domingo, 24 de noviembre de 2013

¿Nos encontramos con Cristo o con los mercaderes?

Celebramos la solemnidad de Cristo Rey, pero ¿Es Cristo nuestro verdadero Rey? San Agustín nos recuerda la adoración de los Magos de oriente y el comportamiento de los mismos tras el encuentro con Cristo:

Una vez conocido y adorado nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle, pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido. El cambio de ruta es el cambio de vida. También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella, la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos que no nos acompañaron; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a Él tomemos la nueva ruta y no regresemos por donde vinimos (San Agustín. Sermón 202)

En la entrada previa a esta, me preguntaba si Cristo era nuestro líder. Líder de una fraternidad que sólo puede ser pequeña, ya que “pocos son los escogidos” (Mt 22,14). Hablar de Cristo como Rey, no se aleja mucho de esta visión. Cristo aparece ante nosotros como Rey del Universo: pantocrátor, todopoderoso. Su poder se manifiesta a través nuestra ya, cuando estamos unidos a El: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5)

Es un Rey un poco especial, ya que nos dijo que “Mi Reino no es de este mundo” (Jn 18, 36) y no reclama los bienes de este mundo para sí: “dad Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Entonces ¿Qué es lo que reclama de nosotros?

Cristo nos convoca de muchas formas, a los Magos de Oriente los llamó a través de la ciencia, a los Apóstoles los encontró uno a uno, al Buen Ladrón, lo encontró en la Cruz, a Zaqueo subido en un Sicómoro, a la Samaritana cuando buscaba agua en un pozo, etc. Podemos decir que a cada uno de nosotros nos encuentra en un momento y un lugar diferente. La evangelización nunca puede ser una obra de masas ni de grandes medios de comunicación. Es una obra que suma personas, una a una, haciendo que cambien su vida.

Lo interesante del comentario de San Agustín es cómo interpreta el cambio de camino de regreso de los Magos de Oriente: “El cambio de ruta es el cambio de vida”. Tras el encuentro personal con Cristo, siempre hay un cambio en el camino de nuestra vida. El encuentro marca un antes,  un después y un futuro muy diferente. Si cada vez que nos acercamos a Cristo, volvemos por el mismo camino ¿Realmente nos hemos encontrado con Él? En la homilía de Santa Marta del pasado viernes, el papa Francisco nos señaló un aspecto interesante de nuestra rutina religiosa: ir al templo y salir tal como entré.

Nuestros templos, ¿son lugares de adoración, favorecen la adoración? ¿Nuestras celebraciones favorecen la adoración?”. Jesús echa a los “mercaderes” que habían tomado el Templo por un lugar de comercio, antes que de adoración. Pero hay otro “Templo” que hay que considerar en la vida de fe. San Pablo nos dice que nosotros somos templos del Espíritu Santo. Yo soy un templo. El Espíritu de Dios está en mí. Y también nos dice: ‘¡No entristezcáis al Espíritu del Señor que está dentro de vosotros!’ ”.


Quizás en el templo de nuestro corazón hay demasiados mercaderes. Tantos mercaderes, que el Rey queda oculto e inaccesible tras ellos. Hay que tener valor para tomar una cuerda y echar a tantos mercaderes que nos rodean. Encontrarnos con Cristo Rey no puede ser una rutina social que repetimos cada domingo. El verdadero encuentro con el Señor se realiza en el Templo que somos nosotros mismos. El encuentro es lo que desencadena que nos arrodillemos y le ofrezcamos el único tesoro que llevamos siempre con nosotros: nosotros mismos.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Ver la ideología en ojo ajeno y no en el propio. Pastor de Hermas

