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domingo, 24 de noviembre de 2013

¿Nos encontramos con Cristo o con los mercaderes?

Celebramos la solemnidad de Cristo Rey, pero ¿Es Cristo nuestro verdadero Rey? San Agustín nos recuerda la adoración de los Magos de oriente y el comportamiento de los mismos tras el encuentro con Cristo:

Una vez conocido y adorado nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle, pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido. El cambio de ruta es el cambio de vida. También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella, la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos que no nos acompañaron; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a Él tomemos la nueva ruta y no regresemos por donde vinimos (San Agustín. Sermón 202)

En la entrada previa a esta, me preguntaba si Cristo era nuestro líder. Líder de una fraternidad que sólo puede ser pequeña, ya que “pocos son los escogidos” (Mt 22,14). Hablar de Cristo como Rey, no se aleja mucho de esta visión. Cristo aparece ante nosotros como Rey del Universo: pantocrátor, todopoderoso. Su poder se manifiesta a través nuestra ya, cuando estamos unidos a El: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5)

Es un Rey un poco especial, ya que nos dijo que “Mi Reino no es de este mundo” (Jn 18, 36) y no reclama los bienes de este mundo para sí: “dad Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Entonces ¿Qué es lo que reclama de nosotros?

Cristo nos convoca de muchas formas, a los Magos de Oriente los llamó a través de la ciencia, a los Apóstoles los encontró uno a uno, al Buen Ladrón, lo encontró en la Cruz, a Zaqueo subido en un Sicómoro, a la Samaritana cuando buscaba agua en un pozo, etc. Podemos decir que a cada uno de nosotros nos encuentra en un momento y un lugar diferente. La evangelización nunca puede ser una obra de masas ni de grandes medios de comunicación. Es una obra que suma personas, una a una, haciendo que cambien su vida.

Lo interesante del comentario de San Agustín es cómo interpreta el cambio de camino de regreso de los Magos de Oriente: “El cambio de ruta es el cambio de vida”. Tras el encuentro personal con Cristo, siempre hay un cambio en el camino de nuestra vida. El encuentro marca un antes,  un después y un futuro muy diferente. Si cada vez que nos acercamos a Cristo, volvemos por el mismo camino ¿Realmente nos hemos encontrado con Él? En la homilía de Santa Marta del pasado viernes, el papa Francisco nos señaló un aspecto interesante de nuestra rutina religiosa: ir al templo y salir tal como entré.

Nuestros templos, ¿son lugares de adoración, favorecen la adoración? ¿Nuestras celebraciones favorecen la adoración?”. Jesús echa a los “mercaderes” que habían tomado el Templo por un lugar de comercio, antes que de adoración. Pero hay otro “Templo” que hay que considerar en la vida de fe. San Pablo nos dice que nosotros somos templos del Espíritu Santo. Yo soy un templo. El Espíritu de Dios está en mí. Y también nos dice: ‘¡No entristezcáis al Espíritu del Señor que está dentro de vosotros!’ ”.


Quizás en el templo de nuestro corazón hay demasiados mercaderes. Tantos mercaderes, que el Rey queda oculto e inaccesible tras ellos. Hay que tener valor para tomar una cuerda y echar a tantos mercaderes que nos rodean. Encontrarnos con Cristo Rey no puede ser una rutina social que repetimos cada domingo. El verdadero encuentro con el Señor se realiza en el Templo que somos nosotros mismos. El encuentro es lo que desencadena que nos arrodillemos y le ofrezcamos el único tesoro que llevamos siempre con nosotros: nosotros mismos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Como Zaqueo, hay que subir sobre el árbol de la santa cruz

Ya que el corazón es de reducido tamaño, hay que hacer como Zaqueo, que no era grande, y se subió a un árbol para ver a Dios. Su celo le mereció oír estas palabras: "Zaqueo, baja y vete a casa, porque hoy voy a comer contigo".

Debemos hacer lo mismo si somos bajos, cuando tenemos el corazón estrecho y poca caridad: hay que subir sobre el árbol de la santa cruz, y allí veremos, tocaremos a Dios. Allí encontraremos el fuego de su caridad indecible, el amor que lo empujó hasta la vergüenza de la cruz, que lo exaltó, y le hizo desear con el ardor del hambre y de la sed, el honor de su Padre y nuestra salvación.

En efecto, cuando el alma se eleva así, ve los beneficios de la bondad y el poder del Padre, ve la clemencia y la abundancia del Espíritu Santo, es decir este amor indecible que tiene Jesús desplegado sobre el bosque de la cruz. Los clavos y las cuerdas no podían retenerlo; había sólo caridad. Suba sobre este árbol santo, donde están las frutas maduras de todas las virtudes que lleva el cuerpo del Hijo de Dios; corra con ardor. Quede en el amor santo y dulce de Dios. Jesús dulce, Jesús amor. (Santa Catalina de Siena. Carta 119, al prior de los religiosos olivetenses)

En nuestra vida cotidiana parece que no necesitáramos encontrarnos a Cristo. Es curioso que lo excusemos diciendo que tenemos muchos problemas, prisas y compromisos. Como en el episodio evangélico de Zaqueo, hay multitud de circunstancias vitales que nos separan de Cristo. Nadie duda que estas circunstancias sean reales y que además, nos impidan realmente la visión de Dios. Pero ¿no podemos hace nada? La pregunta que podríamos hacer es ¿Queremos realmente ver a Cristo? ¿Estamos dispuestos a esforzarnos para ello?

Hace unos días leía un artículo sobre la crisis de la vida religiosa, escrito por Fray José Rodríguez Carballo, secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada en el L´Osservatore Romano. Fray José señalaba varias causas para la constante sangría de religiosos, de las que entresaco la siguiente: vivimos un tiempo que podemos definir como el tiempo del 'zapping' de pasar de un canal al otro, sin control, sin detenerse en ninguno de ellos".

Este problema es no sólo de los religiosos, sino de toda la sociedad. No somos capaces de “perder” el tiempo en encontrar un árbol al que subirnos y esforzarnos en hacerlo en el momento adecuado. Estamos tan absortos con lo que tenemos delante de nuestros ojos, que no nos importa lo que sucede detrás de nuestra propia vida. Estamos muy bien aleccionados para temer el encuentro con el Señor.

