viernes, 6 de noviembre de 2009

Conocimiento y Fe


El cristianismo es una religión llena de matices. Esto se hace evidente la diversidad caminos o carismas que nos ofrece para re-ligarnos con Dios. Podríamos agrupar este conjunto de matices agrupados en tres conjuntos: devocionales, caritativo-sociales e intelectuales. En realidad, el camino verdadero es un compendio de estos tres conjuntos, ajustado a nuestro carisma personal. El principal problema de toda persona religiosa es conseguir un equilibrio entre los tres matices a fin de no perder el norte en la vida.

Aunque la existencia de carismas ayuda eficazmente el objetivo de unir o acercar la divinidad y la humanidad de cada uno de nosotros, esta ventaja se vuelve en nuestra contra en más e una ocasión. Esto se hace patente cuando se propone un camino como la única forma válida de acceso a Dios.

El desarrollo de la teología es una evidencia de la necesidad de acercarnos a Dios también con el intelecto. La imbricación de Fe y conocimiento no es ni mucho menos un camino de invención moderna Al igual que los demás, se desarrolló desde los primeros siglos. El cristianismo puede englobar ciencia y razón sin perder un ápice de profundidad y trascendencia.

La escuela de Alejandría fue una de las pioneras en este camino y en ella florecieron un número importante de Padres de la Iglesia. Uno de estos Padres, Clemente de Alejandría, nacido en Atenas allá por el año 150 dC, fue uno sus mayores exponentes. Clemente fue sucesor de Panteno en la dirección de la escuela catequética alejandrina (Didaskalion). La escuela alejandrina formó a eminentes teólogos, muchos de ellos considerados Padres de la Iglesia. Podríamos citar, aparte de Clemente, a Orígenes, San Dionisio de Alejandría, San Gregorio Taumaturgo o San Metodio de Olimpo, entre muchos otros.

Hoy comparto con vosotros en breve texto de Clemente, que muestra con claridad la necesidad de ir más allá de la Fe a encontrarnos con el conocimiento*:

Por ello, [el conocimiento*] traslada al hombre hacia el parentesco divino y santo del alma y mediante una luz característica suya, cruza los progresos místicos hasta que se restablezca en el lugar supremo del descanso, después de haber enseñado al limpio de corazón a contemplar a Dios cara a cara científicamente y con el don de la comprensión. De alguna manera ahí reside la perfección del alma dotada de conocimiento, que habiendo superado toda purificación y servicio aparece con el Señor, donde se encuentra colocada inmediatamente después. Ciertamente la Fe es un conocimiento* compendiado, por así decirlo, de las verdades perentorias, y el conocimiento es la demostración firme y segura de lo recibido mediante la Fe, pues está edificado sobre la Fe por la enseñanza del Señor y conduce a la certeza inquebrantable, a una comprensión adecuada acompañada de ciencia. A mí me parece que la primera transformación salvífica es la de los paganos hacia la Fe, como ya he afirmado; en cambio la segunda transformación es la de la Fe al conocimiento*. No obstante, cuando ésta [última] se resuelve en amor, inmediatamente constituye entre el que conoce y el que es conocido, las relaciones de un amigo con otro. (Stromata VII, 57,1-4)

Al igual que los otros caminos, el conocimiento es mística que permite acercarse al misterio cristiano de forma especialmente relevante. Este acercamiento permite acceder a la trascendencia implícita a todo lo creado y a nuestra propia trascendencia, como buscadores de la comprensión de la revelación de Dios.

Fijémonos que Clemente lo indica claramente en la última frase del texto: “No obstante, cuando ésta [última] se resuelve en amor, inmediatamente constituye entre el que conoce y el que es conocido, las relaciones de un amigo con otro”. Cuando uno conoce a Dios, entonces puede amarlo como amigo a Quien debe todo. Leyéndolo nos acordamos del siguiente pasaje evangélico:

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» El le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» (Mt 22, 36)

Cristo nos da una pista adicional… no nos olvidemos de nuestro prójimo en el camino del amor, ya que dejaría de ser el verdadero camino. De igual forma no debemos olvidemos del amor a Dios… ya que perderíamos el norte rápidamente.