Arranca de ti la tristeza, y no aflijas al Espíritu Santo que habita en ti, no sea que hagas tu oración a Dios en contra tuya y él se aparte de ti. Porque el Espíritu de Dios, que ha sido dado a esa carne tuya, no tolera la tristeza ni la angustia. Así pues, revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y no hace caso de la tristeza. En cambio, el hombre triste siempre va por mal camino. En primer lugar, hace mal entristeciendo al Espíritu Santo que fue dado en alegría al hombre. En segundo lugar, comete iniquidad al no orar ni dar gracias a Dios, ya que siempre la oración del hombre triste no tiene fuerza para remontarse hasta el altar de Dios. La tristeza se ha asentado en su corazón, y al mezclarse la tristeza con la oración, no deja a ésta que suba pura hasta el altar de Dios... Purifícate de esta malvada tristeza, y vivirás para Dios. Y asimismo vivirán para Dios cuantos arrojen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría. (El Pastor de Hermas. Siglo II)

Vivimos en una sociedad que genera tristeza. Las pocas personas que conozco que van con su rostro siempre alegre, son personas que tienen a Cristo muy dentro de su corazón. La inmensa mayoría de nosotros vive deseando lo que no tiene y desdeñando lo que tiene. El césped del vecino, siempre es más verde, como si el color del césped nos aportara algo importante a la vida.

En el Pastor de Hermas, se habla de la tristeza y del daño que genera en nuestro corazón. Un corazón triste, está siempre cerrado, ya que tememos recibir más dolor de fuera. Un corazón abierto, es capaz de darse cuenta de todo lo bueno que ha recibido y recibe de Dios. No me cabe duda que una de las armas que el enemigo utiliza con nosotros, es la tristeza. Si nos sentimos abatidos, derrotados, entramos en un estado de abulia y desafecto, muy contagioso.

La esperanza trae de la mano la alegría. Nadie que se sienta sin esperanza, es capaz de sonreír o de ayudar a quien lo necesita. Nuestra sociedad occidental parece cargar con la pesada carga de la falta de sentido y esperanza. Esta desesperanza se cuela en la Iglesia con mucha facilidad y genera una gran cantidad de problemas.

Esta semana pasada se produjo un lamentable incidente en la Catedral de Buenos Aires. El martes pasado se convocó una ceremonia interreligiosa judeo-cristiana para conmemoró la Noche de los Cristales Rotos. Día en que se inició el holocausto judío en tierras alemanas. Al iniciarse la ceremonia, un grupo de personas empezaron a rezar el Rosario en voz muy alta, impidiendo que la ceremonia ecuménica se desarrollara con propiedad. Rápidamente, algunas personas asistentes llamaron a estos católicos nazis y lefevrianos. Se vivieron momentos de enfrentamiento, que terminaron tras solicitar que abandonasen el templo las personas que rezaban el Rosario.

Cómo es posible que nosotros mismos nos enfrentemos, confrontando razones para oponernos unos a otros. Nadie duda que existan razones para el enfrentamiento, hay tantas como se nos ocurran y seguramente todas ellas serán razonables y hasta defendibles. Pero ¿Qué objetivo tiene enfrentarnos? Ninguno que conlleve paz, unidad, concordia y alegría. Ninguna de las razones que se pueden dar tendría en su formulación la palabra esperanza. Lo que hubo en todas las bocas de las personas que se enfrentaron fue la palabra tristeza. ¿Cómo se va a orar a Dios con el corazón lleno de tristeza? Pues unos y otros lo intentaron. El Pastor de Hermas nos señala que estas oraciones no llegan a despegar de nosotros mismos. Nuestros egoísmos atrapan las palabras y las vacían de significado.

Es muy fácil tomar partido por uno u otro grupo, pero si lo hacemos, estaríamos dando alas a la tristeza que nos rodea. Ante estos sucesos me viene a la mente la indicación de Cristo sobre la capacidad de ver la paja en el ojo ajeno, mientras somos incapaces de ver la viga en el propio. Si cambiamos la palabra paja por ideología, llegaríamos a darnos cuenta que unos y otros generan una brecha que les separa. Unos por utilizar un tempo católico para una ceremonia que genera malestar entre algunos de nosotros. Otros por utilizar las bellas palabras del Rosario, como armas contra sus hermanos.

