martes, 16 de agosto de 2011

Iglesia en unidad

El cristiano que viajaba a otra comunidad recibía de su obispo la carta o letras de comunión, que lo acreditaban como miembro de la sociedad de comunión de la gran Iglesia. Para este procedimiento cada obispo poseía listas con las comunidades miembros de la gran comunión ortodoxa. En este punto, empero, Roma fue siempre tenida, por decirlo así, como el exponente de la recta sociedad de comunión. Era axioma que quien comulgaba con Roma, comulgaba con la verdadera Iglesia, aquel con quien Roma no comulga, no pertenece tampoco a la recta comunión, no pertenece en pleno sentido al «cuerpo de Cristo». Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo, preside la comunión general De la Iglesia, el obispo de Roma concreta y representa la unidad, que recibe la Iglesia de la cena del Señor.

Así la unidad de la Iglesia no se funda primariamente en tener un régimen central unitario, sino en vivir de la única cena, de la única comida de Cristo. Esta unidad de la comida de Cristo está ordenada y tiene su principio supremo de unidad en el obispo de Roma que concreta esa unidad, la garantiza y la mantiene en su pureza. El que no está en concordia con él se separa de la plena comunión de la Iglesia indivisiblemente una. De todo lo cual se sigue que el lugar teológico del primado es a su vez la eucaristía, en la cual tienen su centro común oficio y espíritu, derecho y caridad, que aquí hallan también su punto común de partida. Así pues, las dos funciones de la Iglesia -ser signo y misterio de fe- tienen su lugar en la eucaristía. Según eso, la Iglesia es pueblo de Dios por el cuerpo de Cristo, entendiendo aquí «cuerpo de Cristo» en el sentido pleno, que hemos tratado de elaborar en el presente trabajo. La tarea siempre nueva de los cristianos será luchar para que nunca se pierda la verdadera plenitud de la Iglesia: la caridad en que cada día se cumple de nuevo el misterio del cuerpo del Señor. (Joseph Ratzinger, El Nuevo Pueblo De Dios)

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Mañana comienzan las Jornadas Mundiales de la Juventud. Aparte de todo el evento y sus objetivos legítimos, hay un hecho que no debe quedar olvidado: el signo de unidad. Este signo se hace presente con la presencia del Santo Padre.  Presencia que evidencia la comunión existente entre todos los asistentes y participantes.

No olvidemos orar por los frutos de la JMJ y para que este signo conmueva a más de una persona y se precipite su conversión. Dios lo haga posible.

lunes, 8 de agosto de 2011

Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti


Por lo tanto, hermanos míos, conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiera su pequeñez para que sea plena cuando lleguemos al lugar donde se dirá: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer.

Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad, pero no puede existir en ti al margen de tu voluntad. Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo. Pues fue entregado por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación. ¿Qué significa para nuestra justificación? Para justificarnos, para hacernos justos. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre, sino también por ser justo. Mejor es para ti ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser justo obra tuya, al menos esa obra tuya es más grande que la de Dios. Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento si no existías? Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti .(San Agustín. Sermón 169,13)

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 ¿Qué es justificarse? En el entendimiento cotidiano es dar razón de nuestra acciones e inacciones. Ante los intentos de dar explicaciones de nuestros actos, más de una vez nos han dicho: “no te justifiques, acepta tus fallos”. Esta justificación no es de la que habla San Agustín y por eso nos resulta complicado entender lo que nos dice. Justificarse no es dar razones personales, es algo muy diferente.

Justificarse (iustum facere) es “hacerse justo a uno mismo”. Recrearse con la proporción adecuada, perfecta, divina.  ¿Qué proporción? La proporción con la que fuimos creados y perdimos con el pecado. Es decir, justificarse es santificarse, hacerse santo. ¿Podemos hacernos santos por nosotros mismos? ¿Podemos cambiar nuestra naturaleza? Dado que nuestra naturaleza nos hace ser lo que somos, por nosotros mismos no podemos transformarnos. La piedra sólo queda transformada en una obra de arte, llena de significado y proporción, cuando el cincel del artista termina su obra.

Nosotros somos más que piedra pasiva carente de conciencia de si misma y de lo que le rodea. Nosotros tenemos consciencia y voluntad. Por eso somos capaces de desear transformarnos según el modelo inicial del Artista. Podemos desear y querer ser reconstruidos según las proporciones iniciales dadas por quien nos creó.

