sábado, 17 de abril de 2010

Sobre las Herejias II

Volviendo a las herejías, es interesante entrelazar este asunto con las edades espirituales del ser humano. 

Hace unos días escuché al Padre Jose María Iraburu, en el programa Tiempo de Espiritualidad (Radio María), tratar de estas edades  espirituales que, a su vez, traté en este humilde blog hace unos meses: (La vid y los sarmientos)

En cada edad se interpretan y cumplen las leyes de la Iglesia de forma diferente. El niño cristiano necesita reglas claras y costumbres cíclicas para ir aprendiendo a llevar a la práctica su Fe,… aunque no comprenda realmente las razones para ello. El cristiano joven, va conociendo algunas razones cercanas o evidentes de la ley… pero continua cumpliendo otras leyes sin tener claridad total de sus razones. El cristiano adulto cumple si obligación, porque conoce las razones las ha integrado en su propia vida.

Pero el asunto de la edades espirituales da para mucho más, por lo cual es interesante leer este fragmento de San Gregorio de Niza:

«La gnosis religiosa es al comienzo luz, cuando empieza a aparecer. Pero cuanto más llega a comprender el espíritu en su caminar hacia adelante, por una aplicación cada vez más grande y perfecta, qué cosa sea el conocimiento de las realidades, y cuanto más se acerca a la contemplación, tanto más comprende que la naturaleza divina es invisible. Habiendo dejado todas las apariencias, no sólo lo que perciben los sentidos, sino lo que la inteligencia cree ver, se dirige cada vez más hacia el interior, hasta que por el esfuerzo del espíritu penetra hasta el Invisible y el Incognoscible, y allí ve a Dios. En efecto, el verdadero conocimiento de Aquel a quien está buscando y su verdadera visión consiste en no ver, porque Aquel a quien busca transciende todo conocimiento, rodeado por todas partes por su incomprensibilidad como por una tiniebla» San Gregorio de Niza

San Gregorio nos habla de un proceso de maduración de la Fe que va desde los primeros pasos hasta la plenitud. Pasa de saber sin conocer, a conocer con fundamento y después… y solo después… iniciar el camino de la contemplación que lleva más allá de todo conocimiento. Hay quienes pasan a buscar el conocimiento de lo inefable sin estar sustentados por el conocimiento de la revelación natural y sobrenatural. Esta actitud no es condenable, pero si es peligrosa… ya que si aparecen supuestas revelaciones personales que contradicen la naturaleza y la propia revelación sobrenatural, no se es capaz de discernir y separar el trigo de la paja. Llegan a parecer iluminados que dicen tener revelación directa de Dios y que esta revelación es la verdadera, aunque contradiga las demás revelaciones. 

Para ampliar la excelente clasificación del P José María, creo interesante apoyarme en la clasificación de John Fowles sobre la evolución y maduración de la Fe. Esta clasificación, tal cual la expone el autor, tiene un sesgo marcadamente sincretista y despectivo de la Fe cristiana… pero la secuencia permite determinar aspectos correctos e incorrectos de cada etapa:

> Fe primaria o indiferenciada (de 0 a 2 años aprox.): Se caracteriza por el aprendizaje acerca del bienestar en el entorno inmediato. Se desarrolla por medio de la confianza. Los padres son los principales inductores de la Fe en esta etapa.

> Fe intuitiva proyectiva (de 3 a 7 años aprox.): Padres, comunidad y catequistas entran a ser necesarios para enseñar las normas y referencias actitudinales necesarias. En esta etapa se aprende la normativa básica que nos permite ser comunidad.

> Fe mítica literal (8 a 12 años aprox.): A esta edad se tiende a entender a Dios como un ser similar a nosotros… lo que puede llevar a la disfuncionalidad de entenderlo como un compañero divertido. La opción positiva es que se comienza a entender que Dios no es algo lejano y desafectado, ya que nos acompaña y nos da las principales nociones de lo correcto y lo incorrecto por amor.

> Fe sintética convencional (desde la adolescencia aprox.): En cuanto a las disfunciones, podríamos evidenciar que se tiende a poner por encima la red social de amistades a la Fe en si misma. Se vive un cristianismo ajustado a lo que el grupo piensa y/o practica y en el caso de que el grupo se aparte de la religión o espiritualidad … se sigue al grupo por el miedo a sentirse aislado. Se empieza a ponderar el todo vale ¿Por qué no? Esto se debe a que no se disponen de referencias vivenciales y cognitivas de lo que significa la Fe. La opción correcta sería la deseable integración en un grupo juvenil cristiano que sepa apoyarse entre si para progresar en la Fe. Se empieza a preguntar por las razones de que el cristianismo sea como es y la necesidad de comprenderlo para poderlo vivir. Sería ideal que la red social en la que el joven se integra, sea comprometida y activa, ya que así podría empezar a realizar actividades caritativas y/o de apoyo pastoral-litúrgico.