El Papa Francisco nos ha advertido sobre los cristianos ideológicos: “Los que transforman la fe en ideología y alejan a todos los demás de los jardines y de los pozos de la gracia


Lo fácil es decir que “el otro” es el ideologizado, lo imposible, sin la Gracia del Señor, es aceptar que la caridad empieza por nosotros mismos. ¿Queremos alejarnos de la ideologización? Empecemos por intentar no hacer sufrir a nuestros propios hermanos. 

¿A quien pertenece el mundo? ¿Quién abrirá el sepulcro?

En la tierra se difunde un susurro. Se extiende un interrogante:¿A quien pertenece el mundo? ¿Al Dios-hombre a hombre que se hace Dios? ¿Cristo o anticristo? […] Toda la fuerza del mal, de la herejía y de la incredulidad se concentra hoy en torno a esta mentira, como tras un baluarte ¡El mundo no pertenece a Cristo, sino a sí mismo! Pero aquellos cuya fe en Cristo, que viene en poder y gloria, no ha sido definitivamente asfixiada por la mentira imperante, tienen el corazón agitado por la angustia incesante de una pregunta: ¿Quién quitará la piedra de la entrada del sepulcro? […]El creyente sabe que la Divina-humanidad es el milagro de Dios en el mundo y que la piedra la quita el Ángel con la fuerza de Cristo. […] En el cristianismo nace un sentido de la vida nueva, es decir, que el hombre no debe escapar del mundo, pues Cristo viene al mundo, al convite de Bodas del Cordero, a la fiesta de la Divina-humanidad (L’Agnello di Dio, S. Bulgakov)

Estoy leyendo el libro “Teología de la Evangelización desde la Belleza” del Card. Tomas Spidlik y Marko Rupnik. Entre las interesantes citas qu utiliza, está este párrafo del sacerdote ortodoxo, Sergei Bulgakov. El párrafo muestra una realidad que impregna todo el siglo XX y se traslada hacia el siglo XXI con fuerza renovada: la desaparición de Dios. ¿A quien pertenece el mundo? Ante esa aparente desaparición, podemos tomar varias actitudes:

·         Festejar la autonomía del ser humano. Ya no importa si Dios existe o no. No está presente. Aparentemente somos libres. El vacío de Dios se llena con nosotros mismos.
·         Sufrir la aparente desaparición. Este sufrimiento nos lleva a escapar de un mundo que no hace posible la presencia de Dios. El vacío de Dios se llena con las apariencias que nos transportan al momento en que Dios estaba presente.

La Iglesia no es inmune a estas posturas. Posturas que hacen entender el cristianismo desde puntos de vista difícilmente conciliables.

  • En el primer caso, la aparente ausencia de Dios se rellena con la exaltación de la comunidad o del activismo. La comunidad/activismo se convierte en el eje de la fe y el sentido de nuestra actividad religiosa. Los cultos/las actividades se olvidan de Dios, dejándolo en un distante segundo plano. Ya Dios no nos reúne ni cambia el mundo, tenemos que ser nosotros quienes tomemos el relevo de la acción de Dios.
  • En el segundo caso, el "horror vacui" nos lleva a volcamos hacia las apariencias sagradas, buscando que la presencia de Dios vuelva a ser central. Las formas se convierten en el eje de la fe y la única manera de que hacer de nuevo presente a Dios entre nosotros. Esperamos que las apariencias atraigan a Dios y que eso haga cambiar al mundo.  

La gran pregunta es ¿Realmente Dios ha desaparecido del mundo? A lo mejor somos nosotros quienes nos hemos vuelto incapaces de verlo entre nosotros. El enemigo es muy astuto y sabe engañarnos con facilidad.

El libro del Card. Tomas Spidlik y Marko Rupnik, hace una revisión de la evolución del arte y cómo la ausencia de Dios termina por hacer desaparecer también el sentido de la belleza y por último, el sentido mismo del lenguaje artístico. Parece que no tenemos nada relevante que transmitir a través de la creación. Pero ¿Ha desaparecido la belleza el mundo? ¿Por qué la belleza del mundo no se refleja en el arte? Hemos olvidado la belleza y la tenemos delante de nosotros constantemente.

