domingo, 23 de agosto de 2009

Las parábolas del tesoro y de la perla

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. (Mt. 13,44-46)

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La semejanza que puede haber entre la parábola del grano de mostaza y la levadura se encuentra entre la del tesoro y la perla: las dos significan que es necesario elegir el mensaje evangélico a otra cosa... En efecto, el Evangelio se desarrolla como el grano de mostaza, impone su fuerza como la levadura; como la perla, es de un precio elevado; en fin, como un tesoro, otorga los más preciosos beneficios.

A este propósito, conviene saber no solo que es necesario desprenderse de todo para acogerle Evangelio, más aún es necesario hacerlo con alegría... Observa cuan inadvertido pasa la predicación del Evangelio en el mundo, del mismo modo, el mundo no ve los numerosos bienes que tiene en recompensa... Dos condiciones son pues necesarias: la renuncia de los bienes del mundo y un firme valor. Se trata, en efecto, “de un comerciante en busca de perlas finas” que “habiendo encontrado una de gran valor va y vende todo lo que tiene” para comprarla.

La verdad es una, no se divide. Lo mismo que el poseedor de la perla conoce su riqueza, en el momento que la tiene en sus manos, por la pequeñez de la perla, los ayudantes no tienen duda, cuando lo saben, lo mismo estos que son instruidos por el Evangelio conocen su felicidad, los infieles, ignoran este tesoro, sin tener idea alguna de nuestra riqueza. (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre San Mateo 47,2)

Una pequeña perla solo tiene valor para quién sabe qué es. A quien no le interesa esta diminuta esfera brillante, posiblemente la despreciará por inútil para cualquier tarea cotidiana. Se valora lo que se conoce. Nadie da valor a lo que desconoce o ignora su utilidad. Valorar el Reino de Dios no es fácil para nosotros. Solo tenemos una ligera referencia de lo que puede significar.

"¡Nadie se engañe! Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio; pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. En efecto, dice la Escritura: El que prende a los sabios en su propia astucia. Y también: El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios."
(1 Corintios 3: 18-20)

En ella Pablo hace referencia a lo dicho por Jesús en muchas ocasiones: la comprensión de las cosas de Dios se la ha dado a lo sencillos y humildes, no a los sabios y orgullosos de su sabiduría.

El conocimiento de la verdad revelada por Cristo no es evidente, no es aplicable para obtener beneficios económicos, no logra éxito social, no sirve para sentirse orgulloso de ser un gran científico. Esa verdad es como la perla que solo puede ser valorada por quien sabe hacerlo y como el tesoro que hace que el hombre venda todo lo que tiene para conseguirlo… y que además lo vende todo con alegría y felicidad. Es una promesa, es una esperanza que hace que te desprendas de vanaglorias y prebendas materiales. Entonces, con humildad y con las manos vacías pero con el corazón lleno, es cuando puedes ir a buscar eso que tanto valor tiene y que no es obvio y aparente para todos los demás.

sábado, 15 de agosto de 2009

Assumpta caelo laudetur Virgo Maria

Hoy es el día que celebramos a Asunción de la Virgen María. Esta fiesta parte de la tradición preservada desde los primeros siglos de que la Virgen no llegó ser enterrada. Cristo, le adelantó a la llena de Gracia el premio de haber sido fiel a Dios desde su nacimiento.

María es el modelo en el que nos vemos reflejados y al que deseamos tender en nuestra vida. Simplicidad, obediencia, abnegación, sacrificio, perseverancia,… son virtudes que se reflejan en los breves episodios que se relatan en los evangelios.

Pero María también es símbolo de lo que Dios quiere de nosotros. Por medio de ella Dios se encarna para revelarse a la humanidad de forma directa. De igual forma nosotros debemos luchar por hacer patente que somos Templos del Espíritu Santo. Nuestros actos, palabras, objetivos, actitudes deben ser a su vez reflejo de la voluntad de Dios y para ello debemos permitir de Dios sea el dueño y señor de nuestro corazón. Entiéndase corazón como centralidad del ser individual de cada uno.

Siendo cada uno de nosotros diferentes, debemos luchar por hacer de esa diferencia, complemento y riqueza para la obra de Dios en la Tierra. Qué mejor modelo que la Virgen que hizo suya la volunta de Dios y se dio en plenitud a su obra. La Virgen no buscó protagonismo de su condición en ningún momento. Aceptó lo bueno y lo malo que le aconteció como parte del plan de Dios.

Por eso la Asunción tiene tanto significado. Significa el triunfo de Dios en su criatura y sobre las limitaciones del mundo. De igual manera, simboliza la voluntad de Dios que nos señala a María como modelo universal a seguir.