> Fe individual y reflexiva (desde los 20' aprox.): Se tiene a una Fe crítica, subjetiva y personal, donde se producen pugnas entre lo relativo y lo absoluto, y se toma responsabilidad de las creencias personales. La principal disfunción es la perdida de referencias colectivas. El grupo pierde poder y la comunidad eclesial ha quedado demasiado lejos. Si no se puede vivir como se piensa se piensa como se vive. Se es contestatario y se da igual valor a todas las opciones posibles… eligiendo, como es lógico, la que más se ajusta a las necesidades de la persona. En la opción correcta, se detectan los problemas y las incoherencias entre la Fe personal, la Fe comunitaria y la Fe tradicional. Se empieza a buscar conocimiento para interpretar estas incoherencias y se es crítico con todo lo que se presente como parcialidad. Se hace necesario un proceso de formación para ir comprendiendo poco a poco que significa tener Fe.

> Fe conjuntiva: Se superan paradojas y relativismos, se trascienden los símbolos heredados de la cultura de origen. En este caso, la disfuncionalidad hace que se pierda el sentido simbólico de la Fe y con ello se pongan en cuestión la necesidad de sustentar los signos, ya que se interpretan como meras apariencias culturales. La religiosidad y la espiritualidad se ajustan a las posibilidades y deseos del momento… o desaparecen por completo. La opción correcta conlleva la capacidad de separar cultura de Revelación y entender el núcleo de la Fe. Se es capaz de contrastar las diferencias entre los distintos credos, iglesias y carismas para reconocer que la Fe es única pero claramente delimitada. Se empieza a dar valor a los signos como forma de reconocerse como perteneciente a una comunidad.

> Fe Universal: En este caso Fowler indica el sesgo disfuncional en su descripción: “Trascendente de culturas y credos. Socialmente proactivo y propositivo de ideas que rompen con lo establecido. Iluminados”. En la opción disfuncional, se termina generalizando todo y rompiendo con todo. En este estadio aparecen los “iluminados” que se creen receptores de la revelación divina, que intentan imponer su especial comprensión como la verdad universal. La opción correcta pasaría por la comprensión de los fundamentos de la Fe y la capacidad de defender sus principios ante cualquier tipo de relativismo. Se es líder por si mismo y sin la necesidad de imponerse.  

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Muchos católicos se quedan estancados en una etapa o en la transición de una a otra. Si provienen de creencias alternativas aceptadas en la juventud… intentan integrar sincréticamente estas creencias dentro de una apariencia cristiana que les permite sentirse cómodos.

Las herejías suelen adaptarse al esquema de evolución de la Fe, ya que permiten quedarse estancado en una etapa, rechazando la necesidad de evolucionar y madurar en nuestra Fe.

Se evidencia que necesitamos avanzar en el conocimiento de nuestra Fe durante toda nuestra vida y no quedarnos nunca parados en un lugar cómodo y desafectado. Este es uno de los mayores retos que tiene la Iglesia Católica en la actualidad… ayudar a madurar en la Fe a todos sus hijos y así poder superar las dificultades de la inmadurez de la Fe de tantas personas.

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Señor, líbranos de todo mal y permítenos entender tu voz que aparece en todo lo que nos rodea. Ayúdanos a tener la vela siempre encendida y el aceite para la lámpara siempre dispuesto. Sabemos que nos llamarás en cualquier momento y no podemos quedarnos dormidos.

Amén

viernes, 16 de abril de 2010

Feliz cumpleaños Santo Padre


Oramos por usted porque sabemos que la carga que lleva en sus hombros 
es pesada y compleja.
Sabemos que ser guardián de la tradición latina que ilumina occidente, 
es un inmenso honor y una responsabilidad de 
proporciones descomunales.

Que pase un día feliz y que Dios le guarde en su vida y le ilumine.
Gracias  por entregar su vida a tan maravillosa causa.
Dios le bendiga

sábado, 10 de abril de 2010

Sobre las Herejias I

Traigo hoy una breve colección de párrafos de San Ireneo de Lyón, contenidos en su obra “contra las herejías”

San Ireneo de Lyón nació en Asia menor sobre el año 130 y murió en Lyón el 202. Recibió la Tradición Apostólica de San Policarpio de Esmirna, que a su vez la recibió del Apóstol Juan. Estamos a dos pasos del mismo Cristo y gracias a la Divina Providencia, han llegado a nosotros bastantes de sus obras. Fue un heroico defensor de la Iglesia Universal fundamentada en la Tradición que  legaron los Apóstoles. Defendió que la unidad y universalidad de la Iglesia, debería estar basada en la Tradición.

Quizás hoy en día la palabra "herejía" nos suene a otros tiempos y nos resulte complicado utilizarla con normalidad. Herejía es simplemente toda doctrina que contradice la Tradición Apostólica. En nuestra sociedad de la tolerancia desafectada y distante, suena mal llamar a otra persona hereje, ya que nos parece que al hacerlo juzgamos y condenamos injustamente.  Quizás por esto, hoy en día nos hemos acostumbrado a escuchar doctrinas alternativas de lo más variopintas. Bueno, no llamemos hereje a nadie, pero nada nos impide señalar las herejías con educación, respeto, afecto y conocimiento. Subrayo respeto y afecto, porque son primordiales para comunicarnos y enriquecernos unos a otros.