El encuentro con el Señor siempre conlleva un compromiso que echa por tierra ese zapping vivencia que tanto nos gusta. Como nos han enseñado a entender la libertad como el estado al que se llega cuando unimos ignorancia e indiferencia, no podemos comprender que seamos más libres cuando el Señor nos llama y nosotros aceptamos el compromiso que nos propone.

Siguiendo las indicaciones de Santa Catalina, tenemos que subirnos a nuestra Cruz para ver a Cristo, pero este esfuerzo resulta impensable para una persona del siglo XXI. Lo triste es que la falta de compromiso sólo nos puede llevar a la soledad y a la perdida de todo sentido como seres humanos. La cruz que llevamos sobre nosotros, se irá haciendo cada vez más pesada y nosotros, tendremos menos capacidad de subir sobre ella para ver al Señor. De ahí que vivamos en una sociedad que rechaza la dignidad de los seres humanos y nos condena a vivir sirviendo a los intereses que nos señalan desde el marketing social de cada momento.

Seguramente muchos pensarán en todo lo que perdió Zaqueo esa tarde. Perdió dinero, pero sobre todo, perdió la libertad que aparentemente tenemos cuando ignoramos a Quien espera llamarnos por nuestro Nombre.


Cristo no ofrece mucho más que el mundo que nos rodea, pero para acceder a El, hemos de subir a nuestra cruz… cuando el alma se eleva así, ve los beneficios de la bondad y el poder del Padre, ve la clemencia y la abundancia del Espíritu Santo.

martes, 29 de octubre de 2013

La belleza de la fiesta de Todos los Santos. San Agustín


Se aproxima la fiesta de Todos los Santos y su antítesis: el comercial y paganizado Halloween. La fiesta de Todos los Santos se celebra con carácter universal desde el año 840.

Con motivo de la cercanía de esta festividad, me he dado una vuelta Internet y me he dado cuenta que muchas personas confunden la celebración de los Fieles Difuntos con la celebración de Todos los Santos. Estas personas comentan que Halloween es “mucho más divertido que la fiesta en que se recuerda a los muertos”. Así que he creído interesante comentar sobre la belleza y alegría de la fiesta de Todos los Santos. Para ello tomo un fragmento de uno de los comentarios a los Salmos de San Agustín

Sabéis, conocéis y entendéis que pertenecéis a este cuerpo, y así creéis  que Cristo es nuestra cabeza y que nosotros somos el cuerpo de  ella. ¿Acaso sólo nosotros y no también aquellos que existieron antes de nosotros? Todos los justos que existieron desde el principio del mundo tienen por cabeza a Cristo. Ellos creyeron como venidero al que nosotros creemos que ya vino. Se salvaron por la misma fe en El que nosotros; siendo El de este modo la cabeza de toda la ciudad, Jerusalén, es decir, de todos los fieles que desde el principio del mundo hasta el fin existieron, uniendo a ellos también el ejército de las legiones de ángeles, a fin de constituir una sola ciudad en perpetua paz y salud, alabando a Dios sin fin y dichosa sin fin, bajo un rey y un solo gobierno imperial. (Comentario al Salmo 36, SIII, 4)

¿Puede haber algo más bello que un coro de Santo arrodillados frente al Cordero de Dios? Nos encontramos con la culminación de la efusión del Espíritu Santo, que llena de armonía y dones al universo. En el día 1 de Noviembre nos reunimos para dar gracias a Dios por todas aquellas personas que están en la gloria y que son modelo para nosotros. Por lo tanto es una fiesta alegre, ya que evidencia que los santos son muchos y que nosotros también podemos aspirar a ser santos.

La fiesta está directamente relacionada con una de las verdades que profesamos cada domingo en el Credo: Creo en la comunión de los Santos: “Después de esto, miré y vi una gran multitud de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. Estaban en pie delante del trono y delante del Cordero, y eran tantos que nadie podía contarlos” (Ap 7, 9) Si lo profesamos, lo creemos ¿O no?

Eran tantos que nadie podía contarlos. Con frecuencia vivimos nuestra fe con una cierta sensación de fracaso y de constante acoso. Parece que estamos solos frente a una  multitud incontable de enemigos, pero parece que es todo lo contrario. La multitud incontable está delante del trono y delante del cordero. ¿Por qué no podemos formar parte de esa muchedumbre?

Volviendo al ambiente festivo que rodea este día, la oportunidad de alabar al Señor con gozo, se ve ensombrecida por una serie de errores que se han infiltrado dentro de nuestra fe, casi sin darnos cuenta:

·         La fiesta de Todos los Santos es una forma de dar culto a los muertos. Para lo cristianos, los santos no son muertos sino vivos que están junto al Señor.
·         La fiesta de Todos los Santos es una “tapadera” de antiguas fiestas paganas. No está nada claro que en estas fechas se celebraran fiestas paganas.
·         La fiesta de Todos los Santos, no puede ser una fiesta alegre y divertida. ¿Quién celebraría algo triste con dulces y con bailes? En muchos países y regiones existe la tradición de celebrar la fiesta de Todos los Santos con dulces y bailes.

Con toda la “propaganda en contra” es lógico que triunfe la “propaganda a favor del Halloween”. Es cuestión de marketing y de ganas de borrar el cristianismo de la cultura popular.

Otra consideración que no quiero dejar pasar es la apoteosis de feísmo, la maldad y la tristeza que tiene implícita la forma en que se celebra Halloween. Parece que vivimos un carnaval macabro, donde lo bueno se disfraza de malo y viceversa. ¿Quién quiere vestirse de muerto, vampiro o bruja? ¿Quién quiere parecer un zombie? Parece que en este día desaparecen todas las consideraciones estéticas y nos convertimos, de repente, en siniestras sombras oscuras.

Quizás la relación más directa con esta estética la encontremos en las tribus urbanas tipo punk, góticos, emos, etc, que viven un Halloween que dura todo el año. En estas tribus urbanas se esconden personas sin esperanza y tristes por la vida que les toca vivir. Ojo, vida que normalmente no tiene nada de triste, pero que carece de sentido para ellos. Sin duda, no es lo mismo vestirse de drácula una noche, que ir vestido de gótico todo el año, pero vestirse de algo horrible, aunque sea una noche, conlleva un cierto mimetismo y empatía con el personaje que representamos.

