domingo, 28 de abril de 2013

Cristo es la Luz que ha creado esta luz que vemos


Las palabras del Señor: «Yo soy la luz del mundo» son, a mi parecer, claras para los que tienen ojos capaces de participar de esta luz; pero los que no tienen más ojos que los del cuerpo se sorprenden al oír que nuestro Señor Jesucristo dice: «Yo soy la luz del mundo». E incluso es posible que haya quien diga: ¿Cristo, no será este sol que a través de su amanecer y su ocaso determina el día?.... No, Cristo no es eso. El Señor no es ese sol creado sino aquél por quien el sol fue creado. «Por medio de él se hizo todo y sin él no se hizo nada de lo que se ha hecho» (Jn 1,3). Él es, pues, la luz que ha creado esta luz que vemos. Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir...

Veis, hermanos, veis, si es que tenéis unos ojos que ven las cosas del alma, cual es esta luz de la que el Señor habla: «El que me sigue no camina en las tinieblas.» Sigue este sol y veremos como tú ya no andarás en las tinieblas. Hele aquí que se levanta y viene hacia ti; el otro sol, siguiendo su curso, se dirige a occidente; pero tú debes andar hacia el sol naciente que es Cristo. (San Agustín Sermones sobre el evangelio del san Juan, nº 34)

Esta semana ha estado llena de noticias diversas que nos hacen reflexionar sobre nuestro papel en el mundo y los problemas que nuestra presencia genera. Entiéndase mundo con el mismo sentido que Cristo lo utiliza en el pasaje evangélico de Jn 15,19Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo”. El mundo es la sociedad que vive de espaldas a Dios y entiende que Cristo es una competidor en la carrera por el poder.

Los laicistas no comprenden qué tiene Cristo para que le sigamos y por ello tejen suposiciones que hacen indeseable ser cristiano. Pero quien conocer la Luz de Cristo, no tiene dudas. En él se abre un nuevo sentido que le permite entender todo lo que rodea como parte del plan de Dios. Es capaz de diferenciar los pecados e infidelidades de quienes componemos la Iglesia, del Espíritu Santo, que la vivifica constantemente. Entiende que la verdadera jerarquía es la del servicio, a la que se llega únicamente por la santidad. Santidad que es al mismo tiempo un deseo grabado en nuestra naturaleza y un don de Dios.

¿Qué temen los laicistas? Algo debemos de tener para que nuestra presencia les resulta insoportable. Un ejemplo. Esta semana la revista italiana “Tempi” ha indicado que hoy domingo día 28, el presidente francés, Francois Hollande, hubiera inaugurado una exposición en el museo Nacional de las Bellas Artes, pero se encontró con un “problema” inesperado. El problema es un cuadro religioso que hubiera aparecido a sus espaldas en la inauguración. Como no era fácil quitar el cuadro o cubrirlo, simplemente decidió no inaugurar la exposición.

La presencia del mensaje cristiano es incómoda para el laicista, ya que le sitúa en el verdadero contexto histórico y no en el contexto anticristiano que nos quieren vender diariamente.

¿Qué podemos hacer? San Agustín nos dice: “Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir

Amemos, comprendamos, deseemos la Luz. Sólo así podremos dejarnos conducir por la misma Luz y cumplir la voluntad de Dios.

domingo, 21 de abril de 2013

¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos!


Las ovejas del Buen Pastor encuentran por tanto el pasto, pues todos los que le siguen con un corazón humilde, son alimentados con el pasto de las praderas eternamente verdes. ¿Y cuál es el pasto de esas ovejas, sino las alegrías interiores de un paraíso eternamente verde? El pasto de los elegidos, es el rostro de Dios, siempre presente y cuando lo contemplamos sin interrupción, el alma se sacia sin fin de un alimento de vida.

¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos! Que nuestra fe, sienta el calor de aquello en lo que creemos, que los bienes de lo Alto enciendan nuestros deseos. Amar así ya es estar en camino. No dejemos que ninguna prueba nos desvíe de la felicidad de esta fiesta interior, porque si deseamos llegar a la meta que nos hemos fijado, ninguna dificultad puede disuadir ese deseo. No dejemos que nos seduzcan falsas victorias. Sería estúpido el viajero que deslumbrado por el espectáculo del maravilloso paisaje, olvide a mitad de camino el destino de su viaje. (San Gregorio Magno. Homilías sobre el Evangelio, n°14 )

Seguimos en el Año de la Fe y por eso es especialmente interesante entender qué sentido tiene la Fe en nuestra vida cotidiana. Seguramente la vida parecer más fácil si somos cristianos durante la misa dominical y el resto de la semana, nos confundiésemos con los demás habitantes de nuestro mundo.

El Papa Francisco nos recuerda este cristianismo a tiempo parcial a través de una de sus homilías de la pasada semana:

Cuando “la Iglesia deja de ser madre, se convierte en una niñera, que cuida de los niños para hacer que se duerman. Es una Iglesia en estado latente, así que pensemos en nuestro bautismo, en la responsabilidad de nuestro bautismo” (Papa Francisco homilía 17/4/2013)

Tiene toda la razón el Santo Padre. La Iglesia “cuida” pastoralmente de nosotros y en cierta manera nos adormece y calma. Todavía “padecemos” la época en la que se suponía que la Fe era algo cultural cosustancial a la sociedad. Ya no es así, pero todavía nos cuesta pensar en que nuestra Fe debería de manifestarse con un compromiso 356 días / 24 Horas.

Dice San Gregorio Magno “El pasto de los elegidos, es el rostro de Dios, siempre presente”. No dice que sea un rostro que asome durante las misas dominicales y se esconda el resto de la semana. “¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos! Que nuestra fe, sienta el calor de aquello en lo que creemos” Tal vez estemos demasiado dormidos y acomodados para atrevernos a salir de nuestra cómoda pasividad.

A veces pensamos: ‘No, pero si yo soy cristiano. Fui bautizado, hice la confirmación, la primera comunión... el carnet de identidad y listo’. Y ahora, a dormir tranquilamente, eres un cristiano. Pero… ¿Dónde está el poder del Espíritu que te lleva a caminar? ” (Papa Francisco homilía 17/4/2013)

Sabríamos responder a la pregunta que el Santo Padre se hace “¿Dónde está el poder del Espíritu que te lleva a caminar?” No es una pregunta fácil ya que tiene una doble respuesta:

a)   El Espíritu está dispuesto a entregarnos sus dones, según nuestro carisma y la voluntad del Señor indiquen. Por lo tanto, el poder del Espíritu nos espera.
b)  La segunda parte depende de nosotros ¿Estamos dispuestos a recibir estos dones? Pensemos en los Apóstoles y lo que significó para ellos Pentecostés. Perdieron el suelo firme que creían pisar y se vieron recorriendo el mundo y soportando mil pruebas. Sin el Espíritu, todo hubiera sido un fracaso. Sin la aceptación de los Apóstoles, todo hubiera terminado como un bonito cuento.

Nadie duda que vivir los sacramentos sea maravilloso e imprescindible. Sin los sacramentos, nuestra comunión con Dios y nuestros hermanos, sería mucho más complicada. Pero no podemos quedarnos parados olvidando el destino:

Sería estúpido el viajero que deslumbrado por el espectáculo del maravilloso paisaje, olvide a mitad de camino el destino de su viaje.

Los sacramentos y los dones del Espíritu nos llevarán en volandas si les dejamos actuar en nosotros. ¿A qué esperamos? Quizás a dejar de tener miedo a abrir el corazón a Cristo y nuestros hermanos.

¿Qué sentido tiene la Fe en nuestra vida cotidiana? Amar de una forma especial.

Amar así ya es estar en camino. No dejemos que ninguna prueba nos desvíe de la felicidad de esta fiesta interior, porque si deseamos llegar a la meta que nos hemos fijado, ninguna dificultad puede disuadir ese deseo. No dejemos que nos seduzcan falsas victorias

domingo, 14 de abril de 2013

Cristo nos llama desde la orilla ¿Qué hacemos?


