domingo, 27 de mayo de 2012

Del Pentecostés judío al Pentecostés cristiano


El monte Sinaí es símbolo del monte Sión... Fijaos hasta que punto las dos alianzas son el eco una de la otra, con que armonía la fiesta de Pentecostés es celebrada por cada una de ellas... El Señor bajó, tanto sobre el monte Sión como sobre el monte Sinaí, el mismo día y de modo semejante...

Lucas ha escrito: «De pronto vino un ruido del cielo, como de un viento recio. Los apóstoles vieron aparecer una lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3)... Sí, aquí y allí el ruido de un viento recio se dejó oír, un fuego se dejó ver. Pero en el Sinaí era una nube espesa, sobre el monte Sión el esplendor de una luz muy brillante. En el primer caso se trataba «de la sombra y la figura» (Hb 8,5), en el segundo, de la verdadera realidad. En otros momentos se escuchaba el ruido del trueno, ahora de pueden discernir las voces de los apóstoles. Por un lado, el resplandor del rayo; por el otro estallan prodigios por todas partes...

«Todos salieron del campamento para ir al encuentro del Señor, al pie de la montaña» (Ex 19,17). Se lee en los Hechos de los Apóstoles: «Al oír el ruido, acudieron en masa»... De todo Jerusalén el pueblo se reunió al pie del monte Sión, es decir en el lugar en que Sión, figura de la Santa Iglesia, empezaba a edificarse, a poner sus fundamentos…
«Todo el monte Sinaí  humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego, dice el Éxodo (v. 18)... ¿Podían no quemar los que estaban ardiendo con el gran fuego del Espíritu Santo? Tal como el humo señala la presencia del fuego, así también por la seguridad de sus palabras, por la diversidad de lenguas, el fuego del Espíritu Santo manifestaba Su presencia en el corazón de los apóstoles. ¡Dichosos los corazones llenos de este fuego! ¡Dichosos los hombres que ardían con Su calor! «El monte temblaba violentamente. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte» (v.19)... De la misma manera la voz de los apóstoles y su predicación se hacían cada vez más fuertes; cada vez más lejos se hicieron escuchar sus palabras hasta que «su mensaje alcanza a toda la tierra y su voz llega hasta los límites del orbe» (Sl 18,5). (San Bruno de Segni. Comentario del Éxodo, c. 15)
Pentecostés es una fecha muy especial. Celebramos el día en que el Espíritu Santo se posó sobre los Apóstoles y estos recibieron los dones que Cristo les prometió.

Sin duda, los Apóstoles se transformaron de manera maravillosa e inesperada. Pasaron de ser un grupo de personas llenas de temor y dudas, a un ejército dispuesto a todo por difundir el Evangelio. ¿Qué les sucedió? ¿Lo podemos entender? Tal vez podamos acercarnos intelectualmente a lo que pudo pasar en su interior, pero nunca seremos capaces de entender la luz cegadora que iluminó el ser de estas personas. Pudo suceder tal como se cuenta en el Génesis, “Hágase la Luz” y la luz se hizo en el corazón de todos ellos.

¿Cómo recibimos hoy en día el Espíritu Santo? Esta no es una pregunta secundaria, ya que podríamos pensar que el Espíritu ya no se manifiesta. Pero no es así. El Espíritu tuvo que entrar de golpe en los Apóstoles, porque su misión lo requería y así lo prometió el Señor. Hoy en día, el Espíritu actúa, pero de una manera menos impetuosa y multitudinaria.

También es evidente que nosotros mismo no estamos nada predispuestos a dejar actuar al Espíritu en nosotros. Nos da miedo aceptar su acción. Esta acción nos llevaría a cambiar la manera de vivir y eso no es sencillo de aceptar.

El fuego quema y transforma lo que toca. De igual forma, el Espíritu nos transforma en la medida que permitimos que actúe. Tal como el humo señala la presencia del fuego, así también por la seguridad de sus palabras, por la diversidad de lenguas, el fuego del Espíritu Santo manifestaba Su presencia en el corazón de los apóstoles. ¡Dichosos los corazones llenos de este fuego!

