domingo, 14 de octubre de 2012

Cómo y para qué orar. Orígenes y San Agustín nos ayudan.


Me parece que el que se prepara para orar debe antes recogerse y prepararse un poco, para estar más predispuesto, más atento al conjunto de su oración. Debe igualmente alejar de su pensamiento todas las ansiedades y todas las turbaciones, y esforzarse para acordarse de la grandeza de  quién se le acerca, pensar cuan impío es si se presenta ante Dios sin  prestar atención, sin esfuerzo, con una especie de desenfado nocivo, en fin, rechazar todos los pensamientos extraños.

Cuando se va a orar es necesario presentarse, por decirlo de alguna manera, con el alma entre las manos, el espíritu levantado con la mirada puesta en Dios, antes de levantarse apartará el espíritu de la tierra para ofrecerlo al Señor del universo, y por fin, si deseamos que Dios se olvide del mal que hemos cometido contra él mismo, contra los prójimos o contra la recta razón, hemos de dejar todo resentimiento causado por alguna ofensa que creamos haber recibido.

Puesto que son innumerables las actitudes corporales, hemos de preferir sobre todas las demás, aquellas que consisten en extender las manos y aquellas en que elevamos los ojos al cielo, para expresar con el cuerpo actitudes que son imagen de las disposiciones del alma durante la oración, pero las circunstancias pueden llevarnos a veces a orar sentados o incluso acostados. La oración de rodillas es necesaria cuando alguien se acusa ante Dios de sus propios pecados, suplicándole que le cure y que le absuelva. Estar de rodillas es símbolo de este prosternarse y someterse del cual habla Pablo cuando escribe: “Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda la familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15). Esto es arrodillarse espiritualmente, llamado así porque toda criatura adora a Dios en nombre de Jesús y humildemente se somete a él. El apóstol Pablo parece hacer alusión a ello cuando dice: “Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo” (Fl 2,10). (Orígenes. Tratado sobre la Oración, 31)

La oración es un ejercicio que no es nada sencillo de realizar. Puede parecer fácil y hasta sentirnos llamados a ella, pero no siempre llegamos a materializar el ansia que nos induce a realizarla. Tal vez nos falte preparación, costumbre o simplemente, nuestra voluble voluntad la termina dejando siempre en segundo plano. Nuestra mentalidad moderna y postmoderna, no lleva a primar la acción sobre la oración.

Orígenes no da algunas interesantes pautas para acercarnos a la oración:

  • Recogimiento
  • Alejar el pensamiento de nuestras ansiedades
  • Presentarse con el “alma en las manos”: humildad y contrición
  • Elegir una postura adecuada y coherente.

Pero esto no nos impide orar en cualquier situación cotidiana. Siempre es momento de alabar al Señor, darle gracias o pedirle perdón. Pero ¿Por qué oramos? ¿Qué nos mueve a hacerlo? Leamos lo que nos dice San Agustín

¿Qué necesidad hay de la misma oración, si Dios sabe ya antes lo que necesitamos, a no ser que la misma intención de la oración serena y purifica nuestro corazón y lo hace más apto para recibir los dones divinos que nos son dados espiritualmente? En efecto, Dios no nos oye porque ambicione nuestras plegarias, pues siempre está pronto para darnos su luz no visible, sino inteligible y espiritual; pero nosotros no siempre estamos dispuestos a recibirla, porque estamos inclinados a otras cosas y entenebrecidos por la codicia de los bienes temporales. En la oración acontece la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darse a sí mismo, si recibimos lo que nos va dando y en la misma conversión se purifica el ojo interior, al excluir las cosas temporales que se apetecían para que el ojo del corazón sencillo pueda acoger la luz pura que irradia con el poder divino sin ocaso ni mutación alguna y no solo recibirla, sino también permanecer en ella, no solo sin molestia alguna, sino también con gozo inefable, en el cual se realiza verdadera y sinceramente la vida bienaventurada (San Agustín, tratado sobre el Sermón de la Montaña. Libro 2, Cap 2, 14)

Es evidente que Dios no necesita de nuestra oración. El lo sabe todo y conoce lo que acontece en nuestro interior antes que nosotros mismos nos demos cuenta de ello. Si oramos no es para informarle o para pedirle algo que El desconozca. Oramos, como dice San Agustín, por necesidad propia. Oramos para sintonizarnos con la Voluntad de Dios y hacer posible que recibamos lo que Dios nos ofrece. Oramos como ejercicio de conversión, de transformación de nosotros mismos. Por eso es tan importante preparar la oración mediante los consejos que nos da Orígenes. Si somos capaces de separarnos del mundo, dejar nuestros afanes a un lado, encontrar dentro nuestra la humildad y contrición y hacerlo con una postura corporal coherente, estamos empezando a transformarnos. Si esta preparación abre el paso a la Gracia de Dios, entonces empezará a actuar en nosotros.