[*] Sobre la palabra conocimiento (gnosis) es necesario hacer un comentario adicional. El sentido del conocimiento que utiliza Clemente transciende el mero saber científico, conocer natural o espontáneo. Sería más ajustado entenderlo como la sabiduría que permite unir lo profano y lo sagrado en un todo coherente y trascendente. Dicho esto, también es importante no confundir el conocimiento, tal como lo entiende Clemente, con la diversidad de doctrinas y herejías gnósticistas

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ten misericodia Señor..

Hoy celebramos la festividad de los fieles difuntos, por lo que debemos recordar, honrar y rezar por nuestros familiares, amigos y conocidos que han dejado la vida terrena, para entrar en el Reino que Dios ha establecido para recogernos tras la muerte.

-oOo-

Dios misericordioso, que nos perdonas y
quieres la salvación de todos los hombres,
imploramos tu clemencia para que, por la intercesión
de María Santísima y de todos los santos,
concedas a las almas de nuestros padres, hermanos, parientes,
amigos y conocidos, que han salido de este mundo, la gracia de llegar a la
reunión de la eterna felicidad.

Te ruego también por todos aquellos a los que nadie recuerda
y necesitan de tu misericordia.

Santísima Virgen María, Reina del Purgatorio;
vengo a depositar en tu Corazón Inmaculado una
oración en favor de las almas benditas que sufren en el lugar de expiación.
Dígnate escucharla, clementísima Señora,
si es ésta tu voluntad y la de tu misericordioso Hijo.
Amén.

-oOo-

Algunas personas objetan la visión del sufrimiento que el infierno y el purgatorio conllevan. Pero si meditamos en el sentido simbólico de las imágenes que se nos dan de estos estados de purificación, nos daremos cuenta de lo certeras que son.

El fuego es símbolo de purificación y de transformación. Con el fuego se templa el hierro para convertirlo en acero. Con el fuego se destila la esencia de aceites, líquidos y perfumes. Con el fuego se purifican minerales y metales.

El sufrimiento es consecuente a la transformación, ya que se muere al estado previo y se nace al nuevo estado. Sufrimiento no es inútil y sinsentido cuando se convierte en sacrificio. Es decir, medio de sacralizarse, medio de acercarnos a Dios.

Por ello rogamos a Dios para que ayude a que nuestros seres queridos transformarse para formar parte de la muchedumbre de 144.000 vestidos de blanco.

viernes, 30 de octubre de 2009

Símbolo Apostólico

Con este nombre se conocía en la antigüedad lo que ahora conocemos como el Credo. ¿Por qué lo llamaban así? Le llamaba símbolo porque cuando se expresaba unía en la Fe a quienes lo profesaban. San Ambrosio de Milán, en su breve tratado sobre el Símbolo apostólico no indica que también se entiende así por ser una especie de contrato que cada fiel (y el conjunto de al comunidad), realiza y renueva con Dios cada domingo.

Durante los primeros siglos, el Símbolo solo podía ser conocido por quienes hubieran sido bautizados y además no podía ser escrito. Debía ser aprendido de memoria para así retenerlo escrito en el alma. Los profanos no podía conocerlo para que así no pudieran profanarlo al exponerlo sin realmente tenerlo escrito en alma. Pero los tiempos cambiaron y al aceptarse el cristianismo como religión oficial del imperio… allá por el siglo VI… el carácter sagrado del Símbolo apostólico pasó a ser historia.

Pero que no se (re)conozca el carácter sagrado del Símbolo, no lo despoja de ser instrumento necesario para nuestra unión con Dios. Se tiene constancia indirecta de la confección del canon del Símbolo en los tiempos apostólicos, por lo que es más que probable que los propios apóstoles lo configuraran y lo donaran a las comunidades como parte del patrimonio entregado por Cristo en forma de revelación. Su carácter secreto así lo atestigua.

