sábado, 20 de febrero de 2010

El sentido espiritual (y III)


"Que hay ciertas economías místicas indicadas en la Escritura, es admitido por todos, pienso que hasta por el más simple de los creyentes. Pero ¿cuáles son, de qué clase, quién es intelectualmente recto, no vencido por el vicio de la jactancia, sino que escrupulosamente reconocerá que es un ignorante? Ya que si alguien, por ejemplo, aduce el caso de las hijas de Lot, que parecen, contrariamente a la ley de Dios, haber copulado con su padre; o las dos mujeres de Abrahán, o las dos hermanas que estuvieron casadas con Jacob, o de las dos criadas quien aumentaron el número de sus hijos, ¿qué otra respuesta podría ofrecérsele, sino que estos eran ciertos misterios y formas de cosas espirituales, pero que somos ignorantes de qué naturaleza son?

Incluso cuando leemos de la construcción del tabernáculo, consideramos cierto que las descripciones escritas son figuras de ciertas cosas ocultas; pero adaptar estas a sus normas apropiadas, y abrir y discutir cada punto individual, pienso que es sumamente difícil, por no decir imposible. Que esta descripción, sin embargo, esté llena de misterios no escapa ni al entendimiento común. Pero toda la parte de narrativa, relacionando con los matrimonios, o con el engendramiento de hijos, o las batallas de clases diferentes, o cualquier otra historia, ¿qué otra cosa además se puede suponer salvo formas y figuras de cosas ocultas y sagradas?

Como el hombre hace muy poco esfuerzo en ejercitar su intelecto, o imagina que tiene el conocimiento antes de aprenderlo realmente, la consecuencia es que nunca comienza a tener conocimiento; o si no hubiera carencia de deseo, al menos de un instructor, y si se buscara el conocimiento divino, como debería ser, en espíritu religioso y santo, y con la esperanza de que muchos puntos serán abiertos por la revelación de Dios -ya que al sentido humano ellos son sumamente difíciles y oscuros- entonces, quizás, quien busca de tal manera encontrará lo que es permitido descubrir." (Orígenes, De principis)

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La mística necesita de la Fe y la Fe busca comprender. Por eso Orígenes indica claramente la existencia de “economías místicas” dentro de las sagradas escrituras. Para encontrar y comprender estas economías es necesario el intelecto, además de otras herramientas. Pero, como indica Orígenes, el ser humano está poco predispuesto a ejercitar su intelecto. Para suplir esta deficiencia, buscamos medias verdades que nos provean de respuestas fáciles y que, a ser posible, no nos involucren en nuestro propio aprendizaje.

Evidentemente, el intelecto no es algo a desechar. Todo lo contrario. Es una herramienta indispensable donada por el Creador para que podamos conocer, comparar y discernir. Dicho esto, también es imprescindible señalar que el intelecto que no puede ser la única herramienta empleada, ni ser desechado algo inútil o malévolo. El intelecto debe desarrollarse en igualdad con la emotividad y la praxis para que podamos vivir en armonía interna y externa. Armonía, que es el estado que obtenemos cuando la proporción de elementos es la adecuada para que se produzca belleza. Belleza teológica y estética que nos permite ser símbolo de Dios en la tierra.

Si despreciamos el intelecto o la emotividad o la acción, desechamos toda posibilidad de armonía interna y externa. En el mejor caso, solo podremos luchar por obtener la paz por medio del vacío. Aunque parezca evidente, una vez roto el equilibrio no es fácil entender que armonía y vacío no son lo mismo. La lucha interna que conlleva el desequilibrio, solo encuentra paz en el vacío y es normal que se entienda como la meta a la que estamos destinados.

Las sagradas escrituras no pueden entenderse únicamente a base de emotividad o de recitarlas tal cual están escritas. Es necesario conocer, comparar y discernir, para entender lo que Dios nos comunica a través de ellas. Al mismo tiempo que se discierne, hay que sentir lo que está escrito y hacer acción y voluntad la revelación divina.

