domingo, 26 de febrero de 2012

Pero ella no lo acababa de entender. La samaritana y nosotros

Traigo este domingo un fragmento del Tratado sobre el Evangelio de San Juan, de San Agustín. Se centra en el Episodio evangélico de la samaritana junto al pozo de Jacob. San Agustin nos dice:

Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber: Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando, poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojala hubiera podido escuchar: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.
(San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 15, 11)

¿Somos muy diferentes de la samaritana? Al igual que a ella, Jesús nos ofrece el Agua Viva repetidas veces. ¿Qué hacemos? Normalmente dejamos este ofrecimiento y nos concentramos en pedir a Dios que nos ayude en lo cotidiano. No es que esté mal pedir a Dios que nos ayude, pero Dios espera algo más de nosotros.

Me acuerdo de la llamada que Cristo hizo a Mateo y como dejó su puesto de publicano sin pensarlo (Mt 9, 9). ¿Qué sucedió con el joven rico? ¿No recibió la misma llamada? La misma llamada pero, el joven rico estaba atado a sus responsabilidades y beneficios terrenales (Mt 19, 16). Estaba atado cuando se creía libre. En contrapunto, Mateo que parecía atado por su trabajo y posición, dejó todo atrás sin dudarlo. Mateo era mucho más libre que el joven rico.

Ya que estamos en Cuaresma conviene pensar a quien nos parecemos más. ¿Nos cuesta dejar las cosas de este mundo en manos de Dios? ¿Pensamos que con nuestra fortaleza todo lo podemos? La riqueza del joven tiene símiles en todo aquello que nos hace creernos autosuficientes. La samaritana no estaba dispuesta a dejar atrás lo que le ataba. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo.

A veces lo que nos ata no son lo bienes materiales sino las certezas asumidas que conforman nuestros prejuicios. Podemos sentirnos ricos de Fe y pensar que no necesitamos conversión. El verdadero don de Dios no es creerse salvado, sino reconocerse pecador. En la medida que nos reconocemos imperfectos, podemos aspirar a que la Gracia nos transforme. Cristo nos dijo que  habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.(Lc 15,7)

Cristo nos llama a dejar nuestras certezas y dar un paso adelante. Un paso con el que asumimos nuestra incapacidad y dependencia del Señor. No se si lograremos darlo en esta Cuaresma, pero al menos pidamos al Señor que nos confiera el valor necesario.

domingo, 19 de febrero de 2012

Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio

XV. Más vale callar y ser, que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre. 2. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. 3. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente. (San Ignacio de Antioquía. Carta a los Efesios)

Vuelvo a la Carta a los Efesios de San Ignacio de Antioquía. En la estrofa XV, San Ignacio nos habla de la autenticidad, sinceridad, honestidad que debemos de tener antes de hablar. Más vale callar y ser que hablar y no ser”. Quien habla y no practica lo que dice, es testigo de su propia incoherencia. También nos habla de lo maravilloso que es obrar en silencio, para que la obra sirva de testimonio y no quede en entredicho por su autor. Obrar según la voluntad de Dios. Pero ¿Cuál es la voluntad de Dios?

Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio. El silencio de Dios siempre es aparente ya que si Dios hablara de forma explícita condicionaría nuestra libertad. Pero todo lo que nos rodea habla de Dios, si sabemos leer su mensaje. De esta forma quien no quiere tener oídos, puede vivir su vida sin pararse a escuchar la voz de Dios. Sólo hay un verdadero maestro, que es Cristo. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre ¿Por qué es Maestro? Porque da testimonio con sus obras y lo hace de manera coherente y completa.

También nos habla San Ignacio del ejemplo de quienes son santos y han conseguido ser testigos coherentes del Señor. El ejemplo de quienes cumplen la voluntad de Dios es reflejo de Cristo Maestro nuestro. Ser templos de Dios implica guardad su Nombre en nuestro corazón, nuestro ser. Pero reconocer y contener el Nombre del Señor es un don de Dios. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (Mt 16,17) Pedro reconoció que Cristo era el Hijo de Dios vivo ¿Lo hacemos nosotros? ¿Somos sinceros al decir que somos cristianos?

