sábado, 28 de marzo de 2009

El templo interior (I): La Estrella Interior. Templo y Liturgia. Santidad


El esquema que se ha ido dibujando en estas breves entradas al blog coloca a Dios unido al hombre por medio de la sacralidad. Ahora nos tocaría preguntarnos cómo afecta la sacralidad a nuestro interior, ya que el sentido de “lo sagrado” es posibilitar re-unirnos con la Divinidad.

Vimos que la realidad se nos revela como sagrada y que por medio de ella podemos acercarnos a Dios. Los dos ejes, espacio y tiempo, se alían para religarnos con Dios por medio el la revelación contenida en las analogías de las que el universo está lleno. Estas analogías nos llevan a tener certeza de Dios y de la existencia de un objetivo por el que todo lo creado. Encontramos el sentido de todo y todos, que es el Logos, Cristo. Pero el espacio y el tiempo sagrados no son un fin en si mismos, ya que actúan sobre el hombre como medios para facilitar su reunión de Dios. Espacio y tiempo sagrados se cruzan en el punto que somos cada uno de nosotros. La sacralidad penetra hacia el interior de cada uno de nosotros buscando encontrar resonancia. Si no resonamos a igual frecuencia y fase, que el mensaje sagrado, seremos incapaces de reconocer la revelación y utilizarla como medio de reunión con Dios.

El Templo interior y la Liturgia interior se suelen asimilar a una estrella, una estrella que brilla en nuestro interior. La estrella interna llena de luz al Templo interior y marca el ritmo de la Liturgia interior. El cristianismo le llama santidad y no es más que transformación que el Espíritu Santo obra en nosotros cuando le permitimos ser el protagonista de nuestra vida. Cristo nos dijo "Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo" (Mt 5, 48), por lo que la santidad es más que una opción. Es un mandamiento. La santidad se puede comparar con la transparencia de nuestro ser a la Voluntad de Dios. Cuando somos transparentes al Espíritu, la Estrella Interna brilla en nosotros y puede iluminar a quien se acerca.

La resonancia interna se produce a nivel del ser: emocional, volitivo e intelectual, por medio de la intuición, vivencia y conocimiento de la revelación. Allá donde el intelecto no puede penetrar con facilidad, la intuición nos permite empezar a abrir sendas por las que caminar. No es lógico pensar en un re-ligamiento con Dios de carácter parcial, ya que representaría una contradicción con la plenitud de Dios actuando en nosotros. Por esto es necesario utilizar emoción, voluntad e intelecto de manera simultánea y no priorizar una sobre otra vía. Una mística únicamente emotiva, el activismo o intelectualidad encerrada en sí mismo, nos condiciona a ver parcialmente la grandeza de lo creado y revelado. Entiéndase mística como el camino de acceso al “Misterio Cristiano” en su parte abarcable por nuestras limitaciones humanas y personales. Limitaciones que son, en parte, debidas a nuestra naturaleza humana y en parte, nuestras características personales.

En nuestro interior existe un espacio-tiempo sagrado de características diferenciadas al espacio-tiempo externo. Entendemos que este espacio sagrado interno se asimila con nuestra persona y nuestra persona empieza a ser sagrada en el propio cuerpo físico tal como indica San Pablo: "
¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, que tenéis de Dios, y que no sois vuestros?" (1 Cor. 6:19). Pero sin olvidar que el cuerpo la representación física de lo que somos cada uno de nosotros: "Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que entra en el hombre puede hacerlo impuro; lo que lo hace impuro es lo que sale de él. El que tenga oídos para oír, que oiga" (Mc 7, 14).

La doctrina de la Iglesia nos indica que por medio del sacramento del bautismo nos hacemos templos del Espíritu Santo, pero la gracia del sacramento no es suficiente para hacer transparente nuestra naturaleza caída y limitada. La Estrella Interior de cada bautizado se hace posible de manera similar (análoga) a la realidad del espacio-tiempo arquitectónico-litúrgico. Desde los sólidos cimientos que representan la gracia recibida en el bautismo, hasta los muros y las bóvedas de crucería que se van construyendo por medio de los demás sacramentos y por el “sacrificio” voluntario de cada persona. Entiéndase sacrificio como “sacrum facere”, hacer algo sagrado mediante un acto o acción sagrada. Entiéndase el sacrificio como el camino activo y dócil que nos lleva hasta la santidad.

Esta estructura sacramental se hace sólida por medio del cultivo y asimilación de las virtudes. Fe, esperanza y caridad son las tres columnas que sostienen nuestro interior que se vuelca constantemente hacia fuera. Las virtudes cardinales son prudencia, justicia, templanza y fortaleza se constituyen en los muros de nuestro templo interior. Las demás virtudes actúan como la cubierta del templo que nos separa de los pecados, destructores de nuestra unidad interna:
  • Humildad se antepone a la soberbia
  • Generosidad se antepone a la avaricia
  • Castidad se antepone a la lujuria
  • Paciencia se antepone a la ira
  • Moderación se antepone a la gula
  • Caridad se antepone a la envidia
  • Diligencia se antepone a la pereza

En este punto es conveniente recordar la actitud de Jesús ante los comerciantes que ocupaban el templo vendiendo los animales para los sacrificios rituales. El templo tiene que estar libre de economías y componendas profanas. La santidad no se compra ni se vende. La santidad es un don que Dios construye en nosotros siempre que se lo permitamos. La santidad es la actitud interior y su proyección al exterior, que conforman un tipo de liturgia que nos re-liga con la Divinidad a cada paso o acción que realicemos. La máxima benedictina “Ora et labora” se nos aparece como un camino de acceso a religar nuestro tiempo interior profano con la divinidad, creando un vínculo temporal sagrado.

La oración es uno de los caminos de sacralidad interior más desarrollados en el cristianismo. Cuando la oración se une al canto se sublima adquiriendo belleza y sincronía con la creación. Cuando la oración cantada se ve al unísono en los espacios sagrados interior y exterior, los ejes de espacio-tiempo interiores y exteriores se unen para formar un continuo. De esta unión surgen las experiencias místicas sobrenaturales por las que algunos santos han logrado acceder a una revelación de Dios particular y vivificante. Me pregunto si el “agua viva” a la que se refería Jesús en el pozo de Samaria:

“Jesús le respondió: Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.” (Jn 4, 13-14)

El agua se utiliza como símbolo de purificación. Cuando se bebe el agua sagrada, que purifica nuestro interior, exterior e interior sagrado se unen y por medio de esa unión accedemos a Dios.

No es raro encontrar oraciones que nos permiten dejar atrás nuestro pensamiento profano para adentrarnos en al contemplación de todo lo creado y en la revelación de Dios. Oraciones como pueden ser el rosario, la oración de Jesús o la coronilla de la misericordia, nos permiten llenar esos momentos de ociosidad mental que nos desligan de la realidad separándonos de Dios manifestado. Vivir, trabajar, actuar en silencio interior y que en ese silencio resuene una plegaria de unidad, es un sacrificio formidable. Es hacer sacralidad interior y llevarla al exterior profano para así sacralizarlo por medio de nuestra voluntad activa y creadora, que se deja guiar por la voluntad Divina.

