domingo, 17 de febrero de 2013

La oración nos une con Dios


La fuerza de la oración se encuentra en el sentimiento del alma y las obras virtuosas de toda nuestra vida. San Pablo habla: "En resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Co. 10:31). Entonces cuando te sientas a la mesa, reza, cuando tomas el pan, agradece al Dador. Cuando refuerzas tu débil cuerpo con vino, entonces piensa en Aquel, que te concede estos dones para alegrarte y reforzarte en las debilidades. Y a pesar de tu poco tiempo para alimento, siempre recuerda al Bienhechor, jamás te olvides. Cuando te vistes agradece a Aquel que te dio el vestido. Si paso el día, agradece al Señor que nos dio el Sol para trabajar; y en la noche ala luna para iluminar. La noche también tiene su motivo de oración. Cuando contemplas el cielo y admiras su hermosura, entonces ora al Señor de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo…

Y que puede dar mas suerte, sino en la tierra, imitar los coros de los ángeles! Cuando a cada ocupación precede la oración, cuando con cantos, como sal condimentamos las ocupaciones, los cantos hermosos y espirituales dan al alma alegría y esperanzada tranquilidad. Ir a la madrugada a la oración, con cantos e himnos, alabando al Creador y luego, cuando el Sol más claramente, volver al trabajo. Los salmos son tranquilidad para el alma, principio de paz, que tranquiliza los atormentados e inquietos pensamientos, que no solamente dominan la turbulenta ira, la despertada cólera espiritual, sino que la conduce a la misericordia. Los salmos fortifican a los consagrados, reconcilian a los ofendidos, y entre amigos, inducen al amor. (San Basilio el Grande, El tesoro Espiritual, fragmento)

La oración, junto con el ayuno y la caridad, es parte sustancial de la Cuaresma en la que ya hemos entrado. ¿Oración? ¿Para qué tenemos que orar? ¿Se gana algo orando?

Dice San Basilio que oremos siempre y en todo lo que hacemos. Orar al Señor da alegría, esperanza y tranquilidad. La oración trae paz a los atormentados y conduce a la misericordia a los iracundos. La oración fortifica a los consagrados, reconcilia a los ofendidos e induce al amor. Pero qué tiene la oración para generar tantos bienes.

La oración es una visita que hacemos al Señor y un momento de conversación intima entre nosotros y Dios. A través de la oración penetramos en nosotros mismos para ofrecer a Dios nuestras infidelidades y limitaciones. En este diálogo, se encuentra la oportunidad de darnos cuenta que compartimos la misma naturaleza con nuestros hermanos, al mismo tiempo que somos imagen de Dios.

Bueno, y si tantos beneficios trae la oración, ¿Por qué no estamos orando todos a todas horas? La respuesta es sencilla: no lo impide nuestra soberbia y la envidia. Soberbia que nos predispone a creer que Dios no es necesario. Envidia, que nos hace sentir celos y rencor de nuestros hermanos. La mezcla de soberbia y envidia genera rencor y odio. ¿Quién puede acercarse a Dios con esos sentimientos? Nadie que no sea consciente de ello y no decida andar el camino de la conversión.

Y en nuestro vida moderna ¿Dónde y cuando orar? Tendríamos que pensar en qué momentos tenemos de recogimiento. Los más sencillos serían los que preceden a acostarnos, pero no despreciemos otros como la sobremesa o por la mañana temprano. Radio María tiene en programación varios momentos de oración por la mañana, por lo que es posible unirse a las oraciones que miles de personas realizan al mismo tiempo.

Antes de acostarnos es un buen momento para revisar lo hecho durante el día, dar gracias a Dios y hacer propósito de mejora en aquello que podríamos haber actuado de mejor forma. Otra oportunidad nos lo dan los lectores de mp3 y móviles que todos tenemos. Estos dispositivos no sólo pueden contener música, también pueden almacenar audio de oraciones diversas. En Internet podemos encontrar muchos audios del rosario y otras oraciones diversas. Si viajamos en metro o en autobús, no es complicado orar mientras realizamos el trayecto. Si lo hacemos en automóvil, podemos grabar las oraciones en CD u otro soporte de audio.  