Aceptar a Cristo como Señor es más que gritar Señor Señor. ¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo? (Lc 6, 46) No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21) La Fe sin obras es sólo apariencia y conformidad. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? (St 2, 14)

Nos dice San Ignacio Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.

Roguemos al Señor para saber hacer la voluntad de Dios. Entonces seremos herramientas vivas y El se manifestará a través nuestra. Dios lo quiera.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Por qué esta generación reclama un signo?

Padre Santo, Dios todopoderoso..., cuando yo elevo la débil luz de mis ojos, ¿puedo dudar de que eso sea tu Cielo? Cuando contemplo el curso de las estrellas, su retorno en el ciclo anual, cuando veo las Pléyades, la Osa menor y la Estrella de la mañana y considero que cada una brilla en el lugar que Tú le has asignado, comprendo, Oh Dios, que Tú estás allí, en estos astros que yo no comprendo. Cuando veo «las soberbias olas del mar» (sl 92,4), no comprendo el origen de esta agua, ni tampoco comprendo quien es que pone en movimiento su flujo y reflujo regular y, sin embargo, creo que hay una causa –ciertamente para mí impenetrable- en estas realidades que yo ignoro, y también allí percibo tu presencia.

Si vuelvo mi espíritu hacia la tierra que, por el dinamismo de unas fuerzas escondidas, descompone todas las semillas que antes ha acogido en su seno, las hace germinar lentamente y las multiplica, después las hace crecer, no encuentro allí nada que pueda comprender con mi inteligencia; pero esta misma ignorancia me ayuda a discernirte, a ti, puesto que, si soy incapaz de comprender la naturaleza que ha sido puesta a mi servicio, sin embargo te encuentro a través de este mismo hecho de que ella está allí, para mi uso.

Si me vuelvo hacia ti, la experiencia me dice que yo no me conozco a mi mismo, y te admiro tanto más por el hecho de ser yo un desconocido para mí mismo. En efecto, aunque yo no los puedo comprender, sí tengo experiencia de los movimientos de mi espíritu que juzga sus operaciones, su vida, y esta experiencia te la debo sólo a ti, a ti que me has hecho participar de esta naturaleza sensible que me da un gran gozo, aunque su origen se encuentra más allá de lo que alcanza mi inteligencia. No me conozco a mi mismo, pero te encuentro en mí y, encontrándote, te adoro.
(San Hilario de Poitiers. La Trinidad 12, 52-53)

En nuestra inmensa ignorancia ¿Dónde encontrar un lugar donde apoyarnos con firmeza? ¿Dónde encontrar una fuente de discernimiento para separar el trigo de la paja? Sin duda el discernimiento es complicado. Lo que desearíamos sería una respuesta directa y concluyente. Cuando nadamos en el mar de la dudas, queremos algo en lo que apoyarnos y no sutilezas o complicadas teorías. Pero Dios respeta la libertad y nunca responde de forma impositiva. Dios nunca está en el trueno o el huracán, sino en la tenue brisa (1 Reyes 18, 9-13)

¿Dónde encontrar apoyo en nuestras dudas? En todas partes. De Dios nos habla todo y nos habla de manera coherente. Cristo es el Logos, Palabra que es sentido y coherencia universal. San Hilario ve en la creación el reflejo de Dios y ve que es coherente con lo revelado por Cristo. Ve que ante sus dudas y sus ignorancias, todo lo creado le habla a su oído. Incluso las ignorancias de sobre si mismo, le hablan de Dios.

Aquello que anhela, es un reflejo que Dios ha puesto dentro de nosotros. Las dudas hablan de qué es Dios, porque El está en aquello que necesitamosEn efecto, aunque yo no los puedo comprender, sí tengo experiencia de los movimientos de mi espíritu que juzga sus operaciones, su vida, y esta experiencia te la debo sólo a ti, a ti que me has hecho participar de esta naturaleza sensible que me da un gran gozo, aunque su origen se encuentra más allá de lo que alcanza mi inteligencia.