Pero, toda esta reflexión nos lleva a pensar en el sentido de las oraciones superficiales, repetitivas y aparentes. Aquellas que se hacen para que los demás nos vean y cumplir con el “protocolo” que nos piden realizar. Sin duda, estas oraciones se pueden contemplar desde la parábola del Publicano y Fariseo para darnos cuenta de qué actitud tiene que movernos a orar al Señor.

Quiera el Señor ayudarnos a andar por el camino de la oración, que tanto necesitamos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Esperar, con esperanza, nuestro Efettá


Es preciso que examinemos de cerca qué es lo que hace que el hombre sea sordo. Por haber escuchado las insinuaciones del Enemigo y sus palabras, la primera pareja de nuestros antepasados han sido los primeros sordos. Y nosotros también, detrás de ellos, de tal manera que somos incapaces de escuchar y comprender las amables inspiraciones del Verbo eterno. Sin embargo, sabemos bien que el Verbo eterno reside en el fondo de nuestro ser, tan inefablemente cerca de nosotros y en nosotros que nuestro mismo ser, nuestra misma naturaleza, nuestros pensamientos, todo lo que podemos nombrar, decir o comprender, está tan cerca de nosotros y nos es tan íntimamente presente como lo es y está el Verbo eterno. Y el Verbo habla sin cesar al hombre. Pero el hombre no puede escuchar ni entender todo lo que se le dice, a causa de la sordera de la que está afectado... Del mismo modo ha sido de tal manera golpeado en todas sus demás facultades que es también mudo, y no se conoce a sí mismo. Si quisiera hablar de su interior, no lo podría hacer por no saber dónde está y no conociendo su propia manera de ser.

¿En qué consiste, pues, este cuchicheo dañino del Enemigo? Es todo este desorden que él te hace ver y te seduce y te persuade que aceptes, sirviéndose, para ello, del amor, o de la búsqueda de las cosas creadas de este mundo y de todo lo que va ligado a él: bienes, honores, incluso amigos y parientes, es decir, tu propia naturaleza, y todo lo que te trae el gusto de los bienes de este mundo caído. En todo esto consiste su cuchicheo.

Pero viene Nuestro Señor: mete su dedo sagrado en la oreja el hombre, y la saliva en su lengua, y el hombre encuentra de nuevo la palabra. (Juan Taulero, Sermón 49)

Leyendo el evangelio de hoy domingo y esta reflexión de Juan Taulero, dominico que vivió allá por el siglo XIV, me llama la atención lo ajustada que resulta para entender la actualidad que nos rodea.

Vamos por la vida sin ver lo que tenemos delante y sin capacidad para comunicar lo que tenemos dentro. La sordera y la incapacidad de hablar tienen mucho que ver con la soledad que nos impide acercarnos a los demás. Nos cuesta acercarnos unos a otros. Nos cuesta aceptar compromisos que impliquen estar unidos a otras personas. Los problemas de divorcio, malos tratos, violencia doméstica, también tienen su causa en que vivimos incomunicados.

Leía hace un par de días una artículo interesante: KeKaKo: una evangelización que funciona pero ¿también en España? Que habla de lo complicado que resulta en España crear comunidades cristianas. No es fácil encontrar un soporte institucional y si lo hay, actúa con cierta desgana. En América parece que es un poco más fácil, porque existe un sentimiento menos individualista de la vida. Eso que ganan los hermanos americanos y deben conservarlo. Pero de todas formas, ya se va notando que también allá aumenta la soledad y el individualismo.