Sacramentos, virtudes y oración constituyen nuestro espacio-tiempo sagrado interior. Gracias a este templo y a la liturgia que hayamos creado dentro de nosotros será posible resonar con la revelación externa a nosotros. Al mismo tiempo, este espacio sagrado es generador de sacralidad que se vuelca al exterior por medio de nuestras actitudes vitales y nuestro compromiso con la obra de Dios.




sábado, 14 de marzo de 2009

El Mensaje Sagrado

Ya hemos visto que la revelación de la Divinidad se puede vivir directamente en el espacio y el tiempo sagrado. Hemos visto que esta sacralidad es solo perceptible si se conoce el lenguaje especial en que la expresa, ya que necesita de una hermenéutica especializada para ser comprendida. Esta hermenéutica es un lenguaje y por lo tanto un mensaje que recibimos. Un Mensaje que es Cristo mismo que se manifiesta en el Evangelio, la Buena Noticia. Según vayamos comprendiendo el lenguaje en que está expresada la sacralidad, iremos asimilando toda la plenitud de al revelación contenida en todo y todos los que nos rodean. Sin no disponemos de las claves para comprender lo que se nos revela siempre es posible acceder a nivel intuitivo a la sacralidad que se nos presenta ante nosotros. Si no tenemos ni el conocimiento ni la intuición necesarias, lo que se nos presente como sagrado carecerá de todo significado y perderemos el hilo que nos une con Dios.

No es raro hoy en día oír y ver a personas hablar sobre el carácter pagano de determinados símbolos, rito o escritos considerados sagrados por las Iglesias cristianas tradicionales (occidental y oriental). Por ejemplo, se oye decir que los católicos adoramos a un supuesto "dios sol", basándose en que hacemos al sol símbolo de Cristo. De igual forma, se suele oír que creer que el pan consagrado es el mismo Cristo es una evidente idolatría. Cuando alguien se expresa de esta manera, solo demuestra que desconoce el lenguaje sagrado y la revelación que Dios hace de Su propia naturaleza; además de ignorar la revelación contenida en las sagradas escrituras. Las existencia de simbologías asimilables solo indica que se utiliza un lenguaje simbólico común, que además es el utilizado por Dios para revelarse a los hombres desde el inicio de los tiempos.

Fijémonos en las Sagradas Escrituras ¿por qué les llamamos sagradas? Son sagradas debido a que las consideramos Palabra de Dios y Mensaje Divino. Las consideramos como una revelación debido a que nos comunica aspectos de Dios que no podríamos conocer si no se desvelan. El ejemplo más claro que apoya esto lo encontramos en las parábolas que nos legó Jesús por medio de los Evangelios. Por medio de unas narraciones aparentemente simples, Jesús nos comunica aspectos sobre Dios, el Reino de Dios, la Verdad, etc, que son todo menos simples y evidentes.

Es interesante reseñar que el Mensaje Sagrado se comunica por los mismos medios y lenguajes que se consideran vehículos artísticos: palabra, pintura, escultura, música, etc. Podemos hacer un rápido repaso sobre cómo se comunica la revelación utilizando estos lenguajes artísticos, apoyándonos en citas de diversos autores.

Empezamos por el arte sagrado de la pintura, donde el mejor exponente de su función sagrada es el Icono. Un icono es sagrado en cuanto nos revela a Dios mediante el arte del escritor de iconos. Jean Hani nos habla sobre qué es un icono y cómo debe ser entendido el mensaje contenido en el:

El ícono es el perfecto ejemplo de arte sagrado. En su campo, realiza perfectamente la representación de las realidades celestiales, de los arquetipos eternos; de este modo es un soporte de influencia espiritual y desempeña un papel que las autoridades eclesiásticas competentes no dudan en llamar sacramental. Es fuente de bendición e instrumento de contemplación; de bendición por el tema sobrenatural que representa según una regla canónica y que irradia su fuerza de bendición; de contemplación porque conduce de lo sensible a lo inteligible, de lo terrenal a lo celestial, a las verdades eternas, pues el icono es una visión del Cielo.

Porque el tema fundamental de todo icono, ya sea un retrato o un tema con varios personajes, es el hombre; pero precisemos enseguida: no el hombre terreno, en su estado terreno y su apariencia física, sino el hombre redimido y ya resucitado que vive en el Paraíso en la contemplación de Dios. Si esto es así, es porque todo icono deriva del icono primordial que sirve de modelo a todos los demás: el de Cristo. Como precisaron los Padres de Nicea, este icono es una prolongación de la Encarnación, es la imagen del Dios Hombre, que a su vez es imagen arquetípica del Hombre Dios, o sea el modelo de lo que tiene que ser el hombre creado «a imagen de Dios» cuando «se convierte en lo que él mismo es».” [1]

El canto como unión perfecta de música y oración nos ayuda a focalizar el ánimo, espiritualidad y la atención durante las celebraciones litúrgicas. En el diario de Raissa Maritain, una admirable mujer, poeta y contemplativa (1883-1960) podemos encontrar la siguiente cita:

"Necesidad de los cantos en la iglesia: canto del coro, canto de los fieles, canto de los mundos. La palabra es demasiado seca, demasiado limitada para expresar tal Amor. Es preciso el canto esplendido o el silencio que es otro lirismo, el del amor unificador que une al propio Júbilo divino." [2]

El amor al que se refiere Raissa es un amor revelado mediante el canto litúrgico, ya que no es algo a lo que podamos acceder por nosotros mismos.

En al arquitectura o escultura sucede lo mismo. Las estructuras espaciales incorporan niveles de significado y simbolismo que permiten ser leídos por aquellos que están preparados para ello. Quienes no lo están pueden disfrutar de la revelación por medios intuitivos.

“No olvidemos que el arte románico está lleno de símbolos y que, como decía Plotinio, el hombre sabio es aquel que en una cosa lee otra. Por todo ello, sugeriría que el arte románico- y más concretamente su percepción simbólica anagógica- actuara como tal anzuelo para personas hambrientas de un significado más profundo. A partir de allí pueden comenzar a elaborar una actitud de concientización que les capacitará para moverse en un proceso de interiorización, de modo que puedan integrar el significado de un símbolo, revolucionando los presupuestos ortodoxos que separan actualmente el conocimiento del observador de la concepción de la realidad de su experiencia.[3] (Malvis)

El mensaje sagrado difícilmente puede mostrarse de manera pragmática y científicamente analítica, ya que significado excede al capacidad de comunicación de evidencias. Pero es admirable que el mensaje se exprese de manera especialmente fidedigna utilizando cualquiera de los medios artísticos antes citados.