El texto-oración de San Hilario desborda la sensibilidad de quien necesita de Dios y Lo encuentra donde menos lo espera. ¿Dónde está Dios? En todos los signos que nos rodean. ¿Por qué esta generación necesita de un signo? Porque el ansia de Dios está dentro nuestra y los signos aparecen como las luces que nos ayudan para andar el camino.

En la oración, San Hilario encuentra a Dios y a través de Dios, encuentra su sentido como persona: “No me conozco a mi mismo, pero te encuentro en mí y, encontrándote, te adoro.” El sentido del ser humano está en la imagen de Dios que está impresa en nosotros. Encontrando a Dios sólo queda que nos arrodillemos y le adoremos. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Mi espíritu es el sacrificio expiatorio de la cruz

La breve carta de San Ignacio de Antioquia (†107) a los efesios es una colección de consejos profundos y útiles. Decir que murió en el año 107 significa que bebió directamente de la Tradición Apostólica. Antioquia era una de las principales ciudades del Imperio Romano, por lo que su Obispo tenía un encargo de gran responsabilidad. Hoy traigo dos estrofas de la Carta a los efesios, pero espero ir compartiendo poco a poco más de ellos.

XIII Procurad reuniros con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno. Nada mejor que la paz, que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra.

XIV Nada de esto os es desconocido, si mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la Fe y la Caridad, que son el principio y el fin de la vida: el principio es la Fe, el fin es la Caridad. Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican, con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas. El qué profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Por el fruto se conoce al árbol; del mismo modo, los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Lo que nos interesa ahora, más que hacer una profesión de fe, es mantenernos firmes en esa Fe hasta el fin.  (San Ignacio de Antioquia. Carta a los Efesios)

La estrofa XIII nos habla de la necesidad de reunirnos en acción de gracias y e alabanza a Dios. Es decir, San Ignacio nos invita a la Eucaristía y la vivencia comunitaria de la Fe. Es interesante que San Ignacio reseñe que la reunión sea en el mismo lugar, ya que se puede pensar en una estancia especialmente dedicada a la comunidad.

En la estrofa XIV nos dice que nada de lo que él indica nos será desconocido siempre que estemos unidos de forma perfecta a Cristo por medio de la Fe y con el fin de la Caridad. Pero ¿Es tan importante profesar la Fe? San Ignacio dice que El qué profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Nosotros profesamos la Fe cada domingo mediante el Credo. Con el Credo decimos a toda la comunidad y a Dios, que creemos en todo lo que El nos ha revelado. Esta profesión nos lleva a la concordia y a la paz que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra. ¿Cómo vamos a discutir si tenemos la misma Fe y nuestro objetivo es el Amor que llena y completa, la Caridad.

Quien posee la Caridad no odia. ¿Cuánto nos cuesta no odiar? La medida de nuestro odio, es inversamente proporcional a nuestra medida de Amor, Caridad. Quien está lleno de Caridad no puede odiar, igual que quien está lleno de luz, no encuentra sombra dentro de si mismo.

Los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Las obras de quienes perteneces a Cristo son obras que unen, dan consistencia y son coherentes. Las obras que destruyen, separan, desmiembran, no pueden ser obras de caridad realizadas desde la Fe.  Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican, con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas.  

Para terminar, San Ignacio nos dice que quienes hemos tenido el don de recibir la Fe, nos toca trabajar por mantenerla y acrecentarla. No es tarea fácil, ya que tiene que contar con la ayuda directa de Dios.

domingo, 29 de enero de 2012

Autoridad y libertad.

"El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió." Es esta la manera de expresar su dolor: retorcerlo. El demonio, puesto que no había podido alterar el alma del hombre, ejerció su violencia sobre su cuerpo. Estas manifestaciones físicas eran, por otra parte, el único medio que tenía para dar a entender que iba a salir de aquel hombre. Al manifestar su presencia el espíritu puro, el impuro no puede hacer más que retirarse... «Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto?'».

