia conlleva sufrimiento, la de Dios no. Suelo pensar que la paciencia es la virtud que mejor nos hace sentir el significado del sacrificio. ¿Por qué? Porque el sufrimiento que conlleva no es dolor físico ni ofuscación mental, pero duele en la médula de nuestro ser. Aceptar este dolor y entenderlo como la voluntad de Dios, es un sacrificio maravilloso. Nos acerca a la naturaleza atemporal y eterna de Dios mismo.

El impaciente no soporta esperar que el plan de Dios se desarrolle. Desea dar un salto y superar el tiempo y el espacio que le separan de lo deseado - esperado - necesitado. Al menos para mi, se hace evidente que el enemigo actúa a sus anchas en este terreno.

Me vienen a la memoria dos pasajes bíblicos. El primero es la tentación de la serpiente a Adán y Eva. ¿Por qué este pasaje? Porque Dios creó el árbol del que no debían comer y lo puso delante suya para algo. Quizás para probar la paciencia asociada a la naturaleza humana de nuestros primeros padres. El tentador les dijo que si comían de la fruta serían como Dios... y no fueron capaces de esperar a que Dios les dijera la razón de que no pudieran comer. Fueron impacientes y eso les hizo desobedecer a Dios. 

El segundo pasaje está en Padre Nuestro: "Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo" ¿Somos capaces de esperar a que la voluntad de Dios dé sus frutos? Difícil ¿verdad?¿Los queremos ya mismo? ¿Qué es lo que  realmente queremos? Saciar nuestros deseos antes que la voluntad de Dios se cumpla.

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Señor, danos la capacidad de negarnos a nosotros mismos para seguirte.
Danos la capacidad de tomar la Cruz de nuestra naturaleza caída 
y soportar el peso de la espera que conlleva.
Cura nuestra naturaleza para que
sepamos dejar que el tiempo se mueva
según tu voluntad.
Amén.

lunes, 11 de abril de 2011

Sacrificio

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Que dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto –dice–, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor (San Agustín. Sermón 19,2-3)

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Nos acercamos a la Pascua y todavía tenemos tiempo de reflexionar sobre el inmenso Misterio que se nos presenta por delante, una vez más, en la Semana Santa. Es el Misterio de la muerte y resurrección de Cristo.

Pero ¿Qué podemos hacer nosotros? Somos tan limitados, tan variables. Podemos hacer penitencia, que no solo mortificación y desprecio hacia nosotros mismos. Si entendiéramos de forma tan negativa la penitencia despreciaríamos el reflejo de Dios que habita en nosotros. Se trata de sacrificarnos. Es decir: sacrum facere… hacer sagradas nuestras actitudes. Unirnos a la voluntad de Dios por encima de nuestra volunta personal, como tan claramente nos indica San Agustín. “Así nuestra voluntad coincide con la de Dios” y así se cumple la plegaria del Padre Nuestro “Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo”.

El sacrificio es penitencia con sentido, no solo penitencia basada en inflingirse dolor sin objetivo alguno. Debemos de orar, dar limosna y hacer penitencia en Cuaresma, pero todo ello con el sentido de unirnos a Dios cumpliendo su voluntad.

No es nuestro dolor lo que busca Dios sino nuestra capacidad de negarnos a nosotros mismos para seguirle y así realmente encontrar la dicha eterna. Dios nos ayude.

miércoles, 6 de abril de 2011

¿Tengo remedio, Señor?

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón. (San Agustín. Sermón 19,2)

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¿Soy un hombre sin remedio? ¿Miro a los demás buscando su pecado? ¿Estoy preparado para morderles, despreciando corregirles con caridad y afecto? ¿Soy de los que acusan a los demás para ocultar mis culpas e impotencias?

¿Quien puede pedir perdón a Dios realmente? Quien no se perdona a si mismo. Dios es el que perdona y nos da la Gracia que nos convierte. Nosotros, a lo sumo, podemos olvidar nuestros errores sin llegar a transformarnos. Reflexionando sobre este texto se encuentran muchas claves del sacramento de la reconciliación y porque es como es y no de otra forma.