Es evidente que profesar el Símbolo unidos en comunidad nos hace constituir y renovar el vínculo sagrado existente entre nosotros y Dios. Sería deseable que a la profesión del Símbolo se le diera toda la solemnidad que requiere el acto que realizamos y no se lo recitáramos como perseguidos por el diablo… que de hecho es lo que sucede cuando desdeñamos los aspectos simbólicos de la Liturgia.

En el símbolo repasamos el conjunto de pilares sobre los cuales se apoya nuestra Fe y unidad. Recordemos que dentro del Símbolo, profesamos nuestra Fe en una Iglesia única, universal, santa y apostólica. No son palabras vanas o una mera referencia a pertenecer una tradición determinada. Se trata de reconocer y proyectar nuestra comunidad dentro de la Iglesia universal, aceptando su carácter único y santo. Se trata de reconocer que la Iglesia es más que el conjunto de particularidades, instituciones y reglamentos. Se trata de ver en la Iglesia como un ideal a construir cada día entre nosotros.

El Símbolo apostólico une a cada fiel con la comunidad y a su vez une a la comunidad con al Iglesia universal. Así mismo, une a la Iglesia actual con la Iglesia primitiva dentro de una continuidad que lejos de ser profana es evidencia sagrada.

Notas adicionales: por si a alguien le sorprende el uso del secreto en la Iglesia primitiva, le recomiendo leer en la enciclopedia católica sobre la disciplina del secreto: pulsar
También es interesantísimo leer sobre el credo en las obras de San Ambrosio de Milán: Explicación del símbolo y de San Cirilo de Jerusalén: Catequesis V,12: La confesión de la fe en el Símbolo. Pulsar

domingo, 25 de octubre de 2009

¿Qué es la Iglesia?

Según el catecismo: “Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la Fe y el Bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo.”

Ayer sábado, en una comida familiar tuve una breve conversación en la que, tras comentar la película Ágora y el camino de comunión con el anglicanismo, llegamos a plantearnos esta pregunta. Respondí que yo entendía la Iglesia como la asamblea de quienes creen en Cristo y mi interlocutora me dijo con un nada disimulado desdén… que lo que enunciaba era pura teoría… ella la entendía como una estructura jerárquica llena de intereses y prejuicios. Preferimos no continuar con el diálogo, ya que era evidente que no llegaríamos a nada coherente.

Tras volver a casa leí en un blog (al que soy asiduo) cómo alguien se pregunta si hay un lugar para él en la Iglesia. Tras diversos razonamientos basados en vivencias personales, concluía que para él es imposible encontrar este lugar. Al mismo tiempo que se sorprendía de que hubiera personas que entendían la espiritualidad como él y se sintieran plenamente integrados en la Iglesia.

El tema de la Iglesia despierta algo en nosotros que nos hace darnos cuenta lo diferentemente que entendemos la realidad que nos rodea.

Si definimos qué es un perro,… una persona puede decir: un adorable animal, lleno de amor y cariño por nosotros. Pero otra persona podría decir: es un saco de pulgas, insoportable y absolutamente inservible.

¿Qué nos comunican estas dos definiciones? Nos comunican lo que cada cual siente ante un perro, independientemente de que seamos capaces de diferenciar un perro de un gato. Cuando definimos algo solemos pasar por alto que decimos más de nosotros que de lo definido.

Algunas personas se sienten a disgusto dentro de la Iglesia, ya su vivencia no es la que desearían. Otras se sienten felices debido a que la viven con plenitud y comunión. ¿Qué podemos hacer entonces? ¿Qué es la Iglesia?

Para romper esta aparente contradicción es necesario darnos cuenta de que la Iglesia no es algo externo a nosotros. No es algo desafecto a nuestra vida... puesto que si participo de la Fe en Cristo, ya soy Iglesia y la Iglesia me incumbe (lo quiera o no). Mi actitud y dinamismo personal condicionan la vida eclesial-comunitaria de manera decisiva. Además, normalmente recibo de la comunidad lo que yo a su vez comunico a la misma comunidad. Recibo cercanía si doy cercanía. Recibo ruptura si a su vez yo comunico ruptura.

