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lunes, 13 de agosto de 2018

“Creí; por esto hablé” (Salmo 115, 1) ¿Por qué atreverse a iniciar un blog?


Hace unos años, la respuesta a esta pregunta era muy obvia. Tener un blog era en sí mismo una evidencia de éxito personal. Tener algo que comunicar, era algo muy importante, ya que había muchas personas ansiosas de leer nuestras opiniones y conocimientos, sobre multitud de temas. Quien publicaba una bitácora, era alguien interesante por definición. El ciberespacio se convirtió en lo que se llamó la Blogosfera. Es decir, un espacio de comunicación basado en blogs de una inmensa diversidad de tipos y estéticas.

Actualmente, a mitad del año 2018, los blogs son algo del pasado. Tener un blog parece que no es más que un entretenimiento o una herramienta de “venta” personal. Si pensamos en blog de una temática tan poco “vendible” con en el que estoy escribiendo ahora, continuar con él resulta incomprensible. Difícilmente hay personas que dejen un comentario, aunque exista un flujo de visualizaciones constante. En todo caso, el lector ya no tiene necesidad de comunicar con el autor y el mismo autor, tampoco suele estar muy predispuesto a contestar los comentarios. Personalmente, intento comentar y agradecer todos los comentarios que me hacen llegar. Cada uno de los comentarios es como una nota que llega a nuestras manos, tras navegar en una botella, desde lugares recónditos y lejanos. Porque los seres humanos cada vez estamos más lejos los unos de los otros. Cada vez desconfiamos más de los demás. Cada vez nos sentimos más autosuficientes y autónomos. Entonces ¿Por qué escribir un blog? Al menos para mí, hay dos razones:

  1. - Para expresar lo que sé, siento y hago, ordenando todo ello en forma de relato coherente.
  2. - Para comunicar con otras personas que tienen las mismas o similares, inquietudes.


Mi fe y el entendimiento de la misma, me lleva a comunicar. Comunicar aquello que me parece relevante e importante para mi vida. Comunicar aquello que no encuentro por ningún rincón de internet, la sociedad y la Iglesia Católica. Comunicar es dar testimonio de lo que cada uno de nosotros lleva en su interior. No es algo secundario o accesorio. Cristo mismo nos llamó a llevar el Evangelio a todo el que quisiera escucharlo.

En una sociedad y una Iglesia, enfermas de postmodernidad, hablar de trascendencia es como beber agua fresca en medio del desierto. En una sociedad y una Iglesia, que dan más importancia a los simulacros que a la Verdad, hablar del Logos es acercar el sentido y esperanza a quienes tanto la necesitan. Es cierto que cada vez somos menos los interesados por lo sustancial y estamos más separados unos de otros. El diablo sabe que separados no podemos ofrecer la misma resistencia a su maquinaciones y por eso trama constantemente para crear burbujas de realidades alternativas que nos separen.

La única solución que se nos ofrece es aislarnos y vivir la fe de forma íntima y personal. Pero la fe es totalizadora y debería impregnar toda nuestra existencia. Esto nos lleva, de nuevo, a la necesidad de comunicar y establecer comunidades que resistan los planes del maligno. Necesitamos más que nunca, la fraternidad que sólo el Espíritu Santo puede ofrecernos: la hermandad del Paráclito. La hermandad del Divino Paráclito, que se asienta en lo sustancial y la verdadera amistad. Amistad que no busca provecho a través de los demás, sino compartir los talentos con los que Dios nos ha obsequiado a cada uno de nosotros. ¿Qué tendríamos que hacer? 

  1. - Luchar para que el maligno no nos separe
  2. - Orar a Espíritu Santo, para que nos ayude a estar más unidos que nunca
  3. - Vivir la sacralidad como una necesidad personal y comunitaria.
  4. - Comunicarnos y aceptarnos con verdadero amor.

Si hacemos todo esto, podremos esperar a que la Gracia de Dios encienda nuestros corazones y haga que nuestros esfuerzos humanos, tenga fruto sobrenatural.  Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles (Salmo 127) Oremos para que Él nos muestre el camino y sea su Gracia la que nos mueva. 


jueves, 4 de mayo de 2017

¿Cómo es la Iglesia? ¿Diversa, plural o coherente?

La Tradición Apostólica señala que la Iglesia es UNA. No dice nada de que sea diversa y menos que sea plural (iglesias). Los diversos y plurales somos cada uno de nosotros. Cada cual con su carisma, dones y limitaciones. Cristo, por medio de la Iglesia (UNA) nos llama NEGARNOS a nosotros mismos y poner lo que nos diferencia (personas) en beneficio general de la Iglesia. Este es el sentido de la fraternidad a la que nos llama el Señor.

Si entendemos la Iglesia como diversa o plural, andamos hacia la atomización, fragmentación que es fuente de conflicto inmediato en lo inmediato y cisma en lo trascendente. La diversidad que genera grupitos y tendencias, que se separan de las demás, nunca es una riqueza. Hay que releer lo que pasó en la Torre de Babel, y compararlo con los efectos que tuvo el Espíritu Santo en los Apóstoles.

En el caso de la Torre de Babel, las obras-estructuras humanas que se crean para llevar a Dios, dan lugar a la división. Tras la efusión del Espíritu Santo, los diversos (Apóstoles) se integran en la obra de Dios dejando sus proyectos, gustos y preferencias a un lado. La Iglesia no es la de Pablo, Apolo o Pedro, sino la de Cristo. La Iglesia no es un conjunto de grupos que se ven a sí mismo como el Fariseo antes de repudiar al Publicano. Más bien deberíamos ser una multitud de Publicanos, arrodillados juntos, mirando al Señor y pidiendo perdón.

El problema actual es que ya estamos tan fragmentados y doloridos con los continuos enfrentamientos, que nadie quiere dejar su iglesita grupal y/o personal. La realidad es que detrás de todo enfrentamiento hay dolor, mucho dolor. Nos cuesta ver el dolor ajeno, porque ponemos por delante el dolor que sentimos en nosotros. Nos resulta fácil definir como malicia, el dolor ajeno, pero nos resulta imposible ver la malicia en nuestros repudios e indiferencias. Somos humanos construyendo Torres de Babel que quieren llegar a Dios. Estamos destinados al fracaso y no lo queremos ver.

Nos repele eso de "negarse a sí mismo y tomar la cruz", para poder seguir a Cristo. Preferimos reafirmarnos en lo que somos, buscar los similares y apartarnos a vivir la fe (socio-cultural) en el grupo de similares que me rodean. ¿Y los demás? ¿Qué pasa con quienes no están "dentro"? En el mejor caso les ignoramos, en el peor caso, les insultamos y repudiamos por no ser como "nosotros": los "elegidos" o los "seleccionados" para ser ejemplo de los demás.


