sábado, 23 de junio de 2012

Quien está por ti o contra ti


No tengas en mucho quien está por ti o contra ti; más busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de hombre alguno. Si tú sabes callar y sufrir, sin dudas verás el favor de Dios. Él sabe bien el tiempo y la manera de librarte, y por eso te debes ofrecer a Él en todo. A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión. Algunas veces conviene para nuestra humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.

Cuando el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca y mitiga a los otros, y satisface a los que le odian. Dios defiende y libra al humilde, al humilde ama y consuela; al humilde se inclina; al humilde da grande gracia, y después de su abatimiento lo levanta a honra. Al humilde descubre sus secretos, y le atrae dulcemente a sí, y le convida. El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más bajo de todos.

Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el letrado. El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte. El que está en buena paz, de ninguno tiene sospecha. En cambio, el descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa  ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo. (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, fragmento)

Sin duda vivimos momentos sociales difíciles. La crisis conlleva momentos amargos en los que nos enfrentamos a la dura realidad que tenemos delante. No es que antes, en época de bonanza, no tuviéramos que enfrentarnos a la realidad, sino que la ocultábamos a base de dinero y prebendas. Ahora el agua vuelve al cauce del río y erosiona las orillas, dejando ala descubierto muchos de los errores cometidos en el pasado.

¿Cómo afrontar estos duros momentos? Podemos gritar y patalear contra el destino. Podemos reclamar con violencia aquello que nos dieron y que realmente no existía. Podemos hacer evidente nuestra desesperación en los espacios públicos, creyendo que los mecanismos que hace unos años funcionaban, todavía son válidos. Pero la realidad es tozuda y se topa con nosotros a menudo.

Tomás de Kempis nos habla del humilde y de la necesidad de cultivar la paz por encima de las pasiones. Las palabras del Kempis suenan extrañas en la sociedad de los inmediato en la vivimos. Nos habla de la necesidad de ser exigentes con nosotros mismos antes de volcar las exigencias sobre los demás Nos habla de la confianza que parte de un corazón lleno de paz. En una palabra, nos habla de Esperanza. Pero no de una esperanza humana que depende de tantas circunstancias que es imposible de alcanzar. Nos habla de la Esperanza que es una espera con sentido: El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte,  mientras que El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo.    

Tal vez la humildad sea una de las virtudes más despreciadas en la actualidad, pero sigue siendo una herramienta maravillosa para acercarnos a Dios y a nuestros hermanos: El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. ¿Se puede vivir con Dios y dejar el mundo en segundo plano? Complicado si miramos sólo los afanes del día a día, sencillo y tenemos confianza en que todo lo que ocurre es por Voluntad de Dios.

La vez podamos pensar en que el Kempis nos invita al “no hacer” a la deshonra personal y a la indignidad, pero nada más lejos de lo que nos indica. EL cristiano se sabe digno por ser imagen de Dios mismo y por ello no reacciona con pasión ante la humillación que tratan de infringirle. Acepta la humillación sin perder la dignidad, como quien acepta un honor sin creerse más que antes de haberlo recibido.

Es frecuente que otras personas muestren su temor al futuro y que este temor se manifieste con cierta violencia. El descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa  ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. El alterado sospecha de todos los que le rodean y con esa sospecha genera violencia en si mismo y en los demás. Si nos encontramos con estas personas hemos de tener cuidado de estar en paz: Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.


Pero ¿Cómo conseguir la paz interior necesaria y vivimos en un entorno tan complicado? La oración es más necesaria que nunca, pero también la lectura atenta de los evangelios y encontrarnos en comunidad para vivir nuestra Fe unidos.

domingo, 17 de junio de 2012

¿Caridad o propaganda? ¿Misión o comisión?