No se trata de juzgar a otra persona, tan solo se trata de indicar objetivamente qué ideas son contrarías a la unidad eclesial y por qué es así. Podemos respetar a quien defiende estas doctrinas y no por ello dejar de indicarle, afectuosa y educadamente, que su postura le pone fuera de la Iglesia Apostólica y universal. Si pertenecemos a una Iglesia que se titula Apostólica… lo normal es que tengamos la Tradición como base para reconocernos dentro de Ella. 

Tampoco se trata de condenar a nadie, solo se trata de intentar reconocernos unos a otros y así poder construir juntos el Reino de Dios con coherencia. De otra forma, las construcciones alternativas relativizantes y subjetivas... se caen o no llegan a dar frutos válidos nunca.

Entremos en el primer párrafo:

Porque al usar las Escrituras para argumentar, la convierten en fiscal de las Escrituras mismas, acusándolas o de no decir las cosas rectamente o de no tener autoridad, y de narrar las cosas de diversos modos: no se puede en ellas descubrir la verdad si no se conoce la Tradición. […] Y cada uno de ellos pretende que esta sabiduría es la que él ha encontrado, es decir una ficción, de modo que la verdad se hallaría dignamente unas veces en Valentín, otras en Marción, otras en Cerinto, finalmente estaría en Basílides o en quien disputa contra él, que nada pudo decir de salvífico. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

San Ireneo señala a aquellos utilizan las escrituras separando una partes de otras. Dicen que unas partes son válidas y otras no según se ajusten a sus ideas o no se ajusten. Interpretan la Palabra de Dios según su subjetividad, rechazando la Tradición como fuente unitaria para entender los escritos revelados. Pero el peligro está en que recrean, en base a sesgar las Escrituras, tanto a la Iglesia como a Cristo mismo.  Entonces aparecen nuevas iglesias y nuevos cristos. Ambos adaptados a lo que cada persona es. La Verdad se cambia en apariencia y en realidad personal.

Cuando nosotros los enfrentamos con la Tradición que la Iglesia custodia a partir de los Apóstoles, por la sucesión de los presbíteros, se ponen contra la Tradición diciendo que tienen, no sólo presbíteros, sino también apóstoles más sabios que han encontrado la verdad sincera: porque los Apóstoles “habrían mezclado lo que pertenece a la Ley con las palabras del Salvador”; y no solamente los Apóstoles, sino “el mismo Señor habría predicado cosas que provenían a veces del Demiurgo, a veces del Intermediario, a veces de la Suma Potencia”; en cambio ellos conocerían “el misterio escondido” (Ef 3,9; Col 1,26), indubitable, incontaminado y sincero: esto no es sino blasfemar contra su Creador. Y terminan por no estar de acuerdo ni con la Tradición ni con las Escrituras. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Ahora Ireneo nos habla de quienes dicen que los Apóstoles no llegaron a entender a Cristo y ellos si lo han hecho. Dicen ellos han recibido revelaciones particulares contrarias a la Revelación del mismo Cristo y se erigen en intermediarios con Dios. Tal como dice Ireneo, andando ese camino, terminan estando contra la Tradición y las Escrituras. Si se les indica que la tradición indica otra cosa que la que ellos interpretan… se mofan diciendo que ellos no desean ser “perfectos católicos” … lo que es tanto decir (retirando la ironía de la respuesta), que ellos si son perfectos católicos o verdaderos cristianos.

Así pues, la tradición de los apóstoles, que ha sido manifestada en el mundo entero, puede ser percibida en toda la Iglesia por todos aquellos que quieren ver la verdad. Y nosotros podemos enumerar los obispos que fueron establecidos por los apóstoles en las Iglesias y sus sucesores hasta nosotros. Ellos no enseñaron ni conocieron nada que se pareciera a las imaginaciones delirantes de estos hombres. En efecto, si los apóstoles hubieran conocido los misterios secretos y hubieran enseñado a los perfectos separadamente e ignorando los demás, hubieran comunicado también esos mismos misterios sobre todo a los que habían encomendado las Iglesias. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Nos encontramos en los cristianismos cerrados o esotéricos. San Ireneo lo deja claro: no existen misterios reservados a unos pocos dentro de la Iglesia, ni estos se transmiten a “elegidos” en ceremonias particulares. El Misterio Cristiano está expuesto delante de todos y depende de nosotros hacernos parte de El. Los esoterismos no forman parte de la Iglesia ni pueden formar parte de ella. La Revelación es Cristo mismo ofrecido por nosotros y quien desee beber del agua que da vida eterna… solo tiene que pedirla a Dios y hacerse merecedor de ella.

Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias? (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Las divergencias son humanas y deben ser resueltas por medio de la Tradición custodiada por las Iglesias más antiguas. Ante las divergencias, solo cabe la unidad. En todo caso, la Tradición es el fiel de la balanza que nos permite deshacer las dudas y llegar a entender la Verdad.