El sonido de un trueno hizo congregarse a una multitud que fue testigo de la transformación de los corazones de estos hombres. ¿Qué es el trueno en nuestro tiempo? ¿Qué es aquello que nos convoca? ¿Quién habla en diversidad de lenguas?

Tal como San Bruno indica. Es la Iglesia la que nos convoca y son las voces de nuestros pastores, las que nos llenan en corazón de Esperanza.

Quiera el Señor llenarnos de Su Espíritu y darnos de beber de esa Agua Viva que quita la sed para siempre.

domingo, 13 de mayo de 2012

Vosotros no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo


Todos los fieles y buenos cristianos, pero sobre todo los mártires gloriosos, pueden decir: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). Era contra ellos que se amotinaban las naciones, los pueblos planeaban un fracaso y los príncipes conspiraban (Sl 2,1); se inventaban nuevos tormentos e imaginaban increíbles suplicios contra ellos. Se les llenaba de oprobios y acusaciones mentirosas, se les encerraba en calabozos insoportables, labraban sus carnes con uñas de hierro, se les mataba a golpes de espada, eran expuestos a las bestias, se les quemaba vivos, y estos mártires exclamaban: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»

El mundo entero está contra vosotros y aún decís: «¿Quién estará contra nosotros?» Pero los mártires nos responden: «¿Qué es para nosotros este mundo entero siendo así que morimos por aquél por quien el mundo ha sido hecho?» Que lo digan, pues, y lo repitan los mártires y nosotros escuchemos y digamos con ellos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» Pueden desencadenar su furia contra nosotros, pueden injuriarnos, acusarnos injustamente, colmarnos de calumnias; pueden no sólo matar sino incluso torturar. ¿Qué harán los mártires? Repetirán: «Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida» (Sl 53,6)... Entonces, si el Señor sostiene mi vida, ¿qué daño puede hacerme el mundo ?... Es él quien recuperará mi cuerpo... «Todos mis cabellos están contados» (Lc 12,7)... Digamos, pues, con fe, con esperanza, con un corazón ardiendo de caridad: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (San Agustín Sermón 334)

Este texto de San Agustín nos recuerda la tensión que vivimos todos los cristianos al estar en el mundo y desear el Reino. Pero no siempre tenemos las cosas tan claras. A veces preferimos el mundo y dejamos el Reino para cuando muramos. Pero Cristo nos dijo que el mundo nos odiará como le odió a Él. ¿Realmente nos sentimos ciudadanos del Reino y lo anhelamos? ¿Realmente sentimos el odio del mundo? La Carta a Diogneto es tajante en cuento a nuestra ciudadanía celestial.

Pero ¿Qué es el mundo? El mundo es la sociedad como poder que nos distancia de Dios y de su Voluntad. El mundo es la sociedad que nos ofrece la aparente saciedad de nuestros deseos, olvidando a Dios. Al igual que los israelitas que esperaban a Moisés, desesperaron y decidieron crear el becerro de oro. El mundo nos dice que no esperemos más, que saciemos nuestras ansias saturando lo sentidos y embotando nuestra mente. El Reino nos dice que esperemos a saciar nuestros anhelos por medio del Espíritu.

El mundo nos ofrece la inmediatez y el Reino la espera. ¿Cómo puede una espera saciar nuestros anhelos? Debería ser al revés. Evidentemente los santos son la prueba de que la espera, cuando tienen sentido, es Esperanza. La Esperanza sacia si procede del Espíritu, pero se desvanece si proviene de lo material.

La espera llena de Esperanza nos transporta a la comprensión del sacrificio. Sacrum facere, hacerse sagrado. Hacerse medio por el que Dios se comunica a los demás. La Espera conlleva sacrificio y el sacrificio es por si mismo una manera de evangelización. El sacrificio nos abre la puerta a ser testigos vivos del Señor.

No, no hace falta salir a las calles con un látigo. Con vivir en sintonía con la Voluntad de Dios y hacerlo con la Esperanza que nos dona el Espíritu, es más que suficiente. ¿Bonito? Mucho, pero rara vez conseguimos estar en gracia mucho tiempo.