Creo que los cristianos deberíamos hacer un esfuerzo por festejar la fiesta de Todos los Santos como se merece. No es lógico que dejemos que nos roben la alegría de una fiesta tan maravillosa. Festejemos Todos los Santos con la alegría que merece.

domingo, 20 de octubre de 2013

Serás la obra perfecta de Dios. San Ireneo de Lyon

El hombre es una mezcla de alma y carne, una carne formada para ser semejante a Dios y modelada por sus dos Manos, es decir, el Hijo y el Espíritu. Dirigiéndose a ellos [,Dios] dijo: «Hagamos al hombre» (Gn 1,26). 

Pero ¿cómo podrás un día ser divinizado si todavía no eres hombre? ¿Cómo podrás ser perfecto, siendo así que apenas eres un ser creado? ¿Cómo llegarás a ser inmortal siendo así que no has obedecido a tu Creador en una naturaleza mortal?... Puesto que eres obra de Dios espera pacientemente la Mano de tu Artista que hace todas las cosas a su tiempo oportuno. Preséntale un corazón flexible y dócil y conserva la forma que te ha dado ese Artista, guardando en ti el agua que viene de él y sin la cual, endureciéndote, rechazarás la huella de sus dedos.  (San Ireneo de Lyon. Contra las herejías IV, Pr 4; 39,2)

Hablaba con unos amigos sobre la dignidad humana y el drama que conlleva que no aceptemos esa dignidad en nosotros mismos. Hoy en día sucede que nadie nos reconoce ni nos informa de la dignidad poseemos por se hijos de Dios. Quien no sabe de su dignidad, no la valora y la pierde con facilidad. Quien se siente indigno no duda en denigrarse y dejarse arrastrar por todo aquello pervierte. Una sociedad que olvida a Dios, está enferma y condenada a vagar sin sentido entre las aparentes felicidades que ofrecen los listos de turno. 

Quien se sabe digno, empieza por no dejarse arrastrar por aquello que le destruye. Después, si somos capaces de darnos cuenta que somos una obra maravillosa de Dios, pero inacabada, dejaremos que la mano de Dios nos vaya dando forma. ¡Que gran gracia es dejar que la marca de los dedos de Dios quede impresa en nosotros! Que gran locura, perder el agua del Espíritu y endurecer nuestro ser hasta impedir que Dios actúe en nosotros. 

El Evangelio de hoy domingo, nos relata la maravillosa parábola del Publicano y el Fariseo. Es una parábola que puede llegar a confundirnos, ya que parece que el Señor desprecia a quien actúa bien en todo momento (el Fariseo) y apoya a quien reconoce que no es bueno (El Publicano). ¿Quiere Dios que siempre actuemos mal
La diferencia entre el Publicano y el Fariseo queda mucho más clara tras leer el texto de San Ireneo de Lyon. El Fariseo se considera perfecto, completo y ejemplar. Ya no necesita a Dios, con sí mismo se basta. El problema del Fariseo es que ha expulsado el agua que permite a Dios imprimir su huella en él. 

En cambio, el Publicano tiene el corazón abierto a la mano del Artista. Sus errores pueden ser graves, pero no cierra sus puertas a la Gracia de Dios. ¿Quién puede llegar a ser la obra perfecta de Dios? Sin duda el Publicano. El Fariseo se considera ya acabado del todo, no por obra de Dios, sino por sí mismo. 

Pero puede haber Publicanos tan soberbios o más que el Fariseo y Fariseos tan humildes como el Publicano. La cuestión es reconocer que la dignidad que reside en nosotros parte de Dios, no parte de nosotros mismos. Si en algún momento nos sentimos “salvados”, “puros” o “perfectos” pensemos que el enemigo anda detrás de ese pensamiento. 


Además, cuando nos creemos perfectos, salvados y puros, no necesitamos de nadie más que nosotros mismos. La comunidad deja de tener sentido y hasta Dios se convierte en una herramienta para darnos gloria. Miremos al Fariseo, visitaba el templo porque era un precepto, pero la finalidad real era que los demás le vieran y le envidiaran. Que vida más horrible la que nos lleva a creer que Dios es una herramienta a nuestra disposición y que si no cumple nuestras expectativas, simplemente no lo necesitamos.

¿Cómo orar sin cesar en pleno siglo XXI? San Agustín

El evangelio de hoy nos da una pista muy importante para nuestra vida: orad sin cesar, pero ¿Cómo podemos orar todo el día? Si la sociedad moderna nos deja pocos espacios y momentos adecuados para orar ¿Cómo vamos a hacerlo de forma continua? Pareciera que el Señor nos requiere un imposible. ¿Cómo puede un trabajador dejar su trabajo y orar, sin parar, toda su jornada? San Agustín nos ayuda a comprender que la oración que no cesa, trasciende los clichés que tenemos de la oración:

Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua es la oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos ininterrumpidamente, y por eso se dice: Orad sin cesar?

Si decimos que oramos así, creo que no podemos hacer esto sin interrupción. Existe otra oración interior y continua, cual es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel sábado, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo; tu deseo continuo es tu voz, o sea tu oración continua.

Callas si dejas de amar. ¿Quiénes callaron? Aquellos de quienes se dijo: Porque se acrecentó la iniquidad se enfrió la caridad de muchos. El frío de la caridad es el silencio del corazón, y el fuego del amor, el clamor del corazón. Si la caridad permanece continuamente, siempre clamas; si clamas siempre, siempre deseas; si deseas, te acuerdas del descanso. Pero es conveniente que sepas delante de quién debe estar el gemido del corazón. Considera ya qué deseo debes tener delante de la presencia de Dios.