¿Qué postura debería guiarnos entonces? Dejar de construir estructuras para llegar a Dios y por el contrario, rogar a Dios para que nos integre con aquellos diferentes que tanto nos repelen, en UNA Iglesia verdaderamente Unida. Una Iglesia que deje las formas del mundo a un lado y se dedique a caminar hacia Cristo. Si cada uno de nosotros quiere integrarse en una ONG o en un Partido Político o en una asociación solidaria, que lo haga. No hay problema construir obras humanas para el ser humano. Cada cual hará lo que mejor sabe para ayudar a su prójimo, amándolo como a sí mismo. Pero antes hay que amar a Dios sobre todo y todos. Incluso amarlo por encima de nuestra diversidad personal. El problema es construir obras humanas para llegar a Dios. Ahí donde aparecen los enfrentamientos y el dolor. Dolor por imponernos un sesgo de fe o por sentir que les damos igual a quienes teóricamente son nuestros hermanos. 

martes, 24 de enero de 2017

¿A qué unidad aspiramos? Del teólogo Ratzinger a Benedicto XVI


Sigo reflexionando sobra la unidad que tanto necesitamos y que por desgracia, no está cerca todavía. Estos días se puede encontrar en la red una foto de Benedicto XVI unida a un fragmento de un texto del teólogo Joseph Ratzinger, nada más terminado el Concilio Vaticano II. Este es el texto:

… la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

El texto proviene del libro: “Theological Highlights of Vatican II” publicado en plena euforia postconciliar (1966), por lo que debe ser tratado con cierto cuidado. No es adecuado indicar que está escrito por el Papa Benedicto XVI, sino por el teólogo Ratzinger en un momento muy determinado de la historia de la Iglesia. Para contextualizar su contenido hay que indicar que el teólogo Ratzinger habla sobre una propuesta de unidad elaborada por el Edmund Schlink, profesor de la universidad de Heidelberg, en un artículo de prensa. A continuación tienen una referencia más amplia de lo que se puede leer en el libro antes indicado:

Estas consideraciones pueden abrir la manera de responder a la pregunta planteada por el profesor Schlink. ¿El ecumenismo católico no equivale en última instancia a la absorción de las otras Iglesias? ¿No es por lo tanto la Contra-Reforma en una forma diferente? Mientras la unidad se identificara con uniformidad, el objetivo católico no podía dejar de parecer a los cristianos no católicos como una absorción completa en la forma actual de la Iglesia. El reconocimiento de una pluralidad de Iglesias dentro de la Iglesia implica dos líneas de cambio:

(A) El católico tiene que reconocer que su propia Iglesia aún no está preparada para aceptar el fenómeno de la multiplicidad en la unidad; debe orientarse hacia esta realidad. También debe reconocer la necesidad de una renovación católica completa (traducción del editor: revolución), algo que no se puede lograr en un día. Esto requiere un proceso de apertura, que lleva tiempo. Mientras tanto, la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

(B) Una unidad básica - de iglesias que siguen siendo iglesia, pero que se convierten en una Iglesia - debe reemplazar la idea de conversión, aunque la conversión conserva su significado para aquellos en conciencia estén  motivados a buscarla. (Pr. Joseph Ratzinger, “Theological Highlights of Vatican II” Paulist Press, New York, 1966 p. 61)

En este texto podemos darnos cuenta de la sensación de euforia postconciliar por la forma en que el Profesor Ratzinger señala el problema y cómo se atreve a sugerir el camino de solución. Para el entonces profesor de teología el problema lo tenía la Iglesia Católica, que debía de transformarse según la típica hermenéutica rupturista postconciliar. Esta hermenéutica, alineada con el “espíritu del concilio”, se va a enfrentar con la defensa de la continuidad que el posterior Papa Benedicto XVI promociona como el enfoque correcto para comprender el Concilio Vaticano II. El lector puede fijarse también en el posicionamiento ante el Misterio de la conversión. De hecho deja a la conversión como algo secundario y opcional para el que esté motivado a buscarla. Sin conversión por parte del Espíritu Santo no puede haber docilidad para hacer la Voluntad de Dios, lo que conlleva dejar a la santidad como algo accesorio o secundario para el cristiano.



El postconcilio no dio los frutos que esperaban los promotores del “espíritu del concilio”, por lo que una persona reflexiva y juiciosa, como es el actual Papa Emérito Benedicto, no pudo sostener este punto de vista demasiado tiempo. Siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe nos da otra visión diferente:

No soy un profeta, por eso no me atrevo a decir qué es lo que dirán en cincuenta años, pero creo que será sumamente importante el hecho de que el Santo Padre haya estado presente en todas las partes de la Iglesia. De este modo, ha creado una experiencia sumamente viva de la catolicidad y de la unidad de la Iglesia. La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad, y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad. Esto aparece con gran claridad en el pontificado del Santo Padre con sus visitas pastorales, sus encuentros. (Card. Ratzinger. 30 de noviembre de 2002, Universidad Católica San Antonio de Murcia)

Podemos seguir su línea de pensamiento en otro texto importante, que ya tiene carácter magisterial y que nos ayuda a darnos cuenta que no podemos reducir el ecumenismo a voluntarismo y planificación. Tampoco podemos esperar un unidad sinfónica colocando juntos a muchos músicos con diferentes partituras y estilos. Diversidad como don que completa nuestros limites humanos, pero que debe estar dentro de un todo ordenado y coherente. Esa era la visión del Card Ratzinger en el año 2002. Pero el pensamiento del Cardenal siguió evolucionando. Ya siendo Papa Benedicto XVI su pensamiento se vuelve más profundo y consistente. Cuando se es director de una orquesta sinfónica y se desea que la música sea fiel a la partitura, es necesario dejar las cosas claras:


El tema elegido este año para la Semana de oración hace referencia a la experiencia de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como la describen los Hechos de los Apóstoles; hemos escuchado el texto: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42).

En el versículo citado de los Hechos de los Apóstoles, cuatro características definen a la primera comunidad cristiana de Jerusalén como lugar de unidad y de amor, y san Lucas no quiere describir sólo algo del pasado. Nos ofrece esto como modelo, como norma de la Iglesia presente, porque estas cuatro características deben constituir siempre la vida de la Iglesia.

Primera característica: estar unida y firme en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles; luego en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Como he dicho, estos cuatro elementos siguen siendo hoy los pilares de la vida de toda comunidad cristiana y constituyen también el único fundamento sólido sobre el cual progresar en la búsqueda de la unidad visible de la Iglesia.

El segundo elemento es la comunión fraterna. En el tiempo de la primera comunidad cristiana, así como en nuestros días, esta es la expresión más tangible, sobre todo para el mundo externo, de la unidad entre los discípulos del Señor. Leemos en los  Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos lo tenían todo en común y quien tenía posesiones y bienes los vendía para repartirlos entre los necesitados (cf. Hch 2, 44-45). Este compartir los propios bienes ha encontrado, en la historia de la Iglesia, modalidades siempre nuevas de expresión. Una de estas, peculiar, es la de las relaciones de fraternidad y amistad construidas entre cristianos de diversas confesiones. 

Tercer elemento: en la vida de la primera comunidad de Jerusalén era esencial el momento de la fracción del pan, en el que el Señor mismo se hace presente con el único sacrificio de la cruz en su entrega total por la vida de sus amigos: «Este es mi cuerpo entregado en sacrificio por vosotros... Este es el cáliz de mi sangre... derramada por vosotros». «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del Misterio de la Iglesia» (Ecclesia de Eucharistia, 1). La comunión en el sacrificio de Cristo es el culmen de nuestra unión con Dios y, por lo tanto, representa también la plenitud de la unidad de los discípulos de Cristo, la comunión plena.

