miércoles, 22 de mayo de 2013

Necesitamos la Hermandad del Paráclito


Volvamos al tema de la unidad y la hermandad de nuestras comunidades y de la Iglesia en general. No cabe duda que el Espíritu Santo, el Consolador, el Paráclito nos hermana y nos une. A veces esta unidad se desarrolla de una forma que no es fácilmente comprensible, ya que es un misterio que nos rebasa en todos los sentidos. Nacemos como seres individuales, aunque anhelamos ser parte de algo superior a nosotros mismos. De igual forma, sentimos miedo a perder nuestra independencia y particularidades personales. Si primamos nuestra individualidad, nos volvemos solitarios y recelosos. Si primamos nuestro instinto gregario, perdemos nuestra personalidad y nos convertimos en seres manipulables, esclavizados y tristes. En ambas situaciones perdemos nuestro sentido como seres humanos. Dios quiere para nosotros una dimensión diferente que reúna libertad e interdependencia y que potencie ambas para que nuestra naturaleza se perfeccione. Como siempre, en este tipo de misterios, la Gracia de Dios se hace imprescindible.

El Papa Francisco, en la Homilía que pronunció por la Vigilia de la Víspera de la Solemnidad de Pentecostés trató el tema:

El Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo.

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lunes, 20 de mayo de 2013

¡Cuanto se parlotea en la Iglesia! Papa Francisco


No soy yo quien lo dice, es el propio Papa Francisco quien nos señala uno de los vicios que más dolor y separación traen a la Iglesia.

¡Cuanto se parlotea en la Iglesia! ¡Cuanto murmuramos nosotros los cristianos! La habladuría es despellejarse ¿eh? Hacerse daño unos a otros. Como si se quisiera disminuir al otro, ¿no? En vez de crecer, hago que el otro sea denigrado y me siento grande. ¡Eso no va! Parece bello cotillear…

domingo, 19 de mayo de 2013

Ven Espíritu Santo, renuévanos con tu aliento


La  catequesis  conduce  a la  fe;  y  la  fe,  en  el  momento del  santo  bautismo,  es  ilustrada  por  el  Espíritu  Santo.  El Apóstol  ha  explicado  con  gran  precisión  que  la  fe  es  la única y  universal  salvación  de  la  humanidad,  y  que  es  un don  — igual  y  común  para  todos —  del  Dios  justo  y  bueno:  «Antes  de  llegar  la  fe,  estábamos  sujetos  a  la  custodia  de  la  ley,  a  la  espera  de  la  fe  que  había  de  revelarse. De suerte  que  la  ley  fue  nuestro  Pedagogo  para  elevarnos a  Cristo,  para  que  fuésemos  justificados  por  la  fe.  Mas, llegada  ésta,  ya  no  estamos  bajo  el Pedagogo»” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo Libro 1, 30)

Celebramos Pentecostés y en esta fecha nos acordamos especialmente de los dones del Espíritu Santo. En nuestra época es muy difícil pararse a pensar que la sabiduría, la inteligencia, la ciencia sean dones que nos regala el Señor. Pensamos que estas cosas se enseñan en escuelas y universidades.

El don del consejo, es algo pasado de moda. Nadie acepta un consejo de buena gana, ya que esto significaría que lo necesita y la soberbia es una muralla demasiado alta. La fortaleza parece innecesaria, ya que siempre hay un servicio del estado que nos ayuda a superar las dificultades. Incluso existen medicamentos que “curan” la ansiedad o la depresión. ¿Para qué necesitaríamos este don si tenemos a mano un tarro de Prozak?

La piedad es algo que se desprecia directamente. Como Dios ha sido olvidado, ¿Para qué necesitaríamos tener cercanía y amor hacia El? ¿Qué podemos decir del temor a Dios? Si Dios ha desaparecido ¿Para qué es necesario temerlo o venerarlo?

