lunes, 11 de julio de 2011

¿De quién es la Verdad?

Ahora bien, nadie posee con seguridad los bienes que puede perder contra su voluntad. Pero la verdad y la sabiduría nadie la puede perder contra su voluntad; porque nadie puede ser separado de ella por la distancia de lugar, y así, cuando hablamos de separación de la verdad y de la sabiduría, entendemos por esto la perversión de la voluntad, que menosprecia las cosas superiores y ama las inferiores. Por lo demás, nadie quiere una cosa sin quererla.

Tenemos, pues, en la verdad un tesoro, del que todos gozamos igualmente y en común; ningún sobresalto, ningún defecto menoscaba este gozo. No tiene, no puede tener la verdad amadores envidiosos entre sí; a todos se da igualmente toda, y a todos y cada uno en suma castidad. Nadie dice al otro: Retírate para acercarme yo: apártate tú para abrazarla yo; no, todos están estrechamente unidos a ella, todos la poseen toda a la vez. Sus manjares no se dividen en partes; nada de ella bebes tú que no pueda beber yo.

Nada de lo que de ella participas conviertes en algo exclusivamente tuyo, sino que todo lo que de ella tomas queda íntegro también para mí. Lo que a ti te inspira, no espero que vuelva de ti para inspirármelo a mí; porque nada de la verdad se convierte nunca en cosa propia de alguno o de varios, sino que simultáneamente es toda común a todos. (San Agustín. Tratado sobre el Libre Albedrío Cap XIV, fragmento)


Este texto de San Agustín nos muestra una característica de la Verdad que rara vez tenemos en cuenta: la verdad no tiene propietario. ¿No es soberbia sentirse mínimamente poseedor de algo de ella?

Entonces ¿Por qué somos tan dados a discutir por la Verdad? En general lo que defendemos no es la Verdad, sino nuestra verdad frente a la de los demás. Con lo fácil que es ir a beber de la fuente de vida eterna y dejarnos de disputas. Pero para beber hay que arrodillarse públicamente ante la fuente de la Verdad y eso hiere nuestro orgullo.

viernes, 8 de julio de 2011

Primero pensar, luego creer

¿Quién no ve que primero es pensar que creer? Nadie en efecto cree, si antes no piensa que se debe creer... Es preciso que todo lo que se cree, se crea después de haberlo pensado (San Agustín. Tratado sobre la predestinación de los Santos 2,5).

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Seguramente le parecerá que esta frase de San Agustín se contradice con las palabras de Cristo a Santo tomas. "Le dice  Jesús: [ A Tomás] «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»" (Jn 20,29). Pero no es así.

Una Fe sin reflexión es una Fe congelada e incapaz de transmitirse a los demás y dar frutos. Dios quiere para nosotros una Fe viva y activa, no una fe que se desentiende de su coherencia. En la parábola de los talentos. ¿Quién se desentiende de la responsabilidad que ha depositado el dueño en él? El que guarda su talento para devolverlo tal cual. Quienes actúan correctamente son los otros dos depositarios, ya que devuelven más y lo hacen en proporción a lo recibido. Si no reflexionamos sobre la Palabra de Dios, la Tradición y Doctrina ¿Dónde vamos? ¿Sin reflexión es posible enraizar las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad?

Ahora, pensar la Fe no es manipularla ni trastocarla según nuestros gusto y tendencias del momento. Se trata de colaborar con Cristo  para convertirnos según la Fe y no convertir la Fe para que se adapte a nosotros.

martes, 5 de julio de 2011

Belleza, verdad y caridad. Exhortaciones del Santo Padre a los artistas.

