domingo, 30 de octubre de 2011

Sobre la oración en la vida del cristiano

Es preciso que no restrinjas tu oración a la sola petición en palabras. En efecto, Dios no necesita que se le hagan discursos; sabe, aunque no le pidamos nada, lo que nos hace falta. ¿Qué hay que decir a esto? La oración no consiste en fórmulas: engloba toda la vida. «Por tanto, ya comáis, ya bebáis, dice el apóstol Pablo, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios.» (1C 10,31). ¿Estás en la mesa? Ora: al tomar el pan, agradece a quien te lo ha concedido; bebiendo el vino, acuérdate del que te ha hecho este don para alegrar tu corazón y solazar tus miserias. Acabada la comida, no te olvides de tu bienhechor. Cuando te pones la túnica, agradece al que te la ha dado; cuando te pones tu manto, muestra tu afecto a Dios que nos provee de vestidos adecuados para el invierno y para el verano, y para proteger nuestra vida.

Acabado el día, agradece a aquel que te ha dado el sol para trabajar durante el día y el fuego para iluminar la noche y proveer nuestras necesidades. La noche te da motivos para la acción de gracias; mirando el cielo y contemplando la belleza de las estrellas, ora al Señor del universo que ha hecho todas las cosas con tanta sabiduría. Cuando contemplas a la naturaleza dormida, adora a aquel que con el sueño nos alivia de todas nuestras fatigas y, a través de un poco de descanso, devuelve el vigor a nuestras fuerzas.

Así orarás sin descanso, si tu oración no se contenta con fórmulas y si, por el contrario, te mantienes unido a Dios a lo largo de toda tu existencia, de manera que hagas de tu vida una incesante oración. (San Basilio, Homilía 5)

Nos dice San Basilio que la oración no consiste en emitir un conjunto de frases de manera automática, sino que engloba toda nuestra vida. En cierto sentido este texto de San Basilio me hace pensar en el testimonio vital de todo cristiano. Ser cristiano en todo momento es orar con nuestra propia vida a Dios. Si cada acción, intención y pensamiento tiene como origen poner nuestra voluntad en manos de Dios, es como si orásemos de forma activa.

Pero también nos hace falta hablar a Dios con palabras. Las palabras nos comunican con Dios de una forma especialmente cercana. Tampoco podemos desdeñar orar utilizando formulas, siempre que la oración no sea una formula, sino que cada palabra brote del alma.

"Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26)

Incluso si nos somos capaces de articular palabra alguna, el Espíritu intercede por nosotros a Dios. 

domingo, 23 de octubre de 2011

si alguno quiere venir en pos de mí...

Entonces dijo Jesús a sus discípulos, "si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. Porque el que su alma quisiere salvar, la perderá. Mas el que perdiere su alma por mí, la hallará". (Mt 16, 24-25)
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Cristo nos indica tres acciones para ir hacia El:

  • Negarnos a nosotros mismos
  • Tomar nuestra cruz
  • Seguirlo


    Por qué tres acciones y estas tres precisamente. Leamos lo que San Gregorio Magno nos dice:

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    Porque el que no se niega a sí mismo no puede aproximarse a aquel que está sobre él. Pero si nos abandonamos a nosotros mismos, ¿adónde iremos fuera de nosotros? ¿O quién es el que se va, si se abandona a sí mismo? Nosotros somos una cosa caídos por el pecado y otra por nuestra naturaleza original. Nosotros nos abandonamos y nos negamos a nosotros mismos, cuando evitamos lo que fuimos por el hombre viejo y nos dirigimos hacia donde nos llama nuestra naturaleza regenerada.

    Podemos tomar la cruz de dos maneras. O dominando nuestro cuerpo con la abstinencia, o cargando nuestro espíritu con la compasión que inspiran las miserias del prójimo. Pero como muchas veces se mezclan algunos vicios con la virtud, debemos tomar en consideración que algunas veces la vanagloria acompaña a la mortificación de la carne y la virtud se hace visible y digna de alabanza, porque aparece la sequedad en el cuerpo y la palidez en el rostro. Y casi siempre se une una falsa piedad a la compasión del alma que nos arrastra con frecuencia a condescender con los vicios. El Señor a fin de evitar todo esto dice: "Y sígueme". (San Gregorio Magno, Homilias sobre el Evangelio, 32, 2-3.)