Fijémonos en los Hechos de los Apóstoles y en los signos que dieron los primeros profetas. ¿Qué dicen los magos del Faraón al ver los prodigios que hacía Moisés? "Es el dedo de Dios" (Ex 8,15). A pesar de ser Moisés quien los lleva a cabo, reconocen que hay un poder mayor. Más tarde los apóstoles obraron otros prodigios: "¡En el nombre de Jesús, levántate y camina!" (Hch 3,6); "Y Pablo, en el nombre de Jesucristo, ordenó al espíritu salir de aquella mujer" (Hch 16,18). Siempre se recurre al nombre de Jesús. Pero aquí ¿qué es lo que él mismo dice? "Sal de él" sin precisar más. Es en su propio Nombre que ordena al espíritu de salir. «Todos preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo». La expulsión del demonio no era en sí mismo nada nuevo: los exorcistas de los hebreos lo hacían corrientemente. Pero ¿qué dice Jesús? ¿Cuál es esta enseñanza nueva? ¿Dónde está la novedad? La novedad reside en que Jesús manda a los espíritus impuros con autoridad propia. No cita a nadie: él mismo da la orden; no habla en nombre de otro sino en nombre de su propia autoridad.(San Jerónimo Comentario al evangelio de Marcos, 2)

Autoridad. Esta palabra ha desaparecido de nuestro vocabulario desde hace unas cuantas décadas. Está proscrita porque implica que hay un orden que  nos demanda que nos ajustemos a el. El concepto de libertad parece quedar en entredicho, ya que nos dicen que la autoridad nos impide ser libres.

Les pongo un ejemplo. Un niño quiere meter su mano en el fuego y el padre le dice: si lo haces te dolerá. El niño no sabe que es lo que le dice y decide meter la mano. Siente un fuerte dolor y llora amargamente. Llora de dolor, pero también llora su ignorancia. Ha metido la mano porque ignoraba lo que le podía suceder ¿Era libre? Decididamente no. La libertad se fundamenta en el conocimiento y quien ignora es esclavo del azar en sus acciones.

Pero en este episodio el padre del niño ha ganado autoridad. La próxima vez que le diga al niño que se cuide de hacer algo, el niño sabrá que lo hace por su bien y se interesará por conocer la razón de que su acto le traiga consecuencias negativas. La autoridad del padre dona libertad a su hijo, no se la recorta.

En el evangelio de este domingo y en este comentario de San Jerónimo, se evidencia la autoridad de Cristo. ¿Por qué los demonios obedecen a Cristo? Porque ellos saben quien es El y saben que su palabra no puede ser desobedecida sin que les traiga un mal. Hasta los demonios le hacen caso. Asombroso: «Todos preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo». No estamos acostumbrados a aprender desde la autoridad, ya que no reconocemos dicha autoridad. Así nos va como sociedad y los resultados son evidentes en todas las esquinas.

¿Aún dudamos de la autoridad de Cristo? Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6) Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8,32)

La verdadera autoridad nos hace libres. Nos libera como sucedió con en endemoniado del Evangelio. ¿Seremos capaces de entender esto? Me temo que la sociedad no está dispuesta oír hablar de autoridad. Incluso dentro de la Iglesia, cada vez tenemos menos consciencia de la necesidad de aceptar la autoridad para ser más libres.

La autoridad, como la Verdad, no proviene de una persona, sino del conocimiento que nos transmite Dios por medio de las personas y la revelación. Aprovechemos este conocimiento, esta Verdad. No asociemos la autoridad y libertad como elementos antagónicos sino como colaboradores uno del otro para nuestro bien.

Pero ¿Qué sucede cuando la autoridad humana obra de manera contraria a la Verdad?

Cuando la autoridad [humana] favorece a la verdad y castiga, alaba al que se enmienda. Cuando esa autoridad [humana] es enemiga de la verdad y castiga, alaba al que es coronado por haberla despreciado (San Agustín. Carta 93,6)

La autoridad se pierde cuando se disocia de la Verdad. Si el padre del ejemplo anterior, engaña a su hijo, este deja de considerar sus consejos y si lo obedece lo hace por el temor al castigo. La autoridad humana puede ayudarnos a vivir en libertad o esclavizarnos. Entonces deja de ser autoridad y se convierte en simple poder. Este poder merece ser despreciado y evidenciar su falacia.