De forma individual y comunitaria, vamos andando el tiempo pascual. Tiempo de afianzamiento y de profundización de la Fe. Ya que estamos en pleno año de la Fe, es interesante no perder de vista la importancia de los símbolos en la vivencia de la Pascua. Para ello tomaré un breve párrafo del libro “Imágenes de esperanza” del entonces Cardenal Ratzinger, actual Papa emérito Benedicto XVI:

La Pascua tiene que ver con lo inconcebible; su evento nos sale al encuentro en un primer momento sólo a través de la Palabra, no a través de los sentidos. Tanto más importante es entonces dejarse aferrar un día por la grandeza de esta Palabra. Pero, puesto que ahora pensamos con los sentidos, la fe de la Iglesia ha traducido desde siempre la Palabra pascual y también en símbolos que hacen presagiar lo no dicho de la Palabra. (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Imágenes de esperanza)

La Pascua sorprende porque es impresionante e inconcebible. Los signos que rodean la Pascua son de todos conocidos: luz, agua bendecida y los coros que cantan el Aleluya en la Liturgia. Pero además de los símbolos directamente relacionados, tenemos la Palabra de Dios. Este domingo disfrutamos de un Evangelio lleno de matices y símbolos. (Jn 21,1-19.) Este transfondo simbólico lo podemos encontrar en una de las homilías de San Gregorio Magno:

El mar es el símbolo del mundo actual, agitado por la tempestad de los asuntos y la marejada de la vida caduca. La orilla firme es la figura del reposo eterno. Los discípulos trabajan en el mar ya que todavía siguen en la lucha contra las olas de la vida mortal. Pero nuestro Redentor, está en la orilla pues ya ha superado la condición de una carne frágil. Por medio de estas realidades naturales, Cristo nos quiere decir, a propósito del misterio de su resurrección: “No me aparezco ahora en medio del mar porque ya no estoy con vosotros en el bullicio de las olas”. (Mt 14,25) (San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio, nº 24)

El bullicio de las olas del mundo actual, a veces es ensordecedor. A veces la tormenta llega hasta nosotros con toda su fuerza, sin saber las razones que hay detrás de ello.

Cristo nos deja solos. Igual que sus discípulos, nos llama desde la orilla y les indica dónde debemos echar las redes. Ahí encuentran la pesca que hasta ese momento les había sido esquiva. ¿Somos como Pedro que salta de la barca y llega a la orilla nadando? ¿Somos como los demás discípulos que llegan a la orilla con la barca y el pescado obtenido. A nosotros nos sucede, con frecuencia, algo parecido a la escena que nos narra el evangelista. Estamos rodeados y distritos por las circunstancias de nuestra vida difícilmente nos damos cuenta del llamado de Cristo. ¿Qué llamado? El llamado de la vocación particular de cada uno de nosotros.

Si oyéramos a Cristo tendríamos una valiosa indicación para decidir el camino que hemos de tomar. Esos peces que no llegan a las redes y que nos hacen pensar en que la sociedad donde vivimos no responde a nuestros esfuerzos, podrían llegar hasta nosotros si escuchamos el llamado del Señor. ¿Qué peces? Pues los frutos de la vocación que el Dios nos ha dado.

Pero ¿Dónde nos dice Cristo que echemos las redes? No creo que podamos responder la pregunta mirándonos a nosotros mismos y discutiendo unos con otros.

Igual que se narra en el Evangelio, una vez sentados en la orilla, Cristo nos podrá preguntar si le amamos. ¿Qué le contestaremos? ¿Sí o no? Seguramente nos pregunte por nuestro amor tantas veces como le hemos negado. Así es la paciencia de Dios. Siempre espera con paciencia nuestro amor y compromiso.

domingo, 31 de marzo de 2013

Cristo ha resucitado ¿Por qué lloras?


Traigo un breve fragmento de San Ambrosio de Milán, que se centra en episodio del llanto de la Magdalena a la puerta del sepulcro. Pueden leerlo en Jn 20, 11-18. María Magdalena se queda fuera del Sepulcro, abatida y llorando desconsoladamente. Pedro y Juan entran el sepulcro, creen y salen corriendo para contar la noticia a los demás. María llora y ni dos Ángeles que se muestran dentro del sepulcro, ni el propio Cristo, en un primer momento, pueden consolarla.