Por último, la oración —o, como dice san Lucas, las oraciones— es la cuarta característica de la Iglesia primitiva de Jerusalén descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La oración es desde siempre la actitud constante de los discípulos de Cristo, lo que acompaña su vida cotidiana en obediencia a la voluntad de Dios, como nos lo muestran también las palabras del apóstol san Pablo, que escribe a los Tesalonicenses en su primera carta: «Estad siempre alegres, sed constantes en orar, dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros» (Benedicto XVI. Audiencia general. 19/1/11)

Benedicto XVI en el año 2011 se separa bastante del teólogo Ratzinger del año 1966. resumo lo que propone el ahora Papa Emérito, por medio de los cuatro elementos que deben guiar la unidad de los cristianos:

1) Tradición Apostólica. Es raíz del árbol de la unidad
2) Fraternidad, que es más que complicidad, amistad, gregarismo o comunidad. Es la naturaleza que nos une y reúne.
3) Sacralidad: trascendencia. Misterio y sacramentos. Es la savia que nutre y fortalece la humanidad caída que todos tenemos.
4) Oración. Es la flor que espera la mano de Dios para dar abundante fruto.

Desgraciadamente utilizamos los lenguajes humanos para crear apariencias y engañarnos unos a otros. Sabemos pervertir el entendimiento y destrozar la coherencia, intentando que Verdad sea nuestra herramienta y no al revés. Deberíamos ser instrumentos de la Verdad. ¿Qué sentido tiene distribuir una frase descontextualizada del teólogo Ratzinger, sobre una foto del Papa Benedicto XVI? 

Desde mi humilde punto de vista, lo que se busca es ganar la “partida” antes que desgastarnos suplicando que la Verdad nos acoja en su infinita bondad. El dolor que hace que la Iglesia se retuerza y gima, proviene de nuestra tendencia querer ser los protagonistas del show que nosotros mismos montamos. Es marketing se convierte en fe y esto no nos puede llevar muy lejos. Sigamos orando por la unidad de los cristianos. Unidad que sólo puede existir si profundizamos en los cuatro elementos enunciados por el Papa Benedicto.

Resalto la palabra profundizar, porque la tendencia actual es señalar que lo fundamental de la unidad es la dimensión horizontal y no la vertical. Utilizando un símil, nos contentamos con conseguir que llamemos “árbol” al bosque y así no tener que convertirnos y conseguir tener la misma raíz de la Tradición y que la savia de lo sagrado no corra por nuestro interior. El árbol tiene ramas diferentes, pero la diversidad de ramas nunca puede ser confundida con unidad de naturaleza y ser que Cristo quiere para Su Iglesia. La diversidad es un don que hace posible que los carismas personales se unan para ser una Iglesia santa, católica y apostólica.

jueves, 19 de enero de 2017

¡Unidad! Pero que sea verdadera, no sólo apariencias vacías. San Agustín

Podemos poner el símil de un cristal de una ventana que estaba perfectamente, pero la acción egoísta del ser humano ha ido partiendo de pedazos cada vez más pequeños y separados en sí. Cuando más separación exista, es más difícil ver el paisaje que ha detrás. Paisaje que en el símil sería Cristo que quiere transparentarse en el mundo a través de nosotros y de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene decidir que lo importante es que los trozos estén aparentemente unidos cuando las roturas hacen inviable que la ventana muestre el exterior? Hasta podemos engañarnos diciendo que lo importante es que entre luz y que cada cual se imagine el exterior como quiera. De hecho esto es lo que estamos haciendo desde hace décadas.

Empezamos la semana de oración para la unidad de los cristianos y como siempre, nos centramos más en la unidad aparente que en la unidad real. El objetivo es sacarnos algunas fotos juntos y decir que todos estamos muy interesados en la unidad. Decimos que “es más lo que nos une que lo que nos divide”, pero no valoramos el peso o profundidad de lo que nos separa. En la Iglesia Católica se hacen actos y grandes discursos para los medios, mientras internamente somos incapaces de vivir cerca unos de otros. Esto tiene un nombre claro: hipocresía.

Llamamos a la "unidad externa" mientras somos incapaces de establecer un diálogo interno que aclare qué nos pasa y qué es lo que queremos como Iglesia. Sin diálogo no se anda el camino en la unidad y dentro de la Iglesia el “silencio que desprecia”, se ha convertido en un arma. Cuando no hay respuesta al diálogo ofrecido, el Espíritu Santo no puede actuar. Nos lo explica San Agustín con claridad:

El que no está dentro de esa Iglesia, ni ahora siquiera recibe el Espíritu Santo. Cortado, pues, y separado de la unidad de los miembros, unidad que es la que habla las lenguas de todos, tiene que renunciar al Espíritu, no tiene el Espíritu Santo. Porque, si lo tiene, que muestre los signos que entonces se mostraban. ¿Qué significa que muestre las señales que entonces se mostraban? Que hable en las lenguas de todos. Me responde él: ¿Por qué? ¿Hablas tú las lenguas de todos? Las hablo, en efecto, porque toda lengua es mía, es decir, de aquel cuerpo del que soy miembro yo. La Iglesia, difundida por las naciones, habla todas las lenguas. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, y de ese cuerpo eres miembro tú; luego, como eres miembro de este cuerpo que habla todas las lenguas debes creer que tú las hablas también todas. La unidad de los miembros mantiene su concordia perfecta por la caridad, y la unidad habla las mismas lenguas que hablaba entonces un solo hombre. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan. 32, 7)

Las lenguas, que son las formas de comunicar, no son importantes para el Espíritu, porque su acción nos permite superar las murallas comunicativas. Lo que realmente nos separa o nos une, no son las apariencias del lenguaje, sino lo que sustancialmente se comunica cuando dialogamos. La Iglesia tiene un símbolo de unidad de gran valor y profundidad: el Papa. El Papa debe ser signo de unidad entre todos nosotros. Pedro es quien debe apacentar las ovejas y reunirlas en un solo rebaño. Da igual que sean de razas, colores y costumbres diferentes. Da igual que su forma de comunicarse sea diferente. Lo esencial es apacentar al rebaño y confirmarlo en la fe que nos une entre nosotros y nos une con la Iglesia desde el siglo I. De ahí la importancia del Papa como defensor de la Tradición Apostólica, que es sustancial para que las apariencias sean lo que más nos importe.

La caridad es fundamental. Es la sangre que nos debería unir. La caridad no puede detenerse por razones de política de grupo o de tendencia ideológica. Es cierto que la postmodernidad nos ofrece diversas falsas panaceas, como la armonía del silencio o la paz de la lejanía. Es cierto que la Iglesia lleva tiempo utilizando estas panaceas como forma de convivir internamente. Pero también es cierto que el silencio y la lejanía destrozan la unidad, por mucho que se ofrezcan como logros ecuménicos.

¿Qué es lo que vemos actualmente? Vemos que dentro de la Iglesia se van creando roturas en forma de guetos internos que viven “su” fe de diferente forma que los demás. Vemos que cada parroquia o grupo, personaliza la Liturgia para adaptarla a su estética y emotividad. Vemos que en algunos de estos guetos se habla más de sus segundos salvadores que del Evangelio y de Cristo. Vemos que la santidad deja de ser el objetivo, dejando paso a conceptos psico-sociales, como el liderazgo y la eficiencia misionera. Vemos que la evangelización se está centrando en elaborar atractivas estrategias de marketing que consigan discípulos que se unan a una especie de estrategia piramidal.