Lo que no podemos olvidar es que acercarnos a un tempo y orar allí de rodillas es también muy recomendable. Buscar un momento adecuado y un templo cercano puede ser complicado, pero a veces podemos encontrarnos con que es más fácil de lo que nos parece.

De todas formas, no olvidemos que: " Añadamos  a  nuestras  oraciones  la  limosna  y  el  ayuno, cual  alas  de  la piedad  con las que  puedan  llegar  más  fácilmente hasta  Dios. " (San Agustín, Sermón 206,2). 

martes, 12 de febrero de 2013

¿Por qué ha renunciado Benedicto XVI?


¿Por qué el Santo Padre ha decidido renunciar al Ministerio Petrino? Creo que sus propias palabras lo dejan claro: 

Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo rezando

Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe,para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. 

No es ningún secreto, que el mundo actual necesita de un Papa capaz de enfrentarse al proceso de cambio social y los continuos desafíos que sociedad, ciencia y cultura, nos plantean. Si la salud del Santo Padre flaquea, su responsabilidad le hace decidir anteponiendo a la Iglesia. Hay que ser muy valiente para dar el paso que Benedicto ha dado hoy. Valiente y humilde, ya que legar el timón de la Iglesia contiene un mensaje maravilloso: Nadie es imprescindible, ya que la Voluntad de Dios es la fuerza que mueve el mundo. 

Confieso que la renuncia del Papa al Obispado de Roma y al Ministerio Petrino me ha cogido por sorpresa. Con Benedicto XVI me siento especialmente sintonizado, ya que el pensamiento agustiniano corre por sus venas y esto se nota en sus homilías, catequesis y escritos varios. Pero no puedo dejar de agradecer al Señor estos años de sintonía y comunión que he vivido con el Santo Padre. Esta mañana, una llamada de un amigo sacerdote me puso en aviso e hizo que comenzara a pensar en lo que esta renuncia conlleva. Gracias D. Joan. 

No es necesario ponerse catastrofista, ni pensar en que esta renuncia es una tragedia. Gracias a Dios, Su Santidad podrá dedicarse a su labor de teólogo para beneficio de la Iglesia y podrá vivir de forma reposada, los años que le tenga reservado el Señor. No puedo más que alegrarme por la persona, el ser humano, que hay detrás de Su Santidad Benedicto XVI. Esta renovación del papado será diferente, ya que no tendremos que compaginar la tristeza por la muerte del Papa y la alegría por la nueva esperanza que nace de la elección de nuevo Pontífice. El proceso de elección será mucho menos emotivo, pero no por ello dejará de ser de una tremenda importancia para todos nosotros. 

¿Qué conlleva la renuncia? Seguir leyendo en Religión en Libertad: Aquí

domingo, 10 de febrero de 2013

Crisis, evangelización y la pesca milagrosa


Soléis decir: «Los tiempos son difíciles, los tiempos son duros, los tiempos abundan en miserias.» Vivid bien, y cambiaréis los tiempos con vuestra buena vida; cambiaréis los tiempos y no tendréis de qué murmurar. En efecto, hermanos míos, ¿qué son los tiempos? La extensión y sucesión de los siglos. Nace el sol; transcurridas doce horas, se pone en la parte opuesta del mundo. Al siguiente día vuelve a salir por la mañana, para ponerse otra vez. Enumera cuántas veces acaece lo mismo: he ahí lo que son los tiempos. ¿A quién hirió la salida del sol? ¿A quién dañó su puesta? En consecuencia, a nadie ha dañado el tiempo. Los dañados son los hombres; los que dañan son también hombres. ¡Oh gran dolor! Son hombres los dañados, los despojados, los oprimidos. ¿Por quién? No por leones, no por serpientes o escorpiones, sino por hombres. Los que sufren el daño se lamentan de ello; si les fuera posible, ¿no harían ellos lo mismo que reprochan a otros? Llegaremos a conocer al hombre que murmura, en el momento en que le sea posible hacer eso mismo contra lo que murmuraba. Lo alabo, vuelvo a alabarlo si deja de hacer lo que él reprochaba. (San Agustín, Sermón 311, 8)

No creo que ningún católico crea que los tiempos que nos ha tocado vivir sean fáciles. Es evidente que vivimos en momento complicado, pero al mismo tiempo, lleno de esperanzas. ¿Cómo es entonces que nos sentimos desanimados tan a menudo? Quizás miremos atrás a través del mito del paraíso perdido y nos parezca que todo tiempo pasado fue mejor. Pensemos que los mitos son estupendas oportunidades para el enemigo realice su labor de desánimo.