«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres.» ¿Por qué? Para no «ser vistos delante de ellos». Si ellos os ven ¿qué será de vosotros? «No tendréis la recompensa de vuestro Padre celestial.» Hermanos, aquí el Señor no juzga, sino solamente expone. Da luz sobre la astucia de nuestros pensamientos; pone al desnudo las disposiciones secretas de las almas. A los que meditan injustamente sobre la justicia, les indica la medida de una justa retribución. La justicia que se coloca ante la vista de los hombres no puede esperar el salario divino del Padre. Ha querido ser vista, ha sido vista; ha querido complacer a los hombres y ha complacido. Tiene el salario que ha querido; no tendrá la recompensa que no ha querido tener...

«Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas.» «Tocar la trompeta» es la palabra justa, porque una limosna de esta clase es un acto más guerrero que pacífico. Pasa toda entera a través del sonido, nada tiene que ver con la misericordia. Viene del país de la desunión, no ha sido alimentada por la bondad. Es un tráfico para la exhibición, no un comercio casto... «Tú, en cambio, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.» Habéis oído: la limosna hecha en una asamblea, sobre las plazas públicas, en los cruces de los caminos, no es un gasto hecho para el alivio de los pobres, sino que se hace ante la vista de los hombres para ser estimado por ellos... Huyamos de la hipocresía, hermanos, huyámosla... No alivia al pobre; el gemido del indigente le es un pretexto para buscar con más ahínco una gloria espectacular. Hincha su alabanza con el sufrimiento del pobre. (San Pedro Crisólogo Sermón 9)

Me vino a la memoria este texto de San Pedro Crisólogo al leer un párrafo del tratado sobre la doctrina Cristiana de San Agustín:

El hombre que está firme en la fe, en la esperanza y en la caridad y que las retiene inalterablemente, no necesita de las sagradas Escrituras, si no es para instruir a otros. Así, muchos dirigidos por estas tres virtudes viven en los desiertos sin el auxilio de los Libros santos (San Agustín. La Doctrina Cristiana 1,39,43)

Estas palabras me llevaron a pensar en las ofertas que muchos supermercados están haciendo a partir de las dificultades que están padeciendo muchas familias. Lo que hacen estos establecimientos ¿Es caridad o es más bien, propaganda? ¿Cual es la misión de un Supermercado? 

En nuestro comportamiento diario puede haber también mucho de propaganda, de dar o aparentar para que se nos vea y se nos aprecie. Esto es simple trueque de lo que nos sobra por consideración humana. Dice San Agustín que muchos anacoretas viven las tres virtudes en mitad del desierto y lo hacen sin nada entre las manos. Ni siquiera las Sagradas Escrituras. ¿Por que no necesitan las Sagradas Escrituras para si mismos? Porque ya viven en Evangelio en su plenitud.

Pero, este discernimiento no es tan sencillo como parece. Si ocultamos nuestra justicia, Fe, Esperanza y Caridad ¿Cómo daremos testimonio a los demás?

Nos encontramos con la tensión escatológica del "ya, pero todavía no". La tensión de dar testimonio, pero que nadie vea tus acciones. ¿Cómo hacer que se vea sin que nadie nos vea? Es imposible.

Este problema es planteado con frecuencia por ateos y agnósticos que desean confundirnos y mostrarnos lo aparentemente contradictoria que de nuestra Fe. Hay que estar listo para saltar a un dominio diferente y hacerles ver que no existe tal contradicción.

Evidentemente este problema no tiene solución dentro de “lo externo” a nosotros. En este caso debemos buscar la solución en nuestro interior, en nuestro ser. Allí es donde la contradicción desaparece. Hablamos entonces de la conversión interior que soluciona la aparente contradicción exterior.

Lo que los evangelios nos dicen y los Primeros Padres de la Iglesia recalcan, es que el motor de nuestra Fe, Esperanza y Caridad no puede ser que nos aprecien los demás, sino que aprecien a Cristo que se refleja en nosotros. Cualquier aplauso que nos brinden en nuestra misión, no es para nosotros sino para Cristo que se hizo presente a través nuestra. Si sabemos señalar a Quien es la fuente de la luz que se refleja en nosotros, estaremos dando testimonio y al mismo tiempo viviendo sin buscar trompetas y aplausos para nuestra persona.