¿Lloras porque no Le ves? Cree y Lo verás aquí presente y junto a ti, porque está pronto a acudir a los que le buscan. ¿Por qué lloras? Que es como decirle: No cuadran aquí las lágrimas, sino la fe rápida, decidida, como la que merece Dios. Olvida las cosas mortales y cesará tu llanto; aleja de las cosas perecederas tu consideración y se acabarán tus lágrimas, para no volver jamás. ¿Por qué a ti te causa llanto lo que a otros, alegría? ¿A quién buscas? ¿No ves que está Cristo delante de ti? ¿No ves que Cristo es la virtud de Dios, la sabiduría de Dios, la santidad, la castidad, la integridad; que Cristo nació de virgen y que procede del Padre y está en el Padre y ante el Padre siempre, como nacido de El, y no hecho ni mudable, sino siendo siempre Dios verdadero de Dios verdadero?

Entonces le dijo el Señor: "María, mírame". Cuando no era creyente la llamaba mujer; pero ahora que comienza a creer la llama por su nombre, María, el mismo nombre de la Madre de Dios, pues María es ya alma que espiritualmente ha dado a luz a Cristo. Mírame, le dice, mírame, porque quien mira a Cristo mejora de vida, corrigiendo sus defectos; pero quien no lo ve, yerra lastimosamente el camino.

Entonces la Magdalena abre los ojos de la fe y volviéndolos a Cristo, lo ve y exclama: Rabí que significa Maestro. Mirándole, se convierte; convertida, lo ve mejor, y viéndolo, adelanta en el camino de la perfección, encuentra al maestro que creía muerto, y habla con el que creía perdido.  (San Ambrosio de Milán, Tratado de las Vírgenes, frag. Cap. I )

El sepulcro está vacío ¿Dónde está el Señor? María Magdalena lloraba porque había perdido a Quien había dado sentido a su vida y a su Fe. Había perdido cruelmente a Quien le era más preciado y querido.

La actitud de la Magdalena no es extraña, ya que es algo que nos sucede a menudo. La Iglesia no es algo estático, sino un ser vivo que cambia y a veces los cambios son difíciles de entender. Cuando desaparece lo que nos daba confianza, la fe se esconde, desaparece la esperanza y la caridad se escapa como arena fina, entre los dedos de nuestras manos. Mientras esto ocurre, otros hermanos se sienten felices y plenos. Tan felices y plenos están, que se olvidan de nosotros dejándonos solos y abatidos. Parece  que nadie se fija en nuestro dolor, pero Cristo siempre está llamando a nuestra puerta.

Hemos de reconocer que estar en el lugar de María Magdalena no es sencillo y que su sufrimiento era tan cierto como sus lágrimas. Ni los dos ángeles ni el propio Cristo parecían conseguir abrir el cerrado corazón de María. Ante su sufrimiento, Cristo se acerca a la desorientada María y le llama por su nombre. San Ambrosio indica que le llama así para despertar en su corazón un hilo de fe y esperanza que no lograba encontrar el camino de salida. Cuando Dios nos llama por nuestro nombre todo nuestro ser se estremece. María abre los ojos y por fin es capaz de ver a su Maestro.

La llamada del Maestro es imprescindible para romper las murallas de dolor que a veces construimos en torno de nosotros. “Mírame, le dice, mírame, porque quien mira a Cristo mejora de vida, corrigiendo sus defectos; pero quien no lo ve, yerra lastimosamente el camino.” La mirada del Maestro nos transforma cuando hemos abierto nuestro corazón.

Dejemos atrás nuestras seguridades cotidianas, nuestros proyectos personales, aquellas cosas que hacen sentir seguros y tememos perder. Abramos el corazón y esperemos la llamada del Señor. El es Camino, Verdad y Vida. Nos dirá por dónde hemos de caminar, aunque camino que nos señale no sea sencillo, ni placentero, ni tranquilo.  Tarde o temprano, nos daremos cuenta que aquello que parecía que habíamos perdido sigue a nuestro lado tan sólido y fuerte como antes. Dios no nos deja solos, siempre está a nuestro lado.