¿Qué sucederá si el deseo está delante de Dios y no está el gemido? Pero ¿cómo puede acontecer esto, siendo así que el gemido es la voz del deseo? Por esto añade el salmo: Y mi gemido no se te oculta. Para ti no está oculto, para muchos hombres lo está. Pero alguna vez se advierte que el siervo humilde de Dios dice: Y mi gemido no se te oculta. También se observa que de vez en cuando ríe el siervo de Dios; ¿acaso por esto murió en su corazón aquel deseo? Si allí se halla el deseo, también el gemido; no siempre llega a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios. (Comentario al Salmo 37, 14)

El texto merece que lo leamos y reflexionemos varias veces. Resumiendo lo que nos dice San Agustín, podemos decir que la oración continua no tiene que ser oración una oración reglada, ya que es imposible. Nos habla de tres elementos cruciales para esta oración:

  1. Deseo. Deseo que parte de un anhelo de nuestro ser. El anhelo de estar en contacto continuo y permanente con Dios. Este deseo es lo que desencadena la oración continua. El deseo de cumplir la Voluntad de Dios en cada uno de nuestros actos.
  2. Amor: El amor es el fuego que da vida a nuestro corazón. Un corazón frío, aséptico y funcional, no puede orar. No sabe como hacerlo, ya que el corazón es la boca que pronuncia la verdadera oración que hacemos llegar al Señor.
  3. Gemido: ¿Gemido? Un corazón que siente deseo y arde de amor, necesita gemir. Gemir es sentir y desahogar el ansia de nos abraza nuestro ser. “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque El intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.” (Rm 8, 26-27) El Espíritu Santo es el que genera el gemido, como el soplo de aire que hace vibrar los tubos de los órganos o el aliento que hace sonar las flautas.
Dicho todo esto ¿Tenemos que estar en estado éxtasis continuo todo el día? No sería posible. El Señor sabe que tenemos de ganar el alimento y vivir nuestra vida dentro de las circunstancias socio-laborales que cada cual tiene. ¿Cómo orar continuamente entonces?

Primero deseando la unión con Dios, después abriendo el corazón para que el Espíritu lo llene de caridad y dejando que sea el Espíritu Santo el que haga resonar nuestro ser en cada acción, gesto, actitud, que realicemos durante el día.

Esto no excluye que busquemos momentos para la oración convencional. La oración de rodillas, que se expresa mediante las palabras que traducen deseo, amor y gemido al lenguaje humano. Incluso, cantando cuando sea posible. ¿Por qué no?


"yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz distino en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33)  

domingo, 13 de octubre de 2013

La suavidad es la mejor respuesta. San Ambrosio de MIlán


Hay dos palabras que suelen resonar en nuestros oídos con frecuencia: misión y compromiso. Ambas se utilizan para señalar nuestra actitud frente al mandato de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura". (Mc 16,15). Misión y compromiso requieren valentía. ¿Dónde la podemos encontrar?

Cuando Jesús mandó a los discípulos ir a su mies, que había sido bien sembrada por el Verbo del Padre, pero que necesitaba ser trabajada, cultivada, cuidada con solicitud para que los pájaros no saquearan la simiente, les dijo: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos»... El Buen Pastor no podía temer a los lobos para su rebaño; sus discípulos no fueron enviados para ser una presa, sino para difundir la gracia. La solicitud del Buen Pastor hace que los lobos no puedan emprender nada contra los corderos que envía; les envía para que se cumpla la profecía de Isaías: «Llegará el día en que lobos y corderos pacerán juntos» (Is 65,25)... Por otra parte ¿no han sido enviados los discípulos con la orden de no llevar ni tan siquiera un bastón en la mano?...

Lo que el humilde Señor les ha mandado, sus discípulo los cumplen por la práctica de la humildad. Porque les envía a sembrar la fe no por obligación sino por la enseñanza; no haciendo servir la fuerza de su poder, sino exaltando la doctrina de la humildad. Y juzgó necesario unir la paciencia a la humildad, y de ahí el testimonio de Pedro en favor de Cristo: «Cuando lo insultaban no devolvía el insulto; cuando lo golpeaban, no devolvía los golpes» (1P 2,23).

Todo eso quiere decir: «Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes». (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 45.49)

Ser testigos creíbles es una actividad expuesta a las críticas de los demás. Críticas que saben incidir justo en aquello que más no duele o nos perturba. La prepotencia de quien nos critica, perdonándonos después la vida con desdén, suele exasperar a cualquiera. ¿Qué se creen? ¿Nos toman por ignorantes y locos?

Precisamente la Iglesia, que es sabia y está iluminada por el Espíritu Santo, ha sabido crear toda una teología entorno a la aparente ignorancia y a la aparente locura del cristiano. La “docta ignorancia” de Nicolás de Cusa nos hace reflexionar sobre la ignorancia del cristiano, contraponiéndola a la ignorancia de los sabios. La ignorancia de los sabios parte de la soberbia, la ignorancia del cristiano, parte de la humildad. La divina locura nos la enseño San Francisco de Asís. Su forma de actuar y vivir nos enseña que no podemos actuar como el mundo espera de nosotros, ya que la desesperación no tarda en rompernos por dentro.

En ese sentido, ser cristiano y una persona actual, es algo totalmente coherente, aunque parezca a muchos un oxímoron, es decir, una contradicción que sólo la retórica puede hacer pasar por válida. El cristianismo, para estas personas, se reduce a un espacio vacío, anticuado y carente de sentido en la postmodernidad que vivimos. Sin duda, podríamos atacar esta visión con las mismas armas y volver la tortilla con facilidad, pero es un ejercicio inútil. Nadie puede juzgar lo que desconoce y si lo hace, dice más de sí mismo, que de lo que ignora.

¿Qué postura podemos tomar los cristianos? Como indica San Ambrosio: “Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes” Podríamos pensar en que su postura es un tanto ingenua, pero hay una prueba de que San Ambrosio no se equivocaba: la conversión de San Agustín.

Ante el desprecio prepotente que la sociedad tiene con nosotros, nada mejor que la paciencia que perdona. La mejor respuesta es la que se da con suavidad y caridad. No puede ser una respuesta que reproduzca la soberbia de quien nos juzga y tolera displicentemente, ya que no arreglamos nada utilizando la ley del Talión. La respuesta cristiana debe ser de apertura a quien necesita de Cristo y se ve impedido por los prejuicios que generan ignorancia. Simplemente, con paciencia, hay que señalar que somos igual de humanos, limitados y falibles que cualquiera. Pero lo que nos diferencia es la Esperanza que nos permite cimentar la Fe y actuar con caridad. Tender la mano a quien nos necesita con honestidad y amor. Poner la otra mejilla tiene este significado: humildad y honestidad. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Quien tiene esperanza en su corazón, espera...