No podemos descartar ver en el futuro a tradicionalistas católicos, valdenses y luteranos aparentemente futuro. Unidos por “todo lo que nos une” que básicamente una etiqueta, pero incapaces de vivir la misma fe en verdadera comunión. Eso sí, a quienes señalan que esto es un macabro juego del maligno, se les margina sin misericordia alguna. La misericordia se reserva para quienes juegan al juego de la unidad aparente, vistiéndose con las modas eclesiales de cada momento.

domingo, 7 de septiembre de 2014

La unidad es Cristo. San Juan Crisóstomo

En el Evangelio de hoy domingo, el Evangelista San Mateo relata una serie de frases del Cristo, todas ellas relacionadas con la unidad de la comunidad. Empieza con la necesaria corrección fraterna y termina diciendo que cuando la comunidad se reúne en Su Nombre, El está en medio de nosotros.

La comunidad cristiana es un don de Dios, pero no siempre es así para nosotros. Nos es complicado vivir unidos nuestra fe, trabajando por el Reino de Dios sin fisuras. Pero esto no es un problema actual. Incluso en medio de los Apóstoles surgían roces y problemas constantemente. En los primeros tiempos del cristianismo también era así:

Allí donde hay caridad, el Hijo de Dios reina con su Padre y el Espíritu Santo. Él mismo lo ha dicho: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Amar es encontrarse unidos, es el carácter de una amistad tan fuerte como real.


Me diréis: ¿Es que hay gente tan miserable como para no desear tener a Cristo en medio de ellos? Sí, nosotros mismos, hijos míos; le echamos de entre nosotros cuando luchamos los unos contra los otros. Me diréis: ¿Qué dices? ¿No ves como estamos reunidos en Su Nombre, todos dentro las mismas paredes, en el recinto de la misma iglesia, atentos a la voz de nuestro pastor? No hay la más pequeña disensión en la unidad de nuestros cánticos y plegarias, escuchando juntos a nuestro pastor. ¿Dónde está la discordia? (seguir leyendo...)

domingo, 15 de junio de 2014

A Cristo sólo podemos recibirlo en la unidad. Benedicto XVI

La unidad es un gran misterio. Misterio que nos encontramos en nosotros mismos, en nuestra comunidad cristiana, en la Iglesia, entre los cristianos y entre todas las personas que vivimos en este mundo. Entre nosotros, la unidad es siempre una utopía, ya que si cada uno de nosotros no consigue ser uno, en su persona ¿Cómo vamos a ser uno con otras personas?

El Cristo que encontramos en el Sacramento es el mismo aquí,… en Europa y en América, en África, en Asia y en Oceanía. El único y el mismo Cristo, está presente en el pan eucarístico de  todos los lugares de la tierra. Esto significa que sólo podemos encontrarlo junto con todos los demás. Sólo podemos recibirlo en la unidad. ¿No es esto lo que nos ha dicho el apóstol san Pablo…? "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Co 10, 17). La consecuencia es clara: no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentaros ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias. La Eucaristía -repitámoslo- es sacramento de la unidad. Pero, por desgracia, los cristianos están divididos, precisamente en el sacramento de la unidad. (Benedicto XVI, Homilía del 29/05/05)

La comunión es el sacramento de la unidad, ya que nos une con Dios, con nuestros hermanos e incluso, internamente. Dios llama a la puerta cada vez que nos acercamos al altar y espera que le abramos la puerta: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él Conmigo” (Ap 3, 19-20)

También nos dice Cristo en el Apocalipsis: “Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.” (Ap 3, 8)

La puerta que Dios ha puesto delante de nosotros no puede ser cerrada, ya que hemos guardado Su Palabra y no hemos negado Su Nombre. Cristo llama y espera que con nuestras pocas fuerzas, abramos la puerta para que El pueda entrar y la cena sea de unidad.

Si cada uno de nosotros se une a Cristo, la unidad es posible por medio de la Gracia de Dios. No podemos confiar en nuestras fuerzas ni en nuestras estrategias humanas. La unidad no parte de actos externos que quedan en bonitas apariencias que maravillan al mundo. La unidad empieza dentro de cada uno de nosotros en el mismo momento que recibimos a Cristo en la Eucaristía.

El misterio de la inhabitación de Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos permite ver que es posible que la unidad es posible y deseable. Además, al rezar el Padre Nuestro, pedimos que la Voluntad de Dios sea en la Tierra igual que en le Cielo.

Vivimos en una sociedad postmoderna, en la que se da gran valor a las diferencias que nos alejan unos de otros. Se no enseña que la libertad consiste en ser diferentes y reclamar que se reconozca nuestra diferencia como un valor social. La necesidad de la unidad se esconde debajo de capas y capas de circunstancias que nos desunen y nos alejan. La soledad que proviene de la incapacidad de aceptar compromisos, se considera como un valor a conservar todo el tiempo posible. Cada vez más personas viven solas y sin compromisos afectivos.

¿Cómo podremos defender la unidad entre los cristianos o entre las personas que vivimos en una misma comunidad, si vemos que esta unidad es un contravalor que se desprecia socialmente?


Como en otros muchos aspectos, nos toda ir contracorriente y hacer nuestro el compromiso de unidad que tanto necesitamos. ¿Cómo hacerlo? Empezando por dar sentido y valor a la Eucaristía. Si este sacramento termina por considerarse una herramienta de integración social, olvidaremos la existencia de esa puerta que siempre está abierta y a la que llama Cristo para cenar con nosotros.

miércoles, 14 de mayo de 2014

¿Qué iglesia desea? Aquí tienen el menú del día! San Agustín

El título de esta entrada de blog busca ironizar una realidad cada día más evidente: las divisiones internas de la Iglesia. No es un fenómeno que haya aparecido sin más, sino una realidad que apareció junto con la misma Iglesia.

Allá por el siglo I, San Pablo que quejaba de aquellos que utilizaban su nombre como si fuera el jefe de una secta, además de oponerlo a otras “presuntas” sectas como si fueran de Pedro o de Apolo (1Co 1, 11-17). Los seres humanos tendemos a crear islas de comodidad y el primer paso es establecer distancias con los demás. Siempre es más fácil vivir en grupos reducidos, ya que nos facilitamos la vida y nos protegemos. Siempre es más sencillo no tener que preocuparnos por lo que “sucede fuera”, ya que esto representa un compromiso que no suele asumirse. El viernes pasado, en una reunión con un grupo de amigos, comentamos lo poco que le importan a la mayoría de los católicos todo aquello que excede los cambios en los horarios de misa y las incidencias parroquiales.

De aquí que se ofreció cierto modelo cuando algunos se dividieron entre sí a los apóstoles, y se hicieron, por tanto, cismáticos al decir: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cejas, esto es, de Pedro. El Apóstol primeramente recrimina a éstos, diciendo: ¿Se ha dividido Cristo? Y después se elige a sí mismo entre los que deben ser tenidos en poco por ellos, pues añade: ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros o fuisteis bautizados en nombre de Pablo? Contempla al buen monte que busca la gloria, no la suya, sino la de Aquel por quien son iluminados los montes; no quería que se presumiese de sí, sino de Aquel de quien él mismo presumía. Luego todo el que pretenda entregarse de tal modo al pueblo que ocasione alguna perturbación o arrastre en pos de sí a las gentes y por su causa divida la Iglesia, no es de aquellos montes a los que ilumina el Altísimo. Este tal, ¿quién es? Un entenebrecido por sí, no un iluminado por Dios. (San Agustín, comentario al Salmo 75, 8)

¿Quién es el mejor? Sólo Dios es El mejor. Todo aquel que pretenda ser lo más importante, simplemente quiere suplantar a Cristo y colocarse como referencia de todos los demás. Nosotros, en el mejor de los casos y por medio de la Gracia de Dios, podemos llegar a proponer algo bueno que no excluye otras cosas buenas que Dios sabe dar a cada cual. Como dice San Agustín, el monte no busca su gloria sino la de Aquel que ilumina y da sentido a los montes.

