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domingo, 18 de mayo de 2014

Yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios. San Agustín

En el evangelio de hoy, Cristo se nos revela como Camino, Verdad y Vida. Camino hacia el Padre, Verdad que se revela a nosotros y Vida que se nos ofrece en abundancia. Es terrible pensar cómo fue posible que Dios se hiciera como nosotros y nos hablara directamente. La misma creación tuvo que resonar cada vez que Cristo hablaba, dando testimonio de que esas Palabras eran la Verdad hecha carne.

Mientas, nosotros seguimos con nuestras soberbias y nuestros remilgos. Nos cuesta aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos seres limitados. San Agustín habla sobre esta realidad en sus Confesiones:

Y buscaba yo el medio de adquirir la fortaleza que me hiciese idóneo para gozarte; ni había de hallarla sino abrazándome con el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos, el cual clama y dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida, y el alimento mezclado con carne (que yo no tenía fuerzas para tomar), por haberse hecho el Verbo carne, a fin de que fuese amamantada nuestra infancia por la Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas. Pero yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su flaqueza. Porque tú, Verbo, Verdad eterna, trascendiendo las partes superiores de tu creación, levantas hacia tí a las que le están ya sometidas, al mismo tiempo que en las partes inferiores se edificó para sí una casa humilde de nuestro barro, por cuyo medio abatiera en sí mismo a los que había de someterse y los atrajese a sí, sanándoles el tumor y fomentándoles el amor, no sea que, fiados en sí, se fuesen más lejos, sino, por el contrario, se hagan débiles viendo ante sus pies débil a la divinidad por haber participado de nuestra túnica de pelo, y, cansados, se arrojen en ella, para que, al levantarse, ésta los eleve. (San Agustín, Las confesiones VII,  18,24)

Muchas veces queremos ser nosotros quienes transformemos la sociedad con nuestras limitadas fuerzas. Incluso llegamos a querer transformar la propia Iglesia a nuestro gusto. Es curioso cómo la santidad se muestra como la fuerza más indomable de todas y que esta fuerza no se deba a quien es santo, sino a Dios que se manifiesta a través suya.

Personalmente me gusta utilizar el símil de una herramienta, para referirme a lo que deberíamos ser. La herramienta es la que permite al artista crear su obra de arte, pero por sí sola no es capaz de nada. Si una herramienta se levantara por si sola, únicamente podría crear caos en torno suya. El mal que hacemos al intentar vivir apartados de Dios no es un mal consciente, sino la evidencia de que no es posible que una herramienta suplante al artista.

El artista ama a sus herramientas. Las limpia, las afila, les lija la herrumbre y las guarda entre finas telas. Sin duda las herramientas podrían pensar en la crueldad del trato que realmente las conserva y las prepara para sufrir durante la obra del creador. Si una herramienta se revela en la mano del artista, seguramente produzca en error en el plan de la obra maestra. Pero el artista, una vez visto el error, es capaz de utilizarlo y transformarlo en parte de la belleza de su obra maestra. Esta es nuestra esperanza, que incluso si el corazón se nos endurece, Dios es capaz de sacar bien del mal que hemos producido. A veces este bien supera al que antes estaba previsto. El arte del artista hace ese milagro ante los ojos atónitos de quienes le ven trabajar.

Como cristianos, formamos parte de un maravilloso grupo de herramientas que Cristo ha dispuesto: la Iglesia. A veces estamos todas a las órdenes del Señor, otras veces nos da por caminar independientemente del plan de Dios. Entonces aparece la desesperanza, las depresiones, las ansiedades y la necesidad de encontrar aire fresco en nuestra vida. Si somos fieles y dóciles herramientas en manos de Dios, encontraremos a Dios en todas partes y en todos los hermanos que están junto a nosotros.


Cristo “edificó para sí una casa humilde de nuestro barro, por cuyo medio abatiera en sí mismo a los que había de someterse y los atrajese a sí, sanándoles el tumor y fomentándoles el amor, no sea que, fiados en sí, se fuesen más lejos” La humildad conlleva un sacrificio del que normalmente no tenemos conciencia: abajarnos y abrir las puertas de nuestro corazón.

domingo, 11 de mayo de 2014

El Redil y la ovejas tienen mucho que decir

El evangelio de hoy domingo es especialmente bello por dos causas: por las imágenes simbólicas que utiliza Cristo y por el mensaje que transporta dentro de ellas. Pero no es fácil adentrarse en estas imágenes y comprender más allá de la superficie de las mismas. Para adentrarse en ellas hay que ejercitarse en la mística, que no es más que la puerta al Misterio revelado por Dios a través de Cristo. En pleno siglo XXI los símbolos se han vuelto oscuros por dentro, mientras que su superficie está llena de los colorines de lápices de colores.

El símbolo es un conocimiento que cautiva precisamente porque mantiene unidos de forma no violenta y libre, lo concreto y lo absoluto. Atrae  de forma similar a una invitación, una propuesta que suscita interés: que fascina, pero deja espacio para a la posibilidad de no responder. Cuando se habla de símbolo, se habla de unidad y al mismo tiempo, espacio, distancia y posibilidad de decir no. Es lo que expresa de modo muy sugestivo Efrén el Sirio en muchos de sus himnos, al hacer ver que se debe considerar la abundancia de tipos y símbolos que se encuentran por el mundo, no como pruebas que fuercen la adhesión a Dios; sino más bien como invitaciones que ofrecen la posibilidad de adquirir conocimiento de la realidad divina. La decisión de aceptarlos o no, se deja la libertad humana: aceptar es siempre una decisión guiada por la libertad de la fe y no por la obligación de la prueba. La Gracia no se impone nunca por la fuerza. (Marko. I. Ruponik. La fe como respuesta al Salvador. Teología de la Evangelización desde la Belleza)

¿Qué podemos encontrar en la parábola del redil que nos pueda parecer oscuro y complicado de comprender. Los símbolos a veces esconden mucho detrás de lo evidente y superficial. Entonces si Cristo dice “Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz” nosotros somos tan tercos que elegimos el camino contrario al que el Señor nos señala. San Agustín se planteó esto y no le fue fácil encontrar la respuesta:

¿Por qué dije que aquí había una cuestión más profunda? ¿Qué hay aquí oscuro o difícil de entender? Os ruego que me escuchéis. Sabéis que vino Nuestro Señor Jesucristo, que predicó; su voz, más que ninguna otra, era la voz del pastor, salida de la misma boca del pastor. Si la voz de los profetas era la voz del pastor, ¿cuánto más lo sería la pronunciada por la lengua misma del pastor? Pero no todos la escucharon. ¿Hemos de pensar que eran ovejas todos cuantos la oyeron? La oyó Judas, y era un lobo; le seguía, pero, cubierto con la piel de oveja, maquinaba contra el pastor. Algunos de los que crucificaron a Cristo no la oyeron, y eran ovejas; pues a éstos los veis entre las turbas cuando decía: Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo Soy. ¿Cómo se resuelve esta cuestión? Oyen las que no son ovejas, y las ovejas no oyen. Siguen la voz del pastor algunos lobos, y algunas ovejas le contradicen, y, finalmente, las ovejas dan muerte al pastor. Vamos a resolver la cuestión. Dirá alguno que, cuando no oían, no eran aún ovejas; que entonces eran lobos; pero su voz oída los cambió, y de lobos los hizo ovejas; y cuando se convirtieron en ovejas, oyeron al pastor, le hallaron y le siguieron; esperaron las promesas del pastor porque cumplieron sus mandatos. (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 45, 10)

La cuestión que plantea San Agustín no es pequeña ¿Somos realmente ovejas del Señor? Si lo fuéramos, reconoceríamos su voz e ignoraríamos las voces de los embaucadores de turno. ¿Por qué nos atraen tantas voces extrañas?