¿Qué sucede si somos incapaces de separarnos del mundo? Nos da vergüenza decir que somos cristianos y procuramos que no se nos note demasiado. Yo diría que no  nada más que lo que le sucedió a Pedro a negar tres veces de Cristo.

Ese Pedro incapaz, limitado, temeroso, se volvió a encontrar con Cristo en la orilla del mar de Galilea. Allí Cristo le preguntó tres veces si le amaba y Pedro sólo pudo decir que le quería. ¿Otro fracaso? No, nada de eso.

El mismo Pedro fue el que salió a la plaza y lanzó el discurso del Kerigma. ¿Qué le sucedió a Pedro? Evidentemente, fue el Espíritu quien lo desató de las cadenas del miedo y le convirtió. A San Pablo le sucedió algo similar. Tras ver a Cristo camino de Damasco, fue otra persona.

¿Vamos  ser nosotros más que San Pedro y San Pablo? Me temo que a duras penas nos parecemos a como eran ellos antes de recibir el Espíritu. Esperemos nuestro Pentecostés. ¿Por qué no? Roguemos a Dios por ello.

domingo, 6 de mayo de 2012

Vid y los Sarmientos.Reflexionando sobre Redes Cristianas


En el pasaje del Evangelio que nuestro Señor dice que él es la vid y nosotros los sarmientos, habla así en tanto que él es la cabeza de la Iglesia y nosotros somos sus miembros (Ef 5,25), en tanto que «mediador entre Dios y los hombres» (1Tm 2,5). En efecto, la vid y los sarmientos son de la misma naturaleza; por eso el que era Dios, y por tanto de una naturaleza distinta de la nuestra, se hizo hombre a fin de que, en él, la naturaleza humana fuera como una vid de la que nosotros seríamos los sarmientos. Estos están estrechamente unidos a la vid pero no le comunican nada, sino que es de ella de donde reciben su principio de vida. La vid, por el contrario, está unida a los sarmientos para comunicarle su savia vivificante, sin recibir de ellos nada a cambio. Es así como Cristo permanece en sus discípulos.

Decía él a los discípulos: «Permaneced en mí como yo permanezco en vosotros». Ellos no estaban en él de la misma manera que él en ellos. Esta unión recíproca no le reportaba a él ningún provecho; tan sólo ellos sacan provecho. Los sarmientos están estrechamente unidos a la vid pero no le comunican nada, sino que es de ella que los sarmientos reciben su principio de vida. La vid, por el contrario, está unida a los sarmientos para comunicarles su savia vivificante, sin recibir de ellos nada a cambio. Es así como Cristo permanece en sus discípulos.

Si Cristo no hubiera sido un hombre no hubiera podido ser vid; sin embargo, si él no fuera también Dios, no podría proveer de esta gracia a los sarmientos. Porque no se puede vivir sin esta gracia, y porque la muerte está en poder de nuestro libre arbitrio, nuestro Señor añade: «Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden (Jn 15,6). Es por eso que, si la madera de la vid es despreciable cuando no permanece unida a la vid, es tanto más gloriosa cuando permanece en él. (San Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 80, 1; 81, 1.3-4)

La Vid y los sarmientos es uno de los pasajes más bonitos del Evangelio de San Juan. Cristo nos explica la relación que Él tiene con quienes están unidos por medio del Espíritu. Un sarmiento que no recibe la savia de la cepa, se seca. Tan sólo tiene utilidad para ser quemado. Un sarmiento vivo, recibe de la cepa la savia y es capaz de dar fruto.

Esta imagen puede ser utilizada como paradigma en diversidad de situaciones. La unidad de la Iglesia es una de ellas. Cuando nos separamos de la Iglesia e intentamos crear nuevas iglesias a nuestra medida, el Espíritu deja de fluir y todo termina agotado y seco. En la medida que cada uno está unido a Cristo la Iglesia se renueva con nuevas fuerzas. Si los cristianos estamos lejos de Cristo, la Iglesia parece ser más frágil y lejana.