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    Muchas veces me he preguntado cómo negarme a mi mismo sin negar, al mismo tiempo, aquello que está caído y aquello que es reflejo de Dios. No es fácil negarse a uno mismo sin caer en cierta pasividad volitiva, por eso la frase de Cristo no puede ser desmembrada en dos partes inconexas. No basta con negarse a si mismo, tenemos que tomar la Cruz y seguir al Señor.

    Imaginemos que estamos dentro de un grupo y por alguna razón alguien nos desdeña o desprecia o hiere. Nuestro orgullo salta y nos sentimos dolidos. ¿Qué nos hace sentirnos así? ¿El reflejo de Dios o la herida que portamos dentro? Cristo se ofreció hasta la muerte, por lo que si le seguimos no dudaríamos en sabernos en el camino correcto.

    Dice San Gregorio Magno. “Nosotros nos abandonamos y nos negamos a nosotros mismos, cuando evitamos lo que fuimos por el hombre viejo y nos dirigimos hacia donde nos llama nuestra naturaleza regenerada.” A lo que añade: “Podemos tomar la cruz de dos maneras. O dominando nuestro cuerpo con la abstinencia, o cargando nuestro espíritu con la compasión que inspiran las miserias del prójimo.

    ¿Somos capaces de sentir que el dolor es el camino? Pero no se trata de herirnos a nosotros mismos para dañarnos. Ese dolor carece de verdadero sentido en Cristo. El dolor es el camino, siempre que carguemos nuestro espíritu con compasión para aquel que produce el dolor. Además ¿Realmente valemos algo por nosotros mismos? ¿Por qué tendríamos que sentirnos heridos si sabemos que no podemos nada sin Cristo?

    Pensemos con detenimiento qué es lo que realmente nos duele. No nos duele el desprecio sino la herida que portamos en nuestro interior y que nuestros hermanos, a veces, saben tocar con certera precisión. Cada vez que sintamos el dolor de la naturaleza herida, tengamos compasión de quien sabe tocar para causar el dolor. El sabe donde tocar porque porta la misma herida. No es diferente de nosotros, por lo que merece la misma compasión que tanto anhelamos. El tiene las mismas miserias que nosotros llevamos a cuestas.

    Todo esto puede ser medianamente fácil de decir y de comprender, pero cuando duele, ninguna razón puede callar el grito de sale de nuestro ser.

    ¿Cómo sobrellevar el dolor de lo que somos y compartimos con los demás? Llevando la Cruz que somos nosotros mismos y llevándola en dirección y sentido a Cristo. No nos quedemos en la estéril negación y esperemos que la pasividad, que es simple vanagloria, nos reconforte. El Señor a fin de evitar todo esto dice: "Y sígueme"

    Este esfuerzo es sobrehumano y únicamente Dios mismo nos puede dar fuerzas para llevarlo a cabo. Se trata de transformar nuestra naturaleza y Dios en el único que puede hacerlo. Dios nos dé fortaleza, templanza y sabiduría para soportar el dolor mientras caminamos hacia El.

    sábado, 15 de octubre de 2011

    Haz brillar sobre nosotros la Luz de Tu rostro


    De la misma manera que esta moneda de plata lleva la imagen del César, igualmente nuestra alma es imagen de la Santa Trinidad, según lo que se dice en el salmo: «La luz de tu rostro está impresa en nosotros, Señor» (Salmo LXX). Señor, la luz de tu rostro, es decir, la luz de tu gracia que establece en nosotros tu imagen y nos hace semejantes a ti, está impresa en nosotros, es decir, impresa en nuestra razón, que es el poder más alto de nuestra alma y recibe esta luz de la misma manera que la cera recibe la marca del sello. El rostro de Dios es nuestra razón; porque de la misma manera que se conoce a alguien por su rostro, así conocemos a Dios por el espejo de la razón. Pero esta razón ha sido deformada por el pecado del hombre, porque el pecado hace que el hombre se oponga a Dios. La gracia de Cristo ha reparado nuestra razón. Por esto el apóstol Pablo dice a los Efesios: «Renovad vuestro espíritu» (4, 23). La luz de la que trata este salmo es, pues, la gracia que restaura la imagen de Dios impresa en nuestra naturaleza...