La admiración que nos causan los santos, no se corresponde a las condiciones humanas de los mismos, sino a su capacidad de reflejar al Señor en sus actos.

Demos limosna sin tener miedo que se nos vea hacerlo, pero hagámoslo sin atraer la atención hacia nosotros, sino hacia Quien es la Caridad. Propaguemos la Fe, pero sin creer que lo que sale de nuestra boca o escriben nuestros dedos es nuestro. Nada más lejos de la realidad. Vivamos llenos de Esperanza y alegría, pero señalando al Señor como fuente de ello.

Decía el Padre Pío: “Cuando los dones crecen en ti, haz que crezca también la humildad, así puedas considerarlo todo como si fuera un préstamo

Ahí está la diferencia entre la propaganda y Caridad. La diferencia entre la misión del Reino que nos ha sido encomendada y la comisión de vanagloria que recibimos cuando buscamos ser nosotros los protagonistas.

domingo, 10 de junio de 2012

La humildad en la vida cotidiana

¡Estate atento al misterio de Cristo! Nació del seno de la Virgen a la vez Siervo y Señor; Siervo para obrar, Señor para mandar a fin de enraizar en el corazón de los hombres un Reino para Dios. Tiene un doble origen pero es un solo ser. No es distinto el que viene del Padre al que viene de la Virgen. Nacido del Padre antes de todos los siglos, es el mismo que tomó carne en el transcurso del tiempo. Por eso es llamado Siervo y Señor: por nuestra causa, Siervo, pero a causa de la unidad de la sustancia divina, Dios de Dios, Principio del Principio, Hijo en todo igual al Padre, su igual. En efecto, el Padre no engendra un Hijo extraño a Él mismo, este Hijo del cual declara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17)...

El Siervo conserva en todo los títulos de su dignidad. Dios es grande, y es grande el Siervo; al venir en la carne, no pierde esta «grandeza que no tiene límites» (sl 144,3)...  El cual, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de Siervo» (Flp 2,6-7)... Es, pues, igual a Dios como Hijo de Dios; tomó la condición de Siervo al encarnarse; «gustó la muerte» (Hb 2,9), él, cuya «grandeza no tiene límites»...

¡Cuán buena es esta condición de Siervo que nos ha hecho libres! ¡Sí, cuán buena es! Le ha valido «el nombre que está por encima de todo nombre»! ¡Cuán buena es esta humildad! Ha obtenido que «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). (San Ambrosio, Sermón sobre el salmo 35, 4-5)

Cuán buena es esta humildad. ¿Somos nosotros realmente humildes como lo es el Señor? Dijo es Señor que el que quisiera ser el primero, sirviera a todos los demás. ¿Somos conscientes de ello?

En nuestra vida cotidiana quisiéramos ser reconocidos, relevantes de forma personal, poderosos, etc. ¿Nos damos cuenta de todo el peso que nos echamos a la espalda queriendo todas estas cosas? ¿No es mucho mejor ser humilde y no aspirar a nada por nosotros mismos?

Sólo desde la humildad podemos reconocer que Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. Por eso nos cuesta tanto doblar las rodillas en la consagración y arrodillarnos frente al altar. Somos soberbios y entendemos este lengua de humildad como una humillación personal insoportable?

Hasta nos decimos que la bondad y misericordia de Dios todo lo acepta. Lo que no pensamos es que el problema no está en Dios sino en nosotros. Si no somos verdaderamente humildes, somos nosotros quienes sufrimos nuestra propia actitud. Si en algo somos relevantes o tenemos autoridad, que esto sea para mayor gloria del Señor. Nunca para gloria de nosotros mismos.