No podemos vivir sin la Gracia de Dios. Nosotros no comunicamos nada a la cepa, pero a través nuestra la vid da frutos.  A veces el sarmiento que se separa de la vid piensa que es la vid la que está perdiendo vitalidad. Piensa que si la vid se acercara a él, todo iría mejor. Pero en la vid es donde habita el Espíritu que se comunica a los sarmientos. Los sarmientos no pueden comunicar el Espíritu a la vid.

En todo caso, cuanto más cercanos y unidos estén los sarmientos a la vid, los frutos serán más abundantes y la vid aparecerá más saludable. Cuando los sarmientos se separan y la vid parece seca, no es que le falte vida a la cepa, sino que los sarmientos no están suficientemente unidos a ella.

Hace unos días, leyendo el manifiesto de Redes Cristianas y la asamblea que ha convocado para celebrar el 50 aniversario del fin del Concilio Vaticano II, pensaba en la parábola de la vid y los sarmientos. 

Dicen los sarmientos que no son súbditos, que pueden ser independientes de la cepa. Dicen que la Iglesia pasa por momentos delicados, pero los verdaderos momentos delicados lo están pasando todos los sarmientos que están alejados de Ella. Parece que la cepa tiene problemas de vitalidad, pero son los sarmientos quienes realmente lo tienen. Hablan de esperanzas que no han dado fruto ¿Por qué será que un sarmiento no da fruto? Hablan de que no quieren un nuevo Concilio, sino una asamblea de creyentes. Una asamblea de sarmientos que olvidan a la cepa, no tiene muchas esperanzas de ir muy lejos. Hablan de una Fe que no puede vivirse dentro de instituciones religiosas. ¿Qué fe es la que prescinde de la cepa que le da sustento? Quizás una fe que predispone a los sarmientos a ser combustible para las frías noches de invierno.

Que el Señor nos ayude a estar cada día más unidos a la Cepa, que es la Iglesia, cuerpo de Cristo en la Tierra.

domingo, 29 de abril de 2012

El Espíritu en la vida del Cristiano y de la Iglesia


El Espíritu en la vida del cristiano. La unción de los bautizados está en continuidad con el bautismo del Señor. Por este sacramento asimilamos en nosotros mismos al Espíritu que, siendo imagen del Hijo, nos hace también a nosotros semejantes al Verbo de Dios. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana, que es "vida en el Espíritu" hacia la resurrección final, una vez que ha asimilado al que es el Espíritu de vida, a condición de que lo conserve hasta el fin de su paso por este mundo, cuando se tornará inmortal al recibirlo plenamente. Este es el hombre perfecto, es decir, el espiritual, porque toda su historia discurre bajo el signo del Espíritu que porta en su propio espíritu.

«Quienes temen a Dios y creen en la venida de su Hijo, y por la fe mantienen en sus corazones al Espíritu de Dios, se llaman con razón hombres puros y espirituales que viven en Dios» porque el Espíritu de Dios limpia con su presencia el corazón de aquellos en quienes habita, y, unido a ellos, los eleva al nivel de la vida divina. El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios.  Y como solamente los de corazón puro verán a Dios, por ello la vida del Espíritu en el hombre es condición para que éste pueda poseer el Reino.

El Espíritu en la vida de la Iglesia. El Espíritu dio vida a la Iglesia en su nacimiento, y por él ésta continúa viviendo; él la conduce y alienta, y sin él ella ni existiría ni podría realizar misión alguna. Si el Espíritu ha ungido a Jesús en el bautismo para que lleve a cabo la misión mesiánica, también ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia. Una vez descendido sobre los discípulos, los envió a los gentiles para purificarlos de sus idolatrías e iluminarlos con la luz de la fe por el bautismo. Elige a los ministros y les concede los carismas necesarios para su ministerio. Establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales. La conserva como un vaso siempre joven que contiene el perfume fresco del mismo Espíritu; por eso llega casi a identificarlos: «Donde está la Iglesia ahí está el Espíritu, y donde está el Espíritu de Dios ahí está la Iglesia y toda la gracia, ya que el Espíritu es la verdad». Por ello quienes se apartan de la Iglesia para formar sus conciliábulos renuncian a la verdad y la salvación por el Espíritu de Cristo.