María, como modelo y símbolo de la naturaleza humana trascendida, que llega a Dios por medio de la sencillez y la obediencia.

No es poco lo que podemos reflexionar en un día como hoy, ya que María forma parte indisoluble del Misterio Cristiano.

lunes, 10 de agosto de 2009

Si los tiempos cambian… ¿Por qué la tradición debe permanecer inmutable?


No es raro escuchar esta pregunta referida a todos y cada uno de los aspectos de la vida cristiana. Los tiempos cambian… ¿Por qué la música no debe cambiar en nuestras iglesias? ¿Por qué las ceremonias deben permanecer inmutables? ¿Por qué el arte sagrado debe seguir siendo igual que hace 15 siglos? ¿Por qué nuestra moral debe ser la misma que hace 30 años?... así hasta el infinito.

Lo primero que se debería hacer es delimitar de lo que estamos hablando. Los tiempos cambian… cierto. Cambian continuamente desde que el ser humano apareció, como tal, sobre la tierra. La sociedad humana se comporta como un fluido hirviendo y en constante movimiento. Pero el universo a nuestro alrededor ha cambiado poco el los últimos 100.000 años. El universo se mueve de forma constante y siguiendo las leyes que le dan sentido. Detrás de cualquier suceso casual existen razones y leyes que hacen que las causas se conviertan en efectos. Pero… ¿De qué tiempo estamos hablando? Del tiempo humano o del tiempo no humano. Al decir que “los tiempos cambian” estamos hablando invariablemente del tiempo profano, del tiempo como una hermenéutica que permite a los seres humanos relacionarse con su cotidianidad. Lo profano cambia y además lo hace cada vez más rápido.

Pero el tiempo sagrado no cambia ya que es inmutable. Fue inmutable para un egipcio del siglo XV antes de Cristo, para un cristiano del siglo II y para un desconcertado habitante del Londres de nuestros días. Para todos ellos resultaba y resulta evidente que el tiempo profano no se ajustaba, ni se ajusta, al tiempo sagrado. El tiempo sagrado siempre ha parecido viejo e incomprensible para quien vive en la superficie del fluido en ebullición que conforma la sociedad.

Siempre las religiones han estado en desventaja a la hora de dar respuestas a lo que acontece minuto a minuto en nuestras vidas. Esto se debe a que las religiones se desarrollan en otro tiempo diferente. Es decir, utilizando una hermenéutica diferente para entender lo que nos rodea. No buscan controlar la realidad ni rehacerla a nuestro antojo. Tampoco necesitan de la inmediatez para explicar la profundidad de lo que somos. Las religiones buscan comprender lo inmutable que se esconde detrás de la apariencia de cambio continuo que nos rodea. La esencia de las religiones es el inmutable sentido que une todo y a todos.

Tomemos por ejemplo la música. No es la primera vez que alguien me dice con la vehemencia que conlleva lo evidente: 

-- ¿Cómo vas a atraer a la Iglesia a un adolescente bailón con el “Veni Creatur Spiritus” gregoriano? ¡"Los tiempos cambian” muchacho!, Debemos emplear cantos a base de ritmos modernos para que estos bailones se sientan en su casa. Los primeros cristianos lo hicieron así y así sucedió en todas la épocas.

Lo que evidencia este razonamiento es que mi interlocutor tiene una seria confusión de conceptos y objetivos.
A ver… tomemos a un despierto y mundano estudiante universitario del siglo XII (goliardillo para más señas). ¿Lo vemos en su salsa dentro de la Iglesia cantado y disfrutando con el “Veni Creator Spiritus”? Seguramente donde si sentiría inspirado sería cantando de taberna en taberna sus profanos y picantes cantos.

Tomemos un campesino que a duras penas entendía una de cada 4 palabras en latín. Tomemos a los primeros mercaderes preocupados por los problemas de cambio de moneda o los soldados que rumiaban una inminente guerra. ¿Cantar el “Veni Creator Spiritus” les divertía? Yo creo que no. Sus preocupaciones, gustos y diversiones estabn en otros sitios.

Si nos vamos a los primeros cantos cristianos, nunca nos encontraremos con canciones de moda preparadas para bailotear en medio de los oficios religiosos. Los cantos mozárabes o ambrosianos son evidentemente sagrados y alejados de los cantos populares con los que la gente se divertía de manera profana. La música sagrada guarda relación con el tiempo y el espacio sagrado donde se desarrolla, no con el factor divertido de su uso.

Nunca la música sagrada ha sido divertida ni ese ha sido su objetivo. La música o canto sagrado llena y da sentido a la liturgia confiriéndole un nivel de belleza superior al de las palabras dichas sin más. La belleza no es divertida, es sagrada, inmutable, paradigmática… llena de significado y penetra en el simbolismo inherente al cristianismo.