También es interesante la opinión que el cardenal Tomas Spidlík da sobre lo el mensaje sagrado que es transmitido por el arte:

“El arte que se manifiesta en los iconos, en la imagen sagrada y en la liturgia. Cuando se enseña la doctrina sólo con los conceptos racionales, evidentemente el misterio es muy limitado. En cambio, el símbolo mantiene la plena riqueza de significados. No hay que entender el símbolo como atributo decorativo. La palabra símbolo hay que entenderla a la letra, como signo visible e inmediatamente perceptible de la realidad que indica. Por eso Jesús habló siempre con parábolas, con símbolos; y la liturgia oriental está llena de símbolos, es un icono vivo.” [4]


San Juan dice que Cristo es el Logos, es decir lo que expresa y da sentido a todo lo creado. Por eso Cristo es el Evangelio, la Buena Noticia que se manifiesta y comunica a nosotros. Cristo nos dice que todo y todos tenemos sentido en Él y que ha venido al mundo para comunicarlo. El Mensaje Sagrado no es más que Cristo manifestado a los seres humanos, el Logos. No se trata de nada oculto, aunque comprender este Misterio sea imposible para el ser humano. 

[1] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.
[2] El diario de Raissa.(2009) Maritain, Raissa p60. Jaques Maritain Editor.
[3] La nueva percepción simbólica. Cada símbolo posee niveles de interpretación diferentes. (2005) Malvis. http://www.circuloromanico.com/index.php?menu_id=5&jera_id=65&page_id=59&cont_id=70
[4] Entrevista al Cardenal Tomás Spidlík. (2003). http://www.30giorni.it/sp/articolo.asp?id=2220

domingo, 8 de marzo de 2009

El tiempo sagrado

Tan sublime y perfecta es la inmensa montaña, imperturbable frente a nosotros, como el sutil y perfecto es el canto del pájaro en la mañana.

El espacio sagrado muestra la armonía estática del universo. El tiempo sagrado muestra la armonía dinámica de la creación.

El segundo eje sobre el que se construye nuestra realidad es el tiempo. El tiempo es una percepción que solo podemos ponderar por medio de la percepción de cambios externos a nosotros. La intuición del “Panta Rhei” de Heráclito, “todo fluye”, no es más que una constatación de la existencia de la existencia del tiempo como factor de cambio permanente a nuestro alrededor. Podemos diferenciar entre tiempo “físico” o científico y tiempo vivencial o “humano”. El tiempo físico es una magnitud cuantizable, medible, comparable, mientras que el tiempo humano es una percepción personal. Esta percepción personal se basa en los eventos que suceden y en nuestra relación con ellos.

Pasemos al concepto de tiempo sagrado. Podemos definir tiempo sagrado como cualquier sucesión de eventos por medio de los cuales nos acercarnos a la Divinidad, a Dios. En este punto nos encontramos con una incongruencia… si Dios es inmutable, ¿Cómo podemos acercarnos o unirnos a El mediante el tiempo? Esta aparente incongruencia se desvela si lo comparamos con el concepto de espacio sagrado. Si Dios es absoluto ¿Cómo se desvela o une a nosotros por medio de un espacio limitado? En el espacio sagrado, decíamos que la armonía que encontramos en el universo se transfiere mediante analogías a un espacio físico. Mediante estas analogías estáticas y la armonía implícita en ellas, damos pasos para acercarnos a Dios. Con el tiempo pasa lo mismo: todo lo que nos rodea acontece secuencialmente en cadenas de causas y efectos. Si recreamos estos ciclos mediante la sucesión de acciones personales y/o colectivas, nos sentimos formar parte del universo. En esta sincronización hombre-universo hacemos nuestros los ciclos universales y mediante estos ciclos, nos acercamos a Dios.


En el Prefacio al volumen XI de su obra "Opera Omnia", Benedicto XVI nos ilustra el sentido cósmico de la Liturgia con esta certera frase:  “el carácter cósmico de la Liturgia representa algo más que la simple reunión de un grupo más o menos grande de seres humanos; la Liturgia se celebra en la amplitud del cosmos, abraza creación e historia al mismo tiempo". El cristiano sabe que en el cosmos Dios ha dejado su huella creadora y que esa huella es sagrada. Es decir, el cosmos nos acerca a Dios, porque es obra de su amor inifito.

En lo ciclos universales encontramos todo el sustrato de orden dinámico que sostiene el universo. Orden no tiene un único aspecto ligado a lo inmutable. Existe orden en toda causa que da lugar a un efecto. Este efecto puede ser causa que dará lugar al siguiente efecto y así hasta el infinito. Causa y efecto están ligados en un orden inmutable representado por las leyes universales. Este orden excede el primario concepto de inmutabilidad que solemos tener y plasmar en el concepto de Divinidad. Contemplando el orden cíclico y las leyes que lo mantienen, nos acercamos mediante analogías o símbolos a la perfección divina.

De igual forma que un templo muestra la armonía estática del universo, en los ritos recreamos por analogía y simbolismo, el orden dinámico universal. Hablar de tiempo sagrado es hablar de ritos y rituales. Ritos que van desde un sencillo gesto hasta los grandes ciclos litúrgicos que se desarrollan durante uno o más años… o durante toda una vida. Participar en los ritos nos permite unirnos simbólicamente a la Voluntad de Dios por medio de nuestra participación en estos ciclos. Los simbólico es real como la vida misma, siempre que se haga vida en nosotros. Jean Hani [2] en su libro “Simbolismo del templo cristiano nos indica”:

… el año litúrgico es una reactualización siempre repetida de la vida de cristo y, por ello mismo, una regeneración individual del individuo. Por la repetición cada año del ritual, nos convertimos, de algún modo, en contemporáneos de Cristo y nos incorporamos, poco a poco sus misterios, hasta que El se «haya formado en nosotros (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Otro pasaje interesante del mismo libro indica que:

La liturgia anual se nos presenta como un «sacramento del tiempo»; ella integra el tiempo, el cual, si no, significa pura dispersión, en una perspectiva espiritual, mostrando que él es una de las formas que reviste la manifestación cósmica del Verbo Divino, y ella nos permite así «redimir el tiempo», según al viva expresión de San Pablo (Jean Hani, Simbolismo del templo cristiano)

Pero debemos ser conscientes que los ciclos se integran en la liturgia por medio de los simbolismos. Podemos tomar como ejemplo el siguiente texto de Mons. Klaus Gamber[2]:
En la breve descripción litúrgica del segundo libro de las Constituciones apostólicas, que son unas instrucciones del Siglo IV, se menciona igualmente que hay que ponerse de pie para rezar y volverse hacia el Oriente. El libro octavo nos aporta la apelación del diácono: "¡Poneos de pie hacia el Señor!". Como se ve, aquí también hay un paralelismo entre el hecho de mirar hacia el Oriente y el de volverse hacia el Señor.

La costumbre de rezar en dirección al sol naciente es inmemorial, como igualmente lo ha demostrado Dólger; se la encuentra tanto entre los judíos como entre los romanos.

Por ello el romano Vitrubio, en su tratado sobre arquitectura, escribe: "Los templos de los dioses deben estar orientados de tal forma que la imagen que se encuentre dentro del templo mire hacia el ocaso, para que los que vayan a hacer sacrificios estén vueltos hacia el Oriente y hacia la imagen; y así al hacer sus oraciones vean todo el conjunto, el templo y la parte del cielo que está a levante, y que las estatuas parezcan levantarse con el sol para mirar a los que rezan durante los sacrificios.


