domingo, 18 de marzo de 2012

No consideres sus méritos personales de los sacerdotes, sino su ministerio


 19 Antes se te ha advertido que no te limites a creer lo que ves, para que no seas tú también de éstos que dicen: «¿Éste es aquel gran misterio que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre? Veo la misma agua de siempre, ¿ésta es la que me ha de purificar, si es la misma en la que tantas veces me he sumergido sin haber quedado nunca puro?» De ahí has de deducir que el agua no purifica sin la acción del Espíritu.

24 Finalmente, aquel paralítico (el de la piscina Probática) esperaba un hombre que lo ayudase. ¿A qué hombre, sino al Señor Jesús nacido de una virgen, a cuya venida ya no era la sombra la que había de salvar a uno por uno, sino la realidad la que había de salvar a todos? Él era, pues, al que esperaban que bajase, acerca del cual dijo el Padre a Juan Bautista: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y Juan dio testimonio de él, diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Y, si el Espíritu descendió como paloma, fue para que tú vieses y entendieses en aquella paloma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento.

27 En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio. Y, si quieres atender a los méritos, considéralos como a Elías, considera también en ellos los méritos de Pedro y Pablo, que nos han confiado este misterio que ellos recibieron del Señor Jesús. Aquel fuego visible era enviado para que creyesen; en nosotros, que ya creemos, actúa un fuego invisible; para ellos, era una figura, para nosotros, una advertencia. Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también. Cuánto más se dignará estar presente donde está la Iglesia, donde se realizan los sagrados misterios. (San Ambrosio de Milán, Tratado de Misterios)

Hoy domingo celebramos en muchas diócesis el día del seminario. Otras lo celebran el lunes, día de San José.

En este texto de San Ambrosio de Milán se relacionan tres elementos muy importantes: la Fe, los sacramentos y el sacerdote. La Fe que nos permite ver una realidad cargada de signos y símbolos que nos hablan de Dios. La Fe nos permite reconocer la acción del Espíritu en los signos que realiza el sacerdote. Nos dice San Ambrosio no te limites a creer lo que ves. Es decir, no nos quedemos con las apariencias físicas.

 ¿Qué sucede cuando nuestro entendimiento queda atrapado por la realidad física que aparece delante de nosotros? Quedamos atrapados por lo que mide, se pesa y se compra.  No somos capaces de entender la Verdad que oculta la realidad aparente. Entonces vemos al sacerdote como un animador comunitario que “representa” una especie de función para congregarnos cada domingo. ¿Para qué necesitamos sacerdotes entonces? Evidentemente, si lo que vemos en un animador y un actor, el sacerdocio no es necesario.

Pero el sacerdote es un vehiculo especial, a través del cual se manifiesta el Señor. Por eso los sacramentos están ligados a la presencia y acción Litúrgica y el oficio del sacerdote. ¿Puede haber sacramentos sin sacerdote? No sin que estos pierdan el sentido de comunicadores de la Gracia de Dios. Evidentemente, los bautizados podemos excepcionalmente bautizar y en el matrimonio los ministros son los contrayentes, pero el sacerdote actúa como testigo y oficiante de la ceremonia. El sacerdote no deja de ser esencial en la vida sacramental de toda comunidad. Las comunidades que no tienen sacerdotes, pierden el vínculo sacramental con Dios.

Pero ¿Es tan necesario el sacerdote? No es raro que nos encontremos con quejas sobre tal o cual sacerdote. Quizás deberíamos ser conscientes que los sacerdotes son tan humanos como nosotros. Tal capaces de meter la pata como usted y yo. San Ambrosio no da la clave: En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio. Los méritos son maravillosos, pero aún es más maravilloso el ministerio que realizan todos los días de su vida. Una vida llena en que la vocación se convierte en lo primordial.

Nos dice San Ambrosio: Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también. ¿No es maravilloso? Es maravilloso cuando la Fe nos permite ver más allá de lo físico y nos acercamos a los sacramentos preparados y conscientes de lo que hacemos.

