domingo, 23 de junio de 2013

El tesoro es lo compartido con los demás. Papa Francisco

Tú que escondes tu tesoro en la tierra (Mt 25,25) eres su esclavo y no su dueño. Cristo dice: “Donde está tu tesoro allí está tu corazón.” (Mt 6,21) Con el tesoro has enterrado también tu corazón. Más vale vender tu tesoro y comprar la salvación. Vendes un mineral y adquieres el Reino de Dios, vendes el campo y adquieres para ti vida eterna.

Diciendo esto, estoy diciendo la verdad porque me apoyo en la palabra misma de aquel que es la Verdad: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en los cielos.” (Mt 19,21) ¡No te entristezcas con estas palabras, por miedo que te dirijan a ti las mismas palabras que al joven rico: “Os aseguro que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos.” (Mt 19,23) Aún más, si tú lees esta frase, considera que la muerte te puede arrancar tus bienes, que la violencia de un poderoso te los puede quitar. A fin de cuentas, no te habrás preocupado más que por bienes minúsculos en lugar de grandes riquezas. No son más que tesoros de dinero en lugar de tesoros de gracia. Por el mismo hecho son corruptibles en lugar de eternos. (San Ambrosio, Sobre Nabaot, 58)

Las riquezas son uno de los principales problemas de todo cristiano. Riquezas de dinero, fama, propiedades, conocimiento, orgullo, que nos hacen sentirnos superiores a los demás y nos hacen envidiar lo que no tenemos. La naturaleza humana nos lleva a desear y envidiar lo que los demás tienen, la envidia nos lleva al resentimiento, el resentimiento al odio y el odio a la violencia. Menuda cadena de errores encadenados.

El problema, explicó el Papa Francisco en su homilía de ayer sábado en la Casa Santa Marta, se encuentra en el no confundir el tesoro verdadero con las riquezas. Hay “tesoros peligrosos que seducen pero que debemos dejar”, aquellos que acumulamos durante la vida y que la muerte evidencia como innecesarios e inútiles. El Papa francisco utilizó el sentido del humor al indicar: “jamás vi un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre, jamás”. ¿Cuál es el verdadero tesoro? Es el que podemos llevar con nosotros tras la muerte y que nadie puede robar:

Aquel tesoro que hemos dado a los demás, ese tesoro lo llevamos. Y ese será nuestro mérito, ¡pero el ‘merito’ de Jesucristo en nosotros!. Es aquello que el Señor nos deja portar. El amor, la caridad, el servicio, la paciencia, la bondad, la ternura, esos son tesoros bellísimos: aquellos que llevamos. No los otros”.

Pensemos en todo aquello que vamos acumulando a través de los años y que resguardamos de los demás para disfrutarlo en soledad. Tantos dones que Dios nos ha dado gratuitamente y que encerramos en cada uno de nosotros y que se pierden dentro de nuestros bancos y también dentro de nuestros corazones. ¿Para qué queremos saber mucho de algo si no lo compartimos con los demás? ¿Para qué queremos atesorar nuestro tiempo sin que dé fruto en quienes necesitan que estemos junto a ellos? ¿Para qué atesoramos en nosotros el amor, misericordia, bondad, desprendimiento si encerrados en nosotros no sirven para nada?
Hoy en día se promueve que nos queramos a nosotros mismos, que nos demos caprichos, que gastemos nuestro dinero sobre nosotros mismos y no nos damos cuenta de que todo esto resta sentido a nuestras vidas.

Tal como dice el Papa Francisco, el tesoro que podremos llevarnos al cielo es todo lo que hemos recibido de Dios y hemos compartido con los demás. Encerrar en nosotros los dones de Dios hace que nuestro corazón se canse y empiece a sufrir. A veces no sabemos la razón de nuestro sufrimiento, ya que tenemos de todo. Dice el Papa Francisco:

Pensemos en esto. ¿Qué cosa tengo: un corazón cansado, que sólo quiere acomodarse, con tres o cuatro cosas, una abundante cuenta bancaria, esto, o esto otro? ¿O un corazón inquieto, que cada vez más busca las cosas que no puede tener, las cosas del Señor? Siempre es necesaria esta inquietud del corazón”.

Lo que necesitamos es un corazón inquieto por compartir y buscar en el compartir la verdadera razón de la vida. La pregunta del millón es: Si compartimos todo lo que tenemos ¿Nos quedaremos sin nada?