Sé que es imposible convencer a quien entiende a un perro como un ser despreciable, de que es algo más que un saco de pulgas. Tendrá que ser su vivencia personal la que le lleve a ver a ese animal como algo más allá percepción.

Cuando las experiencias personales sobre el mismo hecho son contrarias unas a otras, la comunicación es imposible. De igual forma sé que no es posible convencer a quien ve a la Iglesia como un entramado jerárquico y lleno de normas irracionales, de que es algo lleno de vitalidad y dinamismo que se conforma a partir de cada uno de nosotros.

Si fuéramos conscientes de que nuestra presencia en su seno permite compartir determinados aspectos, que nuestra lejanía y desprecio hacen imposible… seguramente nos daríamos cuenta de qué es realmente la Iglesia. Todos somos necesarios dentro de ella mientras trabajemos en el sentido de la unidad. Esta unidad es la que nos religa con Dios de forma comunitaria. Recordemos que Cristo está entre nosotros cuando dos o más nos reunimos en su nombre. (Mt 18,20)

La Iglesia no podrá ser nunca mi iglesia… solo puede ser nuestra Iglesia. Aceptarla por encima de nuestros gustos y enfoques personales no es fácil. Hay que entenderla como algo sobrenatural que está sobre nosotros mismos y que aunque esté compuesta por personas imperfectas con comportamientos imperfectos… es capaz de obrar conjuntamente de forma perfecta.

Habrá quien se ría ante tamaña ingenuidad enunciada… pero para mi, los perros son seres adorables.

jueves, 22 de octubre de 2009

El Mundo Visible

Os traigo un breve texto de Monseñor Tomás Spidlík. Jesuita, nacido en 1919 en Moravia, es profesor emérito del Instituto Oriental Pontificio; desde 1991 vive y trabaja en el Centro Aletti (Roma). Es conocido y apreciado en el mundo entero como estudioso de teología espiritual patrística y oriental.

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El Mundo Visible

¿Tenemos que hablar al antiguo modo de la "fuga del mundo" o, más bien, al modo moderno del "diálogo con el mundo"? Parece que la Iglesia, en los últimos tiempos, haya cambiado su actitud hacia el mundo y sus valores, sobre todo tras el Concilio Vaticano II. Son muchas las objeciones y las preguntas que a menudo se oyen, pero no son tan nuevas como parecen y tampoco son superficiales, porque tocan un problema serio.

La actitud del Hombre hacia el mundo y hacia Dios es una cuestión fundamental de la religión. Parece que desde el principio se hayan ofrecido dos posibles soluciones. Ninguna de las dos satisface plenamente. O buscamos a Dios "en el" mundo, y entonces nos exponemos al peligro del panteísmo, monismo, materialismo; o bien, al contrario, declaramos que Dios es esencialmente distinto al mundo, y entonces no eludimos la objeción de los materialistas según la cual la religión distrae el interés del hombre por el mundo. Por lo demás también los ascetas cristianos repiten de buena gana que "el amor a Dios y el amor al mundo son inconciliables". En el evangelio de san Juan se repite este pensamiento a menudo y con insistencia: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo (Jn 15, 19). Sin embargo, en el mismo evangelio leemos el pensamiento contrario: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Cristo es "Salvador del mundo" y envía a sus discípulos "por todo el mundo" (Mc 16, 15) para que sean "la luz del mundo" (Mt 5, 14).

En la Biblia el término mundo es, por tanto, utilizado o en sentido peyorativo o en sentido neutro. Por el contrario, en griego, cosmos es un término totalmente positivo. Significa orden, belleza. Pero hay todavía otra diferencia. Cuando los europeos hablamos del mundo, pensamos sobre todo en el espacio, en su extensión, o bien en su propiedad de mundo viviente en contraste con los minerales. En la lengua aramea, que fue la lengua materna de Jesús, el término alma, mundo, significa, más bien, cierto período de tiempo, más o menos como cuando nosotros decimos: el mundo antiguo, el mundo medieval, etcétera.