Decía el Padre Pio: “¿Ha observado usted un campo de trigo en sazón? Unas espigas se mantienen erguidas, mientras otras se inclinan hacia la tierra. Pongamos a pruebe a los mas altivos, descubriremos que están vacíos, en tanto los que se inclinan, los humildes, están cargados de granos

La humildad pesa y nos hace inclinarnos ante el Señor. Igual que las espigas con más granos, quien se humilla es quien puede dar más de si a los demás. El que se comporta de forma soberbia, solo es capaz de imponer su presencia por la fuerza. Quien es humilde llena la estancia sin hacer evidencia de quién es y qué busca.

Ya dijo el Señor: “Así los últimos serán los primeros, y el primero será el último: pues muchos serán llamados, pero pocos serán elegidos” (Mt 20,16) ¿Por qué serán pocos los elegidos? Porque Dios elige a los humildes y son pocos los que han respondido a la llamada del Señor con humildad.

Que el Señor nos ayude a encontrar al humildad en nosotros mismos.

sábado, 2 de junio de 2012

Bautizad en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo

Mirad cuál es la regla de nuestra fe, la que funda nuestro edificio, la que da firmeza a nuestra forma de comportarnos. Primero: Dios Padre, increado, ilimitado, invisible; Dios uno, creador del universo; este es el primer artículo de nuestra fe. Segundo artículo: el Verbo de Dios, Hijo de Dios, Jesucristo, nuestro Señor; fue revelado a los profetas de acuerdo con el género de sus profecías y según el designio del Padre; todo fue hecho por medio de Él; al final de los tiempos, para recapitular todas las cosas, se dignó hacerse hombre entre los humanos, visible, palpable, y así destruir la muerte y hacer aparecer la vida y obrar la reconciliación entre Dios y el hombre. Y el tercer artículo: el Espíritu Santo; por medio de Él han profetizado los profetas, nuestros padres han conocido las cosas de Dios y los justos han sido guiados por los caminos de la justicia; al final de los tiempos fue derramado de una manera nueva sobre los hombres a fin de ser renovados por Dios en toda la tierra.

Por eso el bautismo de nuestro nuevo nacimiento está colocado bajo el signo de estos tres artículos. Dios Padre nos lo concede en vistas a nuestro nuevo nacimiento en el Hijo por medio del Espíritu Santo. Porque los que llevan en ellos el Espíritu Santo son conducidos al Verbo que es el Hijo, y el Hijo los conduce al Padre, y el Padre nos concede la inmortalidad. Sin el Espíritu es imposible ver al Verbo de Dios, y sin el Hijo nadie puede acercarse al Padre. Porque el conocimiento del Padre, es el Hijo, el conocimiento del Hijo se hace a través del Espíritu Santo, y el Hijo da el Espíritu según el Padre quiere. (San Ireneo de Lyon, Demostración de la predicación apostólica, 6-8)

La Santísima Trinidad es Dios y Dios único. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y por eso somos reflejo de la Santísima Trinidad. Si somos imagen de Dios uno y trino, ¿No es lógico y coherente ser bautizados en Nombre de la Santísima Trinidad?

No podía ser de otra forma y San Ireneo nos refiere este Misterio de una manera especialmente clara. Padre, Hijo y Espíritu Santo nos transforman a partir del bautismo. La conversión también tiene un profundo sentido trinitario, ya que transforma nuestra mente, nuestras emociones y nuestra voluntad. Nos transforma de manera que, sin dejar de ser quienes somos, nuestro ser cobra una vida nueva.

¿Cómo podemos llevar esta evidencia nuestra vida cotidiana? ¿Cómo se hace patente la Santísima Trinidad en nuestro día a día?

Podría parecer que estas “entelequias” teológicas fuesen un entretenimiento para eruditos, pero que no sirven para nada en el mundo de hoy. Pero, Dios actúa a través la coherencia y por eso la Santísima Trinidad es algo vivo en nosotros y en lo que nos rodea.

