lunes, 10 de agosto de 2009

Si los tiempos cambian… ¿Por qué la tradición debe permanecer inmutable?


No es raro escuchar esta pregunta referida a todos y cada uno de los aspectos de la vida cristiana. Los tiempos cambian… ¿Por qué la música no debe cambiar en nuestras iglesias? ¿Por qué las ceremonias deben permanecer inmutables? ¿Por qué el arte sagrado debe seguir siendo igual que hace 15 siglos? ¿Por qué nuestra moral debe ser la misma que hace 30 años?... así hasta el infinito.

Lo primero que se debería hacer es delimitar de lo que estamos hablando. Los tiempos cambian… cierto. Cambian continuamente desde que el ser humano apareció, como tal, sobre la tierra. La sociedad humana se comporta como un fluido hirviendo y en constante movimiento. Pero el universo a nuestro alrededor ha cambiado poco el los últimos 100.000 años. El universo se mueve de forma constante y siguiendo las leyes que le dan sentido. Detrás de cualquier suceso casual existen razones y leyes que hacen que las causas se conviertan en efectos. Pero… ¿De qué tiempo estamos hablando? Del tiempo humano o del tiempo no humano. Al decir que “los tiempos cambian” estamos hablando invariablemente del tiempo profano, del tiempo como una hermenéutica que permite a los seres humanos relacionarse con su cotidianidad. Lo profano cambia y además lo hace cada vez más rápido.

Pero el tiempo sagrado no cambia ya que es inmutable. Fue inmutable para un egipcio del siglo XV antes de Cristo, para un cristiano del siglo II y para un desconcertado habitante del Londres de nuestros días. Para todos ellos resultaba y resulta evidente que el tiempo profano no se ajustaba, ni se ajusta, al tiempo sagrado. El tiempo sagrado siempre ha parecido viejo e incomprensible para quien vive en la superficie del fluido en ebullición que conforma la sociedad.

Siempre las religiones han estado en desventaja a la hora de dar respuestas a lo que acontece minuto a minuto en nuestras vidas. Esto se debe a que las religiones se desarrollan en otro tiempo diferente. Es decir, utilizando una hermenéutica diferente para entender lo que nos rodea. No buscan controlar la realidad ni rehacerla a nuestro antojo. Tampoco necesitan de la inmediatez para explicar la profundidad de lo que somos. Las religiones buscan comprender lo inmutable que se esconde detrás de la apariencia de cambio continuo que nos rodea. La esencia de las religiones es el inmutable sentido que une todo y a todos.

Tomemos por ejemplo la música. No es la primera vez que alguien me dice con la vehemencia que conlleva lo evidente: 

-- ¿Cómo vas a atraer a la Iglesia a un adolescente bailón con el “Veni Creatur Spiritus” gregoriano? ¡"Los tiempos cambian” muchacho!, Debemos emplear cantos a base de ritmos modernos para que estos bailones se sientan en su casa. Los primeros cristianos lo hicieron así y así sucedió en todas la épocas.

Lo que evidencia este razonamiento es que mi interlocutor tiene una seria confusión de conceptos y objetivos.
A ver… tomemos a un despierto y mundano estudiante universitario del siglo XII (goliardillo para más señas). ¿Lo vemos en su salsa dentro de la Iglesia cantado y disfrutando con el “Veni Creator Spiritus”? Seguramente donde si sentiría inspirado sería cantando de taberna en taberna sus profanos y picantes cantos.

Tomemos un campesino que a duras penas entendía una de cada 4 palabras en latín. Tomemos a los primeros mercaderes preocupados por los problemas de cambio de moneda o los soldados que rumiaban una inminente guerra. ¿Cantar el “Veni Creator Spiritus” les divertía? Yo creo que no. Sus preocupaciones, gustos y diversiones estabn en otros sitios.

Si nos vamos a los primeros cantos cristianos, nunca nos encontraremos con canciones de moda preparadas para bailotear en medio de los oficios religiosos. Los cantos mozárabes o ambrosianos son evidentemente sagrados y alejados de los cantos populares con los que la gente se divertía de manera profana. La música sagrada guarda relación con el tiempo y el espacio sagrado donde se desarrolla, no con el factor divertido de su uso.

Nunca la música sagrada ha sido divertida ni ese ha sido su objetivo. La música o canto sagrado llena y da sentido a la liturgia confiriéndole un nivel de belleza superior al de las palabras dichas sin más. La belleza no es divertida, es sagrada, inmutable, paradigmática… llena de significado y penetra en el simbolismo inherente al cristianismo.

¿Qué sentido tiene traer a un adolescente bailón a una Liturgia llena de sacralidad desarrollada en un Templo antiguo, donde se cantan temas gregorianos o ambrosianos? Para mi , mientras el adolescente bailón no lo necesite, no tiene sentido obligarlo a vivir este tipo de vivencias.

¿Qué sentido tiene traer a una persona que busca acercarse a Dios y vivir esta unión sagrada, a una celebración llena de cantos, risas, bailes y aplausos? Tampoco tiene el más mínimo sentido. Cada nivel de vivencia de la Fe necesita de un lugar y un tiempo diferente donde y cuando desarrollarse.

Lo que nos podríamos preguntar es ¿Por qué en nuestras celebraciones católicas hemos olvidado este hecho? Intentamos mezclar pastoral, Liturgia, diversión y sacralidad en un mismo acto. Hemos convertido las celebraciones litúrgicas en celebraciones extrañas e inconexas. Hemos confundido los momentos de acceso a lo sagrado con los momentos de alegría comunitaria.