El Espíritu inspiró los Evangelios, porque, siendo el que preanunció a Jesús por los profetas, ahora lo anuncia por los evangelistas; el que descendió sobre los Apóstoles y los envió a todas las naciones, les comunicó su poder para actuar por medio suyo, convocó a los gentiles a la fe, les mostró el camino de la vida para la existencia en Cristo, y todavía purifica y eleva a las creaturas por el bautismo. Sigue llamando a cada uno de los cristianos a la vocación de la fe, para que pasen continuamente del campo árido de la gentilidad al terreno de Cristo, donde éste les da a beber de su Espíritu (San Ireneo de Lyon, Síntesis teológica, 6)

Se suele decir que el Espíritu Santo es el gran desconocido, yo no lo tengo tan claro. Más que desconocido, tal vez sea el gran ignorado. Las obras del Espíritu son patentes. La Iglesia recibe la Vida del Espíritu y a través de él, se desarrollan carismas y ministerios. Viendo su obra, no podemos decir que no lo conocemos, sino que ignoramos que todo esto parta del Espíritu.

Quienes se apartan de la Iglesia son evidencia de la ausencia del Espíritu. El Espíritu hace reverdecer la Iglesia y en los círculos cerrados no aparece la renovación. Las iglesias personales mueren junto con quienes las han creado. La Iglesia universal revive de manera continua: ha ungido a la Iglesia en Pentecostés para que continúe la misma a través de la historia.

El Espíritu sigue llamando a los cristianos y les sigue dando dones para que colaboren en la construcción del Reino. Otra cosa es que no utilicemos esos dones, los depreciemos o los ocultemos por miedo a perderlos. [El Espíritu] establece la Iglesia universal, y distribuye de modo permanente entre los fieles todos los dones espirituales.

Podríamos preguntarnos a nosotros mismos si nos sentimos vacíos de Espíritu. ¿Vivimos apáticos nuestra Fe dentro o fuera de la comunidad? ¿Qué nos sucede? ¿Nos da miedo recibir el Espíritu? El Espíritu Santo es quien, transformando al cristiano desde su interior, lo hace vivir la novedad de vida obedeciendo a Dios. Si sentimos que nuestra vida no tiene un sentido y no sentimos la necesidad de dar testimonio de Cristo, es que algo falla. La semilla que se plantó en nuestro bautismo no ha terminado de germinar. Al ungir al bautizado, el Espíritu permanece en él y lo transforma, de manera que por su inspiración y guía el creyente vive la vida cristiana. Tal vez nos pase como a quienes oían hablar a Cristo y se volvían abatidos porque su mensaje era duro. Mientras, sus discípulos oían palabras de vida eterna. No es lo mismo acercarnos a Cristo con el corazón sellado que con el corazón abierto.

¿Cómo tenemos nuestro corazón? Que el Señor nos ayude a abrir el corazón a Su Espíritu.

domingo, 22 de abril de 2012

Cristo nos dice: «¡Soy Yo en persona! Palpadme»


Escuchad, todos los pueblos; escuchad, naciones esparcidas sobre la superficie de la tierra; prestad atención, tribus y razas diversas (cf. Ap 7,9), vosotros todos los que os creéis abandonados e incluso pensáis que todavía sois despreciables; escuchad y alegraos: vuestro Creador no os ha olvidado. No ha querido que por más tiempo su cólera retuviera sus misericordias; ahora, en su gran bondad quiere no sólo salvar al pequeño número que son los judíos, sino a toda esta innumerable multitud que sois vosotros. Escuchad al santo profeta Isaías...: «Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos» (11,10)...

