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domingo, 14 de diciembre de 2014

Adviento: Juan dio a conocer a Aquel que ilumina. S. Agustín



¿Quién era, precisamente el que debía dar testimonio de la Luz? Éste Juan era un ser remarcable, un hombre de un gran mérito, de una gracia eminente, de una gran elevación. Admírale, pero como se admira un monte: el monte queda en tinieblas mientras no viene la luz a envolverle: «Este hombre no era la Luz». No confundas el monte con la luz; no choques contra él en lugar de encontrar en él una ayuda.

¿Pues qué es lo que hay que admirar? El monte, pero como monte. Elévate hasta aquel que ilumina este monte que se levanta para ser el primero en recibir los rayos del sol y así podértelos mandar a tus ojos... También de nuestros ojos se dice que son unas luces, y sin embargo si no se enciende una lámpara por la noche o si no se levanta el sol durante el día, en vano se abren nuestros ojos. El mismo Juan estaba en tinieblas antes de ser iluminado; sólo llegó a ser luz a través de esta iluminación. Si no hubiera recibido los rayos de la Luz hubiera quedado en tinieblas igual que los demás...

Y la misma Luz, ¿dónde está? ¿«la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo»? (Jn 1,9). Si ilumina a todo hombre, ilumina también a Juan a través de quien quería ser manifestado... Venía para las inteligencias enfermas, para los corazones heridos, para las almas de ojos enfermos..., gentes incapaces de verle directamente. Cubrió a Juan con sus rayos. Proclamando que él mismo había sido iluminado, Juan hizo conocer a Aquel que ilumina, a Aquel que alumbra, a Aquel que es la fuente de todo don. (San Agustín. Sermones sobre el evangelio de san Juan, nº 2, 5-7)

Hace pocos días leí un interesante artículo sobre la necesidad que tenemos de segundas redenciones. Parece que la redención se nos queda corta o no nos resulta cómoda de aceptar. Los santos son montes que nos invitan a subir por ellos, no a quedarnos mirando su magnificencia desde el valle. El objetivo nunca es la persona santa, sino llegar también a la santidad. Para acercarnos más fácilmente a Dios, necesitamos los “montes” que el mismo Dios nos ha dado.

Aunque subir a un monte es más fácil que volar al cielo, no deja de ser duro. Requiere preparación y disciplina. Cuanto más alto sea el monte más preparación y esfuerzo nos costará. La pregunta es si estamos dispuestos hacer ese esfuerzo. La sociedad nos ha acostumbrado a esperar a otras personas para que no tener que hacer grandes esfuerzos personales. Nos ha convencido de que merecemos todo sin esforzarnos. La tecnología reduce los problemas antiguos, pero nos trae nuevos problemas. De igual forma la gestión política y social, nos solventa los problemas previos, pero al mismo tiempo, nos plantea nuevos problemas. No somos seres perfectos, sino seres limitados y con tendencia a dejarnos llevar por los demás. (Seguir leyendo)

domingo, 7 de diciembre de 2014

Adviento: ¡Dios te ama sin medida! Benedicto XVI


El evangelio de hoy nos muestra a Juan el Bautista que predica en el desierto: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. ¿Qué prediga? La Esperanza que parte del amor incondicional de Dios. Esperanza que nos hace gritar de júbilo, porque sabemos que el Señor nos ama infinitamente. Esperanza que se sostiene en la sólida roca de la fe. Dios nos ama, con tal fuerza, que envió a su propio Hijo a morir por nosotros.

Es más, Dios ha revelado que su amor hacia el hombre, hacia cada uno de nosotros, es sin medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra en el modo más luminoso hasta qué punto llega este amor, hasta el don de sí mismo, hasta el sacrificio total. Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para volver a llevarla a Él, para elevarla a su alteza. La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. (Benedicto XVI. Audiencia general. 24 de octubre de 2012)


El viernes, en una reunión de matrimonios católicos, nos preguntamos por la razón de la desesperanza que existe en el mundo. ¿Por qué hay tantas personas que viven la Navidad con tristeza? La respuesta tiene que ver con los seres queridos que han muerto y no tenemos esperanza de volver a ver. (Seguir leyendo)

domingo, 30 de noviembre de 2014

Fundamentalista: Quien tiene la fe clara. J. Ratzinger


El Evangelio de hoy, primer domingo de Adviento es breve, pero muy profundo. “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13, 33) ¿Cuándo será el momento? ¿Qué nos espera?

Hay muchas respuestas para determinar cual es el momento en donde Cristo retorna para dar sentido a toda la creación. En cierta forma, ese momento es ya, ahora mismo. Cada momento es tiempo de aceptar a Cristo y convertirse. Cristo nos dice que “Se ha cumplido el tiempo, el Reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en la buena nueva” (Mc 1,15)

¿Cómo estar preparado si vivimos en una barca que se agita en el mar? ¿Cómo encontrar algo sólido a lo que agarrarse, si el viento nos lleva de un lado a otro? Como en todo momento de zozobra, Cristo duerme y espera. Espera el momento en que lo despertemos (Mt 8, 23-27) Espera a que le digamos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” y el nos contestará “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” Ese es el momento su venida, de su llegada a nosotros.

¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. (Seguir leyendo) 

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Sentido se hace carne cada Navidad. Card. Ratzinger

Así vino a nosotros, efectivamente, el eterno sentido del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (1 Jn 1,1). Pues lo que Juan denomina «la Palabra» o «el Verbo», significa en griego, al mismo tiempo, algo así como el sentido. Según eso, podemos también traducir nosotros: el sentido se ha hecho carne. Pero este sentido no es simplemente una idea corriente que penetra en el mundo. El sentido se ha aplicado a nosotros y ha vuelto a nosotros. El sentido es una palabra, una alocución que se nos dirige. El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal. Él mismo es una persona: el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo de Belén.

Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia. Tal vez nosotros capitularíamos antes frente al poder o a la sabiduría. Pero Él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres. Dejemos, pues, que la alegría tranquila de este día penetre en nuestra alma. Ella no es una ilusión. Es la verdad. Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa. Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al hombre. Ella habla a partir del Niño, el cual, sin embargo, es el propio hijo de Dios. (Card Joseph Ratzinger, mensaje de Navidad 2002)

Estamos cerca del día de Navidad y conviene ir mirando qué para encarar el último tramo del Adviento. ¿Quién nació hace 2000 años en un pobre pesebre en una pequeña ciudad de la periferia del Imperio Romano? Si miramos la escena del nacimiento, podríamos decir que tuvo que nacer alguien sin importancia alguna.