“Entonces, él ordenó a los discípulos no decir a nadie que él era Cristo” ¿Por qué esa orden? Para que, todo motivo de escándalo fuera descartado, la cruz y su pasión cumplidas, todo obstáculo capaz de detener a la multitud de creer en él aplazado, el conocimiento exacto de que él tenía poder se graba profundamente ya en todas las almas. Su poder no tenía aún el brillo de una manera resplandeciente. El esperaba, porque ellos predicaban, que la evidencia de la verdad y la autoridad les hacia confirmar el testimonio de los Apóstoles.

Otra cosa era el ver ahora multiplicar los prodigios en Palestina, después en el blanco de las persecuciones y los ultrajes, y la cruz  iba seguida de estos prodigios; otra cosa de ver adorada, creída por toda la tierra, al refugio de los tratamientos que otras veces  había sufrido. Mira, por qué les recomienda no decir a nadie. (San Juan Crisóstomo Homilías sobre san Mateo 54, 1-3)

Este pasaje de San Juan Crisóstomo no habla de un aspecto del Señor que a veces pasa desapercibido: la precaución. Esta misma faceta aparece cuando recomienda a los apóstoles, ser “Astutos Como Serpientes y Sencillos Como Palomas” (Mt 10,16)

Si Dios tiene todo el poder ¿Por qué este cuidado con las formas y los tiempos? “Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo” (Ec 3,1) El plan de Dios tiene su tiempo y su cadencia. De nada nos vale afanarnos en ir más rápido que la voluntad del Padre, ya que nuestro afán será infructuoso.

Si nos fijamos en todo lo que nos rodea, encontraremos prisas, horarios, calendarios, puntualidades, objetivos y miles de pasos intermedios. Vivimos en la era del estructuralismo. Damos más importancia a las redes que al lugar y el momento en que debemos de echarlas. Pensemos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa. Los pescadores se afanaron toda la noche intentando pescar, pero la voluntad de Dios era diferente al afán de estos pescadores. Cristo señaló el lugar y el momento, para que las redes estuvieran llenas a rebosar.

Nadie duda de la importancia de las redes y de nuestra capacidad de utilizarlas con habilidad. Tampoco nadie duda de nuestra voluntad por hacer lo que creemos que debemos hacer. Pero no es extraño que nuestros afanes y preparativos no terminen de dar frutos. Pensemos en la evangelización y los pobres resultados que se obtienen para los esfuerzos que se acometen. Pensemos en la labor asistencial y social de la Iglesia. Pensemos en las vocaciones y en otras decenas de cuestiones que parecen estancadas.

No es extraño que nos sintamos desesperanzados y dolidos con las circunstancias. No es raro que busquemos en qué no estamos equivocando y no encontremos nada que podamos cambiar por voluntad personal. En estos momentos de desesperanza, es necesario pensar que Dios sabe cuándo y cómo lo imposible se convierte en algo natural y evidente.

Sólo espera quien tiene esperanza en su corazón. Quien la ha perdido, desespera y deja lo que tiene entre manos.


Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin”(Ec 3, 10-11)

martes, 3 de septiembre de 2013

Música y Liturgia


Este verano he tenido la dicha de visitar Dublín (Irlanda) durante unos días. Como toda visita turística, no es sencillo elegir que se visitará en el limitado tiempo que se dispone. Lo que si tenía claro era que no podía dejar de visitar al Señor en la misa dominical e hice planes para que fuese posible. De hecho localicé el templo católico más cercano, que resultó ser la Catedral de Santa María (St Mary's Pro Cathedral). La catedral es un templo no muy antiguo, cuya consagración data de 1825; año en que el primer obispo católico tomó posesión después de la reforma protestante.

Cuando estuve mirando el horario de misas, me llamó la atención que muchas misas indican que la liturgia era cantada. En concreto, la catedral cuenta con dos coros, uno de niños (Palestrina Choir) y otro de chicas (Girls' Choir). También existe una misa que se celebra con cantante y órgano y otra con un grupo llamado: Pro Nuova Music.

Conociendo el amor del pueblo irlandés por la música., supuse que cualquiera de estas Liturgias cantadas serían dignas de vivirse y así fue. La misa de 6:30 Pm del domingo la canta el grupo Pro Nuova Music. No tuvo nada que ver con los típicos cantos guitarreros que escuchamos en nuestras misas cantadas. Todo lo contrario, me encontré con una maravillosa simbiosis entre música y Liturgia. La música estaba muy bien elegida e interpretada para que formase parte de la ceremonia sin erigirse en protagonista. No se trata de un grupo que cante olvidando a los fieles y al sacerdote, sino que los fieles y el sacerdote se integran en los cantos con total normalidad. En resumen un delicia que todos podemos disfrutar gracias a una WebCam que retransmite esta y otras misas en vivo. Sólo hay que tener cuidado de determinar a qué hora local son las 6:30 pm en Irlanda. Ahora, la vivencia física es mucho mejor que la que podemos disfrutar por estos medios técnicos.

Decía San Agustín sobre la relación entre canto y oración: "yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz diverso en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33) 

Pensemos en la importancia que tuvieron la música y el canto en nuestra Liturgia durante muchos siglos. Una Liturgia cantada de forma bella y apropiada, nos toca el alma de forma especial y propicia nuestro acercamiento al Señor. Por desgracia la música y el canto de calidad han ido desapareciendo de nuestras celebraciones litúrgicas y de nuestra oración cotidiana. Me pregunto ¿Por qué conformarnos con un coro que cante desafinado o incluso utilice canciones impropias dentro de la Liturgia? ¿No podemos aspirar a algo mejor para ofrecer nuestra oración a Dios?

La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra.” (Exhortación Apostólica Postsinodal "Sacramentum Caritatis", Benedicto XVI)

Soy consciente que esta visión de una Liturgia bella, que integre oración y canto, se contrapone al entendimiento actual de la Liturgia como algo funcional y práctico. Si entendemos la Liturgia de forma práctica no nos debe extrañar que seamos capaces de aceptar feísmos o desaliños sin que se resienta la razón de la misma. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista práctico-social, la Liturgia es para muchos de nosotros una escusa para reunirnos cada semana. “Si conseguimos reunirnos ¿qué más da si los cantos son mejores o peores? Mejor que sean divertidos para no aburrirnos”. De forma práctica, al canto se le asigna el objetivo de propiciar nuestra participación en la celebración. Evidentemente hemos olvidado la importancia unir la belleza a las celebraciones litúrgicas.