    Toda la Trinidad ha hecho al hombre según su semejanza. Por la memoria se asemeja al Padre; por la inteligencia, se asemeja al Hijo; por el amor se asemeja al Espíritu... En la creación el hombre fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). Imagen en el conocimiento de la verdad; semejanza en el amor de la virtud. La luz del rostro de Dios es, pues, la gracia que nos justifica y que revela de nuevo la imagen creada. Esta luz constituye todo el bien del hombre, su verdadero bien, y le marca igual que la imagen del emperador está impresa en la moneda de plata.

    Por eso el Señor añade: «Dad al César lo que es del César». Como si dijera: De la misma manera que devolvéis al César su imagen, así también devolved a Dios vuestra alma revestida y señalada con la luz de su rostro. (San Antonio de Padua)

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    Este texto de San Antonio nos recuerda que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Imagen que no es igualdad, semejanza que no es equivalencia. Sucede igual que con una imagen pintada de nosotros en un cuadro. El artista plasma en el cuadro una imagen que no es idéntica a nosotros, no tiene la misma naturaleza humana, aunque encontremos una semejanza que nos permita reconocernos en la obra.

    San Antonio nos muestra como la semejanza con Dios conlleva también una semejanza con la Santísima Trinidad. La Luz, que es Cristo, ilumina esta semejanza y le da todo su sentido. Somos inteligencia, memoria y amor. Sentimos, pensamos y actuamos. La Fe, Esperanza y Caridad habitan en nosotros cuando Dios nos las regala. La Luz actúa en nosotros y nos transforma “La luz de la que trata este salmo es, pues, la gracia que restaura la imagen de Dios impresa en nuestra naturaleza...


    ¿Podía ser de otra forma? Dios nos ha donado el ser. Qué podemos hacer nosotros que ofrecer nuestro Ser a Dios, su auténtico dueño. Sería lo lógico tras leer los Evangelios con tranquilidad. Cristo nos dice de diversas formas que sin El nada podemos, que tenemos que negarnos a nosotros mismos, que el mundo nos detesta, que Dios es quien pone las palabras en nuestra Boca, que debemos renacer del Agua y del Espíritu, etc. ¿Por qué no dejar que la Luz nos transforme?

    A partir de esta reflexión, San antonio pasa a una frase importante dentro de los Evangelios: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt. 22, 15-21) Una maravillosa expresión que nos recuerda la diferencia entre lo que somos y lo que tenemos. Lo que tenemos puede ser dado al Cesar si es justo hacerlo, pero lo que somos, sólo puede ser donado a Dios.

    Demos al Cesar lo que es de ley darle, pero no olvidemos dar a Dios lo que es de Dios.

    domingo, 9 de octubre de 2011

    La Trascendente Proporción


    Advierto que hoy traigo un texto un poco más difícil que de costumbre. De vez en cuando me gusta compartir este tipo de reflexiones, a fin de enlazar con otras personas que puedan compartir este tipo de inquietudes místicas. A lo mejor se sorprenden de la existencia de una mística científica, ya que tras el renacimiento ha sido casi totalmente olvidada. La irrupción del nominalismo hizo que la vía mística de la ciencia quedara detenida. 

    Su autor, Nicolás de Cusa, fue cardenal y obispo de Bresanona, ciudad del norte de Italia. Nació en Cusa en el año 1401 y muere en Todi en año 1464. Fue uno de los teólogos que iniciaron la transición del medievo al renacimiento por medio de un entendimiento unitario de todo lo que existe. Este fragmento de su obra “La Docta Ignorancia” nos da una clave para entender el misterio de los paradigmas que nos hablan de Dios en todo lo que existe.