Seguramente se debe a que somos como la oveja perdida. No terminamos de darnos cuenta de Quien es el que cuida de nosotros y desconfiamos de que nos oculte algo. Juzgamos a los demás y a Dios mismo a través de nuestras limitaciones y errores. Quien desconfía es que sabe que el mismo no es de fiar. Cuando juzgamos a los demás y a Dios mismo, estamos diciendo más de nosotros de lo que creemos.

Como ovejas perdidas, las tentaciones nos acorralan con facilidad, mientras el pastor sigue adelante con el fiel rebaño. Afortunadamente el Pastor sabe que las ovejas perdidas somos las que más lo necesitamos y se cuida de tenernos vigiladas mientras nosotros le dejemos hacerlo. Muchos de nosotros preferimos dejar al Pastor lo más lejos posible, ya que creemos que la libertad es precisamente eso. No nos damos cuenta que la libertad no es elegir lo contrario o conservar siempre la posibilidad de elegir. La verdadera libertad consiste en elegir el camino correcto y comprometerse a seguir al Pastor minuto a minuto.


Como indicaba Marko I. Rupnik, lo maravilloso de los símbolos es que podemos elegir quedarnos en la superficie o zambullirnos de lleno en los Misterios que transportan. Dependerá de nosotros seguir al Señor hasta dentro del símbolo o quedarnos en la superficie viendo los bonitos colores que le hemos puesto a su cáscara. 

domingo, 4 de mayo de 2014

Esperabais. ¿Ya no esperáis? San Agustín

Seguramente usted y yo nos sintamos creyentes de fe consolidada y nos cueste entender como los Discípulos fueron incapaces de reconocer al Señor, que se unió a su paseo durante unas cuantas horas. Nos preguntamos ¿Cómo podían estar tan ciegos e incapacitados para darse cuenta de algo tan evidente? Lo triste es que a todos nos sucede lo mismo y además, no nos damos cuenta la mayoría de las veces.

Una vez crucificado el Señor, habían perdido la esperanza; así resulta de sus palabras cuando él les dijo: ¿Cuál es el tema de conversación que os ocupa? ¿Por qué estáis tristes? Ellos contestaron: ¿Sólo tú eres peregrino en Jerusalén, y no sabes lo que allí ha acontecido? Y él: ¿Qué? Aun sabiendo todo lo referente a sí mismo, preguntaba, porque quería estar en ellos. ¿Qué?, preguntó. Y ellos: Lo de Jesús de Nazaret, que fue un varón profeta, poderoso en palabras y obras. Cómo lo crucificaron los jefes de los sacerdotes, y he aquí que han pasado ya tres días desde que todo esto su cedió. Nosotros esperábamos. Esperabais; ¿ya no esperáis? ¿A eso se reduce todo vuestro discipulado? Un ladrón en la cruz os ha superado: vosotros os habéis olvidado de quien os instruía; él reconoció a aquel con quien estaba colgado. Nosotros esperábamos. ¿Qué esperabais? Que él redimiría a Israel. La esperanza que teníais y que perdisteis cuando él fue crucificado, la conoció el ladrón en la cruz. Dice al Señor: Señor, ¡acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Ved que era él quien había de redimir a Israel. Aquella cruz era una escuela; en ella enseñó el Maestro al ladrón. El madero de un crucificado se convirtió en cátedra de un maestro. Quien se os entregó de nuevo, devuélvanos la esperanza. Así se hizo. Recordad, amadísimos, cómo Jesús el Señor quiso que lo reconocieran en la fracción del pan aquellos que tenían los ojos enturbiados, que les impedían reconocerlo. Los fieles saben lo que estoy diciendo; conocen a Cristo en la fracción del pan. No cualquier pan se convierte en el cuerpo de Cristo, sino el que recibe la bendición de Cristo. Allí lo reconocieron ellos, se llenaron de gozo, y marcharon al encuentro de los otros; los encontraron conociendo ya la noticia; les narraron lo que habían visto, y entró a formar parte del evangelio. Lo que dijeron, lo que hicieron, todo se escribió y llegó hasta nosotros. (San Agustín. Sermón 234, 2)

Los discípulos de Emaus desesperaban ¿Cuándo desesperamos nosotros? Cuando esperamos que el Señor nos quite los problemas de nuestra vida y  no desaparecen. Los judíos esperaban un mesías que les devolviera el control sobre su destino como país y el Mesías de verdad era muy diferente. Fue un Mesías que no les enseño cómo vencer a los romanos. Las escuela de Cristo fue la Cruz. Como dice San Agustín “Aquella cruz era una escuela; en ella enseñó el Maestro al ladrón. El madero de un crucificado se convirtió en cátedra de un maestro”. La Cruz es una escuela y no siempre la entendemos como tal. Una escuela en la que Cristo se coloca entre nosotros  en igualdad de condiciones de sufrimiento. Cristo no se sacó del sufrimiento a si mismo ni al Buen Ladrón. Esperó y espera, a que le reconozcamos para ofrecernos su misericordia.

Cristo acompañó a los dos discípulos de Emaus sin desvelar quien era, lo que podría parecernos cruel. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no se reveló y permitió que estas dos personas sintieran directamente la esperanza? Permitió que el sufrimiento por la pérdida del Maestro continuase hasta que le reconocieran. Curiosamente, desapareció en el mismo momento en que le reconocían a través de la fracción del pan: la Eucaristía. No fue su cuerpo o su voz lo que hizo posible el cambio de la desesperación a la esperanza, sino un signo que rompió la ceguera de estas dos personas. La esperanza hizo que reaccionaran con fuerza. Corrieron a contar lo que les había sucedido. No se callaron temerosos de que les reconocieran como discípulos de un ajusticiado. Podríamos ponernos en el lugar de esos dos discípulos y pensar si nuestra actitud es la del buen ladrón, abierto al perdón de Dios o nos parecemos a quienes no son capaces de reconocer a Cristo en los signos que nos ofrece. ¿Somos suficientemente limpios de corazón para ver a Dios? Por desgracia somos muy parecidos a Santo Tomás y necesitamos de evidencias que refuercen nuestra fe.

Hay un prueba evidente de a quien nos parecemos más. ¿Corremos hacia los demás a contarles que Cristo está vivo y que vive para siempre entre nosotros? ¿Realmente tenemos la certeza de que Cristo está junto a nosotros, sufriendo con nosotros y ofreciéndonos constantemente un sentido para todo el sufrimiento que portamos con nosotros?