Esta visión práctica de la Liturgia tiene muchos puntos débiles e incluso peligrosos. Me quedo con un aspecto de debilidad y peligro: sacar la belleza de la Liturgia es dañar el vínculo trascendente que nos liga a Dios. Bondad, belleza y verdad nos conducen a Dios, ya que Dios es bueno, bello y verdadero en grado sumo. Sin belleza, como dice Benedicto XVI, el misterio parece perder color, desaparece y nosotros nos alejamos de Dios.

Seguramente la escusa que pongamos para no tomarnos en serio la mejora del canto en las celebraciones Litúrgicas es que no tenemos tiempo para ensayar y que, además, faltan personas capacitadas. Esto es cierto, hasta cierto punto, pero evidencia nuestra incapacidad de compromiso. Seguramente tengamos tiempo para otras decenas de actividades diversas, pero para conformar un buen coro, con un buen repertorio, no. Creo que es interesante reflexionar sobre este tema y valorar nuestro compromiso con los hermanos que asisten a las mismas celebraciones litúrgicas que nosotros.

Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano.(Discurso a los artistas, 21-noviembre-2009, Benedicto XVI)

miércoles, 14 de agosto de 2013

Música y oración I

"yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz diverso en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33) 
¿Qué tienen que ver la oración, canto y música? La historia de la Iglesia atestigua que el canto, la música y la oración han estado siempre ligadas de forma provechosa para nosotros. Para San Agustín esta relación era tan evidente que no duda en señalar que “Quien canta, ora dos veces”. Pero San Agustín no es el único Padre de la Iglesia que se ocupa de esta relación, San Atanasio también aporta una visión interesante: 
Como plectro [Púa] para la armonía, en ese salterio [Instrumento] que es el hombre, el Espíritu debe ser fielmente obedecido, los miembros y sus movimientos deben ser dóciles obedeciendo la voluntad de Dios. Esta tranquilidad perfecta, esta calma interior, tienen su imagen y modelo en la lectura modulada de los Salmos. Nosotros damos a conocer los movimientos del alma a través de nuestras palabras; por eso el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente. Precisamente este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5,13). (San Atanasio. Carta a Marcelino sobre la interpretación de los salmos, 18 

Orar cantando, orar acompañado con música, prepararse para orar con música,  son formas de que nos ayudan a acercarnos al Señor.Pensemos en la importancia que tuvieron la música y el canto en los monasterios, durante muchos siglos. Todavía nos toca el alma escuchar un coro de religiosos entonando canto gregoriano o polifonía sacra. Por desgracia esta música y canto ha ido desapareciendo de nuestras celebraciones litúrgicas y nuestra vida cotidiana. 

San Atanasio compara al ser humano con un instrumento musical, que resuena tocado por la púa del Espíritu. Decía San Pablo que el Espíritu es quien ora por nosotros, ya que somos incapaces de orar por nosotros solos: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rm 8,16). 

El Señor ha sabido propiciar que la música en la oración se unan como anhelo del alma. San Atanasio nos indica que “el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente”. Música, canto y oración han sido creados para acercarnos a Dios de una forma más sencilla y profunda. El Espíritu, sin duda, sabe utilizar la música como herramienta de ayuda en nuestra relación con Dios. Dice San Atanasio: “este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5,13)

Pero no seamos ilusos, en nuestro mundo actual oración, canto y música no generan la unidad que sería deseable dentro de las comuniddes.Parece que hubiéramos asistido a un episodio similar al de la Torre de Babel y desde hace años, los lenguajes musicales nos separaran. El sentido de la sacralidad, unido a la belleza de la música y el canto, se ha ido transformando en diversas formas de utilitarismo de tipo social. El objetivo de la música y el canto ya no es acercarnos al Señor, sino reunir a la comunidad socialmente, dándole el protagonismo.

Pero no perdamos la esperanza, como indica el Papa Francisco, en su primer discurso ante el colegio cardenalicio: 

El paráclito es el supremo protagonista de toda iniciativa y manifestación de fe. Es algo curioso. Esto me hace reflexionar: el paráclito marca todas las diferencias en las iglesias. Parece ser un apóstol de Babel pero por otro lado es el que genera la unidad de esta diferencia. No en la igualdad sino en la armonía 

El misterio de unidad en la diversidad es algo que debe hacernos reflexionar. Nadie duda que necesitamos comunidades más unidas y vivas. Comunidades que compartan su vida de fe con alegría y participación, pero no deberíamos aceptar un trueque que implique perder el sentido sagrado de la oración y el canto litúrgico a cambio de que las comunidades sean lugares de unidad y fraternidad. ¿Cómo superar esta aparente contradicción? 

Recordemos el discurso del Kerigma que lanzó el Apóstol Pedro en Pentecostés. Milagrosamente,la voz de Pedro fue comprendida por todos los presentes, hablaran el idioma hebreo u otros muy diferentes. Ser capaces de abrir el corazón a las formas musicales que nos permiten orar al Señor, dentro de un orden y en armonía. 


Sería maravilloso vivir la fe en comunidades que sepan respetar los diferentes carismas que las integran y que todos puedan tener cabida en ellas, enriqueciéndonos. ¿Complicado? Imposible si contamos con nuestros egoísmos personales. Necesitamos del Espíritu Santo, ya que el es el supremo ordenador y armonizador de la Iglesia. Oremos para que el Señor nos muestre la forma de hacerlo posible.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Quién es el Buen Samaritano? Usted, yo o tal vez, El Señor

La visión que san Ambrosio nos muestra del la parábola del Samaritano merece leerse con tranquilidad. Es muy ilustrativa, actual y cotidiana:

 “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó.” (Lc 10,30) Jericó es un símbolo de nuestro mundo donde, después de haber sido expulsado del paraíso, de la Jerusalén celestial, Adán descendió... No es el cambio de lugar sino de conducta lo que originó su exilio. ¡Qué cambio!  Aquel Adán que gozaba de felicidad sin inquietud, tan pronto como descendió a los pecados del mundo, encontró a los ladrones... ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas que se disfrazan a veces de ángeles de luz (2 Cor 11,14)? Empiezan por despojarnos de los vestidos de la gracia espiritual que habíamos recibido y así nos hieren. Si guardamos intactos los vestidos que hemos recibido, los golpes de los ladrones no podrán herirnos. Guárdate, pues, de dejarte despojar, como Adán, privado de la protección del mandamiento de Dios y desnudo del vestido de la fe. Por ello le alcanzó la herida mortal que hubiera hecho caer a todo el género humano, si el Samaritano no hubiese descendido a curar sus heridas.