Para Tertuliano (hacia el 200 D.C.) la oración hacia Oriente es cosa evidente. En su librito "Apologética ", menciona que los cristianos "rezan en dirección al sol naciente" (c.16). Esta orientación de la plegaria se señaló muy pronto en las casas por medio de una cruz en el muro (
Mons. Klaus Gamber. El altar católico)

Podríamos pensar que la Liturgia que puede ser creada sin más, a voluntad de las personas que tienen la capacidad de ello. Pero no se trata de esto. La Liturgia y las tradiciones asociadas tardan siglos en ir madurando, incorporando elementos y sintonizando con las personas que la viven. Una vez creada es necesario instruir a los fieles para que sean capaces de entender y vivir la Liturgia. Vivirla sin que la participación tenga que ser intervención. Es decir, que puedan hacerse parte integrante del tiempo sagrado y vivilo en su interior.

Cuando un los creyentes pierden la noción y el entendimiento del tiempo sagrado, olvidan el significado de los símbolos empleados y trasladan el centro de gravedad de su Fe desde la sacralidad al pragmatismo inmanente. Cuando se pierde el sentido del rito, se pierde uno de los dos ejes que liga nuestra realidad con Dios a través de la sacralidad. Si también se ha perdido el eje espacial, solo nos queda un vínculo con la Divinidad: nuestro interior. Si perdemos el lazo interior, se rompe todo puente hacia Dios, que es lo que está pasando en estos momentos. Roto el puente, la Divinidad y el ser humano se separan irremisiblemente. Todo lo que nos rodea pierde su capacidad de darnos muestras de Dios, con lo cual nos veremos arrastrados al infierno de lo inmediato, práctico y pragmático. Nos convertimos la agnosticismo socio-cultural que nos venden como cristianismo actual.


[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] El altar católico. Mons. Klaus Gamber. Tomado del la web: http://www.unavocecadiz.org/pdf/vueltoshaciaelsenor.pdf

sábado, 28 de febrero de 2009

El espacio sagrado

Hagamos un breve resumen de las anteriores entradas. Lo sagrado, lo que no re-une con Dios, es el sustrato de las religiones. Todo lo que comunica con Dioses, en si mismo, sagrado. Objetos, espacios, rituales, actitudes, etc, pueden ser entendidas como sagradas según seamos capaces de ver en ello un reflejo de unión con Dios. Lo sagrado dentro del cristianismo se conforma en torno al Misterio. Este Misterio lejos de ser algo inaccesible u oculto, es objeto de la participación obtenida por medio de la gracia de Dios.

Es interesante detenernos en el primero de los ejes en donde se manifiesta Dios entre nosotros: el espacio. El espacio forma parte de la realidad en que vivimos e interpretamos según nuestros modelos de universo y ser humano. De esta interpretación obtenemos el sentido sagrado de todo lo que nos rodea y la capacidad penetrar en el sentido u objetivo de la realidad. Aunque esto parezca que puede ser generalizado a todos los seres humanos, tenemos que tener en cuenta que cada persona cuenta con su propia capacidad de comprender lo que vive y de referenciarlo a los modelos antes indicados.

Si empezamos a hablar sobre el espacio sagrado, la imaginación nos lleva rápidamente a pensar en el templo. El templo es el espacio sagrado por antonomasia, pero podríamos generalizarlo a todo lugar o construcción que predispone reunirnos con Dios. En términos físicos sería un sitio en el que podemos sintonizarnos con Dios, la creación y con las demás personas que estén a nuestro lado con idéntica voluntad de unidad. Para todo creyente, el cosmos, la creación ordenada, representa la máxima analogía (símbolo) de Dios y el templo es un lugar donde todo el cosmos está representado en su totalidad [1].

Jean Hani indica: “Todo Edificio Sagrado es cósmico, pues está hecho a imitación del mundo. La Iglesia, indica San Pedro Damián es la imagen del mundo. … El templo no es solo una imagen realista del mundo, sino más aún, una imagen estructural, es decir, que reproduce la estructura íntima y matemática del universo. En ello reside el origen de su sublime belleza” [1]

Podríamos hablar de dos ámbitos espaciales sagrados: uno externo, constituido en un lugar y otro constituido dentro del espacio interior de cada persona. San Pablo nos dice que somos Templo del Espíritu Santo. ¿Qué mejor templo que el corazón, el ser, la centralidad, de lo que somos.

El espacio sagrado no puede establecerse en cualquier sitio, ya que es obvio que necesitamos ordenar y preparar el espacio para que la unión armónica de Dios y el ser humano se dé de manera más evidente. En la medida que el templo se sienta y entienda como representación del cosmos, propiciaremos la sintonía con la Divinidad. Esta evidencia ha impulsado al ser humano a crear espacios especiales dotados de la forma y significado necesarios para ser considerados como espacio sagrado. Estos espacios están construidos desde sus cimientos utilizando analogías que pueden ser leídas por las personas preparadas para ello, pero también permiten que quienes no tengan el conocimiento necesario puedan sentir que la armonía universal les rodea. El entorno predispondrá al individuo para que traspase el umbral de lo profano hacia lo sagrado, cuando esté dentro del templo.

Para ello tanto el artista y el arquitecto se afanan por crear un conjunto lleno de armonía trascendente, plena de significados y analogías. Un lugar donde sea posible sentir a Dios en todo lo que nos rodea. Desgraciadamente en occidente, tanto la arquitectura como el arte han dejado de entender, construir y representar lo sagrado en los lugares de culto. Se ha perdido el concepto de sacralidad de la obra artística. La sacralidad que ha sido sustituida el concepto de obra religiosa. Hablar de obra religiosa es hablar de una obra funcional, útil, sin que tenga como objetivo la trascendencia. Se entiende obra religiosa como aquella que sirve al culto o devoción de manera práctica y evidente, pero que no tiene razón de guardar ningún significado-simbolismo o analogía adicional. Los templos modernos son postmodernidad hecha espacio. Son espacios utilitarios y funcionales transformados para el uso funcional-ceremonial. En el caso de los templos católicos modernos, únicamente el sagrario se llega a entender como sagrado en algunas ocasiones. Pero incluso el mismo sagrario suele perder su significado y su simbolismo, ya que pasa desapercibido e ignorado por cuantos transitan por delante sin llegar a darse cuenta de su presencia. El templo se ha convertido en una sala de reuniones dominicales, catequéticas y hasta un espacio donde realizar reuniones de comunidades de vecinos.