Es curioso, pero Cristo también nace en nuestro corazón de la misma forma. Sin soberbia, ya que no se impone por la fuerza. En la periferia, ya que aparece siempre como algo colateral a nuestros intereses personales. Pero quien nace en nuestro corazón es algo más que una persona. El Cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI señala un aspecto muy importante para el ser humano del siglo XXI: “el sentido se ha hecho carne”. La Navidad nos recuerda que nace el Sentido y que nace como persona, capaz de comunicarse a todos nosotros.

En este siglo de prodigios de la ciencia y la técnica, parece que no necesitamos a Dios. La sociedad en que vivimos se proclama como salvadora del ser humano y garante en todas sus necesidades básicas. Al menos eso es lo que dicen, porque en la realidad no vivimos en una sociedad más feliz y justa, más bien todo lo contrario.

Hay algo que nuestra sociedad no es capaz de darnos: sentido. Precisamente, el laicismo imperante rechaza este sentido como algo que nos oprime y esclaviza. Para contrarrestar el anhelo de sentido que tenemos impreso en nuestro interior, ofrece que cada cual se busque el sentido que desee, que lo cambie y hasta que lo elimine de su vida. Nos dicen que la libertad es precisamente no tener sentido y decidir, sin conocimiento ni compromiso, aquello que más nos apetezca en cada momento.

El Sentido nos libera de la esclavitud de lo inmediato y no lo hace imponiéndose, sino amándonos. “Él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres.” El sentido no homogeniza ni aborrega. El Sentido persona que nos une a los demás, reconoce los carismas que Dios nos ha donado y nos permite vivir lo que somos y Dios quiere de nosotros, con un humildad y esperanza.

El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal.” Es maravilloso darnos cuenta que el Sentido nos llama, conduce y nos ama a cada uno, tal como ha sido creado. Nos damos cuenta de la profundidad de las palabras de Cristo, cuando nos dijo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.” (Mt 11, 28-30). El yugo que nos ofrece la sociedad pesa y destroza interiormente, porque carece de sentido.

El cardenal Ratzinger nos habla de la alegría que nace de sentir que somos libre y que esa libertad procede del Sentido, que es Amor. ¿Cómo vivir la alegría del Evangelio sin liberarnos de las cadenas del sinsentido de nuestra vida? Por eso es tan importante encontrarnos con la Verdad:


Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa. Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al hombre. Ella habla a partir del Niño, el cual, sin embargo, es el propio hijo de Dios.

martes, 17 de diciembre de 2013

Preparémonos para noche santa del perdón divino. BXVI

El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?

El Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. (Benedicto XVI: Homilía a los Jóvenes en Colonia. Cuaresma 2011)

El cristianismo es una religión simbólica. Utilizamos los signos y los símbolos para acercar nuestro entendimiento al Misterio de Dios y la forma en que se revela a nosotros. Pero, como es lógico, el simbolismo tiene un peligro: perder la conciencia del Misterio que subyace detrás de los elementos que utilizamos para señalarlo.

El Portal de Belén, el Árbol de Navidad, la Corona de Adviento, los regalos, la continua presencia de la Luz en las lecturas, cuando se hacen cultura, costumbre, hábito, pierden su verdadera esencia, dando lugar a versiones adaptadas a los intereses de la sociedad donde vivimos. Los regalos en el día de Navidad, querían simbolizar el gran Regalo que es el Niño Dios nacido. ¿En qué los hemos convertido? En una ocasión para comprar para sentirnos vivos. El Portal de Belén, buscaba acercarnos el Misterio de la redención hasta nuestros hogares. Pero ahora se ha convertido en un reclamo comercial de los grandes almacenes y ayuntamientos.

Con las carreras por comprar los regalos, las estridentes luces de neón, las insulsas y pegadizas canciones navideñas se nos olvida lo que Benedicto XVI nos señala: “la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta” ¿Oculta? ¿Dónde?

Oculta porque no se anuncia en spots publicitarios, ni aparece en las estanterías de lo grandes centros comerciales. Tampoco se anuncia por parte de los famosos y poderosos. Es una presencia sublime, constante y profunda, que anida en nosotros casi sin darnos cuenta. “El objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento”, pero solemos perder el norte cuando nos sumergimos en la vorágine consumista y los hábitos que cada año repetimos casi sin darnos cuenta. En Navidad celebramos el nacimiento de Cristo y en Adviento preparamos los caminos para que el Niño Dios nazca en nosotros y quienes nos rodean. El núcleo del acontecimiento es mucho más que una cena en familia y una misa de medianoche. Ambas costumbre son geniales y no deberían desaparecer, pero el núcleo, el objetivo oculto, la razón de que todo a nuestro alrededor cambie por unos días debería hacerse presente.

En Adviento encendemos las velas de la Corona de Adviento y con esta acción significamos que necesitamos Luz, Sentido y Verdad. Belleza y Bondad. “Las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia”. Consuelo a la soledad de una vida en donde Dios es cada vez más un extraño. Advertencia de que tenemos que descubrirlo en nosotros y en aquellas personas que nos rodean. Advertencia de que ya quedan pocos días y todavía nos queda mucho que poner de nuestra parte.

Sólo así encontraremos la “certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino”.

La Navidad se desvela ante nosotros como un anticipo de los sacramentos que vendrán tras la redención. Dios se hace presente y necesita que estemos preparados a recibirle. De igual forma, para recibir a Cristo a través de los sacramentos, necesitamos estar preparados y dispuestos. Una vez entre en nuestros corazones, adoraremos su presencia en nosotros y el mundo.

Ya quedan pocos días para la Navidad. Poco tiempo para prepararnos por nosotros mismos, pero para Dios el tiempo es solo un convencionalismo. Para El todo es posible.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Nos parece increíble lo prometido por Dios. San Agustín

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza-, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido. Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por Él.