¿Qué hemos de temer? ¡Cristo ha resucitado y vive para siempre!

Feliz Pascua de Resurrección

jueves, 28 de marzo de 2013

Unidad y amor fraterno


El Jueves Santo es el día del amor fraterno. Para acercarnos a este amor, Sermón 272 de San Agustín es especialmente hermoso, ya que une varios conceptos que solemos entender por separado: sacramentos, unidad y amor fraterno.

A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque en ellas es una cosa la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol, que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el Amén, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: «El cuerpo de Cristo», y respondes: «Amén.» Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén. (San Agustín, Sermón 272)

La unidad requiere caridad y humildad. El amén que decimos al aceptar que el Eucaristía es cuerpo y sangre de Cristo, conlleva la humildad de sabernos parte de un todo, que es la Iglesia. No es fácil ser Iglesia, ya que cada cual tiene su entendimiento y sueña la iglesia ideal para si mismo. Pero lo importante de la Iglesia es la unidad que da sentido a la diversidad de dones y carismas que nos ofrece el Señor. El pan está compuesto por miles de partículas, todas similares, pero diferentes.

¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto, y escuchemos otra vez al Apóstol, quien, hablando del mismo sacramento, dice: Siendo muchos, somos un solo pan, un único cuerpo. Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan: ¿quién es este único pan? Muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como asperjados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Eso es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan. Lo que hemos de entender respecto al cáliz, aun sin decirlo expresamente, lo mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible de pan se han conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Sagrada Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios. (San Agustín, Sermón 272)

El símil que San Agustín nos muestra es maravilloso. Todos somos granos que unidos conformamos un solo pan. Un único cuerpo que se genera de forma milagrosa. El bautismo nos hizo parte de un todo que es más que cada uno por separado.

Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que nosotros perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí. (San Agustín, Sermón 272)

¿Es posible la unidad sin la paz? No. Sin duda la paz del Señor es un don que hemos de recibir para poderla dar, a su vez, a los demás. La paz únicamente se consigue a través de la humildad, ya que sin humildad no puede existir caridad. La humildad es la más grande de las enseñanzas cristianas, pues por la humildad se conserva la caridad” (San Agustín. Exposición de la Carta a los Gálatas, 15). Sin caridad no puede existir unidad y sin unidad ¿Qué es la Iglesia?

¿Cómo trabajar por la unidad de la Iglesia? El Papa Francisco nos da una pista especialmente acertada. En la breve homilía de la misa celebrada el miércoles 27 de marzo en la capilla de la Casa Santa Marta, el Papa Francisco nos invitó a  “Nunca hablar mal de otras personas”. Si hemos de hablar de errores, evitemos juzgar a quienes los cometemos.

Si tenemos que señalar los errores de otra persona, hagámoslo con humildad y sabiendo que los equivocados podemos ser nosotros. Es fácil reclamar a los demás que nos acepten como somos. Lo complicado es aceptar como son los demás. Sobre todo es complicado aceptar que las sensibilidades, que provienen de los carismas de cada persona, merecen respeto y consideración. No podemos olvidar la necesidad de ser fieles a la Iglesia y a Cristo, aunque a veces nos duela en carne propia.

Feliz día del amor fraterno.

martes, 26 de marzo de 2013

En el año de la Fe, son también necesarias la Esperanza y la Caridad.


La Fe es la primera que somete el alma a Dios. Luego vienen los preceptos de buen vivir, con cuya observancia se afirma la Esperanza, se nutre la Caridad y empieza a comprenderse lo que antes tan sólo se creía. El conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre; y así como en el conocimiento hay que evitar el error, así en la conducta hay que evitar la maldad. Yerra quien piensa que puede comprender la verdad viviendo inicuamente. Iniquidad llama a amar a este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, desearlo y trabajar para adquirirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca, entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella mira, auténtica e inalterable verdad, adherirse a ella y permanecer adherida para siempre. Por lo tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aun no podemos entender; porque con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis.