Así pues, la Tradición apostólica está viva en la Iglesia y dura entre nosotros. Ahora volvamos los ojos a las Escrituras, para sacar de ella la prueba de todas aquellas cosas que los Apóstoles dejaron por escrito en los Evangelios. Algunos de ellos escribieron de parte de Dios la Palabra, para mostrar que nuestro Señor Jesucristo “es la Verdad, y en él no hay mentira” (Jn 14,6; 1 Pe 2,22). Es lo que David profetizó, narrando su engendramiento de una Virgen y su resurrección de entre los muertos: “La Verdad ha brotado de la tierra” (Sal 85[84],12). También los Apóstoles, siendo discípulos de la Verdad, están lejos de toda mentira: “ninguna comunión es posible entre la mentira y la verdad” (1 Jn 2,21), así como “no hay comunión entre las tinieblas y la luz” (2 Cor 6,14); sino que la presencia de una excluye la otra. (San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías)

Es evidente que la Tradición está viva y es necesario retomarla y revivirla en los tiempos actuales. Dejemos de reclamar la Verdad como propiedad personal y entendamos que somos nosotros quienes somos propiedad Suya.


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Señor, líbranos de la tentación de creernos en posesión de la Verdad. Permítenos con humildad ser heraldos de la Revelación y mostrar a los demás la necesidad de ser una Iglesia Unida y Universal, fundamentada en la Tradición Apostólica.

A ti te rogamos, que tienes todo el poder 
y la gloria por los siglos de los siglos

Amén

domingo, 4 de abril de 2010

Catequesis Nº XVI: resurrección y ascensión de Jesucristo. (Cirilo de Jerusalén)


Como la catequesis de San Cirilo es larga, tomo los fragmentos más representativos. La totalidad puede ser consultada AQUÍ 

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1. «Alégrate, Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis» (Is 66, 10a) pues Jesús ha resucitado. «Llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacíais duelo», al conocer los crímenes y delitos de los judíos. Pues el que fue deshonrado por ellos en estos parajes ha sido devuelto de nuevo a la vida. Y así como la conmemoración de la cruz aportó algo de tristeza, así la fausta noticia de la resurrección debe alegrar a los aquí presentes. «Has trocado mi lamento en una danza, me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría» (Sal 30, 12); «mi boca está repleta de tu alabanza y de tu gloria todo el día» (71, 8), por causa del que, después de su resurrección, dijo; «Alegraos» (Mt 28, 9). Sé que en los días pasados los que aman a Cristo estaban tristes cuando, al terminar nuestro discurso sobre la muerte y la sepultura, y sin hacer un anuncio de la resurrección, el ánimo estaba expectante para oír lo que deseaba. Pero aquél, después de muerto, resucitó «libre entre los muertos» y como libertador de los muertos. El que ignominiosamente fue coronado en su paciencia con corona de espinas, al resucitar se ciñó con la diadema de la victoria sobre la muerte.

El modo como se procederá

2. Y al modo como hemos expuesto los testimonios relativos a su cruz, ahora mostraremos con claridad la resurrección. Partimos de lo que el apóstol dice: «...que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15, 4). Así pues, puesto que el Apóstol nos remite a los testimonios de las Escrituras, lo mejor será examinar en qué se apoya la esperanza de nuestra salvación y comprobar, en primer lugar, si las Escrituras nos hablan con precisión del tiempo de su resurrección: si ha tenido lugar en verano o en otoño o después del invierno, o en qué lugar resucitó el Salvador, y cuál es el nombre que en los profetas, hombres admirables, se atribuye al lugar de la resurrección. O si las mujeres, que lo buscaban sin encontrarlo, de nuevo se alegraron al encontrarlo de nuevo. De este modo, al leer los evangelios, sus narraciones no se considerarán como fábulas ni como poemas épicos.

Valor profético de Sal 88

8. Recibe también otro testimonio del salmo 88, cuando es Cristo el que proféticamente dicen: «Yahvé Dios de mi salvación, ante ti estoy clamando día y noche» (Sal 88, 2) y, poco después: «Soy como un hombre acabado: relegado entre los muertos» (88, 5). No dice «soy un hombre acabado», sino «como un hombre acabado»: no ha sido crucificado porque le falten fuerzas, sino voluntariarnente. Ni tampoco le llegó la muerte por una debilidad involuntaria. «Me has echado en lo profundo de la fosa» (v. 7). Y, ¿cuál fue la señal de esto?: «Has alejado de mí a mis conocidos». De hecho, huyeron sus discípulos (Mt 26, 56). «¿Acaso para los muertos haces maravillas?» (Sal 88, 11). Y, poco después: «Mas yo grito hacia ti, Yahvé, de madrugada va a tu encuentro mi oración» (v. 14). ¿Es que no ves cómo también se aclaran las circunstancias de tiempo tanto de la pasión como de la resurrección?