    Todos nuestros más sabios, más divinos y más santos docto­res están de acuerdo en que realmente las cosas visibles son imágenes de las invisibles, y que nuestro creador puede verse de modo cognoscible a través de las criaturas, casi como en un espejo o en un enigma. Y el que las cosas espirituales, que para nosotros son por sí mismas intan­gibles, puedan ser investigadas simbólicamente, tiene su raíz en las cosas que antes se han dicho. Puesto que todas las cosas guardan entre sí cierta proporción (que para nos­otros, sin embargo, es oculta e incomprensible), de tal manera que el universo surge uno de todas las cosas y todas las cosas en el máximo uno son el mismo uno. Y aunque toda la imagen parezca acercarse a la semejanza del ejem­plar, sin embargo, excepto la imagen máxima, que es lo mismo que el ejemplar en la unidad de la naturaleza, no hay una imagen de tal modo similar, o igual, al ejemplar que no pueda hacerse más semejante y más igual infinita­mente, como ya hemos visto antes que es evidente.

    Cuando se haga una investigación a partir de una imagen, es necesario que no haya nada dudoso sobre la imagen en cuya trascendente proporción se investiga lo desconocido, no pudiendo dirigirse el camino hacia lo in­cierto, sino a través de lo presupuesto y cierto. Todas las cosas sensibles están en cierta continua inestabilidad a causa de su potencialidad material, abundante en ellas. Lo que es más abstracto que esto, cuando se reflexiona sobre las co­sas (no en cuanto que carecen de raíz de elementos natu­rales, sin los cuales no pueden ser imaginadas, ni en cuanto yacen bajo la fluctuante potencialidad) vemos que es muy firme y muy cierto para nosotros, como ocurre con los ob­jetos matemáticos; por lo cual los sabios buscaron hábil­mente en ellos, por medio del entendimiento, ejemplos para la indagación de las cosas. Y ninguno de los antiguos, a quien se considere importante, buscó otra semejanza que la matemática para las cosas difíciles. (Nicolás de Cusa. La Docta Ignorancia, fragmento C. XI)

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     En una conversación en Facebook apareció la palabra “proporción”. Mi interlocutor me pregunto qué tenía que ver esa palabra en lo que estábamos dialogando. ¿Tienen que ver el cristianismo con la proporción? Es complicado encontrar mejor referencia de este concepto que la frase bíblica que se refiere a Cristo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.” (Salmo 117, 22-23).

    La piedra angular o clave de bóveda es aquella que se coloca en la parte superior de los arcos y que reparte proporcionalmente los empujes para dar estabilidad a la construcción. Entender qué es esta piedra angular nos permite entender qué función tiene Cristo en nosotros y la Iglesia.

    Hay otros muchos aspectos de nuestra Fe que se iluminan cuando los abordamos por medio de la semejanza. Las proporciones trascendentes se hacen evidentes ante nuestros ojos si sabemos mirar con limpieza de corazón. Ya nos lo Cristo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8).

    Pero estas proporciones no solo nos hablan de Dios desde fuera y hacia fuera de nosotros. También nos hablan desde y hacia dentro de nosotros. En el Tratado sobre el Orden, San Agustín nos dice: “Luego yo soy superior (a los animales), no por fabricar cosas bien proporcionadas, sino por conocer las proporciones” (Tratado Sobre el Orden 2,19,49)

    Estimado lector, seguramente se esté preguntando si es necesario entrar en el laberinto que intento dibujar. Ciertamente no es necesario. La Fe es un don de Dios que sólo necesita de nuestra aceptación para que la Gracia de Dios la haga crecer en nosotros. Ahora, también es cierto que la Fe se robustece por medio de los dones de entendimiento, ciencia y sabiduría. Roguemos a Dios para que recibamos estos dones y que la Fe se vaya afianzando en nosotros, día a día, por medio de la Gracia de Dios.

    martes, 4 de octubre de 2011

    Alabarán al Señor los que lo buscan

    Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
    Los desvalidos comerán hasta saciarse,
    alabarán el Señor los que lo buscan:
    viva su corazón por siempre.
    Lo recordarán y volverán al Señor
    hasta los confines de la tierra;
    en su presencia se postrarán
    las familias de los pueblos.
    Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
    ante él se inclinarán los que bajan al polvo.
    Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
    hablarán del Señor a la generación futura,
    contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
    todo lo que hizo el Señor. (Salmo 21)