El texto de San Agustín nos muestra que la humanidad y la Iglesia no han cambiado tanto como nos podría parecer. La crisis económica, social, moral y eclesial tienen un trágico síntoma y consecuencia: nuestra desesperanza. No estaríamos en crisis si dejáramos de lamentarnos de ella y actuáramos de forma coherente.

Nos dice San Agustín que los tiempos no son malos, los malos somos los seres humanos que siempre esperamos a que otro sea el que resuelva el problema. Quedarse quieto criticando es tan fácil como inoperante. Es más, la crítica produce desesperanza en nosotros mismos y en quienes la reciben. Una actitud positiva y activa, genera esperanza y empatía en quienes nos rodean.

La Nueva Evangelización necesita del combustible de la esperanza. Esperanza que nace dentro de cada uno de nosotros por la Gracia de Dios. Lo triste es que paralicemos y dejemos inoperante nuestra esperanza por pereza, desafecto, egoísmo y envidia. Si nos sentamos a esperar que otros nos digan que hemos de evangelizar, nos formen, nos vistan y nos muevan hasta la boca… ¿Llegaremos a evangelizar alguna vez?

Otro problema que se une a la desesperanza es la tendencia a confundimos el medio con el fin, lo que da lugar a entendimientos demasiado cortos y sobre todo, cómodos. Evangelizar en las redes sociales y en el mundo real, no es crear relaciones afectivas y generar amistad, por mucho que el afecto y la amistad sean el mejor vehículo para evangelizar. La evangelización necesita de dos elementos fundamentales: el testimonio personal y contenidos que sean semilla de conversión en quienes los reciben. Cristo se acercó a quienes le llamaban y necesitaban, pero lo que les mostró no se quedó en afecto y amistad, les enseño mediante parábolas y su propio ejemplo. Después les requirió que fuesen coherentes con esta enseñanza y ejemplo. Es decir, no nos dejó esperando que otros fuesen quienes nos movieran. 

De nada nos vale quejarnos de la crisis, si no actuamos de forma individual y colectiva. Quizás nos preguntemos cómo actuar, por lo que comparto algunas indicaciones:

  • Dejar el abatimiento y la desesperanza atrás. Dios todo lo puede y a través de nosotros, Su voluntad se hace presente en el mundo.
  • Intentando ser personas equilibradas que demos testimonio coherente y creíble, ante los demás.
  • Creando un espacio de amistar y afecto en torno nuestra.
  • Difundiendo a través de ese espacio, la semilla que Cristo nos ha legado.
  • Teniendo una vida sacramental viva y orando cada vez que podamos, tanto de forma personal como colectiva. Nada podemos sin Cristo.
¿Complicado? ¿Difícil? Yo diría que es imposible por nosotros mismos. Tal vez tengamos que hacer como Pedro, que después de la pesca milagrosa, se arrodilla y le dice al Señor: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador". El Señor comprenderá el terror y la incapacidad que sentimos, pero no dudará en decirnos: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres

domingo, 3 de febrero de 2013

Humildad y miedo, a veces se confunden y nos confunden.


Un médico vino entre nosotros para devolvernos la salud: nuestro Señor Jesucristo. Encontró ceguera en nuestro corazón, y prometió la luz "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman" (1Co 2,9). La humildad de Jesucristo es el remedio a tu orgullo. No te burles de quien te dará la curación; sé humilde, tú por el que Dios se hizo humilde. En efecto, Él sabía que el remedio de la humildad te curaría, él que conoce bien tu enfermedad y sabe cómo curarla. Mientras que no podías correr a casa del médico, el médico en persona vino a tu casa... Viene, quiere socorrerte, sabe lo que necesitas.