Jonás, imagen de la muerte y resurrección de Jesús

17. Pero dicen insistentemente: Es un muerto recientemente difunto que ha sido resucitado por un vivo, pero mostradnos que es posible que resucite un muerto de tres días y que sea llamado de nuevo a la vida un hombre que esté ya tres días sepultado. Pero, si buscamos una tal prueba, nos la suministra el Señor Jesús en los evangelios al decir: «Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches» (Mt 12, 40; cf.Jon 2, 1). Y cuando indagamos con cuidado la historia de Jonás, es grande la semejanza con lo nuestro. Jesús fue enviado a predicar la conversión: también Jonás (1, 2 es) fue enviado (a lo mismo). Pero éste, al no saber el futuro, huye: aquél, en cambio, accedió a anunciar la penitencia de salvación. Jonás dormía en la nave, y lo hacía profundamente (1, 5) mientras el mar estaba encrespado por la tempestad: también, cuando Jesús se encontraba durmiendo, se encrespó el mar por determinados designios (Mt 8,2 4-25), para que después se reconociese el poder del que estaba durmiendo (8, 27). Aquellos decían: «¿Qué haces aquí dormido? ¡Levántate e invoca a tu Dios! Quizás Dios se preocupe de nosotros y no perezcamos» (Jon 1, 6). Y aquí dicen al Señor: «¡Señor, sálvanos!» (Mt 8, 25). Allí decían: «¡Invoca a tu Dios!». Y aquí; «¡sálvanos!». Aquél dice: «Agarradme y tiradme al mar, y el mar se os calmará» (Jn 1, 12). Este, «increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza» (Mt 8, 26). Aquél fue a parar al vientre de la ballena (Jon 2, 1), pero éste descendió por su propia voluntad al lugar donde la muerte tragaba a los hombres. Descendió voluntariamente para que la muerte vomitase a aquellos que se había tragado, según aquello que está escrito: «De la garra del sheol los libraré, de la muerte los rescataré» (Os 13, 14).

18. Llegados a esta parte del discurso, consideremos si es más difícil que un hombre sepultado salga del suelo. ¿O acaso no se deshace y se corrompe un hombre en el vientre de un cetáceo, tragado en las vísceras cálidas de un ser vivo? ¿Quién ignora que es tanto el calor que hay en el vientre que deshace incluso los huesos que se devoran? Y Jonás, tras habitar tres días y otras tantas noches en el vientre de la ballena, ¿no estaría corrompido y deshecho? Siendo idéntica la naturaleza de todos los hombres, y no pudiendo vivir sin respirar el aire, ¿cómo pudo vivir tres días sin él? Responden los judíos y dicen: Juntamente con Jonás, cuando se agitaba en el sheol, descendió el poder de Dios. Dios daba así vida a su siervo otorgándole su poder. ¿Y no podía Dios darse ese poder a sí mismo? Si aquello era creíble, también esto lo es; y si esto no se puede creer, tampoco aquello. A mí ambas cosas me parecen igualmente creíbles. Creo que Jonás fue protegido, pues «para Dios todo es posible» (Mt 19, 26). También creo que Cristo resucitó de entre los muertos. Tengo múltiples testimonios de esta realidad, tanto de las Sagradas Escrituras como del mismo Resucitado, todos válidos hasta el día de hoy: el que descendió a los infiernos solo volvió acompañado de muchos, pues descendió a la muerte y muchos cuerpos de los santos que habían muerto fueron resucitados por él (Mt 27, 52).

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¿Qué hacemos mirando su tumba vacía? 
¡Cristo Vive! ¡Ha Resucitado
Alegría loor y gloria en los cielos y la Tierra. 
Dios ha elevado al Sol de Justicia por encima de quienes injustamente lo condenaron... 
y ahora ilumina al mundo y a todo aquel que lo acoge en su corazón. 
Amén

¡Feliz Pascua!



jueves, 1 de abril de 2010

Catequesis Nº XIII: Cristo crucificado y sepultado. (San Cirilo e Jerusalén)

Como la catequesis de San Cirilo es larga,  tomo los fragmentos más representativos. La totalidad puede ser consultada AQUÍ

Voluntariamente fue a la pasión sin rehuirla

6. ¿Quieres persuadirte más de que vino por voluntad propia a la pasión? Todos los demás, que ignoran su destino, mueren de mala gana, pero él predijo de su propia pasión: «El Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado» (Mt 26, 2). ¿Sabes por qué él, que amaba a los hombres, no rehusó la muerte? Para que el mundo no se perdiese por sus pecados. «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado y será crucificado» (vid. Mt 20, 18-19). Y, por otra parte: «El se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén». ¿Deseas conocer claramente que la cruz de Jesús es gloriosa? No me oigas a mí, sino a quien así lo dice. Era Judas quien lo entregaba, lleno de ingratitud hacia quien los había invitado. Se marchó pronto de la mesa tras beber el cáliz de la bendición, pero pasó de esta bebida de la salvación a derramar la sangre del justo. «El que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar» (Sal 41, 10). Poco antes sus manos recibían las bendiciones (o los trozos del pan bendecido), e inmediatamente después tramaba su muerte por el dinero por el que había pactado la traición. Al ser cogido en ello y al oír lo de «Tú lo has dicho» (Mt 26, 25), salió de nuevo. Después dijo Jesús: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12, 23). ¿Ves cómo sabía que su propia cruz era gloria para él?. Si Isaías, al ser aserrado, no cree que eso sea vergonzoso, Cristo, que muere por el mundo, ¿lo considerará un oprobio? «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12, 23): no porque antes careciese de gloria. Pues había sido glorificado «con la gloria que tenía a tu lado (en frase de Jesús) antes que el mundo fuese» (Jn 17, 5; cf. 17, 24). Pero desde la eternidad era glorificado como Dios; ahora, sin embargo, era glorificado en la corona del sufrimiento. No perdió su vida sin que lo quisiese ni fue muerto desprovisto de su fuerza, sino voluntariamente. Escucha lo que dice: «Tengo poder para darla (la vida) y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10, 18). Cedo ante los enemigos voluntariamente, pues, si no quisiera, no se realizaría. Llegó a la pasión por su voluntad libre, alegrándose de la obra eximia y más todavía por la corona que habría de recibir y por la salvación de los hombres. Al no avergonzarse ante la cruz, llevaba la salvación a todo el orbe. Y no era un hombre vil el que sufría, sino Dios hecho hombre luchando por el premio a su obediencia.