Dicen que el Espíritu Santo es el gran desconocido. Yo añadiría que también es el gran olvidado. ¿Por qué no tenemos experiencia directa del Espíritu Santo? Quizás porque no queremos los dones o si los queremos, quisiéramos que actuasen es nuestro provecho y no para cumplir la voluntad de Dios. Quizás la incapacidad de negarnos a nosotros mismos sea la principal razón de esta sequía del Espíritu.

Es muy poco frecuente que nuestra forma de hablar sea comprensible para todos nosotros. Existen tantos lenguajes dentro de la Iglesia, que es complicado hablar con otra persona sin que discutamos por la forma en que entendemos determinados conceptos. Nos escondemos temerosos de que la sociedad nos señale como cristianos. Tememos decir que celebramos la Navidad o vamos a misa con asiduidad. Más extraño aún es dar evidencia de que sentimos el amor de Dios y que lo reverenciamos.

No es corriente que nuestras oraciones se dirijan al Espíritu Santo y menos aún que le solicitemos superar todo lo que he indicado antes. ¿Por qué no alzamos las manos pidiendo la efusión que nos haga de nuevo capaces de afrontar con valor la necesidad de dar testimonio de Dios. En el fondo es más cómodo dejarnos llevar y no complicarnos la vida dando testimonio.

Ven Espíritu Santo, renuévanos con tu aliento. Abre nuestras bocas para que seamos capaces de dar testimonio y danos valor para defender nuestra fe con palabra sabias y honestas acciones. Abre nuestros corazones, para que la ciencia y la piedad aniden en nuestro interior. ¡Ven Espíritu Santo!

domingo, 5 de mayo de 2013

Estamos ciegos. ¿Por qué no nos acercamos a Cristo?


Pensemos en el episodio evangélico del ciego Bartimeo (Mc 10, 46-52) y leamos lo que San Gregorio Magno nos dice:

Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego.

Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna.

Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: ‟Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí‟.

Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita. (Homilía de San Gregorio Magno sobre Mc 10, 46-52)

El episodio del ciego Bartimeo nos lleva a reflexionar sobre nuestras cegueras y nuestras limitaciones. ¿Cuántas veces creemos que vemos y solo imaginamos ver? ¿Cuántas veces nuestras cegueras nos hacen imaginarnos realidades que sólo son reflejo de nosotros mismos y nuestros deseos?

Muchas veces nos imaginamos esa iglesia a tanto nos gustaría. Pensamos en perfecciones que son reflejos de nuestros deseos y nuestras expectativas personales. La Iglesia no es como queremos que sea, ni la perfección, como nos gustaría a nosotros. Podemos pasarnos la vida gritando que la Iglesia necesita cambiar, sin darnos cuenta que somos nosotros quienes necesitamos convertirnos para que la Iglesia mejore. Todos nosotros somos ciegos de corazón, en alguna medida.

Miremos a los grandes santos que hay ayudado a la Iglesia y nos daremos cuenta que nunca intentaron cambiar la Iglesia por medio de leyes, normas o resoluciones. Cambiaron la Iglesia con su ejemplo y virtudes. Estos santos siguieron en consejo de San Gregorio Magno: “Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita

¿Cómo abandonar la ceguera? No podremos nunca hacerlo por nosotros mismos. Necesitamos de la misericordia de Dios. Necesitamos acercarnos al camino con humildad y saber esperar con paciencia. Esperar a que Cristo se acerque a nosotros y gritar de corazón que necesitamos su misericordia. Entonces El, con suprema caridad nos llamará. Cuento esto ocurra, debemos saltar dejando las seguridades que tan cómodas son para nosotros. Tenemos de soltar el manto que nos protege, para dejarnos ver por Cristo y nuestros hermanos, tal como somos.