¡Qué lejos estábamos de él! ¡Él muy alto y nosotros aquí abajo! Estábamos enfermos, sin posibilidad de curación. Un médico fue enviado, pero el enfermo no le reconoció, "porque si le hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de gloria" (1Co 2,8). Pero la muerte del médico fue el remedio del enfermo; el médico había venido a visitarlo y murió para curarle. Dio a entender a los que creyeron en Él que era Dios y hombre: Dios que nos creó, hombre que nos recreó. Una cosa se veía en Él, otra estaba escondida; y lo que estaba escondido llevaba a muchos hacia lo que se veía… El enfermo fue curado por lo que era visible, para llegar a ser capaz de ver plenamente más tarde. Esta última visión, Dios la difería escondiéndola, no la negaba. (San Agustín. Comentario a los Salmos, Sal. 109 “No sabemos nada”)

Seguimos andando hacia la Navidad. Quizás este tercer domingo de Adviento nos resulta un poco extraño porque el protagonismo de la lectura del Evangelio se desplaza a Juan el Bautista. La misión de evangelizar nunca es un misión secundaria o superflua. La misión del cristiano consiste en llevar la Buena Noticia a quienes más la necesitan.

San Agustín señala que Cristo es el Medico que Dios envió para curar nuestra enfermedad. Pero ¿De qué sirve un Médico formidable, si el enfermo nunca sabe de Él? ¿De qué sirve este médico si el enemigo se ha dedicado a crear prejuicios en torno suyo? 

Cristo dijo de Juan el Bautista: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino” de igual forma que Cristo nos envía a nosotros a preparar el camino para que el gran Médico pueda atender a quienes más le necesitan. Pero los enfermos no están muy dispuestos a ser atendidos por el Médico, le tienen miedo, desconfían de Él. Les han convencido  de que su enfermedad es parte de si mismos y que si son curados, sería como dejaran de ser ellos. Estos enfermos se sienten amenazados y luchan contra el Médico. Hace 2000 años, le crucificaron y ahora intentan callar a quienes seguimos proclamando que la Medicina existe y que está disposición de todos.

Dentro de una diez días celebraremos que Cristo nació entre nosotros y que su mensaje sigue tan vivo como siempre. ¿Qué nos encontramos por las calles, los medios de comunicación, los grandes almacenes? ¿Qué medicinas se ofrecen? Las falsas medicinas del consumo, que buscan ser evidencia de que el “sistema social” en que vivimos, es un éxito. Buscan deslumbrarnos con luces cegadoras y música pegadiza. Nos ofrecen una “alegría” basada en comprar, beber y comer, siempre que gastes dinero. Más que la celebración de quien nació en un pobre pesebre, vivimos la celebración del gran dios del consumo. Opulento, derrochador, capaz de sonreír a quien llena sus bolsillos con el dinero que tanto le ha constado ganar. Ya en la antigüedad le llamaron Baal y lo representaban como un todo o un becerro. Un becerro de oro, que se nos ofrece como el remedio a nuestros sufrimientos. ¿Celebrar la opulencia del becerro de oro o la humildad de Dios que nace en un establo? ¿Qué nos resulta más atractivo?

Juan el Bautista anunció el Médico de forma austera y sencilla. No necesitó los grandes medios de comunicación de la época. Su espacio público fue el desierto. Su voz resonaba donde nadie vivía, que paradoja. Ofrecía lo único que tenía: Esperanza y un sentido para la vida. Pero, las palabras que se pronunciaban en el desierto llegaron a toda Judea y Galilea. Llegaron hasta el rey Herodes sin que mediara acto de poder alguno. Tal vez la Navidad sea un momento propicio para dejar de intentar dar gritos por encima del ruido social imperante. Es evidente que gritando más fuerte no conseguimos demasiado. El mundo no necesita más gritos y más ceremonias de grandeza. 

Cada día más, necesitamos el silencio expectante y lleno de Esperanza que sólo se puede encontrar en el desierto y en un humilde establo de un pueblo perdido del Imperio Romano Tal vez la Navidad sea un momento propicio para dejar de intentar dar gritos por encima del ruido social imperante. Es evidente que gritando más fuerte no conseguimos demasiado. El mundo no necesita más gritos y más ceremonias de grandeza. Cada día más, necesitamos el silencio expectante y lleno de Esperanza que sólo se puede encontrar en el desierto y en un humilde establo de un pueblo perdido del Imperio Romano.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El ABC, DEF y G de la Evangelización

“El ABC de la evangelización consta de: Afecto, Bondad y Cercanía. Habría que añadir, además, D y E: Diálogo y Ejemplo, sin olvidar la F: Formación. Pero para que todo fructifique es necesaria la G: Gracia de Dios”

Evangelizar es una palabra polisémicas que suele ser entendida como la principal acción que realizamos todos y cada uno de los bautizados: difundir la Nueva Noticia, el Evangelio.

Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. (1Co 9, 16-19)

Evangelizar es una misión que no está limitada a determinados momentos o a determinadas personas. Todos evangelizamos y lo hacemos sobre toda aquella persona que se acerque a de nosotros. Se evangeliza tanto dentro y fuera de la Iglesia, ya que el Evangelio se transmite con la palabra, las actitudes y las actividades que realicemos.

El ABC del evangelio comienza por Afecto, Bondad y Cercanía, ya que sin estas tres avanzadillas, no hay comunicación ni empatía posible.

Para que el ABC llegue a los demás son necesarios DEF, es decir Diálogo,  Ejemplo y Formación. El diálogo es una característica propia del ser humano, a través de la cual aprendemos y nos relacionamos. También es necesario el ejemplo. Si lo que decimos queda sólo en palabras, nuestro testimonio es nulo. Nadie nos creerá ni querrá acercarse a nosotros para conocer más.

No tenemos que olvidarnos de una necesidad imperiosa: la Formación. Si no tenemos la formación suficiente, es muy posible que nos encontremos con dificultades considerables. Hoy en día, los prejuicios son eficaces anticuerpos que bloquean la difusión del Evangelios. Actúan poniendo en duda todo lo que podamos decir y a nosotros mismos. Saber desmantelar los prejuicios necesita de vitamina C3: Conocimiento, Constancia y Compromiso. Esta vitamina se adquiere mediante la formación continua. Tenemos que ser conscientes que los prejuicios son capaces de mutar con rapidez, por lo que tenemos que estar siempre al día y preparados.