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Espíritu Santo, dador de Ciencia por la cual se conoce la vanidad del mundo, abre nuestras mentes al conocimiento de Dios, a fin de que conozcamos nuestros pecados para detestarlos, nuestros deberes para cumplirlos, nuestros defectos para corregirlos, las vanidades de la tierra para menospreciarlas y las grandezas del cielo para desearlas.
Amén.

martes, 16 de febrero de 2010

El sentido espiritual (II)

«… llamamos tipo o modelo a las razones creadoras de las cosas, y preexisten en la simplicidad de la esencia divina. La Escritura las llama predestinaciones y voluntades santas y buenas, que constituyen y realizan a los seres, y según los cuales la soberana potencia determina y produce todo lo que es. Entonces, cuando el filósofo Clemente, adelanta que los tipos o modelos no son otra cosa más que lo que se concibe de más noble en las criaturas, no da a la palabra su propio valor, riguroso y natural; y admitiendo que ese lenguaje fuese exacto, aún habría que entenderlo en el sentido de los santos oráculos, donde se dice que las criaturas no nos son reveladas para que las adoremos, sino para que, por el conocimiento que nos vendrá de ellas, seamos elevados, según la medida de nuestra fuerzas, hasta la causa universal. Todas las cosas deben ser atribuidas a Dios, sin alteración de su simplicidad inefable. Pues comunica primero la existencia, primer don de su bondad creadora; luego penetra en todas las cosas y las llena de las riquezas del ser, y se regocija en sus obras. Pero todo preexistía en él en el misterio de una simplicidad transcendental que excluye toda cualidad; y todo está igualmente contenido en el seno de su inmensidad indivisible, y todo participa en su unidad fecunda como una sola y misma voz puede alcanzar a la vez varios oídos.» (Los Nombres Divinos, Dionisio el Areopagita).

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Dionisio el Areopagita, también llamado pseudo-Dionisio, es un autor anónimo que probablemente vivió en Siria entre el siglo V y el VI. El verdadero Dionisio Areopagita fue el único griego que San Pablo consiguió convertir tras su discurso en el Areópago de Atenas. Fue ordenado obispo y murió mártir. Es más que probable que las enseñanzas del verdadero Dionisio fueran recopiladas y puestas en limpio por el pseudo Dionisio.

Este pseudo Dionisio es uno de los Padres de la Iglesia griega y uno de los primeros escritores que trataron la mística cristiana desde el punto de vista práctico y teológico. Entre sus obras, son de gran importancia: Los nombres de Dios y teología mística. Esta última fue la inspiradora de la mística cristiana que se desarrolló a partir del siglo V. El Papa Benedicto XVI dedicó una interesante catequesis pública sobre su figura y aportación a la Iglesia: AQUÍ

Básicamente, en este texto Dionisio nos señala la existencia de un nivel de revelación analógica subyacente en toda lo creado. Así mismo, indica que la comprensión de esta revelación nos permite elevarnos hasta Dios… en la medida que seamos capaces de comprenderla.

Este acceso a Dios se realiza por medio del conocimiento adquirido a partir de la ley causa-efecto… que ordena y da sentido a todo lo creado. Es fácil despreciar este tipo de revelación entendiendo que nada racional puede llevar a Dios... lo que es evidentemente falso. Aunque es evidente que Dios excede toda comprensión, no lo es menos que su creación habla constantemente de El.

Este conocimiento analógico de Dios, se ajusta a la “contemplatio naturalis” que la mística cristiana oriental nos ofrece como segundo paso dentro del camino místico. Contemplar la naturaleza y aprender a ver a Dios en todo lo creado es imprescindible para salir del reducto pseudo-místico influenciado por las corrientes espiritualistas-quietistas de la “Nueva era”.

Cristo evidencia este conocimiento en muchas de sus parábolas, donde mostraba cómo lo cotidiano nos ayuda a comprender aspectos fundamentales del misterio cristiano. Pero una de las funciones más importantes es ser utilizado como fiador de las revelaciones personales que pudiéramos recibir.

Es importante tener claro que ambas revelaciones, personal y pública, no deben contradecirse. Si encontráramos que la revelación personal contradijera la revelación pública: natural o sobrenatural… es más que probable que nuestra subjetividad haya sido sutilmente manejada por aquel que separa y desune.

En último caso, es la Iglesia y su tradición, quien nos ayuda a no perdernos entre la multitud “armonías pasivas” y “amores desafectados” que padecemos hoy en día.

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Espíritu Santo, dador de entendimiento, que abres las mentes más torpes para llenarlas de conocimientos celestiales,

Despeja por piedad, las tinieblas que nos rodean, y haznos conocer en su verdadero valor las cosas, y principalmente la sublimidad y excelencia de los divinos misterios; concédenos la gracia de rechazar prontamente las dudas en las cosas de la fe, y de estar siempre dispuestos a sufrirlo todo para defender y glorificar esa misma Fe.
Amén

miércoles, 10 de febrero de 2010

El sentido espiritual (I)

Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto.