Cuando el ser humano pasa de la niñez a la adolescencia, se da cuenta de todas sus potencialidades y se revela contra las formas que aprisionaban su creatividad y libertad. En la medida que rompe con lo que le recuerda la niñez, podemos sentirnos más libres y felices o atrapados y llenos de incertidumbres. El ser humano tiene limitaciones que debe aceptar para madurar. Ese es el momento en que nos encontramos en el mundo y dentro de la Iglesia. La Iglesia está compuesta por seres humanos idénticos a los que están fuera de Ella.

Dios no puede desaparece, está siempre presente, pero nosotros hemos perdido la capacidad de sentir y verlo junto a nosotros. En este sentido, es maravilloso reseñar el redescubrimiento de la sacralidad. Lo sagrado es el vínculo que nos une a Dios y nos permite ver que está a nuestro lado. Lo sagrado impregna todo lo que nos rodea y lo vivifica. El mundo es la manifestación de Dios.

Si nos dejamos engañar y aceptamos que todo lo que nos rodea es profano, terminamos por encerrar la presencia de Dios en formalismos que repetimos, alejados del mundo, para hacer a Dios presente en nuestras vidas. Como cristianos no podemos aceptar que ¡El mundo no pertenece a Cristo, sino a sí mismo! La comunidad cristiana pertenece a Cristo, no a si misma. El cristianismo conlleva un sentido de la vida nueva, es decir, que el hombre no debe escapar del mundo, pues Cristo viene al mundo, al convite de Bodas del Cordero. La vivencia cristiana no consiste en escapar del mundo que nos rodea, encerrándonos La vivencia cristiana tampoco puede olvidar a Dios y concentrarse en la comunidad y/o el activismo. Cristo ha venido al mundo y está presente, por eso nos invitado al banquete de bodas.

Nuestro problema conlleva la Torre de Babel y su solución se muestra en Pentecostés: aquellos cuya fe en Cristo, que viene en poder y gloria, no ha sido definitivamente asfixiada por la mentira imperante, tienen el corazón agitado por la angustia incesante de una pregunta: ¿Quién quitará la piedra de la entrada del sepulcro? En ese momento estamos ¿Quién y cómo podremos evidenciar la presencia de Cristo entre nosotros? ¿Nosotros solos? ¿Dios solo? ¿Quién hizo que el discurso del Kerigma fuese entendido en todos los idiomas? ¿Qué fue necesario para que la acción del Espíritu se realizara? La piedra la quita el Ángel con la fuerza de Cristo.

El Espíritu Santo es la respuesta y nosotros, la herramienta de su acción. No se trata de cambiar las apariencias para convertirnos a través de nuestras propias acciones. Tampoco se trata de agarrarnos a las apariencias para “atrapar” a Dios entre ellas.

Se trata de dejarnos atrapar por el Espíritu Santo para que, a través de nosotros, Cristo se haga presente en el mundo. Al menos esta es mi humilde reflexión.


Les recomiendo leer del libro “Teología de la Evangelización desde la Belleza”, ya que ofrece muchos espacios de reflexión para esta etapa de postmodernidad en que vivimos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Como Zaqueo, hay que subir sobre el árbol de la santa cruz

Ya que el corazón es de reducido tamaño, hay que hacer como Zaqueo, que no era grande, y se subió a un árbol para ver a Dios. Su celo le mereció oír estas palabras: "Zaqueo, baja y vete a casa, porque hoy voy a comer contigo".

Debemos hacer lo mismo si somos bajos, cuando tenemos el corazón estrecho y poca caridad: hay que subir sobre el árbol de la santa cruz, y allí veremos, tocaremos a Dios. Allí encontraremos el fuego de su caridad indecible, el amor que lo empujó hasta la vergüenza de la cruz, que lo exaltó, y le hizo desear con el ardor del hambre y de la sed, el honor de su Padre y nuestra salvación.