Para muchos de nosotros, Cristo es un personaje lejano y casi mítico. Un modelo que admirar, pero que no vale la pena seguir. El sufrimiento de Cristo parece innecesario e inhumano, por lo que nuestro sufrimiento tampoco tiene sentido alguno. En al medida que seamos capaces de reconocer a Cristo y tener conciencia de que sufre junto a nuestro sufrimiento, encontraremos un sentido a todo aquello que tenemos que vivir.

martes, 15 de abril de 2014

¿Tiene sentido la Cruz? San Cirilo de Jerusalén


La Semana Santa es un momento adecuado para reflexionar sobre la muerte de Cristo y nuestra propia vida. Muchas personas se preguntan sí era realmente necesario que Dios ofreciera a su propio Hijo y permitiera que padeciera como padeció. En una sociedad que se escandaliza del sufrimiento y huye del dolor, no es extraño que estas ideas aparezcan como una evidencia de la crueldad de Dios y de la falsedad de todo el relato evangélico.

Pero esto no es nuevo. El Domingo de Ramos pudimos escuchar en el Evangelio, algunos de los comentarios que hacían personas que presenciaban la crucifixión:

Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!". De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios". También lo insultaban los ladrones crucificados con él. ” (Mt 27, 39-44)

Este pasaje nos recuerda directamente a las tentaciones que Cristo tuvo que soportar antes de iniciar Su vida pública. Pulse para seguir leyendo...

domingo, 13 de abril de 2014

¿Quien conduce la comitiva del Domingo de Ramos?

Es domingo de Ramos, día de gozo y alabanza. Día en que celebramos la entra jubilosa de Cristo en Jerusalén. Muchas veces me he imaginado la muchedumbre gritando y festejando que el Mesías de Israel estaría presente en la Ciudad Santa, llenos de esperanzas e incertidumbres.

En este tipo de ocasiones festivas es fácil que alguien se “cuele” delante de la comitiva y parezca que el homenajeado es el y no Cristo. De la misma forma, a veces nosotros nos podemos delante del desfile que da gloria al Señor queriendo ser nosotros quienes recibamos los aplausos y las palmas que no merecemos.

Es la actitud del Fariseo que se coloca en el Templo delante de todos, queriendo demostrar que es merecedor de todas las glorias y alabanzas de las personas que han ido a orar a Dios. Mientras, el Publicano se queda detrás para que nadie lo viera y se da golpes de pecho solicitando la misericordia de Dios.

Muchas veces queremos ser nosotros quienes decidamos hacia donde debe caminar esa maravillosa comitiva que es la Iglesia peregrina. Decimos lo que nos parece bien o nos parece mal, ya que tenemos razones para ello. No cabe duda que las razones están allí, pero ¿Realmente merecemos estar delante de la comitiva intentando olvidar que Cristo es el verdadero centro de nuestra vida y de la Iglesia?

Sobre todo cuando la incertidumbre nos golpea, el mejor lugar para orar a Dios es detrás, donde nadie nos ve ni nos atienden. En ese diálogo no estamos solos ya que Dios se acerca a nosotros para aceptar que no podemos más o que nos sentimos sobrepasados. Nos sabemos pecadores y notamos la pesada carga sobre nuestros hombros:

Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, tú que eres una lámpara que alumbra. Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile. Apaciéntame, Señor, y apacienta tú conmigo, para que mi corazón no se desvíe a derecha ni izquierda, sino que tu Espíritu bueno me conduzca por el camino recto y mis obras se realicen según tu voluntad hasta el último momento. Y tú, cima preclara de la más íntegra pureza, excelente congregación de la Iglesia, que esperas la ayuda de Dios, tú, en quien Dios descansa, recibe de nuestras manos la doctrina inmune de todo error, tal como nos la transmitieron nuestros Padres, y con la cual se fortalece la Iglesia. (San Juan Damasceno. Declaración de la fe, capítulo 1)

La Iglesia no irá donde nosotros queramos, sino hacia el lugar que Cristo tiene establecido. La Divina Providencia siempre consigue que caminemos hacia Cristo y no hacia donde nuestros deseos personales desean ir. De nada sirve ponernos a la cabeza de la comitiva con un gran cartel, ya que es a Cristo a quien seguimos.

Incluso en los peores momentos de la historia de la Iglesia, los santos han conseguido que no nos olvidemos de quien está sobre el burro blanco y quienes, tan solo, seguimos el camino marcado por Él. Existe una breve oración llamada Trisagio, que se suele cantar en griego, que recoge muy bien lo que el Publicano pudo orar apartado de la vista de todos los demás:

Agios O Theos
Agios Iskyros
Agios Athanatos, eleison imas.

Santo Dios.
Santo Fuerte.
Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros.


Dejemos que quien quiera diga que es él quien sabe hacia donde irá la iglesia y concentrémonos en orar al Señor al que seguimos este Domingo de Ramos. Misericordia Señor.

domingo, 6 de abril de 2014

Sacramentos: comunión invisible de la gracia y unidad

Los cristianos llevamos padeciendo el mal de la desunión desde muy pronto en nuestra historia. El enemigo sabe sembrar dudas, desconfianza, envidias y soberbias que nos alejan unos de otros. Fomenta que construyamos Torres de Babel para alcanzar a Dios con nuestras propias fuerzas. Como el episodio bíblico original, la división de lenguas termina destruyendo con cualquier teodisea que emprendamos. Tras el fracaso, desesperados, solos y rotos, somos perfectos transmisores de la cadena del pecado.

Pero no por conocido y sabido, dejamos de sufrir por estas separaciones, alejamientos y divisiones. El P. Raniero Cantalamessa ha utilizado la inspiración de San Agustín para tratar este tema en la segunda predicación de esta cuaresma. Tomo un párrafo que me parece especialmente certero:

La pertenencia plena a la Iglesia exige las dos cosas juntas: la comunión visible de los signos sacramentales y la comunión invisible de la gracia. Pero ésta admite grados, por lo que nada dice que se debe estar por fuerza dentro o fuera. Se puede estar en parte dentro y en parte fuera. Hay una pertenencia exterior, o de los signos sacramentales, en la que se sitúan los cismáticos donatistas y los malos católicos mismos y una comunión plena y total. La primera consiste en tener el signo exterior de la gracia (sacramentum), pero sin recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti), o en recibirla, pero para la propia condena, no para la propia salvación, como en el caso del bautismo administrado por los cismáticos o de la Eucaristía recibida indignamente por los católicos. (P. Raniero Cantalamessa. 2º predicación de Cuaresmal, 2014)

Si preguntamos sobre la unidad de la Iglesia a cualquier fiel que asista a misa con asiduidad, dudo que nos respondiera que uno de los dos pilares fundamentales son los signos sacramentales que compartimos. Que poca importancia damos a los signos sacramentales hoy en día.

Esto se evidencia en la tremenda diversidad de formas que tenemos a la hora de vivir estos signos en nosotros y en comunidad. Pensemos en cualquier sacramento y reflexionemos sobre qué significa el signo que imprime en nosotros por medio el los santos oleos o la imposición de manos.

¿Por qué nos signamos? Somos marcados para diferenciarnos y para reconocernos. Diferenciarnos de nosotros mismos antes de ser signados y reconocernos, unos a otros, como parte de una misma Iglesia. No una Iglesia de santos perfectos, sino una Iglesia de pecadores que transitan el mismo camino por medio de la Gracia de Dios. Si no reconocemos los signos que señalan un antes y un después en nosotros, cómo pretendemos vivir la posterior comunión invisible de la gracia. El sacramento es una puerta a la acción de la Gracia de Dios en nosotros.