Quien tenga oídos para oír, que oiga.» (Mc 4, 21-23)

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La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina. (San Máximo el confesor, A Talasio-Cuestión 63)
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San Máximo el confesor fue uno de los primeros padres de la Iglesia. Vivió en Constantinopla entre el siglo VI y el VII. Fue un notable divulgador de la mística cristiana por medio de su vida y sus escritos. Sus textos nos ayudan a comprender muchos aspectos de las escrituras, que de otra forma, quedarían velados por nuestras interpretaciones particulares.

San Máximo nos habla esta vez de la parábola de la lámpara y el celemín. En el texto aparecen tres elementos: celemín (un simple cajón utilizado para medir cereal), un candelero y una vela encendida. La vela encendida es la revelación de Dios a los hombres. El candelero representa a la Iglesia como guardiana de la tradición capaz de dar sentido a la revelación,.. y por ultimo el celemín. El celemín representa nuestra racionalidad y conocimiento. Los tres elementos son necesarios para permitir que la Luz llegue permita “ver” con claridad lo que nos rodea.

Si no queremos que nuestros sentidos nublen el sentido espiritual de las sagradas escrituras, es necesario elevar por encima del suelo la Luz. ¿qué utilizaremos? El celemín es el elemento más adecuado para ello. Nuestra racionalidad y conocimiento sirven a la revelación, elevándola por encima de nuestros gustos y pasiones. Podríamos preguntarnos…

¿Qué sucede si colocamos el celemín sobre la Luz?… estaríamos aceptando el mundo al revés que vivimos, desgraciadamente, hoy en día.

¿Qué sucede si depreciamos el celemín?… la Luz no llegará demasiado lejos y las sombras no dejarán de existir. Estaremos a merced de enemigo escondido en la penumbra. Lo “oculto” no podrá ser descubierto.

Nos dice San Máximo, que la Luz debe ser portada por algo que sostenga la llama: el candelero. Sin el candelero la llama terminará por quemar el celemín. Este candelero es la Iglesia que actúa sosteniendo la vela con su sabia tradición. Sin la Iglesia no dispondríamos de la tradición apostólica que nos permite tener a resguardo la llama y su Luz. Podríamos preguntarnos…

¿Qué sucede si ponemos el candelero por encima de la Luz?... apagaríamos su luminosidad. Es un peligro que siempre está presente y debemos tener cuidado de no actuar de esta forma.

¿Qué sucede si despreciamos el candelero?... La llama terminará por quemar el celemín y nos quedaremos sin nada entre nuestras manos.

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Espíritu Santo, dador de Sabiduría,
que a semejanza del fuego libertáis el corazón del hombre de los afectos terrenales,
como ya quitasteis del corazón de los apóstoles todas las imperfecciones;
dignaos destruir en nosotros los afectos menos santos que nos dominan,
a fin de que no gustemos otro placer que el de ser fervorosos en vuestro divino servicio.
Amén.

martes, 2 de febrero de 2010

Ser o no ser...

Permítanme ser hoy un poco más ácido de lo habitual. La capacidad de aguante se colma y uno termina expresar algunas "incorrecciones" que esnecesario poner encima de la mesa. En concreto mi reflexión se centra en la constante acusación de ultra-católico que algunos sectores de la periferia eclesial tienen constantemente en la boca.

En esta época que nos ha tocado vivir, lo único que se acepta oficialmente como absoluto es que no existe nada absoluto, es normal que nos enredemos preguntándonos sobre el ser de las cosas. Pero sé perfectamente que esta discusión viene de lejos. De muchos siglos atrás, pasando por las filosofías griegas, el nominalismo, existencialismo, etc. Llevando el asunto a la botánica, resulta corriente oír/leer que cuando un árbol cumple con todos las condiciones para "ser lo que es," se diga con desprecio que es un ultra, un "despreciable e intolerante" ultra-árbol que discrimina a los demás seres que desean ser árboles.

Por esto, ser católico se reclama hoy en día como algo relativo. Muchas personas que se titulan como tal y exigen que se respete su derecho a serlo sin más. Quien pide que se discierna antes de asignarse "títulos gratuitos de ser", se le llama ultra-católico. El concepto de últra-católico es una categoría donde se engloba a aquellos que tienen la "osadía" de discernir y tener criterios fundamentados.