En efecto, cuando el alma se eleva así, ve los beneficios de la bondad y el poder del Padre, ve la clemencia y la abundancia del Espíritu Santo, es decir este amor indecible que tiene Jesús desplegado sobre el bosque de la cruz. Los clavos y las cuerdas no podían retenerlo; había sólo caridad. Suba sobre este árbol santo, donde están las frutas maduras de todas las virtudes que lleva el cuerpo del Hijo de Dios; corra con ardor. Quede en el amor santo y dulce de Dios. Jesús dulce, Jesús amor. (Santa Catalina de Siena. Carta 119, al prior de los religiosos olivetenses)

En nuestra vida cotidiana parece que no necesitáramos encontrarnos a Cristo. Es curioso que lo excusemos diciendo que tenemos muchos problemas, prisas y compromisos. Como en el episodio evangélico de Zaqueo, hay multitud de circunstancias vitales que nos separan de Cristo. Nadie duda que estas circunstancias sean reales y que además, nos impidan realmente la visión de Dios. Pero ¿no podemos hace nada? La pregunta que podríamos hacer es ¿Queremos realmente ver a Cristo? ¿Estamos dispuestos a esforzarnos para ello?

Hace unos días leía un artículo sobre la crisis de la vida religiosa, escrito por Fray José Rodríguez Carballo, secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada en el L´Osservatore Romano. Fray José señalaba varias causas para la constante sangría de religiosos, de las que entresaco la siguiente: vivimos un tiempo que podemos definir como el tiempo del 'zapping' de pasar de un canal al otro, sin control, sin detenerse en ninguno de ellos".

Este problema es no sólo de los religiosos, sino de toda la sociedad. No somos capaces de “perder” el tiempo en encontrar un árbol al que subirnos y esforzarnos en hacerlo en el momento adecuado. Estamos tan absortos con lo que tenemos delante de nuestros ojos, que no nos importa lo que sucede detrás de nuestra propia vida. Estamos muy bien aleccionados para temer el encuentro con el Señor.

El encuentro con el Señor siempre conlleva un compromiso que echa por tierra ese zapping vivencia que tanto nos gusta. Como nos han enseñado a entender la libertad como el estado al que se llega cuando unimos ignorancia e indiferencia, no podemos comprender que seamos más libres cuando el Señor nos llama y nosotros aceptamos el compromiso que nos propone.

Siguiendo las indicaciones de Santa Catalina, tenemos que subirnos a nuestra Cruz para ver a Cristo, pero este esfuerzo resulta impensable para una persona del siglo XXI. Lo triste es que la falta de compromiso sólo nos puede llevar a la soledad y a la perdida de todo sentido como seres humanos. La cruz que llevamos sobre nosotros, se irá haciendo cada vez más pesada y nosotros, tendremos menos capacidad de subir sobre ella para ver al Señor. De ahí que vivamos en una sociedad que rechaza la dignidad de los seres humanos y nos condena a vivir sirviendo a los intereses que nos señalan desde el marketing social de cada momento.

Seguramente muchos pensarán en todo lo que perdió Zaqueo esa tarde. Perdió dinero, pero sobre todo, perdió la libertad que aparentemente tenemos cuando ignoramos a Quien espera llamarnos por nuestro Nombre.


Cristo no ofrece mucho más que el mundo que nos rodea, pero para acceder a El, hemos de subir a nuestra cruz… cuando el alma se eleva así, ve los beneficios de la bondad y el poder del Padre, ve la clemencia y la abundancia del Espíritu Santo.

martes, 29 de octubre de 2013

La belleza de la fiesta de Todos los Santos. San Agustín


Se aproxima la fiesta de Todos los Santos y su antítesis: el comercial y paganizado Halloween. La fiesta de Todos los Santos se celebra con carácter universal desde el año 840.