En la mañana del día 4 de Julio, Benedicto XVI inauguró la muestra preparada en festejar sus sesenta años de sacerdocio. Allí el Santo Padre leyó un discurso que no tiene desperdicio y del que comparto con usted algunos pasajes:

Quizás se pregunte la razón para que los artistas y la iglesia se unan con un objetivo común. Ciertamente Dios es Caridad y Belleza. Los artistas toman el reflejo de Dios para realizar sus obras. A su vez, sus obras nos permiten ver a Dios reflejado en ellas. Esta simbiosis es muy valorada por el Santo Padre, que aprovecha la ocasión para catequizarnos en su Misterio:

 «En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como «címbalo que retiñe» (1 Co 13, 1)»

El lenguaje que utiliza Su Santidad tiene claros ecos del episodio evangélico de la samaritana en el pozo de Jacob (Jn 4, 7-24). Cristo le pide agua a la Samaritana. La samaritana sorprendida se acerca a Cristo y entabla una profunda conversación. Igual que al samaritana, necesitamos acercarnos a Cristo para ver unidas caridad y verdad.

Y precisamente de la unión, quiero decir de la sinfonía, de la perfecta armonía de verdad y caridad, es de donde mana la auténtica belleza, capaz de suscitar admiración, maravilla y alegría verdadera en el corazón de los hombres.

La palabra sinfonía está muy bien elegida. Me recuerda un texto de San Clemente de Alejandría que utiliza este símil (Protréptico. XII, 120). La samaritana se sorprende y Cristo le dice: “«Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» ¿Agua viva? ¿De dónde mana esa agua? La samaritana está cada vez más aturdida. Pero aún así empieza a sentirse en sintonía con Cristo. Por eso le pide de esa agua Viva. Ella la necesita como nosotros necesitamos la verdad y la caridad.

El mundo en que vivimos necesita que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la mentira o por la banalidad; necesita que la caridad inflame y no sea derrotada por el orgullo y por el egoísmo.Necesitamos que la belleza de la verdad y de la caridad toque lo más íntimo de nuestro corazón y lo haga más humano.”

Dice Cristo a la samaritana: "Todo aquél que bebe de esta agua volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás tendrá sed; pero el agua que yo le daré se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna" Deberíamos de preguntarnos si nuestra obras son fuentes de esa Agua Viva, o solo son seca estética sin más sentido que agradar a los sentido. Cristo pide a la samaritana que traiga a su marido, pero ella confiesa que no lo tiene. Cristo le exhorta a ordenar su vida de una forma más humana y con un corazón que refleje la belleza y verdad. Un corazón vivo que es fuente de Agua Viva

Para terminar, Su Santidad  nos exhorta de manera muy interesante:

“no separéis jamás la creatividad artística de la verdad y de la caridad”

El arte que pretende ser reflejo de Dios no puede realizarse desde la mentira y la falta de afecto con nuestros hermanos y la creación. Crear estéticas vacías que pueden engaña a los ojos, nos lleva a vaciar el corazón y sumirnos en desesperanza

“no busquéis jamás la belleza lejos de la verdad y de la caridad”

La belleza se hace arte, cuando la obra que realizamos está cargada de significado y este significado va mucho más lejos de lo inmediato y cotidiano.

“al contrario, con la riqueza de vuestra genialidad, de vuestro impulso creativo, sed siempre, con valentía, buscadores de la verdad y testigos de la caridad”

El artista se hace receptáculo de la Gracia e inspiración de Dios y por medio de su arte, acerca la trascendencia del Reino al mundo. Pero la búsqueda no es algo en que nuestras fuerzas sean suficientes. Sin El no podemos nada. Esta búsqueda no es más que dar un “sí” consciente y pleno que permita a Dios manifestarse por medio nuestra. Este “sí” crea un vínculo sagrado entre Dios y nosotros. La obra así realizada dará noticia de Dios y unirá en el amor-caridad a todos los que tengan oídos para oír y ojos para ver.

“haced que la verdad resplandezca en vuestras obras y procurad que su belleza suscite en la mirada y en el corazón de quien las admira el deseo y la necesidad de hacer bella y verdadera la existencia,…”

El Santo Padre nos señala algo muy importante, la finalidad del arte: ayudarnos a la conversión. Convertirnos por medio de la Belleza y la Verdad. Así nuestra vida será bella y verdadera. Todo tendrá sentido y nosotros seremos parte de ese sentido.