Por último tenemos el elemento más importante: la Gracia de Dios. Nada podemos hacer sin Cristo. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”. (Jn 15,5) La conversión parte de un diálogo en el que no podemos participar, ya que es un diálogo íntimo entre cada persona y el Señor. Dios respeta escrupulosamente nuestra libertad. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)

¿Qué podemos hacer nosotros? Como estamos en Adviento, no podemos olvidar las palabras de Lucas, que a su vez, toma del profeta Isaías:

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; Y verá toda carne la salvación de Dios.” (Lc 3, 4-6).

Isaías nos llama a allanar el camino al Señor para que todo ser humano tenga la oportunidad de encontrarse con Cristo, de forma similar a como se encontró con los discípulos de Emaús.


Cristo se hace el encontradizo y escucha las dudas, problemas, dolores y necesidades de quienes le dejan acercarse y acompañarles. Después habla a nuestro corazón llenándolo de Esperanza, ya que sólo El tiene Palabras de vida eterna, pero el encuentro espera nuestro permiso. Si no aceptamos que necesitamos de El, la puerta queda cerrada y El no partirá el Pan con nosotros.

martes, 10 de diciembre de 2013

Seguimos la Estrella en el desierto. San León Magno

Seguimos andando el Adviento. Ya estamos casi en el ecuador de este tiempo litúrgico, que tiene bastante de peregrinación, caminando hacia el momento en que el Señor nace y se manifiesta al mundo. ¿A quien se manifiesta el Señor? Primero a sus padres, después a los pastores, convocados por un Ángel. Por último llegaron los fueron los primeros convocados: los Magos de Oriente. Los que tuvieron que recorrer un camino más largo y peligroso.

A la manifestación de Dios, los primeros convocados fueron los últimos y los últimos convocados, los primeros. Los Magos fueron convocados a través de su ciencia. No necesitaron de grandes prodigios para emprender un largo viaje hacia algo que no terminaban de comprender. Seguramente dudaron de los signos que aparecían escritos en el cielo, pero no por ello dejaron atrás la Esperanza escrita en sus corazones.

No sin razón, cuando los tres Magos fueron conducidos por el resplandor de una nueva estrella para venir a adorar a Jesús, ellos no lo vieron expulsando a los demonios, resucitando a los muertos, dando vista a los ciegos, curando a los cojos, dando la facultad de hablar a los mudos, o en cualquier otro acto que revelaba su poder divino; sino que vieron a un Niño que guardaba silencio, tranquilo, confiado a los cuidados de su Madre. No aparecía en Él ningún signo de su poder; mas les ofreció la vista de un gran espectáculo: su humildad. Por eso, el espectáculo de este santo Niño, el Hijo de Dios, presentaba a sus miradas una enseñanza que más tarde debía ser proclamada; y lo que no profería aún el sonido de su voz, el simple hecho de verle hacía ya que Él lo enseñara. (San León Magno, Homilía Nº 7)

Los Magos llegaron donde su ciencia les indicó y se encontraron con una familia en apuros y unos cuantos pastores. Un Niño recién nacido les esperaba y no podemos decir que ese Niño mostrara el poder de Dios. Más bien todo lo contrario, mostraba el abajamiento de Dios. Como dice San León Magno, el que no hablaba, sólo con mirarle enseñaba y proclamaba la gloria de Dios. ¿Somos capaces de oír y ver esta enseñanza en nosotros?

Pensemos en nuestro Adviento. Como los Magos de Oriente, hemos recibido signos que nos indican qué va a suceder. ¿Qué signos hemos recibido? Muchos: nuestro bautismo, la Palabra de Dios, el testimonio de nuestros padres y familiares, el testimonio de los santos y sobre todo, el la marca de Dios en nuestros corazones.

En el camino, lo que nos rodea es similar al desierto que debieron atravesar los Magos. Nuestro desierto no es un desierto de arena y sequedad, sino de consumo y ausencia de Dios. Como los Magos, no debemos de perder la Esperanza  seguir los signos que hemos recibido.

¿Por qué el mundo no grita la Buena Noticia? ¿Qué hace que las Naciones no parezcan conmoverse por lo que va a acontecer?

La práctica de la sabiduría cristiana no consiste ni en la abundancia de palabras, ni en la habilidad para discutir, ni en el apetito de alabanza y de gloria, sino en la sincera y voluntaria humildad, que el Señor Jesucristo ha escogido y enseñado como verdadera fuerza desde el seno de su Madre hasta el suplicio de la Cruz. (San León Magno, Homilía Nº 7)

Seguramente nos encontremos por el camino con personajes importantes que buscan beneficios personales y que temen que encontremos el verdadero Salvador. Igual que Herodes, nos ofrecerán premios si desviamos el camino de vuelta. El camino de la humildad.

Por lo tanto, no podemos esperar el mundo se haga eco verdadero del Nacimiento de Cristo. Tampoco podemos esperar signos milagrosos que nos transporten, sin darnos cuenta, hacia el Portal de Belén. Nos toca andar por el desierto del sinsentido y de las ofertas comerciales, sin que ello haga mella en nuestra Esperanza.


Muchas veces quisiéramos convocar al mundo con grandes fuegos de artificio, mega eventos y hasta con planes organizados de evangelización. Lo que solemos olvidar es que Cristo nació en un pobre pesebre, rodeado únicamente de unos pocos que fueron capaces de abrir su corazón a los signos de Dios

domingo, 8 de diciembre de 2013

En Adviento, oremos como la Virgen

Este domingo celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y es, además, el II Domingo de Adviento. Para reflexionar un poco estas dos fechas tan señalas, traigo un texto que creo adecuado:

Aceptar la doctrina bíblica de la creación significa profesar que el principio último de mundo es un Dios libre, por tanto persona, un Padre. Este Dios creó el mundo pronunciando una palabra. “Considera la Palabra  de Dios que recorre la creación y que seguirá avanzando hasta el fin del mundo”. Ella constituye la ley del universo, pero sigue siendo palabra. La palabra se dirige a alguien y en este caso, se le dice al hombre. Para el y sólo para el, la ley del mundo se convierte en una palabra en sentido estricto, pronunciada por el Padre en los cielos a su imagen, el hombre. Entonces, el mundo ya no es un enorme mecanismo opresor, sino un lugar de diálogo entre Dios Padre y la persona humana. (Card. Tomas Spidlik. Teología de la evangelización desde la belleza. El diálogo Divino-humano)

Recordemos que las palabras que fueron pronunciadas a María y la trascendencia de esas palabras en la historia del ser humano. Todavía son palabras que resuenan y nos dan sentido de muy diversas formas. Como dice el Card Spidlik, utilizando una frase de San Basilio: “Considera la Palabra  de Dios que recorre la creación y que seguirá avanzando hasta el fin del mundo”  La Palabra de Dios que se encarnó a través de María, dando lugar a prodigios hasta ese momento desconocidos en este mundo.