La llamada de Cristo, es nuestra vocación. Vocación que nos llena de sentido al conocer lo que Dios quiere de nosotros. Vocación que penetra en nuestra inteligencia iluminándonos: “…después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia

¿Qué nos queda? Seguir a Cristo con la luz que nos ha aportado su llamada y su infinita misericordia.

domingo, 28 de abril de 2013

Cristo es la Luz que ha creado esta luz que vemos


Las palabras del Señor: «Yo soy la luz del mundo» son, a mi parecer, claras para los que tienen ojos capaces de participar de esta luz; pero los que no tienen más ojos que los del cuerpo se sorprenden al oír que nuestro Señor Jesucristo dice: «Yo soy la luz del mundo». E incluso es posible que haya quien diga: ¿Cristo, no será este sol que a través de su amanecer y su ocaso determina el día?.... No, Cristo no es eso. El Señor no es ese sol creado sino aquél por quien el sol fue creado. «Por medio de él se hizo todo y sin él no se hizo nada de lo que se ha hecho» (Jn 1,3). Él es, pues, la luz que ha creado esta luz que vemos. Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir...

Veis, hermanos, veis, si es que tenéis unos ojos que ven las cosas del alma, cual es esta luz de la que el Señor habla: «El que me sigue no camina en las tinieblas.» Sigue este sol y veremos como tú ya no andarás en las tinieblas. Hele aquí que se levanta y viene hacia ti; el otro sol, siguiendo su curso, se dirige a occidente; pero tú debes andar hacia el sol naciente que es Cristo. (San Agustín Sermones sobre el evangelio del san Juan, nº 34)

Esta semana ha estado llena de noticias diversas que nos hacen reflexionar sobre nuestro papel en el mundo y los problemas que nuestra presencia genera. Entiéndase mundo con el mismo sentido que Cristo lo utiliza en el pasaje evangélico de Jn 15,19Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo”. El mundo es la sociedad que vive de espaldas a Dios y entiende que Cristo es una competidor en la carrera por el poder.

Los laicistas no comprenden qué tiene Cristo para que le sigamos y por ello tejen suposiciones que hacen indeseable ser cristiano. Pero quien conocer la Luz de Cristo, no tiene dudas. En él se abre un nuevo sentido que le permite entender todo lo que rodea como parte del plan de Dios. Es capaz de diferenciar los pecados e infidelidades de quienes componemos la Iglesia, del Espíritu Santo, que la vivifica constantemente. Entiende que la verdadera jerarquía es la del servicio, a la que se llega únicamente por la santidad. Santidad que es al mismo tiempo un deseo grabado en nuestra naturaleza y un don de Dios.

¿Qué temen los laicistas? Algo debemos de tener para que nuestra presencia les resulta insoportable. Un ejemplo. Esta semana la revista italiana “Tempi” ha indicado que hoy domingo día 28, el presidente francés, Francois Hollande, hubiera inaugurado una exposición en el museo Nacional de las Bellas Artes, pero se encontró con un “problema” inesperado. El problema es un cuadro religioso que hubiera aparecido a sus espaldas en la inauguración. Como no era fácil quitar el cuadro o cubrirlo, simplemente decidió no inaugurar la exposición.

La presencia del mensaje cristiano es incómoda para el laicista, ya que le sitúa en el verdadero contexto histórico y no en el contexto anticristiano que nos quieren vender diariamente.

¿Qué podemos hacer? San Agustín nos dice: “Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir

Amemos, comprendamos, deseemos la Luz. Sólo así podremos dejarnos conducir por la misma Luz y cumplir la voluntad de Dios.

domingo, 21 de abril de 2013

¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos!


Las ovejas del Buen Pastor encuentran por tanto el pasto, pues todos los que le siguen con un corazón humilde, son alimentados con el pasto de las praderas eternamente verdes. ¿Y cuál es el pasto de esas ovejas, sino las alegrías interiores de un paraíso eternamente verde? El pasto de los elegidos, es el rostro de Dios, siempre presente y cuando lo contemplamos sin interrupción, el alma se sacia sin fin de un alimento de vida.

¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos! Que nuestra fe, sienta el calor de aquello en lo que creemos, que los bienes de lo Alto enciendan nuestros deseos. Amar así ya es estar en camino. No dejemos que ninguna prueba nos desvíe de la felicidad de esta fiesta interior, porque si deseamos llegar a la meta que nos hemos fijado, ninguna dificultad puede disuadir ese deseo. No dejemos que nos seduzcan falsas victorias. Sería estúpido el viajero que deslumbrado por el espectáculo del maravilloso paisaje, olvide a mitad de camino el destino de su viaje. (San Gregorio Magno. Homilías sobre el Evangelio, n°14 )

Seguimos en el Año de la Fe y por eso es especialmente interesante entender qué sentido tiene la Fe en nuestra vida cotidiana. Seguramente la vida parecer más fácil si somos cristianos durante la misa dominical y el resto de la semana, nos confundiésemos con los demás habitantes de nuestro mundo.

El Papa Francisco nos recuerda este cristianismo a tiempo parcial a través de una de sus homilías de la pasada semana:

Cuando “la Iglesia deja de ser madre, se convierte en una niñera, que cuida de los niños para hacer que se duerman. Es una Iglesia en estado latente, así que pensemos en nuestro bautismo, en la responsabilidad de nuestro bautismo” (Papa Francisco homilía 17/4/2013)

Tiene toda la razón el Santo Padre. La Iglesia “cuida” pastoralmente de nosotros y en cierta manera nos adormece y calma. Todavía “padecemos” la época en la que se suponía que la Fe era algo cultural cosustancial a la sociedad. Ya no es así, pero todavía nos cuesta pensar en que nuestra Fe debería de manifestarse con un compromiso 356 días / 24 Horas.

Dice San Gregorio Magno “El pasto de los elegidos, es el rostro de Dios, siempre presente”. No dice que sea un rostro que asome durante las misas dominicales y se esconda el resto de la semana. “¡Despertemos nuestras almas, hermanos míos! Que nuestra fe, sienta el calor de aquello en lo que creemos” Tal vez estemos demasiado dormidos y acomodados para atrevernos a salir de nuestra cómoda pasividad.

A veces pensamos: ‘No, pero si yo soy cristiano. Fui bautizado, hice la confirmación, la primera comunión... el carnet de identidad y listo’. Y ahora, a dormir tranquilamente, eres un cristiano. Pero… ¿Dónde está el poder del Espíritu que te lleva a caminar? ” (Papa Francisco homilía 17/4/2013)

Sabríamos responder a la pregunta que el Santo Padre se hace “¿Dónde está el poder del Espíritu que te lleva a caminar?” No es una pregunta fácil ya que tiene una doble respuesta:

a)   El Espíritu está dispuesto a entregarnos sus dones, según nuestro carisma y la voluntad del Señor indiquen. Por lo tanto, el poder del Espíritu nos espera.
b)  La segunda parte depende de nosotros ¿Estamos dispuestos a recibir estos dones? Pensemos en los Apóstoles y lo que significó para ellos Pentecostés. Perdieron el suelo firme que creían pisar y se vieron recorriendo el mundo y soportando mil pruebas. Sin el Espíritu, todo hubiera sido un fracaso. Sin la aceptación de los Apóstoles, todo hubiera terminado como un bonito cuento.

Nadie duda que vivir los sacramentos sea maravilloso e imprescindible. Sin los sacramentos, nuestra comunión con Dios y nuestros hermanos, sería mucho más complicada. Pero no podemos quedarnos parados olvidando el destino:

Sería estúpido el viajero que deslumbrado por el espectáculo del maravilloso paisaje, olvide a mitad de camino el destino de su viaje.

Los sacramentos y los dones del Espíritu nos llevarán en volandas si les dejamos actuar en nosotros. ¿A qué esperamos? Quizás a dejar de tener miedo a abrir el corazón a Cristo y nuestros hermanos.

¿Qué sentido tiene la Fe en nuestra vida cotidiana? Amar de una forma especial.