Nos dice Juan Taulero que “el Verbo habla sin cesar al hombre. Pero el hombre no puede escuchar ni entender todo lo que se le dice, a causa de la sordera de la que está afectado”  Pero no todo es sordera. El ser humano es “también mudo, y no se conoce a sí mismo. Si quisiera hablar de su interior, no lo podría hacer por no saber dónde está y no conociendo su propia manera de ser

¿Podemos evangelizar a aquellas personas que no oyen y que tampoco saben lo que anhelan en su interior? Es complicado, casi imposible. Es necesario que aparezca una chispa de entendimiento y que el corazón se abra al “Verbo habla sin cesar al hombre”. ¿Podemos formar una comunidad vida si somos sordomudos con quienes nos rodean y con Dios?

Juan Taulero nos comenta que esto nos sucede “Por haber escuchado las insinuaciones del Enemigo y sus palabras”. ¿Qué es lo que nos dice el enemigo? “Es todo este desorden que él te hace ver y te seduce y te persuade que aceptes, sirviéndose, para ello, del amor, o de la búsqueda de las cosas creadas de este mundo y de todo lo que va ligado a él”. Es decir, si el enemigo satura nuestros sentidos no seremos capaces de entender que existe mucho más que esta saturación sensorial. Pero el corazón no puede vivir de lo sensorial. Necesita aquello que transciende y que nos da sentido como seres creados por Dios. Por eso nuestra sociedad hay tanta tristeza humana rodeada de opulencia y sensualidad. Por eso los suicidios son cada vez más frecuentes.

Pero el episodio evangélico es todo menos pesimista o melancólico. Cristo se apiada del sordomudo y para sanarle obra un milagro de una manera peculiar.

Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Efettá’, que significa: ‘Abrete’” (Mc 7, 33-34) Veamos que hizo:

  1. Le separo de lo demás, lo que evidencia un encuentro personal entre el sordomudo y el Señor. Además lo aleja de la multitud, que no es más que el mundo que le rodea y le impide acercarse a Dios.
  2. Toca sus oídos, simbolizando que es la acción de Dios la que actúa sobre nuestro entendimiento.
  3. Cristo utiliza su saliva para tocar la lengua del sordomudo. ¿No es una maravillosa prefiguración de los sacramentos? La Eucaristía.
  4. Pero el milagro no se obra con todos estos preámbulos. Se obra cuando existe una orden directa de Cristo: “Ábrete”. Se evidencia que es la Voluntad de Dios la que hace posible lo imposible.
¿Podemos llevar a nuestra vida cotidiana este esquema? ¿Por qué no? Alejarnos de lo cotidiano, escuchar la Palabra de Dios, recibir los sacramentos y esperar que la Voluntad de Dios haga el resto. Esperar con esperanza nuestro Efettá

Oremos para que en nosotros resuene la maravillosa palabra “Effetá”. Entonces oiremos la Verdad y podremos transmitir a los demás. Podremos conocer lo que el Verbo nos dice al oído y podremos dar a conocer a Cristo.

domingo, 26 de agosto de 2012

Un laicado maduro y comprometido. Melancolía eclesial II


Permítanme tratar la tema de la melancolía eclesial con el objetivo de ver cómo salir de ella. Me fijaré un poco más en el rol que los laicos debemos tener dentro de la Iglesia. Para ello aprovecharé el mensaje que Benedicto XVI acaba de enviar a la VI Asamblea Ordinaria del Forum Internacional de Acción Católica (FIAC). Dice el Santo Padre:

La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, que deben ser considerados no como 'colaboradores' del clero, sino como personas realmente 'corresponsables' del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en cordial comunión con los obispos”.

Así mismo, el Papa nos pide a los laicos “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos”. Nos dice, además, que los fieles laicos somos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”.

Pero este compromiso debe llevarse en sintonía con “las opciones pastorales de las diócesis y de las parroquias, favoreciendo ocasiones de encuentro y de sincera colaboración con los otros integrantes de la comunidad eclesial, creando relaciones de estima y comunión con los sacerdotes, por una comunidad viva, ministerial y misionera”, así como cultivandorelaciones personales auténticas con todos, empezando por la familia”, ofreciendo nuestra disponibilidada la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”.

Seguramente nos preguntemos cómo, nosotros simples laicos, estamos llamados a ser corresponsables del ser y actuar de la Iglesia. ¿Con qué fuerzas podremos actuar? ¿Qué conocimientos podremos aportar? ¿Qué ánimo podremos compartir?