¿Qué sentido tiene traer a un adolescente bailón a una Liturgia llena de sacralidad desarrollada en un Templo antiguo, donde se cantan temas gregorianos o ambrosianos? Para mi , mientras el adolescente bailón no lo necesite, no tiene sentido obligarlo a vivir este tipo de vivencias.

¿Qué sentido tiene traer a una persona que busca acercarse a Dios y vivir esta unión sagrada, a una celebración llena de cantos, risas, bailes y aplausos? Tampoco tiene el más mínimo sentido. Cada nivel de vivencia de la Fe necesita de un lugar y un tiempo diferente donde y cuando desarrollarse.

Lo que nos podríamos preguntar es ¿Por qué en nuestras celebraciones católicas hemos olvidado este hecho? Intentamos mezclar pastoral, Liturgia, diversión y sacralidad en un mismo acto. Hemos convertido las celebraciones litúrgicas en celebraciones extrañas e inconexas. Hemos confundido los momentos de acceso a lo sagrado con los momentos de alegría comunitaria.

No deseo decir que esto sea malo o que no sea necesario hacerlo. Es bueno y estupendo reunirse a alabar a Dios y cantar felizmente lo que sentimos. Cantar, reírnos, aplaudir, bailar, etc… pero esto no es liturgia, no es sacralidad. Son celebraciones, más o menos profanas de nuestra Fe, que evidencian de la alegría que llevamos dentro por creer en Dios. Grande es el Señor y digno de alabarlo en todo momento.

Evidentemente el lugar para estas celebraciones no es un Templo. Los Templos resultan inadecuados e incómodos. Por eso nuestros Templos están desapareciendo convertidos en salas de reunión comunitaria. Ante la inutilidad de los antiguos templos para las celebraciones actuales, éstos se ceden o se venden a las administraciones públicas para que los utilicen como museos y sedes oficiales. Mientras, la arquitectura religiosa actual se acerca a la arquitectura multifuncional que nos llegó a partir de los años 70. Todo un contrasentido.

En este contexto la liturgia se banaliza y hasta estorba para el desenvolvimiento de las celebraciones actuales. Por eso en las misas actuales se intenta incrementar los tiempos para cantar, bailar, abrazarse y hasta aplaudir a quien dice algo ocurrente a la pregunta del sacerdote-entrevistador. Se canta el cumpleaños feliz o se baila en honor de quien toque ese día. Esto no son invenciones, son cosas que muchos católicos vivimos en las misas dominicales.

Es evidente que estas celebraciones festivas atraen a más personas que las viejas liturgias y que las canciones guitarreras divierten más que el canto gregoriano. El sacerdote ve que su feligresía crece y siente el éxito de su proceder. Es indudable que ofreciendo diversión e inmediatez, tendremos a más personas interesadas en recoger el Mensaje Cristiano que se explicita dentro de las ceremonias. Pero lo malo es que este éxito se logra profanando (hacer profano) la Liturgia y el Templo, reduciendo el Misterio cristiano a algo arcaico y casi olvidado en los libros. Una pieza de museo que carece de vida.

Este planteamiento hace que mucho de lo dicho por Cristo y transmitido por los Apóstoles, quede en segundo plano, sospechoso de ser algo imaginario e inservible para el ser humano actual. Fijémonos como se pasa de puntillas y corriendo en episodios como la transfiguración o los mismos milagros de Cristo.

Hoy he recibido por email, un escrito de un teólogo que defiende que la muerte de Cristo en la cruz fue algo accidental. Para algunos católicos hasta la cruz deja de tener sentido (1).


(1) La cruz no era necesaria. Luis Alemán Mur http://www.feadulta.com/aleman-23.htm

viernes, 24 de julio de 2009

El sentido de lo sagrado


No es raro encontrarse con personas que cuestionan el sentido de la sacralidad en el mundo actual. Pareciera que para ellas lo sagrado fuese sinónimo de mítico e imaginario. Es sintomático que este rechazo no provenga únicamente de personas alejadas de la religión y cercanas a postulados materialistas. Muchos cristianos en general y católicos en particular, minusvaloran el vínculo que la sacralidad establece entre Dios y el ser humano. Para estas personas Dios es tan lejano o está tan recluido en nuestra emotividad interna, que solo nos condiciona a ser socialmente positivos.

Siguiendo con la temática relativa a los aspectos internos y externos del cristianismo nos encontramos con la necesidad de interpretar claramente qué es la sacralidad. Aunque las Iglesias latina y griega han guardado el sentido de lo sagrado que existía en los primeros tiempos y que impregnó todo la vida y mensaje de Cristo, en la actualidad el sentido de lo sagrado parece haberse desvanecido. En el mejor de los casos se asimila con lo venerable o respetable. Se tiende a interpretar la sacralidad únicamente desde el punto de vista cultural y psicológico, por lo que resulta evidentemente de escasa utilidad para el ser humano actual.