Hace un par de días apareció una noticia sobre una reunión entre el Papa Francisco y el superior de la Hermandad de San Pío X, Mons Fellay. Corrieron rumores diversos que llegaron a deformar un breve encuentro de algunos segundos entre ambos, convirtiéndolo en algo más que una coincidencia. Dicho sea de paso que no creo que fuese un coincidencia fortuita, pero en unos segundos poco se puede tratar.  No es de esperar que el camino de la reintegración de la Hermandad de San Pío X se mueva lo más mínimo a corto plazo. En estos momentos vivimos un proceso de diversificación eclesial, que aunque sea más atenuado que el del postconcilio, impide acercamientos reales con cristianos de sensibilidades y carismas diferentes. La Hermandad de San Pio X necesitaría un entorno menos diversificado para buscar un acomodo eclesial estable. Nunca se sentiría cómoda siendo una más, entre miles de “opciones” aceptadas.

Pero ¿Por qué vivimos esta tendencia a crear comunidades particulares, que incluso llegan a producir diferencias litúrgicas? La respuesta proviene de la época que vivimos: la postmodernidad. El ser humano postmoderno reclama diferenciarse de todos los demás y crear “tribus” donde se sienta cómodo y diferente. Ya no se utiliza la frase cartesiana “Pienso luego existo” sino una variante más perversa “soy diferente, luego existo”.  Hace un siglo nadie se planteaba que la Iglesia se adaptara a él, pero hoy en día es casi una necesidad. Una de las razones que nos lleva a ver esta diversificación como un bien es que hemos aceptado que la acción del Espíritu Santo es diversificadora, lo que no es cierto. Los carismas son dones del Espíritu, pero no se dan a los hombres para diferenciarnos y separarnos, sino para complementarnos y unirnos. La unidad no nos lleva a separarnos según los carismas y sensibilidades, para que no choquemos unos con otros. La unidad es reunir lo diferente sin que cada carisma se sienta relegado o despreciado. Esto implica que cada persona tiene que negarse a si misma y donar su carisma a los demás, para que pueda dar verdadero fruto en la comunidad. La unidad no es un mosaico de diferentes realidades, sino una realidad única que nos permite vivir unidos.

Miremos la acción del Espíritu en Pentecostés y comparémosla con la Torre de Babel. El Espíritu hace que la diversidad de lenguas no sea un obstáculo para que todos reciban el Mensaje de Cristo. Todas las lenguas reciben al mismo tiempo y de la misma forma el Mensaje. El Espíritu no hizo grupitos para que cada cual oyera los suyo. La diversidad de lenguas no es un don del Espíritu, sino la consecuencia del pecado del ser humano. Entonces ¿Por qué miramos la diversificación eclesial como algo positivo?

Ya sabemos que el enemigo, el diablo (el que separa), siempre está buscando palancas para separarnos y dispersarnos. ¿Por qué no nos damos cuenta de que el enemigo actúa?

Quizás porque nos da la oportunidad de que nuestra iglesita personal se haga realidad. Se reedita el pecado original en pleno siglo XXI. Quizás porque estas iglesias adaptadas a nosotros nos resultan más familiares y cercanas. Ahora, la diversificación tiene dos efectos muy peligrosos:

  • Cristo se aleja, ya que la comunidad va ocupando el sitio que el alejamiento de Cristo ofrece. Suelo contar la anécdota de una feligresa que me comentaba que como cambiaran al párroco, ella no volvía a misa más. ¿Quién es el centro de su vida de fe? Lo malo es que no es un caso aislado.
  • Los otros hermanos se alejan. Aquí nos encontramos con comunidades que, a fuerza de particularizarse, pierden la capacidad de vivir la fe fuera de ellas.

Unas comunidades son tradis de tipo A, otros de tipo B o de tipo C, otros progres de cualquiera de los tipos que se dan hoy en día. Cuando uno “cae” por una parroquia “diferente”, difícilmente se siente cómodo y acogido, ya que lo primero que te exigen es que te ajustes a ellos. El Espíritu Santo debería permitir que cada cual tiene se integre sin cambio alguno, aportando los dones que ese carisma ofrece a la comunidad.


En estos días que estamos escuchando los Evangelios relacionados con el Buen Pastor y su capacidad de ser reconocido por las ovejas. Es especialmente interesante reflexionar sobre la Iglesia que vivimos en la actualidad y la capacidad de reconocer la voz del Pastor de forma unitaria. Seguramente no seamos capaces de reconocer la voz del Supremo Pastor, ya que estamos acostumbrados a escuchar la de aquellos que nos separan de los demás.

Separar lo diferente es fácil, unir es lo complicado. No basta con nuestra voluntad y fuerzas, ya que el pegamento eficaz no lo tenemos nosotros. Sólo la Gracia de Dios puede ayudarnos. La gran pregunta es si estamos dispuestos a que la Gracia actúe

domingo, 6 de abril de 2014

Sacramentos: comunión invisible de la gracia y unidad

Los cristianos llevamos padeciendo el mal de la desunión desde muy pronto en nuestra historia. El enemigo sabe sembrar dudas, desconfianza, envidias y soberbias que nos alejan unos de otros. Fomenta que construyamos Torres de Babel para alcanzar a Dios con nuestras propias fuerzas. Como el episodio bíblico original, la división de lenguas termina destruyendo con cualquier teodisea que emprendamos. Tras el fracaso, desesperados, solos y rotos, somos perfectos transmisores de la cadena del pecado.

Pero no por conocido y sabido, dejamos de sufrir por estas separaciones, alejamientos y divisiones. El P. Raniero Cantalamessa ha utilizado la inspiración de San Agustín para tratar este tema en la segunda predicación de esta cuaresma. Tomo un párrafo que me parece especialmente certero:

La pertenencia plena a la Iglesia exige las dos cosas juntas: la comunión visible de los signos sacramentales y la comunión invisible de la gracia. Pero ésta admite grados, por lo que nada dice que se debe estar por fuerza dentro o fuera. Se puede estar en parte dentro y en parte fuera. Hay una pertenencia exterior, o de los signos sacramentales, en la que se sitúan los cismáticos donatistas y los malos católicos mismos y una comunión plena y total. La primera consiste en tener el signo exterior de la gracia (sacramentum), pero sin recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti), o en recibirla, pero para la propia condena, no para la propia salvación, como en el caso del bautismo administrado por los cismáticos o de la Eucaristía recibida indignamente por los católicos. (P. Raniero Cantalamessa. 2º predicación de Cuaresmal, 2014)

Si preguntamos sobre la unidad de la Iglesia a cualquier fiel que asista a misa con asiduidad, dudo que nos respondiera que uno de los dos pilares fundamentales son los signos sacramentales que compartimos. Que poca importancia damos a los signos sacramentales hoy en día.

Esto se evidencia en la tremenda diversidad de formas que tenemos a la hora de vivir estos signos en nosotros y en comunidad. Pensemos en cualquier sacramento y reflexionemos sobre qué significa el signo que imprime en nosotros por medio el los santos oleos o la imposición de manos.