De ello se sigue que el término "mundo" pueda tener diversos significados, entre los cuales hay cuatro principales:

1) el mundo visible e invisible, es decir, todo lo que Dios ha creado;
2) la naturaleza visible (excepto el hombre);
3) la sociedad humana (la "vida en el mundo", tener contacto "con el mundo");
4) la sociedad corrupta, el ambiente perverso, las tentaciones ("evitar el mundo"), es decir, el "mundo" en el sentido moral.

Mundo visible

"Sólo el cristianismo ha librado al mundo material de su maldición", escribe precisamente un teólogo reciente. Muchos sistemas filosóficos y religiosos de la antigüedad eran dualistas: veían el mal en la materia. Y aquellos que no eran dualistas no lograban resolver de modo satisfactorio la relación entre Dios y el mundo. Se encontraban ante un dilema. O Dios se ocupa del mundo, y entonces parece que depende del mundo, pierde su omnipotencia y felicidad, o bien, Dios es, como piensa Aristóteles, totalmente ajeno al curso del mundo, y entonces el mundo pierde su valor y el hombre hace bien en huir de este mundo hacia Dios.

En sus bellas homilías sobre el Hexahemeron (que trata sobre la obra divina de los seis días de la Creación), san Basilio muestra que el abismo entre Dios y el mundo se ha superado con la palabra de la Escritura: "En el principio Dios creó..." (Gn 1, 1). El cielo, la tierra, las plantas, los animales, todo lo que vemos no está contra Dios, fuera de su interés, sino que es obra suya. "Y vio Dios que todo era bueno..." (Gn 1, 4ss.). El mundo visible es representado bajo la forma de un bellísimo jardín preparado para quien debe habitar en él, es decir, el hombre.

El recto uso del mundo

En este contexto no tiene sentido hablar de "fuga del mundo". Los libros espirituales establecen, por el contrario, las reglas para "el uso del mundo", el "recto uso de las criaturas". Así leemos, por ejemplo, en la primera meditación de los Ejercicios de San Ignacio: "Todo sobre la tierra ha sido creado para el hombre, para que lo ayudara a alcanzar el fin para el cual ha sido creado". Y justo después de esto se introduce la primera regla para el "uso del mundo": podemos y debemos usar todas las cosas sólo en cuanto sir-van al bien. El mundo es "bueno"; por tanto, no puede ser utilizado sino para el bien. Cualquier otro uso es perverso.

Los autores occidentales destacan que todo puede servir para una buena obra: los campos, la casa, el dinero, la salud, etcétera. Los autores orientales, más contemplativos, hablan con mayor entusiasmo de la belleza del mundo, de su armonía, de sus colores. Todo ello nos sirve para recordar la grandeza y la belleza del Creador. Entonces la naturaleza visible se convierte en "escuela de almas", en un libro abierto en el que se lee a Dios. Los autores modernos añaden algunas consideraciones nuevas. Hablan de la responsabilidad del hombre de hoy para con el mundo, para con el rostro de la naturaleza, para que ésta siga siendo madre y albergue digno de todos.

"El mundo visible es bello -escribe san Gregorio nacianceno-, está compuesto del cielo y de la tierra [...], cada parte es decorosa, pero merece toda admiración la armonía y la unión de cada una de las partes. Todo está en su justa proporción. Es un cosmos perfecto de orden y belleza".

(Traducción del original italiano realizada por Ángela Pérez García, para la revista Magnificat)

jueves, 15 de octubre de 2009

Eremitas desafectados

Hace meses leía el estupendo libro La construcción de la Cristiandad europea, de Luis Suárez. El este libro encontré la respuesta a un interrogante que se me había presentado en multitud de ocasiones: ¿Por qué apareció la vocación contemplativa? ¿De donde salieron eremitas como San Antonio Abad allá por el siglo III?