Como decía Cristo, a veces parecemos sepulcros banqueados. Es decir, lugares sin vida que se pintan de blanco para aparentar. ¿Quién nos concede la vida y la vitalidad de vivirla con Esperanza y alegría? El Espíritu es el soplo de vida que nos hace movernos. ¿Podríamos vivir sin el soplo del Espíritu? Me temo que no. Si el soplo desaparece morimos y si vuelve a soplar, todo se recrea y renueva. Como dice un maravillosa oración italiana de Pentecostés.

El Hijo es revelación, Palabra llena de sentido, enseñanza viva, sentido de nuestra vida. ¿Podemos vivir con felicidad sin ser conscientes de la Palabra? Difícilmente seremos felices si nos falta la Esperanza y la Esperanza parte de la Buena Noticia que nos trajo Nuestro Señor. No olvidemos que para aceptar a Cristo como Señor, necesitamos del Espíritu.

¿Y Dios Padre? Dios Padre es creador, aparentemente oculto e invisible. ¿Podemos vivir sin conocer a Dios Padre? ¿Cómo conocerlo?  Lo podemos conocer a través del Hijo. Las maravillosas parábolas de Cristo, nos enseñan como es el Padre. Cómo toda la creación tiene un sentido y es coherente. Todo tiene la marca de Dios, pero no siempre somos capaces de verlo. Necesitaríamos tener nuestro corazón limpio, ya que es la única manera de ver a Dios.

Quiera el Señor ayudarnos a entender, dentro de lo que Dios ha planeado, que somos reflejo de Dios uno y trino.

domingo, 27 de mayo de 2012

Del Pentecostés judío al Pentecostés cristiano


El monte Sinaí es símbolo del monte Sión... Fijaos hasta que punto las dos alianzas son el eco una de la otra, con que armonía la fiesta de Pentecostés es celebrada por cada una de ellas... El Señor bajó, tanto sobre el monte Sión como sobre el monte Sinaí, el mismo día y de modo semejante...

Lucas ha escrito: «De pronto vino un ruido del cielo, como de un viento recio. Los apóstoles vieron aparecer una lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3)... Sí, aquí y allí el ruido de un viento recio se dejó oír, un fuego se dejó ver. Pero en el Sinaí era una nube espesa, sobre el monte Sión el esplendor de una luz muy brillante. En el primer caso se trataba «de la sombra y la figura» (Hb 8,5), en el segundo, de la verdadera realidad. En otros momentos se escuchaba el ruido del trueno, ahora de pueden discernir las voces de los apóstoles. Por un lado, el resplandor del rayo; por el otro estallan prodigios por todas partes...

«Todos salieron del campamento para ir al encuentro del Señor, al pie de la montaña» (Ex 19,17). Se lee en los Hechos de los Apóstoles: «Al oír el ruido, acudieron en masa»... De todo Jerusalén el pueblo se reunió al pie del monte Sión, es decir en el lugar en que Sión, figura de la Santa Iglesia, empezaba a edificarse, a poner sus fundamentos…
«Todo el monte Sinaí  humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego, dice el Éxodo (v. 18)... ¿Podían no quemar los que estaban ardiendo con el gran fuego del Espíritu Santo? Tal como el humo señala la presencia del fuego, así también por la seguridad de sus palabras, por la diversidad de lenguas, el fuego del Espíritu Santo manifestaba Su presencia en el corazón de los apóstoles. ¡Dichosos los corazones llenos de este fuego! ¡Dichosos los hombres que ardían con Su calor! «El monte temblaba violentamente. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte» (v.19)... De la misma manera la voz de los apóstoles y su predicación se hacían cada vez más fuertes; cada vez más lejos se hicieron escuchar sus palabras hasta que «su mensaje alcanza a toda la tierra y su voz llega hasta los límites del orbe» (Sl 18,5). (San Bruno de Segni. Comentario del Éxodo, c. 15)
Pentecostés es una fecha muy especial. Celebramos el día en que el Espíritu Santo se posó sobre los Apóstoles y estos recibieron los dones que Cristo les prometió.