Cuando un signo se imprime en un ser humano, este ser humano tiene la posibilidad de convertirse en símbolo de lo que el signo representa. Les pongo un ejemplo. Si un médico lleva un signo que lo diferencia y nos permite reconocerlo, el hecho de ver el signo nos lleva a sentir y saber que es una persona con capacidad de curarnos o atendernos. El médico que lleva un signo de lo diferencie lleva la esperanza a quienes necesitan de su conocimientos y habilidades. El momento en que termina sus estudios y recibe la capacidad de portar el signo, es el momento en que siente la diferencia entre el antes y el después. A partir de ese momento sabe que tiene una capacidad y una responsabilidad que antes no poseía.

Un cristiano que recibe un signo sacramental se convierte en símbolo de la Gracia de conlleva el signo. La Gracia que permite perfeccionar nuestra naturaleza caída, de forma que seamos una imagen más nítida de Cristo.

Tal como indica el P Cantalamessa, apoyándose en San Agustín, existe un segundo nivel en la unidad de la Iglesia, que proviene de dar un paso más allá del signo sacramental: recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti). Recibir realmente la Gracia conlleva algo más que “dejarse marcar”. Necesita abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo y con ello, la superación de la eterna Torre de Babel. Volviendo al ejemplo del médico, recibir el signo identificativo no lo hace médico, aunque marque el inicio del camino de serlo realmente. Lo que lo convierte realmente en médico es la unión de la capacitación recibida y la aceptación de la responsabilidad que conlleva ser reconocido como médico. Dicha unión empieza actuar cuando recibe el signo sobre su solapa.

Tras recibir el sacramente, ya no somos nosotros quienes buscamos a Dios, es Dios mismo quien llama a nuestra puerta. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. (Ap 3,20). La Torre de Babel ya no es necesaria para llegar a Dios. Dios está llamando a la puerta de nuestro corazón. ¿Qué hacemos?

¿Tendremos la valentía suficiente para abrir la puerta? Pensemos en lo que conlleva abrir la puerta y nos daremos cuenta de la razón del miedo que nos inunda. Miedo que nos induce a hace relativizar y desdeñar los sacramentos.


La Gracia de Dios hace posible la verdadera unidad de la Iglesia. Unidad que parte de reconocer, comprender y aceptar los mismos signos. ¿Queremos una Iglesia unida? ¿Podemos darnos le lujo de dividirnos por el significado de los signos sacramentales? Volvamos a dar sentido, significado y profundidad a los sacramentos.

domingo, 30 de marzo de 2014

Hay dos especies de vista y dos de ceguera. San Juan Crisostomo

El episodio evangélico del ciego en la piscina de Siloe nos puede ayudar a comprender lo importante que es estar abiertos al entendimiento de la misericordia de Dios. En un momento dado, Cristo dice: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven” ¿Quiénes son los que ven y quienes lo que no ven? San Juan Crisóstomo puede ayudarnos a discernir:

Porque hay dos especies de vista y dos de ceguera: la de los sentidos y la de la inteligencia. Ellos suspiraban únicamente por las cosas sensibles y sólo se avergonzaban de la ceguera de los sentidos; de aquí el manifestarles que era preferible que fueran ciegos, y no que viesen de esta manera. Así les dice: "Si fueseis ciegos no tendríais pecado", porque vuestra condenación sería menos terrible; mas ahora decís que veis. (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de San Juan, 58)

Es importante tener claro que los judíos pensaban que los defectos físicos eran debidos al pecado de los antepasados. Pero Cristo sabía que las circunstancias vitales no son consecuencia del pecado o de la virtud de quienes nos precedieron. Dios da a cada uno de nosotros las circunstancias adecuadas a lo que espera de nosotros. Como en la parábola de los talentos, a unos da 5, a otros 3 y a otros 1. Espera que cada uno de nosotros utilicemos las circunstancias según la Voluntad de Dios. Lo que Dios no quiere es que nos conformemos con lo que somos y dejemos de ser herramientas fieles en Sus Manos. Nos ha dado consciencia, voluntad y discernimiento con los que vivir y aumentar los talentos recibidos.

La peor ceguera es la ceguera del entendimiento. Esta ceguera se evidencia por la arrogancia y la soberbia de quien la posee. Esta ceguera impide aceptar que Dios espera de nosotros que participemos en su plan. Este ceguera nos hace sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Nos hace despreciar la misericordia de Dios. ¿Para qué queremos misericordia si ya nos sentimos plenos y gloriosos? ¿Para qué necesitamos la misericordia si nos declaramos vencidos por las circunstancias de la vida?

Cristo vino para abrir los ojos de quienes desean ver la luz y señalar la oscuridad de quienes creen que no necesitan abrir sus ojos para ver.

El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, "porque el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: "Que quiere decir Enviado", porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 44)

El pecado original tuvo muchos efectos, pero el más fuerte de ellos es la pérdida de comunicación directa con Dios. Ya Dios no nos habla y nosotros escuchamos. Nos hemos vuelto ciegos y sordos a la Voluntad de Dios. Pero Cristo vino a abrir los ojos de todo aquel que reclame su misericordia. Con el mismo barro que se creó a Adán y Eva, Cristo corrige nuestra ceguera.

Es maravilloso darnos cuenta que el comportamiento de Cristo era simbólico, a fin de que entendiéramos más allá de la circunstancia donde se produjo. Tras el barro, el agua acaba de sanar la ceguera. El bautismo se evidencia el camino que Cristo no señala. El camino del Agua Viva que ofreció a la Samaritana y el segundo nacimiento que indicó Nicodemo: tenemos que volver a nacer del agua y del Espíritu.

La pregunta que nos hacemos todos es ¿Realmente queremos nacer de nuevo? Nacer de nuevo supone dejar la comodidad de nuestra zona de confort. Supone dejar las justificaciones que utilizamos para no cambiar. Significa comprometernos a dar a Dios lo que es de Dios sin pensar en lo que dejamos atrás de nosotros.


¿Cómo podemos desprendernos de todo y aceptar el llamado de Cristo? Sólo si nos damos cuenta que estamos ciegos y que recobraremos la vista cuando seamos curados, podemos empezar a aceptar el milagro que nos ofrece el Señor.

domingo, 23 de marzo de 2014

Actuar, sentir y entender la fe. San Agustín

Es maravilloso darse cuenta que cada uno de los pasajes del Evangelio representa un misterio que se va desentrañando paso a paso, de forma similar a la forma en que se abren las muñecas rusas. Cada muñeca esconde otra en su interior.

El episodio de la Samaritana en el pozo de Jacob es uno de los que más “muñecas rusas” esconde en su interior. San Agustín nos habla de una de estas capas de entendimiento, especialmente interesante en el momento que vivimos.