“…toda existencia, enriqueciéndola con el tesoro que nunca se acaba, que hace de la vida una obra maestra y de cada hombre un extraordinario artista: la caridad, el amor”

El Santo Padre vuelve a hablarnos con ecos del episodio del pozo de Jacob. El tesoro que no se acaba es el Agua Viva que quita la sed para siempre. Esta agua es Dios mismo que se revela a nosotros por medio de la belleza y caridad implícita en toda obra de arte. Arte fundamentado en la Belleza y la Verdad.

Dios nos conceda capacidad para dar ese “sí” que supone colaborar con Su voluntad.

viernes, 1 de julio de 2011

El Sagrado Corazón de Jesús, rostro de Dios, gafas y limpieza de corazón. Vaya galimatías.

[Santa Catalina oyó que Dios decía:] En el último día del juicio, cuando el Verbo, mi Hijo, revestido de mi majestad, vendrá a juzgar al mundo con su poder divino, no vendrá como pobre y miserable tal como se presentó cuando nació del seno de la Virgen, en un establo y en medio de animales, o tal como murió, entre dos ladrones. Entonces, en él mi poder estaba escondido; como hombre le dejé sufrir dolores y tormentos. No fue, en absoluto, que mi naturaleza divina se separara de la naturaleza humana, sino que le dejé sufrir como a hombre para expiar vuestras faltas. No, no es así que vendrá en el momento supremo: vendrá con todo su poder y con todo el esplendor de su propia persona.

A los justos les inspirará, al mismo tiempo que un temor respetuoso, un gran júbilo. No es que su rostro cambie: su rostro, en virtud de su naturaleza divina, es inmutable porque no es sino uno conmigo, y en virtud de la naturaleza humana su rostro es igualmente inmutable porque tiene asumida la gloria de la resurrección. A los ojos de los réprobos, aparecerá terrible, porque le verán con ese ojo de espanto y turbación que los pecadores llevan dentro de sí mismos. ¿No es lo mismo que ocurre con un ojo enfermo? Cuando brilla el sol no ve más que tinieblas, mientras que el ojo sano ve la luz. No es que la luz tenga algún defecto; no es que el sol cambie. El defecto está en el ojo ciego. Es así como los réprobos verán a mi Hijo: en la tiniebla, el odio y la confusión. Será por culpa de su propia enfermedad y no a causa de la majestad divina con la que mi Hijo aparecerá para juzgar al mundo. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, cap. 39)
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No hace falta esperar al día del juicio para preguntarnos ¿Cómo vemos el rostro Dios cada uno de nosotros? ¿Qué les sucede a nuestros ojos? ¿No somos capaces de ver a Dios de forma clara?

Cuando hablo con ateos es frecuente que ellos lo pinten como algo innecesario y en todo caso sádico, desprovisto de lógica y hasta malo por naturaleza. Lo entienden como una pintura de nosotros mismos, que encima está hecha para asustar a quienes son “tan tontos” de acercarse a la Iglesia.

Pero ¿Cómo ver a Dios lo más objetivamente posible? Cristo nos da una pista maravillosa en las bienaventuranzas:

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)

¿Pero podemos ver a Dios o no? ¿Cómo ver a Dios?

Y si alguien nos pregunta por qué está dicho: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8), nuestra posición, a mi juicio, se afirmará mucho más con esto, pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón, sino entenderle y conocerle con la mente, según lo que antes hemos expuesto? En efecto, muchas veces los nombres de los miembros sensibles se refieren al alma, de modo que se dice que ve con los ojos del corazón esto es, que comprende algo intelectual con la facultad de la inteligencia. Así se dice también que oye con los oídos cuando advierte el sentido de la inteligencia más profunda. Así decimos que el alma se sirve de dientes cuando come, y que come el pan de vida que descendió del cielo(Orígenes de Alejandría. Los Principios)

Ver realmente a Dios es imposible. Para nosotros, ver a Dios es entender el sentido que tiene en nuestra vida. Pero todo entendimiento que tengamos de Dios está influenciado por nosotros mismos. Influenciado por “nuestra propia enfermedad” ocular, tal como Santa Catalina nos indica.