Previamente a entrar al tema, creo que es necesario definir a qué llamo sentido. Al hablar de sentido, me refiero todo lo que estructura y da coherencia a algo. Es decir, objetivo, presencia, significado, representatividad, profundidad, historia, etc.

Lo sagrado es largo de definir, por lo que remito al post que dediqué por entero al tema: ¿Qué es lo sagrado?

Resumiendo el asunto, la sacralidad es una propiedad que hace que reconozcamos algo como sagrado. Como indiqué en el post antes citado, la sacralidad se reconoce en la medida que cada uno de nosotros somos capaces de “leer” o interpretar determinados objetos, espacios, actos o textos como caminos de interrelación con Dios. Es evidente que si ignoramos la hermenéutica implícita, seremos incapaces de encontrar o entender la sacralidad presente en algo. Seremos capaces de dar a lo sagrado un sentido tradicional o cultural a lo sagrado.

Para empezar a entender la sacralidad es necesario comprender la relación que tiene con el concepto de analogía y paradigma. Jesús solía explicar las verdades incomprensibles por medio de parábolas. Con las parábolas nos indicaba las similitudes que tenía lo inabordable con lo cotidiano. Jesús estaba familiarizado con la necesidad de dar a conocer a Dios por medio de las analogías presentes en la creación como única forma de hacer llegar al ser humano, el conocimiento de la divinidad

Esta forma de proceder no es nada extraña. De forma similar, un matemático sabe que una formula matemática no es la verdad por sí misma, pero gracias a ella se puede expresar una analogía gráfica y funcional de la misma.

Cuando veneramos un objeto como sagrado, lo que deberíamos hacer es leer en éste la analogía que nos da noticia o comprensión de Dios. No adoramos el objeto ni le damos rango divino, solo nos acercamos a Dios por medio suya. Dios es quien se nos revela gracias a la analogía presente en el objeto, espacio o ritual. El objeto sagrado es una puerta que nos comunica con Dios.

Siempre que encontramos una analogía en dos sistemas, reconocemos que existe una relación que nos permite comprender uno observando el otro. De igual manera, es posible comprender la revelación divina por medio de iconos, escrituras, templos o la misma naturaleza.

Los judíos utilizaban constantemente las sagradas escrituras como referencia que daba consistencia a los hechos que vivían. No es raro encontrar citas y referencias que llevan de libro en libro, del Antiguo Testamento. ¿Qué razón tendrían para hacer esto? Precisamente lo hacían para dar noticia cierta de algo, ya que quedaba corroborada dentro de la analogía bíblica correspondiente.

Los actos y discursos de Jesús y los Apóstoles están llenos de referencias a la Biblia más allá de la simple textualidad. Con ello lograban dos cosas: dejar constancia de que sus actos estaban en consonancia (resonancia) con los designios de Dios y dar veracidad a lo que después se contara de ellos. Por lo tanto, actuaban y describían sus acciones de manera sagrada haciendo patentes los lazos de analogía de presente y pasado.

Podríamos decir que el sentido de lo sagrado es reestablecer el vínculo con Dios gracias a analogías y paradigmas… pero al mismo tiempo, hacer que nuestros actos sean significativos y estén en sintonía con el plan de Dios. En una frase, comunicarnos con Dios siendo símbolos de la verdad.

Retomando el tema de la dualidad de Mensaje-Misterio Cristiano, seguramente nos preguntemos dónde encaja lo sagrado. ¿En el Mensaje o en Misterio? Desde mi punto de vista, lo sagrado es consustancial a ambos. Utilizando el símil (analogía) de una moneda, lo sagrado sería el metal donde se imprimen cara y cruz: Mensaje y Misterio.

Si eludimos hacer referencias al sustrato, que une cada elemento del Mensaje y Misterio, mediante analogías que subyacen en todo lo revelado y creado, nos quedamos con un mensaje sustentado en el voluntarismo y buenismo que impregna la postmodernidad. Además, al excluir la sacralidad se pierde el sentido de veracidad, a la vez que se pierde la comprensión analógica que conlleva. Por eso, la tradición apostólica es tan importante para poder interpretar las escrituras, ayer, hoy y mañana. El peligro de olvidar el sustrato sagrado es la relativización, a nuestro gusto, del mensaje cristiano… suceso demasiado habitual en la actualidad.