Antiguamente era más sencillo aceptar la presencia de Dios en nuestra vida y en la Liturgia. Aquel fuego visible era enviado para que creyesen; en nosotros, que ya creemos, actúa un fuego invisible; para ellos, era una figura, para nosotros, una advertencia. ¿Una advertencia? Sí, pero esta advertencia no es un chantaje, sino una evidencia que nace en nuestro corazón y nosotros advertimos en nuestra vida.

Al recibir un sacramento debería pensar como nos indica San Ambrosio:  si el Espíritu descendió como paloma, fue para que tú vieses y entendieses en aquella paloma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento. ¿Seremos capaces de advertir en la figura del sacerdote esa un signo de la presencia de Dios entre nosotros?

En la medida que seamos conscientes de ese signo, las vocaciones crecerán y el rebaño tendrá pastores que le guíen. Dios lo quiera.

domingo, 11 de marzo de 2012

"Destruid este templo, y en tres días lo levantaré". Interpretación eclesial


Somos ahora los obreros de Dios y construimos el templo de Dios. La dedicación de este templo tuvo ya lugar en su Cabeza puesto que el Señor resucitó de entre los muertos después de haber triunfado de la muerte; habiendo destruido en él lo que era mortal, subió al cielo… Y es ahora que nosotros construimos este tempo por la fe para que también se haga su dedicación en la resurrección final. Es por esto que hay un salmo que se intitula: «cuando reconstruyamos el templo, después de la cautividad». Acordaos de la cautividad en la que nos encontramos antaño, cuando el diablo tenía al mundo entero en su poder, como un rebaño de infieles. Es en razón de esta cautividad que vino el Redentor. Derramó su sangre para rescatarnos; por su sangre derramada suprimió el billete de la deuda que nos mantenía cautivos (Col 2,14)… Vendidos con anterioridad al pecado, hemos sido liberados por la gracia.

Después de esta cautividad, ahora construimos el templo, y para que se edifique, anunciamos la buena nueva. Por eso el salmo comienza así: «Cantad al Señor un cántico nuevo». Y para que no pienses que se construye este templo en un rincón, tal como lo hacen los herejes que se separan de la Iglesia, fíjate en lo que sigue: «Cantad al Señor toda la tierra» (San Agustín, Sermón 163, 5)

La lectura del evangelio de este domingo es muy interesante: Jn 2,13-25. El episodio de la expulsión de los mercaderes del templo. El episodio es uno de los que más me han intrigado. Cristo actúa de manera directa sobre quienes hacen de los aledaños del templo un lugar de comercio. No tiene piedad de los vendedores que vendían animales, aunque es evidente que se ganaban la vida facilitando animales adecuados para las inmolaciones rituales. También había cambistas que ofrecían a los compradores la posibilidad de obtener la moneda con la que era necesario realizar las limosnas y ofrendas. El oficio de estos vendedores facilitaba el cumplimiento de los preceptos que los fieles judíos debían cumplir. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Tampoco estaban formalmente dentro del templo?

Un primer análisis nos lleva a pensar que Cristo nos indicó que facilitar artificialmente el cumplimiento de las normas propicia que las personas se despreocupen de la conversión y preparación personal. Cualquiera podía ir directamente al patio del templo y hacerse con todo lo necesario. ¿Para qué preocuparse? El cumplimiento del precepto era una rutina llena de apariencias externas.

Es reseñable que Cristo ejerciera esta violenta acción en primera persona. Evidentemente quiso realizar un signo que fuese interpretado. "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar" (Jn 2, 18-19). El signo se hace evidente. La acción del hombre puede ser importante, pero la Voluntad de Dios supera toda acción humana.

Por otra parte, utilizar un tiempo de reconstrucción tan simbólico (tres días) nos lleva pensar en Jonás dentro de la Ballena “Pero el Señor  dispuso un gran pez que se tragase a Jonás. Y éste estuvo en el vientre del pez tres Días y tres noches.”(Jonás 2, 1) o en el libro del Éxodo: «El Señor dijo a Moisés: “Extiende tu mano hacia el cielo, y se extenderá sobre el territorio egipcio una oscuridad palpable”. Moisés extendió la mano hacia el cielo, y una densa oscuridad cubrió el territorio egipcio durante tres días.» (Éx 10,21s).

