domingo, 26 de agosto de 2012

Un laicado maduro y comprometido. Melancolía eclesial II


Permítanme tratar la tema de la melancolía eclesial con el objetivo de ver cómo salir de ella. Me fijaré un poco más en el rol que los laicos debemos tener dentro de la Iglesia. Para ello aprovecharé el mensaje que Benedicto XVI acaba de enviar a la VI Asamblea Ordinaria del Forum Internacional de Acción Católica (FIAC). Dice el Santo Padre:

La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, que deben ser considerados no como 'colaboradores' del clero, sino como personas realmente 'corresponsables' del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en cordial comunión con los obispos”.

Así mismo, el Papa nos pide a los laicos “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos”. Nos dice, además, que los fieles laicos somos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”.

Pero este compromiso debe llevarse en sintonía con “las opciones pastorales de las diócesis y de las parroquias, favoreciendo ocasiones de encuentro y de sincera colaboración con los otros integrantes de la comunidad eclesial, creando relaciones de estima y comunión con los sacerdotes, por una comunidad viva, ministerial y misionera”, así como cultivandorelaciones personales auténticas con todos, empezando por la familia”, ofreciendo nuestra disponibilidada la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”.

Seguramente nos preguntemos cómo, nosotros simples laicos, estamos llamados a ser corresponsables del ser y actuar de la Iglesia. ¿Con qué fuerzas podremos actuar? ¿Qué conocimientos podremos aportar? ¿Qué ánimo podremos compartir?

Comparto un breve texto del Padre Pío:

Ten paciencia y persevera en la práctica de la meditación. Al principio conténtate con no adelantar sino a pasos pequeños. Más adelante tendrás piernas que no desearán sino correr, mejor aún, alas para volar.

Conténtate con obedecer. No es nunca fácil, pero es a Dios a quien hemos escogido. Acepta no ser sino una pequeña abeja en el nido de la  colmena; muy pronto llegarás a ser una de estas grandes obreras hábiles para la fabricación de la miel. Permanece siempre delante de Dios y de los hombres, humilde en el amor. Entonces el Señor te hablará en verdad y te enriquecerá con sus dones” (Epistolario 3, 980)

Podemos leer que tanto el Santo Padre como el Padre Pío nos hablan de una actitud que es todo menos melancólica. Nos hablan de no quedarnos sentados mirando y esperando mientras nos invade la tristeza. Nos hablan de ser humildes sin dejar de ayudar en todo lo que veamos posible.

En el evangelio de hoy domingo vemos a los discípulos decir "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?". Es duro porque se nos dice teniendo el corazón lleno de tristeza y la voluntad atenazada. Cristo vuelve a hablar y nos dice: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen

Somos muchos los que no creemos con toda la profundidad que nos reclama Cristo. Muchos nos sentimos petrificados ante la corresponsabilidad que tenemos. Igual que San Pedro (Mt 14, 22-36), sentimos que nos hundimos en el agua y ni siquiera gritamos pidiendo ayuda al Señor. No creemos suficientemente y eso nos paraliza, nos hunde. Una vez en el fondo ¿Qué más da todo?

Pero ¿Dónde iremos si nos conformamos con hundirnos en la melancolía? Sólo el Señor tiene palabras de vida eterna. ¿Dejaremos que nuestra vida pase sin aceptar nuestra corresponsabilidad?

Hay muchas dimensiones eclesiales donde podemos poner nuestro empeño. Podríamos pensar en la comunidad en la que vivimos la Fe. Podemos actuar potenciarla con paciencia y humildad. Ser catalizadores positivos del dinamismo de quienes nos reunimos en el mismo templo a orar. No hace falta tomar el papel de “jefes”, el Padre Pío nos llama a empezar con pasos pequeños y con mucha humildad y paciencia.

Tenemos también muchos frentes de evangelización. Nuestra vida cotidiana nos lleva a reunirnos con amigos, conocidos y familiares. De nuevo, no se trata de coger la espada y ponernos a dar mandobles. Se trata de humildemente y con paciencia, ir dando puntadas que contagien a quienes están fríos espiritualmente.