Quiera el Señor que nuestras palabras estén siempre llenas de Verdad, ya que entonces se reconocerá la autoridad de Dios en toda su plenitud.

lunes, 23 de enero de 2012

¿Qué unidad es la que hemos pedido al Padre?

Terminamos la semana de oración por unidad de los cristianos, pero qué unión es la que pedimos realmente. Al hablar de unión seguramente se nos vaya la mente a los hermanos separados y a nuestro deseo verlos integrarse en una sola Iglesia. Pero si escudriñamos un poco en nuestra Iglesia, la que está mas cercana a nosotros, seguramente nos demos cuenta que también necesitamos la unidad.

Reflexionaba sobre la unidad es comunidad y no colectivo y miraba lo que nos cuesta conformar comunidades vivas entre quienes tenemos todas las posibilidades de estar en comunión entre nosotros. Nuestra naturaleza herida, resquebrajada, inestable nos hacer buscar a nuestros hermanos y al mismo tiempo hacer complicada nuestra convivencia con ellos.

Convivir. Si nos cuesta convivir dentro de las familias ¿Cómo queremos convivir con otras personas? La comunión es un misterio. ¿Cómo vivirla sin dejar lo que cada uno es? Es imposible vivir en comunión sin la negación de nosotros mismos. De nuestros derechos, nuestras vanaglorias, nuestras preeminencias o egoísmos diversos.

El monacato nació como una formula reglada que propiciara la vida comunitaria y seguramente tendríamos que aprender de los fundadores de las diferentes reglas mucho del sentido que tiene saber estar en nuestro lugar. Por desgracia el orden “geométrico” sustituye al orden de la caridad. El primero es un orden estático que muchas veces nos ayuda y otras veces nos atenaza. Pero la disciplina y la obediencia son un camino de transformación que termina en el otro orden, la caridad. Pero el orden geométrico es cada vez más complicado de aplicar en nuestra sociedad. Una sociedad en donde todo cambia de un mes a otro. El flujo de información y de necesidades impiden que el orden estático sea práctico para la vida cotidiana de muchos de nosotros. Vida en que nos sabemos de antemano ni la hora en que comeremos o volveremos a casa.

En el mundo de hoy se hace cada vez más necesario el orden en la caridad, que es el que Cristo nos propone como ideal y meta.

El Creador, si es verdaderamente amado, es decir, si es amado El, no otra cosa en su lugar, no puede ser amado mal. El amor, que hace que se ame bien lo que debe amarse, debe ser amado también con orden, y así existirá en nosotros la virtud, que trae consigo el vivir bien. Por eso me parece que la definición más breve y acertada de virtud es ésta: la virtud es el orden del amor. A este tenor, la esposa de Cristo, la Ciudad de Dios, canta en el Cantar de los Cantares: Ordenad en mí la caridad. Turbado, pues, el orden de esta caridad, es decir, de la dilección y del amor, los hijos de Dios se olvidaron de Dios y amaron las hijas de los hombres. (San Agustín. La Ciudad de Dios, XV 22)

Nuestro amor humano siempre está teñido de componendas, intereses, expectativas y egoísmos. ¿Cómo podemos buscar la unidad sin tener una verdadera caridad? Seguramente nuestras pequeñas comunidades sean un escenario donde se evidencia que nuestra naturaleza nos inclina a la ruptura. ¿Cuántas buenas intenciones no se proponen viciadas por nuestros egoísmos que provocan los egoísmos de quienes nos rodean. Cuantas veces queremos ser el centro de la fiesta o que nadie se fije en nosotros. Cristo nos dijo «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35) Mirémonos en la parábola del publicano y el fariseo. Tampoco podemos ser tibios e indiferentes, porque el Ángel de la Iglesia nos vomitará (Apocalipsis 3:16) Hemos de tener caridad con quienes nos indican nuestros errores e incluso si al hacerlo, nos hacen sentirnos mal con nosotros mismos. La caridad no es silencio y complicidad, sino fuego que quema y transforma nuestra naturaleza. He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! (Lc 12,49)

Cuando nuestros hermanos separados nos vean que vivimos como verdaderos hermanos, estaremos empezando a dar testimonio de unidad. Dice el viejo refrán que la caridad, bien entendida, empieza por nuestra casa. Cuanta razón.

lunes, 9 de enero de 2012

En su mano tiene la herramienta para aventar

El bautismo con que Jesús bautiza es por “el Espíritu y el fuego”. Si eres santo, serás bautizado con Espíritu Santo; si eres pecador, serás echado al fuego. El mismo bautismo se hará condena de fuego para los pecadores indignos. Pero los santos, aquellos que se convierten al Señor con una fe perfecta, recibirán la gracia del Espíritu Santo y la salvación.