Con motivo de la cercanía de esta festividad, me he dado una vuelta Internet y me he dado cuenta que muchas personas confunden la celebración de los Fieles Difuntos con la celebración de Todos los Santos. Estas personas comentan que Halloween es “mucho más divertido que la fiesta en que se recuerda a los muertos”. Así que he creído interesante comentar sobre la belleza y alegría de la fiesta de Todos los Santos. Para ello tomo un fragmento de uno de los comentarios a los Salmos de San Agustín

Sabéis, conocéis y entendéis que pertenecéis a este cuerpo, y así creéis  que Cristo es nuestra cabeza y que nosotros somos el cuerpo de  ella. ¿Acaso sólo nosotros y no también aquellos que existieron antes de nosotros? Todos los justos que existieron desde el principio del mundo tienen por cabeza a Cristo. Ellos creyeron como venidero al que nosotros creemos que ya vino. Se salvaron por la misma fe en El que nosotros; siendo El de este modo la cabeza de toda la ciudad, Jerusalén, es decir, de todos los fieles que desde el principio del mundo hasta el fin existieron, uniendo a ellos también el ejército de las legiones de ángeles, a fin de constituir una sola ciudad en perpetua paz y salud, alabando a Dios sin fin y dichosa sin fin, bajo un rey y un solo gobierno imperial. (Comentario al Salmo 36, SIII, 4)

¿Puede haber algo más bello que un coro de Santo arrodillados frente al Cordero de Dios? Nos encontramos con la culminación de la efusión del Espíritu Santo, que llena de armonía y dones al universo. En el día 1 de Noviembre nos reunimos para dar gracias a Dios por todas aquellas personas que están en la gloria y que son modelo para nosotros. Por lo tanto es una fiesta alegre, ya que evidencia que los santos son muchos y que nosotros también podemos aspirar a ser santos.

La fiesta está directamente relacionada con una de las verdades que profesamos cada domingo en el Credo: Creo en la comunión de los Santos: “Después de esto, miré y vi una gran multitud de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. Estaban en pie delante del trono y delante del Cordero, y eran tantos que nadie podía contarlos” (Ap 7, 9) Si lo profesamos, lo creemos ¿O no?

Eran tantos que nadie podía contarlos. Con frecuencia vivimos nuestra fe con una cierta sensación de fracaso y de constante acoso. Parece que estamos solos frente a una  multitud incontable de enemigos, pero parece que es todo lo contrario. La multitud incontable está delante del trono y delante del cordero. ¿Por qué no podemos formar parte de esa muchedumbre?

Volviendo al ambiente festivo que rodea este día, la oportunidad de alabar al Señor con gozo, se ve ensombrecida por una serie de errores que se han infiltrado dentro de nuestra fe, casi sin darnos cuenta:

·         La fiesta de Todos los Santos es una forma de dar culto a los muertos. Para lo cristianos, los santos no son muertos sino vivos que están junto al Señor.
·         La fiesta de Todos los Santos es una “tapadera” de antiguas fiestas paganas. No está nada claro que en estas fechas se celebraran fiestas paganas.
·         La fiesta de Todos los Santos, no puede ser una fiesta alegre y divertida. ¿Quién celebraría algo triste con dulces y con bailes? En muchos países y regiones existe la tradición de celebrar la fiesta de Todos los Santos con dulces y bailes.

Con toda la “propaganda en contra” es lógico que triunfe la “propaganda a favor del Halloween”. Es cuestión de marketing y de ganas de borrar el cristianismo de la cultura popular.

Otra consideración que no quiero dejar pasar es la apoteosis de feísmo, la maldad y la tristeza que tiene implícita la forma en que se celebra Halloween. Parece que vivimos un carnaval macabro, donde lo bueno se disfraza de malo y viceversa. ¿Quién quiere vestirse de muerto, vampiro o bruja? ¿Quién quiere parecer un zombie? Parece que en este día desaparecen todas las consideraciones estéticas y nos convertimos, de repente, en siniestras sombras oscuras.

Quizás la relación más directa con esta estética la encontremos en las tribus urbanas tipo punk, góticos, emos, etc, que viven un Halloween que dura todo el año. En estas tribus urbanas se esconden personas sin esperanza y tristes por la vida que les toca vivir. Ojo, vida que normalmente no tiene nada de triste, pero que carece de sentido para ellos. Sin duda, no es lo mismo vestirse de drácula una noche, que ir vestido de gótico todo el año, pero vestirse de algo horrible, aunque sea una noche, conlleva un cierto mimetismo y empatía con el personaje que representamos.