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Señor perdona nuestros pecados y sobre todo,
perdona que olvidemos que el perdón que convierte
sólo puede provenir de Ti.
Amén

domingo, 6 de febrero de 2011

Iglesia y Tradición

"Como antes hemos dicho, la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con cuidado la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la Tradición es una y la misma. Las iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Iberia o de los Celtas, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco de las iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una creatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz, que es la predicación de la verdad, brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad. Y ni aquel que sobresale por su elocuencia entre los jefes de la Iglesia predica cosas diferentes de éstas -porque ningún discípulo está sobre su Maestro -, ni el más débil en la palabra recorta la Tradición: siendo una y la misma fe, ni el que mucho puede explicar sobre ella la aumenta, ni el que menos puede la disminuye". (San Ireneo de Lyón,Contra las herejías I,10,2)

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Es frecuente leer declaraciones en las que se ofrece iglesias alternativa, adaptadas a lo que en cada momento creemos más adecuado. Estas declaraciones suelen utilizar al famosa frase: "otra iglesia es posible". Frase que conlleva la destrucción de la Iglesia universal y la reedificación de una inmensa diversidad de iglesias particulares de cada cual.

Se olvida que el pegamento de la Iglesia es la Revelación de Dios a través de las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición. Claro que otra iglesia es posible si dejamos de lado la Tradición y la Tradición no puede ser olvidada ni recortada. La Iglesia tiene una sola voz, lo que evidencias que las segundas, terceras y cuartas voces no son la voz de la Iglesia.

Pero este problema no es un mal de la modernidad, aunque la modernidad haya dado nuevas armas a quienes quieren destruir la Iglesia:

Los que no están en la comunión católica y se glorían, sin embargo, del nombre cristiano, se ven obligados a oponerse a los creyentes; osan engañar a los indoctos como si se valiesen de la razón, siendo así, que el Señor vino cabalmente a traer esta medicina de la fe impuesta a los pueblos. Pero los herejes se ven obligados a hacer eso, como he dicho, porque sienten que serían repudiados con desdén si comparasen su autoridad con la de la Iglesia Católica.


Tratan, pues, de superar la autoridad de la Iglesia inconmovible con el nombre y promesa de la razón. Esta temeridad es normal en todos los herejes. Pero aquel emperador clementísimo de la fe, nos dotó también a nosotros del magnífico aparato de la invicta razón, valiéndose de selectos varones y piadosos y doctos y verdaderamente espirituales. Y al mismo tiempo fortificó la Iglesia con la ciudadela de la autoridad, valiéndose de concilios famosos de todos los pueblos y gentes y de las mismas sedes apostólicas.” (San Agustín, Carta a Dióscoro 118,32)

Pero las nuevas armas de los destructores de la Iglesia son las mismas que tenemos quienes la defendemos: los nuevos medios de comunicación. No dudemos en defender a la Iglesia en todo espacio y momento. Dios “...quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2, 4)

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Arcángel San Miguel,
apiadate de nosotros y defiéndenos en la batalla de la vida.
Ampáranos ante los ataques y las acechanzas del enemigo-
Arroja al infierno a Satanás
y a todos aquellos espiritus malvados que quieran atacarnos
Amén.

domingo, 2 de enero de 2011

Discernir entre Roca y la Arena

¿Es una cosa sorprendente que el Señor haya cambiado el nombre de Simón por el de Pedro? (Jn 1,42). «Pedro» quiere decir «roca»; el nombre de Pedro es, pues, símbolo de la Iglesia. ¿Quién está seguro sino el que construye sobre roca? Y ¿qué es lo que dice el mismo Señor? «Todo el que escucha las palabras que yo digo y las pone en práctica es comparable a un hombre sensato que construye su casa sobre roca. Cae la lluvia, bajan los torrentes, los vientos soplan contra esta casa, pero ella no se ha hundido, porque estaba cimentada sobre la roca... »

¿De qué le sirve entrar en la Iglesia al que quiere construir sobre arena? Escucha la palabra de Dios pero no la pone en práctica; así es que construye sobre arena. Si no escuchara no construiría, escucha pues, y edifica. Pero ¿sobre qué fundamento? Si escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, es sobre roca; si la escucha y no la pone en práctica, es sobre arena. Se puede, pues, construir de dos maneras distintas... Si te contentas con escuchar sin poner por obra lo que has escuchado, construyes una ruina... Si, por el contrario, no escuchas, te quedas a la intemperie, y serás arrastrado por el torrente de las tribulaciones...