Tanto en la vida de Jesús como en la de sus apóstoles no se hace referencia a la opción de apartarse de forma permanente de la sociedad. Si se repasan los evangelios nos daremos cuenta de que Cristo nos presenta la vida cristiana como factor activo de cambio personal y comunitario. Cristo nos demanda ser levadura o grano de mostaza que mueren para convertir harina en pan o semilla en arbol (Mt 13,31-33). Entonces, ¿Qué sentido tiene apartarse del mundo?

Luis Suárez indica con lucidez que la sociedad de los primeros siglos, así como la actual, no era precisamente una sociedad perfecta donde fuese fácil llevar una vida cristiana. Cuando Constantino (S IV) proclamó el cristianismo como religión oficial del imperio, la sociedad se cristianizó en apariencia y las sólidas comunidades cristianas tuvieron que aceptar a gran cantidad de cristianos de conveniencia en sus filas. Curiosamente la sociedad superficialmente cristiana rechazaba a quienes pretendían llevar una vida verdaderamente evangélica, ya que evidenciaban su hipocresía y falsedad. Este rechazo hizo que algunas personas pensaran en aislarse de forma personal o en pequeños grupos, para poder vivir real y profundamente su cristianismo. Nacieron los eremitas y tras la conformación de comunidades, los primeros monasterios. Pero curiosamente estos eremitas y primitivos monjes no desaparecían del mundo. No se escondían de su sociedad. Todo lo contrario, su opción vital era demostración de un ideal frente a la sociedad de su tiempo.

¿Estamos en estos días en una situación similar? Para mí esto es cada vez más evidente. La sociedad, en su mayoría, se presenta como anticristiana o en todo caso aséptica y superficialmente cristiana. Los espacios de vivencia-convivencia cristiana se reducen o desaparecen. Los ordenamientos jurídicos dificultan sentirse amparado para vivir según el mandato evangélico. Las teóricas comunidades cristianas no van más allá de verse las caras una vez a la semana en la misa. Realmente hemos adquirido un sentido comunitario muy alejado a la comunidad evangélica primitiva y eso hace mella en muchos de nosotros. Tendemos a desesperarnos y preguntarnos por el sentido de seguir adelante entre tanto desbarajuste.

Ante esta realidad, podemos optar por ser levadura o ser como el joven rico. Ser fermento que muere en para cambiar la harina en pan o quedarnos satisfechos de ser ejemplares cristianos dominicales. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja… que un rico entre en el Reino de Dios. Somos muchos los ricos pagados de nuestro propio cristianismo dentro de la Iglesia.

Soy consciente que en estos momentos que vivimos es muy sencillo sentirse abrumado por la inmensidad de la tarea a realizar y desanimarse por la apatía de la institución eclesial y del conjunto de fieles. En estos momentos de desánimo, la vida de eremita o contemplativa comunitaria se nos ofrece como una opción nada desdeñable.

Se preguntarán si pretendo irme a una profunda cueva. No. En este mundo no hace falta irse a una cueva inaccesible para hacerse eremita práctico. Se puede optar por ser un eremita interior y vivir sordo, ciego y desafectado de todo lo que ocurre fuera de nosotros y no nos gusta. Pero no debemos confundir vocación con desesperanza, ni compromiso con dejadez.

La vocación contemplativa es una llamada de Dios. No es un escondite del mundo. Más bien todo lo contrario. Es un testimonio que interpela al “mundo” demandando su atención y posicionamiento. Es un grito silencioso que nos obliga a mirar el ideal cristiano desde la cotidianidad. Si vemos la vida contemplativa práctica como un refugio donde ocultarnos y vivir felices alejados de todo… no es la llamada de Dios, es la llamada del enemigo. El enemigo nos ofrece comer de la fruta de la felicidad fácil vacía de compromiso. Es la llamada del gran disgregador, que rompe y desune: el diablo.

Dios nos de luz y fuerzas para seguir adelante.
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