No es un cualquiera este Samaritano. Aquel que fue despreciado por el levita y por el sacerdote, no fue despreciado por el Samaritano que descendía. “Nadie ha subido al cielo a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.” (Jn 3,13) Viendo medio muerto a este hombre, que nadie antes de él lo había podido curar, se acerca, es decir: aceptando sufrir con nosotros, se hizo nuestro prójimo y apiadándose de nosotros se hizo nuestro vecino. (San Ambrosio de Milán. Comentario sobre el evangelio de Lucas, 7,73)

Ayer estuve reflexionando un rato sobre las parábolas con que Cristo nos señala la forma en que deberíamos comportarnos y encontré que en todos los comportamientos existe un nexo común: la apertura. El corazón abierto que no se deja engañar por las apariencias. Apariencias que son, a menudo, herramientas de los Ángeles de las tinieblas que nombra San Ambrosio.

Vivimos en un mundo en el que las apariencias lo son todo. Como en la parábola, encontrarse con un necesitado nos puede llevar a cuatro actitudes diferentes:

  • Ignorancia. Fingimos no verlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Nos mostramos lejanos, imbuidos en nuestras propias cosas y desconectados de los demás.
  • Rechazo. Nos fastidia que existan los necesitados y les miramos con cierto desprecio. Pensamos que ellos mismos deberían se capaces de salir de la necesidad que les atenaza.
  • Ligera empatía. Sentimos que algo debemos hacer, pero delegamos las acciones en los demás. Mejor que un “experto” lo haga antes de equivocarnos. Vemos que lo que hay que solucionar son las apariencias de la necesidad, pero nos cuesta pensar en la persona que está tras la necesidad.
  • Compromiso. Nos bajamos del burro y nos acercamos a quien lo necesita sin esperar que el necesitado nos acepte o no. Ante incluso de actuar sobre la necesidad, abrimos el corazón y le comunicamos que para nosotros él/ella, es lo importante.
San Ambrosio se da cuenta del paralelismo entre el samaritano y Cristo. El, que es despreciado su propio pueblo es quien da su vida por nosotros. Primero acercándose a nosotros y mostrándonos que le importamos. Después regalándose para que el camino de nuestra salvación quedara abierto. Hay personas que dan más importancia a luchar contra las apariencias de la necesidad y se olvidan de quien hay detrás de esas necesidades. Practican el activismo que busca cambiar el mundo cambiando o creando leyes, sin cambiar el corazón de cada uno de nosotros.

Hay muchos tipos de necesidades y no nos damos cuenta que cada vez que alguien se acerca a nosotros solicitando tiempo, ser escuchado, un lugar dentro de un grupo, un poco de amistad y cercanía, está tendido en el camino tras ser apaleado por los ladrones que nos roban la Gracia de Dios.


A veces, lo fácil es alejarlos, señalando lo que nos separa como barrera infranqueable. Lo fácil es buscar la ignorancia que nos aleja del compromiso de encontrarnos con la persona que se acerca a nosotros. Si no es posible echar o alejar a la persona, nos desagrada tener que tratan con ella y atender a sus requerimientos. A veces damos un paso y sentimos empatía, lo que nos lleva a vestir a quien carece de vestido, dar de comer al hambriento y de beber al sediento. También dejamos que quien se acerca nos hable y sin llegar a escucharlo. Pero si la Gracia de Dios actúa en nosotros, abrimos el corazón y atendemos a la persona antes de nada. Después le ayudaremos a salir de la necesidad que la acongoja, porque no es un desconocido. Se ha convertido en un amigo, un hermano. 

viernes, 28 de junio de 2013

Nadie es inútil o secundario en la Iglesia. Papa Francisco

En sus tradicionales homilías en la Casa de Santa Marta, El Papa Francisco nos ha hablado sobre el papel que cada uno de los cristianos dentro de la Iglesia: «Si alguien dice: “Pero, oiga, Papa, usted no es igual a nosotros”. No, no es cierto, todos somos iguales, todos hermanos. Todos estamos en la Iglesia, contribuimos para construirla y esto nos debe hacer reflexionar, porque si falta un ladrillo, hay algo que falta en esta casa»

¿Somos todos iguales? ¿En qué sentido? Miremos la estructura de una catedral. Todas y cada una de las piedras es necesaria, pero cada una de ellas tiene una función particular. Ninguna piedra es inútil, ya que cada una de ellas tiene que realizar la misión para la que fue creada. Todos los católicos somos Iglesia y el Santo Padre es tan Iglesia como el último bautizado.

Ahora, lo que no es lógico es que todos nos dediquemos a hacer lo que queramos en momento que creamos conveniente. Cada persona, cada católico, tiene un espacio donde desarrollarse y colaborar activamente dentro de un orden lógico y razonable. Por eso no tenemos que tener miedo a que alguien nos diga que sobramos o que no servimos para nada.

«Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios»

Este entendimiento de la Iglesia es algo que muchas personas alejadas o enfrentadas con nosotros, no lo terminan de comprender.

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domingo, 16 de junio de 2013

Exige de ti que le hagas oír tu voz




“No son los que están sanos los que tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos” (Mt 9,12). Enseña al médico tu herida de manera que puedas ser curado. Aunque tú no se la enseñes, Él la conoce, pero exige de ti que le hagas oír tu voz. Limpia tus llagas con tus lágrimas. Es así como esta mujer de la que habla el evangelio se quitó de encima su pecado y el mal olor de su extravío; es así como se ha purificado de su falta, lavando con sus lágrimas los pies de Jesús.