No deseo decir que esto sea malo o que no sea necesario hacerlo. Es bueno y estupendo reunirse a alabar a Dios y cantar felizmente lo que sentimos. Cantar, reírnos, aplaudir, bailar, etc… pero esto no es liturgia, no es sacralidad. Son celebraciones, más o menos profanas de nuestra Fe, que evidencian de la alegría que llevamos dentro por creer en Dios. Grande es el Señor y digno de alabarlo en todo momento.

Evidentemente el lugar para estas celebraciones no es un Templo. Los Templos resultan inadecuados e incómodos. Por eso nuestros Templos están desapareciendo convertidos en salas de reunión comunitaria. Ante la inutilidad de los antiguos templos para las celebraciones actuales, éstos se ceden o se venden a las administraciones públicas para que los utilicen como museos y sedes oficiales. Mientras, la arquitectura religiosa actual se acerca a la arquitectura multifuncional que nos llegó a partir de los años 70. Todo un contrasentido.

En este contexto la liturgia se banaliza y hasta estorba para el desenvolvimiento de las celebraciones actuales. Por eso en las misas actuales se intenta incrementar los tiempos para cantar, bailar, abrazarse y hasta aplaudir a quien dice algo ocurrente a la pregunta del sacerdote-entrevistador. Se canta el cumpleaños feliz o se baila en honor de quien toque ese día. Esto no son invenciones, son cosas que muchos católicos vivimos en las misas dominicales.

Es evidente que estas celebraciones festivas atraen a más personas que las viejas liturgias y que las canciones guitarreras divierten más que el canto gregoriano. El sacerdote ve que su feligresía crece y siente el éxito de su proceder. Es indudable que ofreciendo diversión e inmediatez, tendremos a más personas interesadas en recoger el Mensaje Cristiano que se explicita dentro de las ceremonias. Pero lo malo es que este éxito se logra profanando (hacer profano) la Liturgia y el Templo, reduciendo el Misterio cristiano a algo arcaico y casi olvidado en los libros. Una pieza de museo que carece de vida.

Este planteamiento hace que mucho de lo dicho por Cristo y transmitido por los Apóstoles, quede en segundo plano, sospechoso de ser algo imaginario e inservible para el ser humano actual. Fijémonos como se pasa de puntillas y corriendo en episodios como la transfiguración o los mismos milagros de Cristo.

Hoy he recibido por email, un escrito de un teólogo que defiende que la muerte de Cristo en la cruz fue algo accidental. Para algunos católicos hasta la cruz deja de tener sentido (1).


(1) La cruz no era necesaria. Luis Alemán Mur http://www.feadulta.com/aleman-23.htm

viernes, 24 de julio de 2009

El sentido de lo sagrado


No es raro encontrarse con personas que cuestionan el sentido de la sacralidad en el mundo actual. Pareciera que para ellas lo sagrado fuese sinónimo de mítico e imaginario. Es sintomático que este rechazo no provenga únicamente de personas alejadas de la religión y cercanas a postulados materialistas. Muchos cristianos en general y católicos en particular, minusvaloran el vínculo que la sacralidad establece entre Dios y el ser humano. Para estas personas Dios es tan lejano o está tan recluido en nuestra emotividad interna, que solo nos condiciona a ser socialmente positivos.

Siguiendo con la temática relativa a los aspectos internos y externos del cristianismo nos encontramos con la necesidad de interpretar claramente qué es la sacralidad. Aunque las Iglesias latina y griega han guardado el sentido de lo sagrado que existía en los primeros tiempos y que impregnó todo la vida y mensaje de Cristo, en la actualidad el sentido de lo sagrado parece haberse desvanecido. En el mejor de los casos se asimila con lo venerable o respetable. Se tiende a interpretar la sacralidad únicamente desde el punto de vista cultural y psicológico, por lo que resulta evidentemente de escasa utilidad para el ser humano actual.

Previamente a entrar al tema, creo que es necesario definir a qué llamo sentido. Al hablar de sentido, me refiero todo lo que estructura y da coherencia a algo. Es decir, objetivo, presencia, significado, representatividad, profundidad, historia, etc.

Lo sagrado es largo de definir, por lo que remito al post que dediqué por entero al tema: ¿Qué es lo sagrado?

Resumiendo el asunto, la sacralidad es una propiedad que hace que reconozcamos algo como sagrado. Como indiqué en el post antes citado, la sacralidad se reconoce en la medida que cada uno de nosotros somos capaces de “leer” o interpretar determinados objetos, espacios, actos o textos como caminos de interrelación con Dios. Es evidente que si ignoramos la hermenéutica implícita, seremos incapaces de encontrar o entender la sacralidad presente en algo. Seremos capaces de dar a lo sagrado un sentido tradicional o cultural a lo sagrado.

Para empezar a entender la sacralidad es necesario comprender la relación que tiene con el concepto de analogía y paradigma. Jesús solía explicar las verdades incomprensibles por medio de parábolas. Con las parábolas nos indicaba las similitudes que tenía lo inabordable con lo cotidiano. Jesús estaba familiarizado con la necesidad de dar a conocer a Dios por medio de las analogías presentes en la creación como única forma de hacer llegar al ser humano, el conocimiento de la divinidad

Esta forma de proceder no es nada extraña. De forma similar, un matemático sabe que una formula matemática no es la verdad por sí misma, pero gracias a ella se puede expresar una analogía gráfica y funcional de la misma.

Cuando veneramos un objeto como sagrado, lo que deberíamos hacer es leer en éste la analogía que nos da noticia o comprensión de Dios. No adoramos el objeto ni le damos rango divino, solo nos acercamos a Dios por medio suya. Dios es quien se nos revela gracias a la analogía presente en el objeto, espacio o ritual. El objeto sagrado es una puerta que nos comunica con Dios.

Siempre que encontramos una analogía en dos sistemas, reconocemos que existe una relación que nos permite comprender uno observando el otro. De igual manera, es posible comprender la revelación divina por medio de iconos, escrituras, templos o la misma naturaleza.