¿Por qué nos signamos? Somos marcados para diferenciarnos y para reconocernos. Diferenciarnos de nosotros mismos antes de ser signados y reconocernos, unos a otros, como parte de una misma Iglesia. No una Iglesia de santos perfectos, sino una Iglesia de pecadores que transitan el mismo camino por medio de la Gracia de Dios. Si no reconocemos los signos que señalan un antes y un después en nosotros, cómo pretendemos vivir la posterior comunión invisible de la gracia. El sacramento es una puerta a la acción de la Gracia de Dios en nosotros.

Cuando un signo se imprime en un ser humano, este ser humano tiene la posibilidad de convertirse en símbolo de lo que el signo representa. Les pongo un ejemplo. Si un médico lleva un signo que lo diferencia y nos permite reconocerlo, el hecho de ver el signo nos lleva a sentir y saber que es una persona con capacidad de curarnos o atendernos. El médico que lleva un signo de lo diferencie lleva la esperanza a quienes necesitan de su conocimientos y habilidades. El momento en que termina sus estudios y recibe la capacidad de portar el signo, es el momento en que siente la diferencia entre el antes y el después. A partir de ese momento sabe que tiene una capacidad y una responsabilidad que antes no poseía.

Un cristiano que recibe un signo sacramental se convierte en símbolo de la Gracia de conlleva el signo. La Gracia que permite perfeccionar nuestra naturaleza caída, de forma que seamos una imagen más nítida de Cristo.

Tal como indica el P Cantalamessa, apoyándose en San Agustín, existe un segundo nivel en la unidad de la Iglesia, que proviene de dar un paso más allá del signo sacramental: recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti). Recibir realmente la Gracia conlleva algo más que “dejarse marcar”. Necesita abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo y con ello, la superación de la eterna Torre de Babel. Volviendo al ejemplo del médico, recibir el signo identificativo no lo hace médico, aunque marque el inicio del camino de serlo realmente. Lo que lo convierte realmente en médico es la unión de la capacitación recibida y la aceptación de la responsabilidad que conlleva ser reconocido como médico. Dicha unión empieza actuar cuando recibe el signo sobre su solapa.

Tras recibir el sacramente, ya no somos nosotros quienes buscamos a Dios, es Dios mismo quien llama a nuestra puerta. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. (Ap 3,20). La Torre de Babel ya no es necesaria para llegar a Dios. Dios está llamando a la puerta de nuestro corazón. ¿Qué hacemos?

¿Tendremos la valentía suficiente para abrir la puerta? Pensemos en lo que conlleva abrir la puerta y nos daremos cuenta de la razón del miedo que nos inunda. Miedo que nos induce a hace relativizar y desdeñar los sacramentos.


La Gracia de Dios hace posible la verdadera unidad de la Iglesia. Unidad que parte de reconocer, comprender y aceptar los mismos signos. ¿Queremos una Iglesia unida? ¿Podemos darnos le lujo de dividirnos por el significado de los signos sacramentales? Volvamos a dar sentido, significado y profundidad a los sacramentos.

viernes, 24 de enero de 2014

Nos unen los milagros y los dogmas. San Juan Crisóstomo

Nada hay que escandalice tanto como la división, así como la unidad de los creyentes edifica para creer. Ya dijo al principio: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amarais mutuamente" (Jn 13,35), pues si altercaren, no se llamarán discípulos del pacífico Maestro, pues no reconociéndome a mí como pacífico, no confesarán que tú me enviaste.

O llama claridad a la gloria que resulta de los milagros y los dogmas, y para que sean unánimes: por lo que añade: "Para que sean una cosa en nosotros, como somos nosotros una misma cosa"; pues esta gloria de estar unánimes, es mayor que la de hacer milagros, y todos los que por los apóstoles creyeron son una misma cosa; y si algunos se han separado ha sido efecto de su desidia, lo cual a El no se le ocultó. (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el Evangelio de San Juan, hom. 81)

Esta semana estamos llamados a orar por la unidad de los cristianos. Como es lógico, lo primero que se nos pasa por la mente es orar por la unidad de todos los cristianos que han ido separándose de la Iglesia católica a través de los siglos. No cabe duda que esta intención es suficiente para orar una semana y todo el año. Si nos lo tomamos en serio y sentimos el gran escándalo de que vivamos separados quienes creemos en el mismo Dios y tenemos la misma Fe, toda oración debería tener presente la necesidad de unidad.

Pero el problema de la unidad de los cristianos se puede entender en dos dimensiones adicionales: la unidad interna de la propia Iglesia Católica y la necesidad de reintegrar a aquellos que se han alejado de por tibieza o desafecto. Al final de todo, la unidad conlleva reintegrarnos dentro de un orden que acepte los diferentes carismas y sensibilidades. Reintegrarnos conlleva dejar a un lado la tolerancia que ignora y sutilmente desprecia y enfrentarnos a la necesidad de respetarnos de forma activa. Es decir, amarnos tal como somos y valorar lo que cada uno de nosotros aporta a la Iglesia universal.

Aparte del movimiento teológico que busca reintegrarnos con los hermanos ortodoxos, luteranos, anglicanos, etc, deberíamos dedicarnos a la tarea de dar solidez a nuestras comunidades. ¿Qué es lo que nos separa: “y si algunos se han separado ha sido efecto de su desidia, lo cual a El no se le ocultó”. La desidia,  que no es más que indiferencia que se esconde detrás de la tolerancia. No nos afecta quien se aleja o se va. Parece que una vez desaparece quien discrepa, ganamos en libertad y paz, aunque esto sea una falacia. En todo caso ganamos la libertad que propugnaba John Ford al ofertar su Ford T con el color que quisieran los compradores, “mientras fuese negro”. La paz del silencio y la lejanía, no es realmente paz sino el extremo de una guerra no violenta.

Pretendemos que los hermanos separados se reintegren y que los alejados vuelvan a su casa, pero ¿Qué casa les espera cuando vuelvan? ¿Merece la pena volver? Por desgracia no nos encontramos con ese amor que distinguía a las primeras comunidades cristianas. Rara vez alguien dirá “mirad como se aman”. Más bien dirán, mirad como se soportan y se pelean por la mínima diferencia.

Dicho todo esto, debo reconocer que no soy capaz de ofrecer un modelo de comunidad que reúna diversidad y la cercanía entre quienes la componen. Las diferencias nos alejan porque desconfiamos de ellas y de quienes las evidencian. Pero hay algo seguro, para que una comunidad sea fraterna, hace falta una fuerte base común. Por eso San Juan Crisóstomo habla de los milagros y los dogmas. ¿Milagros y dogmas? ¿No son cosas del pasado? Parece que no es así.

Los milagros son importantes porque evidencian que el poder de Dios está con nosotros. ¿Se producen milagros en nuestras comunidades? No pienso en milagros como el paso del Mar Rojo o la caída de los muros de Jericó. Pienso en milagros más sencillos y cotidianos, empezando por el milagro del amor que debería unirnos en la comunidad. ¿Cómo vamos a esperar milagros si no somos capaces de orar juntos? El milagro es que no tengamos rencillas explosivas entre nosotros, pero este milagro no se corresponde con lo que Dios desea para nosotros.