Pero no queda todo allí. Es cotidiano que se exija que toda la Iglesia ajuste su "ser" para permitirnos "ser católicos" a la medida de cada uno de nosotros. Si la Iglesia sigue adelante sin hacer el menor caso a estos reclamos, se dice que es retrógrada, conservadora, discriminadora e incluso criminal. Hasta se llega a decir que quien no nos deja ser católicos, es la Iglesia. 

Si nos surge la duda de lo que somos, podemos decidir estudiar qué es ser católico y cómo definir los elementos de juicio necesarios para ello. Pero si se nos ocurre decir el resultado de nuestro estudio, se nos titula de inquisidores y preconciliares. Curiosamente se invoca constantemente al Concilio Vaticano II sin saber qué se dijo en el mismo.

Al final, resulta que todos reclamamos ser católicos, para que nadie pueda testimoniarse cpn coherencia como tal. Es como si se pudiera reclamar el título de licenciado en arquitectura para llamarse arquitecto, aunque no se sepa qué es ser arquitecto ni como se ejerce. Si se habla de responsabilidades, el axioma relativista toma de nuevo protagonismo y se nos dice que los deberes son contrarios al cristianismo o en todo caso, opcionales para cada cual según sus deseos, apetencias o conciencia. Todo es relativo, menos el axioma que lo enuncia.

Vivimos una época donde nada es lo que parece y cuanto menos lo sea, mejor para todos. Una época de mentiras a conciencia e interiorizadas que nos permiten hablar de paz y armonía, mientras definimos ambas palabras como conceptos vacíos de significado.

En realidad estos conceptos vacíos de paz y la armonía resultan ser cárceles que nos impiden comunicarnos y aprender de los demás. Si cuestionas las ideas de quien tienes delante, resultas ser un fundamentalista o un integrista. Nos ofrecen entonces que lo ideal es pensar que todo tiene valor y que por ello todo es válido. Si comentas que utilizar una manzana como grúa, no es lo más adecuado, pierdes el estatuto de ser armónico y pacífico. ¿A que llegamos? A que la sociedad sea una inmensa sala con olor a incienso donde cada cual actúa por si mismo, cambia de lugar o incluso se suicida con total aceptación por parte de los demás. Aceptación que no es más que desprecio oculto tras la palabra tolerancia. Tolerancia que es tal, sino desafección.

Ser coherente en un mundo como el actual, tiene su trabajo y requiere valentía. Marginarnos a nosotros mismos para evidenciar lo vacío de las panaceas modernas, conlleva que la sociedad nos eche a un lado y nos controle. Se nos tolera, pero donde no enturbiemos la armonía del silencio y la paz del vacío.

Me temo que el gran disgregador, nuestro conocido diablo, está más contento que nunca con su espléndida obra. Todos con caras felices, viviendo separados de los demás y dándonos igual lo que pensamos y hacemos cada cual. De esta forma nos desactivan para actuar en el mundo. El Reino de Dios se aleja de nosotros cuanto más nos acerquemos al paraíso ofrecido por la postmodernidad.

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Señor, ayúdanos a vivir correctamente en este mundo.
 Que sepamos amarnos los unos a los otros.
No nos dejes sentir desafecto por nuestros semejantes. Q
ue con vuestra intercesión sea iluminado nuestro entendimiento,
para poder comprender la importancia en ayudar a los demás,
en servirlos y en amarlos.
Que vuestra radiante luz abra nuestros ojos y cierre las puertas del odio.
Amén

lunes, 1 de febrero de 2010

EL camino de la Luz

Ahora bien, el camino de la luz es como sigue: Si alguno quiere andar su camino hacia el lugar determinado, apresúrese por medio de sus obras. Ahora bien, el conocimiento que nos ha sido dado para caminar en él es el siguiente:

2. Amarás a Aquel que te creó, temerás al que te formó, glorificarás al que te redimió de la muerte. Serás sencillo de corazón y rico de espíritu. No te juntarás con los que andan por el camino de la muerte, aborrecerás todo lo que no es agradable a Dios, odiarás toda hipocresía, no abandonarás los mandamientos del Señor.

3. No te exaltarás a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogarás a ti mismo la gloria. No tomarás mal consejo contra tu prójimo. No consentirás a tu alma la temeridad.

