sábado, 24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


Mas todo esto fue hecho para que se cumpliese lo que habló el Señor por el Profeta, que dice:

He aquí la Virgen concebirá y parirá un hijo, 
y llamarán su nombre Emmanuel, 
que quiere decir "Dios con nosotros".
(Mt 1,22-23)

--oOo--

Emmanuel. Dios con nosotros

Habría que investigar quién ha explicado este nombre: si el profeta, el evangelista o algún traductor. El profeta no lo explicó, y el santo evangelista no tenía necesidad de explicarlo puesto que escribía en hebreo (3). Tal vez porque este nombre era de oscuro sentido entre los hebreos merecía explicación. Pero más creíble parece que lo explicara algún traductor para que los latinos lo entendiesen, después de todo, por este nombre se designan las dos naturalezas -divina y humana- en la unidad de persona de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es, que el engendrado por Dios Padre antes de todos los siglos de una manera inefable, ése mismo se hizo en la plenitud de los tiempos Emmanuel, Dios con nosotros, de una Madre Virgen. Este nombre "Dios con nosotros" puede significar que se hizo, como nosotros, pasible, mortal, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, o que unió a su naturaleza divina en unidad de persona nuestra frágil naturaleza que se dignó asumir.(Remigio)

FELIZ NAVIDAD

lunes, 19 de diciembre de 2011

Se le soltó la boca y la lengua empezó a hablar bendiciendo a Dios

A propósito de Juan Bautista leemos en Lucas: «Será grande a los ojos del Señor, y convertirá mucho israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto» (1,15-17). ¿Por qué, pues, ha preparado un pueblo, y delante qué Señor él ha sido grande? Sin ninguna duda que delante de Aquel que ha dicho que Juan era «más que un profeta» y que «no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista» (Mt 11,9.11). Porque él preparaba un pueblo anunciando por adelantado a sus compañeros de servidumbre la venida del Señor, y predicándoles la penitencia a fin de que, cuando el Señor se hiciera presente, todos se encontraran en estado de recibir su perdón y poder regresar a Aquel para quien se habían hecho extraños por sus pecados...



Sí, «en su misericordia» Dios «nos ha visitado, Sol que viene de lo alto; y ha brillado para los que estaban sentados en tinieblas y en sombras de muerte, y ha dirigido nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79). Es en estos términos que Zacaríasliberado ya del mutismo en que había caído a causa de su incredulidad, y lleno de un Espíritu nuevo, bendecía a Dios de una nueva manera. Porque en adelante todo era nuevo, por el hecho de que el Verbo, por un proceso nuevo venía a cumplir el primer designio de su venida en la carne para que el hombre, que se había alejado de Dios, fuera por él reintegrado en la amistad con Dios .Y es por ello que este hombre aprendía a honorar a Dios de una manera nueva. (San Ireneo de Lyón. Contra la herejías III, 10,1)
¿Hemos ya vencido nuestra incredulidad? ¿Nuestra lengua salta bendiciendo a Dios de una nueva manera? ¿Qué nos sucede? ¿Por qué callamos con indolencia y desafección? ¿Estamos vacíos de Espíritu? ¿Qué nos atenaza?
«nos ha visitado, Sol que viene de lo alto; y ha brillado para los que estaban sentados en tinieblas y en sombras de muerte, y ha dirigido nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).
Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a
los hombres de buena voluntad. Te alabamos,
te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias por Tu inmensa gloria,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre omnipotente.

Nos atenazan tantas cosas. Tantas inercias, tantos miedos, rencores, suspicacias y resentimientos. Nos atenaza el pecado, que nos convierte en piedras como le sucedió a la mujer de Lot. Al mirar atrás, al mundo, a la voluntad egoista, nos hemos vuelto incapaces de encarnar la vida del Espíritu.

Somos incrédulos, pero todavía tenemos una semana para intentar mejorar algo nuestra predisposición a que nazca el Verbo en nuestro corazón. Dejemos un rato de mirar los ojos ajenos, buscando pajas y veamos en ellos la dicha de Dios vivo. ¿Nos lo impiden nuestras vigas? Las vigas tienen su lugar en la chimenea. Tirémoslas allí y despejemos nuestra mirada.