El Ángel Gabriel dice a María “Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo” Las Palabra de Dios se dirige hacia alguien, que es en este caso en María, pero que también podemos ser cada uno de nosotros en el momento en que nos acercamos suplicando la misericordia de Dios, como hizo la mujer Cananea. “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mt 15, 22).

No es fácil arrodillarse ante el Señor y solicitar su misericordia. En el corazón de las personas del siglo XXI anida la incredulidad y el desafecto. Parece que solicitando la misericordia de Dios, estuviéramos perdiendo nuestra dignidad y esto nos da vergüenza y miedo. Vergüenza porque nadie parece tener necesidad de arrodillarse ante nadie y miedo, porque solicitar la misericordia de Dios, para por abrir nuestro corazón y evidenciar que nos somos autosuficientes e independientes.

Nos dice San Agustín: “Nadie se aparta con el corazón de este mundo si no es ayudado con el don de la misericordia divina” (San Agustín. Comentario al Salmo S 113,3). La misericordia de Dios se manifiesta en la Inmaculada Virgen que da a luz a la Palabra hecha carne. La misma Palabra llegó a María y le lleno de Gracia y sentido. Pero María, como cualquiera de nosotros, sólo puede actuar según la Volunta de Dios, cuando acepta que la misericordia de Dios es la que mueve el mundo. Cuando lo aceptamos el mundo ya no es un enorme mecanismo opresor, sino un lugar de diálogo entre Dios Padre y la persona humana.

Es interesante pensar en la anunciación de María y en que el milagro de la Encarnación se produjo a partir de un diálogo entre el Ángel, mensajero de la Palabra de Dios y María. Si pensamos en ello nos daremos cuenta la maravilla que María pronuncia para aceptar libremente la Voluntad de Dios “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”. Esta frase tiene varios antecedentes. El ofrecimiento de María, que lleva el ofrecimiento de Samuel "Habla Señor, que tu siervo escucha". También nos recuerdan las palabras de Cristo esperando la pasión "Padre haz que pase de mi este cáliz, pero no sea mi voluntad, sino la Tuya".

Nosotros podemos decir al Señor diciendo: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mi. He aquí un simple siervo de mi Señor, sea en mi tú voluntad, no la mía. Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una Palabra tuya será mi salvación”.

¿Hay mejor forma de preparar el nacimiento de Cristo que aceptar que sólo la misericordia de Dios puede salvarnos?



jueves, 5 de diciembre de 2013

Navidad con fe, el Amor, la Verdad BXVI y Papa Francisco

Seguimos andando por el Adviento, camino de la Navidad. Navidad que es el objetivo más directo, pero que contiene otros objetivos no tan visibles a primera vista.

Celebrar el nacimiento de Cristo es celebrar la manifestación de Dios entre nosotros, es decir algo muy cercano a un sacramento. Los sacramentos son signos que nos unen con Cristo y nos permiten acceder a la Gracia de Dios. Este pre-sacramento fue muy especial, ya que el signo fue la encarnación de Dios y el efecto, la Luz que habitó y habita entre nosotros.

La luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad. A menudo la verdad queda hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo para la vida de cada uno. Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos. Sin embargo, si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común. La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos. (Benedicto XVI - Papa Francisco. Encíclica “Lumen fidei)

¿Qué nos puede impedir acercarnos al Belén y adorar al niño?

  • Podemos no creer en los signos. La Estrella estuvo visible para muchos, pero sólo los Magos de Oriente la siguieron con Esperanza.
  • Podemos encontrarnos con murallas o accidentes infranqueables. Nuestros prejuicios actúan como murallas que nos impiden salir de nosotros mismos y ver más allá de su fría protección.
  • Podemos temer que la Manifestación de Dios nos “esclavice”, pero sabemos que los Magos volvieron a sus tierras con más libertad de la que tenían antes. En el camino de ida, tuvieron que apoyarse en Herodes, en el de vuelta, decidieron no seguir sus indicaciones.
  • Podemos temer que Dios actúe con violencia en nosotros. Quizás la conversión pueda parecer un tipo de violencia psicológica sutil. Pero la alegría de todos los que vieron al Niño Dios, no deja espacio para pensar en violencias

Como dice la encíclica escrita a cuatro manos, que a quien encuentra la Verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. Parece un contrasentido que la Verdad pueda poseernos sin violencia y que nosotros la abrazamos con plena libertad. Este contrasentido es tan sólo una manifestación de nuestros prejuicios y limitaciones. Como seres humanos, que somos, sólo pensamos que es posible poseer y dominar a una persona actuando de forma violenta con ella.

Por esto, este camino de Adviento debería prepararnos para acercarnos al Portal de Belén con humildad, Esperanza y sobre todo, con toda libertad. Dios no nos obliga a seguirle, es nuestra libertad la que nos señala que el único camino es dejar que la Verdad nos posea.


¿Por qué hemos de temer? La Verdad, naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. ¿Dejaremos que la Verdad nos llene y se desborde en nosotros? Si no lo hacemos, las Navidades no pasarán de ser unas bonitas, quizás familiares y consumistas vacaciones. Tenemos un reto por delante.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Arte, vida cotidiana y Adviento.

Para iniciar el Adviento, traigo un breve texto de la obra: Belleza y vida de Fe, del P. Jesús Casás Otero.

Por lo tanto, el equívoco o malentendido, según el cual “la obra de arte sería únicamente obra humana, debe ser eliminado. Dios actúa en el hombre de una forma más de acuerdo con la Verdad que en el terreno de la naturalidad pura y simple” (pseudo Dionisio, Epístola X). Porque en las creaciones del espíritu, lo divino se manifiesta en y a través de la conciencia y al ser la conciencia superior a la naturaleza, será también un medio más adecuado para expresar lo divino en las creaciones artísticas.