La tradición católica y ortodoxa nos ha enseñado que el mensaje debe estar unido al misterio y además estar ambos constantemente referenciados a la revelación de Dios. Los evangelios, cartas apostólicas textos, sermones y libros de los Padres de la Iglesia demuestran la necesidad de esta sintonía y resonancia con la revelación divina. La sacralidad, por lo tanto, reúne y consolida el vínculo entre lo humano y divino por medio de símbolos.

Hace poco conversaba el hilo: "La evangelización no empieza por la sacramentalización" del blog de Iglesia Provocativa sobre la necesidad de dotar al mensaje cristiano, incluso al propio kerigma, de su aspecto sagrado.

Traduciendo, lo que proponía era dotar al mensaje de anclajes, analogía y resonancias que den certeza, coherencia y que además vayan enseñando, a quien lo oye, que todo está ligado por los distintos niveles de la revelación. Mi opinión extrañó. Seguro que más de uno se preguntó ¿Qué dice este buen hombre sobre que el kerigma debe estar impregnado de sacralidad? Vaya ideas tiene…

Vayamos a la fuente del Kerigma. Si tomamos el discurso de Pedro en Pentecostés nos daremos cuenta que está impregnado de sacralidad de arriba abajo: Hch 2, 14-47

Cada frase tiene resonancias y lazos con la revelación de Dios al pueblo judío y a la que los Apóstoles recogieron de Cristo. No es momento para que desgrane frase por frase todo el discurso, pero la referencia a David, la profecía de Joel (Jl 1,3) y el colofón del bautismo de los convertidos son botones de muestra de cómo el discurso del Kerigma se unió con puntadas llenas de sacralidad. Esta sacralidad fue la que despertó en los judíos, confianza en lo que se decía y les llevó a aceptar el bautismo. El bautismo actuó como broche de compromiso con Dios y con la Iglesia naciente. El acto bautismal, como sacramento que es, actuó como catalizador que acrecienta el compromiso e induce carácter a quien lo recibe.

Este discurso no hubiera tenido el mismo efecto en paganos. Recordemos que el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas no tuvo el mismo efecto que el de Pedro en Pentecostés. La sacralidad griega no tenía vínculos sagrados necesarios para aceptar como verdad lo que Pablo les expuso… y eso que Pablo, que no era nada tonto, supo urdir un discurso ajustado al “dios desconocido”. Lo malo es que los atenienses eran ya escépticos consagrados y ese dios desconocido era eso… desconocido.


Entonces ¿Cómo se evangelizó a los paganos? El Kerigma evidentemente no fue el detonante de su conversión. Pero el tema de los paganos excede totalmente este post.

sábado, 11 de julio de 2009

Las has revelado a la gente sencilla

El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda. Pero el Padre quiere ser conocido: le conocerán aquellos a quienes el Hijo se lo revelará. La palabra «revelará» no se refiere sólo al futuro, como si el Verbo no hubiera comenzado a revelar al Padre si no después de nacer de María, sino que se refiere a la totalidad del tiempo. Desde el principio, el Hijo, presente en la creación que él mismo ha modelado, revela el Padre a todos los que el Padre quiere, cuando quiere y como lo quiere. En todas las cosas y a través de todas las cosas, no existe más que un solo Dios Padre, un solo Verbo, un solo Espíritu y una sola salvación para todos los que creen en él.

En efecto, nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, si el Hijo no se lo revela, ni conocer al Hijo sin el «beneplácito» del Padre (Mt 11,26). Ahora bien, todo lo que el Padre, en su gran bondad, quiere, el Hijo lo lleva a plenitud: el Padre envía, el Hijo es enviado, y viene. Y este Padre infinito, invisible para nosotros, su propio Verbo lo conoce, y hace conocer lo inexpresable (Jn 1,8).

San Ireneo de Lyón (aprox 130- aprox 208), obispo, teólogo y mártir de la Iglesia - Contra las herejías, IV, 6, 4.7.3

Esta semana leía sobre los cursos Alpha que se celebran estos días en Londres, sus objetivos y los resultados obtenidos.

Descubrí la existencia de estos cursos gracias al blog “Una Iglesia Provocativa” y tanto los diferentes entradas sobre el tema, como los comentarios, me han hecho reflexionar. Primeramente busqué referencias para profundizar un poco más en los objetivos y el modo de actuación, datos que encontré en este enlace a Catholic.net

Resumiendo, se trata de cursos enfocados a personas que desconocen todo o casi todo del mensaje cristiano y a la(s) Iglesia(s) que lo proclaman. Se organizan de forma ecuménica, conducidos de igual forma por católicos, ortodoxos o evangélicos. Como se trata de acercar a personas alejadas y muy in-culturizadas en la sociedad actual, se sigue una estrategia ligada al marketing, que busca principalmente cuestionar el inmenso vacío existencial que estas personas viven.