Estad seguros, hermanos míos: el que escucha la palabra sin obrar en consecuencia, no edifica sobra roca; no tiene ninguna relación con este gran nombre de Pedro al cual el Señor ha dado tanta importancia. (San Agustín, Sermón sobre San Juan, nº 7)

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La parábola de la construcción sobre roca siempre me ha hecho preguntarme qué es la roca y qué es la arena. A veces lo que interpretamos como roca no es más que arena compactada por nuestras circunstancias personales. Es evidente que Dios es roca y la Iglesia es roca, pero nuestro entendimiento nos juega malas pasadas muy a menudo. Construir sobre arena es mucho más fácil. Somos capaces de patear con fuerza la arena para hacernos creer que es dura roca. Después, incluso, somos capaces de vender a otras personas la "solida roca" que no es más que arena.

¿Cómo diferenciar entonces, roca y arena? Discernir tiene que ver, primeramente, con nuestro ser y nuestra naturaleza, pero también hay más detrás de ello.

Actuar, entender y sentir nos conducen a los tres atributos que nos hacen seres humanos: intelecto, voluntad y emoción. En la medida que la roca se discierna con todo nuestro ser podremos diferenciar mejor si la roca es más roca y menos arena. Si nuestro cristianismo es puramente volitivo, la acción es el fin de lo que hacemos. Si nuestro cristianismo es solo conocimiento, la realidad termina por pasar a un segundo plano. Si nuestro cristianismo es solo sentimiento y emoción, nos encerramos en nosotros, creando una realidad alternativa a medida de lo que necesitamos sentir. Las parcialidades de nuestro ser tienden a engañarnos a menudo. Sobre todo porque nos ofrecen caminos más rápidos y sencillos.

Siguiendo juicios parciales, tarde o temprano evidenciaremos que nuestro cristianismo pierde sentido. También nos podemos ver incapacitados enmendar el camino por nosotros mismos. La libertad es un don peculiar. Cuando se sustancia en la Verdad, se nos devuelve con beneficios. Seremos más libres. Si la sustanciamos en medias verdades o mentiras, perdemos el don invertido. Nos hacemos más esclavos.

Demos un paso más allá. Aunque los discernimientos plenos son más seguros que los discernimientos parciales, no tienen porque ser infalibles ni tienen porqué estar en consonancia con la voluntad de Dios. ¿Por qué? Porque nuestra naturaleza humana no es perfecta al estar herida por el pecado.  Entonces ¿Cómo discernir?

San Agustín nos habla de la necesidad de construir según la Palabra de Dios y dentro de la Iglesia. Entiéndase Iglesia como Una y no como parcialidades inclusivas o revelaciones personales. No es raro encontrar a cristianos que sustituyen la Voz de la Palabra de Dios por el propio entendimiento personal o el carisma de determinado líder. No hablaré de que esto nos lleve a fines malvados, pero si indicaré humildemente que es sumamente peligroso desentendernos de nuestro pleno ser y de la Revelación de Dios.

¿Eso es todo? No. Nos falta el principal escalón en la búsqueda de la roca. "Sin mí, no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Sin Cristo no podemos hacer nada y por lo tanto, la oración debe ser ingrediente imprescindible en todo discernimiento. Sin la Gracia de Dios, nuestra libertad nos puede jugar malas pasadas. Sin la Gracia que enmienda nuestra naturaleza rota, somos como vasijas rotas incapaces de contener nada.

"Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios. Por lo demas, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio." (Romanos 8: 26, 28).

Pero no debemos desentendernos de nosotros mismos y de nuestra responsabilidad.  Pensar que orando y orando no tendremos que esforzarnos para entender y actuar, es demasiado fácil y denota el sutil engaño del enemigo. No se trata de pasar de una postura pelagiana a una quietista. Se trata de utilizar los talentos que nos ha regalado Dios, sin dejar de rogar para que El nos guíe en nuestra labor.

"Entonces, ¿qué hacer? Oraré con el espíritu, pero oraré también con entendimiento. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con entendimiento." (1Corintios 14:15)

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Señor, ayúdanos a discernir
levanta las nieblas de nuestro pecado
para que podamos entender Tu voluntad
y actuar según Tu designio.