En pocas palabras nos propone la Iglesia esa Fe en la que se recomiendan las cosas eternas, que los carnales no pueden todavía entender, y juntamente las cosas temporales pasadas y futuras que la eternidad de la Divina Providencia realizó o realizará. Creamos, pues, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; son personas eternas e inmutables, es decir, un solo Dios, Trinidad eterna en una substancia única, Dios de quien todo, por quien todo, en quien todo. (San Agustín. Tratado sobre Combate Cristiano. XIII, 14-15)

Esta es Semana Santa del Año de la Fe, por lo que no viene mal recordar qué sentido tiene la Fe dentro de lo que vamos a vivir durante estos días, sobre todo durante el Triduo Pascual.

Es interesante cómo San Agustín señala a las tres Virtudes Teologales como fuente de equilibrio en nuestra vida cristiana y como puerta para comprender aquello que hasta este momento estaba velado para nosotros.

También indica que la felicidad del hombre parte del conocimiento y la acción. Al estos dos pilares de la felicidad, se une el afecto, ya que es imprescindible para hallar la felicidad. Conocimiento, acción y afecto no están libre error por si mismos. Es importante que el conocimiento no esté sometido al error, que la acción la maldad y que el afecto no sea esclavizante ni monopolizador. Nos dice San Agustín que no debemos tropezar con la iniquidad, que no es más que el amor desordenado por aquellas cosas que sólo son apariencias sociales. Los afectos desordenados nos conducen a la esclavitud del pecado.

¿Cómo escapar de estos tres peligros? Error de conocimiento, maldad de acción e iniquidad en nuestros afectos. Primeramente deberíamos atender a nuestra vida cotidiana y fijarnos cuantas veces andamos el camino del error. Igual que una persona con los ojos llenos de suciedad no puede ver correctamente, una persona que vive una vida centrada en las apariencias sociales, no puede llegar a entender todo lo que nos ha revelado Cristo: “antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aun no podemos entender; porque con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis

Por esto es tan importante tener claro lo que la Iglesia nos indica, ya que de no podemos confiar en nuestra capacidad de andar recto por nosotros mismos. La Iglesia nos propone “esa Fe en la que se recomiendan las cosas eternas, que los carnales no pueden todavía entender, y juntamente las cosas temporales pasadas y futuras que la eternidad de la Divina Providencia realizó o realizará
.
Miremos siempre a la Iglesia, ya que tiene su centro en Cristo. Dejemos a un lado los cantos de sirena que nos llaman hacia “otra iglesia” deseable por determinado grupo de personas. Ante estas propuestas, hemos de reponer con la rectitud del conocimiento, con acciones adecuadas y con el afecto que nos pide el Señor. Conocimiento iluminado por al Fe, acciones conducidas por la Esperanza y afecto empapado de Caridad.

Dicen que la Madre de las tres virtudes Teologales es la Sabiduría. Roguemos al Señor para que el Espíritu Santo nos llene con ese don.

domingo, 24 de marzo de 2013

Preparando la Semana Santa. Obispo Proclo


El día de hoy, amados míos, es de gran importancia. Nos pide tener un gran deseo, poner muchaatención, una viva resolución que nos lleve al encuentro del Rey de los Cielos. Pablo, el mensajero de la buena noticia, nos decía: «El Señor está cerca, que nada os preocupe» (Flp 4,5-6) 

Encendamos las lámparas de la Fe: como la cinco vírgenes prudentes (Mt 25,1ss), llenémoslas del aceite de la misericordia para con los pobres;acojamos a Cristo del todo despiertos y cantémosle llevando las palmas de la justicia en las manos. Abracémosle derramando sobre él el perfume de María (Jn 12,3). Escuchemos el canto de la resurrección; que nuestras voces se eleven, dignas de la majestad divina, y gritemos con el pueblo ese grito que viene de la multitud: «¡Hosanna en las alturas! Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. Está bien dicho: «El que viene», porque viene sin cesar, jamás nos falta: «El Señor está cerca de los que lo  invocan con sinceridad» (Sl 144,18). «Bendito el que viene en nombre del Señor.» 