No nos sorprende que el mundo moderno entienda como innecesarias las creencias religiosas, cuando las propias creencias son capaces de despreciar todo el legado de sacralidad que han atesorado durante siglos. Hoy en día los templos antiguos se miran como obras de arte a preservar por su antigüedad, valor monetario y estética. Aunque las preservemos son incapaces de comunicarnos todo lo que tienen en su interior, ya que hemos olvidado que detrás de la estética y la armonía, está el supremo Creador del cosmos. [1]

Dicho todo esto, también es importante tener en cuenta que el espacio sagrado no tiene porqué reducirse al templo. En nuestro hogar podemos consagrar un rinconcito a para representar la unión con Dios. Este rincón puede ser permanente o compartido. Antiguamente algunas casa disponían de una habitación-capilla que incluso llegaba a tener privilegio para decir misa. En los hogares de las familias menos pudientes no era raro disponer de un armarito a modo de altar-capilla doméstica. Al abrir las puertas de este altar doméstico, el espacio profano se transformaba en sagrado, lo que permitía a la familia disponer de un espacio sagrado siempre que fuese necesario. Otras casas, con menos recursos disponían de algún reclinatorio o un simple cojín que se situaba delante de la mesilla de noche. En la mesilla se desplegaban las estampitas religiosas custodiadas en el misal o en el cajón. Delante de este improvisado altar se rezaba el rosario, devociones, novenas, etc.

Hemos utilizado la palabra consagrar. Consagrar es un verbo que podemos entender con dos acepciones: hacer algo sagrado o dedicar algo a un uso sagrado. Toda consagración es en si misma una bendición y por lo tanto, es considerada por la Iglesia como un elemento sacramental: “Los sacramentales comunican la gracia "ex opere operantis ecclesiae". Literalmente del latín: "por la acción de la Iglesia que obra” [2]. Los sacramentales reciben "su eficacia" de los méritos de la persona que reza y de los méritos y oraciones de La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.[2] Tal como indica el catecismo de la Iglesia Católica: “#1669 Los sacramentales proceden del sacerdocio bautismal: todo bautizado es llamado a ser una "bendición" (Cf. Gn 12:2) y a bendecir. (Cf. Lc 6:28; Rm 12:14; 1P3:9). [2] ¿Qué nos impide crear un pequeño espacio sagrado en nuestra casa? Sin duda, lo que nos impide hacerlo es principalmente la ignorancia y los prejuicios en los que hemos sido educados.

Hoy en día nos resulta raro disponer de un espacio sagrado comunitario, doméstico o personal preparado para unirnos a Dios. Esta realidad no debería impedirnos aspirar a “construir” este lugar donde sea posible. Este lugar, por muy pequeño y sencillo que sea, abre nuestra sensibilidad hasta la infinitud del cosmos. Todo lo que vemos es reflejo de Dios, si sabemos entenderlo como tal.

Llevando el concepto de espacio sagrado al límite, también podríamos considerar los espacios virtuales que nos ofrece Internet como susceptibles de ser considerados como sagrados. Estos espacios nos permiten religarnos con la Divinidad con tanta eficacia como algunos espacios físicos. Aunque no se podrían considerar templos de manera formal, no podemos dejar de pensar que nos permite reunirnos en Nombre de Cristo. No es fácil evadir la pregunta de hasta qué medida es posible construir estos nuevos espacios según al tradición e cómo incorporarlos a nuestra vida espiritual. Tenemos una indicación que Cristo nos hace: "Donde dos o tres estén reunidos en mi Nombre, Yo estoy en medio de ellos". Si el corazón de cada uno de nosotros es Templo del Espíritu Santo, uniendo todos estos templos tendríamos uno mayor que cualquier catedral del mundo físico.

[1] Simbolismo del templo cristiano (1978). Hani, Jean. José Olañeta editor.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica (1997-2005). Asociación de coeditores del catecismo.

sábado, 21 de febrero de 2009

¿Qué es la Religión?

La etimología de la palabra religión ha sido estudiada a fondo por muchos autores y aunque no es posible dar una etimología precisa, es más que probable que provenga del verbo latino re-ligare: “volver a unir, relacionar, amarrar”. Pero ¿Qué necesita ser unido de nuevo?

Evidentemente solo se puede volver a unir algo que haya sido roto previamente. ¿Qué vuelve se vuelve a unir por medio de la religión? ¿Qué es lo que fue roto y debe reintegrarse?

La respuesta es la la relación entre Dios y el ser humano como individuo y como comunidad. Si el ser humano y Dios deben unirse, es necesario disponer de un camino o medio adecuado. Este camino que enlaza a Dios y el ser humano es lo sagrado. En el caso del judaísmo y el cristianismo, contamos con revelaciones que nos permiten establecer claramente la materia y el objeto de lo sagrado.

Desgraciadamente hay muchas personas que confunden “lo sagrado” con la Divinidad, Mircea Eliade fue uno de ellos [1]. Si seguimos sus indicaciones y unimos “lo divino”y “lo sagrado” dentro de un mismo concepto obtenemos un concepto erróneo de lo que significa la Fe y su desarrollo dentro del ámbito religioso. Si la divinidad es parte de lo sagrado, estaremos aceptando que la relación que podemos re-establecer es puramente fenomenología y que se produce dentro del una dimensión humana. Para Mircela Eliade y otras muchas personas, religión es una construcción puramente humana. De ahí que estas personas tiendan a pensar en la religión como algo contingente y hasta un medio de control social. No es raro, por lo tanto, que estas personas reclamen la desaparición de la religión formal y la absoluta relativización personal del camino hacia Dios.

También es posible pensar que lo divino contiene lo sagrado. Si pensamos de esta manera llegaremos a ver imposible el acceso a Dios. si Dios no es accesible, también se puede proponer que cada cual busque la forma de "contentarse" de manera únicamente subjetiva, emotiva y personal. Es evidente que entonces no podemos más que actuar de manera socio-cultural frente a El, con lo que nos quedaremos en el “disfrute” de la fenomenología humana, personal, que solo es relevante desde el punto de vista subjetivo-cultural-emotivo. Por lo tanto, la revelación no será más que una propuesta humana ajustada a nuestra capacidad para entender lo que "podría" ser Dios.

Volviendo al entendimiento de la religión como una construcción humana, es posible proclamar que las religiones actúan como grilletes espirituales, debido a todos los convencionalismos presentes en ellas. También se puede proclamar que las religiones buscan un espacio cultural-social particular y concreto donde desarrollarse y que esto las hace ser selectivas, en mayor o menor medida, con quienes se integran en ellas. El sentido de pertenencia a determinada religión actúa como factor de confianza y se condiciona a la aceptación de ciertas normas u obediencias, lo que frena el libre desarrollo de la espiritualidad personal. Estas y otras muchas objeciones se escuchan con frecuencia fuera y dentro de la Iglesia Católica. Dentro de la Iglesia Católica hay un grupo de personas que se alinean claramente con un planteamiento agnóstico del cristianismo.

Todas estas objeciones parten de una hermenéutica (entendimiento) que juzga y valora desde la superficialidad y apariencia el hecho religioso. Se entienden los actos y normas religiosas como convencionalismos limitativos de la espiritualidad personal. Estas razones sólo se pueden sustentar si nos fijamos en la capa externa de la religión. Si nos limitamos a las apariencias públicas o privadas, resueltamente toda religión limita en gran medida nuestra capacidad de crear formas nuevas adaptadas a cada uno de nosotros. Pero nos olvidamos que toda la profundidad que contiene en la dimensión interior a las religiones.