Porque sólo Tu eres Santo
Sólo Tu Señor
Sólo Tu altísimo Jesucristo
Con el Espíritu Santo,
en la Gloria de Dios Padre,
Amén


domingo, 26 de septiembre de 2010

Responder a la llamada de Dios a convertirse

Me retenían mis viejas ideas amigas, ¡esas bagatelas de bagatelas, esas vanidades de vanidades! Con suaves golpes me tiraban de mi ropa de carne y me murmuraban en voz suave: "¿Nos dejas? ¡Acabas para siempre! A partir de este momento ya cercano, ya no estaremos más contigo, no te será permitido hacer esto, hacer lo otro" Oh, Dios mío, qué de cosas me sugerían!... Dudaba yo de deshacerme de ellas, de saltar hacia donde me sentía llamado; la costumbre, de manera tiránica, me decía: "¿Crees que podrás vivir sin ellas?" Pero ya su voz era más dulce, porque del lado hacia donde giraba mi rostro y donde me daba miedo pasar, la casta dignidad de la continencia me invitaba noble y graciosamente a venir sin dudar, enseñándome un multitud de buenos ejemplos:... "Es el Señor, su Dios, quien te los ha dado. ¿Por qué te apoyas sobre ti mismo siendo así que tú mismo no te mantienes en pie? Lánzate a él, no tengas miedo. Él no va a ocultarse para que caigas. Échate sin temor; él te recibirá y te curará"...

Esta lucha en mi corazón no era más que una lucha de yo mismo contra yo mismo... Cuando mi mirada había, por fin, sacado del fondo de mi corazón todas mis miserias, me sobrevino una gran tempestad de lágrimas. Para dejar que la tempestad rompiera, me levanté y salí... Sin saber demasiado cómo, me eché bajo una higuera, dejé que mis lágrimas corrieran completamente, brotaron a oleadas, sacrificio digno de ti, Dios mío. Y te dije sin mesurar: "Y tú, Señor, ¿hasta cuando? ¿Hasta cuando estarás enojado? No te acuerdes más de nuestras viejas iniquidades" (Sl 6,4; 78,5)... Yo lanzaba gritos lastimeros: "¿Para cuánto tiempo? ¿Hasta cuándo? Mañana, siempre mañana. ¿Por qué no ahora mismo?"...

Y he aquí que sentí una voz que venía de una casa vecina, una voz de niño o niña, que cantaba y repetía: "¡Toma y lee! ¡Toma y lee!". Al momento me rehice y quería recordar si era el estribillo habitual de un juego infantil; ninguno me venía a la memoria. Reprimiendo mis lágrimas, me levanté con la certeza de que el cielo me ordenaba abrir el libro del apóstol Pablo y leer el primer pasaje que me saliera... Volví a casa apresuradamente y cogí el libro y leí lo primero que me salió: "Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos" (Rm 13,13s). No hacía falta seguir leyendo, no tenía necesidad de más. Justo al acabar estas líneas, una luz de seguridad se derramó en mi corazón y todas las tinieblas de mi incertidumbre se disiparon.
(
S. Agustín (354-430), obispo de Hipona (Äfrica del Norte) y doctor de la Iglesia. Las Confesiones, libro 8
)

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-- mmm... Convertirse... ¿Convertirse en qué? ... ¿En que quieres que me convierta? Ya soy lo que quiero ser en cada momento. Puedo jugar a ser según mi deseo y deleite. No me hace falta conversión, soy un continuo carrusel. Tengo derecho a ser lo que me haga falta y nadie me lo puede negar, ya que se puede encontrar con una denuncia. Ja ja ja. ¿Qué más puede querer nadie?

-- Tal vez la última frase defina lo que dices... nadie. ¿Quién eres? Nadie. Eres apariencia de ser que recubre una nada disimulada por los colores y las estridencias de muestras. Ser no es aparentar ni parecer. Tampoco tienes clara la diferencia entre la conversión y la perversión. Ambas palabras hablan de cambio de nuestro ser, de nuestra naturaleza, pero de diferente forma.

-- Venga ya!!! Eso de la perversión suena a algo pasado, viejo y añejo. Quieres imponerme algo que no me interesa. A mi me da igual que pienses que soy un pervertido... ya que eso solo parte de la envidia que tienes, porque no te permiten ser como yo. Libre como le viento. Simple envidia, amigo.

-- ¿Qué te hace pensar que tengo envidia? ¿Como diferencias la envidia del afecto? Si a alguien le interesas puede querer ayudarte sin que exista envidia por medio.

-- Ja ja ja. Quien me quiere me deja ser como soy. El que no me quiere es el que me quiere cambiar y esto solo se hace por envidia? Quien me quiere, disfruta de mi mientras le apetece. Después desfila. Se va. Es lo ideal. La libertad no tiene ataduras permanentes. Sino no sería libertad.