Miremos a nuestro interior y despejemos el espacio necesario para el nacimiento del Señor. No hace falta más que le dejemos entrar en nuestro establo. Nuestro establo, es decir, nosotros mismo sin estar limpios, ordenados y transformados. Cristo no necesita una habitación de un palacio, sólo un lugar donde cobijarse y empezar su acción transformadora en nosotros.
Dios se hizo carne para que el hombre, que se había alejado de Dios, fuera por él reintegrado en la amistad con Dios. Sé que lo más difícil de todo es aceptar nuestras culpas, confesarlas y dejar que Dios sane las heridas que llevamos dentro. Pero el designio de Dios es que la amistad entre El y cada uno de nosotros, sea una amistad nueva y esplendorosa. 
¿Estamos atentos a abrir la puerta a San José y la Virgen María

jueves, 15 de diciembre de 2011

Adviento y sosiego de corazón

Cuando el hombre, alejándose del alboroto exterior, habiendo cerrado su puerta de la ruidosa multitud de las vanidades, examinado sus tesoros, se recoge en el secreto de su corazón cuando en él ya no existe agitación ni desorden, nada que le estire, nada que le atenace, sino que ya en él todo es dulzura, armonía, paz, tranquilidad, y que todo el pequeño mundo de sus pensamientos, palabras y acciones sonríen al alma como un padre en una familia muy unida y pacífica, de repente nace entonces en su corazón una maravillosa seguridad. De esta seguridad proviene un gozo extraordinario, y de este gozo brota un canto de alegría que estalla en alabanzas a Dios, tanto más fervorosas cuanto tiene más conciencia de que todo el bien que encuentra en sí, es un puro don de Dios. (Elredo de Rielvaux 1110-1167 monje cisterciense. Espejo de la caridad, III, 3,4,6)

Preparando la Navidad, siempre es interesante acercarnos a nuestra interioridad y las luchas y trifulcas internas que nos impiden penetrar en los Misterios que vamos a recordad y revivir.

¿Cómo nos sentimos interiormente? ¿Nuestro estado interior es propicio para vivir una vida cristiana? Elredo nos ofrece una breve texto en el que la quietud interior, que no es quietismo, nos lleva a predisponernos para aceptar la acción de Dios sobre nosotros. Sin esta actitud interior, no disfrutaremos de la conciencia de que todo el bien que encuentra en sí, es un puro don de Dios. 

Las luces de las calles, la música a tope, los centros comerciales atiborrados, la publicidad que nos hiere, no son propicios para recibir en nuestro corazón al Niño Dios, que se ofrece nacer en nosotros.

Dis quiera que seamos capaces de que todo el pequeño mundo de nuestros pensamientos, palabras y acciones sonrían al alma como un padre en una familia muy unida y pacífica. Parte de nuestra voluntad dar el primer paso y corresponde a Dios acogernos y llevarnos donde, de repente, nace entonces en nuestro corazón una maravillosa seguridad.

¿Seguridad? Bueno, también podemos llamarle esperanza, alegría y paz.

lunes, 12 de diciembre de 2011

No sabes de dónde viene ni a dónde va

«Dios todopoderoso, según el apóstol Pablo, tu Espíritu “escruta y conoce las profundidades de tu ser” (1C 2, 10-11), e intercede por mi, te habla en mi lugar con “gemidos inenarrables” (Rm 8,26)… Fuera de Ti nadie escruta Tu misterio; nada que sea extraño a Ti no es suficientemente poderoso para medir la profundidad de tu majestad infinita. Todo lo que penetra en Ti procede de Ti; nada de lo que es exterior a Ti tiene el poder de sondearte…

Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Porque en las realidades espirituales que son dominio tuyo, mi espíritu es limitado, tal como lo dice Tu Hijo único: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”.

Creo en mi nuevo nacimiento sin comprenderlo, y en mi fe guardo lo que escapa a mi comprensión. Sé que tengo el poder de renacer, pero no sé cómo esto se realiza. El Espíritu no tiene ningún límite; habla cuando quiere, y dice lo que él quiere y donde quiere. La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia». (San Hilario de Poitiers. La Trinidad, 12,55s; PL 10, 472)

Cuando nos sentimos abatidos y desorientados nos damos cuenta de lo poco que podemos hacer por nosotros mismos. Sin el Espíritu nada podemos. El Espíritu nos llena y nos lleva donde El quiere y no sabemos las razones de ellos. De igual forma, si el Espíritu se retira de nosotros, nos desinflamos, sentimos el pesimismo entrar en nuestras venas. ¿Qué podemos hacer cuando somos conscientes de nuestra pobreza de ser y nuestra incapacidad? Menudas herramientas se busca Dios para transformar el mundo en el Reino. Ante la evidencia de nuestra debilidad, sólo podemos orar.