La salvación desde el leño de la cruz

20. Esta figura la ilustró Moisés crucificando a la serpiente, para que quien hubiera sido mordido por una serpiente viva, al mirar la serpiente de bronce, consiguiese, por creer, la salvación (Núm 21, 4-9). Y si la serpiente de bronce crucificada concede la salvación, ¿no otorgará la salvación el Hijo de Dios clavado a la cruz? Por un leño viene siempre la salvación. En tiempos de Noé, por un arca de madera se conservó la vida (Gén 7, 23). Y cuando Moisés extendió su vara sobre el mar, que se retiró por reverencia hacia el que lo tocaba (Ex 14, 16-21). Y si Moisés tanto pudo con su cayado, ¿será ineficaz la cruz del Salvador? Dejo a un lado, en honor a la brevedad, otras muchas figuras. Sin embargo, volvió dulce el agua en su momento (Ex 15,25), y del costado de Cristo brotó el agua en el madero (Jn 19, 34).

Gloriarse en la cruz

22. Pero si alguien profundiza más, encontrará también otras causas, aunque baste lo dicho tanto por la escasez de tiempo como por no cansar vuestros oídos, aunque nunca se debe experimentar cansancio de oír los triunfos del Señor, sobre todo, en este Gólgota tres veces santo, pues algunos sólo oyen, pero nosotros también vemos y tocamos. Que nadie se canse. Con la misma cruz toma las armas contra los adversarios. Haz de la fe en la cruz el estandarte contra los contradictores. Cuando tengas que discutir sobre la cruz contra los que no creen, haz antes con la mano la señal de la cruz y callará el enemigo. No te avergüences de confesar la cruz. Pues en ella se glorían los ángeles diciendo: «Sé que buscáis a Jesús, el Crucificado» (Mt 28, 5). ¿Es que acaso no podías, oh ángel, decir: «Sé a quien buscáis, a mi Señor». Pero «yo, dice sin embargo con confianza, lo he conocido crucificado». La cruz es, pues, triunfo y no ignominia.

La fuerza de la señal de la cruz

36. Que no nos agarrote la vergüenza de confesar a un crucificado. En la frente, como gesto de confianza, hágase con los dedos la señal de la cruz, y eso para todo: cuando comemos pan o cuando bebemos, en las entradas y salidas, antes de acostarnos, al dormir y al levantarnos, cuando caminamos y cuando estamos quietos. Es una gran protección: gratuita, por los necesitados; no cuesta esfuerzo, por los débiles, y, como quiera que ha sido dada por Dios como gracia: señal de los fieles y temor de los demonios, a los que en ella «exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal» (Col 2, 15). Pues cuando ven la cruz, les viene a la mente la imagen del crucificado. Temen al que machacó las cabezas del dragón (cf. Sal 74, 14). Porque sea gratuito, no desprecies este signo: venera en él más bien a nuestro bienhechor.

Que nadie te acuse de haber rechazado la cruz

38. Así pues, acepta la cruz como un cimiento firme y construye sobre él el resto de la fe. No reniegues del crucificado. Pues si reniegas de él, son muchos los que te acusarán. El primero que argüirá contra ti será el traidor Judas. Pues el primero que lo entregó llegó a saber que había sido condenado a muerte por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos (cf. Mt 27, 3). Lo atestiguan(66) las treinta monedas de plata (Mt 26, 15); lo atestigua Getsemaní, el lugar donde se realizó la traición (Mt 26, 47 ss). No le llamo todavía «Monte de los Olivos» (Lc 22,39), en el cual oraban de noche los que estuvieron allí. Lo atestigua la luna que lucía de noche. Lo atestiguan el día y el sol que se eclipsó, pues no podía soportar el crimen de los traidores. Te acusará el fuego alrededor del cual se estaba calentando Pedro (Jn 18, 18). Si niegas la cruz, te esperará un fuego eterno. Te hablo de duras realidades, para que no tengas más tarde que experimentar la dureza. Acuérdate de las espadas que caen sobre él en Getsemaní, para que no sufras tú la espada eterna. Te acusará la casa de Caifás, que, aun asolada, muestra hoy todavía el poder de quien en ella fue juzgado. El mismo Caifás se alzará contra ti el día del juicio; se levantará también el siervo que dio una bofetada a Jesús (Jn 18, 22), y también los que le maniataron y le condujeron. Contra ti se alzarán a la vez Herodes y Pilatos hablando más o menos de este modo: ¿Por qué niegas a quien fue traído calumniosamente hasta nosotros y de quien honradamente no pudimos decir que hubiera pecado? (cf. Lc 23, 14-15). Yo, Pilato, entonces me lavé las manos (Mt 27,24). Estarán en pie contra ti los mismos falsos testigos (cf. Mt 26, 60) y los soldados que se pusieron su manto color púrpura y le colocaron la corona de espinas (Jn 19, 2) y lo crucificaron en el Gólgota (19, 16-18) sorteándose su túnica (19, 24). Te acusará Simón de Cirene, que llevó la cruz de Jesús (Lc 23, 26).