Igual que no podemos esperar ser quienes nos transformemos a nosotros mismos, tampoco podemos esperar que el Creador nos cambie sin que nuestra voluntad esté presente y participe en todo el proceso.

Dice San Agustín: “ Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo.

¿Sabemos que hacer? ¿Conocemos la manifestación de la voluntad de Dios? ¿Tenemos corazón?

Es decir, si tenemos conocemos la revelación de Dios, tenemos consciencia de lo que somos, sabremos lo que tenemos que hacer. Si creemos en la fuerza de la resurrección Cristo, es decir, la fuerza que transforma las naturalezas y que es la voluntad de Dios, nos queda rogar y aceptar la conversión. Qué fácil es decirlo y que complicado es hacerse con el valentía necesaria para abrir la puerta a Dios y aceptar todas las consecuencias que trae consigo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

No hay medida para la belleza del hombre que es humilde

No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión, cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón de Dios y de sus ángeles, descansan en aquel que es humilde. Más aún, cuando los ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde. (San Efrén de Siria. Epístola a un discípulo, fragmento)

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La humildad es una virtud poco apreciada en la sociedad actual, ya que sólo desde la soberbia y la avaricia podemos ser los estupendos consumidores que se desea que seamos.

Pero la humildad nos desidia o desafecto. Tenemos que tener cuidado de valorar la imagen de Dios que portamos en cada uno de nosotros. Valor que no tiene nada que ver con nosotros, sino que es don directo de Dios. Si la humildad desprecia esta imagen, se convierte en una soberbia camuflada.

Realmente no es fácil caminar por el sendero de la humildad. Requiere la justa y divina proporción entre la negación de si mismo y la exaltación del reflejo de Dios en nosotros. Por nosotros mismos no podemos conseguir esta proporción. Debe ser Dios quien nos lo conceda por medio de la Gracia que nos transforma.

Pero ¿Por qué es bello un hombre humilde? Porque refleja a Dios con más fidelidad. 

domingo, 31 de julio de 2011

Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican

Salomón dice en el libro de los Salmos: "Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican" (Ps 127,1). La intención de estas palabras no es de apartarnos del esfuerzo por edificar, o de conseguir abandonar toda vigilancia y cuidado de la ciudad que es nuestra alma. Estaremos en lo correcto si decimos que un edificio es la obra de Dios más que del constructor, y que la salvaguardia de la ciudad ante un ataque enemigo es más obra de Dios que de los guardas.

Pero cuando hablamos así, damos por supuesto que el hombre tiene su parte en lo que se lleva a cabo, aunque lo atribuimos agradecidos a Dios que es quien nos da el éxito. De manera semejante, el hombre no es capaz de alcanzar por sí mismo su fin. Este sólo puede conseguirse con la ayuda de Dios, y así resulta ser verdadero, "que no es del que quiere ni del que corre". De la misma manera nosotros debíamos decir lo que se dice de la agricultura, según está escrito: "Yo planté, Apolos regó; mas Dios ha dado el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento" (1Co 3,6-7). Cuando un campo produce cosechas buenas y ricas hasta su madurez, nadie afirmará piadosa y lógicamente que el granjero produjo los frutos, sino que reconocerá que han sido producidos por Dios; así también nuestra obra de perfección no madura por nuestro estar inactivos y ociosos, y, sin embargo, no conseguiremos la perfección por nuestra propia actividad.
Dios es el agente principal para llevarla a cabo. Podemos explicarlo con un ejemplo tomado de la navegación. En una navegación feliz, la parte que depende de la pericia del piloto es muy pequeña comparada con los influjos de los vientos, del tiempo, de la visibilidad de las estrellas, etc. Los mismos pilotos de ordinario no se atreven a atribuir a su propia diligencia la seguridad del barco, sino que lo atribuyen todo a Dios. Esto no quiere decir que no hayan hecho su contribución; pero la providencia juega un papel infinitamente mayor que la pericia humana. Algo semejante sucede con nuestra salvación, donde lo que Dios hace es infinitamente más grande que lo que hacemos nosotros y, pienso, que por eso se dijo: "No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". Porque en la manera que ellos tienen de explicarlo, los mandamientos son superfluos y en vano Pablo culpa a los que se apartan de la verdad y alaba a los que permanecen en la fe, ni hay ningún propósito en dar ciertos preceptos e instrucciones a las iglesias si fuera vano desear y luchar por el bien. Pero es cierto que estas cosas no se hacen en vano y también que los apóstoles no dieron instrucciones en vano, ni el Señor leyes sin razón. (Orígenes. Tratado sobre los Principios, 3118-18)