[Al hombre] No le satisface ser un individuo separado; parte del carácter fragmentario de su vida individual, para elevarse a una “plenitud” que siente y exige, hacia una plenitud de vida que no puede conoce por las limitaciones de su individualidad, hacia el mundo comprensible y más justo, hacia un mundo con sentido.

Esto nos lleva a la conclusión de que la belleza y el arte, por principio, además de estar perfectamente relacionados, llevan en sí el germen religioso de la estética cristiana. Esta idea coincide con el pensamiento de la patrística que, desde el siglo II, habla de “la semilla del logos inmersa en la naturaleza”. (P. Jesús Casás Otero. El arte y la fe. Capítulo IV)

Pensemos que toda obra del ser humano puede ser una obra de arte o una simple respuesta a una necesidad funcional. Nuestra labor profesional, espiritual o evangelizadora, puede ser realizarse con un sentido que trascienda lo necesario o simplemente ajustarse a las necesidades de cada momento.

Hay que tener mucho cuidado con todo discurso que comienza por “lo mejor”, “lo principal”, “lo que prefiero”, porque nuestra psicología y naturaleza, tienden a quedarse con lo se destaca, olvidando todo lo que desde ese momento parece secundario. Si decimos que lo principal de una casa es que tenga techo, no implica que despreciemos los muros, ventanas, puertas, etc. ¿Qué sentido tiene un techo plantado en la nada? Por ejemplo, ¿Qué sentido tiene evangelizar sin una comunidad que recoja y de sentido a las personas que se acerquen al mensaje de Cristo?

Nos han educado para que aceptemos el funcionalismo minimalista como estándar de nuestra vida, lo que contradice las palabras de Cristo. En la parábola de los talentos, el Señor no se conforma con que se le devuelva lo mismo que nos ha prestado. Espera de nosotros más que el mal menor que preferimos y que está bien visto por la sociedad. Aumentar los talentos supone colaborar con Dios y aceptar que la Gracia actúe en nosotros. Igual que el grano de mostaza, “la semilla del logos inmersa en la naturaleza” necesita cuidados para crecer y dar frutos. ¿Podemos devolver la semilla, tal cual, diciendo que salimos a sembrar con buena voluntad, pero que se nos olvidó el sentido de nuestra evangelización?

Pensemos que “en las creaciones del espíritu, lo divino se manifiesta en y a través de la conciencia”. Quien no tiene conciencia de lo que hace, difícilmente puede ser una herramienta de Dios.


Estamos ya en Adviento. Es el tiempo litúrgico del despertar de lo cotidiano, para empezar a prepararnos para la cercana Navidad. La preparación conlleva hacer examen de conciencia de aquellos talentos que no dan todos los frutos que sería deseable. Como los Magos de Oriente, tenemos que trabajar, observar el cielo y trazar el camino que hemos de seguir detrás de la Estrella. Tenemos que tener confianza en la Estrella y no desesperar en el camino. Tampoco podemos dejarnos arrastrar por las tendencias o modas que se dan, tanto dentro como fuera de la Iglesia. La Estrella nos guía y nos llevará hasta el Niño Dios, en la noche de Navidad.

domingo, 23 de diciembre de 2012

«Viene el que puede más que yo»

Juan no tan sólo habló en su tiempo anunciando el Señor a los fariseos, diciendo: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (Mt 3,3). También hoy clama en nosotros, y su voz de trueno estremece el desierto de nuestros pecados. Incluso enterrado en el sueño del martirio, todavía resuena su voz. Hoy nos sigue diciendo: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».

Juan Bautista ordenó preparar el camino al Señor. Veamos cuál es ese camino preparado al Salvador. De un cabo al otro ha trazado y ordenado perfectamente su camino para la llegada de Cristo, porque en todo fue sobrio, humilde, austero y virgen. Por eso al narrar éstas virtudes suyas, el evangelista dice: «Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero en la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre» (Mt 3,4). ¿Hay signo más grande de humildad en un profeta que el desprecio de sus vestidos mullidos y vestirse con pelos ásperos? ¿Hay una señal más profunda de fe que estar siempre a punto para cualquier servicio, con un simple taparrabo atado a la cintura? ¿Hay una señal más esplendorosa de abstinencia que renunciar a las delicias de esta vida y alimentarse de saltamontes y miel silvestre?

Según mi parecer, todas estas actitudes del profeta eran proféticas en sí mismas. Cuando el mensajero de Cristo llevaba un vestido áspero, de piel de camello, ¿no significaba todo ello simplemente que Cristo, en su venida, se revestiría de nuestro cuerpo humano, hecho de un tejido espeso, áspero por sus pecados?... El cinturón de piel significa que nuestra frágil carne, que antes de la venida de Cristo estaba orientada hacia el vicio, él la conduciría a la virtud. (San Máximo de Turín. Sermón 88)

Juan el Bautista puede ser, en cierto sentido, un modelo para los evangelizadores. El no se preocupó de hacer llegar el Mensaje de Dios, sino de anunciar a quien lo iba a difundir. «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos»

Los evangelizadores deberíamos ser personas austeras, que evidenciáramos que no somos más que simples recipientes del kerigma. Juan fue una persona capaz de llevar la Esperanza a quien le quisiera escuchar y lo hacia sin miedo a lo que le pudieran acarrear sus palabras

Es interesante detenernos a pensar en cómo anunciamos la venida de Cristo, fijándonos en cómo anunciamos la navidad.

La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador" (...). Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado —Dios ha venido— ni el futuro, —Dios vendrá—, sino el presente: “Dios viene". Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento "Dios viene". (Benedicto XVI, Homilia 1º domingo de Adviento 2006)

¿La Navidad ocurre? ¿Ocurrió u ocurrirá? La Navidad ocurre en cada momento de nuestra vida, aunque la festejemos el 25 de diciembre. De ahí procede la Esperanza que todo cristiano lleva con el. Por eso Juan el Bautista habla en presente al llamar a que allanemos y preparemos el camino al Señor. La Navidad es un tiempo presente que nos da sentido todo el año y con especial relevancia, en el tiempo de Adviento.