Creo que los cristianos deberíamos hacer un esfuerzo por festejar la fiesta de Todos los Santos como se merece. No es lógico que dejemos que nos roben la alegría de una fiesta tan maravillosa. Festejemos Todos los Santos con la alegría que merece.

domingo, 20 de octubre de 2013

Serás la obra perfecta de Dios. San Ireneo de Lyon

El hombre es una mezcla de alma y carne, una carne formada para ser semejante a Dios y modelada por sus dos Manos, es decir, el Hijo y el Espíritu. Dirigiéndose a ellos [,Dios] dijo: «Hagamos al hombre» (Gn 1,26). 

Pero ¿cómo podrás un día ser divinizado si todavía no eres hombre? ¿Cómo podrás ser perfecto, siendo así que apenas eres un ser creado? ¿Cómo llegarás a ser inmortal siendo así que no has obedecido a tu Creador en una naturaleza mortal?... Puesto que eres obra de Dios espera pacientemente la Mano de tu Artista que hace todas las cosas a su tiempo oportuno. Preséntale un corazón flexible y dócil y conserva la forma que te ha dado ese Artista, guardando en ti el agua que viene de él y sin la cual, endureciéndote, rechazarás la huella de sus dedos.  (San Ireneo de Lyon. Contra las herejías IV, Pr 4; 39,2)

Hablaba con unos amigos sobre la dignidad humana y el drama que conlleva que no aceptemos esa dignidad en nosotros mismos. Hoy en día sucede que nadie nos reconoce ni nos informa de la dignidad poseemos por se hijos de Dios. Quien no sabe de su dignidad, no la valora y la pierde con facilidad. Quien se siente indigno no duda en denigrarse y dejarse arrastrar por todo aquello pervierte. Una sociedad que olvida a Dios, está enferma y condenada a vagar sin sentido entre las aparentes felicidades que ofrecen los listos de turno. 

Quien se sabe digno, empieza por no dejarse arrastrar por aquello que le destruye. Después, si somos capaces de darnos cuenta que somos una obra maravillosa de Dios, pero inacabada, dejaremos que la mano de Dios nos vaya dando forma. ¡Que gran gracia es dejar que la marca de los dedos de Dios quede impresa en nosotros! Que gran locura, perder el agua del Espíritu y endurecer nuestro ser hasta impedir que Dios actúe en nosotros. 

El Evangelio de hoy domingo, nos relata la maravillosa parábola del Publicano y el Fariseo. Es una parábola que puede llegar a confundirnos, ya que parece que el Señor desprecia a quien actúa bien en todo momento (el Fariseo) y apoya a quien reconoce que no es bueno (El Publicano). ¿Quiere Dios que siempre actuemos mal
La diferencia entre el Publicano y el Fariseo queda mucho más clara tras leer el texto de San Ireneo de Lyon. El Fariseo se considera perfecto, completo y ejemplar. Ya no necesita a Dios, con sí mismo se basta. El problema del Fariseo es que ha expulsado el agua que permite a Dios imprimir su huella en él. 

En cambio, el Publicano tiene el corazón abierto a la mano del Artista. Sus errores pueden ser graves, pero no cierra sus puertas a la Gracia de Dios. ¿Quién puede llegar a ser la obra perfecta de Dios? Sin duda el Publicano. El Fariseo se considera ya acabado del todo, no por obra de Dios, sino por sí mismo. 

Pero puede haber Publicanos tan soberbios o más que el Fariseo y Fariseos tan humildes como el Publicano. La cuestión es reconocer que la dignidad que reside en nosotros parte de Dios, no parte de nosotros mismos. Si en algún momento nos sentimos “salvados”, “puros” o “perfectos” pensemos que el enemigo anda detrás de ese pensamiento. 


Además, cuando nos creemos perfectos, salvados y puros, no necesitamos de nadie más que nosotros mismos. La comunidad deja de tener sentido y hasta Dios se convierte en una herramienta para darnos gloria. Miremos al Fariseo, visitaba el templo porque era un precepto, pero la finalidad real era que los demás le vieran y le envidiaran. Que vida más horrible la que nos lleva a creer que Dios es una herramienta a nuestra disposición y que si no cumple nuestras expectativas, simplemente no lo necesitamos.