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Orígenes cita un maravilloso misterio: “nuestra obra de perfección no madura por nuestro estar inactivos y ociosos, y, sin embargo, no conseguiremos la perfección por nuestra propia actividad”. Sin Dios nada podemos, pero al mismo tiempo Dios no hará nada contra nuestra voluntad.

Esta frase delimita el maravilloso equilibrio que el cristiano debe hacer suyo durante su vida y que la célebre frase monacal, expresa tan bien: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No esperemos ser nosotros quienes salvemos al mundo o a la Iglesia, pero no por ello debemos instalarnos en la comodidad de la pasividad e indiferencia.

Ciertamente, el verano es propicio para relajarse en todos los sentido. En la sociedad de las prisas, tener de repente tiempo libre nos aturde y nos hace caer en la pasividad y la melancolía. Sobre todo si el fuerte calor entra a formar parte de lo cotidiano. Descansar es maravilloso, pero que el descanso no se extienda hasta nuestro compromiso cristiano. El verano es un tiempo especialmente propicio para aumentar nuestra capacidad de sacrificio.

lunes, 25 de julio de 2011

Fe Recta y Acción buena

Sometamos, pues, el alma a Dios, si queremos someter nuestro cuerpo a servidumbre y triunfar del diablo. Y la fe es la primera que somete el alma a Dios. Luego vienen los preceptos de buen vivir, con cuya observancia se afirma la esperanza, se nutre la caridad y empieza a comprenderse lo que antes tan sólo se creía. El conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre; y así como en el conocimiento hay que evitar el error, así en la conducta hay que evitar la maldad. Yerra quien piensa que puede comprender la verdad viviendo inicuamente. Iniquidad llamo amar a este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, desearlo y trabajar para adquirirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca, entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella mira, auténtica e inalterable verdad, adherirse a ella y permanecer adherida para siempre. Por lo tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aun no podemos entender; porque con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis. (San Agustín. El combate cristiano, Cap 13, 14)

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San Agustín nos indica un camino sobre el que andar: Primero hemos de creer después tenemos que someternos y experimentar los preceptos y sólo después podemos empezar a entender lo que antes solo se creía.

Dios nos pide que aceptemos con confianza aquello que El nos ha revelado, ya que sólo partiendo de esta revelación podemos actuar y después entender. Este enunciado no está muy lejos del método científico. Hipótesis, experimentación y certeza. Pero esto no quiere decir que la Fe sea algo medible o analizable en probetas. Hablamos de dos dimensiones diferentes que no podemos mezclar aunque presenten una evidente y reveladora analogía.

En todo caso, la probeta sería nuestra vida y la certeza se obtiene únicamente si se parte de la Fe necesaria para dejarse convertir por Dios mismo. Esta confianza nos permite ir andando el camino hacia la santidad.

Igual que no se puede experimentar científicamente sin comprometer los medios necesarios, tampoco podemos dejarnos convertir, sin comprometernos a nosotros mismos.

Por eso el conocimiento y la acción son los que dan la felicidad al hombre. La felicidad sólo puede alcanzarse según nuestra conversión se produce y vamos entendiendo lo revelado por Dios.

viernes, 22 de julio de 2011

El Símbolo de la Fe

Al aprender y confesar la fe, debes abrazar y guardar como tal sólo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras —a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones—, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón. Y cuando penséis en esto meditándolo, tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se os ha entregado.

Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (cf. 2 Cor 11, 14), quisiera inducirte a error. Pues «aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!» (Gál 1, 8).

La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe. Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf. 2 Tes 2, 15).. (S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis V, 12)

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San Cirilo de Jerusalén nos habla del símbolo de la Fe: el Credo. Durante los primeros siglos, el Símbolo solo podía ser conocido por quienes hubieran sido bautizados y además no podía ser escrito. Debía ser aprendido de memoria para así retenerlo escrito en el alma. Los profanos no podía conocerlo para que así no pudieran profanarlo al exponerlo sin realmente tenerlo escrito en alma. Pero los tiempos cambiaron y al aceptarse el cristianismo como religión oficial del imperio (allá por el siglo VI) el carácter sagrado-oculto del Símbolo apostólico se fue perdiendo.