Aparte, no podemos desatender nuestra espiritualidad y Fe. No viene mal tomar una postura de formación activa, reactivar nuestra oración, lectura de la Palabra de Dios y acercarnos más frecuentemente a los sacramentos, etc.

El Santo Padre nos llama “a la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”. Dejemos las melancolías y atrevámonos a levantar nuestra cruz y seguir a Cristo. ¿Cuesta y duele? ¡Claro!

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mt 11, 29-30)

domingo, 5 de agosto de 2012

¿Quién ha dicho que ser cristiano es fácil?


Después de la transgresión de Adán, los pensamientos del alma, lejos del amor de Dios, se dispersaron y se mezclaron con pensamientos materiales y terrestres. Porque Adán por su pecado, recibió en sí mismo la levadura de las malas tendencias y, así por participación, todos los nacidos de él de toda la raza de Adán tienen parte en esta levadura. Seguidamente, las malas disposiciones crecieron y se desarrollaron entre los hombres hasta el punto que llegaron a toda clase de desórdenes. Finalmente, la humanidad entera se vio penetrada de la levadura de malicia. 

De manera análoga, durante en su estancia en la tierra, el Señor quiso sufrir por todos los hombres, rescatarlos con su propia Sangre, introducir la levadura celeste de su bondad en las almas de los creyentes humillados bajo el yugo del pecado. Quiso perfeccionar en estas almas la justicia de los preceptos y de todas las virtudes hasta que, penetradas de esta nueva levadura, se unieran para bien y formaran un solo espíritu con el Señor. El alma que está totalmente penetrada de la levadura del Espíritu Santo ya no puede albergar el mal y la malicia, tal como está escrito: El amor no lleva cuenta del mal. Sin esta levadura celeste, sin fuerza del Espíritu Santo, es imposible que el alma sea trabajada por la dulzura del Señor y llegue a la vida verdadera. (San Macario el Egipcio, Homilías) 

La levadura es un hongo microscópico que se alimenta de azucares e hidratos de carbono que transforma otras sustancias. A este proceso se le llama fermentación. En el caso de la levadura del pan, es capaz de transformar una masa de trigo, sal y agua en una masa madre que, una vez horneada, se transformará en uno de los alimentos más completos que existen: pan. Sin duda en la antigüedad, este proceso parecería casi mágico, además de maravilloso. 

San Macario nos habla de dos levaduras, una buena y otra mala. La mala daña la masa de trigo pudriéndola, mientras que la buena, es la que la transforma en masa madre de pan, preparado para ser hornado. Cristo utilizó la levadura para una de las parábolas de Reino más conocidas: 

«El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mt 13,33) 

Podemos utilizar esta parábola para acercarnos al misterio de la conversión. Primero la conversión individual de las personas y a través de esta conversión, la transformación de la sociedad (mundo) en Reino. 

Pero ¿Para que querríamos transformarnos? ¿No somos suficientemente felices? ¿No tenemos todo lo que necesitamos? La sociedad ha creado un entorno que nos hace creer que tenemos todo lo que necesitamos al alcance de la mano, pero realmente no es así. 

Desde pequeños, nos han señalado un objetivo vital fácil de entender, pero imposible de obtener por nosotros mismos: la felicidad. La felicidad es complicada de definir y entender, pero no por ello no la podremos encontrar en el camino trazado para nosotros por la sociedad. Muchos amigos bien situados y con una vida estable, alguna vez me han hecho el comentario de que “la vida es una porquería, un asco”. Lo curioso es que ante esa sensación de desánimo y engaño no se preguntan ¿Por qué es así la vida? Toman su pesada y decepcionante realidad como el destino de todo ser humano sin revelarse. En el fondo de su ser hay una razón a la falta de felicidad, que pugna por salir: “Nada me sacia, nada me llena. Lo que obtengo, una vez es mío, deja de tener valor” En una palabra: vacío. 