Dios vino con humildad para que el hombre pueda justamente imitarle; Si permaneciera por encima de ti, ¿cómo habrías podido imitarlo?  Y, sin imitarlo, ¿cómo podrías ser curado? Vino con humildad, porque conocía la naturaleza de la medicina que debía administrarte: un poco amarga, por cierto, pero saludable. Y tú, continúas burlándote de él, él que te tiende la copa, y te dices: "¿pero de qué género es mi Dios? ¡Nació, sufrió, ha sido cubierto de escupitajos, coronado de espinas, clavado sobre la cruz!" ¡Alma desgraciada! Ves la humildad del médico y no ves el cáncer de tu orgullo, es por eso que la humildad no te gusta. (San Agustín Sermón 61, 14-18)

Los seres humanos tendemos a quedarnos con las apariencias y por eso nos resulta más fácil imitar para aparentar. Como dice el viejo refrán, “el hábito no hace al monje”, aunque ayude a quien tiene en su interior el deseo y la voluntad de ser monje.

San Agustín se pregunta, poniendo el foco en Cristo “sin imitarlo, ¿cómo podrías ser curado?”, pero tenemos que leer más para dar sentido a esta frase. “Vino con humildad, porque conocía la naturaleza de la medicina que debía administrarte: un poco amarga, por cierto, pero saludable.” Lo que nos propone es que imitemos su humildad: “Él sabía que el remedio de la humildad te curaría, él que conoce bien tu enfermedad y sabe cómo curarla

¿Qué sentido tiene la humildad en la sociedad de las apariencias vacías que nos rodea? La humildad resulta repulsiva e indeseable en un mundo en el que tener es más importante que ser. Viendo en esta tarde una película sobre la vida del Padre Pío, estuve reflexionando sobre lo complicado que es ser humilde cuando todos los que te rodean te ensalzan y hasta te idolatran. Que difícil es ser humilde cuando se ha recibido un don de Dios, que te hace destacar sobre los demás. ¿Qué tipo de don? Por ejemplo el bautismo es un don de Dios, que nos lleva a dar testimonio de nuestra fe. ¿Por qué no lo hacemos entonces? Nos lo señala San Agustín: “Encontró ceguera en nuestro corazón, y prometió la luz”. No confiamos en que la luz de Dios y tememos la responsabilidad que conllevan los dones que nos da. Pero este temor a veces se confunde con la humildad. La humildad no te hace esconder el don de Dios, la humildad es otra cosa.

La humildad nos lleva a comprender que podemos aquella llama de luz que Dios nos da, no es para guardarla debajo de la cama, sino para exponerla. Pero nos da miedo convertirnos en modelo para los demás y este miedo proviene de la responsabilidad que contraemos al intentar ser ese modelo.

No puede uno agradar a Dios sin presentarse como modelo para ser imitado por aquellos que quieren sean salvados, por cuanto nadie pretenderá imitar a aquel que no le agrada (San Agustín. Tratado sobre el Sermón de la Montaña 2, 1, 3)

Hoy en día ser testigos de Cristo es  muy importante y ese testimonio conlleva presentarse como modelo. ¿Cómo ser modelo sin que se nos suba a la cabeza? ¿Cómo ser humildes al tiempo que aparecemos como modelos a imitar? La figura del Padre Pío puede ser para nosotros un modelo a imitar, para que a su vez, otros vean en nosotros el reflejo de la luz de Cristo.

El Padre Pío tuvo que aceptar ser el centro de expectación de muchas personas y al mismo tiempo, centro de las envidias e intrigas de otros muchos. Los envidiosos no dejaron de hostigarlo e intentar que desapareciera, pero no se echó atrás al sufrir desprecios, dudas e insidias. Lo importante no somos nosotros, sino la luz que podemos reflejar. Las tinieblas rodean la luz, por lo que tarde o temprano tendremos que aceptar con humildad que nuestro testimonio estorbe a otras personas. La verdadera humildad se demuestra entonces, lo fácil es esconderse y dejar de dar testimonio. La humildad nos permite seguir adelante sin esperar reconocimientos ni alabanzas. Además, como indica San Agustín, ese es el camino de nuestra curación.

domingo, 27 de enero de 2013

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”