Si han seguido las noticias, seguramente sabrán que en las felicitaciones del Parlamento Europeo no existe la menor referencia a la Navidad y el cristianismo. Europa nació como cristiandad y es triste que nuestros políticos intenten borrar el sustrato cristiano de las fechas que vivimos. Sin duda buscan ser “políticamente correctos” para no “ofender” a colectivos anticristianos diversos. Lo que si es evidente es que olvidan la Esperanza que significa el Nacimiento del Hijo de Dios. ¿Qué esperanza tendríamos si únicamente tuviéramos que confiar en estos políticos?

Se acerca la Navidad, así que no nos privemos de felicitar la Navidad a quienes nos rodean. Feliz Navidad estimado lector.

domingo, 9 de diciembre de 2012

¡Hoy hemos visto cosas extraordinarias!


Dulce es la luz, y qué bueno es contemplar el sol con los ojos de la carne...; por eso ya dijo Moisés: «Y Dios vio la luz, y dijo que era buena» (Gn 1,4)...

Cuán bueno es pensar en la grande, verdadera e indefectible luz «que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9), es decir, Cristo, el Salvador y libertador del mundo. Después de haberse desvelado a los ojos de los profetas, se ha hecho hombre y ha penetrado hasta las profundidades más hondas de la condición humana. Es de él que habla el profeta David: «Cantad a Dios, tocad en su honor, alfombrad el camino del que avanza por el desierto; su nombre es el Señor: alegraos en su presencia» (Sl 67, 5.6). Y también Isaías, con su potente voz: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,1)...

Así pues, la luz del sol vista por nuestros ojos de carne anuncia al Sol espiritual de justicia (Ml 3,20), el más bello de cuantos se han levantado para aquellos que han tenido el gozo de ser instruidos por él y de mirarle con sus ojos de carne, mientras vivía entre los hombres como un hombre cualquiera. Y, sin embargo, él no era un hombre cualquiera, puesto que había nacido verdadero Dios, capaz de devolver la vista a los ciegos, de hacer caminar a los tullidos, de hacer oír a los sordos, de purificar a los leprosos y, con una sola palabra, devolver a los muertos, la vida. (Lc 7,22). (San Gregorio de Agrigento, Sobre el Eclesiastes, libro 10,2; PG 98, 1138)

¿Hemos visto nosotros la Luz? Tal vez, pero nunca hemos podido contemplarla en todo su esplendor. Siempre interponemos algo para que el resplandor no nos deje ciegos todo lo que nos ata a este mundo. Muchos no alcanzamos a ver más que tenues luces entre la oscuridad, a la que nos lleva nuestra ceguera. Pero tenemos Esperanza, “nacido verdadero Dios, capaz de devolver la vista a los ciegos” e incluso “devolver a los muertos, la vida”. ¿Qué podemos temer? Sin duda lo que tenemos que temer es nuestra propia ceguera, porque la podemos utilizar como escusa para negar la existencia de la Luz.

Estamos ciegos y no deseamos perder la cómoda oscuridad que nos protege del compromiso. No somos como el pueblo que indica Isaías “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló”. A nuestra sociedad no le gusta la Luz, la teme y la rechaza. ¿Qué podemos hacer? Nada por nosotros mismos. Cristo es el único capaz de curar la ceguera que padecemos, pero hemos de acércanos e implorar su ayuda. Dos siglos de avances de la ciencia y la técnica, nos han hecho olvidar que las herramientas nunca pueden sustituir al artista. Ahora adoramos las herramientas como si, por si solas, pudieran salvarnos.

Los cristianos no debemos idolatrar las herramientas que Dios nos ha dado ni poner nuestra esperanza en el desarrollo del conocimiento humano. Podemos ver que los problemas de la sociedad nunca disminuyen y si parecen desaparecer, tras unos años aparecen de nuevo. La ciencia y la técnica no son la respuesta final que necesita el ser humano.

Decía Benedicto, ayer día 8, en el tradicional mensaje en el día de la Inmaculada:

Hay una segunda cosa, aún más importante, que la Inmaculada nos dice cuando estamos aquí, y es que la salvación del mundo no es obra del hombre - de la ciencia, de la tecnología, de la ideología -, sino es por la gracia.

A  veces ponemos nuestras esperanzas en planes, programas e iniciativas humanas. Cierto es que estas estructuras son necesarias, pero por si solas no pueden nada. Son incapaces desde el mismo momento que las ideamos. Sólo la Gracia del Señor puede dotar a estas estructuras de vida. Sólo el Artista, puede tomar las herramientas y dar lugar a la obra de arte que sólo El puede crear.

Muchas veces esperamos que los proyectos den fruto por ellos mismos y no nos damos cuenta que es Dios quien se hace cargo de llenar de sentido y vida aquello que nosotros humildemente proponemos. La Esperanza está en Cristo y por ello hemos de aceptarlo y ponernos a su disposición.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Se le soltó la boca y la lengua empezó a hablar bendiciendo a Dios

A propósito de Juan Bautista leemos en Lucas: «Será grande a los ojos del Señor, y convertirá mucho israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto» (1,15-17). ¿Por qué, pues, ha preparado un pueblo, y delante qué Señor él ha sido grande? Sin ninguna duda que delante de Aquel que ha dicho que Juan era «más que un profeta» y que «no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista» (Mt 11,9.11). Porque él preparaba un pueblo anunciando por adelantado a sus compañeros de servidumbre la venida del Señor, y predicándoles la penitencia a fin de que, cuando el Señor se hiciera presente, todos se encontraran en estado de recibir su perdón y poder regresar a Aquel para quien se habían hecho extraños por sus pecados...