Los judíos utilizaban constantemente las sagradas escrituras como referencia que daba consistencia a los hechos que vivían. No es raro encontrar citas y referencias que llevan de libro en libro, del Antiguo Testamento. ¿Qué razón tendrían para hacer esto? Precisamente lo hacían para dar noticia cierta de algo, ya que quedaba corroborada dentro de la analogía bíblica correspondiente.

Los actos y discursos de Jesús y los Apóstoles están llenos de referencias a la Biblia más allá de la simple textualidad. Con ello lograban dos cosas: dejar constancia de que sus actos estaban en consonancia (resonancia) con los designios de Dios y dar veracidad a lo que después se contara de ellos. Por lo tanto, actuaban y describían sus acciones de manera sagrada haciendo patentes los lazos de analogía de presente y pasado.

Podríamos decir que el sentido de lo sagrado es reestablecer el vínculo con Dios gracias a analogías y paradigmas… pero al mismo tiempo, hacer que nuestros actos sean significativos y estén en sintonía con el plan de Dios. En una frase, comunicarnos con Dios siendo símbolos de la verdad.

Retomando el tema de la dualidad de Mensaje-Misterio Cristiano, seguramente nos preguntemos dónde encaja lo sagrado. ¿En el Mensaje o en Misterio? Desde mi punto de vista, lo sagrado es consustancial a ambos. Utilizando el símil (analogía) de una moneda, lo sagrado sería el metal donde se imprimen cara y cruz: Mensaje y Misterio.

Si eludimos hacer referencias al sustrato, que une cada elemento del Mensaje y Misterio, mediante analogías que subyacen en todo lo revelado y creado, nos quedamos con un mensaje sustentado en el voluntarismo y buenismo que impregna la postmodernidad. Además, al excluir la sacralidad se pierde el sentido de veracidad, a la vez que se pierde la comprensión analógica que conlleva. Por eso, la tradición apostólica es tan importante para poder interpretar las escrituras, ayer, hoy y mañana. El peligro de olvidar el sustrato sagrado es la relativización, a nuestro gusto, del mensaje cristiano… suceso demasiado habitual en la actualidad.

La tradición católica y ortodoxa nos ha enseñado que el mensaje debe estar unido al misterio y además estar ambos constantemente referenciados a la revelación de Dios. Los evangelios, cartas apostólicas textos, sermones y libros de los Padres de la Iglesia demuestran la necesidad de esta sintonía y resonancia con la revelación divina. La sacralidad, por lo tanto, reúne y consolida el vínculo entre lo humano y divino por medio de símbolos.

Hace poco conversaba el hilo: "La evangelización no empieza por la sacramentalización" del blog de Iglesia Provocativa sobre la necesidad de dotar al mensaje cristiano, incluso al propio kerigma, de su aspecto sagrado.

Traduciendo, lo que proponía era dotar al mensaje de anclajes, analogía y resonancias que den certeza, coherencia y que además vayan enseñando, a quien lo oye, que todo está ligado por los distintos niveles de la revelación. Mi opinión extrañó. Seguro que más de uno se preguntó ¿Qué dice este buen hombre sobre que el kerigma debe estar impregnado de sacralidad? Vaya ideas tiene…

Vayamos a la fuente del Kerigma. Si tomamos el discurso de Pedro en Pentecostés nos daremos cuenta que está impregnado de sacralidad de arriba abajo: Hch 2, 14-47

Cada frase tiene resonancias y lazos con la revelación de Dios al pueblo judío y a la que los Apóstoles recogieron de Cristo. No es momento para que desgrane frase por frase todo el discurso, pero la referencia a David, la profecía de Joel (Jl 1,3) y el colofón del bautismo de los convertidos son botones de muestra de cómo el discurso del Kerigma se unió con puntadas llenas de sacralidad. Esta sacralidad fue la que despertó en los judíos, confianza en lo que se decía y les llevó a aceptar el bautismo. El bautismo actuó como broche de compromiso con Dios y con la Iglesia naciente. El acto bautismal, como sacramento que es, actuó como catalizador que acrecienta el compromiso e induce carácter a quien lo recibe.

Este discurso no hubiera tenido el mismo efecto en paganos. Recordemos que el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas no tuvo el mismo efecto que el de Pedro en Pentecostés. La sacralidad griega no tenía vínculos sagrados necesarios para aceptar como verdad lo que Pablo les expuso… y eso que Pablo, que no era nada tonto, supo urdir un discurso ajustado al “dios desconocido”. Lo malo es que los atenienses eran ya escépticos consagrados y ese dios desconocido era eso… desconocido.


Entonces ¿Cómo se evangelizó a los paganos? El Kerigma evidentemente no fue el detonante de su conversión. Pero el tema de los paganos excede totalmente este post.

sábado, 11 de julio de 2009

Las has revelado a la gente sencilla

El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda. Pero el Padre quiere ser conocido: le conocerán aquellos a quienes el Hijo se lo revelará. La palabra «revelará» no se refiere sólo al futuro, como si el Verbo no hubiera comenzado a revelar al Padre si no después de nacer de María, sino que se refiere a la totalidad del tiempo. Desde el principio, el Hijo, presente en la creación que él mismo ha modelado, revela el Padre a todos los que el Padre quiere, cuando quiere y como lo quiere. En todas las cosas y a través de todas las cosas, no existe más que un solo Dios Padre, un solo Verbo, un solo Espíritu y una sola salvación para todos los que creen en él.