-- ¿Decidir y mantener una decisión, no es ser libre?

-- No... que va!. Quien decide de forma permanente pierde la libertad, ya se encarcela a si mismo.

-- Y ese supuesto encarcelamiento asumido ¿No es libertad? ¿No es libre hacerlo y mantenerlo cada minuto durante toda la vida?

-- Pues... psi... Pero sabes que te digo. Es muy aburrido decidir y mantener la decisión. Lo aburrido no es libre, ya que la libertad nunca es aburrida.

-- ¿Sabes la diferencia entre la libertad como potencia y la libertad como acto?

-- No... Que cosas me dices. Ja ja ja. ¿De qué me sirve saber esas cosas?

-- La libertad en potencia es la que nunca se concreta en nada permanente y por lo tanto, no nos ayuda a crecer en nuestro ser ni en transformar nuestra naturaleza. La libertad en acto, es la que nos permite poner los fundamentos de lo que somos y crecer a partir de ellos. La libertad en potencia es como un plano inconcluso de una casa, que se cambia a cada momento. La libertad en acto es como un plano que se lleva a la realidad... que será tu casa.

-- Pues la casa para quien quiere encerrarse en ella. A mi lo que me interesa es vivir a la intemperie. Ja ja ja. Así siempre seré libre.

-- Discrepo.... querrás decir que así nunca utilizarás tu libertad en nada fundamental. Es como si tienes 1000€ y los utilizas comprando chucherías y caramelos según te apetece... cuanto los gastes. ¿Con qué te quedas? Con nada que te permita seguir adelante. ¿Dónde queda entonces tu ansiada libertad? La libertad es un don de Dios que tenemos que "invertir" para que podamos disponer de una nueva libertad sustentada en la previa. Eso si... solo en la medida que seamos coherentes utilizando la libertad, podremos desarrollarnos como personas y como sociedad.

-- Lo que hablas vuelve a sonar aburrido y antiguo. Tio... despierta, la vida está para gastarla hasta morirnos de gusto. No para aburrirnos hasta morirnos de aburrimiento y asco.

-- ¿Y la libertad? ¿Dónde quedó en tu último discurso? Haces dos afirmaciones terriblemente deterministas e inexorables. Qué duro es pensar así. No hay libertad alguna en ellas. El final es el mismo. ¿Para qué quieres entonces tu valorada libertad?

-- Je je, pues para poder disfrutar mientras no la palmo. Después ¿Qué más da lo que haya dejado detrás? Eso es la verdadera libertad.

-- Entonces... ¿La libertad es inconsciencia? ¿La libertad se sustenta en la ignorancia? Al menos eso se trasluce de tus palabras.

-- Cierto. Saber es un tostón que te ata, te da remordimientos y encima te aburre. Mejor disfrutar sin saber mientras puedes.

-- Hacer lo que quieres sin saber ¿es libertad?

-- Claro... libertad es hacer sin pensar en lo que haces.

-- Pero es evidente que piensas y elijes... ya que buscas diversión y "no aburrirte"... entonces no eres totalmente libre. ¿O no?

-- Claro que pienso... es lo que me permite decidir lo que quiero.

-- Entonces decides no saber. Ignorar las consecuencias de tus actos.... esto limita tu libertad. Echas a un lado lo que molesta tu objetivo inmediato.

-- Bueno... claro... la libertad que elijo es la que gusta, la que me divierte y me satisface. La otra me trae sin cuidado.

-- ¿Elijes una libertad frente a otra? ¿Quien elije la otra... no es igual de libre?

-- Pues supongo que si. Allá él con lo que le guste hacer. Ja ja ja.

-- Entonces ya no sostienes que la libertad es ser lo que quieres en cada momento. Hay otra libertad... ¿o no?

-- Vale... pero la mía es la mejor, la más divertida.

-- ¿Divertida? ... quizás sea mejor decir que la tuya es la más inconsciente. ¿Se es libre si no se sabe a lo que te llevan tus actos?

-- Claro que se es libre Ja ja ja. Fabulosamente libre.

-- Pero si se sabe, se puede elegir con más conocimiento lo mejor... más allá de lo divertido/aburrido del momento. Por ejemplo, si bebes mucho, te lo pasas genial... pero a la mañana siguiente te dolerá todo el cuerpo... ¿Es divertida la resaca? ¿Verdad que no? ¿Eres libre si ignoras esa realidad y eliges solo lo divertido del momento?