A modo de símil, si observamos una piscina podemos considerar los muros que la conforman como limitadores de la libertad de movimientos de quien decide bañarse. Pero es evidente que sin estos muros, no sería posible conservar el agua que nos permitirá nadar. Quienes proponen una religión personal sin limitaciones ni imposiciones, terminan por proponer un espacio de vivencia emotiva que es real ni transcendente.

Lo sagrado, entendido como camino de unión con Dios, se puede sentir ajeno a nosotros o sentirlo como necesario para la nuestra vida. También podemos pensar en lo sagrado como fin o como medio. Podemos decidir vivir la religión de manera comprometida o de manera superficial o incluso utilitaria-funcional. Pero en todo caso, la religión es un camino que nos une a otras personas y nos permite enfocar nuestra vida de forma comunitaria. Comunidad que necesita de confianza y por lo tanto de ciertas normas de convivencia y de desarrollo espiritual. Camino que es misterio, en cuanto no sabemos demasiado de él. Camino que normalmente se desprecia y se cambia por conveniencias ideológicas, dando lugar a la terrible pérdida de unidad que nos aflige. La unidad necesita de pervivencia de lo fundamental. Si lo fundamental se corrompe y se hace contingente, maleable, adecuado a la sociedad, la unidad queda rota por las desconfianzas que aparecen entre nosotros.

Desde mi punto de vista, el Misterio Cristiano (camino o religión) es la particularización de lo sagrado para todos los que nos consideramos cristianos. En un camino común que debemos vivir unidos en comunidad. Sin la comunidad perdemos el anclaje a lo sagrado, que es donde se manifiesta Dios «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18,20).

Este Misterio Cristiano es hermenéutica [2] de todo lo revelado. Misterio que propone un camino que nos acerca a lo Dios por medio de la fe, esperanza y caridad.

En la espiritualidad cristiana oriental se ha conservado el sentido trascendente de la búsqueda de lo Divino asimilado a un camino por el que debemos transitar. Este camino está reflejado claramente por las tres fases de la mística cristiana oriental: Praxis, contemplatio naturalis y theosis [3] que forman parte medular del cristianismo desde el sus inicios. La religión es justamente este camino que nos acerca a Dios unidos en comunidad. Jean Hani dedica un capítulo de su libro “Mitos, ritos y símbolos” [3] a profundizar sobre el significado de esta contemplación y al carácter místico e intelectual de su naturaleza. Entiéndase intelectual en el sentido tradicional y de ninguna manera como el uso aséptico de la lógica de proposiciones, basadas únicamente los aspectos medibles y cuantizables de la realidad.

Revisando las tres fases del camino místico hacia Dios, podemos encontrar muchos elementos de reflexión:

Praxis o ascesis. Representa el dominio de lo contingente que tenemos en nosotros mismos. No se trata de destrozar lo que somos, como algunas escuelas gnósticas defienden, se trata de vencerse por medio de la recta práctica de lo que realmente somos. En un escrito sobre el método de la oración hesicasta según el padre Serafín del monte Athos [4], podemos leer como el camino empieza por dominar las incomodidades corporales, para trascender lo que nos ata a nuestro origen animal. Meditar sentado en un monte y dejando el frío o el hambre en segundo plano, es como se inicia camino. “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga.”” (Mt. 16, 24).

Una vez dominadas las contingencias propias, entraríamos en la contemplátio naturalis. Contemplando la realidad, buscando analogías y esforzándose para ver detrás de ellas las razones que las sustentan, es posible entrever la divinidad oculta tras el velo interno del “sancta sanctórum”. Precisamente en este camino hacia la compresión de la realidad, se va reintegrando, 
en una espléndida unidad, todo lo que en el mundo moderno parece disgregado, caótico o sin sentido. Parece que caminamos de nuevo hacia el Edén. Estamos, por lo tanto, re-ligándonos con lo divino por medio de lo sagrado, que se hace vida real por medio de nuestra religión.

El siguiente paso es la theosis, la divinización. No se trata de hacernos Dios, como algunas sectas gnósticas interpretan el asunto. Se trata de unirnos con Dios reencontrando la relación primitiva que perdimos. En el escrito hesicasta [7], nos localizaríamos en la meditación como Jesús. ¿Qué podemos esperar de esta fase? El escrito hesicasta [4]nos da alguna pista

"
Eso sólo el Espíritu Santo te lo puede enseñar. "Quién es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Lc 10, 22). Tienes que hacerte hijo para rezar como el Hijo y tener con quién él llama su Padre, las mismas relaciones de intimidad que él y esto es obra del Espíritu Santo. El te recordar todo lo que Jesús ha dicho. El evangelio se hará vivo en ti y te enseñará a rezar como hay que hacerlo".

La revelación cristiana permite un acceso a Dios que excede la capa externa de apariencias, ceremonias y convencionalismos sociales que algunos creen que es la religión. Tras esa capa de apariencia se inicia el camino hacia la re-unión. La hermenéutica de la revelación entendida como camino hacia Dios, no es más ni menos el propio Misterio Cristiano en toda su extensión.

[1] “Tiempo cíclico” en la obra de Mircea Eliade y René Girard. Andrade, G y campo-Redondo, S. Utopía y Praxis Latinoamericana Año 7. Nº 17 (Junio, 2002). Pp. 9-35
[2] Esoterismo Guenodiano y Misterio Cristiano. (2005). Jean Borella . Sophia Perennis
[3] Mitos, ritos y símbolos (1999). Jean Hani. José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca.
[4]. Questions de: "Meditation" nº 67. Leloup,Jean-Yves. d. Albin Michel. http://www.terra.es/personal/javierou/con-athos.htm

domingo, 15 de febrero de 2009

¿Qué es lo sagrado?

Seguro que muchas personas se han preguntado y se preguntan qué es lo sagrado. Vamos a intentar responder a esta pregunta de la forma más clara posible.

La etimología nos dice que la palabra "sagrado"  proviene del verbo latino 'sacrare' que significa dedicar una cosa o persona, a una función específica y relevante. Lo 'sacrum' es aquello que se dedica al de culto. Hay autores clásicos, como Tácito, que utilizan la palabra como sinónimo de "santidad", lo que señala la manifestación de "lo sagrado" en una persona. Lo sagrado no es ni alejado ni indiferente al ser humano, ya que se experimenta y se vive a través de actos que relacionan a la persona con determinados objetos, situaciones o actividades que se denominan sagradas o consagradas.