En efecto, nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, si el Hijo no se lo revela, ni conocer al Hijo sin el «beneplácito» del Padre (Mt 11,26). Ahora bien, todo lo que el Padre, en su gran bondad, quiere, el Hijo lo lleva a plenitud: el Padre envía, el Hijo es enviado, y viene. Y este Padre infinito, invisible para nosotros, su propio Verbo lo conoce, y hace conocer lo inexpresable (Jn 1,8).

San Ireneo de Lyón (aprox 130- aprox 208), obispo, teólogo y mártir de la Iglesia - Contra las herejías, IV, 6, 4.7.3

Esta semana leía sobre los cursos Alpha que se celebran estos días en Londres, sus objetivos y los resultados obtenidos.

Descubrí la existencia de estos cursos gracias al blog “Una Iglesia Provocativa” y tanto los diferentes entradas sobre el tema, como los comentarios, me han hecho reflexionar. Primeramente busqué referencias para profundizar un poco más en los objetivos y el modo de actuación, datos que encontré en este enlace a Catholic.net

Resumiendo, se trata de cursos enfocados a personas que desconocen todo o casi todo del mensaje cristiano y a la(s) Iglesia(s) que lo proclaman. Se organizan de forma ecuménica, conducidos de igual forma por católicos, ortodoxos o evangélicos. Como se trata de acercar a personas alejadas y muy in-culturizadas en la sociedad actual, se sigue una estrategia ligada al marketing, que busca principalmente cuestionar el inmenso vacío existencial que estas personas viven.

Siguiendo las indicaciones que aparecen en catholic.net, la difusión se basa en el boca a boca, ya que quien pasa por este itinerario tiende a invitar a amigos, familiares y conocidos. También se utiliza propaganda en TV y radio para llegar un paso más allá del círculo de amistades de los asistentes. La secuencia se compone de una serie de breves conferencias, tras la cuales se pasa a una estupenda cena donde está prohibido hablar de religión.

Tras una serie de conferencias-cena se hace un retiro que resulta determinante para que se produzca el cambio buscado por el programa. Los que vuelven del retiro lo hacen impactados y mostrando signos evidentes de transformación. Esto intriga a los que no han asistido al retiro y les motiva a apuntarse al mismo.

Lo cierto es que tras este curso, muchas personas retoman (inician) su vida religiosa y bastantes no bautizados deciden dar el paso de bautizarse e integrarse en una Iglesia.

La primera reflexión que me hago es el inquietante paralelismo existente entre al evangelización de los primeros siglos y la actual. Después de 20 siglos de presencia cristiana en Europa,… ¿Cómo puede haber tanta ignorancia sobre le cristianismo? Resueltamente, el texto de San Ireneo nos da una pista nada despreciable:

“El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda.”
También nos recuerda San Ireneo, que la revelación no es un suceso excepcional, ya que Dios se ha revelado desde el mismo acto de la creación del universo. Además, Dios sigue revelándose al ser humano actual por medio de cada uno de los caminos sagrados que nos ha legado.

Entonces, ¿Qué sentido tienen estos cursos alpha? Primeramente ser conductos de la revelación de Dios. Ser conductos por los cuales la Palabra revela a Dios al mundo. En si misma, la evangelización puede ser comprendida como un acto sagrado, ya que se actúa de puente entre Dios y los hombres.

Pero es evidente que Dios se nos revela de manera más profunda y plena en los sacramentos. Quienes acepten la revelación de Dios necesitan iniciar su vida cristiana por medio del bautismo. Tras del bautizo necesitarán de una sólida catequesis que les vaya introduciendo en aspectos más profundos.

Los comentarios que leo en el blog de “Una Iglesia Provocativa” tienden a subrayar dos aspectos importantes, que se “olvidan” en estos cursos:
  1. La existencia de una Iglesia verdadera. Dado que se parte de una organización ecuménica, los asistentes serán los que decidan donde acercarse después de completar el itinerario. Es evidente que esto presupone una situación de equivalencia de todas las Iglesias que resulta incómoda a muchas personas.
  2. La existencia de una sacralidad implícita dentro de la revelación. Esta omisión proviene de las Iglesias evangélicas que desconocen este aspecto primordial del cristianismo. Hay que ser conscientes de que es complicado crear un vínculo ecuménico que muestre la importancia de la sacralidad.
Desde una perspectiva cristiana tradicional, estos son dos aspectos capitales para iniciar cualquier acercamiento a nuestra religión. ¿Podríamos posicionarnos contra estos cursos Alpha por olvidar estos dos aspectos?

Todavía queda mucho que reflexionar sobre el ecumenismo y el sentido/sinsentido del acercamiento a las posturas desacralizadotas de las Iglesias evangélicas. Dicho esto también es necesario aceptar que en la proclamación del mensaje cristiano, nos llevan una ventaja considerable. Los católicos hemos nos hemos ido olvidando del aspecto proclamativo del evangelio: El Kerigma. El Kerigma se proclama a los no creyentes y a los alejados de forma directa.
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor." Lucas 4:18-19
El mi anterior post indicaba que Mensaje y Misterio son dos caras de la misma moneda. Uno sin el otro deja a la moneda sin valor ni sentido… por lo que hemos de ser conscientes de la necesidad de dar importancia a ambos. San Ireneo indica sin dudas que El Verbo nos hace llevar no solo lo explicable (Mensaje) sino que también nos hace llegar lo inexplicable (Misterio). En todo caso, no somos nosotros quienes evangelizamos… es Dios mismo El que a través nuestra, se revela a quien quiere aceptarlo.
Lo realmente importante es no olvidarnos que aunque sea el primer paso, no podemos quedarnos con un cristianismo Alpha… tenemos que vivir y proclamar el objetivo de llegar ser cristianos Omega. Y eso requiere de compromiso, perseverancia y sacralidad.

sábado, 4 de julio de 2009

Dios es Luz


La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, sentimos y no procedemos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. (1 Juan 1,5-7)
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Sobre este fragmento de la primera carta de San Juan se puede escribir mucho. La primera criatura creada por Dios fue la luz. “Fiat Lux” (Gn 1,3) y la luz impregnó todo lo que a continuación fue creado. Podríamos decir que Dios se nos da como luz que no deja lugar a la sombra. El siguiente texto del Abbe Henri Stephane es muy clarificador:

A menudo solo se retiene de la primera epístola de san Juan que «Deus caritas est»; es evidentemente, si se quiere, la cumbre de la Revelación, de ahí el resto se destila según la dialéctica del Amor: creación, caída, redención, gracia, etc., y el Amor aparece con su complemento inseparable, la Cruz y el desapego absoluto y total. San Juan de la Cruz encarna este doble aspecto; él es esencialmente el Doctor del Amor y de la Cruz.