Siguiendo las indicaciones que aparecen en catholic.net, la difusión se basa en el boca a boca, ya que quien pasa por este itinerario tiende a invitar a amigos, familiares y conocidos. También se utiliza propaganda en TV y radio para llegar un paso más allá del círculo de amistades de los asistentes. La secuencia se compone de una serie de breves conferencias, tras la cuales se pasa a una estupenda cena donde está prohibido hablar de religión.

Tras una serie de conferencias-cena se hace un retiro que resulta determinante para que se produzca el cambio buscado por el programa. Los que vuelven del retiro lo hacen impactados y mostrando signos evidentes de transformación. Esto intriga a los que no han asistido al retiro y les motiva a apuntarse al mismo.

Lo cierto es que tras este curso, muchas personas retoman (inician) su vida religiosa y bastantes no bautizados deciden dar el paso de bautizarse e integrarse en una Iglesia.

La primera reflexión que me hago es el inquietante paralelismo existente entre al evangelización de los primeros siglos y la actual. Después de 20 siglos de presencia cristiana en Europa,… ¿Cómo puede haber tanta ignorancia sobre le cristianismo? Resueltamente, el texto de San Ireneo nos da una pista nada despreciable:

“El Señor nos enseña que la persona no puede llegar a conocer a Dios a no ser que el mismo Dios se lo manifieste; dicho de otra manera: no podemos conocer a Dios sin su ayuda.”
También nos recuerda San Ireneo, que la revelación no es un suceso excepcional, ya que Dios se ha revelado desde el mismo acto de la creación del universo. Además, Dios sigue revelándose al ser humano actual por medio de cada uno de los caminos sagrados que nos ha legado.

Entonces, ¿Qué sentido tienen estos cursos alpha? Primeramente ser conductos de la revelación de Dios. Ser conductos por los cuales la Palabra revela a Dios al mundo. En si misma, la evangelización puede ser comprendida como un acto sagrado, ya que se actúa de puente entre Dios y los hombres.

Pero es evidente que Dios se nos revela de manera más profunda y plena en los sacramentos. Quienes acepten la revelación de Dios necesitan iniciar su vida cristiana por medio del bautismo. Tras del bautizo necesitarán de una sólida catequesis que les vaya introduciendo en aspectos más profundos.

Los comentarios que leo en el blog de “Una Iglesia Provocativa” tienden a subrayar dos aspectos importantes, que se “olvidan” en estos cursos:
  1. La existencia de una Iglesia verdadera. Dado que se parte de una organización ecuménica, los asistentes serán los que decidan donde acercarse después de completar el itinerario. Es evidente que esto presupone una situación de equivalencia de todas las Iglesias que resulta incómoda a muchas personas.
  2. La existencia de una sacralidad implícita dentro de la revelación. Esta omisión proviene de las Iglesias evangélicas que desconocen este aspecto primordial del cristianismo. Hay que ser conscientes de que es complicado crear un vínculo ecuménico que muestre la importancia de la sacralidad.
Desde una perspectiva cristiana tradicional, estos son dos aspectos capitales para iniciar cualquier acercamiento a nuestra religión. ¿Podríamos posicionarnos contra estos cursos Alpha por olvidar estos dos aspectos?

Todavía queda mucho que reflexionar sobre el ecumenismo y el sentido/sinsentido del acercamiento a las posturas desacralizadotas de las Iglesias evangélicas. Dicho esto también es necesario aceptar que en la proclamación del mensaje cristiano, nos llevan una ventaja considerable. Los católicos hemos nos hemos ido olvidando del aspecto proclamativo del evangelio: El Kerigma. El Kerigma se proclama a los no creyentes y a los alejados de forma directa.
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor." Lucas 4:18-19
El mi anterior post indicaba que Mensaje y Misterio son dos caras de la misma moneda. Uno sin el otro deja a la moneda sin valor ni sentido… por lo que hemos de ser conscientes de la necesidad de dar importancia a ambos. San Ireneo indica sin dudas que El Verbo nos hace llevar no solo lo explicable (Mensaje) sino que también nos hace llegar lo inexplicable (Misterio). En todo caso, no somos nosotros quienes evangelizamos… es Dios mismo El que a través nuestra, se revela a quien quiere aceptarlo.
Lo realmente importante es no olvidarnos que aunque sea el primer paso, no podemos quedarnos con un cristianismo Alpha… tenemos que vivir y proclamar el objetivo de llegar ser cristianos Omega. Y eso requiere de compromiso, perseverancia y sacralidad.

sábado, 4 de julio de 2009

Dios es Luz


La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, sentimos y no procedemos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. (1 Juan 1,5-7)
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Sobre este fragmento de la primera carta de San Juan se puede escribir mucho. La primera criatura creada por Dios fue la luz. “Fiat Lux” (Gn 1,3) y la luz impregnó todo lo que a continuación fue creado. Podríamos decir que Dios se nos da como luz que no deja lugar a la sombra. El siguiente texto del Abbe Henri Stephane es muy clarificador:

A menudo solo se retiene de la primera epístola de san Juan que «Deus caritas est»; es evidentemente, si se quiere, la cumbre de la Revelación, de ahí el resto se destila según la dialéctica del Amor: creación, caída, redención, gracia, etc., y el Amor aparece con su complemento inseparable, la Cruz y el desapego absoluto y total. San Juan de la Cruz encarna este doble aspecto; él es esencialmente el Doctor del Amor y de la Cruz.