Como el mismo Jesús lo atestigua, él es aquel que «Dios, el Padre, ha marcado con su sello», para que sea un signo. Pero ¿un signo para qué? Para que exaltado en lo alto del estandarte de la cruz, como lo fue la serpiente de bronce levantada en medio del campamento (Nm 21), él mismo haga que la mirada no sólo del pueblo judío, sino del universo entero se vuelva hacia él, y por su muerte en cruz atraiga el corazón de todos los hombres. Y enseñará a todos a poner en solo él toda su esperanza. Curando todas sus debilidades, perdonando todos sus pecados, abriendo a todos el Reino de los cielos cerrado desde hacía mucho tiempo, le enseñará que es él mismo «el que había de ser enviado..., el que esperaban las naciones» (Gn 49,10 Vulg). Fue él mismo quien levantó este signo para todos los pueblos a fin de «reunir a los dispersos de Israel, y agrupar a los desperdigados de Judá de los cuatro puntos» (Is 11,12). (Pedro el Venerable (1092-1156), abad de Cluny. Sermón sobre la alabanza del Santo Sepulcro)
 -oOo-

Tomo un fragmento del evangelio de hoy domingo: “Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo".  Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.”(Lc 24, 35-27)

¿Por qué tememos al Señor? ¿Que es lo que nos asusta de Él? Quizás nuestras dudas, comodidades y rutinas. ¿Qué mal nos puede causar su presencia? ¿Por qué nos escondemos de Él?

Adan y Eva, tras comer del fruto prohibido se escondían de Dios. Dios les pregunto " ¿Porque os escondéis? Habéis desobedecido mis órdenes y habéis probado el fruto del árbol prohibido"

¿Nos sucede a nosotros lo mismo? ¿Esperamos del Señor que nos condene y nos haga daño? ¿Qué nos hace dudar del Señor? ¿Dudamos el Signo de Dios que es Cristo?

Hay algo en la Luz que nos hace cerrar los ojos y separarnos de ella. Sobre todo cuando vivimos en la oscuridad y se presenta delante de nosotros sin esperarla. La Luz que repele la oscuridad es capaz de mostrar lo que llevamos en nuestro interior y eso duele. Duele por el pecado que portamos en nosotros y que evidencia nuestra naturaleza caida.

¿Dónde escondernos de la Luz? Es imposible. Por eso los Apóstoles se turbaron y tuvieron dudas. ¿No habían sufrido suficiente para tener que seguir padeciendo? Pero Cristo es aquel que hará que la mirada no sólo del pueblo judío, sino del universo entero se vuelva hacia él, y por su muerte en cruz atraiga el corazón de todos los hombres. Y enseñará a todos a poner en solo él toda su esperanza.

Ante nuestra incapacidad y falta de mérito se presentará Curando todas [nuestras] debilidades, perdonando todos [nuestros] pecados, abriendo a todos el Reino de los cielos cerrado desde hacía mucho tiempo, [nos]  enseñará que es él mismo «el que había de ser enviado..., el que esperaban las naciones.

Por eso podemos estar alegres y contentes porque nosotros que nos creemos olvidados y abandonados e incluso nos sabemos despreciables oiremos que  nuestro Creador no os ha olvidado.

No ha querido que por más tiempo su cólera retuviera sus misericordias; ahora, en su gran bondad quiere no sólo salvar al pequeño número que son los judíos, sino a toda esta innumerable multitud que sois vosotros.

Demos gracias a Dios.

domingo, 15 de abril de 2012

La luz verdadera ha venido al mundo.

Yo, que soy la luz, he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en las tinieblas” (Jn 12,46).     

Todos nosotros que honramos y veneramos el misterio de Cristo con fervor, salgamos a su  encuentro, avancemos hacia él con todo nuestro corazón. Que todos sin excepción, participen en este encuentro, que todos lleven sus candelas encendidas. Si nuestros cirios dan tal esplendor es, primeramente, para mostrarnos el resplandor divino de aquel que viene, de aquel que hace brillar el universo y lo inunda con una luz eterna que ahuyenta las tinieblas del mal. Es así sobre todo para manifestar que es también  con el esplendor de nuestra alma que debemos salir al encuentro de Cristo. En efecto, de la misma manera que la Madre de Dios, la purísima Virgen, es llevando en sus brazos a la luz verdadera que va al encuentro de “los que yacen en las tinieblas” (Is 9,1; Lc 1,79), así también nosotros, iluminados por sus rayos y teniendo en nuestras manos una luz visible a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Cristo.