4. No fornicarás, no cometerás adulterio, no corromperas a los jóvenes. Cuando hables la Palabra de Dios, que no salga de tu boca cón la impureza de algunos. No mirarás la persona para reprender a cualquiera de su pecado. Serás manso, serás tranquilo, serás temeroso de las palabras que has oído. No le guardarás rencor a tu hermano.

5. No vacilarás sobre si será o no será. No tomes en vano el nombre de Dios. Amarás a tu prójimo más que a tu propia vida. No matarás a tu hijo en el seno de la madre ni, una vez nacido, le quitarás la vida. No levantes tu mano de tu hijo o de tu hija, sino que, desde su juventud, les enseñarás el temor del Señor.

6. No serás codicioso de los bienes de tu prójimo, no serás avaro. Tampoco te juntarás de buena gana con los altivos, sino que tu trato será con los humildes y justos. Los acontecimientos que te sucedieren los aceptarás como bienes, sabiendo que sin la disposición de Dios nada sucede.

7. No serás doble ni de intención ni de lengua. Te someterás a tus amos, como a imagen de Dios, con reverencia y temor. No mandes con acritud a tu esclavo o a tu esclava, que esperan en el mismo Dios que tú, no sea que dejen de temer al que es Dios de unos y otros; porque no vino Él a llamar conforme a la persona, sino aquellos para quienes preparó su espíritu.

8. Comunicarás en todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que las cosas son tuyas propias, pues si en lo imperecedero sois partícipes en común, ¡cuánto más en lo perecedero! No serás precipitado en el hablar, pues red de muerte es la boca. En cuanto puedas, guardarás la castidad de tu alma.

9. No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar. Amarás como a la niña de tus ojos a todo el que te habla del Señor.

10. Te acordarás, de noche y día, del día del juicio, y buscarás cada día las personas de los santos. Ya en el ministerio de la palabra, y caminando para consolar y meditando para salvar un alma por la palabra, ya ocupado en oficio manual, trabajarás para rescate de tus pecados.

11. No vacilarás en dar, ni cuando des murmurarás, sino que conocerás quien es el buen pagador de tu galardón. Guardarás lo que recibiste, sin añadir ni quitar cosa. Aborrecerás hasta el cabo al malvado. Juzgarás con justicia.

12. No formarás bandos, sino que guardarás la paz, tratando de reconciliar a los que luchan. Confesarás tus pecados. No te acercarás a la oración con conciencia mala.

Este es el camino de la luz.

(Fragmento de la epistola a Bernabé. Redactada entre en año 70 y 130 DC)

Breve descripción de la epístola: Desde los tiempos de Clemente de Alejandría se conoce este breve escrito originalmente en griego. Se trata de un testimonio vivo de la predicación y catequesis de uno de los evangelizadores que, en los momentos de expansión de la naciente Iglesia, iban poniendo los cimientos de diversas comunidades cristianas y seguían luego su camino en busca de nuevas tierras y nuevas gentes.

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Guíanos Señor por el camino de la Luz...
que no es más que el camino hacia Ti.
Amén

domingo, 31 de enero de 2010

Limpiar la copa por dentro


Aquel que reconoce sus propios pecados es más grande que aquel que, por su oración, resucita a los muertos. Aquel que gime durante una hora por su alma es más grande que el que abraza al mundo por su contemplación. Aquel a quien se le ha dado ver la verdad sobre sí mismo es más grande que aquel a quien le ha sido dado ver a los ángeles. (San Isaak el Sirio S. VII)

Debemos reconocernos como los seres imperfectos que somos. Sin este reconocimiento, la gracia de Dios no penetra en nosotros con eficacia ni profundidad. Sin esta aceptación no tenemos capacidad de ir más allá de intentar ser mejores. La transformación de nuestra naturaleza solo puede ser llevada a cabo por Dios mismo.

Pero las palabras de San Isaac, pueden ser entendidas excediendo al individuo y penetrando en la comunidad de creyentes. Aceptar que es responsabilidad nuestra que la Iglesia no se muestre en plenitud al mundo como una, santa, universal y apostólica… es dar la oportunidad a Dios para derramar su gracia.

Tenemos que rogar a Dios para que nos enseñe el estrecho camino de la unidad en la diversidad. Nosotros solos no somos capaces de dar con la solución y necesitamos de El.