Que nada material nos llena se evidencia en que el número de suicidios crece a la par al incremento del nivel de vida. En España el suicidio ya es la primera causa de muerte no natural. Somos como esa masa de trigo que en si misma no tiene nada que le de sentido. Puede esperar durante un cierto tiempo, pero terminará por descomponerse y después ¿Qué? ¿Quién quiere una masa maloliente y podrida? Ni la propia masa se soporta a si misma.

De hecho el suicidio, depresiones, violencia o desánimo existencial son la evidencia de que la masa no pude quedarse sin nada que la transforme. ¿Qué la puede transformar? La buena levadura, la que convierte la masa de trigo en masa madre preparada para ser horneada. Pero ser transformado es muy incómodo. Significa quedar en evidencia entre las personas que conocemos, cambiar nuestros objetivos, forma de actuar, manera relacionarnos con los demás. Significa morir a ser masa de trigo y nacer a ser masa de pan. 

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? (Mt 16,24) 
De todas formas es muy duro dejar de agarrarse al borde del río, saltarse y dejarse llevar por la corriente. Supone un acto de confianza en la corriente (Voluntad de Dios) que pocas personas están dispuestas a realizar. 

¿Cómo sabemos que la conversión no es un atontamiento vital? como algunos indican. Por dos cuestiones evidentes: 

  1. Porque supone aceptar el reto de que existe un sentido para la vida que vivimos y que lo podemos encontrar."Quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama se le abre "(Lc 11,5)
  2. Porque desalojar los prejuicios que cómodamente nos sostienen, es todo menos fácil. "Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ´Trasládate de aquí para allá´, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes"(Mt 17,20)
Hay que ser valiente para dejarse transformar por la levadura del Reino. Basta mirar la biografía de los Apóstoles para darse cuenta que algo tocó su ser para dejar atrás todas las seguridades y estar dispuestos al martirio y la muerte. ¿Quién ha dicho que ser cristiano es fácil?

domingo, 8 de julio de 2012

Siempre necesitamos el perdón de Dios

El paralítico, incurable, estaba acostado en una camilla. Después de haber agotado el arte de los médicos, llega, traído por los suyos, al único y verdadero médico, el médico venido del cielo. Pero cuando lo pusieron delante de aquel que le podía curar, fue su fe la que atrajo la mirada del Señor. Para demostrar claramente que esta fe destruía el pecado, Jesús dijo inmediatamente: «Tus pecados están perdonados». Quizás alguno me dirá: «Este hombre quería ser curado de su enfermedad ¿por qué Cristo le anuncia la remisión de sus pecados?» Es para que tú aprendas que Dios ve, en el silencio y sin ruido, el corazón del hombre y que contempla los caminos de todos los vivos. En efecto, la Escritura dice: «Los ojos del Señor observan los caminos de los hombres y velan todas sus sendas» (Pr 5,21)...

Sin embargo, cuando Cristo dijo: «Tus pecados están perdonados» dejaba el campo libre para la incredulidad; el perdón de los pecados no se ve con nuestros ojos de carne. Entonces, cuando el paralítico se levanto, puso en evidencia que Cristo posee el poder de Dios. (San Cirilo de Alejandría)

En los evangelios de los días entre semana, se esconden perlas que es difícil dejar pasar sin comentarlas. En este caso traigo el comentario que San Cirilo de Alejandría hace al Evangelio del pasado jueves 5.

¿Cuántas veces Dios perdona nuestros pecados? Tantas como vivamos el sacramento del perdón. Pero este perdón de los pecados es, tal como dice San Cirilo, un campo libre a la incredulidad. ¿Cuántas veces hemos oído que confesarse delante de un hombre es una humillación y una tontería? Muchas.

