domingo, 31 de julio de 2011

Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican

Salomón dice en el libro de los Salmos: "Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican" (Ps 127,1). La intención de estas palabras no es de apartarnos del esfuerzo por edificar, o de conseguir abandonar toda vigilancia y cuidado de la ciudad que es nuestra alma. Estaremos en lo correcto si decimos que un edificio es la obra de Dios más que del constructor, y que la salvaguardia de la ciudad ante un ataque enemigo es más obra de Dios que de los guardas.

Pero cuando hablamos así, damos por supuesto que el hombre tiene su parte en lo que se lleva a cabo, aunque lo atribuimos agradecidos a Dios que es quien nos da el éxito. De manera semejante, el hombre no es capaz de alcanzar por sí mismo su fin. Este sólo puede conseguirse con la ayuda de Dios, y así resulta ser verdadero, "que no es del que quiere ni del que corre". De la misma manera nosotros debíamos decir lo que se dice de la agricultura, según está escrito: "Yo planté, Apolos regó; mas Dios ha dado el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento" (1Co 3,6-7). Cuando un campo produce cosechas buenas y ricas hasta su madurez, nadie afirmará piadosa y lógicamente que el granjero produjo los frutos, sino que reconocerá que han sido producidos por Dios; así también nuestra obra de perfección no madura por nuestro estar inactivos y ociosos, y, sin embargo, no conseguiremos la perfección por nuestra propia actividad.
Dios es el agente principal para llevarla a cabo. Podemos explicarlo con un ejemplo tomado de la navegación. En una navegación feliz, la parte que depende de la pericia del piloto es muy pequeña comparada con los influjos de los vientos, del tiempo, de la visibilidad de las estrellas, etc. Los mismos pilotos de ordinario no se atreven a atribuir a su propia diligencia la seguridad del barco, sino que lo atribuyen todo a Dios. Esto no quiere decir que no hayan hecho su contribución; pero la providencia juega un papel infinitamente mayor que la pericia humana. Algo semejante sucede con nuestra salvación, donde lo que Dios hace es infinitamente más grande que lo que hacemos nosotros y, pienso, que por eso se dijo: "No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". Porque en la manera que ellos tienen de explicarlo, los mandamientos son superfluos y en vano Pablo culpa a los que se apartan de la verdad y alaba a los que permanecen en la fe, ni hay ningún propósito en dar ciertos preceptos e instrucciones a las iglesias si fuera vano desear y luchar por el bien. Pero es cierto que estas cosas no se hacen en vano y también que los apóstoles no dieron instrucciones en vano, ni el Señor leyes sin razón. (Orígenes. Tratado sobre los Principios, 3118-18)

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Orígenes cita un maravilloso misterio: “nuestra obra de perfección no madura por nuestro estar inactivos y ociosos, y, sin embargo, no conseguiremos la perfección por nuestra propia actividad”. Sin Dios nada podemos, pero al mismo tiempo Dios no hará nada contra nuestra voluntad.

Esta frase delimita el maravilloso equilibrio que el cristiano debe hacer suyo durante su vida y que la célebre frase monacal, expresa tan bien: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No esperemos ser nosotros quienes salvemos al mundo o a la Iglesia, pero no por ello debemos instalarnos en la comodidad de la pasividad e indiferencia.

Ciertamente, el verano es propicio para relajarse en todos los sentido. En la sociedad de las prisas, tener de repente tiempo libre nos aturde y nos hace caer en la pasividad y la melancolía. Sobre todo si el fuerte calor entra a formar parte de lo cotidiano. Descansar es maravilloso, pero que el descanso no se extienda hasta nuestro compromiso cristiano. El verano es un tiempo especialmente propicio para aumentar nuestra capacidad de sacrificio.