¿Cómo orar sin cesar en pleno siglo XXI? San Agustín

El evangelio de hoy nos da una pista muy importante para nuestra vida: orad sin cesar, pero ¿Cómo podemos orar todo el día? Si la sociedad moderna nos deja pocos espacios y momentos adecuados para orar ¿Cómo vamos a hacerlo de forma continua? Pareciera que el Señor nos requiere un imposible. ¿Cómo puede un trabajador dejar su trabajo y orar, sin parar, toda su jornada? San Agustín nos ayuda a comprender que la oración que no cesa, trasciende los clichés que tenemos de la oración:

Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua es la oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos ininterrumpidamente, y por eso se dice: Orad sin cesar?

Si decimos que oramos así, creo que no podemos hacer esto sin interrupción. Existe otra oración interior y continua, cual es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel sábado, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo; tu deseo continuo es tu voz, o sea tu oración continua.

Callas si dejas de amar. ¿Quiénes callaron? Aquellos de quienes se dijo: Porque se acrecentó la iniquidad se enfrió la caridad de muchos. El frío de la caridad es el silencio del corazón, y el fuego del amor, el clamor del corazón. Si la caridad permanece continuamente, siempre clamas; si clamas siempre, siempre deseas; si deseas, te acuerdas del descanso. Pero es conveniente que sepas delante de quién debe estar el gemido del corazón. Considera ya qué deseo debes tener delante de la presencia de Dios.

¿Qué sucederá si el deseo está delante de Dios y no está el gemido? Pero ¿cómo puede acontecer esto, siendo así que el gemido es la voz del deseo? Por esto añade el salmo: Y mi gemido no se te oculta. Para ti no está oculto, para muchos hombres lo está. Pero alguna vez se advierte que el siervo humilde de Dios dice: Y mi gemido no se te oculta. También se observa que de vez en cuando ríe el siervo de Dios; ¿acaso por esto murió en su corazón aquel deseo? Si allí se halla el deseo, también el gemido; no siempre llega a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios. (Comentario al Salmo 37, 14)

El texto merece que lo leamos y reflexionemos varias veces. Resumiendo lo que nos dice San Agustín, podemos decir que la oración continua no tiene que ser oración una oración reglada, ya que es imposible. Nos habla de tres elementos cruciales para esta oración:

  1. Deseo. Deseo que parte de un anhelo de nuestro ser. El anhelo de estar en contacto continuo y permanente con Dios. Este deseo es lo que desencadena la oración continua. El deseo de cumplir la Voluntad de Dios en cada uno de nuestros actos.
  2. Amor: El amor es el fuego que da vida a nuestro corazón. Un corazón frío, aséptico y funcional, no puede orar. No sabe como hacerlo, ya que el corazón es la boca que pronuncia la verdadera oración que hacemos llegar al Señor.
  3. Gemido: ¿Gemido? Un corazón que siente deseo y arde de amor, necesita gemir. Gemir es sentir y desahogar el ansia de nos abraza nuestro ser. “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque El intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.” (Rm 8, 26-27) El Espíritu Santo es el que genera el gemido, como el soplo de aire que hace vibrar los tubos de los órganos o el aliento que hace sonar las flautas.
Dicho todo esto ¿Tenemos que estar en estado éxtasis continuo todo el día? No sería posible. El Señor sabe que tenemos de ganar el alimento y vivir nuestra vida dentro de las circunstancias socio-laborales que cada cual tiene. ¿Cómo orar continuamente entonces?

Primero deseando la unión con Dios, después abriendo el corazón para que el Espíritu lo llene de caridad y dejando que sea el Espíritu Santo el que haga resonar nuestro ser en cada acción, gesto, actitud, que realicemos durante el día.

Esto no excluye que busquemos momentos para la oración convencional. La oración de rodillas, que se expresa mediante las palabras que traducen deseo, amor y gemido al lenguaje humano. Incluso, cantando cuando sea posible. ¿Por qué no?


"yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz distino en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33)  
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