Los dogmas son igual de importantes, aunque hoy en día resulte impensable que les demos valor. ¿Cómo podemos construir unidos si no coincidimos en los cimientos que necesitamos? Ya sé que el amor es cimiento más importante, pero el amor de verdad nos debería de llevar a aceptar lo que Dios ha revelado. Si no aceptamos a Dios, que no lo vemos ¿Cómo vamos a aceptar a nuestro hermano que está siempre dispuesto a contradecirnos?


Tenemos que meditar mucho sobre la unidad interna de la Iglesia. Nos queda un largo camino junto al Espíritu Santo.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Ver la ideología en ojo ajeno y no en el propio. Pastor de Hermas

Arranca de ti la tristeza, y no aflijas al Espíritu Santo que habita en ti, no sea que hagas tu oración a Dios en contra tuya y él se aparte de ti. Porque el Espíritu de Dios, que ha sido dado a esa carne tuya, no tolera la tristeza ni la angustia. Así pues, revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y no hace caso de la tristeza. En cambio, el hombre triste siempre va por mal camino. En primer lugar, hace mal entristeciendo al Espíritu Santo que fue dado en alegría al hombre. En segundo lugar, comete iniquidad al no orar ni dar gracias a Dios, ya que siempre la oración del hombre triste no tiene fuerza para remontarse hasta el altar de Dios. La tristeza se ha asentado en su corazón, y al mezclarse la tristeza con la oración, no deja a ésta que suba pura hasta el altar de Dios... Purifícate de esta malvada tristeza, y vivirás para Dios. Y asimismo vivirán para Dios cuantos arrojen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría. (El Pastor de Hermas. Siglo II)

Vivimos en una sociedad que genera tristeza. Las pocas personas que conozco que van con su rostro siempre alegre, son personas que tienen a Cristo muy dentro de su corazón. La inmensa mayoría de nosotros vive deseando lo que no tiene y desdeñando lo que tiene. El césped del vecino, siempre es más verde, como si el color del césped nos aportara algo importante a la vida.

En el Pastor de Hermas, se habla de la tristeza y del daño que genera en nuestro corazón. Un corazón triste, está siempre cerrado, ya que tememos recibir más dolor de fuera. Un corazón abierto, es capaz de darse cuenta de todo lo bueno que ha recibido y recibe de Dios. No me cabe duda que una de las armas que el enemigo utiliza con nosotros, es la tristeza. Si nos sentimos abatidos, derrotados, entramos en un estado de abulia y desafecto, muy contagioso.

La esperanza trae de la mano la alegría. Nadie que se sienta sin esperanza, es capaz de sonreír o de ayudar a quien lo necesita. Nuestra sociedad occidental parece cargar con la pesada carga de la falta de sentido y esperanza. Esta desesperanza se cuela en la Iglesia con mucha facilidad y genera una gran cantidad de problemas.

Esta semana pasada se produjo un lamentable incidente en la Catedral de Buenos Aires. El martes pasado se convocó una ceremonia interreligiosa judeo-cristiana para conmemoró la Noche de los Cristales Rotos. Día en que se inició el holocausto judío en tierras alemanas. Al iniciarse la ceremonia, un grupo de personas empezaron a rezar el Rosario en voz muy alta, impidiendo que la ceremonia ecuménica se desarrollara con propiedad. Rápidamente, algunas personas asistentes llamaron a estos católicos nazis y lefevrianos. Se vivieron momentos de enfrentamiento, que terminaron tras solicitar que abandonasen el templo las personas que rezaban el Rosario.

Cómo es posible que nosotros mismos nos enfrentemos, confrontando razones para oponernos unos a otros. Nadie duda que existan razones para el enfrentamiento, hay tantas como se nos ocurran y seguramente todas ellas serán razonables y hasta defendibles. Pero ¿Qué objetivo tiene enfrentarnos? Ninguno que conlleve paz, unidad, concordia y alegría. Ninguna de las razones que se pueden dar tendría en su formulación la palabra esperanza. Lo que hubo en todas las bocas de las personas que se enfrentaron fue la palabra tristeza. ¿Cómo se va a orar a Dios con el corazón lleno de tristeza? Pues unos y otros lo intentaron. El Pastor de Hermas nos señala que estas oraciones no llegan a despegar de nosotros mismos. Nuestros egoísmos atrapan las palabras y las vacían de significado.

Es muy fácil tomar partido por uno u otro grupo, pero si lo hacemos, estaríamos dando alas a la tristeza que nos rodea. Ante estos sucesos me viene a la mente la indicación de Cristo sobre la capacidad de ver la paja en el ojo ajeno, mientras somos incapaces de ver la viga en el propio. Si cambiamos la palabra paja por ideología, llegaríamos a darnos cuenta que unos y otros generan una brecha que les separa. Unos por utilizar un tempo católico para una ceremonia que genera malestar entre algunos de nosotros. Otros por utilizar las bellas palabras del Rosario, como armas contra sus hermanos.

El Papa Francisco nos ha advertido sobre los cristianos ideológicos: “Los que transforman la fe en ideología y alejan a todos los demás de los jardines y de los pozos de la gracia


Lo fácil es decir que “el otro” es el ideologizado, lo imposible, sin la Gracia del Señor, es aceptar que la caridad empieza por nosotros mismos. ¿Queremos alejarnos de la ideologización? Empecemos por intentar no hacer sufrir a nuestros propios hermanos. 

domingo, 21 de julio de 2013

Marta y María, la Iglesia diversa y armónica

Sé, pues, como María, animado por el deseo de la sabiduría; es una obra mayor y más perfecta. Que las preocupaciones del servicio no te priven de aprender a conocer la palabra celestial. No critiques, ni juzgues como holgazanes a los que vieras aplicarse a la sabiduría, porque Salomón, el pacífico, la invocó para que hiciera morada en su casa. (Cf Sb 9,10) Con todo, no se trata de reprochar a Marta sus buenos servicios, pero María tiene la preferencia, por haber elegido la mejor parte. Jesús posee muchas riquezas y las distribuye con largueza. La mujer más sabia ha escogido lo que había juzgado como más importante.

En cuanto a los apóstoles, no prefirieron dejar la palabra de Dios para dedicarse al servicio (Hch. 6,2) Las dos actitudes son obra de la sabiduría, porque Esteban, él también, estaba lleno de sabiduría y fue escogido como servidor, como diácono (Hch. 6,5.8)... Porque el cuerpo de la Iglesia es uno; y los miembros siendo diversos, tienen necesidad los unos de los otros. “El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito...” (1Cor 12,21)... Si algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. La sabiduría reside en la cabeza, la actividad en las manos. (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 85-86)

Este breve párrafo de San Ambrosio es especialmente clarificador en la Iglesia actual. Tenemos que fijarnos que Cristo no reprende a Marta por afanarse en cubrir las necesidades de Suyas y sus Apóstoles. Sin la acción de Marta, María no podría haber disfrutado de las Palabras de Cristo. Es evidente que son necesarias muchas Martas que atiendan a la Iglesia. Pero estas Martas no deben reclamar que las Marías dejen la mejor parte para dedicarse a lo necesario que ella tan bien realiza.

En otra ocasión Marta y María podrán intercambiar sus tareas y será Marta la que disfrute de las Palabras de Cristo. Lo que no podemos es dejar a Cristo sólo sin nadie que reciba sus palabras y comunique su sabiduría, mientras todos nos afanamos en los detalles necesarios y urgentes.