lunes, 25 de julio de 2011

Fe Recta y Acción buena

Sometamos, pues, el alma a Dios, si queremos someter nuestro cuerpo a servidumbre y triunfar del diablo. Y la fe es la primera que somete el alma a Dios. Luego vienen los preceptos de buen vivir, con cuya observancia se afirma la esperanza, se nutre la caridad y empieza a comprenderse lo que antes tan sólo se creía. El conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre; y así como en el conocimiento hay que evitar el error, así en la conducta hay que evitar la maldad. Yerra quien piensa que puede comprender la verdad viviendo inicuamente. Iniquidad llamo amar a este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, desearlo y trabajar para adquirirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca, entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella mira, auténtica e inalterable verdad, adherirse a ella y permanecer adherida para siempre. Por lo tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aun no podemos entender; porque con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis. (San Agustín. El combate cristiano, Cap 13, 14)

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San Agustín nos indica un camino sobre el que andar: Primero hemos de creer después tenemos que someternos y experimentar los preceptos y sólo después podemos empezar a entender lo que antes solo se creía.

Dios nos pide que aceptemos con confianza aquello que El nos ha revelado, ya que sólo partiendo de esta revelación podemos actuar y después entender. Este enunciado no está muy lejos del método científico. Hipótesis, experimentación y certeza. Pero esto no quiere decir que la Fe sea algo medible o analizable en probetas. Hablamos de dos dimensiones diferentes que no podemos mezclar aunque presenten una evidente y reveladora analogía.

En todo caso, la probeta sería nuestra vida y la certeza se obtiene únicamente si se parte de la Fe necesaria para dejarse convertir por Dios mismo. Esta confianza nos permite ir andando el camino hacia la santidad.

Igual que no se puede experimentar científicamente sin comprometer los medios necesarios, tampoco podemos dejarnos convertir, sin comprometernos a nosotros mismos.

Por eso el conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre. La felicidad sólo puede alcanzarse según nuestra conversión se produce y vamos entendiendo lo revelado por Dios.

viernes, 22 de julio de 2011

El Símbolo de la Fe

Al aprender y confesar la fe, debes abrazar y guardar como tal sólo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras —a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones—, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón. Y cuando penséis en esto meditándolo, tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se os ha entregado.

Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (cf. 2 Cor 11, 14), quisiera inducirte a error. Pues «aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!» (Gál 1, 8).

La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe. Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf. 2 Tes 2, 15).. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 12)

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San Cirilo de Jerusalén nos habla del símbolo de la Fe: el Credo. Durante los primeros siglos, el Símbolo solo podía ser conocido por quienes hubieran sido bautizados y además no podía ser escrito. Debía ser aprendido de memoria para así retenerlo escrito en el alma. Los profanos no podía conocerlo para que así no pudieran profanarlo al exponerlo sin realmente tenerlo escrito en alma. Pero los tiempos cambiaron y al aceptarse el cristianismo como religión oficial del imperio (allá por el siglo VI) el carácter sagrado-oculto del Símbolo apostólico se fue perdiendo.

Pero que actualmente no se (re)conozca el carácter sagrado del Símbolo, no lo despoja de ser instrumento necesario para nuestra unión con Dios. Se tiene constancia indirecta de la confección del canon del Símbolo en los tiempos apostólicos, por lo que es más que probable que los propios apóstoles lo configuraran y lo donaran a las comunidades como parte del patrimonio entregado por Cristo en forma de revelación.

Es evidente que profesar el Símbolo unidos en comunidad nos hace constituir y renovar el vínculo sagrado existente entre nosotros y Dios. Sería deseable que a la profesión del Símbolo se le diera toda la solemnidad y consciencia, que requiere el acto que realizamos.

Con el símbolo repasamos el conjunto de pilares sobre los cuales se apoya nuestra Fe y unidad. Recordemos que dentro del Símbolo, profesamos nuestra Fe en una Iglesia única, universal, santa y apostólica. No son palabras vanas o una mera referencia a pertenecer una tradición determinada. Se trata de reconocer y proyectar nuestra comunidad dentro de la Iglesia universal, aceptando su carácter único y santo. Se trata de reconocer que la Iglesia es más que el conjunto de particularidades, instituciones y reglamentos. Se trata de ver en la Iglesia como un ideal a construir cada día entre nosotros.