Así, pues, aquel que bautiza con Espíritu Santo y fuego “tiene en su mano la herramienta para aventar la paja y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará en un fuego que no se apaga.” (Lc 3,16-17) Quisiera revelar porqué el Señor tiene en su mano la herramienta de aventar y de qué soplo se trata al aventar la paja, mientras que el trigo, de más peso, se acumula en un solo lugar, porque, si no sopla el viento no se puede separar la parva del trigo.

Creo que el viento son las tentaciones, que en el conjunto de los fieles revela lo que es paja y lo que es trigo. Porque, cuando vuestra alma ha sido dominada por la tentación, no es que la tentación haya cambiado vuestra alma de trigo en paja, sino porque ya erais paja, es decir, personas livianas y sin fe. La tentación no ha hecho más que desvelar vuestra naturaleza escondida. En cambio, si afrontáis la tentación con ánimo fuerte, no es ella la que os hace constantes y fieles. La tentación únicamente revela las virtudes de la constancia y del esfuerzo que estaban en vosotros, pero de forma escondida... “Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre... para que reconozcas en tu corazón que el Señor tu Dios te corrige como un padre corrige a su hijo.”
(Orígenes. Homilías sobre San Lucas, 26,3-5)

Orígenes habla con un lenguaje que es extraño al ser humano del siglo XXI. Hablar de condenas puede sonar extraño a muchas personas que sólo entienden el amor como un camino unidireccional. La sociedad de la abundancia nos ha acostumbrado a que siempre tengamos lo que se nos reconoce como derecho.

El viento son las tentaciones, que en el conjunto de los fieles revela lo que es paja y lo que es trigo. ¿Qué parte de nosotros es trigo y qué parte es paja? ¿Que parte vuela de un lado a otro a la voluntad del viento que sople en cada momento? ¿Qué parte de nosotros pesa y cae como simiente rápidamente?

Hablar de tentación es también extraño en nuestra sociedad. Las tentaciones se consideran hoy en día como oportunidades que debemos aprovechar. “Se vive dos días” dicen en cada esquina, pero nunca sabremos el momento en que nos llamará el Padre a su presencia.

Orígenes no da una pista estupenda. Las tentaciones revelan nuestra naturaleza escondida. ¿Por qué? Porque somos tentados cuando hay algo en nosotros que es receptivo a lo que nos tienta. Ese algo son las grietas de nuestra naturaleza. Si no tuviéramos la naturaleza agrietada, no existirían tentaciones. La tentación también revela algo más: revela las virtudes de la constancia y del esfuerzo que estaban en vosotros. Sin las tentaciones, no haría falta disponer de las virtudes que se enfrentan a ellas. La constancia y el esfuerzo necesitan de la Esperanza, a que toda espera sin sentido, termina por desesperar. La Esperanza nos viene de Dios y no podemos dejar de solicitarla en nuestras oraciones. Sin Esperanza, no somos nada.


“Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre... para que reconozcas en tu corazón que el Señor tu Dios te corrige como un padre corrige a su hijo.” 

Las tentaciones conllevan también el amor de Dios. Dios no intenta dañarnos al permitir que seamos tentados. Las tentaciones nos muestran que sólo la Gracia de Dios es capaz de sellar las grietas de nuestra naturaleza e impedir que el mal anide en nosotros. ¿Cómo corrige Dios? Corrige con la Gracia que nos ofrece y que nosotros hemos de aceptar con Esperanza. Sin Esperanza la Gracia no penetra en nosotros para transformarnos.


Quiera Dios concedernos Esperanza suficiente para afrontar los retos que tenemos por delante en este 2012.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...