Bebe de la copa del Antiguo Testamento y del Nuevo, porque en los dos es a Cristo a quien bebes. Bebe a Cristo, porque es la vid (Jn 15,1), es la roca que hace brotar el agua (1Co, 10,3), es la fuente de la vida (Sal 36,10). Bebe a Cristo porque él es “el correr de las acequias que alegra la ciudad de Dios” (Sal 45,5), él es la paz (Ef 2,14) y “de su seno nacen los ríos de agua viva” (Jn 7,38). Bebe a Cristo para beber de la sangre de tu redención y del Verbo de Dios. El Antiguo Testamento es su palabra, el Nuevo lo es también. Se bebe la Santa Escritura y se la come; entonces, en las venas del espíritu y en la vida del alma desciende el Verbo eterno. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Dt 8,3; Mt 4,4). Bebe, pues de este Verbo, pero en el orden conveniente. Bebe primero del Antiguo Testamento, y después, sin tardar, del Nuevo.

Dice él mismo, como si tuviera prisa: “Pueblo que camina en las tinieblas, mira esta gran luz; tú, que habitas en un país de muerte, sobre ti se levanta una luz” (Is 9,1 LXX). Bebe, pues, y no esperes más y una gran luz te iluminará; no la luz normal de cada día, del sol o de la luna, sino esta luz que rechaza la sombra de la muerte. (San Ambrosio de Milán, Comentario al salmo 1, 33)

¿Estamos dispuestos a beber de la Fuente de la Vida? El mundo (sociedad) nunca ha estado dispuesta a beber de la Fuente de la Vida y hoy en día, este rechazo es más evidente que nunca. Pienso, por ejemplo, en los problemas que existen para vivir como cristiano dentro de nuestro entorno laborar. Dios está ausente de las oficinas, las fábricas y los pasillos de los centros de trabajo. Alguno se pregunta ¿qué sentido tiene que Dios se haga presente en un lugar donde nadie lo llama? Pero lo cierto es que lo llamamos a gritos sin que estos gritos logren salir por nuestras gargantas.

En algunas empresas y factorías, es habitual hacer alguna tabla de gimnasia previa a la empezar la jornada de trabajo. Los directivos se han dado cuenta que utilizar cinco minutos para estirarnos y tomar conciencia de nuestro cuerpo, redunda en un mayor rendimiento en el trabajo. De igual forma, ¿por qué no empezar la jornada de trabajo con una Eucaristía? ¿Por qué se ve lógico estirarse físicamente y vemos tan extraño distendernos espiritualmente? Todo esto parte de ciertos prejuicios que ligan la religión con una postura vital pasiva y desentendida de todo. Pero el principal problema es que hacer presente a Dios en nuestra vida cotidiana está muy mal visto.

El pasado viernes, fiesta de San Pedro y San Pablo, mi universidad decidió celebrar el día de Santo Tomás de Aquino, siendo día festivo para todo el personal. El hecho de no respetar el día del Santo Patrón evidencia que no se comprende la relación directa entre el día festivo y la jornada de descanso. Jornada que podríamos haber utilizado para recordar a Santo Tomás como profesor universitario, investigador y su compromiso con la búsqueda de la Verdad. Bueno, de todas formas la pastoral universitaria organizó una misa para celebrar el patrón, aunque no coincidiera con la festividad real. Lo triste fue la escasa afluencia de profesores y alumnos.

Volviendo al texto de San Ambrosio de Milán: “Bebe a Cristo para beber de la sangre de tu redención y del Verbo de Dios.” Cuanta falta nos hace beber la sangre de la redención. Con el sufrimiento llevamos en nuestros hombros ¿Cómo no damos un paso al frente para aceptar el Verbo? ¿Qué nos retiene?

Prejuicios, miedos, ignorancias, nos atenazan y nos petrifican cuando miramos atrás. Hace falta valor para desprenderse los complejos de inferioridad que han creado sobre nosotros. Tenemos razones para tener fe y confianza en Cristo. La Nueva Evangelización conlleva la rotura de los miedos que nos atan y para ello necesitamos beber de Cristo. Beber del Antiguo y el Nuevo Testamento. Como San Ambrosio indica: “Bebe, pues, y no esperes más y una gran luz te iluminará; no la luz normal de cada día, del sol o de la luna, sino esta luz que rechaza la sombra de la muerte

 “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”


domingo, 20 de enero de 2013

El vino nuevo de la verdadera alegría

Él que no nació de un matrimonio humano fue a la boda. Fue allá no para participar en un banquete festivo, sino para revelarse por un prodigio verdaderamente admirable. Fue allá no para beber vino, sino para darlo. Porque, tan pronto como los invitados se quedaron con vino, la bienaventurada María le dijo: "no tienen vino". 