El Símbolo apostólico une a cada fiel con la comunidad y a su vez, une a la comunidad con la Iglesia universal. Al mismo tiempo se une a la Iglesia actual con la Iglesia primitiva, dentro de una continuidad que lejos de ser aparente es una evidencia sagrada.

Pero lo que quizás sea más importante sería entender que nuestra Fe no es una fe ciega o producto del miedo. La fe es luz que nos permite entender lo que somos y lo que nos rodea. La Fe es alegría que parte de la Gracia proveniente del Amor de Dios. ¿Cómo podría partir del miedo? En todo caso podría causarnos temor consciente y reverente, pero nunca miedo.

Profesar la Fe es unirnos para cantar Marana-Thá (Ven Señor). Venga a nosotros tu Reino. Pero que todo sea según Tu voluntad.

miércoles, 20 de julio de 2011

Fides quaerens intellectum

Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre.

Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... «Dios es amor» (1 Jn 4, 16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. «Dios es fiel» (I Cor 1, 9; 10, 13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes. «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad. (Clemente de Alejandría. Stromata. V, 11, 1ss)

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¿Pensamos que la fe es inoperante y pasiva? ¿Quizás esperamos sentados a que Dios nos resuelva los problemas? Ciertamente la fe nos mueve, pero ¿A qué nos mueve? Nos mueve a comprender, sentir y actuar.

Tal como nos indica Clemente, para entender la fe es necesario que nos familiaricemos con el amor de Dios.  La fe no trata de creer algo que no se ve, sino de creer en aquello que se nos revela. Indudablemente tenemos que aceptar lo revelado, contemplarlo y comprenderlo. Acercarnos a nuestra verdadera naturaleza mediante la humildad de sabernos limitados y falibles. Sólo así podremos actuar con la pureza de los niños. Solo actuando como niños podremos ver a Dios en todo lo que nos rodea.

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. (Mt 5,8)

Tan simple y tan complicado para el ser humano de nuestros días. El ser humano se siente poseedor de todo el poder y el conocimiento, además se siente capaz de delimitar por si mismo qué es el bien y el mal. En la sociedad actual, más que negar a Dios, nos afanamos en olvidarle o recluirle de manera controlada en espacios y momentos delimitados. Lugares y tiempos cuanto más profanos mejor, a fin de evitar sentirnos fuera de lugar. 

El tiempo y el espacio sagrado ya no se comprenden como algo vivo, por lo que se alojan en museos. El mundo penetra en nosotros para alejarnos de Dios y de su verdadero objetivo. Al olvidar a Dios hacemos imposible su búsqueda. Entendiendo la búsqueda, no como una teodicea, sino como la capacidad abrir a Dios nuestro corazón, ya que El siempre llama primero a la puerta. 

lunes, 18 de julio de 2011

Dos nuevos pasos en la fe... ¿Cuáles?

Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el alma, como dice el Señor: «El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio» (Jn 5,24) y, además: «El que cree en él (en el Hijo), no es juzgado» (Jn 3,18), «sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5,24)14. ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos agradaron a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron esforzándose en un servicio a Dios durante largo tiempo, esto te lo concede a ti Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Cf. Rm 10,9; Flp 2,11) y que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rm 10,9; cf. Rm 1,4 ss; cf. I Co 12,3) y serás llevado al paraíso por quien en él introdujo al buen ladrón (Lc 23,43). Y no desconfías de que esto pueda hacerse, pues el que salvó en este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvará a ti también con tal de que creas.

Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones. «Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones...» (1 Cor 12,8,9). Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Pero quien tenga esta fe, dirá «a este monte: "Desplázate de aquí allá", y se desplazará» (Mt 17,20). Y cuando alguno, al decir esto mismo, «crea que va a suceder lo que dice» «y no vacile en su corazón» (Mc 11,23), recibirá aquella gracia. De esta fe se dice: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza» (Mt 17,20). Pues el grano de mostaza es de un volumen muy reducido, pero dotado de una fuerza como fuego y, sembrado en un espacio estrecho, hace crecer grandes ramas y se desarrolla, pudiendo albergar a las aves del cielo (cf. Mt 13,32). Del mismo modo, también la fe obra grandes cosas en el alma en rapidísimos instantes. Pues, una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo. Abarca los extremos de la tierra y, antes de la consumación de este mundo, ya ve el juicio y la concesión de los bienes prometidos. Ten, pues, esta fe que está en ti y a él se refiere, para que también de él recibas la que está en él y que actúa por encima de las fuerzas humanas. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 10-11)

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Volvemos a la fe y su polisemia intrínseca. San Cirilo nos ofrece otros dos nuevos entendimientos de la Fe. El primero lo publiqué en la entrada previa.

Podemos entender la fe como el compendio de aquello que ha sido revelado por Dios. Es, por lo tanto, una fe dogmática. Una fe-confianza en aquello que no vemos ni tocamos, pero que ha salido de boca de Dios.

Está escrito,No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’ ” (Mt. 4,3-4). ¿Vivimos nosotros de esa Palabra que procede de Dios? Complicado, complicado. Nos falta fe. Precisamente fe. Fe para dejar atrás  el cómodo y vacío sentido que “el mundo” nos ofrece.

¿Confiamos en la voluntad de Dios? Normalmente no. Nuestros afanes se topan constantemente con el hecho de creernos autosuficientes o con la desesperanza de sabernos incapaces. Por eso no conseguimos más que frustraciones. Queremos construir torres para alcanzar a Dios y no somos capaces de terminarlas.

Necesitamos fe para que la Divina Providencia actúe a través nuestra. El Buen Ladrón evidencia que esta fe es imprescindible y básica para nosotros. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (Lc 23,42-43)

El Buen Ladrón acepta la Verdad que es Cristo y no necesita más. Incluso si esta aceptación llega un segundo antes de morir.

Hay otro aspecto de la Fe. Dice San Cirilo: “hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones” “Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas”. Fe que es dada por la Gracia y que nos confiere posibilidades que exceden las fuerzas humanas. ¿A qué se refiere San Cirilo? ¿Podremos volar como Supermán o ser más poderosos cualquier ser humano?

Me temo que no va por ahí a lo que San Cirilo se refiere. “…una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo” Vaya, no son superpoderes. San Cirilo se refiere al entendimiento de Dios. ¿Cómo vamos a entender a Dios? Dios excede todo entendimiento.

San Cirilo no se refiere a entender el Ser de Dios, sino a que obtenemos la capacidad de comprender la voluntad de Dios y libremente poner nuestra voluntad en sintonía y sincronía con ella. De esta forma es Dios quien obra prodigios a través de nosotros. Estas son las posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Si tuviéramos la fe del tamaño de un grano de mostaza.

Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: "Arráncate y plántate en el mar", y os habría obedecido.» «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: "Pasa al momento y ponte a la mesa?"  ¿No le dirá más bien: "Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?" ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lc 17, 5-10)

Cristo nos lo deja claro: primero confianza, después unir nuestra voluntad a la voluntad de Dios. ¿Nos sabemos siervos inútiles? ¿Hemos hecho lo de debíamos hacer? Lo maravilloso de Dios no es que tome como siervos a los mejores, sino a defectuosos e incapaces y aún así consiga maravillas.

Que fácil es decirlo y que complicado es hacerlo. Dios nos ayude.

domingo, 17 de julio de 2011

La Fe de Jonás

Dios ha mostrado su paciencia ante la debilidad del hombre porque veía de antemano la victoria que le concedería un día, gracias al Verbo. Porque, cuando “el poder se manifiesta en la debilidad” (cf 2Cor 12,9) el Verbo manifiesta la bondad de Dios y su magnífico poder.