Viendo, pues, Jesús que la mujer no entendía y queriendo que ella entendiese, le dice: Llama a tu marido. No comprendes lo que digo porque tu inteligencia no está contigo. Yo hablo según el espíritu, y tú entiendes según la carne. Lo que estoy, diciendo no tiene relación alguna ni con placer de los oídos, ni de los ojos, ni del olfato, ni del tacto; lo que estoy diciendo sólo la mente lo comprende, sólo el entendimiento lo alcanza. Esta inteligencia no está contigo; ¿cómo vas a comprender lo que digo? …

Así también en nuestra alma hay algo, que es el entendimiento. Este algo, que es el entendimiento y la mente, es esclarecido por una luz superior, y esa luz superior que esclarece a la mente humana es Dios. El era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Esta luz era Cristo; ésta era la luz que hablaba con la mujer; mas no está allí con esa luz su entendimiento para ser por ella iluminado: no sólo ser inundado de esa luz, sino también del goce de ella. Como si dijera el Señor: Yo quiero iluminar, pero no encuentro a quién. Anda, dice, llama a tu marido; presenta aquí a tu entendimiento, por el que seas alumbrada y dirigida.  (San Agustin. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 15, 19)

Esta tarde cogí una revista de temática ecologista-Nueva Era, que estuvo muy de moda hace ya algunos años. Conservo algunas de ellas porque tienen recetas de cocina interesantes y algunas fotos realmente preciosas. Repasando la revista me encontré con una frase que me hizo pensar: “Un error frecuente es esperar a sentirse bien para actuar, en vez de actuar para sentirse bien”

Vivimos en una sociedad que prima la emotividad sobre el entendimiento y la acción. En constantemente nos dicen que lo auténtico es lo que se siente, mientras que ponemos en entredicho lo que pensamos. Esperamos a sentir para actuar y si no “sentimos algo” nos dicen que mejor no nos movamos. Esta visión ha permeado en la Iglesia, dando lugar a muchos problemas. Desde mi humilde punto de vista, la sentimentalización de la fe es unos de los problemas que conduce a muchas personas a alejarse.

Hay una frase que se suele repetir cuando se justifica porque se es “creyente no practicante”: “es que no lo siento y si uno no siente algo, mejor dejarlo”. Si escarbas más, aparece la siguiente escusa: es que todo lo que se dice y se hace en la Iglesia no tiene sentido para mi, son costumbres antiguas que nadie comprende ya, la Iglesia tiene que cambiar. Si tienes paciencia y escarbas más, aparecen los prejuicios que defienden la fortaleza del alejamiento: las riquezas de la Iglesia, la inquisición, la pederastia, el machismo, etc.

Como San Agustín indica: No comprendes lo que digo porque tu inteligencia no está contigo. Yo hablo según el espíritu, y tú entiendes según la carne. Lo que estoy, diciendo no tiene relación alguna ni con placer de los oídos, ni de los ojos, ni del olfato, ni del tacto; lo que estoy diciendo sólo la mente lo comprende, sólo el entendimiento lo alcanza. La pregunta que muchas veces nos hacemos es: ¿Estamos fomentando el entendimiento de la Fe o sólo damos importancia a la emotividad social y piadosa?

No estoy en contra de dar espacio a la amistad, la empatía ni a la animación socio-cultural, pero la fe tiene otros dos aspectos adicionales que son también dimensiones de nuestra persona: entendimiento y acción.

Una vida de fe no se sustenta únicamente con la secuencia: me siento bien entonces actúo. El entendimiento nos permite sentir y actuar. La acción nos permite sentir y entender. ¿Por qué quedarnos sólo con la emotividad?


Las comunidades se sustentan también en el entendimiento y en los signos que utilizamos para comunicarnos. También es necesario cimentar la comunidad en la acción, ya que nuestro testimonio necesita hacerse evidente en el mundo. 

sábado, 15 de marzo de 2014

Limosna: Ideología, misericordia y justicia. San Agustín

El sentido y la práctica de la limosna es un tema delicado que aparece todas la Cuaresmas.  Cuando hablamos de dinero o de bienes, no es sencillo sustraerse a las ideologías que permean la sociedad en que vivimos. A veces es tan difícil sustraerse a la ideología, que digas lo que digas siempre serás valorado, medido y juzgado por las diferentes varas de medir ideológicas. No nos damos cuenta del daño que las ideologías generan, ya que impiden conocer lo que Dios valora y juzga en nosotros.

Las ideologías intentan imponernos su forma de entender la sociedad y la persona. Son exclusivistas, por lo que no permiten la existencia de otras formas de entender lo que sucede a nuestro alrededor. Siempre intentan imponerse por la fuerza del poder humano. Producen leyes, derechos, equidades sesgadas y castigos. Desechan a quien se atreve a señalar el engaño que llevan consigo. Juzgan con un juicio benévolo a quien está en línea con sus ideales y condenan para quien se sale del molde de su ideal.

Pero ¿Cómo juzga Dios lo que damos a quien necesita de nosotros? ¿Nos juzga de la misma forma que nosotros hacemos? ¿Juzga por el dinero o lo hace por algo que no siempre se ve? Veamos lo que nos dice San Agustín sobre el episodio evangélico del pobre Lázaro y el rico Epulón:

¿Acaso aquel pobre fue transportado por los ángeles recompensando su pobreza y por el contrario, el rico fue enviado al tormento por el pecado de sus riquezas? En el pobre se patentiza glorificada la humildad, y en el rico condenada la soberbia.

Brevemente pruebo que no fue atormentada en el rico la riqueza, sino la soberbia. Sin duda que el pobre fue llevado al seno de Abraham; pero del mismo Abraham dice la Escritura que poseyó en este mundo abundante oro y plata y que fue rico en la tierra. Si el rico es llevado a los tormentos ¿Cómo Abraham había precedido al pobre a fin de recibirlo en su seno? Porque Abraham en medio de las riquezas era pobre, humilde, cumplidor de todos los mandamientos y obediente. Hasta tal punto tuvo en nada las riquezas que se le ordenó por Dios inmolar a su hijo para quien las conservaba (Gn 22,4).

Aprended a ser ricos y pobres tanto los que tenéis algo en este mundo, como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos; pero da su gracia a los humildes ya tengan algunos haberes mundanos, ya carezcan de ellos. Dios mira al interior; allí pesa, allí examina. (San Agustín. Comentario al  Salmo 85)

Los prejuicios ideológicos nos inducen a pensar que quien tiene alguna riqueza es siempre una mala persona. ¿No nos estamos juzgando a nosotros mismos cuando lo hacemos? Demos un paso más, ¿Qué pensar de quien recrimina a un rico por su riqueza? Podríamos pensar que es un desalmado que envidia la suerte del criticado, pero se nos escapa que quizás lo que hace es señalar una injusticia y no sabe expresarla convenientemente. ¿Con qué visión o entendimiento nos quedamos? Sólo Dios puede juzgar el corazón de las personas, tanto si es rico en dinero y poder, o si es pobre en capacidad de comprender y explicarse. ¿Quiénes somos para decir quien es el bueno y el malo? ¿Es que nosotros somos mejores que ellos?

Dice San Agustín: “Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos”. Pero, al mismo tiempo, nos manda compartir con los demás aquello que Él nos ha dado en abundancia.

La justicia humana es incapaz de ser plenamente misericordiosa, sin dejar de ser justicia. La misericordia humana, tampoco puede ser perfectamente justa, sin dejar de ser misericordia. Sólo Dios puede ser perfectamente justo y misericordioso. Dejemos que Dios nos juzgue como personas sin que por ello dejemos de denunciar las injusticias que nos parecen evidentes. Tampoco dejemos de atender a quienes necesitan de nosotros, sobre todo en este tiempo de Cuaresma. Intentemos hacerlo sin juzgar a quien ejerce la misericordia ni a quien reclama justicia.