Esta epístola conlleva igualmente otro aspecto, que completa al precedente, y que el apóstol san Juan, que ha dicho todo porque él ha visto todo, no ha olvidado. Es incluso por eso como comienza su primera epístola y todo su Evangelio está impregnado de ello: «El mensaje que él nos ha hecho oír, y que nosotros os anunciamos ahora, es que Dios el Luz y que en El no hay tiniebla alguna» (1 Juan I,5)

Después de la caída, el hombre camina en las tinieblas, en la mentira, en el error, en la desorientación, en la dispersión; el mundo está bajo el imperio de Satán, Príncipe de las Tinieblas y de la Mentira. El hombre vive en la ilusión de su propia realidad y olvida que su verdadera realidad reside en Dios, en ese Verbo «en quién todo ha sido hecho». Porque Dios es el Ser Total fuera del cual no hay nada: el Todo es inmanente en cada una de las partes, sin lo cual el Todo no sería el Todo, puesto que estaría limitado por una de las partes. Así, la parte no se distingue que según un modo ilusorio del Todo al cual ella pertenece. A partir de eso, conferirle una realidad propia, verlo independientemente del Todo que la contiene, mirarla como una «cosa en si» es la ilusión de las ilusiones, el error, la perdida, la mentira, las tinieblas. Después de la caída, la inteligencia del hombre, privada de la Luz, vive en esa ilusión, se detiene en las apariencias de las cosas, se deja atrapar en la red de sus propios límites y de los límites de las cosas, y no ve más en las cosas y en si mismo la Única Realidad del Todo, fuera del cual la realidad de las cosas no es más que ilusoria.

La Revelación vino para volver a enseñar al hombre a leer en las cosas y en si mismo el lenguaje divino del Verbo Creador, a reencontrar en ellas y en si su verdadera esencia que es divina. Así Dios es Luz; el Verbo es «la Luz que luce en las tinieblas» y que «ilumina a todo hombre» (Juan I, 5-9); en lenguaje teológico, esta Luz que ilumina la inteligencia del hombre, es la fe, y son también los dones de a Ciencia, de la Inteligencia y de la Sabiduría, siendo esta a la vez Luz y Amor. Bajo la influencia de estos dones, el alma aprende a reencontrar en si y en todas las cosas la verdadera Realidad que es Dios; ella alcanza así la contemplación y todas las cosas le hablan de Dios, de este Verbo que, en cada instante de la eternidad, le confiere la existencia. Ella llega así al conocimiento del misterio, del cual el apóstol afirma que tiene la inteligencia (Ef. III,3): es el misterio del Verbo y de la Creación de todas las cosas en el, el misterio del Verbo Encarnado y de la Restauración de todas las cosas en él: «Reunir todas las cosas en Jesucristo, aquellas que están en los cielos y aquellas que están en la tierra» (Ef. I, 10)

Pero una contemplación tal, una tal visión de Dios supone que el alma a comenzado por desapegarse de todas las cosas, con el fin de reencontrarlas y de contemplarlas en Dios donde ellas tienen su verdadera realidad. Se reencuentra así el desapego y el amor, que, unidos a la contemplación, constituyen la Suprema Sabiduría. 
Abbé Henri Stephane, (tomado de la página: contemplatio: http://usuarios.lycos.es/contemplatio/con-henri-diosesluz.htm)

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Abbé Henri Stephane (1907-1985) es el pseudónimo utilizado por el sacerdote francés André Gircourt.  El P. André  vivió ignorado por el gran público, salvo para un círculo de amigos cercanos. Su vida se desarrolló bajo el doble signo de la plegaria y la teología. Nunca mostró interés por la publicación de sus trabajos y se limitó a no oponerse a ello cuando otros tomaron por él esa iniciativa. Su especial sentido de la mística le procuró recelos considerables, antes y después de Concilio Vaticano II. 

sábado, 27 de junio de 2009

Mensaje y Misterio. Dos caras de la misma moneda.

En el universo, los paradigmas que actúan a manera de cemento sobre los que se sostiene la realidad. Las leyes universales se desdoblan en infinidad leyes particulares que actúan de forma similar, aunque lo hagan sobre naturalezas diferentes. Por nuestra parte, los seres humanos entendemos el universo como cosmos (Orden) gracias que somos capaces de reconocer y utilizar estos paradigmas, ya sea de forma consciente o intuitiva.

Me propongo introducirme en uno de estos paradigmas universales que se particulariza dentro de nuestra religión en binomio inseparable: mensaje y misterio. Estos dos elementos permiten reconocer una estructura externa sólida que permite guardar un contenido de gran valor, aislándolo del exterior. Parte interna o contenido, considerados por separado, carecen de sentido. Esto sucede de manera similar a un vaso, cuya estructura externa es la que permite definir una cavidad vacía. El vacío que deja la externalidad del vaso es lo que permite contener un líquido. El sentido del vaso es contener y por ello se reconoce como tal y se diferencia de otros recipientes. Un vaso destinado a permanecer vacío carece de sentido. De igual forma carece de sentido que vertamos vino sobre la mesa sin nada que lo pueda retener y permitirnos beber.