En efecto, al hombre le pasó lo que al profeta Jonás. Dios permitió que éste fuera tragado por un monstruo marino, no para desaparecer y perecer del todo, sino para que, después de haber sido devuelto por el monstruo, fuera más dócil a Dios y glorificara a aquel que le dio inesperadamente la salvación. También lo hizo para conducir a los ninivitas a un arrepentimiento sincero y convertirlos a Aquel que los libraría de la muerte, gracias al prodigio que vieron cumplirse en Jonás... De la misma manera, desde el principio, Dios permitió que el hombre fuera tragado por el gran monstruo, autor de la desobediencia, no para hacerlo desaparecer y perecer del todo, sino porque Dios había preparado de antemano la salvación realizado por su Verbo por medio del signo de Jonás. Esta salvación fue preparada para aquellos que tenían para con Dios los mismos sentimientos que Jonás y que los confesarían en los mismos términos: “Soy hebreo y adoro al Señor del cielo el que ha hecho el mar y la tierra.” (Jon 1,9).

Dios quiso que el hombre, recibiendo de él la salvación inesperadamente, resucite de entre los muertos y glorifique a Dios diciendo con Jonás: “Grité al Señor en mi angustia, y él me respondió; desde el vientre del abismo pedí auxilio, y escuchaste mi voz.” (Jon 2,2) Dios ha querido que el hombre siga siempre fiel en su alabanza y acción de gracias por la salvación obtenida. (S. Ireneo de Lyón. Contra los herejes III, 20,1)

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Volvemos al tema de la Fe y el evangelio de hoy domingo es especialmente adecuado.

¿Cuánta fe tuvo que tener Jonás para no desesperar en la oscuridad del cetáceo durante tres días? ¿Cuánta fe debemos tener nosotros en el trascurso de nuestra vida? Mucha, sin duda. Fe-confianza, que nos lleva a la Esperanza.

Sé de buena boca que alguno pensará que tanta confianza ciega no puede llevar a nada bueno. Cierto. La confianza ciega es un peligro. Necesitamos una confianza luminosa o no encontraremos sentido a nada de lo que nos ocurre. ¿Dónde encontrar la Luz necesaria?

Y el juicio está en que vino la Luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 19)

¿Preferimos la oscuridad de la ignorancia auto-asumida a la Luz? Sí. Es lo más frecuente. Esconderse en la oscuridad resulta más sencillo que buscar sentido por medio de la Luz.

Pero en los dos versículos previos,  al que he indicado antes, hay algo interesante:

Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. (Jn 3, 17-18)

¿Dónde podemos ir sin la confianza en Dios? Solamente a la desesperación. Terminamos por aceptarnos como chispas entre dos nadas. Pensando ahora en la frase Sartre, me doy cuenta que no respeta el principio de conservación de la energía. Interesante.

Pero ¿De qué tenemos que salvarnos? A corto plazo, de vivir sin un sentido que nos llene. Después la muerte, aunque sólo Dios conoce lo que encontraremos, tenemos la confianza en que la Luz nos guiará donde debemos ir. Decía San Ireneo:

Esta salvación fue preparada para aquellos que tenían para con Dios los mismos sentimientos que Jonás y que los confesarían en los mismos términos: “Soy hebreo y adoro al Señor del cielo el que ha hecho el mar y la tierra.” (Jon 1,9).

Es mejor encender na Luz que maldecir la oscuridad... dice una sabia frase oriental.

viernes, 15 de julio de 2011

¿Se parece nuestra Fe a la de los no creyentes?