    «Alabarán al Señor los que lo buscan» (Salmo 21,27). Los que lo busquen lo encontrarán, los que lo encuentren lo alabarán. ¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti! Porque tú te nos has revelado por la predicación. Te invoca, Señor, esta fe que me has dado, esta fe que me has inspirado a través de la humanidad de tu Hijo por el ministerio de tu predicador. Y ¿cómo invocaré yo a mi Dios, mi Dios y mi Señor? Cuando le invocaré, le llamaré para que venga a mí. Pero ¿es que hay en mí un lugar donde mi Dios pueda venir, ese Dios que ha hecho el cielo y la tierra» (Gn 1,1)? Así, pues, mi Dios y Señor, ¿es que hay en mí alguna cosa que pueda contenerte? ¿Es que el cielo y la tierra que tú has creado, y en los cuales me has creado a mí, te pueden contener?... Puesto que yo mismo existo ¿puedo pedirte que vengas a mí, a mí que no existiría si tú no existieras en mí?...

    ¿Quién me concederá poder descansar en ti? ¿Quién me concederá que vengas a mi corazón, que lo embriagues para que yo olvide mis males y pueda estrecharte, a ti mi único bien? ¿Quién eres tú para mí? Ten compasión de mí para que pueda hablar. ¿Quién soy a tus ojos para que me mandes amarte?... En tu misericordia, Señor Dios mío, dime lo que tú eres para mí. «Di a mi alma: Tú eres mi salvación» (Sl 34,3). Díselo; que yo lo oiga. Mira que el oído de mi corazón está a la escucha, delante de ti, Señor, haz que te oiga, y «di a mi alma: Yo soy tu salvación». Correré hacia esta palabra y al fin te agarraré. (San Agustín, Confesiones, I, 1-5)

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    Salmo y comentario de San Agustín, se unen como una plegaria que es, al mismo tiempo, alabanza y súplica. Los textos son una llamada a Dios que espera y sabe que será colmada.

    ¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti!

    La sociedad actual no busca a Dios, ya que quiere creer que no lo necesita. Quien no busca no encuentra, pero a algunos de los que buscan, Dios da la gracia de la Fe.

    Los que hemos nacido católicos y hemos sigo bautizados por nuestros padres no tenemos una conciencia clara del gran don que Dios nos ha regalado. Nos ha tendido la mano desde que nacimos y está a la espera que nosotros la busquemos y la estrechemos. ¿A qué esperamos? ¿La responsabilidad es grande? Cierto, pero los dones que recibiremos nos ayudarán a llevar la cruz.

    A muchos de nosotros nos llega a parecer insustancial conocer a Dios, ya que Dios no se nos ofrece como herramienta o sirviente de nuestros deseos. Dios hace otra cosa. El nos ofrece actuar en nosotros para que seamos herramientas suyas. Menuda contradicción para el ser humano actual. Pero también lo era en tiempos de Cristo “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25) No hemos avanzado mucho desde entonces.

    Decía Benedicto en el discurso que ofreció en Friburgo hace unos días: “Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios y las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe

    ¿Somos católicos rutinarios? ¿Damos más importancia a las apariencias que a lo sustancial? El corazón, es decir nuestra centralidad, debe ser Cristo y eso sólo podemos conseguirlo si lo deseamos y Dios nos lo concede.

    martes, 27 de septiembre de 2011

    Desmundanizar la Iglesia


    Merece la pena leerse, releerse. El discurso de Benedicto XVI en Friburgo es una hoja de ruta para reconocer, entender y penetrar en el Misterio de la Iglesia. Lo comparto de forma literal:

    Queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres señoras y señores,

    Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35). En sus ambientes de trabajo, en el momento actual, no siempre es fácil defender con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia.

    Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda?

    A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.

    Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad, cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.

    ¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario mediante una restructuración o la pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

    En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.

    La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha alcanzado a los hombres de modo particular. El Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; y ciertamente no sólo para confirmar el mundo en su mundanidad, y ser un acompañante suyo que lo deja totalmente intacto tal como es.

    Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye (como dicen los Padres de la Iglesia) un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres, en el que ambos, aunque en un modo completamente distinto, dan y adquieren algo, entregan y reciben gratuitamente. La fe cristiana sabe que Dios ha puesto al hombre en una libertad, en la que él puede ser verdaderamente un partner y entrar en un intercambio con Dios. Al mismo tiempo, el hombre es consciente de que ese intercambio es posible sólo gracias a la generosidad de Dios que toma la pobreza del mendigo como una riqueza, para hacer soportable el don divino, pues el hombre no puede corresponder con nada equivalente.

    También la Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada de autónomo ante Aquel que la ha fundada. Encuentra su sentido exclusivamente en el compromiso de ser instrumento de redención, de impregnar el mundo con la palabra de Dios y de trasformarlo al introducirlo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Ella misma está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. La Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.

    En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

    Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: "No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

    En efecto, las secularizaciones (sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares) han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena.

    Con esto la Iglesia compartía el destino de la tribu de Levi que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para, separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

    Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio del adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible.

    La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.

    No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos.

    Digámoslo con otras palabras: la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía.

    Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.

    Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de abandonar con audacia lo que hay de mundano en la Iglesia. Lo que no quiere decir retirarse del mundo. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres (tanto a los que sufren como a los que los ayudan) precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.

    Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo.

    Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.

    Benedicto XVI. Friburgo de Brisgovia, 25 de septiembre de 2011

    domingo, 25 de septiembre de 2011

    Viendo su Fe ...

    Jesús llegó a su propia ciudad. Le presentaron un paralítico que yacía en su litera. Jesús, dice el evangelio, viendo la fe de la gente dice al paralítico: “Ánimo, hijo, tus pecados te quedan perdonados.” (Mt 9,2) El paralítico entiende el perdón y se queda sin palabra. No responde nada, ni para dar las gracias. Deseaba la curación de su cuerpo más que la de su espíritu. Estaba acongojado por los males pasajeros del cuerpo enfermo, pero lo males de su alma, males eternos, no le preocupaban. Juzgaba que la vida presente era más preciosa que la vida futura. Cristo tenía razón en hacer caso de la fe de la gente que presentaban al enfermo y no de la insensatez del mismo. Gracias a la fe de otros, el alma del paralítico es curada antes de ser curado su cuerpo. “Viendo la fe de la gente” dice el evangelio. Prestad atención, hermanos, que Dios no se preocupa de aquello que le piden los hombres insensatos, no espera la fe de lo ignorantes ni atiende los deseos desacertados de un enfermo. En cambio, no puede rehusar su ayuda a los que creen. Esta fe es un regalo, un don de la gracia de Dios que la otorga a quien quiere. (San Pedro Crisólogo. Sermón 50, CCL 24)

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    En el pasaje evangélico al que San Pedro Crisólogo habla de un grupo de personas que desean presentar a un paralítico a Jesús. Jesús, viendo la Fe de estas personas, decide obrar el milagro. La Fe se manifiesta siempre dentro de la acción que parte de nuestra voluntad. La hemorroisa que toca el manto de Cristo, el Centurión que viene se acerca a Cristo para pedir por sirviente, etc.

    Incluso si la acción, movida por la Fe, la realizan otras personas Dios está presente. Si lo que pedimos está dentro del plan de Dios, Cristo accede. Se demuestra que la comunión de los Santos es una herramienta que nos permite pedir a Dios por nuestros hermanos. Aunque nuestros hermanos estén en lo que les interesa y se queden mirando lo que los demás hacemos por ellos. Pero, ojo, no se trata de una herramienta que mueva a Dios segú n uestra voluntad, sino la consciencia de ser nosotros esa herramienta y que nuestra voluntad actúa en colaboración con la Voluntad divina.

    Decididamente, una Fe activa es el medio que nos acerca a Cristo por medio de la colaboración de voluntades que acontece a través de la comunión de los Santos.

    En la conclusión de este breve pasaje aparece una frase que nos conduce al misterio, porque se dicen dos cosas el mismo tiempo: “Esta fe es un regalo, un don de la gracia de Dios que la otorga a quien quiere”. A quien quiere recibirla y a quien Dios quiere dársela.

    Llevemos ante Dios a nuestros hermanos y hagámoslo con Fe, ya que el milagro está en la mano de Dios.
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