Quizás el Espíritu espera que nosotros volvamos a abrir la puerta que nos separa de Dios. Quizás hemos olvidado la necesidad de mantener nuestro contacto con Dios. Orar nos ayuda a sintonizar la “emisora” por la que Dios nos transmite su Gracia. Pero, que difícil es orar en una sociedad que nos satura de deberes y responsabilidades superfluas. Complicado, pero no imposible.

San Hilario nos da una pista estupenda para entender que nos sucede “La razón de de su partida y de su venida permanecen desconocidas para mi, pero tengo la profunda convicción de su presencia”. La presencia del Espíritu es lo que nos muestra el pomo de la puerta que hemos de abrir. El pomo es la Esperanza. Sin la Esperanza nada podemos y la Esperanza nace de la presencia de Dios mismo. ¿Dónde mejor podemos sentir la presencia de Dios que en los sacramentos? Pero también tenemos la Palabra de Dios en los Evangelios y la oración personal.

Nos recuerda San Hilario: “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’. Porque el Espíritu sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del agua y del Espíritu”. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Así hemos de ser nosotros mismos cuando nazcamos de nuevo.

Sólo podremos decir, como San Hilario dice en forma de oración:”Creo firmemente que Tu Espíritu viene de Ti por Tu Hijo único; aunque yo no comprendo este misterio, tengo, respecto a él, una profunda convicción. Dejemos que la Gracia de Dios actúe en nosotros y nos de fuerzas para llevar a cabo la Voluntad de Dios.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Guardarás silencio porque no has dado Fe a mis palabras...

En nosotros, la voz y la palabra no son la misma cosa, porque la voz se puede hacer oír sin que tenga ningún sentido, sin palabras, y la palabra igualmente puede ser transmitida al espíritu sin voz, como ocurre con el discurso en nuestro pensamiento. De la misma manera, puesto que el Salvador es Palabra..., Juan difiere de él siendo la voz, por analogía con Cristo que es la Palabra. Es esto lo que el mismo Juan responde a los que le preguntan quién es: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: 'Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos'» (Jn 1,23).

Es posible que sea por esta razón que Zacarías, porque dudó del nacimiento de esta voz que debía revelar a la Palabra de Dios, perdió la voz y la recuperó al nacer el que es esta voz , el precursor de la Palabra (Lc 1,64). Porque para que el espíritu pueda captar la palabra que designa a la voz, es preciso escuchar la voz. Es también por eso que, según la fecha de su nacimiento, Juan es un poco mayor que Cristo; en efecto, nosotros percibimos la voz antes que la palabra: Juan señala así a Cristo, porque es por una voz que la Palabra se manifiesta. Igualmente Cristo es bautizado por Juan, que confiesa tener necesidad de ser bautizado por él (Mt 3,14)... En una palabra, cuando Juan muestra a Cristo, es un hombre que muestra a Dios, al Salvador incorporal; es una voz que muestra la Palabra. (Orígenes, Comentario al evangelio de san Juan, 2, 193s)

Es inmensa la profundidad de las analogías que nos entrega en Nuevo Testamento. La Palabra (Logos) no significaba para los griegos un conjunto de letras a las que se ha asignado un significado. Logos es palabra en cuanto meditada, reflexionada o razonada, es decir: "razonamiento", "argumentación", "habla" o "discurso". También puede ser entendido como: "inteligencia", "pensamiento", "sentido". Por eso Cristo aparece en el prólogo del Evangelio de San Juan como “Logos” y no como “epos”. El Logos es comunicación de coherencia, trascendencia y sentido.

San Juan Bautista aparece en los Evangelios como la voz que clama en el desierto. La voz nos permite reconocer a quien la emite o en todo caso, dar noticia de nuestra presencia. Pero la voz no transporta por si misma significado.

Quien clama en el desierto, indica su presencia allí donde nadie es capaz de darse cuenta de su presencia. ¿No es esta analogía la evidencia de la humanidad que es indiferente a la voz del cristianismo? Nosotros sólo podemos aspirar a ser como San Juan Bautista. Clamamos en el desierto intentando propagar la Palabra de Dios. Pero es la Palabra, el Logos, quien tiene significado y transforma a quien la recibe.