La cruz, fuente de esperanza

41. La cruz aparecerá en su momento con Jesús en el cielo (Mt 24, 30). Delante irá el trofeo del Rey, para que los judíos, viendo al que traspasaron (Jn 19,37; cf. Zac 12, 10) y reconociendo por la cruz al que afrentaron con la ignominia, se deshagan en lamentos. Se alzarán unas tribus contra otras y se lamentarán, pero ya no tendrán tiempo para la penitencia. Nosotros, sin embargo, nos gloriaremos vitoreando a la cruz y regocijándonos en ella, adorando al Señor, que fue enviado y crucificado por nosotros, adorando también a Dios Padre, por quien fue enviado, juntamente con el Espíritu Santo. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


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Señor, toma mi vida y
abre mi mente a comprender que en el sufrimiento hay sentido
Saca de mí todo mal sentir hacia los otros.
Ayúdame a aceptar las cosas como son,
a aguantar la lengua,
a cumplir con mis tareas diarias,
a dar libertad con amor.
Que yo pueda darme cuenta de que en Tus manos todo se me provee,
Ayúdame a recordar que
el odio y el dolor dirigidos a mí
son el odio y el dolor que siente la otra persona.
Gracias por aceptar mi carga y por hacerla más liviana.
Amén

miércoles, 31 de marzo de 2010

De la autoridad de los Libros Sagrados, y cuán necesario es el uso de ellos

Es verdad que todo esto lo creía yo unas veces con mucha valentía y firmeza, otras veces con alguna flojedad; pero siempre creí que Vos existíais, y que teníais cuidado de nosotros, aunque no supiese ni lo que debíamos pensar y sentir de vuestra sustancia y naturaleza, ni cuál era el camino por donde habíamos de ir o volver a Vos. Por eso, hallándome imposibilitado de encontrar la verdad con razones humanas, seguras y ciertas, vine a conocer que para esto nos era necesaria la autoridad de las Sagradas Escrituras, y comencé a creer que de ningún modo hubierais dado tan grande autoridad y aprecio en todo el mundo a aquellos Libros, si no quisierais que os creyésemos por aquella Escritura y os buscásemos por ella misma. Porque ya atribula a la profundidad de sus misterios todo lo que antes me parecía absurdo en tales Libros, después que muchos de aquellos pasajes que me repugnaban los oí explicar en un sentido probable.



Su autoridad me parecía tanto más respetable y más digna de creerse con una fe sacrosanta, cuanto la Escritura es por una parte fácil de ser leída de todos, y por otra esconde en un sentido más profundo toda la dignidad de sus misterios, dándose generalmente y acomodándose a todos por sus palabras llanísimas, por la sencillez humilde de su estilo, y ejercitando al mismo tiempo el entendimiento de los que no son leyes de corazón en el creer. De aquí resultan dos cosas muy importantes: la una es recibir a todos universalmente en su seno; y la otra, ser muy pocos los que llegan a Vos, Verdad eterna, teniendo que pasar e introducirse, como por estrechos poros, penetrando la corteza de la letra; los cuales pocos, sin embargo, son muchos más de los que serían si no estuviera la Escritura en tan altísimo grado de autoridad, o no recibiera y abrazara indiferentemente a todo el mundo en el seno de aquella santa humildad y sencillez de su estilo.


Pensaba yo todas estas cosas y Vos, Señor, me asistíais, suspiraba y me escuchabais, vacilaba y me gobernabais, proseguía caminando por el anchuroso camino el siglo y Vos no me dejabais solo. (San Agustín. Las confesiones, Libro VI, cap V, 8)

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Señor, como dice tu siervo Agustín,
permítenos ser de los pocos que llegan a Vos, Verdad eterna.
Permítenos pasar por los estrechos poros y penetrar en la corteza de la letra
hasta llegar a su contenido.
Pero en todo caso, danos la humildad de aceptar que dónde lleguemos,
depende te ti y nunca de nosotros mismos.
Amén

domingo, 28 de marzo de 2010

La divina proporción


Estamos entrando de la Semana Santa. Semana en que recordamos la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, desembocando en la Pascua de resurrección… la fiesta más importante de todo cristiano. 

La Semana Santa aparece actualmente distorsionada por la cultura del reclamo turístico y vacacional, pero aún así, se nos presenta como un signo que nos interpela comprensión más allá de de todos los velos profanos con que se nos oculta. Ante nosotros se presenta el memorial con visiones contradictorias, gozo – sufrimiento,  desesperanza y gloria, pecado – perfección, que tenemos de desentrañar con cuidado para no quedarnos en la parcialidad de lo aparente.