Comparto un breve texto del Padre Pío:

Ten paciencia y persevera en la práctica de la meditación. Al principio conténtate con no adelantar sino a pasos pequeños. Más adelante tendrás piernas que no desearán sino correr, mejor aún, alas para volar.

Conténtate con obedecer. No es nunca fácil, pero es a Dios a quien hemos escogido. Acepta no ser sino una pequeña abeja en el nido de la  colmena; muy pronto llegarás a ser una de estas grandes obreras hábiles para la fabricación de la miel. Permanece siempre delante de Dios y de los hombres, humilde en el amor. Entonces el Señor te hablará en verdad y te enriquecerá con sus dones” (Epistolario 3, 980)

Podemos leer que tanto el Santo Padre como el Padre Pío nos hablan de una actitud que es todo menos melancólica. Nos hablan de no quedarnos sentados mirando y esperando mientras nos invade la tristeza. Nos hablan de ser humildes sin dejar de ayudar en todo lo que veamos posible.

En el evangelio de hoy domingo vemos a los discípulos decir "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?". Es duro porque se nos dice teniendo el corazón lleno de tristeza y la voluntad atenazada. Cristo vuelve a hablar y nos dice: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen

Somos muchos los que no creemos con toda la profundidad que nos reclama Cristo. Muchos nos sentimos petrificados ante la corresponsabilidad que tenemos. Igual que San Pedro (Mt 14, 22-36), sentimos que nos hundimos en el agua y ni siquiera gritamos pidiendo ayuda al Señor. No creemos suficientemente y eso nos paraliza, nos hunde. Una vez en el fondo ¿Qué más da todo?

Pero ¿Dónde iremos si nos conformamos con hundirnos en la melancolía? Sólo el Señor tiene palabras de vida eterna. ¿Dejaremos que nuestra vida pase sin aceptar nuestra corresponsabilidad?

Hay muchas dimensiones eclesiales donde podemos poner nuestro empeño. Podríamos pensar en la comunidad en la que vivimos la Fe. Podemos actuar potenciarla con paciencia y humildad. Ser catalizadores positivos del dinamismo de quienes nos reunimos en el mismo templo a orar. No hace falta tomar el papel de “jefes”, el Padre Pío nos llama a empezar con pasos pequeños y con mucha humildad y paciencia.

Tenemos también muchos frentes de evangelización. Nuestra vida cotidiana nos lleva a reunirnos con amigos, conocidos y familiares. De nuevo, no se trata de coger la espada y ponernos a dar mandobles. Se trata de humildemente y con paciencia, ir dando puntadas que contagien a quienes están fríos espiritualmente.

Aparte, no podemos desatender nuestra espiritualidad y Fe. No viene mal tomar una postura de formación activa, reactivar nuestra oración, lectura de la Palabra de Dios y acercarnos más frecuentemente a los sacramentos, etc.

El Santo Padre nos llama “a la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”. Dejemos las melancolías y atrevámonos a levantar nuestra cruz y seguir a Cristo. ¿Cuesta y duele? ¡Claro!

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mt 11, 29-30)

domingo, 5 de agosto de 2012

¿Quién ha dicho que ser cristiano es fácil?


Después de la transgresión de Adán, los pensamientos del alma, lejos del amor de Dios, se dispersaron y se mezclaron con pensamientos materiales y terrestres. Porque Adán por su pecado, recibió en sí mismo la levadura de las malas tendencias y, así por participación, todos los nacidos de él de toda la raza de Adán tienen parte en esta levadura. Seguidamente, las malas disposiciones crecieron y se desarrollaron entre los hombres hasta el punto que llegaron a toda clase de desórdenes. Finalmente, la humanidad entera se vio penetrada de la levadura de malicia. 

De manera análoga, durante en su estancia en la tierra, el Señor quiso sufrir por todos los hombres, rescatarlos con su propia Sangre, introducir la levadura celeste de su bondad en las almas de los creyentes humillados bajo el yugo del pecado. Quiso perfeccionar en estas almas la justicia de los preceptos y de todas las virtudes hasta que, penetradas de esta nueva levadura, se unieran para bien y formaran un solo espíritu con el Señor. El alma que está totalmente penetrada de la levadura del Espíritu Santo ya no puede albergar el mal y la malicia, tal como está escrito: El amor no lleva cuenta del mal. Sin esta levadura celeste, sin fuerza del Espíritu Santo, es imposible que el alma sea trabajada por la dulzura del Señor y llegue a la vida verdadera. (San Macario el Egipcio, Homilías) 

La levadura es un hongo microscópico que se alimenta de azucares e hidratos de carbono que transforma otras sustancias. A este proceso se le llama fermentación. En el caso de la levadura del pan, es capaz de transformar una masa de trigo, sal y agua en una masa madre que, una vez horneada, se transformará en uno de los alimentos más completos que existen: pan. Sin duda en la antigüedad, este proceso parecería casi mágico, además de maravilloso. 