Si somos ciegos de entendimiento, no podremos ver a Dios. Si tenemos problemas en el entendimiento, lo veremos deformado según la misma deformación interior que tengamos cada cual. A veces la deformación es tal, que en nuestra desesperación buscamos “lentes” o prótesis externas para poder encontrar algún sentido en la distorsionada forma de entender que tenemos. Las lentes nos ayudan, nadie lo niega, pero no llegan transformar nuestra naturaleza. Nos permiten seguir adelante sin la debida y necesaria conversión. Las lentes son cómodas formas de no tener la necesidad de cambiar. Además, hay lentes que colorean y distorsionan a propósito lo que vemos. Hay que tener cuidado y reflexionar sobre estas ayudas que nos hacen dejar la conversión para más adelante.

Y ¿Qué tiene que ver todo esto con el Corazón de Jesús? Hoy es la fiesta en que hacemos memoria del Corazón de Cristo y es bueno entender qué a través de esta figura lo que vemos es al propio Cristo y a Dios.

El corazón de algo, es su parte más interna, la esencia de su propio ser. Ver el Corazón de Jesús es ver la naturaleza de Dios que se manifiesta ante nosotros en su expresión más clara y diáfana. Por lo tanto, no se trata de una fiesta segundaria de devoción emotiva. Esta celebración es una oportunidad que nos brinda Dios para la reflexión y la conversión.

Al menos para mí, esta celebración me mueve a reflexionar sobre la limpieza y naturaleza de mi corazón, ya que en la proporción de su transparencia y perfección, podré entender y admirar el Corazón de Jesús. También me lleva a reflexionar sobre las “lentes” que he elegido para paliar mis defectos “visuales” ¿Son adecuadas las lecturas, compromisos, sentimientos que albergo en mi corazón? ¿Necesito más oración y voluntad de dejarme en manos de Cristo?

En la eucaristía de hoy podríamos pedir a Dios que nos ayude a limpiar-convertir nuestro corazón. De esta forma no tendremos que buscar prótesis externas para ver-entender el rostro de Dios. Rostro de Dios que se nos presenta como el Corazón de Jesús.

Que el Sagrado Corazón nos ayude a limpiar y sanar nuestros corazones.

miércoles, 29 de junio de 2011

La responsabilidad del Pastor. ¡Feliz 60 aniversario Santo Padre!

Luego ¿todavía vas a discutir conmigo que no hice bien en engañarte cuando vas a estar al frente de todos los bienes de Dios, y a realizar de por vida aquello que dijo el Señor a Pedro, que se levantaría, si lo hacía, por encima de los demás apóstoles?

Pedro -le dice-, ¿me amas más que éstos? Pues apacienta mis ovejas". Podía ciertamente haberle dicho: «Si me amas, practica el ayuno, duerme en el suelo, guarda altas vigilias, protege a los oprimidos, sé como un padre para los huérfanos y haz con sus madres oficio de marido». La verdad es que todo eso lo deja a un lado y sólo le dice: Apacienta mis ovejas. Porque todo eso que acabo de enumerar, cosas son que fácilmente pueden cumplir muchos de los súbditos, no sólo los varones sino también las mujeres. Mas cuando se trata del gobierno de la Iglesia y de encomendar el cuidado de tantas almas, ante la grandeza de esta tarea, retírese a un lado todo el sexo femenino y aun la mayoría de los varones, y sólo den paso adelante aquellos que entre éstos aventajen en gran medida a todos los otros y, así descuellen por la virtud de su alma sobre los demás cuanto Saúl por la estatura de su cuerpo sobre todo el pueblo hebreo, y aún mucho más. Porque no basta aquí sobrepasar a los demás por encima del hombro". No. La diferencia que va de los animales sin razón a los hombres racionales, esa misma ha de mediar entre el pastor y los apacentados, por no decir que mayor, pues cosas mucho mayores se arriesgan.