Sin duda, los Apóstoles se transformaron de manera maravillosa e inesperada. Pasaron de ser un grupo de personas llenas de temor y dudas, a un ejército dispuesto a todo por difundir el Evangelio. ¿Qué les sucedió? ¿Lo podemos entender? Tal vez podamos acercarnos intelectualmente a lo que pudo pasar en su interior, pero nunca seremos capaces de entender la luz cegadora que iluminó el ser de estas personas. Pudo suceder tal como se cuenta en el Génesis, “Hágase la Luz” y la luz se hizo en el corazón de todos ellos.

¿Cómo recibimos hoy en día el Espíritu Santo? Esta no es una pregunta secundaria, ya que podríamos pensar que el Espíritu ya no se manifiesta. Pero no es así. El Espíritu tuvo que entrar de golpe en los Apóstoles, porque su misión lo requería y así lo prometió el Señor. Hoy en día, el Espíritu actúa, pero de una manera menos impetuosa y multitudinaria.

También es evidente que nosotros mismo no estamos nada predispuestos a dejar actuar al Espíritu en nosotros. Nos da miedo aceptar su acción. Esta acción nos llevaría a cambiar la manera de vivir y eso no es sencillo de aceptar.

El fuego quema y transforma lo que toca. De igual forma, el Espíritu nos transforma en la medida que permitimos que actúe. Tal como el humo señala la presencia del fuego, así también por la seguridad de sus palabras, por la diversidad de lenguas, el fuego del Espíritu Santo manifestaba Su presencia en el corazón de los apóstoles. ¡Dichosos los corazones llenos de este fuego!

El sonido de un trueno hizo congregarse a una multitud que fue testigo de la transformación de los corazones de estos hombres. ¿Qué es el trueno en nuestro tiempo? ¿Qué es aquello que nos convoca? ¿Quién habla en diversidad de lenguas?

Tal como San Bruno indica. Es la Iglesia la que nos convoca y son las voces de nuestros pastores, las que nos llenan en corazón de Esperanza.

Quiera el Señor llenarnos de Su Espíritu y darnos de beber de esa Agua Viva que quita la sed para siempre.

domingo, 13 de mayo de 2012

Vosotros no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo


Todos los fieles y buenos cristianos, pero sobre todo los mártires gloriosos, pueden decir: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). Era contra ellos que se amotinaban las naciones, los pueblos planeaban un fracaso y los príncipes conspiraban (Sl 2,1); se inventaban nuevos tormentos e imaginaban increíbles suplicios contra ellos. Se les llenaba de oprobios y acusaciones mentirosas, se les encerraba en calabozos insoportables, labraban sus carnes con uñas de hierro, se les mataba a golpes de espada, eran expuestos a las bestias, se les quemaba vivos, y estos mártires exclamaban: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»

El mundo entero está contra vosotros y aún decís: «¿Quién estará contra nosotros?» Pero los mártires nos responden: «¿Qué es para nosotros este mundo entero siendo así que morimos por aquél por quien el mundo ha sido hecho?» Que lo digan, pues, y lo repitan los mártires y nosotros escuchemos y digamos con ellos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» Pueden desencadenar su furia contra nosotros, pueden injuriarnos, acusarnos injustamente, colmarnos de calumnias; pueden no sólo matar sino incluso torturar. ¿Qué harán los mártires? Repetirán: «Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida» (Sl 53,6)... Entonces, si el Señor sostiene mi vida, ¿qué daño puede hacerme el mundo ?... Es él quien recuperará mi cuerpo... «Todos mis cabellos están contados» (Lc 12,7)... Digamos, pues, con fe, con esperanza, con un corazón ardiendo de caridad: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (San Agustín Sermón 334)

Este texto de San Agustín nos recuerda la tensión que vivimos todos los cristianos al estar en el mundo y desear el Reino. Pero no siempre tenemos las cosas tan claras. A veces preferimos el mundo y dejamos el Reino para cuando muramos. Pero Cristo nos dijo que el mundo nos odiará como le odió a Él. ¿Realmente nos sentimos ciudadanos del Reino y lo anhelamos? ¿Realmente sentimos el odio del mundo? La Carta a Diogneto es tajante en cuento a nuestra ciudadanía celestial.