De manera análoga, el mensaje cristiano permite sostener el misterio inherente. Si nos olvidamos del misterio, el mensaje deja de tener sentido. Si nos olvidamos del mensaje, el misterio se perdería ante su incapacidad de proyectarse en la realidad.

Decía San Ambrosio de Milán en su Tratado de Misterios:

Abrid, pues, vuestros oídos y percibid el buen olor de vida eterna que exhalan en vosotros los sacramentos. Esto es lo que significábamos cuando, al celebrar el rito de la apertura, decíamos: «Effetá», esto es: «Ábrete», para que, al llegar el momento del bautismo, entendierais lo que se os preguntaba y la obligación de recordar lo que habíais respondido. Este mismo rito empleó Cristo, como leemos en el Evangelio, al curar al sordomudo. (…) Después de esto, se te abrieron las puertas del Santo de los Santos, entraste en el lugar destinado a la regeneración. (San Ambrosio de Milán, Tratado de Misterios I,3-5)

Detrás del mensaje está el misterio, siendo el misterio el que da consistencia y coherencia a la estructura mensaje. El misterio da validez eterna al mensaje y permite que sea entendido por cada generación de forma similar a la anterior.

Hoy en día, los cristianos en general, estamos muy preocupados por el mensaje y su acción sobre la realidad. Nos preocupamos por dar propiciar que el Reino de Dios se manifieste. Pero el Reino de Dios nos es solo la acción del mensaje cristiano sobre la realidad; es la presencia misteriosa de Dios entre nosotros obrando y transformando el mundo:

Los fariseos le preguntaron cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: "Está aquí" o "Está allí". Porque el Reino de Dios está entre vosotros". (Lc 17, 20-21)
Pero ¿Quién o qué está entre nosotros? El propio Jesús está entre nosotros cuando dos o más nos unimos en su nombre (Mt 18,20).


¿Qué pasa si el mensaje toma protagonismo tal que se olvida o desprecia el misterio? Las obras que hagamos de forma individual o colectiva será únicamente obra humana… pronta a corromperse y destruirse. El mensaje puede ser trucado, robado o pervertido con tal facilidad que se vuelve contra nosotros mismos en forma de críticas e insidias destructivas. Entonces se derrumban las acciones y proyectos que creíamos sólidos como la roca. ¿Por qué? Porque nos hemos olvidado que Dios es quien cohesiona y sustenta con la sacralidad las obras que provienen de la misma. Cuando vemos derrumbarse las obras nos cuestionamos si el mensaje es realmente válido y si no es posible actuar de manera más efectiva fuera de la propia Iglesia. En resumen, el desánimo y dudas se apoderan de nosotros.

¿Qué pasa si el individuo toma el protagonismo tal, que se desprecia la comunidad? De nuevo se destruye el vínculo sagrado que define Cristo sin lugar a dudas: “… donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sin comunidad y sin acción comunitaria perdemos rápidamente la brújula y empezamos a ser nosotros los protagonistas de la película. Ya no nos hace falta la comunidad de creyentes para llevar adelante nuestro proyecto. Pero no somos eternos y somos volubles. Lo que hoy es nuestro objetivo vital, mañana no lo es… y entonces lo construido de cae en pedazos.

Hoy en día tendemos a despreciar el Misterio y a desvalorizar la comunidad. Vemos en ambos ataduras y restricciones inadmisibles, por lo que nos sentimos más cómodos solos actuando con pragmatismo. Tal vez tengamos que reflexionar sobre el asunto y volver sobre nuestros pasos al momento en que rompimos el vínculo sagrado que nos une a Dios.

sábado, 20 de junio de 2009

Sagrado Corazón de Jesús. Oración y devociones.

En un mundo tan moderno y bien comunicado como en el que vivimos ¿Qué razón tenemos para orar? ¿Qué razón podríamos tener para adoptar una devoción particular?

Podemos clasificar las oraciones que realicemos puede enfocarse de tres formas diferentes:

a) Aquellas que piden los bienes y gracias cotidianas necesarias para poder vivir y desarrollar la actividad cotidiana
b) Aquellas que se realizan para alabar y dar gracias por lo recibido.
c) Aquellas en las que el orante se somete, todo humildad, a la inescrutable voluntad de Dios. Son oraciones contemplativas que buscan alcanzar un punto de contacto que nos una a Dios.

Todas estas formas son respetables y necesarias para los creyentes. Todas ellas reflejan el sometimiento a la voluntad divina. Todas permiten expresar nuestros sentimientos y anhelos a Aquel que está más allá de nuestra finitud y nuestras limitaciones. Pero la tercera opción es la que nos permite elevarnos un peldaño y acercarnos un poco más a Dios. No se pide nada, solo se contempla y se siente la sacralidad que nos une a Dios. Pero ¿Cómo comprender este tipo de oración? ¿Cómo enfocarlo en la práctica?

En un breve tratado anónimo sobre la oración nos podemos encontrar con algunas pistas para responder a nuestras preguntas:


“En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Bondad, Belleza, Amor ...

No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades.

Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el espíritu de Dios.

Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Absoluto y con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa.

Sumergirse en el "acto orante" es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a toda la creación), y a todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración.

Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado.”


(Breve tratado sobre la oración . Anonimo)


La oración es parte imprescindible de nuestro camino hacia Dios ya que es un acto donde nos sumergimos en la sacralidad de forma voluntaria y consciente.