¡Resérvame para mí también, oh Jesús, el poder lavar tus pies, esos que has ensuciado mientras caminabas conmigo!... Pero ¿dónde encontraré el agua viva con la que podré lavar tus pies? Si no tengo agua, tengo mis lágrimas. ¡Haz que, lavándote los pies con ellas, yo mismo me purifique!

No puedo comparar a esta mujer con cualquiera otra, ya que, con justa razón, fue preferida al fariseo Simón que recibía al Señor a comer. Sin embargo, ella enseña, a todos los que quieren merecer el perdón, que es besando los pies de Cristo y lavándolos con sus lágrimas, enjugándolos con sus cabellos, y ungiéndolos con perfume, la manera de obtenerlo... Si no podemos igualarla, el Señor Jesús sabe venir en ayuda de los débiles. Allí donde nadie sabe preparar una comida, llevar un perfume, traer consigo una fuente de agua viva (Jn 4,10), viene Él mismo. (San Ambrosio de Milán. La Penitencia, II, 8)

El Evangelio de hoy domingo y este breve comentario de San Ambrosio de Milán, nos ayudan a darnos cuenta del valor del arrepentimiento y el tesoro del perdón de Dios. Tesoro que es también vínculo de amor.

La diferencia entre Simón el fariseo y la Pecadora, es que Simón no es capaz de amar al Señor con la profundidad de la Pecadora ¿Por qué? Porque se cree capaz de salvarse por si mismo, cumpliendo la ley. Simón no es capaz de  ofrecerle al Señor aquello que la Pecadora no duda en darle: el amor de un corazón sufriente que está arrepentido y busca el perdón.

Simón es la viva imagen del pelagianismo que vive a veces agazapado dentro de la Iglesia, tal como el Papa Francisco y Benedicto XVI han indicado en varias ocasiones. Creer que nuestros esfuerzos, gestos y normas son los que nos salvan es, por desgracia, demasiado común.

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domingo, 9 de junio de 2013

¿Que sentido tiene el Sagrado Corazón en el siglo XXI?

Si bien, como hemos dicho ya y como se verá más adelante, la doctrina del Sagrado Corazón hunde sus raíces en los propios orígenes del cristianismo, su formulación expresa fue ante todo objeto de revelaciones privadas. Lo cual se explica por el hecho mismo de su importancia, debida a su carácter totalmente «interior», como señala justamente H. Montaigu en su excelente libro sobre Paray. El cristianismo tiene por dogmas oficiales los misterios, que, por otra parte, son también los arcanos de la vida contemplativa; Cristo desveló algunos desde el comienzo; los demás, poco a poco, en el transcurso de la historia de la salvación. Este es el caso del «misterio del Corazón». Y así se explica su carácter escatológico: la revelación de este misterio, que es el centro más interior de todo el misterio de Cristo, estaba reservada al período del «Fin de los tiempos», o dicho de otro modo, al fin del ciclo de nuestra humanidad. Eso es lo que se desprende de una revelación recibida del apóstol San Juan por Santa Gertrudis (siglo XIII). La santa le preguntó por qué no había escrito nada sobre el corazón de Cristo; San Juan le respondió: «Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comenzase a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada.

Por eso, muy al contrario de no ser más que una devoción entre otras, el culto al Sagrado Corazón, que viene de lo más profundo del cristianismo, aparece como la tentativa, por parte del Cielo de enderezar y renovar toda la tradición cristiana, en el campo de la espiritualidad individual, por supuesto, pero también, cosa que suele olvidarse o incluso ignorarse, en el campo intelectual y en el campo social. 
(Jean Hani, El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos) 

Confieso que no tengo muchas devociones, pero una de estas pocas es el Sagrado Corazón de Jesús, por lo que he ido recogiendo documentación, libros e información diversa sobre Él. Hablar del Sagrado Corazón de Jesús es hablar de Cristo mismo como centro y sentido de todo lo que existe y por lo tanto, centro de nuestra vida. 

Seguramente a muchas personas les parezca que este tipo de devociones están pasadas de moda y que son entretenimiento de personas mayores sin gran cultura. Nada más lejos de la realidad. Las devociones son caminos actualizados de acceso a los misterios que nuestra fe nos señala. 

Santa Gertrudis la Grande (1256-1301) fue una religiosa benedictina alemana de gran cultura filosófica y literaria. Fue una de las primeras personas a las que se reveló el Sagrado Corazón, varios siglos antes de que  Santa Margarita de Alacoque (1647-1690) difundiera la devoción de forma definitiva. 

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domingo, 2 de junio de 2013

Corpus Christi: la Verdad supera cualquier ficción

Hoy domingo 2 de junio, celebramos la Solemnidad del Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo. Hace unos años, en una catequesis de padres de niños que iban a recibir su primera comunión, un valiente padre preguntó si la Iglesia se seguía afirmando que el pan y el vino eran cuerpo y sangre de Cristo. Indudablemente el catequista dejó claro que esto forma parte de nuestra fe. ¿Nuestra fe? ¿Es necesario creer esto para ser católico? Vemos que nos dicen San Agustín y San Ambrosio de Milán:

Tal vez surja en alguno esta idea: ¿cómo puede ser que este pan sea su cuerpo y este vino su sangre? Estas cosas, hermanos míos, llámanse sacramentos, porque una cosa dicen a los ojos y otra a la inteligencia. Lo que ven los ojos tiene apariencias corporales, pero encierra una gracia espiritual. Si queréis entender lo que es el cuerpo de Cristo, escuchad al apóstol. Ved lo que les dice a los fieles: vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Co 12,27). (San Agustín. Sermón 272, II)

Quizá digas: «Yo veo otra cosa: ¿cómo afirmas que recibo el Cuerpo de Cristo?». Esto es lo que nos falta aún por probar. ¡Cuántos, en verdad, son los ejemplos que utilizamos para probar que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado; y que mayor es la fuerza de la bendición que la de la naturaleza, pues por la bendición se cambia la misma naturaleza! (San Ambrosio. Tratado sobre los Misterios 50)

No es fácil que en pleno siglo XXI creamos algo que es indemostrable experimentalmente. 

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