En cualquier caso, es casi un deber acrecentar las limosnas en estas fechas. ¿Hay forma más justa de gastar lo que os ahorráis con vuestra abstinencia que haciendo misericordia? ¿Y hay algo más perverso que entregar a la custodia de la avaricia, siempre presente, o a que lo consuma la lujuria aplazada, lo que se gastó de menos a causa de la abstinencia? Considerad, pues, a quiénes debéis aquello de que os priváis, para que la misericordia añada a la caridad, lo que la templanza sustrae al placer. (San Agustín. Sermón 208, 2)

Lo que la templaza sustrae al placer es la virtud. Virtud que debe unirse a la misericordia para hacerse caridad. Si la templanza nos permite ahorrar dinero, bienes o juicios ajenos, volquemos esto hacia quien lo necesita con misericordia. Sólo así nuestros actos sean verdaderamente caritativos. ¿Complicado? Imposible sin la ayuda de Dios.

domingo, 9 de marzo de 2014

¡Paremos la cadena del pecado! San Gregorio Magno

¿Quién de nosotros no es tentado? La tentación es una constante en nuestra vida, de igual forma que la respuesta a la tentación, también lo es. Fijarnos en las tentaciones de Cristo siempre nos da pistas interesante sobre cómo actuar en esos momentos.

Hay otra cosa, que debemos considerar en la tentación del Señor: podía haber precipitado a su tentador al abismo, pero no hizo uso de su poder personal; se limitó a responder al diablo con los preceptos de la Escritura Santa. Lo hizo para darnos ejemplo de su paciencia, e invitarnos así a recurrir a la enseñanza más que a la venganza… ¡Ved qué paciencia tiene Dios, y cuál es nuestra impaciencia! Nos dejamos llevar por el furor tan pronto como la injusticia o la ofensa nos alcanzan… (San Gregorio Magno Homilías sobre el Evangelio, n° 16)

Pecar es actuar de forma contraria a la Voluntad de Dios, porque Dios desea que seamos libres y seamos felices. El pecado nos esclaviza y nos destruye internamente. El pecado nace cuando Adán y Eva rompen la comunicación con Dios, cuando actúa al margen de su Voluntad, tal como San Gregorio de Nisa nos enseña. Entonces la libertad se degrada hasta convertirse en capacidad de elegir. Elegir que suele hacerse sin conocer ni aceptar las consecuencias de nuestros actos.

El pecado tiene una dimensión social, ya que nuestros actos no quedan recluidos en un daño personal, sino que se “contagian” de unos a otros. Una mentira da pié a que quien la recibe, vuelva a mentir. Si causamos sufrimiento a un inocente, este inocente se sentirá justificado de actuar como nosotros hemos hecho.

Cristo, no intentó trasladar la tentación a otra persona, sino que actuó con santidad. Se “limitó a responder al diablo con los preceptos de la Escritura Santa”. La santidad es la única forma de parar la cadena del pecado que llega a nosotros. Cristo recurrió “a la enseñanza más que a la venganza”. La santidad conlleva nuestro sí comprometido para que Dios extienda su Gracia hasta nosotros y seamos capaces de parar la cadena del pecado en el momento de la tentación. El acto de parar el pecado conlleva sacrificio. Sacrificio que se corresponde a la penitencia que desarrollados en Cuaresma y que lo que busca es nuestra conversión.

¿Y no has advertido en el Profeta: «Hablad en vuestro interior, y en vuestros lechos, compungíos. Ofreced sacrificios justos, y confiad en el Señor» ¿Dónde crees que se ofrece el sacrificio de justicia, sino en el templo de la mente y en lo interior del corazón? Y donde se ha de sacrificar, allí se ha de orar. Por lo cual no se necesita de locución, esto es, de palabras sonantes, cuando oramos… (San Agustín, Del Maestro, Cap. I)

San Agustín señala que el sacrificio justo es el que realiza en nuestra mente y en nuestro corazón. Este sacrificio produce que la voluntad no acceda a la tentación y detenga el pecado. También habla de la oración como fundamental para acompañar este sacrificio y propiciar nuestra conversión: “donde se ha de sacrificar, allí se ha de orar”. Oración que es práctica directa de las virtudes.

Para de veras encontrar a Dios no es suficiente orar con el corazón y con las palabras, ni aprovecharse de ayudas ajenas. Esto hay que hacer, pero, además, esforzarse lo que pueda en la práctica de las virtudes. En efecto, aprecia más Dios una acción que haga la propia persona, que otras muchas que otras personas hagan en su favor (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 3, 2)

¿Y la misericordia? ¿Dónde la hemos dejado? La misericordia es fundamental para vivir la Cuaresma. Misericordia que se hace limosna, donación de nosotros mismos y humilde aceptación de la Voluntad de Dios. Misericordia que nos permite compadecernos y vernos reflejados en quien nos hace daño. Quien es tentado y cae en pecado, sufre sus consecuencias hasta el punto de buscar alivio al dolor, trasladando del error a otra persona. ¿No es digna de misericordia y justicia esta persona?

El problema es que nuestra misericordia humana siempre está falta de justicia y nuestra justicia humana, siempre necesita de más misericordia. Sólo Dios es capaz de dar ambas en la justa medida para que el pecado se detenga y la persona recobre su equilibrio.


Quien es tentado, debería de buscar abrirse a la Gracia que transforma y equilibra nuestra naturaleza humana. Gracia que nos permite actuar con santidad y detener el empuje del pecado que desea transmitirse a través de nosotros. Esto necesita de sacrificio, que se hace penitencia y da lugar a nuestra conversión.

domingo, 16 de febrero de 2014

¿Quién desea ser santo en pleno siglo XXI?

¿Quién desea ser santo en pleno siglo XXI? Creo que muchas personas lo desean e incluso lo intentan, aunque rara vez aparezcan en algún medio de comunicación. Si alguno aparece, lo que nos comunica de su vocación es incomprensible para la inmensa mayoría de nosotros. No debe extrañarnos que para calificar sus objetivos se utilicen adjetivos como loco, abducido, fundamentalista, etc. Hablar de santidad es como si se le describe a un sordo la magnificencia de una sinfonía. Pero esta incapacidad de comprender el camino de la santidad no es algo actual, sino que es una de las consecuencias del pecado original y de nuestra naturaleza imperfecta. Ya Cristo nos hablaba de sus problemas al hablar del Reino de Dios a sus contemporáneos:

 “Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane.” (Mt 13, 13-15)

Quien teniendo oídos no escucha y teniendo ojos, no ve, es incapaz de conocer la belleza que se esconde detrás de cualquiera de las descripciones y explicaciones que le podamos hacer. La belleza del camino de santidad no es reconocido con facilidad. Es como un receptor de radio en que no sabemos dónde está la banda de frecuencias en la que se transmite música más bella que existe. Pero, como no podría ser de otra forma, el Señor nos ha dado una forma de descubrir esta banda de frecuencias que tramiten la Belleza y la Verdad: lo sacramentos.

Pensemos que los sacramentos son signos que hay que comprender, sentir y vivir. Si se convierten en actos sociales, el camino hacia la santidad se bloquea para nosotros. Las apariencias terminan por llenar todo el dial de nuestro receptor de radio y nos olvidamos de que existen bandas que emiten mejor música.