San Macario nos habla de dos levaduras, una buena y otra mala. La mala daña la masa de trigo pudriéndola, mientras que la buena, es la que la transforma en masa madre de pan, preparado para ser hornado. Cristo utilizó la levadura para una de las parábolas de Reino más conocidas: 

«El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mt 13,33) 

Podemos utilizar esta parábola para acercarnos al misterio de la conversión. Primero la conversión individual de las personas y a través de esta conversión, la transformación de la sociedad (mundo) en Reino. 

Pero ¿Para que querríamos transformarnos? ¿No somos suficientemente felices? ¿No tenemos todo lo que necesitamos? La sociedad ha creado un entorno que nos hace creer que tenemos todo lo que necesitamos al alcance de la mano, pero realmente no es así. 

Desde pequeños, nos han señalado un objetivo vital fácil de entender, pero imposible de obtener por nosotros mismos: la felicidad. La felicidad es complicada de definir y entender, pero no por ello no la podremos encontrar en el camino trazado para nosotros por la sociedad. Muchos amigos bien situados y con una vida estable, alguna vez me han hecho el comentario de que “la vida es una porquería, un asco”. Lo curioso es que ante esa sensación de desánimo y engaño no se preguntan ¿Por qué es así la vida? Toman su pesada y decepcionante realidad como el destino de todo ser humano sin revelarse. En el fondo de su ser hay una razón a la falta de felicidad, que pugna por salir: “Nada me sacia, nada me llena. Lo que obtengo, una vez es mío, deja de tener valor” En una palabra: vacío. 

Que nada material nos llena se evidencia en que el número de suicidios crece a la par al incremento del nivel de vida. En España el suicidio ya es la primera causa de muerte no natural. Somos como esa masa de trigo que en si misma no tiene nada que le de sentido. Puede esperar durante un cierto tiempo, pero terminará por descomponerse y después ¿Qué? ¿Quién quiere una masa maloliente y podrida? Ni la propia masa se soporta a si misma.

De hecho el suicidio, depresiones, violencia o desánimo existencial son la evidencia de que la masa no pude quedarse sin nada que la transforme. ¿Qué la puede transformar? La buena levadura, la que convierte la masa de trigo en masa madre preparada para ser horneada. Pero ser transformado es muy incómodo. Significa quedar en evidencia entre las personas que conocemos, cambiar nuestros objetivos, forma de actuar, manera relacionarnos con los demás. Significa morir a ser masa de trigo y nacer a ser masa de pan. 

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? (Mt 16,24) 
De todas formas es muy duro dejar de agarrarse al borde del río, saltarse y dejarse llevar por la corriente. Supone un acto de confianza en la corriente (Voluntad de Dios) que pocas personas están dispuestas a realizar. 

¿Cómo sabemos que la conversión no es un atontamiento vital? como algunos indican. Por dos cuestiones evidentes: 

  1. Porque supone aceptar el reto de que existe un sentido para la vida que vivimos y que lo podemos encontrar."Quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama se le abre "(Lc 11,5)
  2. Porque desalojar los prejuicios que cómodamente nos sostienen, es todo menos fácil. "Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ´Trasládate de aquí para allá´, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes"(Mt 17,20)
Hay que ser valiente para dejarse transformar por la levadura del Reino. Basta mirar la biografía de los Apóstoles para darse cuenta que algo tocó su ser para dejar atrás todas las seguridades y estar dispuestos al martirio y la muerte. ¿Quién ha dicho que ser cristiano es fácil?

