«Arrancad, pues, las malas hierbas de los
pecados mortales y plantad virtudes..., arrepentíos, tened repugnancia del
pecado y coged el amor a la virtud; es entonces cuando recibiréis los frutos de
la sangre de mi Hijo. No podréis recibirlos si no os disponéis para llegar a
ser buenos sarmientos unidos a la vid, pues mi Hijo ha dicho: «Yo soy la
verdadera vid, mi Padre es el viñador, y vosotros los sarmientos» (Jn 15, .5).
Esto es verdad. Soy yo mismo que soy el viñador, puesto que toda cosa que posee
el ser ha venido y viene de mí. Mi poder es insondable y es a través de mi
poder y mi fuerza que gobierno todo el universo, de tal manera que no se hace
ni se ordena nada que no sea por mí. Sí, yo soy el viñador; soy yo quien ha
plantado la verdadera vid, mi Hijo único, en la tierra de vuestra humanidad
para que vosotros, los sarmientos, unidos a esta vid, deis mucho fruto». (Santa
Catalina de Siena)
¿Qué puede anidar en el corazón de un ser humano para
rechazar el bautismo y desear apostatar? En su interior debe existir una herida
de tal magnitud que busque en el olvido de la redención la desaparición del
dolor.
Es evidente que la apostasía no borra la Gracia que se ha
recibido, por mucho que legalmente sea borrado el nombre del bautizado del
libro de bautismos. El dolor interior que nos lleva a rechazar la vía de que
nos ha sido dada para acercarnos a Dios, sólo puede partir de la pérdida total
de la esperanza. Un corazón sin esperanza, se siente indigno de ser redimido y
de merecer la dignidad de ser imagen de Dios. Rechaza la luz, porque le causa dolor que llene la oscuridad autoasumida.
Como dice Santa Catalina de Siena, hemos recibido del
Señor tal fuerza que nada ni nadie podrá entrar en nuestro corazón, si no le
dejamos pasar. El problema es que una vez abierta la puerta al enemigo, este
entra y se hace dueño de la situación. Después de ese momento, el dolor irá
aumentando y junto con el dolor, el convencimiento que la causa de ese dolor
viene de fuera. Es lógico que cuando se acerque la Palabra de Dios, el corazón
se cierre con toda la fuerza posible. La persona teme que el dolor aumente y se
haga inaguantable.
Cuando el Enemigo se hace dueño del corazón, la vista y el
entendimiento se distorsionan. La vista se fija en todo aquello que es negativo
y se relaciona con Cristo y la Iglesia. Se resaltan los errores y las bondades
desaparecen completamente. En entendimiento se satura de imágenes grotescas que
se relacionan con la Iglesia, por lo que se aparta la vista cuando se espera
que estas imágenes se repitan.
Tal vez sea imposible llegar al corazón de estas personas,
pero no por ello debemos dejarlas indefensas ante el enemigo. Mostremos el amor
que Cristo nos ha enviado, démosles afecto y cercanía.
Decía el Padre Pio: “Dios no
manda cosas imposibles, sino que, al mandar, te enseña a que hagas cuanto
puedes, y a que pidas lo que no puedes”. Sin duda nosotros solos no
podemos llegar a abrir el corazón de estas personas, pero si podemos mostrarles
cariño, respeto y sobre todo, comunicarles que son dignas y maravillosas.
Intentemos resolver sus dudas y dejemos al Espíritu que actúe.
Oremos por quienes desean rechazar el bautismo, porque a
través de la Comunión de los Santos podemos ser llamados a ayudarles. Los
caminos del Señor son misteriosos.