En la Eucaristía contemplamos el Sacramento de esta síntesis viva de la ley: Cristo  nos  entrega  en sí mismo la plena realización del amor a Dios y del amor  a los hermanos. Nos comunica este  amor suyo cuando nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre. Entonces puede realizarse en nosotros lo que san Pablo  escribe  a  los Tesalonicenses en la segunda lectura de hoy: “Abandonando  los ídolos, os habéis convertido, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Ts 1, 9). Esta conversión es el principio del camino de santidad que el cristiano está llamado a realizar en su existencia. El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su verdad perfecta, que es progresivamente transformado. Por esta belleza y esta verdad está dispuesto a renunciar a todo, incluso a sí mismo. Le basta el amor de Dios, que experimenta en el servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes no están en condiciones de corresponder. (Benedicto XVI, solemne conclusión de la XI asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, del año de la Eucaristía. 23-10-2005)

Santo es el que va siendo transformado, poco a poco, por la Belleza de Dios y la Verdad perfecta. Personalmente, esta frase es como un ariete que colisiona contra la muralla que he ido creando en torno al sacramento de la Eucaristía. Una muralla que se nutre de las piedras de la pérdida del sentido de lo sagrado que vivimos en muchas comunidades. Piedras que son más duras, según nos parece que Dios se aleja y desentiende de nosotros. Lejanía de Dios que se propicia por nuestra incapacidad de separar los aspectos de animación socio-cultural de la comunidad, de la presencia sobrenatural del Señor. De  todos los sacramentos la Eucaristía es el más grande, pero no por ello dejar de sufrir a una progresiva pérdida de significado. Conocer un poco de Liturgia parece destinado a especialistas.

No dudo que para muchas personas los ritos se han ido volviendo incomprensibles y la belleza que rodea a la Liturgia les produzca rechazo. Lo que está claro es que la Belleza y la Verdad son aspectos que se deben sentir, entender y vivir. El problema es que según vamos creando capas y capas de entendimientos diferidos, las mismas formas producen un alejamiento del Señor.

¿Cómo vamos sentirnos fascinados por la Belleza que no vemos y la Verdad que nos escuchamos? Así, ¿Cómo vamos a entender lo que Cristo nos dice de las leyes en el evangelio de hoy domingo?

“No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.” ( Mt 5, 17-19)

Ya ni nos acordamos de los mandamientos, transformados por capas y capas de adaptaciones sociales y secuencias interminables de inculturaciones adaptadas a lo políticamente correcto. La Eucaristía termina siendo una escusa para vernos de domingo en domingo. Cuando el último velo del templo termina de oscurecer el Sancta Santorum, la Eucaristía deja de transformarnos y acercarnos al Señor. Entonces, si no tenemos empatía personal con la comunidad ¿Para qué ir a misa? La muerte de Cristo rasgó el velo del templo, pero nosotros mismos somos más resistentes que el velo.

¿Y la santidad? Con no robar ni matar a nadie, nos es suficiente. Dios parece estar demasiado lejos y desentendido de nosotros. Ponemos la misericordia como estandarte y olvidamos que Dios es tan justo como misericordioso. No le tentemos, como hizo el demonio en el desierto.  

martes, 11 de febrero de 2014

Certezas y Evangelio. Cesareo de Arlés y Papa Francisco.

Cuando el Papa Francisco habla de que tenemos que abandonar las certezas y seguridades. En la homilía que realizó el 13 de octubre del pasado año, nos dijo:

Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguridades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?

Las seguridades y certezas son rutinas que nos permiten dejar a un lado el compromiso que tenemos con Cristo y con la Iglesia. Estas seguridades nos permiten ritualizar los comportamientos y desplazar el centro de nuestras vidas a actividades e intereses ajenos a la misión de una vida cristiana. ¿A qué seguridades solemos aferrarnos?

Normalmente incorporamos un leve barniz cristiano basado en cumplir con las apariencias externas. Las limosnas, la misa dominical, la oración son herramientas maravillosas si las vivimos en primera persona. Pero si las automatizamos, perdemos todo lo que tienen de bueno para nosotros. Si convertimos la misa en una escusa para reunirnos con los amigos, también estamos creando seguridades que nada tienen que ver con el verdadero sentido de la Liturgia. Veamos que nos dice San Cesareo de Arlés desde el siglo IV-V:

Hermanos queridos, cuando os exponemos algo útil para vuestras almas, que nadie trate de excusarse diciendo: " no tengo tiempo para leer, por eso no puedo conocer los mandos de Dios ni observarlos  Abandonemos las vanas habladurías y las bromas mordaces, y veamos si no nos queda tiempo para dedicar a la lectura de la Escritura santa. Cuándo las noches son más largas, ¿habrá alguien capaz de dormir tanto que no pueda leer personalmente o escuchar a otro a leer la Escritura? Porque la luz del alma y su alimento eterno no son nada más que la Palabra de Dios, sin la cual el corazón no puede vivir ni ver. El cuidado de nuestra alma es muy semejante al cultivo de la tierra. (San Cesareo de Arlés. Sermones al pueblo, n°6 passim)

¿Quiénes entre nosotros se dedican a leer el evangelio y meditarlo todos los días? Muy pocos. La mayoría corremos de un lado a otro atendiendo las necesidades humanas que tenemos. No encontramos tiempo para dar un paso adicional a las rutinas que hemos convertido en ritos costumbristas.

Algunos podemos pensar que eso de dejar la cómoda retaguardia es sólo para valiente o para “profesionales”. En el mejor de los casos, esperamos que sean otros los que se dediquen a moverse, aduciendo que nos sentimos incapaces y no sabemos qué hacer. ¿habrá alguien capaz de dormir tanto que no pueda leer personalmente o escuchar a otro a leer la Escritura?  Pero ¿Cuesta tanto leer y meditar el Evangelio? ¿Cuesta tanto orar conscientemente junto a nuestros hermanos?

Hay un versículo del Apocalipsis que me encanta, ya que evidencia una realidad que vivimos día a día: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3, 20) ¿Estamos predispuestos a escuchar cuando Cristo llama a nuestra puerta? A lo mejor preferimos el oído de nuestro corazón entretenido con otras miles de cosas y excusarnos diciendo que no tenemos tiempo ni para leer un párrafo de los escritos de un santo.

A veces, escuchamos la llamada, pero nos da terror abrir la puerta. Sabemos que si la abrimos, estamos aceptando el compromiso de seguir a Cristo, negándonos a nosotros mismos. “El cuidado de nuestra alma es muy semejante al cultivo de la tierra” y por lo tanto, necesita dedicación, paciencia, humildad y mucha entrega.

La gran pregunta es ¿Cómo salir de este círculo vicioso de sordera y miedo? Una buena respuesta sería, empieza por leer un poco de los Evangelios cada día. Medita lo que dice y si puedes, coméntalo con otras personas. En el diálogo se aprenden muchas cosas. Ya que utilizamos el whasapp todo el día, ¿Por qué no crear un grupo de meditación del Evangelio del día? Una amiga me comentó que está realizando la experiencia y que está siendo sorprendentemente buena. También se puede comentar de viva voz con los amigos o utilizar las redes sociales.

Si el Papa nos pregunta de nuevo: ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades,…? Ojalá seamos capaces de decir que estamos intentando dejarnos sorprender por el Señor y que oramos todo los días para que seamos capaces de hacerlo.

domingo, 9 de febrero de 2014

Ser sal y luz del mundo. San Juan Crisóstomo.