En efecto, el que pierde un rebaño de ovejas, sea porque se las arrebaten los lobos o le asalten ladrones o las ataque una peste o les sobrevenga otro cualquier accidente, todavía puede esperar algún género de perdón de parte del dueño del rebaño, o, en caso de que se le exija un castigo, tendrá que pagarlo solamente con dinero. Mas aquel a quien se le encomiendan hombres, que son el espiritual rebaño de Cristo, en primer lugar, el daño que sufrirá en el caso de perder las ovejas, no será en dinero, sino en su propia alma; y en segundo lugar, la lucha que tendrá que sostener es mucho más dura y difícil. No tendrá que luchar contra lobos, no deberá temer a los salteadores ni preocuparse de alejar la peste de su ganado. ¿Contra quiénes será su guerra, contra quiénes tendrá que combatir? Oye al bienaventurado Pablo que te lo dice: No es nuestra lucha contra sangre o carne, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus del Mal que están en las alturas.
(San Juan Crisóstomo, De sacerdotio 11, 2)

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Ser pastor es una inmensa responsabilidad, tal como nos indica en este texto San Juan Crisóstomo. Pero ¿Cuál será la responsabilidad de aquel que es pastor universal? Sólo de pensarlo me tiemblan las piernas.

Tenemos que orar por nuestros sacerdotes, obispos y diáconos, pero no dejemos atrás al Santo Padre. Necesita de nuestras oraciones en su labor diaria y constante. Su lucha es una lucha diaria contra el mal en sus múltiples manifestaciones.

Felicidades Santo Padre. Cuente con nuestras oraciones

lunes, 27 de junio de 2011

Blog Corazón eucarístico de Jesús. El Sagrario... recomendado

Les recomiendo la entrada de hoy del blog Corazón eucarístico de Jesús. El Sagrario, que D. Javier Sánchez Martínez, sacerdote de la diócesis de Córdoba, lleva con maestría y gran amor a la Tradición y Liturgia.

D. Javier comparte con nosotros un tema de gran importancia para todo creyente: La mirada de Dios es mirada de futuro (Ex 3)

El pasaje bíblico de la zarza ardiente nos permite profundizar en muchos e interesantes aspectos de la revelación de Dios a los seres humanos. La mirada de Dios no es algo insustancial, sino que debería se Luz que nos conduce por el camino de nuestra vida. ¿Quieren saber más? Pulsen en la figura siguiente:

miércoles, 22 de junio de 2011

Palanca de Arquímedes y la Conversión

Aquel que desea unirse con alguien debe, por supuesto, adoptar su manera de ser, imitándolo. Es pues una necesidad para el alma que desea convertirse en esposa de Cristo, hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, según el poder del Espíritu. Porque no es posible que se una a la luz aquel que no brilla con el reflejo de esta luz. Y he aprendido del Apóstol Juan: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3,3). El Apóstol Pablo escribe también: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1).

El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de sí toda falta; las que se cumplen visiblemente con las acciones: quiero decir, el robo, la rapiña, el adulterio, la avaricia, la fornicación, el vicio de la lengua, en resumen, todos los géneros de faltas visibles; y también los males que se introducen subrepticiamente en las almas, y que permaneciendo escondidos para la gente del exterior, devoran al hombre de una manera cruel: es decir, la envidia, la incredulidad, la malignidad, el fraude, el deseo de lo que no conviene, el odio, el fingimiento, la vanagloria, y todo el enjambre engañador de estos vicios que la Escritura odia, que rechaza con disgusto al igual que los pecados visibles, como si fueran de la misma ralea y generados del mismo mal. (San Gregorio de Nisa, La Meta Divina y la Vida Conforme a la Verdad Cap 1, fragmento)

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En mi comentario resaltaría la frase “hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, según el poder del Espíritu” presente en este texto de San Gregorio. Pero ¿Cómo podemos hacernos conformes a la belleza de Cristo?

Lo primero sería recordar que ya somos imagen de Dios, puesto que fuimos creados a su imagen y semejanza (Gn 1:26-27) Pero esta definición no implica que seamos copia ni iguales a Dios. Además, tras el pecado original, la imagen y semejanza ha sido drásticamente emborronada por el pecado.