Tres días es un tiempo relacionado con Dios (Trinidad) que propicia la transformación o conversión del ser humano. Evidentemente, Cristo se refiere veladamente a la resurrección, pero también mucho más. San Agustín señala con este signo un paradigma muy interesante. La construcción del templo de la Fe, que es la Iglesia. La Fe aparente se convierte en Fe consciente y este proceso nos lleva consolidar la Iglesia y a difundir el evangelio por donde vayamos: “Acordaos de la cautividad en la que nos encontramos antaño, cuando el diablo tenía al mundo entero en su poder, como un rebaño de infieles”… “Después de esta cautividad, ahora construimos el templo, y para que se edifique, anunciamos la buena nueva

El templo es la Iglesia que se edifica a partir de nuestra conversión personal y nuestra capacidad de difundir la Buena Noticia donde vayamos. Pero esta edificación requiere un proceso de conversión personal y colectiva. El proceso conlleva cierta violencia sobre las actitudes “fáciles y meramente cumplidoras en lo externo” ¿Para que cambistas y vendedores de ofrendas? Nosotros somos la ofrenda el precio fue pagado por Cristo. Desalojen la entrada del templo. Ya no es necesario nada de eso, aunque son imprescindibles esos tres días de oscuridad y transformación en los que Dios nos reedifica y a través nuestra, reconstruye el templo que es el Reino de Dios.

¿Qué mejor tiempo que la Cuaresma para adentrarse en el proceso de conversión? 

domingo, 4 de marzo de 2012

Limosna, ayuno y oración, están unidas a la reconciliación.

“Cristo dio la vida por ti, ¿y tú continúas aborreciendo al que es un servidor como tú? ¿Cómo puedes acercarte a la mesa de la paz? Tu Maestro no dudo en soportar por ti todos los sufrimientos, ¿y tú, rechazas incluso renunciar a tu cólera?... «¡Fulano me ha ofendido gravemente, dices tú, ha sido tantas veces injusto conmigo, e incluso me ha amenazado de muerte!» ¿Qué es esto? Todavía no te ha crucificado tal como sus enemigos crucificaron al Señor.

Si no perdonas las ofensas recibidas de tu prójimo, tampoco tu Padre que está en los cielos te perdonará tus faltas (Mt 6,15). ¿Qué es lo que dice tu conciencia cuando pronuncias estas palabras: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre» y lo que sigue? Cristo no ha hecho diferencias: derramó su sangre también para los que derramaron la suya. ¿Podrás tú hacer algo semejante? Cuando no quieres perdonar a tu enemigo, te haces daño a ti mismo, no a él...; lo que estás preparando es un castigo para ti mismo el día del juicio...

Escucha lo que dice el Señor: «Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda»... Porque el Hijo del hombre ha venido al mundo para reconciliar a la humanidad con su Padre. Es así como lo dice san Pablo: «Ahora Dios ha reconciliado consigo todas las cosas» (Col, 1,22); «mediante su cruz, en su persona, dio muerte al odio» (Ef  2,16).” (San Juan Crisóstomo. Homilía sobre la traición de Judas, 2, 6)

La cuaresma es una camino que los peregrinos andamos paso a paso hasta la Pascual. El ayuno, la oración y la limosna nos recuerdan tres aspectos importantes de todo peregrinar: la escasez de  alimentos, la actualización del objetivo que nos conduce y la caridad con quienes nos acompañan en el camino. ¿Podemos estar enemistados con nuestros compañeros de viaje? Como todo camino cristiano, la reconciliación es imprescindible.

Una vez que lleguemos al final del peregrinaje ¿Cómo vamos a poner sobre el altar nuestros rencores y resentimientos? ¿Los aceptará Dios como ofrenda? En el altar deberíamos de depositar las joyas que hubiéramos recogido durante nuestro viaje.

Tal como el mismo Dios me lo inspiró, os he aconsejado siempre que al llegar las fiestas... os acerquéis al altar del Señor vestidos con la luz de la pureza, resplandecientes con las limosnas, adornados con las oraciones, vigilias y ayunos, como con valiosas joyas celestiales y espirituales, en paz no sólo con vuestros amigos, sino también con vuestros enemigos, en una palabra, que os lleguéis al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio. (San Ambrosio de Milán, Sobre la Cuaresma. Sermón IX)

Vivir siempre es encuentro y desencuentro. No es raro que en nuestra Cuaresma aparezcan disgustos, rencillas o hasta peleas. La Pascua es el momento culmen de año Litúrgico y tal como San Ambrosio nos indica, el Señor espera que lleguemos al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio.