Esta epístola conlleva igualmente otro aspecto, que completa al precedente, y que el apóstol san Juan, que ha dicho todo porque él ha visto todo, no ha olvidado. Es incluso por eso como comienza su primera epístola y todo su Evangelio está impregnado de ello: «El mensaje que él nos ha hecho oír, y que nosotros os anunciamos ahora, es que Dios el Luz y que en El no hay tiniebla alguna» (1 Juan I,5)

Después de la caída, el hombre camina en las tinieblas, en la mentira, en el error, en la desorientación, en la dispersión; el mundo está bajo el imperio de Satán, Príncipe de las Tinieblas y de la Mentira. El hombre vive en la ilusión de su propia realidad y olvida que su verdadera realidad reside en Dios, en ese Verbo «en quién todo ha sido hecho». Porque Dios es el Ser Total fuera del cual no hay nada: el Todo es inmanente en cada una de las partes, sin lo cual el Todo no sería el Todo, puesto que estaría limitado por una de las partes. Así, la parte no se distingue que según un modo ilusorio del Todo al cual ella pertenece. A partir de eso, conferirle una realidad propia, verlo independientemente del Todo que la contiene, mirarla como una «cosa en si» es la ilusión de las ilusiones, el error, la perdida, la mentira, las tinieblas. Después de la caída, la inteligencia del hombre, privada de la Luz, vive en esa ilusión, se detiene en las apariencias de las cosas, se deja atrapar en la red de sus propios límites y de los límites de las cosas, y no ve más en las cosas y en si mismo la Única Realidad del Todo, fuera del cual la realidad de las cosas no es más que ilusoria.

La Revelación vino para volver a enseñar al hombre a leer en las cosas y en si mismo el lenguaje divino del Verbo Creador, a reencontrar en ellas y en si su verdadera esencia que es divina. Así Dios es Luz; el Verbo es «la Luz que luce en las tinieblas» y que «ilumina a todo hombre» (Juan I, 5-9); en lenguaje teológico, esta Luz que ilumina la inteligencia del hombre, es la fe, y son también los dones de a Ciencia, de la Inteligencia y de la Sabiduría, siendo esta a la vez Luz y Amor. Bajo la influencia de estos dones, el alma aprende a reencontrar en si y en todas las cosas la verdadera Realidad que es Dios; ella alcanza así la contemplación y todas las cosas le hablan de Dios, de este Verbo que, en cada instante de la eternidad, le confiere la existencia. Ella llega así al conocimiento del misterio, del cual el apóstol afirma que tiene la inteligencia (Ef. III,3): es el misterio del Verbo y de la Creación de todas las cosas en el, el misterio del Verbo Encarnado y de la Restauración de todas las cosas en él: «Reunir todas las cosas en Jesucristo, aquellas que están en los cielos y aquellas que están en la tierra» (Ef. I, 10)

Pero una contemplación tal, una tal visión de Dios supone que el alma a comenzado por desapegarse de todas las cosas, con el fin de reencontrarlas y de contemplarlas en Dios donde ellas tienen su verdadera realidad. Se reencuentra así el desapego y el amor, que, unidos a la contemplación, constituyen la Suprema Sabiduría. 
Abbé Henri Stephane, (tomado de la página: contemplatio: http://usuarios.lycos.es/contemplatio/con-henri-diosesluz.htm)

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Abbé Henri Stephane (1907-1985) es el pseudónimo utilizado por el sacerdote francés André Gircourt.  El P. André  vivió ignorado por el gran público, salvo para un círculo de amigos cercanos. Su vida se desarrolló bajo el doble signo de la plegaria y la teología. Nunca mostró interés por la publicación de sus trabajos y se limitó a no oponerse a ello cuando otros tomaron por él esa iniciativa. Su especial sentido de la mística le procuró recelos considerables, antes y después de Concilio Vaticano II. 

sábado, 27 de junio de 2009

Mensaje y Misterio. Dos caras de la misma moneda.