Las oraciones se pueden estructurar en rituales más completos y ricos dondo lugar a devociones más o menos tradicionales. Tenemos el Rosario, las Novenas, Octavas, etc… que nos permiten acceder de forma colectiva a los beneficios de la oración contemplativa. Dentro de las devociones podemos citar al Rosario y la devoción del Sagrado corazón como dos de las más importantes y profundas


Jean Hani nos habla de estas dos devociones capitales para el creyente católico.

“Quisiera recordar tan sólo dos de estas intervenciones celestiales, que se encuentran entre las más importantes y de las que cabía esperar los mayores efectos para la cristiandad: la solemne institución del Rosario y la introducción del culto al Sagrado Corazón.

No es que estas dos «devociones» se encuentren totalmente olvidadas, pero sí es verdad que han pasado a segundo plano; además, y esto es más grave, la mayoría de quienes las practican, sean clérigos o laicos, no conocen más que su significado más exterior, de tal suerte que no constituyen más que meros ejercicios de piedad, lo cual es mejor que nada, desde luego, pero que sin embargo hace que se ignore su más profundo significado, valor, y por tanto eficacia, que son precisamente lo que hubiera podido repercutir en el destino del catolicismo. A mostrar este significado esencial van destinadas las reflexiones que siguen, pues la «devociones» siguen conservando naturalmente intactas sus secretas riquezas a disposición de quienes aspiren a ellas.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

No es ninguna novedad que se diga que las devociones se toman actualmente como elementos de piedad sentimental carentes de utilidad. Por lo tanto son rechazadas por el “creyente moderno” por la apariencia de dulzona y sentimental que han creado entorno suya. Para este nuevo creyente practicar las devociones supone una perdida de tiempo y un aburrimiento inaceptable. Jean Hani, en el mismo capítulo dedicado al culto de Sagrado Corazón, muestra su discrepancia con este punto de vista contemporáneo:

“Si bien, como hemos dicho ya y como se verá más adelante, la doctrina del Sagrado Corazón hunde sus raíces en los propios orígenes del cristianismo, su formulación expresa fue ante todo objeto de revelaciones privadas. Lo cual se explica por el hecho mismo de su importancia, debida a su carácter totalmente «interior», como señala justamente H. Montaigu en su excelente libro sobre Paray. El cristianismo tiene por dogmas oficiales los misterios, que, por otra parte, son también los arcanos de la vida contemplativa; Cristo desveló algunos desde el comienzo; los demás, poco a poco, en el transcurso de la historia de la salvación. Este es el caso del «misterio del Corazón». Y así se explica su carácter escatológico: la revelación de este misterio, que es el centro más interior de todo el misterio crístico, estaba reservada al período del «Fin de los tiempos», o dicho de otro modo, al fin del ciclo de nuestra humanidad. Eso es lo que se desprende de una revelación recibida del apóstol San Juan por Santa Gertrudis (siglo XVI). La santa le preguntó por qué no había escrito nada sobre el corazón de Cristo; San Juan le respondió: «Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comenzase a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada»

Por eso, muy al contrario de no ser más que una devoción entre otras, el culto al Sagrado Corazón, que viene de lo más profundo del cristianismo, aparece como la tentativa, por parte del Cielo de enderezar y renovar toda la tradición cristiana, en el campo de la espiritualidad individual, por supuesto, pero también –cosa que suele olvidarse, o incluso ignorarse– en el campo intelectual y en el campo social.” (Jean Hani.
El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

Quizás no sea evidente para el católico actual, pero el Corazón de Jesús contiene su Bendita Sangre, lo que nos lleva directamente al misterio eucarístico y está en consonancia con tradiciones que se hunden en la antigüedad, como es la leyenda del Santo Grial.
“Todo el simbolismo y todo el significado del Sagrado Corazón está sintética y maravillosamente resumido en algunas invocaciones de las letanías que le están consagradas. El Corazón de Cristo es llamado «Templo santo de Dios», «Tabernáculo del Altísimo», «Casa de Dios y Puerta del Cielo», «Hoguera ardiente de caridad», «Santuario de la Justicia y del Amor», «Rey y Centro de todos los corazones», «Corazón donde reside la Plenitud de la Divinidad», «Fuente de vida y de santidad», «Corazón cuya plenitud se derrama sobre nosotros», «Corazón en el que se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Se ve de inmediato que tales denominaciones no pueden aplicarse al corazón tal como lo concibe el mundo moderno, o sea únicamente como centro emocional y sede de los sentimientos.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

En esta semana en la que se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no está de más que intentemos hundirnos un poco más en el significado y el simbolismo de la devoción, ya que si no hacemos este esfuerzo la devoción se nos presentará como una costumbre anacrónica y prescindible para el católico contemporáneo.

Para conocer más sobre la devoción pueden consultar en esta dirección:
http://www.revelacionesmarianas.com/paray_le_monial.htm


Cor Iesu Christi,
plenum veritatis,
plenum sanctitatis,
plenum pietatis.
Infinitum sapientia,
infinitum potentia,
infinitum clementia,
Cor Iesu Christi.

Cor Filii Dei,
Cor Agni Dei,
Verum Cor Dei,
Cor Regis magni,
Cor Regis sancti,
Cor Iesu mei.
Oración tomada del estupendo blog: http://laudetur-iesus.blogspot.com/

sábado, 13 de junio de 2009

Corpus Christi

Por estas fechas se celebra en España y en el mundo la fiesta del Cuerpo del Señor, la fiesta de la Eucaristía.

La palabra eucaristía proviene del griego y significa “acción de gracias”. Al hecho de participar en la eucaristía le llamamos comunión, ya que entendemos que este sacramento no une con Dios por medio de Cristo y además nos une entre si como Iglesia. El eucaristía una conmemoración y un sacrificio. Jesús no pidió que utilizáramos este sacramento para conmemorar su sacrificio y además nos dejó claro el significado y el simbolismo este acto.