Concretar qué es lo sagrado no resulta complicado si nos atenemos a un enfoque fenomenológico, ya que hablamos de una realidad experiencial del ser humano. Pero la fenomenología también tiene sus limitaciones, como veremos a continuación. De esta manera podemos determina qué poseen objetos, ritos e ideas que en cada cultura o religión para que consideren como sagrados. Además podemos clasificar e interpretar cómo reacciona cada grupo humano ante estos objetos sagrados y qué funciones tienen estos elementos sagrados en la vida cotidiana. Vamos a repasar algunas definiciones de autores de relevancia:

Lo sagrado es el territorio cercano a la orilla donde se hace evidente el límite. Por tanto, es la zona de ruptura, de discontinuidad, de crisis. Por este motivo, es el espacio privilegiado donde nos podemos cuestionar quiénes somos, ya que sólo en la discontinuidad nos percatamos de la continuidad. Tal vez no sepamos a dónde vamos o a dónde debemos ir, pero sí dónde estamos.” (Otón) [1]

"
Las cosas sagradas son las que las protegen y aíslan de las cosas profanas son a las que se aplican estas prohibiciones y que deben permanecer apartadas de aquéllas. La relación (o la oposición, la ambivalencia) entre los Sagrado y lo Profano es la esencia del hecho religioso" (Durkheim) [2]

Lo sagrado se manifiesta siempre como una realidad de un orden totalmente diferente al de las realidades «naturales». El lenguaje puede expresar ingenuamente lo tremendum, o la maiestas, o el mysterium fascinans con términos tomados del ámbito natural o de la vida espiritual profana del hombre. Pero esta terminología analógica se debe precisamente a la incapacidad humana para expresar lo ganz andere: el lenguaje se reduce a sugerir todo lo que rebasa la experiencia natural del hombre con términos tomados de ella..” (Eliade) [3]

Queda patente que la fenomenología aporta valiosa información de los aspectos externos de la sacralidad, pero olvida gran parte de la realidad personal de la sacralidad. Aunque podríamos estar hablando sin parar sobre tal o cual objeto o de tal rito y su expresión o de la manera en que se comportan los diferentes grupos humanos ante un tipo especial de fenómeno, la fenomenología no termina de definir claramente qué es lo sagrado. Lo sagrado aparece en la fenomenología como algo indefinible de forma general, estando delimitado como antítesis de “lo profano”. Por lo tanto, lo sagrado es aquello que nos cotidiano, en nuestra vida y a lo que debemos un respeto reverencial. Esta falta de concreción hace necesario buscar cómo determinar qué es lo sagrado por si mismo.

Si me permiten ir un paso más allá de la mera fenomenología, podríamos definir “lo sagrado” como todo aquello que revela la divinidad o que relaciona la divinidad con lo humano, me parece al mismo tiempo interesante y esclarecedor. Sagrado sería todo lo que relaciona a Dios con el ser humano. Lo profano sería aquello que no incorpora ninguna relación o revelación con la Divinidad.

A partir de esta definición es evidente la razón que lleva a una persona a determinar que un simple objeto, un rito o un texto tiene una valor sagrado. También clarifica la razón que hace que otra puede considere que el mismo objeto no tiene ningún valor adicional a sí mismo. El carácter de sagrado o profano aparece según comprendamos o ignoremos la relación de cada objeto, rito o texto con la Divinidad. Esto nos lleva a descubrir que el concepto de lo sagrado está íntimamente ligado a una hermenéutica interior y personal que da sentido a todo lo que nos rodea. Por ejemplo, Los Evangelios son sagrados para quienes entendemos que Dios se manifiesta/comunica por medio de ellos. Para quien estos textos son solo historias, relatos históricos o fabulaciones, no pueden tener ningún valor adicional al puramente fenomenológico y socio-cultural

Es obvio que las personas que no acepten la existencia de Dios o rechacen su manifestación en el mundo, no pueden aceptar la existencia de sacralidad en sentido estricto. Curiosamente, estas personas también pueden manifestar comportamientos rituales, respetuosos o reverentes en atención valores puramente humanos. En este caso hablaríamos del respeto a la bandera nacional o al ritual de la entrega de los premios Nobel. Esta para-sacralidad solo se relaciona con el respecto mostrado a determinados símbolos o convenciones humanas. No deberíamos confundir estas apariencias con la existencia de algún tipo de sacralidad laica o atea. Es evidente que nuestra sociedad laizante utiliza estas para-sacralidades como sustitutivo de la sacralidad verdadera y además las ofrece como fuente de estabilidad emocional y económica de muchas personas. También podemos darnos cuenta que perder el sentido de lo sagrado puede dar lugar a peligrosas crisis existenciales.

Partiendo de todo lo dicho, cabría preguntarse cómo se revela Dios al ser humano. ¿Qué significa lo sagrado para quienes creemos en Dios? Es evidente que Dios se ha revelado y se revela de forma directa a determinadas personas y estas, a su vez, nos hacen llegar la revelación de manera indirecta gracias a su testimonio. Dios se manifiesta de manera colectiva por medio de todo lo creado, en lo que encontramos constantes referencias a su Creador. Podríamos decir que Dios se revela en todo lo que nos rodea, siempre que seamos capaces de entender lo que nos comunica en cada momento. Esto nos permite señalar un primer tipo de sacralidad correspondiente a la revelación de Dios a los hombre.

Cabría preguntarse ¿Qué razón tiene entonces que existan elementos sagrados creados por el hombre si ya tenemos una manifestación palpable en todo lo que nos rodea? Si consideramos únicamente la sacralidad como algo que procede de Dios y que se dirige hacia nosotros, solo podemos adoptar una posición pasiva frente a lo Divino. En este caso no puede existe diálogo entre Dios y el ser humano. Lo trascendente se convierte en monólogo de Dios, que deja al hombre la única tarea de escuchar pasivamente la revelación. Tendríamos un tipo de sacralidad primitiva, que no es muy corriente hoy en día. Si consideramos que la relación Dios-ser humano es bidireccional, disponemos de espacio para acercarnos a Dios. No podemos esperar pasivamente que Dios se presente delante con el plano del camino a seguir para encontrarle. De hecho si se nos presenta directamente y de forma plena, ya habríamos retornado al Edén y no harían falta mapas. Evidentemente esto no ha ocurrido. El hombre no puede esperar la revelación de manera pasiva ya que la relación implícita en la sacralidad conlleva un diálogo activo.

¿Cómo podemos afrontar ese diálogo? El diálogo lo podemos encontrar en todas y cada una de las actitudes y acciones humanas. Tenemos elementos sagrados que se hacen arte o ritos, pero no podemos dejar de incluir toda nuestra vida. Si entramos en la sacralidad implícita en nuestra vida hablamos de consagración. Es decir, de hacerse sagrado vitalmente hablando. La oración personal y/o comunitaria, los actos religiosos, actividades asociativas dentro de grupos de Fe, son formas activas que nos ayudan a calmar el ansia de Dios que tenemos en nuestro interior. Acercarse a Dios es una labor personal y comunitaria: «
Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos». (Mt 18, 20). Lo que desde nuestra humanidad hacemos para acercarnos a la Divinidad, a Dios, también es algo sagrado.
Es necesario empezar por ser conscientes de la existencia de una tremenda distancia entre el ámbito humano y el divino si dejamos a un lado lo sagrado. Existe un tipo de agnosticismo que parte de la existencia de Dios, pero postula que la distancia hace imposible una relación entre nosotros. Aunque la relación Dios-hombre que existió antes de la expulsión del Edén ha desaparecido, Dios nos ofrece una mediación a través “lo sagrado”, que se constituye como medio o eje principal en la comunicación.