Sí, «en su misericordia» Dios «nos ha visitado, Sol que viene de lo alto; y ha brillado para los que estaban sentados en tinieblas y en sombras de muerte, y ha dirigido nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79). Es en estos términos que Zacaríasliberado ya del mutismo en que había caído a causa de su incredulidad, y lleno de un Espíritu nuevo, bendecía a Dios de una nueva manera. Porque en adelante todo era nuevo, por el hecho de que el Verbo, por un proceso nuevo venía a cumplir el primer designio de su venida en la carne para que el hombre, que se había alejado de Dios, fuera por él reintegrado en la amistad con Dios .Y es por ello que este hombre aprendía a honorar a Dios de una manera nueva. (San Ireneo de Lyón. Contra la herejías III, 10,1)
¿Hemos ya vencido nuestra incredulidad? ¿Nuestra lengua salta bendiciendo a Dios de una nueva manera? ¿Qué nos sucede? ¿Por qué callamos con indolencia y desafección? ¿Estamos vacíos de Espíritu? ¿Qué nos atenaza?
«nos ha visitado, Sol que viene de lo alto; y ha brillado para los que estaban sentados en tinieblas y en sombras de muerte, y ha dirigido nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).
Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a
los hombres de buena voluntad. Te alabamos,
te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias por Tu inmensa gloria,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre omnipotente.

Nos atenazan tantas cosas. Tantas inercias, tantos miedos, rencores, suspicacias y resentimientos. Nos atenaza el pecado, que nos convierte en piedras como le sucedió a la mujer de Lot. Al mirar atrás, al mundo, a la voluntad egoista, nos hemos vuelto incapaces de encarnar la vida del Espíritu.

Somos incrédulos, pero todavía tenemos una semana para intentar mejorar algo nuestra predisposición a que nazca el Verbo en nuestro corazón. Dejemos un rato de mirar los ojos ajenos, buscando pajas y veamos en ellos la dicha de Dios vivo. ¿Nos lo impiden nuestras vigas? Las vigas tienen su lugar en la chimenea. Tirémoslas allí y despejemos nuestra mirada.


Miremos a nuestro interior y despejemos el espacio necesario para el nacimiento del Señor. No hace falta más que le dejemos entrar en nuestro establo. Nuestro establo, es decir, nosotros mismo sin estar limpios, ordenados y transformados. Cristo no necesita una habitación de un palacio, sólo un lugar donde cobijarse y empezar su acción transformadora en nosotros.
Dios se hizo carne para que el hombre, que se había alejado de Dios, fuera por él reintegrado en la amistad con Dios. Sé que lo más difícil de todo es aceptar nuestras culpas, confesarlas y dejar que Dios sane las heridas que llevamos dentro. Pero el designio de Dios es que la amistad entre El y cada uno de nosotros, sea una amistad nueva y esplendorosa. 
¿Estamos atentos a abrir la puerta a San José y la Virgen María

lunes, 28 de noviembre de 2011

Cuando veais que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios

«En él vivimos, tenemos el movimiento y el ser» (Hch 17,28). Dichoso el que vive por él, que está movido por él y en él tiene la vida. Me preguntaréis, puesto que los rasgos de su venida no se pueden descubrir ¿cómo puedo saber que está presente? Él es vivo y eficaz (Hb 4,12); a penas ha entrado en mí que ha desvelado mi alma dormida. Ha vivificado, enternecido y excitado mi corazón que estaba amodorrado y duro como una piedra (Ez 36,26). Comenzó a arrancar y escardar, a construir y plantar, a regar mi sequedad, a alumbrar mis tinieblas, a abrir lo que estaba cerrado, a inflamar mi frialdad, y también a «enderezar los senderos tortuosos y allanar los lugares ásperos» de mi alma (Is 40,4), de manera que pudiera «bendecir al Señor y todo lo que está en mi bendiga su santo nombre» (Sl 102,1).

El Verbo Esposo vino a mí más de una vez, pero sin dar señales de su irrupción... Es por el movimiento de mi corazón que he percibido que estaba allí. He reconocido su fuerza y su poder porque mis malos hábitos y mis pasiones se apaciguaban. El poner en discusión o acusación mis sentimientos oscuros me ha llevado a admirar la profundidad de su sabiduría. He experimentado su dulzura y su bondad en el suave progreso de mi vida. Viendo «renovarse el hombre interior» (2C 4,16), mi espíritu en lo más profundo de mí mismo, ha descubierto un poco su belleza. Captando con una simple mirado todo este conjunto, he temblado ante la inmensidad de su grandeza. (San Bernardo, Sermón sobre el Cantar de los cantares, nº 74)

Entramos en el Adviento, tiempo litúrgico que nos debería preparar para el nacimiento de Cristo en la Navidad. La Navidad nos parece algo externo que nos conmueve una vez al año. ¿Es esto lógico? la Navidad debería de nacer en nosotros y después nosotros llevarla hacia el exterior.

San Bernardo nos responde a cómo podemos saber su Cristo ha nacido en nosotros. Cristo nos aviva el alma, a vivificado nuestro ser que estaba duro y amodorrado, rascó, escardó e iluminó nuestra alma. Todo ello produce que bendigamos el Nombre de Dios.

El Verbo llega en silencio, pero nuestro ser se conmueve cuando la Gracia de Dios llega a nosotros. Nuestros malos hábitos y pasiones se atenúan y parecen alejarse de nosotros. La Sabiduría deja de ser algo que tienen otros y ahora brota de nuestro interior. La dulzura y la bondad son parte de nosotros.

Nuestro espíritu ha conocido un poco de la Belleza de Cristo y temblamos ante la inmensidad y grandeza que se abre delante de nosotros.

¿Estamos entre los benditos que han vivido esto en nuestro interior?

Pues, estimado lector, tenemos una buena tarea por delante. Tarea que no es personal, sino comunitaria y en comunión. Comunitaria, porque Cristo se descubre en nuestros hermanos y en comunión con Dios. La Gracia de Dios no se conquista con esfuerzo personal, pero necesitamos de la voluntad real de recibirla. ¿Realmente queremos hacerlo?

El Adviento es un tiempo propicio para buscar la valentía necesaria para aceptar la Gracia y dejar que Cristo nos transforme. Es el tiempo de preparación para la Navidad. Navidad que debe ser interior. Cristo debe nacer en nosotros.

Créame, si nos planteamos con seriedad recibir la Gracia transformadora de Dios, nos daremos cuenta de la inmensa responsabilidad que conlleva. Al darnos cuenta de lo que pedimos, no es extraño que demos un paso atrás, temiendo ser transformados. ¿Cómo atrevernos a dar el paso?

Tenemos una pista insustituible. Miremos a la Virgen, ella actuó con plena libertad, dejando su voluntad en manos de Dios.

He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)

Cuando sintamos que suceden estas cosas en nuestro interior, es que está cerca el Reino de Dios.
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