Jesús, aparentemente contrariado, le respondió: " ¿mujer, qué nos va a ti y a mi?"... Respondiendo: " mi hora todavía no ha llegado ", anunciaba ciertamente la hora gloriosa de su Pasión, o bien el vino difundido para la salvación y la vida de todos. María pedía un favor temporal, mientras que Cristo preparaba una alegría eterna…

Por eso se encargó de advertir a los servidores con estas palabras: " haced lo que él os diga". Su santa madre sabía ciertamente que la palabra de reproche de su hijo y Señor no escondía el resentimiento de un hombre enfurecido sino contenía un misterio de compasión... Y de repente el agua comenzó a recibir la fuerza, a cambiar el color, a difundir un buen olor, a adquirir gusto, y al mismo tiempo a cambiar totalmente de naturaleza. Y esta transformación del agua en otra sustancia manifestó la presencia del Creador, porque nadie, excepto el que creó el agua de nada, puede transformarla en otra cosa.” (San Máximo de Turín. Homilía 23; PL 57, 274)

Sólo si el agua se transforma en vino, la boda puede continuar. Lo interesante es que Cristo obra un milagro que transforma la naturaleza de lo que existía en abundancia, agua, en lo que necesitaban y no tenían posibilidad de encontrar, vino.

Sin duda podríamos pensar en el momento actual y ver como los ingenieros sociales intentan transformar la naturaleza del ser humano sin capacidad real de hacerlo. Nos dan agua diciendo que es vino, con todo lo que significa de engaño y de sufrimiento recibir lo que no necesitamos y tenemos en abundancia.

Hace pocos días, Benedicto XVI dirigió a los participantes de la plenaria del Pontificio Consejo “Cor Unum”, en el que trató sobre la ideología de género y la caridad:

… el ser humano no es ni un individuo separado ni un elemento anónimo en la comunidad, sino una persona singular e irrepetible, intrínsecamente ordenada a la relación y la socialización. Por lo tanto, la Iglesia reafirma su gran sí a la dignidad y la belleza del matrimonio como una expresión de la alianza fiel y fructífera entre el hombre y la mujer, y su no, a filosofías como la de género, está motivada por el hecho de que la reciprocidad entre hombres y mujeres es una expresión de belleza natural del Creador

Se trata, de hecho, de una deriva negativa para el hombre, aunque se disfrace de buenos sentimientos en nombre de un supuesto progreso, o de presuntos derechos o de presunto humanismo. Frente a esta reducción antropológica: ¿Cual es la tarea de todos los cristianos, y especialmente de quienes se dedican a las actividades de caridad, y por tanto están estrechamente relacionado con muchos otros actores sociales? Ciertamente tenemos que ejercer una vigilancia crítica y, a veces, recusar financiamientos y colaboraciones que, directa o indirectamente, favorezcan acciones o proyectos en contraste con la antropología cristiana

La felicidad del ser humano no se consigue cambiando cómo se entiende a sí mismo y a la sociedad donde vive. Cambiar las leyes para hacer legal lo que no es natural, no lo convierte en lícito y beneficioso para la sociedad. La ideología de género no es más que un engaño que no nos transforma ni nos mejor. A lo sumo, promueve la perversión de nuestra naturaleza, aceptando como válido y deseable, aquello que no es connatural con nosotros.

Sólo Cristo es capaz de transformar el agua en vino y lo hace con el fin de que la Boda sea un éxito. Los anfitriones no pueden hacerlo, ellos sólo tienen agua para ofrecer a los invitados. Para conseguir ser realmente felices necesitamos que Cristo nos transforme, no que la sociedad se engañe a sí misma. Llamar vino al agua, no cambia la naturaleza del agua ni tampoco es capaz de dar vida a la Boda que se ha paralizado por ausencia de vino.

Tenemos que volvernos a Cristo y a través de María, solicitar que nos transforme. Para ello hemos de acercarnos a Él, cosa que hemos olvidado y creemos innecesario. Ese es el gran desafío que tiene la sociedad actual, volver sus ojos a Dios y buscar en Él, la transformación que le hará realmente feliz.

martes, 25 de diciembre de 2012

¡Feliz Navidad!