¿Es la Pascua un remedio para nosotros o es un juicio? Pasará la Pascua y lamentaremos haberla desaprovechado o nos sentiremos gozosos de haber llegado mejor que el año pasado. La pureza es un don de Dios, que hemos de solicitar con la oración y que debemos trabajar con limosna y ayuno.

Quiera el Señor que lleguemos a la Pascual vestidos de luz y resplandecientes.

domingo, 26 de febrero de 2012

Pero ella no lo acababa de entender. La samaritana y nosotros

Traigo este domingo un fragmento del Tratado sobre el Evangelio de San Juan, de San Agustín. Se centra en el Episodio evangélico de la samaritana junto al pozo de Jacob. San Agustin nos dice:

Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber: Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando, poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojala hubiera podido escuchar: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.
(San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 15, 11)

¿Somos muy diferentes de la samaritana? Al igual que a ella, Jesús nos ofrece el Agua Viva repetidas veces. ¿Qué hacemos? Normalmente dejamos este ofrecimiento y nos concentramos en pedir a Dios que nos ayude en lo cotidiano. No es que esté mal pedir a Dios que nos ayude, pero Dios espera algo más de nosotros.

Me acuerdo de la llamada que Cristo hizo a Mateo y como dejó su puesto de publicano sin pensarlo (Mt 9, 9). ¿Qué sucedió con el joven rico? ¿No recibió la misma llamada? La misma llamada pero, el joven rico estaba atado a sus responsabilidades y beneficios terrenales (Mt 19, 16). Estaba atado cuando se creía libre. En contrapunto, Mateo que parecía atado por su trabajo y posición, dejó todo atrás sin dudarlo. Mateo era mucho más libre que el joven rico.

Ya que estamos en Cuaresma conviene pensar a quien nos parecemos más. ¿Nos cuesta dejar las cosas de este mundo en manos de Dios? ¿Pensamos que con nuestra fortaleza todo lo podemos? La riqueza del joven tiene símiles en todo aquello que nos hace creernos autosuficientes. La samaritana no estaba dispuesta a dejar atrás lo que le ataba. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo.

A veces lo que nos ata no son lo bienes materiales sino las certezas asumidas que conforman nuestros prejuicios. Podemos sentirnos ricos de Fe y pensar que no necesitamos conversión. El verdadero don de Dios no es creerse salvado, sino reconocerse pecador. En la medida que nos reconocemos imperfectos, podemos aspirar a que la Gracia nos transforme. Cristo nos dijo que  habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.(Lc 15,7)

Cristo nos llama a dejar nuestras certezas y dar un paso adelante. Un paso con el que asumimos nuestra incapacidad y dependencia del Señor. No se si lograremos darlo en esta Cuaresma, pero al menos pidamos al Señor que nos confiera el valor necesario.

domingo, 19 de febrero de 2012

Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio

XV. Más vale callar y ser, que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre. 2. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos están cerca de Él. 3. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente. (San Ignacio de Antioquía. Carta a los Efesios)

Vuelvo a la Carta a los Efesios de San Ignacio de Antioquía. En la estrofa XV, San Ignacio nos habla de la autenticidad, sinceridad, honestidad que debemos de tener antes de hablar. Más vale callar y ser que hablar y no ser”. Quien habla y no practica lo que dice, es testigo de su propia incoherencia. También nos habla de lo maravilloso que es obrar en silencio, para que la obra sirva de testimonio y no quede en entredicho por su autor. Obrar según la voluntad de Dios. Pero ¿Cuál es la voluntad de Dios?

Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio. El silencio de Dios siempre es aparente ya que si Dios hablara de forma explícita condicionaría nuestra libertad. Pero todo lo que nos rodea habla de Dios, si sabemos leer su mensaje. De esta forma quien no quiere tener oídos, puede vivir su vida sin pararse a escuchar la voz de Dios. Sólo hay un verdadero maestro, que es Cristo. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo ha sido hecho" y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre ¿Por qué es Maestro? Porque da testimonio con sus obras y lo hace de manera coherente y completa.