Si miramos de nuevo al evangelio, veremos que hubo algo en el paralítico que hizo que Cristo realizara un milagro extraordinario delante de los incrédulos. El paralítico tenía una inmensa confianza en Cristo y eso hizo que abriera su corazón al Señor.  «Los ojos del Señor observan los caminos de los hombres y velan todas sus sendas» (Pr 5,21) ¿Tenemos nosotros esa Fe?

Sin duda el paralítico tenía alguna ventaja sobre nosotros. El tuvo al Señor delante de él y oyó sus palabras. Nosotros no, pero eso no nos impide abrir nuestro corazón de igual manera que lo hizo el paralítico. En nuestro caso el milagro no es conseguir que nuestras piernas nos soporten, sino conseguir transformarnos internamente. La pregunta clave es si vamos a confesarnos con esperanza y certeza de que el Señor nos transformará, nos levantará de nuestras infidelidades y errores, para que andemos de Su mano en la vida. Ese milagro también desorientaría y comprometería a los incrédulos, pero ¿permitimos que el Señor nos transforme? ¿Permitimos que el Señor nos transforme en signos de su poder y misericordia?

No es fácil aceptar que el Señor nos transforme, ya que eso conlleva tantas responsabilidades que nos asusta sólo pensarlo. Nos convertiríamos en un signo del Señor y eso es incómodo para nuestra vida actual. ¿Queremos nosotros ser curados de nuestra enfermedad? Quizás sería interesante reflexionar sobre la razón por la que nos confesamos y así empezar a abrir el corazón a Cristo.

Es una realidad que cada vez nos sentimos menos culpables y por lo tanto, menos necesitados de perdón del Señor. Si no sentimos nuestra suciedad, no tendremos la necesidad de lavarnos y Dios será cada vez menos necesario en nuestra vida. Cada vez nos sentimos más capaces de valernos por nosotros mismos. Pero de lo que no somos conscientes es que esto nos lleva a desentendernos de nuestra limpieza corazón y esto produce que cada vez veamos menos a Dios en todos y todo lo que nos rodea. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¿No vemos a Dios? Esto implica que tenemos que limpiar nuestro corazón.

El enemigo sabe actuar para separarnos de Dios. ¿Qué mejor forma de alejarnos que hacernos pensar que no tenemos culpa alguna en nuestra conciencia? Ni siquiera aspiramos a ser curados, porque no sentimos que necesitemos del perdón.

San Agustín nos dice lo siguiente: Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos y no hay verdad en nosotros. Al presente ya está bien vivir sin pecado y el que piense que vive sin pecado no aleja de sí el pecado, sino el perdón. (La Ciudad de Dios 14,9,4)

Quien piense que no peca, lo que hace es alejar de si el perdón, ya que si pensamos que vivimos si pecado, nos estamos engañando. Necesitamos de que Gracia que nos transforma y esta Gracia está presente en el sacramento del perdón.

domingo, 1 de julio de 2012

Orar por quienes desean apostatar.

Santa Catalina oyó que Dios le decía: «Toda criatura dotada de razón posee en sí misma una viña, la viña de su alma. La voluntad, a través del libre albedrío, es el viñador durante el tiempo de su vida; pasado este tiempo no puede hacer en su viña ya ningún trabajo, sea bueno o sea malo, sino que es durante la vida que puede cultivar su viña a la que yo mismo la he enviado. Este cultivador de su alma ha recibido de mí una fuerza tal que no hay demonio ni otra criatura alguna que se la pueda quitar si él mismo se opone a ello. Es en el bautismo que ha recibido esta fuerza, al mismo tiempo que la espada del amor a la virtud y del odio al pecado. Es por este amor y este odio, por amor a vosotros y por odio al pecado que ha muerto mi Hijo único, derramando por vosotros toda su sangre. Y es este amor a la virtud y este odio al pecado que encontráis en el santo bautismo que os devuelve la vida por la fuerza de su sangre...