domingo, 8 de julio de 2012

Siempre necesitamos el perdón de Dios

El paralítico, incurable, estaba acostado en una camilla. Después de haber agotado el arte de los médicos, llega, traído por los suyos, al único y verdadero médico, el médico venido del cielo. Pero cuando lo pusieron delante de aquel que le podía curar, fue su fe la que atrajo la mirada del Señor. Para demostrar claramente que esta fe destruía el pecado, Jesús dijo inmediatamente: «Tus pecados están perdonados». Quizás alguno me dirá: «Este hombre quería ser curado de su enfermedad ¿por qué Cristo le anuncia la remisión de sus pecados?» Es para que tú aprendas que Dios ve, en el silencio y sin ruido, el corazón del hombre y que contempla los caminos de todos los vivos. En efecto, la Escritura dice: «Los ojos del Señor observan los caminos de los hombres y velan todas sus sendas» (Pr 5,21)...

Sin embargo, cuando Cristo dijo: «Tus pecados están perdonados» dejaba el campo libre para la incredulidad; el perdón de los pecados no se ve con nuestros ojos de carne. Entonces, cuando el paralítico se levanto, puso en evidencia que Cristo posee el poder de Dios. (San Cirilo de Alejandría)

En los evangelios de los días entre semana, se esconden perlas que es difícil dejar pasar sin comentarlas. En este caso traigo el comentario que San Cirilo de Alejandría hace al Evangelio del pasado jueves 5.

¿Cuántas veces Dios perdona nuestros pecados? Tantas como vivamos el sacramento del perdón. Pero este perdón de los pecados es, tal como dice San Cirilo, un campo libre a la incredulidad. ¿Cuántas veces hemos oído que confesarse delante de un hombre es una humillación y una tontería? Muchas.

Si miramos de nuevo al evangelio, veremos que hubo algo en el paralítico que hizo que Cristo realizara un milagro extraordinario delante de los incrédulos. El paralítico tenía una inmensa confianza en Cristo y eso hizo que abriera su corazón al Señor.  «Los ojos del Señor observan los caminos de los hombres y velan todas sus sendas» (Pr 5,21) ¿Tenemos nosotros esa Fe?

Sin duda el paralítico tenía alguna ventaja sobre nosotros. El tuvo al Señor delante de él y oyó sus palabras. Nosotros no, pero eso no nos impide abrir nuestro corazón de igual manera que lo hizo el paralítico. En nuestro caso el milagro no es conseguir que nuestras piernas nos soporten, sino conseguir transformarnos internamente. La pregunta clave es si vamos a confesarnos con esperanza y certeza de que el Señor nos transformará, nos levantará de nuestras infidelidades y errores, para que andemos de Su mano en la vida. Ese milagro también desorientaría y comprometería a los incrédulos, pero ¿permitimos que el Señor nos transforme? ¿Permitimos que el Señor nos transforme en signos de su poder y misericordia?

No es fácil aceptar que el Señor nos transforme, ya que eso conlleva tantas responsabilidades que nos asusta sólo pensarlo. Nos convertiríamos en un signo del Señor y eso es incómodo para nuestra vida actual. ¿Queremos nosotros ser curados de nuestra enfermedad? Quizás sería interesante reflexionar sobre la razón por la que nos confesamos y así empezar a abrir el corazón a Cristo.

Es una realidad que cada vez nos sentimos menos culpables y por lo tanto, menos necesitados de perdón del Señor. Si no sentimos nuestra suciedad, no tendremos la necesidad de lavarnos y Dios será cada vez menos necesario en nuestra vida. Cada vez nos sentimos más capaces de valernos por nosotros mismos. Pero de lo que no somos conscientes es que esto nos lleva a desentendernos de nuestra limpieza corazón y esto produce que cada vez veamos menos a Dios en todos y todo lo que nos rodea. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¿No vemos a Dios? Esto implica que tenemos que limpiar nuestro corazón.

El enemigo sabe actuar para separarnos de Dios. ¿Qué mejor forma de alejarnos que hacernos pensar que no tenemos culpa alguna en nuestra conciencia? Ni siquiera aspiramos a ser curados, porque no sentimos que necesitemos del perdón.

San Agustín nos dice lo siguiente: Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos y no hay verdad en nosotros. Al presente ya está bien vivir sin pecado y el que piense que vive sin pecado no aleja de sí el pecado, sino el perdón. (La Ciudad de Dios 14,9,4)

Quien piense que no peca, lo que hace es alejar de si el perdón, ya que si pensamos que vivimos si pecado, nos estamos engañando. Necesitamos de que Gracia que nos transforma y esta Gracia está presente en el sacramento del perdón.

domingo, 1 de julio de 2012

Orar por quienes desean apostatar.