El Rey manso y pacífico está a nuestra puerta. El que reina en los cielos sobre los querubines está aquí abajo sentado sobre un pollino de borrica. Preparemos las casas de nuestras almas, quitemos de ellas esas telas de araña que son las discordias fraternas; que nadie encuentre en nosotros el polvo de la maledicencia.Derramemos a oleadas el agua del amor, y apacigüemos las desavenencias que levanta la animosidad; después salpiquemos el vestíbulo de nuestros labios con las flores de la piedad. Entonces, que surja de nosotros ese mismo grito que brota de la muchedumbre: «Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel».(Obispo Proclo de Constantinopla Sermón 9, para el día de Ramos) 

Estamos en el portal de la Semana Santa, con el Domingo de Ramos como inicio del camino que nos llevará a la Pascua de Resurrección. 

El Obispo Proclo  vivió hasta el año 446 en Asia Menor. San Cirilio de Alejandría dice de Proclo que era "un hombre muy religioso, perfectamente al tanto de la disciplina eclesiástica y muy observante  deloscánones." Era bondadoso con todos, porque estaba convencido de que la bondad sirve mejor que la severidad a la causa de la verdad. Por ello estaba resuelto a no irritar ni provocar a los herejes, con lo cual restituyó a la iglesia, en su persona, la mansedumbre y bondad que desgraciadamente le habían faltado en tantos casos." San Proclo murió el 24 de julio de 446. El Obispo Proclo nos habla de cómo dar el primer paso para iniciar la Pascua con buen pié.

Lo primero que nos indica son las condiciones para iniciar el camino:
 

  • Tener un gran deseo. ¿De qué tenemos tener un gran deseo? Podemos entender este deseo desde varios niveles: desear vivir la Semana Santa, desear acompañar a Cristo a través de la rememoración de su pasión, desear profundizar en el Misterio que se renueva cada año,… ¿Qué deseo llevamos en nosotros al inicio de esta Semana Santa? A lo mejor nos quedamos con el deseo de descansar o ver los desfiles procesionales, lo que no está mal, pero seguramente podamos dar algunos pasos más y no quedarnos en la puerta mirando sin hacer nuestro este maravilloso tiempo litúrgico. 
  • Poner mucha atención. ¿A qué hay que poner atención? Repetir todos los años la Semana Santa nos puede llevar a insensibilizarnos y propiciar que nos quedemos como espectadores pasivos. ¿Por qué tendríamos que vivir esta Semana Santa y la Pascua de manera diferente? La respuesta es simple: porque “El Rey manso y pacífico está a nuestra puerta. El que reina en los cielos sobre los querubines está aquí abajo sentado sobre un pollino de borrica.” Cristo nos espera siempre y esta Semana Santa puede ser especial si así lo deseamos. ¿Qué deseamos? Tal vez nuestra conversión, pero, ¿Realmente deseamos transformarnos? A lo mejor lo que deseamos es quedarnos como estamos y que nadie nos venga a traer problemas. 
  • Tener una viva resolución que nos lleve al encuentro del Rey de los Cielos. El Rey está esperándonos, pero ¿Qué nos lleva a dejar lo que estamos haciendo e ir hacia Él?Recordemos la llamada que hizo a Mateo y cómo este dejó todo lo que estaba haciendo para seguir al Señor. Pensemos en el joven rico y cómo fue incapaz de dejar su “riqueza” para seguir a Cristo. No hace falta ser ricos en dinero, se puede ser rico en muchas cosas y no desear realmente atender a la llamada del Señor. 
Después el Obispo Proclo nos indica una serie de acciones: 