La Palabra camina sobre la voz y nuestra misión es ceder nuestra voz a Cristo, para que sea El quien llegue a quien abra su corazón a Dios. Sin duda nuestra misión depende en gran medida de los medios que empleemos y de la técnica que utilicemos, pero ni los medios ni la técnica son la Palabra. Sin duda, una boca cerrada no transmite mensaje, ni tampoco lo transmite un balbuceo ininteligible. Pero ni la voz más fuerte ni la retórica más diestra, podrán ser por si mismas nada más que indicación de presencia. Nuestra labor es tan sencilla como imposible: permitir que la Palabra tome nuestra voz para transformar el desierto en un vergel, trasformar el mundo en el Reino de Dios.

Cristo es bautizado por Juan, que confiesa tener necesidad de ser bautizado por él (Mt 3,14) Por mucho que queramos ser útiles a Dios, es Dios quien nos hace útiles para su plan. Recibamos a la Palabra en nuestro corazón y pidamos que sea Ella quien nos transforme en herramientas eficaces en manos de Dios.

…cuando Juan muestra a Cristo, es un hombre que muestra a Dios, al Salvador incorporal; es una voz que muestra la Palabra.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Cuando veais que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios

«En él vivimos, tenemos el movimiento y el ser» (Hch 17,28). Dichoso el que vive por él, que está movido por él y en él tiene la vida. Me preguntaréis, puesto que los rasgos de su venida no se pueden descubrir ¿cómo puedo saber que está presente? Él es vivo y eficaz (Hb 4,12); a penas ha entrado en mí que ha desvelado mi alma dormida. Ha vivificado, enternecido y excitado mi corazón que estaba amodorrado y duro como una piedra (Ez 36,26). Comenzó a arrancar y escardar, a construir y plantar, a regar mi sequedad, a alumbrar mis tinieblas, a abrir lo que estaba cerrado, a inflamar mi frialdad, y también a «enderezar los senderos tortuosos y allanar los lugares ásperos» de mi alma (Is 40,4), de manera que pudiera «bendecir al Señor y todo lo que está en mi bendiga su santo nombre» (Sl 102,1).

El Verbo Esposo vino a mí más de una vez, pero sin dar señales de su irrupción... Es por el movimiento de mi corazón que he percibido que estaba allí. He reconocido su fuerza y su poder porque mis malos hábitos y mis pasiones se apaciguaban. El poner en discusión o acusación mis sentimientos oscuros me ha llevado a admirar la profundidad de su sabiduría. He experimentado su dulzura y su bondad en el suave progreso de mi vida. Viendo «renovarse el hombre interior» (2C 4,16), mi espíritu en lo más profundo de mí mismo, ha descubierto un poco su belleza. Captando con una simple mirado todo este conjunto, he temblado ante la inmensidad de su grandeza. (San Bernardo, Sermón sobre el Cantar de los cantares, nº 74)

Entramos en el Adviento, tiempo litúrgico que nos debería preparar para el nacimiento de Cristo en la Navidad. La Navidad nos parece algo externo que nos conmueve una vez al año. ¿Es esto lógico? la Navidad debería de nacer en nosotros y después nosotros llevarla hacia el exterior.

San Bernardo nos responde a cómo podemos saber su Cristo ha nacido en nosotros. Cristo nos aviva el alma, a vivificado nuestro ser que estaba duro y amodorrado, rascó, escardó e iluminó nuestra alma. Todo ello produce que bendigamos el Nombre de Dios.

El Verbo llega en silencio, pero nuestro ser se conmueve cuando la Gracia de Dios llega a nosotros. Nuestros malos hábitos y pasiones se atenúan y parecen alejarse de nosotros. La Sabiduría deja de ser algo que tienen otros y ahora brota de nuestro interior. La dulzura y la bondad son parte de nosotros.

Nuestro espíritu ha conocido un poco de la Belleza de Cristo y temblamos ante la inmensidad y grandeza que se abre delante de nosotros.

¿Estamos entre los benditos que han vivido esto en nuestro interior?

Pues, estimado lector, tenemos una buena tarea por delante. Tarea que no es personal, sino comunitaria y en comunión. Comunitaria, porque Cristo se descubre en nuestros hermanos y en comunión con Dios. La Gracia de Dios no se conquista con esfuerzo personal, pero necesitamos de la voluntad real de recibirla. ¿Realmente queremos hacerlo?