Pero que actualmente no se (re)conozca el carácter sagrado del Símbolo, no lo despoja de ser instrumento necesario para nuestra unión con Dios. Se tiene constancia indirecta de la confección del canon del Símbolo en los tiempos apostólicos, por lo que es más que probable que los propios apóstoles lo configuraran y lo donaran a las comunidades como parte del patrimonio entregado por Cristo en forma de revelación.

Es evidente que profesar el Símbolo unidos en comunidad nos hace constituir y renovar el vínculo sagrado existente entre nosotros y Dios. Sería deseable que a la profesión del Símbolo se le diera toda la solemnidad y consciencia, que requiere el acto que realizamos.

Con el símbolo repasamos el conjunto de pilares sobre los cuales se apoya nuestra Fe y unidad. Recordemos que dentro del Símbolo, profesamos nuestra Fe en una Iglesia única, universal, santa y apostólica. No son palabras vanas o una mera referencia a pertenecer una tradición determinada. Se trata de reconocer y proyectar nuestra comunidad dentro de la Iglesia universal, aceptando su carácter único y santo. Se trata de reconocer que la Iglesia es más que el conjunto de particularidades, instituciones y reglamentos. Se trata de ver en la Iglesia como un ideal a construir cada día entre nosotros.

El Símbolo apostólico une a cada fiel con la comunidad y a su vez, une a la comunidad con la Iglesia universal. Al mismo tiempo se une a la Iglesia actual con la Iglesia primitiva, dentro de una continuidad que lejos de ser aparente es una evidencia sagrada.

Pero lo que quizás sea más importante sería entender que nuestra Fe no es una fe ciega o producto del miedo. La fe es luz que nos permite entender lo que somos y lo que nos rodea. La Fe es alegría que parte de la Gracia proveniente del Amor de Dios. ¿Cómo podría partir del miedo? En todo caso podría causarnos temor consciente y reverente, pero nunca miedo.

Profesar la Fe es unirnos para cantar Marana-Thá (Ven Señor). Venga a nosotros tu Reino. Pero que todo sea según Tu voluntad.

miércoles, 20 de julio de 2011

Fides quaerens intellectum

Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre.

Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... «Dios es amor» (1 Jn 4, 16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. «Dios es fiel» (I Cor 1, 9; 10, 13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes. «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad. (Clemente de Alejandría. Stromata. V, 11, 1ss)

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¿Pensamos que la fe es inoperante y pasiva? ¿Quizás esperamos sentados a que Dios nos resuelva los problemas? Ciertamente la fe nos mueve, pero ¿A qué nos mueve? Nos mueve a comprender, sentir y actuar.

Tal como nos indica Clemente, para entender la fe es necesario que nos familiaricemos con el amor de Dios.  La fe no trata de creer algo que no se ve, sino de creer en aquello que se nos revela. Indudablemente tenemos que aceptar lo revelado, contemplarlo y comprenderlo. Acercarnos a nuestra verdadera naturaleza mediante la humildad de sabernos limitados y falibles. Sólo así podremos actuar con la pureza de los niños. Solo actuando como niños podremos ver a Dios en todo lo que nos rodea.

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. (Mt 5,8)

Tan simple y tan complicado para el ser humano de nuestros días. El ser humano se siente poseedor de todo el poder y el conocimiento, además se siente capaz de delimitar por si mismo qué es el bien y el mal. En la sociedad actual, más que negar a Dios, nos afanamos en olvidarle o recluirle de manera controlada en espacios y momentos delimitados. Lugares y tiempos cuanto más profanos mejor, a fin de evitar sentirnos fuera de lugar. 

El tiempo y el espacio sagrado ya no se comprenden como algo vivo, por lo que se alojan en museos. El mundo penetra en nosotros para alejarnos de Dios y de su verdadero objetivo. Al olvidar a Dios hacemos imposible su búsqueda. Entendiendo la búsqueda, no como una teodicea, sino como la capacidad abrir a Dios nuestro corazón, ya que El siempre llama primero a la puerta. 

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