Quedándonos en lo puramente religioso, comprender la armonía existente entre el memorial del sufrimiento, muerte y el desenlace de la resurrección de Cristo, resulta imprescindible. Quizás esta semana sea la más propicia para ahondar en la proporcionalidad entre sufrimiento, gloria y esperanza.

Las casualidades nada casuales de la vida, me han dado noticia de un insigne matemático y fraile franciscano: Lucca Pacioli (1445-1517). Este matemático renacentista fue amigo y maestro nada menos que de Leonardo Da Vinci y su influencia se nota en los cuadros de este. Luca escribió su obra “De Divina Proportione” y Leonardo la ilustró.

Proporción, armonía y belleza, son palabras que en el mundo postmoderno y en proceso de deconstrucción permanente, resultan extrañas y hasta artificiales. Se habla de la plenitud del vacío con tanta ligereza como se habla de la armonía de la unidad. El término proporción ha sido relegado al desafectado formato del porcentaje.

Luca Pacioli dedicó su vida a estudiar la proporción divina (áurea o número Phi). Fue el primero que divulgó la existencia de esta proporción y de las diversas implicaciones geométricas, místicas y teológicas de este famoso número. La proporción o sección divina aparece cuando la proporción entre los subsegmentos que resultan de dividir un segmento (AB) por un punto intermedio (X), es tal que AB/AX sea igual que AX/BX. Lo que parece un trabalenguas resulta ser una proposición de hondas analogías teológicas.

Decía Luca Pacioli: “el segmento es uno sólo como Dios pero que se halla en tres términos como la Santísima Trinidad, no admite una expresión de cantidad racional como tampoco se puede definir a Dios con palabras humanas, no se puede cambiar como tampoco se puede cambiar a Dios, que es inmutable y, finalmente, es necesaria para la construcción del dodecaedro, que corresponde a los cuerpos celestes igual que Dios da el ser a los cielos.”

Dando un paso más. Entendemos por armonía el perfecto equilibro o proporción entre elementos diferentes. La armonía no se obtiene mediante proporciones finitas y sencillas… ya que su máximo exponente es precisamente el número Phi: 1,61802339887… con sus infinitos decimales. La armonía nunca aparece como razón finita y abarcable. Más bien es todo lo contrario. La armonía nos supera, nos admira y nos crea en nosotros la voluntad de unirnos a ella.

Volviendo a la pasión de Cristo, nuestra Fe nos debería llevar a entenderla como un todo armónico y trascendente. Tanto si pensamos en la pasión y solo vemos en ella la resurrección, como si solo vemos en ella su cruenta muerte, estamos destrozando la proporción existente entre ambas y al mismo tiempo destruyendo la inmensa y cósmica armonía que está presente en los sagrados acontecimientos. 

Si ignoramos esta armónica proporción, no seremos capaces de entender el memorial de la pasión, muerte y resurrección que se renueva en cada Eucaristía. Tampoco entenderemos la necesidad de encontrar la armonía de nuestros gozos y sufrimientos cotidianos. 

¿Qué sentido tiene sufrir? Sufrimos cuando avanzamos en al vida y esto se hace patente cuando nacemos y morimos. Los gozos se cimientan en los sufrimientos y la esperanza liga ambos en un todo armónico. Se desespera quien sufre sin esperar que haya sentido en el dolor que padece. Pero sufrimiento, gozo y esperanza actúan como los tres segmentos que definen la proporción divina. 

Una tendencia muy difundida entre los cristianos actuales defiende que Cristo nos salvó a pesar de la cruz. Pero Cristo nos salvó gracias a la cruz, ya sin ella no hubiera habido resurrección. Sin muerte no hubiera habido resurrección. Sin el extremo sufrimiento no hubiera aparecido el gozo tremendo de volver a la vida. El antiguo testamento atestigua y señala que únicamente un Mesías sufriente sería el verdadero enviado de Dios. Isaías lo deja claro en diversidad de ocasiones.

¿A que viene entonces desechar la proporción como inservible para el ser humano “moderno”? Simplemente nos encontramos con el trabajo del  gran disgregador que nos intenta enseñar que la armonía es unidad, que el vacío es plenitud, que el sufrimiento es innecesario y que la belleza no está en la proporción… sino en nuestra subjetividad. Hasta osa ofrecernos a Dios mismo como algo subjetivo de cada cual. Pero Dios es uno, unidad y unicidad. Dios es belleza trascendida y extrema. 

La belleza no es mera casualidad, ya que la encontramos cuando la armonía se basa en la proporción perfecta. Nada unitario puede reflejar la belleza en la tierra… ya que no existe nada unitario en el universo. Solo Dios es Uno y su unidad excede todo. Si queremos unidad, solo la encontraremos en Dios, no en nosotros ni en nada material o emotivo que nos rodee. Nosotros, en nuestras limitaciones y naturaleza imperfecta, solo podemos luchar por alcanzar la divina proporción … que nos proyecta hacia Dios.

Os dejo unos videos interesantes sobre el tema de Luca Pacioli y la proporción divina:




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Dios Santo e Inmortal
Ten compasión de nosotros
Ten misericordia de nosotros
Ilumina nuestros pasos hasta Cristo mismo, 
Palabra revelada, Logos dador de sentido a todo lo que existe.
Amén
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