Pero ¿Qué es el mundo? El mundo es la sociedad como poder que nos distancia de Dios y de su Voluntad. El mundo es la sociedad que nos ofrece la aparente saciedad de nuestros deseos, olvidando a Dios. Al igual que los israelitas que esperaban a Moisés, desesperaron y decidieron crear el becerro de oro. El mundo nos dice que no esperemos más, que saciemos nuestras ansias saturando lo sentidos y embotando nuestra mente. El Reino nos dice que esperemos a saciar nuestros anhelos por medio del Espíritu.

El mundo nos ofrece la inmediatez y el Reino la espera. ¿Cómo puede una espera saciar nuestros anhelos? Debería ser al revés. Evidentemente los santos son la prueba de que la espera, cuando tienen sentido, es Esperanza. La Esperanza sacia si procede del Espíritu, pero se desvanece si proviene de lo material.

La espera llena de Esperanza nos transporta a la comprensión del sacrificio. Sacrum facere, hacerse sagrado. Hacerse medio por el que Dios se comunica a los demás. La Espera conlleva sacrificio y el sacrificio es por si mismo una manera de evangelización. El sacrificio nos abre la puerta a ser testigos vivos del Señor.

No, no hace falta salir a las calles con un látigo. Con vivir en sintonía con la Voluntad de Dios y hacerlo con la Esperanza que nos dona el Espíritu, es más que suficiente. ¿Bonito? Mucho, pero rara vez conseguimos estar en gracia mucho tiempo.

¿Qué sucede si somos incapaces de separarnos del mundo? Nos da vergüenza decir que somos cristianos y procuramos que no se nos note demasiado. Yo diría que no  nada más que lo que le sucedió a Pedro a negar tres veces de Cristo.

Ese Pedro incapaz, limitado, temeroso, se volvió a encontrar con Cristo en la orilla del mar de Galilea. Allí Cristo le preguntó tres veces si le amaba y Pedro sólo pudo decir que le quería. ¿Otro fracaso? No, nada de eso.

El mismo Pedro fue el que salió a la plaza y lanzó el discurso del Kerigma. ¿Qué le sucedió a Pedro? Evidentemente, fue el Espíritu quien lo desató de las cadenas del miedo y le convirtió. A San Pablo le sucedió algo similar. Tras ver a Cristo camino de Damasco, fue otra persona.

¿Vamos  ser nosotros más que San Pedro y San Pablo? Me temo que a duras penas nos parecemos a como eran ellos antes de recibir el Espíritu. Esperemos nuestro Pentecostés. ¿Por qué no? Roguemos a Dios por ello.

domingo, 6 de mayo de 2012

Vid y los Sarmientos.Reflexionando sobre Redes Cristianas


En el pasaje del Evangelio que nuestro Señor dice que él es la vid y nosotros los sarmientos, habla así en tanto que él es la cabeza de la Iglesia y nosotros somos sus miembros (Ef 5,25), en tanto que «mediador entre Dios y los hombres» (1Tm 2,5). En efecto, la vid y los sarmientos son de la misma naturaleza; por eso el que era Dios, y por tanto de una naturaleza distinta de la nuestra, se hizo hombre a fin de que, en él, la naturaleza humana fuera como una vid de la que nosotros seríamos los sarmientos. Estos están estrechamente unidos a la vid pero no le comunican nada, sino que es de ella de donde reciben su principio de vida. La vid, por el contrario, está unida a los sarmientos para comunicarle su savia vivificante, sin recibir de ellos nada a cambio. Es así como Cristo permanece en sus discípulos.