En el universo, los paradigmas que actúan a manera de cemento sobre los que se sostiene la realidad. Las leyes universales se desdoblan en infinidad leyes particulares que actúan de forma similar, aunque lo hagan sobre naturalezas diferentes. Por nuestra parte, los seres humanos entendemos el universo como cosmos (Orden) gracias que somos capaces de reconocer y utilizar estos paradigmas, ya sea de forma consciente o intuitiva.

Me propongo introducirme en uno de estos paradigmas universales que se particulariza dentro de nuestra religión en binomio inseparable: mensaje y misterio. Estos dos elementos permiten reconocer una estructura externa sólida que permite guardar un contenido de gran valor, aislándolo del exterior. Parte interna o contenido, considerados por separado, carecen de sentido. Esto sucede de manera similar a un vaso, cuya estructura externa es la que permite definir una cavidad vacía. El vacío que deja la externalidad del vaso es lo que permite contener un líquido. El sentido del vaso es contener y por ello se reconoce como tal y se diferencia de otros recipientes. Un vaso destinado a permanecer vacío carece de sentido. De igual forma carece de sentido que vertamos vino sobre la mesa sin nada que lo pueda retener y permitirnos beber.

De manera análoga, el mensaje cristiano permite sostener el misterio inherente. Si nos olvidamos del misterio, el mensaje deja de tener sentido. Si nos olvidamos del mensaje, el misterio se perdería ante su incapacidad de proyectarse en la realidad.

Decía San Ambrosio de Milán en su Tratado de Misterios:

Abrid, pues, vuestros oídos y percibid el buen olor de vida eterna que exhalan en vosotros los sacramentos. Esto es lo que significábamos cuando, al celebrar el rito de la apertura, decíamos: «Effetá», esto es: «Ábrete», para que, al llegar el momento del bautismo, entendierais lo que se os preguntaba y la obligación de recordar lo que habíais respondido. Este mismo rito empleó Cristo, como leemos en el Evangelio, al curar al sordomudo. (…) Después de esto, se te abrieron las puertas del Santo de los Santos, entraste en el lugar destinado a la regeneración. (San Ambrosio de Milán, Tratado de Misterios I,3-5)

Detrás del mensaje está el misterio, siendo el misterio el que da consistencia y coherencia a la estructura mensaje. El misterio da validez eterna al mensaje y permite que sea entendido por cada generación de forma similar a la anterior.

Hoy en día, los cristianos en general, estamos muy preocupados por el mensaje y su acción sobre la realidad. Nos preocupamos por dar propiciar que el Reino de Dios se manifieste. Pero el Reino de Dios nos es solo la acción del mensaje cristiano sobre la realidad; es la presencia misteriosa de Dios entre nosotros obrando y transformando el mundo:

Los fariseos le preguntaron cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: "Está aquí" o "Está allí". Porque el Reino de Dios está entre vosotros". (Lc 17, 20-21)
Pero ¿Quién o qué está entre nosotros? El propio Jesús está entre nosotros cuando dos o más nos unimos en su nombre (Mt 18,20).


¿Qué pasa si el mensaje toma protagonismo tal que se olvida o desprecia el misterio? Las obras que hagamos de forma individual o colectiva será únicamente obra humana… pronta a corromperse y destruirse. El mensaje puede ser trucado, robado o pervertido con tal facilidad que se vuelve contra nosotros mismos en forma de críticas e insidias destructivas. Entonces se derrumban las acciones y proyectos que creíamos sólidos como la roca. ¿Por qué? Porque nos hemos olvidado que Dios es quien cohesiona y sustenta con la sacralidad las obras que provienen de la misma. Cuando vemos derrumbarse las obras nos cuestionamos si el mensaje es realmente válido y si no es posible actuar de manera más efectiva fuera de la propia Iglesia. En resumen, el desánimo y dudas se apoderan de nosotros.

¿Qué pasa si el individuo toma el protagonismo tal, que se desprecia la comunidad? De nuevo se destruye el vínculo sagrado que define Cristo sin lugar a dudas: “… donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sin comunidad y sin acción comunitaria perdemos rápidamente la brújula y empezamos a ser nosotros los protagonistas de la película. Ya no nos hace falta la comunidad de creyentes para llevar adelante nuestro proyecto. Pero no somos eternos y somos volubles. Lo que hoy es nuestro objetivo vital, mañana no lo es… y entonces lo construido de cae en pedazos.

Hoy en día tendemos a despreciar el Misterio y a desvalorizar la comunidad. Vemos en ambos ataduras y restricciones inadmisibles, por lo que nos sentimos más cómodos solos actuando con pragmatismo. Tal vez tengamos que reflexionar sobre el asunto y volver sobre nuestros pasos al momento en que rompimos el vínculo sagrado que nos une a Dios.
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