Es evidente: puesto que “la luz verdadera ha venido al mundo” (Jn 1,9) y lo ha iluminado cuando estaba en tinieblas, porque que “nos ha visitado el Sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), este misterio es nuestro… Corramos, pues, todos juntos, salgamos todos al encuentro de Dios… Seamos todos iluminados por él, hermanos, que él nos haga resplandecientes a todos. Que ninguno de entre nosotros no quede fuera de esta luz, como si fuera un extranjero; que nadie se obstine en permanecer en la noche. Avancemos hacia la claridad; caminemos, iluminados, hacia su encuentro y junto con el viejo Simeón, recibamos esta luz gloriosa y eterna. Junto con él exultemos con todo nuestro corazón y cantemos un himno de acción de gracias a Dios, Padre de las luces (Jm 1,17), que nos ha enviado la visible claridad para sacarnos de las tinieblas y con ella, hacernos resplandecientes. (San Sofronio, Homilía para la fiesta de las luces)


Este texto de San Sofronio se complementa bastante bien con el evangelio de hoy domingo. “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.” (Jn 20,21-22)

Tras la Pascua la Luz verdadera ha venido al mundo y resplandece como un sol que nace de lo alto. Ilumina nuestra Fe llenándonos de esperanza. ¿Qué podemos hacer? ¿Quedarnos quietos mirando la Luz? San Sofronio nos invita a que cojamos nuestros cirios y que caminemos juntos hacia la fuente de la Luz. Unidos la Luz de nuestra Fe atraerá a más personas con su resplandor. Si nuestros cirios dan tal esplendor es, primeramente, para mostrarnos el resplandor divino de aquel que viene, de aquel que hace brillar el universo y lo inunda con una luz eterna que ahuyenta las tinieblas del mal.

Aunque deberíamos de  correr hacia Cristo para que nos haga resplandecientes. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Qué nos falta? Nos falta el Espíritu de Dios, al igual que les sucedió a los Apóstoles tras la resurrección. Nos escondemos cada uno por nuestra parte, esperando que suceda algo que nos mueva. Por eso Cristo sopló a sus discípulos para que recibieran el soplo del Espíritu. Cuando llegue Pentecostés nos daremos cuenta del resultado que produce que el Espíritu viva en nosotros. Mientras unamos los  cirios de nuestra Fe e imploremos al Señor que el soplo llegue también a nosotros y nos libere de nuestros temores y vergüenzas.

Todos nosotros que honramos y veneramos el Misterio de Cristo con fervor, salgamos a su  encuentro, avancemos hacia él con todo nuestro corazón.” Avanzar hacia el Señor con todo nuestro corazón conlleva poner nuestro ser al servicio de Dios. Nos dice San Agustín que “La condición para que Dios quiera dar, es que tú dispongas la voluntad para recibir” (Sermón 165,2). Quizás deberíamos preguntarnos si realmente estamos dispuestos a recibir los dones que Dios no ofrece. Quien llama a la puerta es el Señor, pero  espera que abramos la puerta para entrar. ¿No es maravillosa su misericordia?

[Señor] de tal modo otorgaste la misericordia, que mantuviste la verdad (San Agustín. Comentario al Salmo 50,11)

domingo, 8 de abril de 2012

¡Cristo ha resucitado! Feliz y Santa Pascua 2012


Alegría para todos.
Que la creación entera se estremezca
con un latido más de vida y esperanza.
Que los creyentes todos resplandezcan
con vestido nuevo, perfumado en el Ungido.
Y vosotros, los pobres, los dolientes,
los pequeños, que pasáis inadvertidos,
abríos a la esperanza y a la dicha,
que va a estallar el sol en vuestras vidas.