«Arrancad, pues, las malas hierbas de los pecados mortales y plantad virtudes..., arrepentíos, tened repugnancia del pecado y coged el amor a la virtud; es entonces cuando recibiréis los frutos de la sangre de mi Hijo. No podréis recibirlos si no os disponéis para llegar a ser buenos sarmientos unidos a la vid, pues mi Hijo ha dicho: «Yo soy la verdadera vid, mi Padre es el viñador, y vosotros los sarmientos» (Jn 15, .5). Esto es verdad. Soy yo mismo que soy el viñador, puesto que toda cosa que posee el ser ha venido y viene de mí. Mi poder es insondable y es a través de mi poder y mi fuerza que gobierno todo el universo, de tal manera que no se hace ni se ordena nada que no sea por mí. Sí, yo soy el viñador; soy yo quien ha plantado la verdadera vid, mi Hijo único, en la tierra de vuestra humanidad para que vosotros, los sarmientos, unidos a esta vid, deis mucho fruto». (Santa Catalina de Siena)

¿Qué puede anidar en el corazón de un ser humano para rechazar el bautismo y desear apostatar? En su interior debe existir una herida de tal magnitud que busque en el olvido de la redención la desaparición del dolor.

Es evidente que la apostasía no borra la Gracia que se ha recibido, por mucho que legalmente sea borrado el nombre del bautizado del libro de bautismos. El dolor interior que nos lleva a rechazar la vía de que nos ha sido dada para acercarnos a Dios, sólo puede partir de la pérdida total de la esperanza. Un corazón sin esperanza, se siente indigno de ser redimido y de merecer la dignidad de ser imagen de Dios. Rechaza la luz, porque le causa dolor que llene la oscuridad autoasumida.

Como dice Santa Catalina de Siena, hemos recibido del Señor tal fuerza que nada ni nadie podrá entrar en nuestro corazón, si no le dejamos pasar. El problema es que una vez abierta la puerta al enemigo, este entra y se hace dueño de la situación. Después de ese momento, el dolor irá aumentando y junto con el dolor, el convencimiento que la causa de ese dolor viene de fuera. Es lógico que cuando se acerque la Palabra de Dios, el corazón se cierre con toda la fuerza posible. La persona teme que el dolor aumente y se haga inaguantable.

Cuando el Enemigo se hace dueño del corazón, la vista y el entendimiento se distorsionan. La vista se fija en todo aquello que es negativo y se relaciona con Cristo y la Iglesia. Se resaltan los errores y las bondades desaparecen completamente. En entendimiento se satura de imágenes grotescas que se relacionan con la Iglesia, por lo que se aparta la vista cuando se espera que estas imágenes se repitan.

Tal vez sea imposible llegar al corazón de estas personas, pero no por ello debemos dejarlas indefensas ante el enemigo. Mostremos el amor que Cristo nos ha enviado, démosles afecto y cercanía.

Decía el Padre Pio: “Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar, te enseña a que hagas cuanto puedes, y a que pidas lo que no puedes”. Sin duda nosotros solos no podemos llegar a abrir el corazón de estas personas, pero si podemos mostrarles cariño, respeto y sobre todo, comunicarles que son dignas y maravillosas. Intentemos resolver sus dudas y dejemos al Espíritu que actúe.

Oremos por quienes desean rechazar el bautismo, porque a través de la Comunión de los Santos podemos ser llamados a ayudarles. Los caminos del Señor son misteriosos.

sábado, 23 de junio de 2012

Quien está por ti o contra ti


No tengas en mucho quien está por ti o contra ti; más busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de hombre alguno. Si tú sabes callar y sufrir, sin dudas verás el favor de Dios. Él sabe bien el tiempo y la manera de librarte, y por eso te debes ofrecer a Él en todo. A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión. Algunas veces conviene para nuestra humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.

Cuando el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca y mitiga a los otros, y satisface a los que le odian. Dios defiende y libra al humilde, al humilde ama y consuela; al humilde se inclina; al humilde da grande gracia, y después de su abatimiento lo levanta a honra. Al humilde descubre sus secretos, y le atrae dulcemente a sí, y le convida. El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más bajo de todos.

Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el letrado. El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte. El que está en buena paz, de ninguno tiene sospecha. En cambio, el descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa  ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo. (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, fragmento)

Sin duda vivimos momentos sociales difíciles. La crisis conlleva momentos amargos en los que nos enfrentamos a la dura realidad que tenemos delante. No es que antes, en época de bonanza, no tuviéramos que enfrentarnos a la realidad, sino que la ocultábamos a base de dinero y prebendas. Ahora el agua vuelve al cauce del río y erosiona las orillas, dejando ala descubierto muchos de los errores cometidos en el pasado.

¿Cómo afrontar estos duros momentos? Podemos gritar y patalear contra el destino. Podemos reclamar con violencia aquello que nos dieron y que realmente no existía. Podemos hacer evidente nuestra desesperación en los espacios públicos, creyendo que los mecanismos que hace unos años funcionaban, todavía son válidos. Pero la realidad es tozuda y se topa con nosotros a menudo.

Tomás de Kempis nos habla del humilde y de la necesidad de cultivar la paz por encima de las pasiones. Las palabras del Kempis suenan extrañas en la sociedad de los inmediato en la vivimos. Nos habla de la necesidad de ser exigentes con nosotros mismos antes de volcar las exigencias sobre los demás Nos habla de la confianza que parte de un corazón lleno de paz. En una palabra, nos habla de Esperanza. Pero no de una esperanza humana que depende de tantas circunstancias que es imposible de alcanzar. Nos habla de la Esperanza que es una espera con sentido: El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte,  mientras que El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo.    

Tal vez la humildad sea una de las virtudes más despreciadas en la actualidad, pero sigue siendo una herramienta maravillosa para acercarnos a Dios y a nuestros hermanos: El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. ¿Se puede vivir con Dios y dejar el mundo en segundo plano? Complicado si miramos sólo los afanes del día a día, sencillo y tenemos confianza en que todo lo que ocurre es por Voluntad de Dios.

La vez podamos pensar en que el Kempis nos invita al “no hacer” a la deshonra personal y a la indignidad, pero nada más lejos de lo que nos indica. EL cristiano se sabe digno por ser imagen de Dios mismo y por ello no reacciona con pasión ante la humillación que tratan de infringirle. Acepta la humillación sin perder la dignidad, como quien acepta un honor sin creerse más que antes de haberlo recibido.

Es frecuente que otras personas muestren su temor al futuro y que este temor se manifieste con cierta violencia. El descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa  ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. El alterado sospecha de todos los que le rodean y con esa sospecha genera violencia en si mismo y en los demás. Si nos encontramos con estas personas hemos de tener cuidado de estar en paz: Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.


Pero ¿Cómo conseguir la paz interior necesaria y vivimos en un entorno tan complicado? La oración es más necesaria que nunca, pero también la lectura atenta de los evangelios y encontrarnos en comunidad para vivir nuestra Fe unidos.

domingo, 17 de junio de 2012

¿Caridad o propaganda? ¿Misión o comisión?


«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres.» ¿Por qué? Para no «ser vistos delante de ellos». Si ellos os ven ¿qué será de vosotros? «No tendréis la recompensa de vuestro Padre celestial.» Hermanos, aquí el Señor no juzga, sino solamente expone. Da luz sobre la astucia de nuestros pensamientos; pone al desnudo las disposiciones secretas de las almas. A los que meditan injustamente sobre la justicia, les indica la medida de una justa retribución. La justicia que se coloca ante la vista de los hombres no puede esperar el salario divino del Padre. Ha querido ser vista, ha sido vista; ha querido complacer a los hombres y ha complacido. Tiene el salario que ha querido; no tendrá la recompensa que no ha querido tener...

«Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas.» «Tocar la trompeta» es la palabra justa, porque una limosna de esta clase es un acto más guerrero que pacífico. Pasa toda entera a través del sonido, nada tiene que ver con la misericordia. Viene del país de la desunión, no ha sido alimentada por la bondad. Es un tráfico para la exhibición, no un comercio casto... «Tú, en cambio, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.» Habéis oído: la limosna hecha en una asamblea, sobre las plazas públicas, en los cruces de los caminos, no es un gasto hecho para el alivio de los pobres, sino que se hace ante la vista de los hombres para ser estimado por ellos... Huyamos de la hipocresía, hermanos, huyámosla... No alivia al pobre; el gemido del indigente le es un pretexto para buscar con más ahínco una gloria espectacular. Hincha su alabanza con el sufrimiento del pobre. (San Pedro Crisólogo Sermón 9)

Me vino a la memoria este texto de San Pedro Crisólogo al leer un párrafo del tratado sobre la doctrina Cristiana de San Agustín:

El hombre que está firme en la fe, en la esperanza y en la caridad y que las retiene inalterablemente, no necesita de las sagradas Escrituras, si no es para instruir a otros. Así, muchos dirigidos por estas tres virtudes viven en los desiertos sin el auxilio de los Libros santos (San Agustín. La Doctrina Cristiana 1,39,43)

Estas palabras me llevaron a pensar en las ofertas que muchos supermercados están haciendo a partir de las dificultades que están padeciendo muchas familias. Lo que hacen estos establecimientos ¿Es caridad o es más bien, propaganda? ¿Cual es la misión de un Supermercado? 

En nuestro comportamiento diario puede haber también mucho de propaganda, de dar o aparentar para que se nos vea y se nos aprecie. Esto es simple trueque de lo que nos sobra por consideración humana. Dice San Agustín que muchos anacoretas viven las tres virtudes en mitad del desierto y lo hacen sin nada entre las manos. Ni siquiera las Sagradas Escrituras. ¿Por que no necesitan las Sagradas Escrituras para si mismos? Porque ya viven en Evangelio en su plenitud.

Pero, este discernimiento no es tan sencillo como parece. Si ocultamos nuestra justicia, Fe, Esperanza y Caridad ¿Cómo daremos testimonio a los demás?

Nos encontramos con la tensión escatológica del "ya, pero todavía no". La tensión de dar testimonio, pero que nadie vea tus acciones. ¿Cómo hacer que se vea sin que nadie nos vea? Es imposible.

Este problema es planteado con frecuencia por ateos y agnósticos que desean confundirnos y mostrarnos lo aparentemente contradictoria que de nuestra Fe. Hay que estar listo para saltar a un dominio diferente y hacerles ver que no existe tal contradicción.

Evidentemente este problema no tiene solución dentro de “lo externo” a nosotros. En este caso debemos buscar la solución en nuestro interior, en nuestro ser. Allí es donde la contradicción desaparece. Hablamos entonces de la conversión interior que soluciona la aparente contradicción exterior.

Lo que los evangelios nos dicen y los Primeros Padres de la Iglesia recalcan, es que el motor de nuestra Fe, Esperanza y Caridad no puede ser que nos aprecien los demás, sino que aprecien a Cristo que se refleja en nosotros. Cualquier aplauso que nos brinden en nuestra misión, no es para nosotros sino para Cristo que se hizo presente a través nuestra. Si sabemos señalar a Quien es la fuente de la luz que se refleja en nosotros, estaremos dando testimonio y al mismo tiempo viviendo sin buscar trompetas y aplausos para nuestra persona.

La admiración que nos causan los santos, no se corresponde a las condiciones humanas de los mismos, sino a su capacidad de reflejar al Señor en sus actos.

Demos limosna sin tener miedo que se nos vea hacerlo, pero hagámoslo sin atraer la atención hacia nosotros, sino hacia Quien es la Caridad. Propaguemos la Fe, pero sin creer que lo que sale de nuestra boca o escriben nuestros dedos es nuestro. Nada más lejos de la realidad. Vivamos llenos de Esperanza y alegría, pero señalando al Señor como fuente de ello.