Tampoco hay que pensar que el prestigio de la fe sólo se da entre quienes nos amparamos bajo el nombre de Cristo, sino que todo lo que se hace en el mundo, incluso por parte de quienes están lejos de la Iglesia, queda penetrado por la fe. Por medio de una fe, dos personas extrañas se unen por las leyes nupciales; personas ajenas una a otra entran en la comunión de cuerpos y bienes mediante la fe que se hace presente en el contrato matrimonial. También en una cierta fe se apoya el trabajo agrícola, pues no comienza a trabajar quien no tenga esperanza de recibir frutos. Con fe recorren los hombres el mar cuando, confiando en un pequeño leño, cambian la solidez de la tierra por la agitación de las olas, entregándose a inciertas esperanzas y mostrando una confianza más segura que cualquier ancla. En la confianza, finalmente, se apoyan los negocios de los hombres, y esto no sólo sucede entre nosotros, sino también, como se ha dicho, entre quienes son ajenos a lo nuestro. Pues, aunque no aceptan las Escrituras, tienen doctrinas propias que aceptan con confianza.

A la verdadera fe os llama también la lectura de hoy indicándoos el camino por el que podéis agradar a Dios, pues señala que «sin fe es imposible agradarle» (Hebr 11,6). Pero, ¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador? ¿Cómo mantendrá una muchacha su propósito de virginidad o será casto un joven si no creen en la corona inmarcesible de la castidad? La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección, pues dice el profeta: «Si no creéis, no entenderéis» .La fe, según Daniel, cierra la boca de los leones (cf. Hebr 11,33), pues de él dice la Escritura: «Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios» (Dn 6,24).

¿Hay acaso algo más terrible que el diablo? Pues contra él no tenemos otra clase de armas que la fe (cf. 1 Pe 5,9): un escudo incorpóreo frente a un enemigo invisible, que lanza múltiples venablos y acribilla con saetas a quienes, en la noche oscura, no están vigilantes. Pero, aunque reine la oscuridad y el enemigo no esté a la vista, tenemos como armadura la fe, como dice el Apóstol: «embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno» (El 6,16). A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 3-4)

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La Fe es una palabra polisémica que a veces nos da ciertos quebraderos de cabeza. En este texto Cirilo nos enseña una de estos entendimientos de la Fe. Fe entendida como confianza. Esta confianza no es algo propio de los cristianos, sino que se da de muchas formas en la vida cotidiana. Sin esta confianza, la vida se vuelve un martirio por la intranquilidad y las continuas sospechas.

Incluso las personas ateas desarrollan este tipo de fe-confianza sobre todo aquello que no puede ser comprobable materialmente. Por lo tanto, la dimensión de la fe-confianza, siempre que no se tenga algún trastorno psicológico, es común a todo ser humano.

Demos un paso más. San Cirilo se pregunta “¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador?” ¿Cuál es la remuneración que proviene de la confianza depositada en Dios? Simplemente la Gracia. La fe-confianza se convierte en fe-certeza por medio de la Gracia de Dios.

¿Qué nos sucede cuando perdemos la confianza? Sin fe-confianza, las demás virtudes se desaparecen. ¿Dónde queda la Esperanza sin confianza? ¿Cómo podremos tener caridad si no confiamos en Dios y nuestros hermanos?

Sin confianza nos desesperamos y es entonces cuando el diablo nos tiene a su merced. Sin esperanza no cabe encontrar sentido en la vida. Nada tiene razón de ser, nos quedamos solos con nosotros mismos y con el caos que nos rodea. ¿Qué podemos hacer entonces? Defendernos engañando y machacando a los demás.

Dice San Cirilo “La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección”. Las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad están íntimamente ligadas con los tres dimensiones de la persona humana: intelecto, emotividad y voluntad.

Sin esperanza (sentimiento) ¿Qué razón (intelecto) tenemos para negarnos a nosotros mismos y seguir a Cristo (voluntad)? Simplemente no habrá razón para nada que no nos beneficie egoístamente.

A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente” Lo que dice San Cirilo está cargado de sentido. La fe mueve la inteligencia y la inteligencia, mueve la voluntad.

¿Cómo podemos se más libres que utilizando todas las dimensiones de lo que somos? Dios no deja cabos sueltos.

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