El Adviento es un tiempo propicio para buscar la valentía necesaria para aceptar la Gracia y dejar que Cristo nos transforme. Es el tiempo de preparación para la Navidad. Navidad que debe ser interior. Cristo debe nacer en nosotros.

Créame, si nos planteamos con seriedad recibir la Gracia transformadora de Dios, nos daremos cuenta de la inmensa responsabilidad que conlleva. Al darnos cuenta de lo que pedimos, no es extraño que demos un paso atrás, temiendo ser transformados. ¿Cómo atrevernos a dar el paso?

Tenemos una pista insustituible. Miremos a la Virgen, ella actuó con plena libertad, dejando su voluntad en manos de Dios.

He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)

Cuando sintamos que suceden estas cosas en nuestro interior, es que está cerca el Reino de Dios.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Oigo en mi corazón: "Busca mi rostro..."

Habla, corazón mío; ábrete todo entero y dirígete a Dios: «Busco tu rostro; sí, Señor es tu rostro que busco» (Sl 26,8). Y Tú, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón cómo y dónde he de buscarte; cómo y dónde he de encontrarte, Señor. Señor, si Tú no estás aquí, si estás ausente ¿dónde buscarte? Y si es que estás presente en todas partes ¿por qué yo no puedo verte? Ciertamente, Tú habitas en una luz inaccesible. Pero ¿dónde está esta luz inaccesible? ¿Quién me conducirá hasta ella y me introducirá en ella para que yo pueda verte? Y luego, ¿bajo qué signos, bajo qué figura podré descubrirte? No te he visto jamás, Señor Dios mío, y no conozco tu rostro. Altísimo Señor, ¿qué puedo hacer, qué hará este desterrado lejos de ti? ¿Qué puede hacer tu siervo, ansioso de tu amor y alejado de tu rostro? Aspira a contemplarte y tu rostro se le oculta enteramente. Desea reunirse contigo, pero tu mansión es inaccesible. Ansía encontrarte, pero no sabe dónde habitas. Emprende tu búsqueda, pero desconoce tu rostro.

Señor, Tú eres mi Dios, Tú mi Maestro, y sin embargo yo no te he visto. Tú me has creado y me has redimido, Tú me has dado todos mis bienes, y sin embargo no te conozco aún. Me has hecho con la única finalidad de que te vea, y sin embargo yo no he realizado aún mi destino. Miserable condición la del hombre que ha perdido aquello para lo que fue creado... Te encontraré al amarte y te amaré mientras te encuentro. (San Anselmo de Canterbury, Proslogion, 1)

San Anselmo de Canterbury nos relata el ansia de conocer a Dios que todos llevamos en nuestro corazón. Dios no puede ser visto con la luz que penetra en nuestros ojos, por eso San Anselmo nos dice que habita en una luz inaccesible. ¿Quién me conducirá hasta ella y me introducirá en ella para que yo pueda verte? Y luego, ¿bajo qué signos, bajo qué figura podré descubrirte?

Ese Quien es Cristo que es el Logos, la Palabra que da sentido y llena toda nuestra existencia. Pero ¿Cómo descubro a Dios? ¿Qué signos y qué figura nos da noticias suyas? En libro del Exodo nos dice: Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.» (Ex 33,20) El rostro de Dios no puede verse, entonces, ¿por qué dicen los Evangelios?: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)

Leamos lo que nos dice Orígenes de Alejandría:

Y si alguien nos pregunta por qué está dicho: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8), nuestra posición, a mi juicio, se afirmará mucho más con esto, pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón, sino entenderle y conocerle con la mente, según lo que antes hemos expuesto? En efecto, muchas veces los nombres de los miembros sensibles se refieren al alma, de modo que se dice que ve con los ojos del corazón esto es, que comprende algo intelectual con la facultad de la inteligencia. Así se dice también que oye con los oídos cuando advierte el sentido de la inteligencia más profunda. Así decimos que el alma se sirve de dientes cuando come, y que come el pan de vida que descendió del cielo. (Orígenes de Alejandría. Los Principios)

“Fides quaerens intellectum”, la Fe necesita entender. La Fe necesita entender y ese entendimiento es la luz inaccesible que sólo Dios nos ofrece a través de los dones de ciencia y entendimiento. Luz que nos permite ver a  Dios con los ojos de un corazón limpio de prejuicios y sinsentidos.
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