Decía él a los discípulos: «Permaneced en mí como yo permanezco en vosotros». Ellos no estaban en él de la misma manera que él en ellos. Esta unión recíproca no le reportaba a él ningún provecho; tan sólo ellos sacan provecho. Los sarmientos están estrechamente unidos a la vid pero no le comunican nada, sino que es de ella que los sarmientos reciben su principio de vida. La vid, por el contrario, está unida a los sarmientos para comunicarles su savia vivificante, sin recibir de ellos nada a cambio. Es así como Cristo permanece en sus discípulos.

Si Cristo no hubiera sido un hombre no hubiera podido ser vid; sin embargo, si él no fuera también Dios, no podría proveer de esta gracia a los sarmientos. Porque no se puede vivir sin esta gracia, y porque la muerte está en poder de nuestro libre arbitrio, nuestro Señor añade: «Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden (Jn 15,6). Es por eso que, si la madera de la vid es despreciable cuando no permanece unida a la vid, es tanto más gloriosa cuando permanece en él. (San Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 80, 1; 81, 1.3-4)

La Vid y los sarmientos es uno de los pasajes más bonitos del Evangelio de San Juan. Cristo nos explica la relación que Él tiene con quienes están unidos por medio del Espíritu. Un sarmiento que no recibe la savia de la cepa, se seca. Tan sólo tiene utilidad para ser quemado. Un sarmiento vivo, recibe de la cepa la savia y es capaz de dar fruto.

Esta imagen puede ser utilizada como paradigma en diversidad de situaciones. La unidad de la Iglesia es una de ellas. Cuando nos separamos de la Iglesia e intentamos crear nuevas iglesias a nuestra medida, el Espíritu deja de fluir y todo termina agotado y seco. En la medida que cada uno está unido a Cristo la Iglesia se renueva con nuevas fuerzas. Si los cristianos estamos lejos de Cristo, la Iglesia parece ser más frágil y lejana.

No podemos vivir sin la Gracia de Dios. Nosotros no comunicamos nada a la cepa, pero a través nuestra la vid da frutos.  A veces el sarmiento que se separa de la vid piensa que es la vid la que está perdiendo vitalidad. Piensa que si la vid se acercara a él, todo iría mejor. Pero en la vid es donde habita el Espíritu que se comunica a los sarmientos. Los sarmientos no pueden comunicar el Espíritu a la vid.

En todo caso, cuanto más cercanos y unidos estén los sarmientos a la vid, los frutos serán más abundantes y la vid aparecerá más saludable. Cuando los sarmientos se separan y la vid parece seca, no es que le falte vida a la cepa, sino que los sarmientos no están suficientemente unidos a ella.

Hace unos días, leyendo el manifiesto de Redes Cristianas y la asamblea que ha convocado para celebrar el 50 aniversario del fin del Concilio Vaticano II, pensaba en la parábola de la vid y los sarmientos. 

Dicen los sarmientos que no son súbditos, que pueden ser independientes de la cepa. Dicen que la Iglesia pasa por momentos delicados, pero los verdaderos momentos delicados lo están pasando todos los sarmientos que están alejados de Ella. Parece que la cepa tiene problemas de vitalidad, pero son los sarmientos quienes realmente lo tienen. Hablan de esperanzas que no han dado fruto ¿Por qué será que un sarmiento no da fruto? Hablan de que no quieren un nuevo Concilio, sino una asamblea de creyentes. Una asamblea de sarmientos que olvidan a la cepa, no tiene muchas esperanzas de ir muy lejos. Hablan de una Fe que no puede vivirse dentro de instituciones religiosas. ¿Qué fe es la que prescinde de la cepa que le da sustento? Quizás una fe que predispone a los sarmientos a ser combustible para las frías noches de invierno.

Que el Señor nos ayude a estar cada día más unidos a la Cepa, que es la Iglesia, cuerpo de Cristo en la Tierra.
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