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Jesús dijo a sus apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy.”
No mires nuestros pecados, sino la fe de tu iglesia.
Para que tu voluntad se realice, dale esta paz y condúcela a la unidad perfecta, Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
Amén

martes, 26 de enero de 2010

La virtud más grande es el amor


La fe y la esperanza se ordenan solamente al hombre; el amor se ordena a Dios; la fe puede mover montañas, el amor crea las montañas, el cielo y la tierra; la fe anima a la criatura para que se esfuerce por alcanzar el paraíso; el amor ruega a Dios que baje con su fuego a la tierra de tal manera que el hombre por el camino de su amor alcance el cielo. La fe dice: sirve, oh hombre, a tu Dios como se debe; el amor: hazte, oh Dios, hombre y sirve al hombre, que te debe mucho de cuanto tiene. La fe dice: llama, oh hombre, a la puerta del cielo para que abran; el amor dice: oh Dios, abate las puertas del cielo para que el hombre lo encuentre abierto. La fe enseña al hombre a morir por el amor de Dios, el amor invita a Dios a que muera por el hombre y al hombre a que muera por su Dios. La fe muestra a Dios de lejos; el amor lleva al hombre a Dios, y el amor hizo a Dios hombre y al hombre Dios.

La fe es tan solo señora, porque reina sólo aquí donde no tenemos ciudadanía permanente, mientras esperamos la futura; el amor es el emperador del cielo y de la tierra. La fe es un campesino; el amor un caballero.La fe es emperatriz de muchas humildes criaturas de aquí abajo; el amor es emperador de los ángeles.La fe domina sobre los siervos; la caridad sobre los hijos amados y los santos. Considera bien este ejemplo: Si en el sol hubiese un universo como el nuestro, ¿por quién sería alumbrado, calentado, vivificado y regido? Ciertamente que no por sus rayos sino sólo por su esencia, porque el sol contendría en ella todo aquel universo. Efectivamente, el sol ilumina a nuestro mundo, lo calienta, le da vida y lo rige no por si mismo — ya que no puede venir a nosotros — sino por medio de los rayos que nos envía. Y así la razón por la cual el sol hace esto por medio de sus rayos es porque no puede desplazarse hasta nosotros.Esto y mucho más puedes pensar de Dios.

El Padre engendra su rayo de luz como el sol, es decir, el Verbo eterno y esencial. El Padre y el Verbo, como el sol y su rayo, producen un calor esencial: el Espíritu Santo. De este modo este sol divino es poder, luz y fuego; Padre, Hijo y Espíritu Santo; potencia, verdad y amor: un solo Dios y tres personas. Este sol divino todo él es poderoso, todo él resplandeciente, todo él ardiente. No tres potencias sino una, no tres luces sino una, ni tres fuegos sino uno.

De esto, sin embargo, surge una leve duda. Se ha dicho que todos nosotros estamos en Dios y que Dios es amor; puede parecer por consiguiente que todos estamos en el amor y así también, todos estamos en la verdad y todos en la verdadera potencia. Pero tal cosa es falsa porque son pocos los que viven en el amor, y por el contrario muchos los que caminan en el error y en la mentira y muchos son débiles y sometidos a flaquezas.

Empiezo respondiendo con un ejemplo: Muchos peces están al sol, pero cubiertos por el agua no se calientan; muchos ciegos están en la luz y no ven; muchos recipientes contienen alimentos y no los comen. Date cuenta, por tanto, que no es suficiente estar en un lugar para participar de los valores del lugar, si no se tienen las debidas disposiciones. El enfermo come y no le aprovecha; el muerto puesto en el fuego no percibe el calor. Si uno está al sol, pero se hace empapar constantemente con agua muy fría, no sólo no se calentará sino que estará tiritando continuamente.

Así pues, aunque estemos situados en medio del fuego divino, — que no calienta el cuerpo, sino que abrasa el alma —, no recibimos ningún beneficio de este fuego, si no dejamos de arrojar sobre el alma la granizada de la carne, el hielo del mundo, el viento de las tentaciones. Es necesario que apartemos nuestra alma de todo ese frío y entonces nadie habrá que se libre del calor de Dios, como dice el salmista. (Sal 18, 6)" (Beato Juan Domínici, obispo. Libro Del amor de caridad del Cap. 39-40).

Oración:

Padre, que nos iluminas con el sol de tu Palabra, concédenos vivir de fe, esperanza y amor, para que seamos digna imitación de tu Hijo, que pasó por en medio de nosotros haciendo el bien. El vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.



Tomado de la dirección web: http://www.vatican.va/spirit/documents/spirit_20010130_dominici_sp.html

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