Santa Catalina oyó que Dios le decía: «Toda criatura dotada de razón posee en sí misma una viña, la viña de su alma. La voluntad, a través del libre albedrío, es el viñador durante el tiempo de su vida; pasado este tiempo no puede hacer en su viña ya ningún trabajo, sea bueno o sea malo, sino que es durante la vida que puede cultivar su viña a la que yo mismo la he enviado. Este cultivador de su alma ha recibido de mí una fuerza tal que no hay demonio ni otra criatura alguna que se la pueda quitar si él mismo se opone a ello. Es en el bautismo que ha recibido esta fuerza, al mismo tiempo que la espada del amor a la virtud y del odio al pecado. Es por este amor y este odio, por amor a vosotros y por odio al pecado que ha muerto mi Hijo único, derramando por vosotros toda su sangre. Y es este amor a la virtud y este odio al pecado que encontráis en el santo bautismo que os devuelve la vida por la fuerza de su sangre...

«Arrancad, pues, las malas hierbas de los pecados mortales y plantad virtudes..., arrepentíos, tened repugnancia del pecado y coged el amor a la virtud; es entonces cuando recibiréis los frutos de la sangre de mi Hijo. No podréis recibirlos si no os disponéis para llegar a ser buenos sarmientos unidos a la vid, pues mi Hijo ha dicho: «Yo soy la verdadera vid, mi Padre es el viñador, y vosotros los sarmientos» (Jn 15, .5). Esto es verdad. Soy yo mismo que soy el viñador, puesto que toda cosa que posee el ser ha venido y viene de mí. Mi poder es insondable y es a través de mi poder y mi fuerza que gobierno todo el universo, de tal manera que no se hace ni se ordena nada que no sea por mí. Sí, yo soy el viñador; soy yo quien ha plantado la verdadera vid, mi Hijo único, en la tierra de vuestra humanidad para que vosotros, los sarmientos, unidos a esta vid, deis mucho fruto». (Santa Catalina de Siena)

¿Qué puede anidar en el corazón de un ser humano para rechazar el bautismo y desear apostatar? En su interior debe existir una herida de tal magnitud que busque en el olvido de la redención la desaparición del dolor.

Es evidente que la apostasía no borra la Gracia que se ha recibido, por mucho que legalmente sea borrado el nombre del bautizado del libro de bautismos. El dolor interior que nos lleva a rechazar la vía de que nos ha sido dada para acercarnos a Dios, sólo puede partir de la pérdida total de la esperanza. Un corazón sin esperanza, se siente indigno de ser redimido y de merecer la dignidad de ser imagen de Dios. Rechaza la luz, porque le causa dolor que llene la oscuridad autoasumida.

Como dice Santa Catalina de Siena, hemos recibido del Señor tal fuerza que nada ni nadie podrá entrar en nuestro corazón, si no le dejamos pasar. El problema es que una vez abierta la puerta al enemigo, este entra y se hace dueño de la situación. Después de ese momento, el dolor irá aumentando y junto con el dolor, el convencimiento que la causa de ese dolor viene de fuera. Es lógico que cuando se acerque la Palabra de Dios, el corazón se cierre con toda la fuerza posible. La persona teme que el dolor aumente y se haga inaguantable.

Cuando el Enemigo se hace dueño del corazón, la vista y el entendimiento se distorsionan. La vista se fija en todo aquello que es negativo y se relaciona con Cristo y la Iglesia. Se resaltan los errores y las bondades desaparecen completamente. En entendimiento se satura de imágenes grotescas que se relacionan con la Iglesia, por lo que se aparta la vista cuando se espera que estas imágenes se repitan.

Tal vez sea imposible llegar al corazón de estas personas, pero no por ello debemos dejarlas indefensas ante el enemigo. Mostremos el amor que Cristo nos ha enviado, démosles afecto y cercanía.

Decía el Padre Pio: “Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar, te enseña a que hagas cuanto puedes, y a que pidas lo que no puedes”. Sin duda nosotros solos no podemos llegar a abrir el corazón de estas personas, pero si podemos mostrarles cariño, respeto y sobre todo, comunicarles que son dignas y maravillosas. Intentemos resolver sus dudas y dejemos al Espíritu que actúe.