Lo sagrado no es algo abstracto o algo utilizable sin más. Lo sagrado no puede ser utilizado de forma funcional. Lo sagrado debe ser  ordenado de manera que el acceso y comprensión de todo su contenido sea accesible a quienes desean, anhelan, la re-unión con Dios. Re-unión que no es más que la religión, ya que la palabra proviene de re-ligare, re-unir. Esta necesidad ordenación de lo sagrado es lo que llevó a los hombres a conformar las religiones.

A modo de resumen diríamos que las religiones son caminos que nos conducen a lo Divino, a Dios, por medio lo sagrado. Lo sagrado se conforma en la revelación y el diálogo activo del hombre con Dios. En el cristianismo la revelación y el diálogo están contenidos en el Misterio Cristiano que nos une entre nosotros y nos conduce a Dios.



[1] Lo sagrado y los limites de la existencia. Joseph Otón. http://www.asociacionideatica.com/Revista/lo_sagrado_y_los_limites_de_la_e.htm
[2] Las formas elementales de la vida religiosa. El sistema totémico en Australia (1982) Durkeim, Emile. Akal
[3] Lo sagrado y lo profano (1956). Eliade, Mircea.

martes, 3 de febrero de 2009

¿Qué es lo Divino y lo humano?

Divino-humano y sagrado-profano forman dos binomios compuestos por elementos antagónicos que nos encontramos constantemente al escudriñar las profundidades de nuestra religión.

No es raro encontrar que divino y sagrado 
se toman como sinónimos. Lo mismo sucede con humano y profano, que tienden a comprenderse como asimilables . Esta simple asignación de equivalencia, más que simplificarnos la vida, nos trae innumerables dolores de cabeza al intentar componer el puzzle que significa creer en Dios en la sociedad actual. Por lo tanto, es necesario delimitar qué es cada cosa y qué función tiene dentro de nuestro entendimiento.


Encontramos una referencia en la obra de Mircea Eliade. Gracias a ella es posible acercarse al significado de “lo sagrado” como una dimensión de nuestra humanidad y concebir que todo hombre tiene una importante dimensión religiosa. Gabriel Andrade, en su artículo sobre Eliade y Girald [1] hace una síntesis de gran claridad sobre la esencia de la obra de Eliade:

“[Para Eliade]
Lo sagrado es una suerte de absoluto que abarca todo lo religioso y que se opone a su contraparte, lo profano

Tomando como base el “homo religiosus” de Eliade, “lo sagrado” se contrapone constantemente a “lo profano” en todos los aspectos vivenciales y actos que realiza. Además, entiende la dimensión sagrada como algo absoluto y común a todas las religiones, aunque no compartan el mismo concepto de divinidad, práctica y trascendencia. Podemos hacer una primera crítica de esta visión indicando que el entendimiento que Eliade propone es, en muchos casos, poco sistematico [1].

También podemos criticar la reducción simplicista que lleva a considerar que la Divinidad, Dios, forma parte de lo sagrado. Es decir, trata a Dios como un objeto más dentro del universo religioso del ser humano; una idea más que se integra en “lo sagrado”. Aceptar la visión de la divinidad que Eliade nos propone significa aceptar que el “Sancta Sanctórum” está vacío y que lo único que poseemos es una apariencia que forma parte de la dimensión socio-cultural del ser humano. Pensando así aceptaríamos el agnosticismo leve imperante dentro del cristianismo contemporáneo. Para dilucidar el asunto es conveniente elaborar un estructura que sistematice esta serie de dimensiones y nos permita guiarnos entre el caos imperante.


Es necesario reflexionar sobre cómo separamos en nuestro entendimiento estas dos dimensiones: los sagrado y lo profano. 
Lo "profano” se presenta como la antítesis de lo "sagrado”, dando por sentado que no pueden convivir. Si aceptamos esto y aceptamos también que lo sagrado resulta imposible de vivir, es fácil preguntarse sobre la utilidad de lo sagrado. Hay tendencias cristianas que propugnan que lo sagrado es algo obsoleto que es necesario ver toda la realidad en igualdad. Dentro de esta línea de entendimiento podemos citar el agnosticismo cristiano que es típico de las corriente progresistas dentro de la Iglesia Católica y otras confesiones. Para ellos Dios existe, pero está an lejos y le importamos tan poco, que es como si no existiera. 


Hay otro entendimiento que parte de premisas contrarias. Dios existe y está implicado de forma constante y cercana en nuestra vida cotidiana. Aceptando esta premisa la realidad que nos rodea se comprende una manifestación de Dios. Hay que tener cuidado, porque llevando esto al extremo nos encontramos con el pensamiento gnosticista, que propone que lo humano es imaginario, indiferente y despreciable.


No podemos olvidar que somos nosotros quienes valoramos lo que vemos, entendemos y optamos por dar un significado u otro a lo que se nos presenta delante de nosotros. Cada ser humano está llamado a tener un entendimiento de la realidad que nos rodea, un entendimiento es una hermenéutica que nos guiará a lo largo de nuestra vida. Ser consciente de esto y ser responsable, es imprescindible. 


Desde el punto de vista judío y cristiano, “lo divino” es aquella dimensión que se asocia con Dios. Dios es perfección, totalidad, amplitud, belleza, amor, etc. ¿Qué tipo de relación podemos tener los humanos con la divinidad? ¿Hubo alguna relación directa? Mirando el problema desde el punto de vista de la hermenéutica bíblica, la divinidad es inaccesible al hombre desde el momento en que el hombre “es expulsado del paraíso“. Podemos aceptar que antes de la expulsión existía una relación directa Dios-ser humano y que esa relación fue rota por el ansia del hombre por ser como Dios. Entonces ¿Qué posibilidades tenemos de acceso a lo divino desde ese momento? Si aceptásemos que no es posible la existencia de ninguna relación entre Dios y el hombre, entraríamos en la esfera del agnosticismo cristiano actual. Si consideramos que el ser humano fue creado por Dios con un objetivo, es evidente que debe existir una nueva relación que nos permita seguir formando parte del plan Divino. 


Podemos definir “lo humano”, como todo lo relacionado con la naturaleza falible, relativa y condicionada que llevamos en nuestro interior mujeres y hombres. Lo humano se podría considerar circunstancialmente antitético con lo divino, pero a su vez no es posible desligarlo de la creación divina y de los objetivos que Dios tiene para nosotros. Hay algo que liga, amarra, atrae a lo humano hacia lo divino. Un ansia que solo en los tiempos modernos se desprecia y se acalla mediante la ignorancia y el abuso de las sensaciones y placeres.

Entre divinidad y humanidad aparece un puente: lo sagrado. Lo sagrado está integrado por la revelación que Dios ha dado al hombre a través de los siglos. Es la nueva relación entre Dios y el hombre. Relación que cobra todo su sentido y esplendor tras la encarnación de Cristo.


[1] “Tiempo cíclico” en la obra de Mircea Eliade y René Girard. Andrade, G y campo-Redondo, S. Utopía y Praxis Latinoamericana Año 7. Nº 17 (Junio, 2002). Pp. 9-35
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