Que nadie en esta noche
sufra de pesimismo o de tristeza.
Que se alejen los espíritus malignos,
los que amargan la vida de los hombres,
porque han sido definitivamente derrotados.

Esta es la noche
que ha sido iluminada
por un sol nacido del sepulcro.

Esta es la noche victoriosa,
en la que la muerte, hecha cautiva,
en huida sus guardias y soldados,
se puso al servicio de la vida.

Esta es la noche tan dichosa
en la que Cristo, el amor más grande,
floreció en espiga y amapolas,
y volvió a reunirse con los suyos.

Verdaderamente la cruz fue necesaria
para que el Amor triunfara de la muerte.

Que Judas no se desespere,
que Pilato no se lave más las manos,
que los soldados no tengan pesadillas,
que Pedro ya no llore,
porque el daño se ha trocado en beneficio.

Ahora es el tiempo del juego y de la risa,
de la fe reconquistada y la esperanza cierta;
ahora es el tiempo del amor hasta la muerte.

Magdalena jugará con Jesús al escondite,
los de Emaus jugarán a los disfraces,
Tomás al veo-veo, Juan a adivinanzas,
y para Pedro llegó la hora del examen,
brillantemente superado.

Es la hora del reencuentro,
de la presencia y la amistad gozadas,
del pan partido y compartido,
de promesas y dones generosos.

A partir de esta noche
todo estará más claro y florecido:
la Pasión del mundo continúa,
pero ya ninguna cruz será maldita,
y en todos los surcos de la muerte
se siembra la esperanza.

Un mensaje de alegría para todos
hombres de toda religión y raza:
la vida ha salido victoriosa,
la justicia triunfará, sin duda,
porque Cristo resucitado está en el centro
de la historia:
Él es la Pascua,
el sol que dinamiza nuestro mundo.
(Oración-Himno atribuido a San Ambrosio de Milán)

¿Podemos estar más alegres? Cristo es nuestra Pascual y el Sol que dinamiza nuestro mundo. Verdaderamente la cruz fue necesaria para que el Amor triunfara de la muerte. Ya las cruces no están malditas, ya que en el surco, que es nuestro sufrimiento diario, florece con lirios y rosas de esperanza. Ahora tenemos razón para compartir y compartirnos en una comunidad nueva, llena de vida y con un sentido que nos trasciende a cada uno de nosotros.

Nos damos cuenta de lo importante que es la Cruz, ya que nos señala el eje que es nuestro objetivo y alrededor del cual nuestra vida tiene que girar. El centro es Cristo. Cuando Moisés habló del árbol de la vida, plantado en el Paraíso, expresó simbólicamente la inteligencia gratuita de las cosas divinas...

Ese Paraíso puede ser también el cosmos, donde va creciendo todo lo que trae su origen de la obra de la creación. En este paraíso del mundo floreció también el Logos y dio su fruto, cuando se hizo carne y dio vida a los que gustan de su bondad. Porque no nos comunicó la visión de la inteligencia sin el madero; nuestra vida estuvo suspendida del madero para que creyéramos en Él (Clemente de Alejandría, Strom. V, 72)

El Misterio de la Vigilia Pascual es un misterio unido a la regeneración, el Agua Viva, el Orden (Cosmos) que se abre paso en el caos, el eje que se nos muestra en la Cruz. Cruz que hoy florece y cuyas flores llenan el aire de perfume. Perfume que nos recuerda nuestro bautismo y confirmación, ya que el óleo, con el que fuimos marcados, recoge ese aroma. Aroma que debe penetrar en nosotros para transformarnos y así poder contagiar a otros con nuestra inmensa alegría.

--o--

¿Qué hacemos mirando su tumba vacía?
¡Despertemos¡
¡Cristo vive! ¡Ha resucitado!
¡Verdaderamente ha resucitado!
Alegría, loor y gloria en los Cielos y la Tierra.
Dios ha elevado al Sol de Justicia
por encima de quienes injustamente lo condenaron.
Ahora ilumina al mundo y a todo aquel que lo acoge en su corazón.
Amén 

Felices Pascuas
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