«Salten de júbilo los hombres, salten de júbilo las mujeres; Cristo nació varón y nació de mujer, y ambos sexos son honrados en Él. Retozad de placer, niños santos, que elegisteis principalmente a Cristo para imitarle en el camino de la pureza; brincad de alegría, vírgenes santas; la Virgen ha dado a luz para vosotras para desposaros con Él sin corrupción. Dad muestras de júbilo, justos, porque es el natalicio del Justificador. Haced fiestas vosotros los débiles y enfermos, porque es el nacimiento del Salvador. Alegraos, cautivos; ha nacido vuestro redentor. Alborozaos, siervos, porque ha nacido el Señor. Alegraos, libres, porque es el nacimiento del Libertador. Alégrense los cristianos, porque ha nacido Cristo» (San Agustín, Sermón 184)

En verdad hemos de alegrarnos, porque Cristo nace esta noche. ¿Dónde nace? Nace en nuestros corazones. Nació en los que nos precedieron llenándoles de esperanza y nacerá en los corazones de todos aquellos que le esperarán en el futuro. Nuestro corazón es como aquella cueva-establo de Belén, que esperaba ver nacer al Señor. Cristo no nació en una estancia rica, ni limpia, ni noble, sino en un establo, con la sencillez y la suciedad que se puede esperar de un sitio así. De la misma forma, el Señor no espera que nuestro corazón sea rico, limpio ni refulgente. El, al nacer, lo transformará en un lugar nuevo. Un lugar digno del hijo de Dios mismo.

Esto nos hace llenarnos de esperanza y de júbilo. Pero la alegría no debe ser flor de un día, sino que debe acompañarnos todo el año hasta la próxima Navidad. Seguramente habrá personas que frunzan el seño y piensen que festejamos al que nunca llegó y que nunca volverá. No se lo tengamos en cuenta. En nuestra alegría, seamos humildes y sinceros.

«Es la misma humildad la que da en rostro a los paganos. Por eso nos insultan y dicen: ¿Qué Dios es ése que adoráis vosotros, un Dios que ha nacido? ¿Qué Dios adoráis vosotros, un Dios que ha sido crucificado? La humildad de Cristo desagrada a los soberbios; pero si a ti, cristiano, te agrada, imítala; si le imitas, no trabajarás, porque Él dijo: Venid a mí todos los que estáis cargados». (San Agustín. Comentario al Salmo 93)

¿Cómo podemos encontrar al Niño si no los buscamos? ¿Cómo podemos conocer a quien no deseamos? Benedicto XVI, en el Ángelus de este pasado lunes, nos pide que “imitemos también a Isabel que recibe al huésped como Dios mismo: sin desearlo, no conoceremos nunca al Señor, sin esperarlo no lo hallaremos, sin buscarlo no lo encontraremos” (Benedicto XVI, Ángelus 24-12-12) Hay quien no busca a Dios, pero también hay quien huye de El. Son los que nos preguntan con sorna por aquel que nos salvado y que nace en nuestro corazones. Hablan de nosotros diciendo que actuamos con soberbia al no aceptar que puede ser que no haya existido Cristo, pero quien lo ha sentido nacer en su corazón, tiene la certeza de su existencia. Quien no ha sentido nunca el calor del pesebre en su corazón, no podrá aceptar que Cristo haya nacido, nazca y nacerá en cada uno de nosotros.

«Yacía en el pesebre, y atraía a los Magos del Oriente; se ocultaba en un establo, y era dado a conocer en el cielo, para que por medio de él fuera manifestado en el establo, y así este día se llamase Epifanía, que quiere decir manifestación; con lo que recomienda su grandeza y su humildad, para que quien era indicado con claras señales en el cielo abierto, fuese buscado y hallado en la angostura del establo, y el impotente de miembros infantiles, envuelto en pañales infantiles, fuera adorado por los Magos, temido por los malos» (San Agustín. Sermón 220,1)

La Epifanía es la manifestación de lo Alto, que nos llena de sentido y de esperanza. Ojalá fuesen Epifanía todos y cada uno de los días de nuestra vida.  Feliz Navidad
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