También nos habla San Ignacio del ejemplo de quienes son santos y han conseguido ser testigos coherentes del Señor. El ejemplo de quienes cumplen la voluntad de Dios es reflejo de Cristo Maestro nuestro. Ser templos de Dios implica guardad su Nombre en nuestro corazón, nuestro ser. Pero reconocer y contener el Nombre del Señor es un don de Dios. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (Mt 16,17) Pedro reconoció que Cristo era el Hijo de Dios vivo ¿Lo hacemos nosotros? ¿Somos sinceros al decir que somos cristianos?

Aceptar a Cristo como Señor es más que gritar Señor Señor. ¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo? (Lc 6, 46) No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21) La Fe sin obras es sólo apariencia y conformidad. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? (St 2, 14)

Nos dice San Ignacio Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a fin de que seamos sus templos y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.

Roguemos al Señor para saber hacer la voluntad de Dios. Entonces seremos herramientas vivas y El se manifestará a través nuestra. Dios lo quiera.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Por qué esta generación reclama un signo?

Padre Santo, Dios todopoderoso..., cuando yo elevo la débil luz de mis ojos, ¿puedo dudar de que eso sea tu Cielo? Cuando contemplo el curso de las estrellas, su retorno en el ciclo anual, cuando veo las Pléyades, la Osa menor y la Estrella de la mañana y considero que cada una brilla en el lugar que Tú le has asignado, comprendo, Oh Dios, que Tú estás allí, en estos astros que yo no comprendo. Cuando veo «las soberbias olas del mar» (sl 92,4), no comprendo el origen de esta agua, ni tampoco comprendo quien es que pone en movimiento su flujo y reflujo regular y, sin embargo, creo que hay una causa –ciertamente para mí impenetrable- en estas realidades que yo ignoro, y también allí percibo tu presencia.

Si vuelvo mi espíritu hacia la tierra que, por el dinamismo de unas fuerzas escondidas, descompone todas las semillas que antes ha acogido en su seno, las hace germinar lentamente y las multiplica, después las hace crecer, no encuentro allí nada que pueda comprender con mi inteligencia; pero esta misma ignorancia me ayuda a discernirte, a ti, puesto que, si soy incapaz de comprender la naturaleza que ha sido puesta a mi servicio, sin embargo te encuentro a través de este mismo hecho de que ella está allí, para mi uso.

Si me vuelvo hacia ti, la experiencia me dice que yo no me conozco a mi mismo, y te admiro tanto más por el hecho de ser yo un desconocido para mí mismo. En efecto, aunque yo no los puedo comprender, sí tengo experiencia de los movimientos de mi espíritu que juzga sus operaciones, su vida, y esta experiencia te la debo sólo a ti, a ti que me has hecho participar de esta naturaleza sensible que me da un gran gozo, aunque su origen se encuentra más allá de lo que alcanza mi inteligencia. No me conozco a mi mismo, pero te encuentro en mí y, encontrándote, te adoro.
(San Hilario de Poitiers. La Trinidad 12, 52-53)

En nuestra inmensa ignorancia ¿Dónde encontrar un lugar donde apoyarnos con firmeza? ¿Dónde encontrar una fuente de discernimiento para separar el trigo de la paja? Sin duda el discernimiento es complicado. Lo que desearíamos sería una respuesta directa y concluyente. Cuando nadamos en el mar de la dudas, queremos algo en lo que apoyarnos y no sutilezas o complicadas teorías. Pero Dios respeta la libertad y nunca responde de forma impositiva. Dios nunca está en el trueno o el huracán, sino en la tenue brisa (1 Reyes 18, 9-13)

¿Dónde encontrar apoyo en nuestras dudas? En todas partes. De Dios nos habla todo y nos habla de manera coherente. Cristo es el Logos, Palabra que es sentido y coherencia universal. San Hilario ve en la creación el reflejo de Dios y ve que es coherente con lo revelado por Cristo. Ve que ante sus dudas y sus ignorancias, todo lo creado le habla a su oído. Incluso las ignorancias de sobre si mismo, le hablan de Dios.