He decidido traer un par de breves reseñas que San Agustín sobre el tema. El primero es quizás donde más claramente nos explica como el interpretaba el sacramento eucarístico:

"Tal vez surja en alguno esta idea: ¿cómo puede ser que este pan sea su cuerpo y este vino su sangre? Estas cosas, hermanos míos, llámanse sacramentos, porque una cosa dicen a los ojos y otra a la inteligencia. Lo que ven los ojos tiene apariencias corporales, pero encierra una gracia espiritual. Si queréis entender lo que es el cuerpo de Cristo, escuchad al apóstol. Ved lo que les dice a los fieles: vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Co 12,27). Si, pues, vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos, y lo que recibís es vuestro mismo misterio ("mysterium vestrum in mensa dominica positum est, mysterium vestrum accipitis"). Vosotros mismos lo refrendáis así al responder: amén. Se os dice: he aquí el cuerpo de Cristo. Y vosotros contestáis: amén, así es. Sed, pues, miembros de Cristo para responder con verdad: amén... Sed lo que veis y recibid lo que sois ("estote quod videtis et accipite quod estis"). Tal es el modelo que nos ha dado N.S.J.Cristo. Así es como quiso unimos a su persona y consagró sobre su mesa el misterio simbólico de la paz y de la unión que debe reinar entre nosotros ("mysterium pacis et unitatis nostrae in sua mensa consecravit") (San Agustín. Sermón 272: cf. Solano, II, 210-211).

Quizás alguno pueda pensar que San Agustín interpretaba la presencia de Cristo como nosotros interpretamos lo simbólico hoy en día. No es así y esto se puede leer este otro texto:

"Ese pan que veis en el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo ("sanctificatus per verbum Dei, corpus est Christi"). Ese cáliz, o más bien, lo que contiene ese cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo. En esta forma quiso N.S. Jesucristo dejarnos su cuerpo y su sangre, que derramó por nosotros, en remisión de nuestros pecados" (San Agustín. Sermón 227: cf. Solano, II, 204).
Para San Agustín el sentido de lo simbólico era diferente a lo que nosotros interpretamos cotidianamente. El sacramento tiene un significado y este significado nos lo dice Jesús claramente con el sentido imperativo de sus palabras: “Haced esto en conmemoración mía”. El significado es el recuerdo de su sacrificio y el sentido que tuvo para nosotros. Revivir el sacrificio es actualizarlo continuamente y hacerlo nuestro.

El simbolismo lo podemos encontrar claramente en las propias palabras de la consagración. Nótese que consagración significa hacer sagrado, crear unión con Dios por medio de la liturgia en su conjunto. Cristo dijo que le pan era su cuerpo y que el vino era su sangre. Tras de decirlo compartió cada especie con los apóstoles. Se compartió, se dono, se interiorizó a si mismo en los presentes. Podríamos decir que se hizo sacrificio antes de padecerlo realmente. Es importante el hecho temporal y su superposición de todo el sentido de la fiesta pascual judía.

Pero el sentido simbólico no se agota en una representación cognitiva de un hecho. El acto va más allá de que reconozcamos un signo sagrado que se nos presente, más allá de que comprendamos que este signo nos una con el sacrificio de cristo. El simbolismo rompe las barreras del tiempo y el espacio profanos para actualizar realmente el sacrificio de Cristo en cada eucaristía de manera sagrada. El pan deja de ser pan para ser el cuerpo de Cristo y el vino deja de ser vino para ser la sangre de Cristo. Igual que Cristo se dio a sus apóstoles, se nos dona a nosotros para conformar la Iglesia como cuerpo místico en al tierra.

Tendríamos que saltar a San Ambrosio de Milán para entender como el significado y simbolismo de los sacramentos se ajusta y superpone a las escrituras. Tendríamos que leer todo el breve tratado sobre los Sacramentos para darnos cuenta de la profundidad del simbolismo sacramental. De todas formas intentaremos entresacar algunos párrafos espacialmente interesantes:

Quizá digas: «Yo veo otra cosa: ¿cómo afirmas que recibo el Cuerpo de Cristo?». Esto es lo que nos falta aún por probar. ¡Cuántos, en verdad, son los ejemplos que utilizamos para probar que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado; y que mayor es la fuerza de la bendición que la de la naturaleza, pues por la bendición se cambia la misma naturaleza!. (San Ambrosio. Tratado sobre los Misterios 50)

Lo afirma el mismo Señor Jesús: Esto es mi cuerpo (Mt 26,26). Antes de la bendición con las palabras celestiales se le llama con otro nombre; después de la consagración significa Cuerpo. El mismo Jesús dice que es su sangre. Antes de la consagración se llama otra cosa; después de la consagración se denomina Sangre. Y tú dices: «Amén», es decir, «Es verdad». Lo que habla la boca, reconózcalo la mente en su interior; lo que la palabra pronuncia, que lo reafirme el corazón. (San Ambrosio. Tratado sobre los Misterios 54)

Con estos sacramentos, pues, alimenta Cristo a su Iglesia; con ellos se corrobora la sustancia del alma y, con razón, viendo el progreso de la gracia que contiene, … Con ello significa que en ti debe permanecer sellado el misterio, que no sea violado por las obras de una vida mala, ni la castidad por el adulterio, ni que se divulgue entre aquellos a quienes no conviene, ni se esparza con gárrula locuacidad entre los pérfidos. Buena debe ser, pues, la custodia de tu fe, a fin de que permanezca incólume la integridad de la vida y del silencio. (San Ambrosio. Tratado sobre los Misterios 55)

Poco más podemos decir sobre el asunto después que al elocuencia de San Ambrosio nos indicara tan sabiamente qué es la Eucaristía.
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