  • Encendamos las lámparas de la Fe: como la cinco vírgenes prudentes (Mt 25,1ss), llenémoslas del aceite de la misericordia para con los pobresLa pregunta es ¿Estamos interesados en encender las lámparas de la Fe? Tal vez nos quedemos tranquilos realizando obras buenas o teniendo buenos sentimientos. La Fe es lo que da sentido a las obras y hace nuestros sentimientos sean coherentes y comprometidos. La Fe se cultiva y se alimenta diariamente. La Semana Santa es un momento muy adecuado para reencontrarnos con la Fe. ¿Por qué no?
  • Acojamos a Cristo del todo despiertos y cantémosle llevando las palmas de la justicia en las manos. ¿Despiertos? Claro, despiertos significa conscientes y con los ojos del corazón abiertos. De poco vale la creencia cristiana costumbrista y cultural, que acalla las conciencias y nos permite quedarnos en la puerta mirando. Consciencia que nos permite encontrar el sentido de la justicia que nuestras manos y actitudes pueden llevar a los demás.
  • Abracémosle derramando sobre él, el perfume de María (Jn 12,3). ¿Qué hizo María Magdalena? Dar a Cristo gloria ante los hombres mediante el acto simbólico de derramar perfume de nardo (muy caro y exclusivo) sobre los pies del Señor. Hay quien rechaza el culto y la sacralidad de los símbolos. Pero Cristo nos deja claro que sin este comportamiento simbólico, difílmente accederemos a una mayor consciencia del Misterio Cristiano.
  • Escuchemos el canto de la resurrección. ¿Qué es el canto de la resurrección? Es el Mensaje del Evangelio, la Buena Noticia, la profecía que se expresa y se cumple, el sentido de nuestra esperanza. Es el Kerigma que Pedro lanzo en Pentecostés. Si no escuchamos con los oídos y con el corazón, nos quedamos de nuevo en la puerta, mirando, sin entender casi nada de los que conlleva la Semana Santa.
  • Que nuestras voces se eleven, dignas de la majestad divinagritemos con el pueblo ese grito que viene de la multitud: «¡Hosanna en las alturas! Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¿Por qué hemos estar preparados para gritar y cantar alabanzas al Señor? Bueno, pensemos si realmente sentimos la necesidad de agradecer algo al Señor ¿Pensamos que todo lo que tenemos se lo debemos a la suerte o a nuestro esfuerzo personal? Entonces es lógico que no sintamos la necesidad de alabar al Señor. Pero ¿Quién nos ha dado la vida y la capacidad de caminar detrás del Señor? ¿Nosotros mismos? Me temo que no. Es Dios quien nos regala dones, talentos y quien nos pedirá cuentas de cómo los hemos empleado. Ahora toca ser consciente de todo lo bueno que nos ha dado el Señor. Alabémosle de corazón por ello. 
¿Cómo hemos de prepararnos para recibir al Señor: 

·     Preparemos las casas de nuestras almas, quitemos de ellas esas telas de araña que son las discordias fraternas; que nadie encuentre en nosotros el polvo de la maledicencia. Derramemos a oleadas el agua del amor, yapacigüemos las desavenencias que levanta la animosidad. El Obispo Proclo nos dice que desechemos todo lo que nos separa de nuestros hermanos ¿Por qué? Porque Cristo está donde dos o más se reúnen en Su Nombre. ¿Podemos unirnos cuando tenemos le corazón bloqueado por rencores, envidias, resentimientos y odios? Simplemente no. 

·   Salpiquemos el vestíbulo de nuestros labios con las flores de la piedad. El vestíbulo de nuestros labios ¿Qué es este vestíbulo? El vestibulo en la entrada de nuestra casa. Allí donde las visitas esperan a que les antendamos. Antes de hablar, seamos conscientes si nuestras palabras, une, curan y dan esperanza. Pongamos en el vestibulo de nuestras palabras, la piedad y el amor que tanto necesitamos.

Pero ¿Para qué todo esto? Para “que surja de nosotros ese mismo grito que brota de la muchedumbre: «Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel» 
Quizás la pregunta del millón sea ¿Cómo deshacernos del dolor que tenemos en nuestro corazón? Ese dolor que produce que veamos a los demás a través de sospechas, resquemores, desconfianzas y sobre todo envidias. Para que el corazón sea sanado, necesitamos abrirlo a la acción de Cristo. Esto implica que nuestra voluntad sea tomar esta cruz e ir en detrás del Señor. 

Tan fácil de decir y no por ello deja de ser imposible por nosotros mismos. Es la Gracia de Dios la que nos mueve a abrir lo que somos a los demás y a Dios. Dejemos que actúe y nos transforme. Esta Semana Santa y sobre todo, la próxima Pascua, puede ser el momento. Tengamos esperanza. ¿Por qué no?
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