Amar así ya es estar en camino. No dejemos que ninguna prueba nos desvíe de la felicidad de esta fiesta interior, porque si deseamos llegar a la meta que nos hemos fijado, ninguna dificultad puede disuadir ese deseo. No dejemos que nos seduzcan falsas victorias

domingo, 14 de abril de 2013

Cristo nos llama desde la orilla ¿Qué hacemos?


De forma individual y comunitaria, vamos andando el tiempo pascual. Tiempo de afianzamiento y de profundización de la Fe. Ya que estamos en pleno año de la Fe, es interesante no perder de vista la importancia de los símbolos en la vivencia de la Pascua. Para ello tomaré un breve párrafo del libro “Imágenes de esperanza” del entonces Cardenal Ratzinger, actual Papa emérito Benedicto XVI:

La Pascua tiene que ver con lo inconcebible; su evento nos sale al encuentro en un primer momento sólo a través de la Palabra, no a través de los sentidos. Tanto más importante es entonces dejarse aferrar un día por la grandeza de esta Palabra. Pero, puesto que ahora pensamos con los sentidos, la fe de la Iglesia ha traducido desde siempre la Palabra pascual y también en símbolos que hacen presagiar lo no dicho de la Palabra. (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Imágenes de esperanza)

La Pascua sorprende porque es impresionante e inconcebible. Los signos que rodean la Pascua son de todos conocidos: luz, agua bendecida y los coros que cantan el Aleluya en la Liturgia. Pero además de los símbolos directamente relacionados, tenemos la Palabra de Dios. Este domingo disfrutamos de un Evangelio lleno de matices y símbolos. (Jn 21,1-19.) Este transfondo simbólico lo podemos encontrar en una de las homilías de San Gregorio Magno:

El mar es el símbolo del mundo actual, agitado por la tempestad de los asuntos y la marejada de la vida caduca. La orilla firme es la figura del reposo eterno. Los discípulos trabajan en el mar ya que todavía siguen en la lucha contra las olas de la vida mortal. Pero nuestro Redentor, está en la orilla pues ya ha superado la condición de una carne frágil. Por medio de estas realidades naturales, Cristo nos quiere decir, a propósito del misterio de su resurrección: “No me aparezco ahora en medio del mar porque ya no estoy con vosotros en el bullicio de las olas”. (Mt 14,25) (San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio, nº 24)

El bullicio de las olas del mundo actual, a veces es ensordecedor. A veces la tormenta llega hasta nosotros con toda su fuerza, sin saber las razones que hay detrás de ello.

Cristo nos deja solos. Igual que sus discípulos, nos llama desde la orilla y les indica dónde debemos echar las redes. Ahí encuentran la pesca que hasta ese momento les había sido esquiva. ¿Somos como Pedro que salta de la barca y llega a la orilla nadando? ¿Somos como los demás discípulos que llegan a la orilla con la barca y el pescado obtenido. A nosotros nos sucede, con frecuencia, algo parecido a la escena que nos narra el evangelista. Estamos rodeados y distritos por las circunstancias de nuestra vida difícilmente nos damos cuenta del llamado de Cristo. ¿Qué llamado? El llamado de la vocación particular de cada uno de nosotros.

Si oyéramos a Cristo tendríamos una valiosa indicación para decidir el camino que hemos de tomar. Esos peces que no llegan a las redes y que nos hacen pensar en que la sociedad donde vivimos no responde a nuestros esfuerzos, podrían llegar hasta nosotros si escuchamos el llamado del Señor. ¿Qué peces? Pues los frutos de la vocación que el Dios nos ha dado.

Pero ¿Dónde nos dice Cristo que echemos las redes? No creo que podamos responder la pregunta mirándonos a nosotros mismos y discutiendo unos con otros.

Igual que se narra en el Evangelio, una vez sentados en la orilla, Cristo nos podrá preguntar si le amamos. ¿Qué le contestaremos? ¿Sí o no? Seguramente nos pregunte por nuestro amor tantas veces como le hemos negado. Así es la paciencia de Dios. Siempre espera con paciencia nuestro amor y compromiso.
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