Es conveniente que el fiel sea reconocido no únicamente por el don de ser cristiano, sino por su nuevo género de vida.El fiel debe ser luz y sal de la tierra. Pero si ni para ti mismo eres luz ni sabes dominar tu podredumbre ¿cómo podremos distinguirte? ¿Por el solo hecho de haber bajado a las aguas saludables del bautismo? Pero esto más bien te lleva al castigo. La alteza del honor, para quienes no llevan una vida digna del honor, viene a ser un acrecentamiento del suplicio. El fiel debe brillar no únicamente por los dones que Dios le da, sino además por la forma en que él coopera. Debe en todo mostrarse excelente: en el modo de caminar, en su comportamiento, en su vestir, en su voz. (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía IV

El Evangelio de hoy domingo es realmente bonito, ya que nos dice que debemos ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Cristo espera que dejemos que El se transparente al mundo a través de nosotros. Como suelo decir, espera que permitamos que seamos herramientas fieles y eficaces en sus manos. Para ello debemos confiar en que El es quien maneja la nave de nuestra vida. 

Recordemos cuando hablaba a sus Apóstoles recordándoles que: 
No se preocupen por lo que han de comer o beber para vivir, ni por la ropa que necesitan para el cuerpo. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves que vuelan por el aire: no siembran ni cosechan ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en el cielo les da de comer. ¡Y ustedes valen más que las aves! En todo caso, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora? (Mt 6,25-27

San Juan Crisóstomo es un poco más duro y nos recuerda que no podemos vivir una vida que no se diferencie de las de las demás personas, que no conocen a Cristo. El cristiano debe ser símbolo de Cristo, ya que las demás personas conocerán al Señor a través de él. 

Hoy en día nos encontramos perplejos ante una sociedad que olvida sus fundamentos cristianos y prefiere vivir sin comprometerse con nada ni nadie. Nos preguntamos por qué los jóvenes desaparecen de los templos para hacer una larga travesía por el desierto del mundo. Travesía de la que algunos vuelven trayendo a sus hijos, de la mano. Travesía que es necesaria para convertirse realmente.

Ya en el siglo IV padecían los mismos problemas que tenemos ahora. Una cosa son los bautizados y otra, el pequeño grupo de cristianos que tras su travesía de alejamiento, encuentran la Luz de Cristo y retornan. Ya nos lo indicó Cristo al señalar que “muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mt 22,14). Pero no se trata de que Dios señale a unos y rechace a otros, somos nosotros quienes decidimos abrir la puerta cuando oímos la llamada de Cristo o preferimos escondernos, tapándonos los oídos: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20).

¿Nos extraña que tantos bautizados vivan de forma totalmente irreligiosa o con cristianismo de barniz cultural? Yo creo que no nos debería extrañar. Es lo que podríamos esperar de una sociedad aconfesional que privilegia los dioses de siempre: poder, fama, éxito, riqueza, etc. Lo extraño es que una persona decida abrir la puerta a Cristo, ya que se encontrará comprometida para toda su vida, desde el mismo momento en que le mire a los ojos. 

Estos son los que realmente serán la sal y la luz del mundo. Los demás, intentamos, a duras penas, seguir el camino que marcan los pasos de Cristo. Siempre rezagados, agotados y sobrepasados por lo que quisiéramos dar y no somos capaces. 
En nuestro trabajo, nuestro hogar, nuestras aficiones y obligaciones, podemos ser sal y luz, pero antes hemos de abrir la puerta al Señor y dejar que Él sea quien nos enseñe a dónde hemos de dirigir nuestro conocimiento, afecto y voluntad.


El fiel debe brillar no únicamente por los dones que Dios le da, sino además por la forma en que él coopera. 

domingo, 2 de febrero de 2014

¿Es difícil orar? San Juan de la Cruz nos ayuda

Esta semana he tenido rondando por la cabeza el tema de la oración. El pasado jueves estuve conversando sobre el tema con un grupo de personas y en las reflexiones que hicimos, encontré un hilo que creo interesante compartir con usted.

Cristo nos pide que oremos de forma continua y para ello nos pone el ejemplo del Juez Injusto. San Agustín señala que esta oración continua no puede estar basada en el recogimiento, ya que es imposible estar en las tareas cotidianas orando de rodillas. Habla de orar en el deseo; el deseo de Dios.

Entonces, podemos pensar en orar mediante la inteligencia, emoción y voluntad. La oración vocal, explícita, necesita de nuestra inteligencia para crear un “discurso” que nos comunique con el Señor. Pero también existe la posibilidad de orar emocionalmente, sin palabras, de manera que la comunicación provenga de aquello que sentimos en nuestro interior. También es posible la oración volitiva, que no necesite ni de palabras ni de sentimientos. Una oración que sea acción práctica en nuestra propia vida.

He estado buscando referencias y la más clara que he encontrado es de San Juan de la Cruz:

Para de veras encontrar a Dios no es suficiente orar con el corazón y con las palabras, ni aprovecharse de ayudas ajenas. Esto hay que hacer, pero, además, esforzarse lo que pueda en la práctica de las virtudes. En efecto, aprecia más Dios una acción que haga la propia persona, que otras muchas que otras personas hagan en su favor (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 3, 2).

La práctica de las virtudes es también una forma de encontrar a Dios. Es una forma de orar con nuestra voluntad y perseverancia. Esta reflexión da un mayor sentido al esfuerzo que realizamos para obrar bien. No se trata de un lucha en que buscamos hacer la Voluntad de Dios, sino un forma de dialogar con el Señor.

Tenemos claro que nuestra voluntad es limitada y nuestra perseverancia siempre tiene un límite. Necesitamos de la Gracia del Señor para seguir adelante. San Pablo nos dijo que: “nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26) Cuando las palabras no son capaces de expresar y comunicarnos con el Señor, los sentimientos y la voluntad toman el relevo. El Espíritu Santo recoge esa oración no verbal y la traslada al Señor. Los gemidos inefables del Espíritu son el medio de comunicación más directo y certero, por lo que no nos sintamos mal si no somos capaces de orar vocalmente con soltura y nos distraemos a la primera de cambio. Si no salen las palabras, ofrezcamos nuestras emociones y nuestras acciones como oración al Señor.

Clemente de Alejandría también incide en esta necesidad de orar como y cuando no sea posible:

Se nos ha mandado venerar y honrar al Logos [Cristo], a nosotros, persuadidos por medio de la fe de que Él es Salvador y Guía, y por Él al Padre, no en días elegidos, como hacen otros, sino continuamente, durante toda la vida y de todas las formas posibles (...). De ahí que no en un lugar señalado, ni en un templo determinado, ni en fiestas y días prefijados, sino en toda la vida, el cristiano, ya esté él a solas, ya con otros de su misma fe, honra a Dios, es decir, le da gracias por el Conocimiento y por su forma de vida. ” (Stromata VII, 7, 35, 1. 3).

En la vida cotidiana, los espacios y momentos propicios para la oración, son a veces muy escasos. Cuando encontramos un momento, a veces, nos sentimos incapaces de hilar más de una frase de agradecimiento y/o de petición. Estas dificultades nos frenan y nos desalientan muy a menudo. Dejemos el desaliento a un lado y pensemos en que Cristo nos mira y acepta que oremos de todas las formas posibles y en todos los lugares posibles. El desea ser “importunado” por nuestras oraciones, como nos lo hizo saber en la parábola del juez injusto.


Oremos sin palabras, Dios sabe lo que necesitamos mejor que nosotros. Dejemos que el Espíritu Santo interceda por nosotros en el lenguaje que sólo Dios conoce y comprende totalmente: el Amor.

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