Dice San Ambrosio, apoyándose en la teología del Cuerpo Místico, que algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. Las manos se benefician de la sabiduría que les permite actuar sobre el mundo. La cabeza, se beneficia de las acciones de las manos, yq que le permiten estar en lo que ella sabe hacer mejor. Una Iglesia diversa y en armonía es la forma de unidad más perfecta que podemos alcanzar. ¿Por qué el Señor no nos hizo homogéneos?

Hubiera sido más fácil actuar juntos si todos fuésemos capaces de todo. Sin embargo, Dios sabe hacer las cosas mejor que nosotros. El nos creó con carismas y talentos diferentes y complementarios. Precisamente estas diferencias nos señalan el camino: tenemos que colaborar con humildad y desprendimiento. Cada miembro actuando en lo que su carisma le hace idóneo, de forma la Iglesia sea un todo perfecto y armónico.

El diablo, que sabe como entorpecer, se dedica a instigar las envidias, soberbias y enojos entre nosotros. Sabe que separados y enfrentados nos desesperaremos y terminaremos por perder la Fe. La Fe necesita la unidad para ser sólida y coherente. Si la Fe se divide, la desesperación nos termina por romper interna y externamente. Una vez rotos, la caridad carece de sentido, ya que nadie está dispuesto a darla ni a recibirla. Cuando no se está dispuesto a recibir y comunicar caridad, amor y cercanía de los demás ¿Qué esperanza nos queda? Realmente poca, tristemente.

Fijémonos que San Ambrosio nos dice que seamos, todos, como María y al mismo tiempo reconoce que Marta es necesaria. Seamos María, sin dejar de ser Marta cuando la Iglesia lo necesite.


Ese es el gran misterio de la Iglesia de todos los tiempos. Igual que en el Apocalipsis se nombran siete comunidades para representar la diversidad, la Iglesia, de hoy en día, está compuesta por miles de comunidades diferentes que deben de conocerse, amarse, comprenderse, colaborar y unidas, hacer que el Reino de Dios sea una realidad día a día.

domingo, 30 de junio de 2013

Unidos en las diferencias: el camino de Jesús. Papa Francisco

El Papa Francisco presidió ayer la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, patronos de la Iglesia romana. En su homilía quiso hacer especial hincapié en la unidad, ya que la unidad es uno de los dones que más nos cuesta entender y poner en práctica:

El Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor «con estos apóstoles formó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (ibíd. 19). Y prosigue: «Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios» (ibíd. 22). La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias: éste es el camino de Jesús

En contraste con esta visión, hace unos pocos días, nos hemos sentido consternados con la declaración que la Hermandad de San Pío X ha realizado con ocasión del XXV aniversario de las consagraciones que dieron continuidad a su estructura episcopal. En esta declaración dicen:

Siguiendo a Mons. Lefebvre, afirmamos que la causa de los graves errores que están demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos conciliares – una “hermenéutica de la ruptura” que se opondría a una “hermenéutica de la reforma en la continuidad” -, sino en los textos mismos, a causa de la inaudita línea escogida por el concilio Vaticano II. Esta línea se manifiesta en sus documentos y en su espíritu: frente al “humanismo laico y profano”, frente a la “religión (pues se trata de una religión) del hombre que se hace Dios”, la Iglesia, única poseedora de la Revelación “del Dios que se hizo hombre” quiso manifestar su “nuevo humanismo” diciendo al mundo moderno: “nosotros también, más que nadie, tenemos el culto del hombre” (Pablo VI, Discurso de clausura, 7 de diciembre de 1965)

Nadie niega el peligro de evangelizar las periferias, ya que a veces terminas queriendo centrar la Iglesia en los extremos. Es evidente que acomodar la Iglesia al mundo siempre ha sido lo más cómodo para todos. Nadie niega que con demasiada frecuencia se “adora” al ser humano y se dice que eso es lo que debe hacer la Iglesia para inculturizarse. Pero, como dice el Papa Francisco: "Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse"

Encerrarnos en nosotros mismos es lo más cómodo y seguro, pero así no se evangeliza. Ahora, lo que ni el Papa ni nadie duda, es que lo mejor es una Iglesia sana que además salga hacia las periferias para traerlas al centro. Si nos accidentamos en esta misión, toca volver, curarnos, fortalecernos y volver al mismo frente de batalla. La anterior frase del Papa Francisco, ha sido interpretada por algunas personas como que el Papa quiere una Iglesia accidentada, lo que es demencial. Una Iglesia accidentada es ineficaz, como hemos podido ver en muchos experimentos vanguardistas que languidecen sin seguidores.

El alejamiento de la Hermandad de San Pío X no tiene que ver con la fidelidad a Cristo, sino con la incomodidad de estar incluidos dentro de una Iglesia diversa que se debería complementar en armonía, creando fraternidad. Dentro de la Iglesia Católica existen personas, grupos y movimientos tan diferentes como maravillosos, pero a veces los postulados de unos y otros nos hacen enfrentarnos creando controversias y resentimientos. Estas limitaciones humanas se hacen presentes en la parábola del Hijo Prodigo. El hermano “fiel”, se sintió menospreciado por la felicidad que vio en su Padre al encontrar al hermano perdido. El mismo Padre le reprende por esta actitud, ya que es obvio que todo lo que tiene es hijo “fiel”, ya que el resto lo ha dilapidado el hijo pródigo sin pararse a pensar en lo que hacía. ¿Qué puede temer el hijo fiel? ¿No será que en el fondo desconfía del Padre? Quizás ese es el problema de fondo: la desconfianza en la Divina Providencia. Esta desconfianza soterrada es un las caras más complicadas de detectar del actual pelagianismo.

Una asignatura pendiente es conseguir que la diversidad no implique que unos se impongan a otros señalando en los segundos la paja y olvidando la viga propia. Esto se vive en la Iglesia con demasiada frecuencia y tristemente no se aborda con misericordia y caridad.

Unas veces toca a los más tradicionales soportar formas que no sienten y otras a los más vanguardistas, soportar formalidades que no comprenden. Cuando alza la voz el grupo de sensibilidad incomprendida, la única opción que se le da es señalarles la  puerta y decirles que sobran. El Papa Francisco también ha hablado de este tema hace poco: “Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios

La Hermandad de San Pío X decidió salirse de ese juego diabólico de enfrentamientos y descalificaciones y echar a andar por su cuenta. Esta actitud que les ha valido el justo correctivo de verse fuera de la Iglesia. Ellos se han quedado fuera de la Casa del Padre con resentimiento y soberbia.

Creo que es justo señalar que les duele que a otros colectivos, abiertamente cismáticos, se les permita actuar dentro de la Iglesia con bastante impunidad. La diferencia es precisamente la astucia que Cristo pidió a sus Apóstoles y que se utilizan con arte quienes desean vernos desunidos. Los astutos saben esconderse y actuar contra la Iglesia con mucha más facilidad que quienes, desde su honestidad, señalan lo que les hace sentir incómodos.

De esta forma la obra del maligno se desarrolla eficientemente: separar a los que son fieles en grupitos y dejar a los que desean desunir hacer su labor con libertad. Nada mejor que generar “iglesitas personales”, cada vez más vacías de personas.

Creo que es imprescindible centrarnos en la necesidad de gestionar la diversidad o terminaremos siendo todos cristianos tristes, encerrados en nuestros propios carismas convertidos en egoísmos. “Cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella


Melancólicos de nuestras deseadas iglesitas personales y enfrentados porque no conseguimos superar nuestros egoísmos. Más que nunca, es necesario orar por la unidad en la Iglesia.
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