Tal como dice San Gregorio, tenemos que rechazar toda falta e intentar reflejar la Luz de Dios, que es Cristo mismo (Jn 1,9) Tenemos que convertirnos. "El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de sí toda falta." ¿Podemos transformar nuestra naturaleza agrietada por nosotros mismos? ¿Difícil? Más bien imposible si contamos con sólo con nuestras fuerzas. ¿Cómo hacerlo entonces?  Pero: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3,3).

Pongamos un símil: ¿Cómo elevar un pesado fardo que excede nuestras fuerzas? Seguramente piensen en una palanca como la opción adecuada. También podemos utilizar una máquina hidráulica basada en le principio de Pascal. De todas maneras, aunque los elementos analógicos cambien, el símil es el mismo.


¿De qué partes consta una palanca? Tenemos un brazo, plancha o tablón suficientemente largo e indeformable y un sólido punto de apoyo. Colocamos la palanca de forma que la longitud entre el punto de apoyo y el peso sea menor que entre el mismo punto de apoyo de nosotros. Nuestra escasa fuerza se ejerce sobre el extremo contrario al que colocamos el fardo y... ¡Vaya! El pesado fardo sube de manera milagrosa. ¿Cómo es posible? Nuestra fuerza es la misma, pero hemos conseguido lo imposible. 


La razón del aparente "milagro" operado con la palanca es un principio universal que se estudia en física y sobre el que no voy a extenderme. Lo interesante es determinar las analogías y aprender de ellas.

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” decía Arquímedes. ¿Qué mejor punto de apoyo que Dios Padre? El es referencia universal y causa de todas las causas. Cristo oraba al Padre y pedía que su voluntad fuese la que viniera a nosotros. La oración al Padre es fundamento de nuestra conversión.

¿Qué será la plancha o tablón? ¿Qué representa la tenacidad, templaza y sostén de todo cristiano? El Espíritu Santo. Los dones que Dios nos ofrece por medio del Espíritu son la tabla rígida y sólida que necesitamos. ¿Pedimos a Dios los dones del Espíritu? Sin ellos poco podemos transformar en nosotros.

¿Ya está? No. Falta algo. La palanca tiene un elemento adicional que no siempre se considera: la proporción. Las distancias que existen entre fardo, punto de apoyo y el punto de aplicación de la fuerza dan lugar a dos segmentos diferentes, que sumados dan la longitud total de la plancha. No cualquier proporción de estos segmentos da lugar un resultado positivo en la labor de elevar el fardo. ¿Quién es la proporción universal que revela a Dios en el mundo? ¿Quién es la Piedra Angular de toda obra humana y divina? Cristo. ¿Dónde está Cristo? En los sacramentos, en la Palabra de Dios y en medio de nosotros cada vez que nos reunimos en Su Nombre. La frase de San Gregorio: hacerse conforme a la belleza de Cristo, toma ahora un especial significado. Imitar a Cristo es asimilar en nosotros la proporción necesaria para nuestra conversión. Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1).

Bueno, alguno se preguntará ¿En dónde participamos nosotros en este símil? Participamos por medio de nuestra voluntad que es la  escasa y frágil fuerza a de la que disponemos. Irrisoria, mínima, pero imprescindible.

Hay una reflexión adicional que no se nos debe escapar ¿Podemos considerar a Dios como una herramienta a nuestro servicio? Si leemos este símil podríamos entender que la palanca está dispuesta para hacer nuestra voluntad por medio de Dios. Pero esto no es así. Dios no está para lo que queramos. Dios está presente en universo  y se hace evidente por medio de su voluntad. La voluntad de Dios es el motor inmóvil, causa primera de toda transformación.


¿Cuál es la voluntad de Dios hacia nosotros? Nuestra conversión. Nuestra transformación en herramientas perfectas. Herramientas con las que El trabaja y transforma el mundo en su Reino.


Ya nos dijo Cristo: Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.  ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (LC 11, 9-13)
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