Decía el Padre Pío: “Cuando los dones crecen en ti, haz que crezca también la humildad, así puedas considerarlo todo como si fuera un préstamo

Ahí está la diferencia entre la propaganda y Caridad. La diferencia entre la misión del Reino que nos ha sido encomendada y la comisión de vanagloria que recibimos cuando buscamos ser nosotros los protagonistas.

domingo, 10 de junio de 2012

La humildad en la vida cotidiana

¡Estate atento al misterio de Cristo! Nació del seno de la Virgen a la vez Siervo y Señor; Siervo para obrar, Señor para mandar a fin de enraizar en el corazón de los hombres un Reino para Dios. Tiene un doble origen pero es un solo ser. No es distinto el que viene del Padre al que viene de la Virgen. Nacido del Padre antes de todos los siglos, es el mismo que tomó carne en el transcurso del tiempo. Por eso es llamado Siervo y Señor: por nuestra causa, Siervo, pero a causa de la unidad de la sustancia divina, Dios de Dios, Principio del Principio, Hijo en todo igual al Padre, su igual. En efecto, el Padre no engendra un Hijo extraño a Él mismo, este Hijo del cual declara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17)...

El Siervo conserva en todo los títulos de su dignidad. Dios es grande, y es grande el Siervo; al venir en la carne, no pierde esta «grandeza que no tiene límites» (sl 144,3)...  El cual, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de Siervo» (Flp 2,6-7)... Es, pues, igual a Dios como Hijo de Dios; tomó la condición de Siervo al encarnarse; «gustó la muerte» (Hb 2,9), él, cuya «grandeza no tiene límites»...

¡Cuán buena es esta condición de Siervo que nos ha hecho libres! ¡Sí, cuán buena es! Le ha valido «el nombre que está por encima de todo nombre»! ¡Cuán buena es esta humildad! Ha obtenido que «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). (San Ambrosio, Sermón sobre el salmo 35, 4-5)

Cuán buena es esta humildad. ¿Somos nosotros realmente humildes como lo es el Señor? Dijo es Señor que el que quisiera ser el primero, sirviera a todos los demás. ¿Somos conscientes de ello?

En nuestra vida cotidiana quisiéramos ser reconocidos, relevantes de forma personal, poderosos, etc. ¿Nos damos cuenta de todo el peso que nos echamos a la espalda queriendo todas estas cosas? ¿No es mucho mejor ser humilde y no aspirar a nada por nosotros mismos?

Sólo desde la humildad podemos reconocer que Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. Por eso nos cuesta tanto doblar las rodillas en la consagración y arrodillarnos frente al altar. Somos soberbios y entendemos este lengua de humildad como una humillación personal insoportable?

Hasta nos decimos que la bondad y misericordia de Dios todo lo acepta. Lo que no pensamos es que el problema no está en Dios sino en nosotros. Si no somos verdaderamente humildes, somos nosotros quienes sufrimos nuestra propia actitud. Si en algo somos relevantes o tenemos autoridad, que esto sea para mayor gloria del Señor. Nunca para gloria de nosotros mismos.

Decía el Padre Pio: “¿Ha observado usted un campo de trigo en sazón? Unas espigas se mantienen erguidas, mientras otras se inclinan hacia la tierra. Pongamos a pruebe a los mas altivos, descubriremos que están vacíos, en tanto los que se inclinan, los humildes, están cargados de granos

La humildad pesa y nos hace inclinarnos ante el Señor. Igual que las espigas con más granos, quien se humilla es quien puede dar más de si a los demás. El que se comporta de forma soberbia, solo es capaz de imponer su presencia por la fuerza. Quien es humilde llena la estancia sin hacer evidencia de quién es y qué busca.

Ya dijo el Señor: “Así los últimos serán los primeros, y el primero será el último: pues muchos serán llamados, pero pocos serán elegidos” (Mt 20,16) ¿Por qué serán pocos los elegidos? Porque Dios elige a los humildes y son pocos los que han respondido a la llamada del Señor con humildad.

Que el Señor nos ayude a encontrar al humildad en nosotros mismos.
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