Oremos por quienes desean rechazar el bautismo, porque a través de la Comunión de los Santos podemos ser llamados a ayudarles. Los caminos del Señor son misteriosos.

sábado, 23 de junio de 2012

Quien está por ti o contra ti


No tengas en mucho quien está por ti o contra ti; más busca y procura que sea Dios contigo en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar, no le podrá dañar la malicia de hombre alguno. Si tú sabes callar y sufrir, sin dudas verás el favor de Dios. Él sabe bien el tiempo y la manera de librarte, y por eso te debes ofrecer a Él en todo. A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión. Algunas veces conviene para nuestra humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.

Cuando el hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca y mitiga a los otros, y satisface a los que le odian. Dios defiende y libra al humilde, al humilde ama y consuela; al humilde se inclina; al humilde da grande gracia, y después de su abatimiento lo levanta a honra. Al humilde descubre sus secretos, y le atrae dulcemente a sí, y le convida. El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más bajo de todos.

Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el letrado. El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte. El que está en buena paz, de ninguno tiene sospecha. En cambio, el descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa  ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo. (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, fragmento)

Sin duda vivimos momentos sociales difíciles. La crisis conlleva momentos amargos en los que nos enfrentamos a la dura realidad que tenemos delante. No es que antes, en época de bonanza, no tuviéramos que enfrentarnos a la realidad, sino que la ocultábamos a base de dinero y prebendas. Ahora el agua vuelve al cauce del río y erosiona las orillas, dejando ala descubierto muchos de los errores cometidos en el pasado.

¿Cómo afrontar estos duros momentos? Podemos gritar y patalear contra el destino. Podemos reclamar con violencia aquello que nos dieron y que realmente no existía. Podemos hacer evidente nuestra desesperación en los espacios públicos, creyendo que los mecanismos que hace unos años funcionaban, todavía son válidos. Pero la realidad es tozuda y se topa con nosotros a menudo.

Tomás de Kempis nos habla del humilde y de la necesidad de cultivar la paz por encima de las pasiones. Las palabras del Kempis suenan extrañas en la sociedad de los inmediato en la vivimos. Nos habla de la necesidad de ser exigentes con nosotros mismos antes de volcar las exigencias sobre los demás Nos habla de la confianza que parte de un corazón lleno de paz. En una palabra, nos habla de Esperanza. Pero no de una esperanza humana que depende de tantas circunstancias que es imposible de alcanzar. Nos habla de la Esperanza que es una espera con sentido: El hombre bueno y pacífico, todas las cosas consigue la mejor parte,  mientras que El hombre que tiene pasión, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo.    

Tal vez la humildad sea una de las virtudes más despreciadas en la actualidad, pero sigue siendo una herramienta maravillosa para acercarnos a Dios y a nuestros hermanos: El humilde, recibida la injuria y afrenta, está en mucha paz, porque está en Dios y no en el mundo. ¿Se puede vivir con Dios y dejar el mundo en segundo plano? Complicado si miramos sólo los afanes del día a día, sencillo y tenemos confianza en que todo lo que ocurre es por Voluntad de Dios.

La vez podamos pensar en que el Kempis nos invita al “no hacer” a la deshonra personal y a la indignidad, pero nada más lejos de lo que nos indica. EL cristiano se sabe digno por ser imagen de Dios mismo y por ello no reacciona con pasión ante la humillación que tratan de infringirle. Acepta la humillación sin perder la dignidad, como quien acepta un honor sin creerse más que antes de haberlo recibido.

Es frecuente que otras personas muestren su temor al futuro y que este temor se manifieste con cierta violencia. El descontento y alterado, de diversas sospechas es atormentado; ni él descansa  ni deja descansar a los otros. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le convenía. Piensa lo que otros deben hacer y él deja sus propias obligaciones. El alterado sospecha de todos los que le rodean y con esa sospecha genera violencia en si mismo y en los demás. Si nos encontramos con estas personas hemos de tener cuidado de estar en paz: Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.


Pero ¿Cómo conseguir la paz interior necesaria y vivimos en un entorno tan complicado? La oración es más necesaria que nunca, pero también la lectura atenta de los evangelios y encontrarnos en comunidad para vivir nuestra Fe unidos.
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