-- Vaya ... la resaca no es divertida, pero se aguanta hasta que se quita. Es el pago por la diversión que has tenido. Si me pusiera a pensar en la resaca, no me divertiría igual. Más bien me sentiría fatal bebiendo y eso no es divertido.

-- Por lo tanto, ignorar de forma consciente o inconsciente algo... limita la libertad. El problema es que "lo divertido" no es normalmente algo inocuo y que no traiga problemas. A lo aburrido, también le pasa eso, no te creas. Pero quizás algo "aburrido" te de más bienestar y felicidad a la larga ¿No?

-- Puede ser... pero entonces no viviría, ni me divertiría en ese momento que me apetece. Si al final nos morimos, mejor haberlo pasado genial.

-- ¿Genial? Creo que hemos deducido que esa genialidad es solo parcial o momentánea... ¿Realmente es tan genial divertirse en base a ignorar? Si tienes un accidente, cometes un delito o te entra un cirrosis... ¿Pensarás en lo divertido que lo pasaste? ¿A que no?

-- Pues no. Será horrible y me sentiré como un idiota. Pero mejor no pensar en esas cosas tio...

-- ¿Cómo habrás invertido tu libertad en esos casos?

-- Mal. Será un desastre. Pero no tiene porque pasar.

-- Pero quien compra lotería... le puede tocar ¿O no? A más lotería más opciones del "gran premio". Los desastres ocurren, la vida está llena de ellos y normalmente nuestra inconsciencia es la culpable.

-- Me dejas tieso. No se qué decir... esto no es divertido.

-- Volvamos al principio ¿Qué es convertirse? ... cambiar en un sentido de hacer nuestra naturaleza más perfecta. ¿Qué es pervertirse? ... cambiar en el sentido de hacer nuestra naturaleza menos perfecta. Somos libres de elegir, pero lo que elijamos nos dará los rendimientos correspondientes. No esperarás recoger tomates sembrando espinos. La conversión comienza por lo más básico, el entorno social donde desarrollas tu vida. Pasa por lo corpóreo, pasa por lo intelectual, lo emocional y termina en lo espiritual. A San Agustín le fue bien ¿Por qué nos va a ir mal a nosotros?

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Señor, danos luz, entendimiento y capacidad de aprender de ti
Ayúdanos a transformar nuestra naturaleza caída, incompleta y ignorante.
Te alabamos por todo lo que nos das.
Te agradecemos la Gracia que derramas día a día sobre nosotros.
Gracias Señor por tanta bondad.
Amen

jueves, 8 de julio de 2010

La comunidad, un fruto del Espíritu

«Rezar juntos, pero también hablar y reír juntos. Intercambiar favores, leer juntos libros bien escritos. Estar juntos bromeando y juntos serios. Estar a veces en desacuerdo para reforzar el acuerdo habitual. Aprender algo unos de otros o enseñarlo los unos a los otros.

Echar de menos a los ausentes con pena, acoger a los que llegan con alegría y hacer manifestaciones de este estilo y del otro, chispas del corazón de los que se aman y atraen, expresados en el rostro, en la lengua, en los ojos, en mil gestos de ternura, y cocinar los alimentos del hogar en donde las almas se unan en conjunto y donde varios no sean más que uno». (San Agustín)

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Ser Iglesia no es fácil, ya que ser Iglesia significa dejar nuestros egoísmos y hacer nuestra, la naturaleza común que recibimos con el bautismo. No es fácil dejarse enseñar por los humildes y desprendidos. No es fácil dejar nuestras razones para aceptar las razones que nos hacen trascender más allá de nosotros mismos. Nos toca negarnos a nosotros mismos y seguir a Cristo. Nos toca dejar nuestras maravillosas alforjas para compartir la necesidad de los demás. Nos toca callar nuestras voces particulares para cantar unidos con los demás.

Que difícil es echar de menos a quienes están lejos. Que difícil es discrepar, sin que el amor y el afecto no abandonen nuestro corazón.

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Que difícil es ser Iglesia, Señor.
Ayúdanos. Por nosotros mismos no podemos.
Solo tu gracia nos hará perdernos en Ella.
"Una y Santa y Católica y Apostólica"

Amén
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