Aquello que anhela, es un reflejo que Dios ha puesto dentro de nosotros. Las dudas hablan de qué es Dios, porque El está en aquello que necesitamosEn efecto, aunque yo no los puedo comprender, sí tengo experiencia de los movimientos de mi espíritu que juzga sus operaciones, su vida, y esta experiencia te la debo sólo a ti, a ti que me has hecho participar de esta naturaleza sensible que me da un gran gozo, aunque su origen se encuentra más allá de lo que alcanza mi inteligencia.

El texto-oración de San Hilario desborda la sensibilidad de quien necesita de Dios y Lo encuentra donde menos lo espera. ¿Dónde está Dios? En todos los signos que nos rodean. ¿Por qué esta generación necesita de un signo? Porque el ansia de Dios está dentro nuestra y los signos aparecen como las luces que nos ayudan para andar el camino.

En la oración, San Hilario encuentra a Dios y a través de Dios, encuentra su sentido como persona: “No me conozco a mi mismo, pero te encuentro en mí y, encontrándote, te adoro.” El sentido del ser humano está en la imagen de Dios que está impresa en nosotros. Encontrando a Dios sólo queda que nos arrodillemos y le adoremos. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Mi espíritu es el sacrificio expiatorio de la cruz

La breve carta de San Ignacio de Antioquia (†107) a los efesios es una colección de consejos profundos y útiles. Decir que murió en el año 107 significa que bebió directamente de la Tradición Apostólica. Antioquia era una de las principales ciudades del Imperio Romano, por lo que su Obispo tenía un encargo de gran responsabilidad. Hoy traigo dos estrofas de la Carta a los efesios, pero espero ir compartiendo poco a poco más de ellos.

XIII Procurad reuniros con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno. Nada mejor que la paz, que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra.

XIV Nada de esto os es desconocido, si mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la Fe y la Caridad, que son el principio y el fin de la vida: el principio es la Fe, el fin es la Caridad. Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican, con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas. El qué profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Por el fruto se conoce al árbol; del mismo modo, los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Lo que nos interesa ahora, más que hacer una profesión de fe, es mantenernos firmes en esa Fe hasta el fin.  (San Ignacio de Antioquia. Carta a los Efesios)

La estrofa XIII nos habla de la necesidad de reunirnos en acción de gracias y e alabanza a Dios. Es decir, San Ignacio nos invita a la Eucaristía y la vivencia comunitaria de la Fe. Es interesante que San Ignacio reseñe que la reunión sea en el mismo lugar, ya que se puede pensar en una estancia especialmente dedicada a la comunidad.

En la estrofa XIV nos dice que nada de lo que él indica nos será desconocido siempre que estemos unidos de forma perfecta a Cristo por medio de la Fe y con el fin de la Caridad. Pero ¿Es tan importante profesar la Fe? San Ignacio dice que El qué profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. Nosotros profesamos la Fe cada domingo mediante el Credo. Con el Credo decimos a toda la comunidad y a Dios, que creemos en todo lo que El nos ha revelado. Esta profesión nos lleva a la concordia y a la paz que pone fin a toda discordia en el cielo y en la tierra. ¿Cómo vamos a discutir si tenemos la misma Fe y nuestro objetivo es el Amor que llena y completa, la Caridad.

Quien posee la Caridad no odia. ¿Cuánto nos cuesta no odiar? La medida de nuestro odio, es inversamente proporcional a nuestra medida de Amor, Caridad. Quien está lleno de Caridad no puede odiar, igual que quien está lleno de luz, no encuentra sombra dentro de si mismo.

Los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Las obras de quienes perteneces a Cristo son obras que unen, dan consistencia y son coherentes. Las obras que destruyen, separan, desmiembran, no pueden ser obras de caridad realizadas desde la Fe.  Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican, con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas.  

Para terminar, San Ignacio nos dice que quienes hemos tenido el don de recibir la Fe, nos toca trabajar por mantenerla y acrecentarla. No es tarea fácil, ya que tiene que contar con la ayuda directa de Dios.
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