Es curioso, pero cuando uno comparte amor, recibe el amor multiplicado. De igual forma, si uno comparte paciencia, recibe la paciencia de los demás. Si uno comparte su apoyo y ánimo, recibe el mismo apoyo y ánimo multiplicado por cien o mil. Es cierto que siempre encontraremos a alguien incapaz de compartir lo que le damos, pero pensemos en que nosotros también tuvimos los mismos miedos y avaricias hasta que el Señor nos ayudó a abrir nuestro corazón.

martes, 18 de junio de 2013

Cristianos de corazón arrugado. Papa Francisco



Escuchad lo que nos dice el mismo Señor: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis el descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). He aquí que, de manera breve, con una sola palabra, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, junto con su remedio, fuente de todos los bienes. Nos enseña que lo que nos hace caer es la soberbia, y que no es posible alcanzar misericordia sino por la humildad, que es la disposición contraria. De hecho, la soberbia engendra el desprecio y la desobediencia que conduce a la muerte, mientras que la humildad engendra obediencia y la salvación de las almas: yo entiendo la verdadera humildad, no como un rebajarse de palabra y en actitudes, sino como una disposición verdaderamente humilde en lo más íntimo del corazón y del espíritu. Por esto dice el Señor: “Yo soy manso y humilde de corazón”. El que quiera encontrar el verdadero descanso para su alma que aprenda a ser humilde. (Doroteo de Gaza. Instrucciones, nº 1, 8) 

Todos los cristianos sabemos que somos hijos de Dios, dignos y capaces de acercarnos al Señor con humildad. Nuestro problema es que este conocimiento se queda en una teoría que no deseamos recordar con frecuencia. Todos aspiramos a ser más que los demás y que esta superioridad impregne toda nuestra vida. Pero, como es evidente, no es posible que todos seamos superiores a todos y ahí aparece la envidia Envidia que nos hace caer en la cuenta de lo que otros tienen y de lo que carecemos. De la envidia se pasa al rencor y al odio. Del odio se pasa a la violencia verbal y física. Como la violencia solo puede engendrar violencia, nos pasamos la vida viviendo un constante enfrentamiento con los demás. Un enfrentamiento que no tiene sentido ni futuro alguno. 

Doroteo de Gaza nos dice: “la humildad engendra obediencia” y la obediencia da lugar a la verdadera armonía.

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domingo, 16 de junio de 2013

Exige de ti que le hagas oír tu voz




“No son los que están sanos los que tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos” (Mt 9,12). Enseña al médico tu herida de manera que puedas ser curado. Aunque tú no se la enseñes, Él la conoce, pero exige de ti que le hagas oír tu voz. Limpia tus llagas con tus lágrimas. Es así como esta mujer de la que habla el evangelio se quitó de encima su pecado y el mal olor de su extravío; es así como se ha purificado de su falta, lavando con sus lágrimas los pies de Jesús.

¡Resérvame para mí también, oh Jesús, el poder lavar tus pies, esos que has ensuciado mientras caminabas conmigo!... Pero ¿dónde encontraré el agua viva con la que podré lavar tus pies? Si no tengo agua, tengo mis lágrimas. ¡Haz que, lavándote los pies con ellas, yo mismo me purifique!

No puedo comparar a esta mujer con cualquiera otra, ya que, con justa razón, fue preferida al fariseo Simón que recibía al Señor a comer. Sin embargo, ella enseña, a todos los que quieren merecer el perdón, que es besando los pies de Cristo y lavándolos con sus lágrimas, enjugándolos con sus cabellos, y ungiéndolos con perfume, la manera de obtenerlo... Si no podemos igualarla, el Señor Jesús sabe venir en ayuda de los débiles. Allí donde nadie sabe preparar una comida, llevar un perfume, traer consigo una fuente de agua viva (Jn 4,10), viene Él mismo. (San Ambrosio de Milán. La Penitencia, II, 8)

El Evangelio de hoy domingo y este breve comentario de San Ambrosio de Milán, nos ayudan a darnos cuenta del valor del arrepentimiento y el tesoro del perdón de Dios. Tesoro que es también vínculo de amor.

La diferencia entre Simón el fariseo y la Pecadora, es que Simón no es capaz de amar al Señor con la profundidad de la Pecadora ¿Por qué? Porque se cree capaz de salvarse por si mismo, cumpliendo la ley. Simón no es capaz de  ofrecerle al Señor aquello que la Pecadora no duda en darle: el amor de un corazón sufriente que está arrepentido y busca el perdón.

Simón es la viva imagen del pelagianismo que vive a veces agazapado dentro de la Iglesia, tal como el Papa Francisco y Benedicto XVI han indicado en varias ocasiones. Creer que nuestros esfuerzos, gestos y normas son los que nos salvan es, por desgracia, demasiado común.

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martes, 11 de junio de 2013

Pobreza de Espíritu, corazón acogedor

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos." Hay muchos que perseveran en la oración y en los divinos oficios y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por sola una palabra que parece ser injuriosa para sus cuerpos o por cualquier cosa que se les quite, se escandalizan y en seguida se alteran. Esos tales no son pobres de espíritu; porque quien es de verdad pobre de espíritu se odia a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39). (San Francisco de Asís, Admoniciones, 14

Muchas veces confundimos la pobreza de espíritu con la inocencia. Son virtudes diferentes que no es conveniente confundir. Una vez una persona me indicó que la felicidad en que viven los niños proviene de su pobreza de espíritu y esto no es del todo exacto. La felicidad de los niños proviene de su inocencia y su confianza en quienes les rodean. Incluso si padecen penurias, pueden sonreír con facilidad porque en su interior no existe rencor alguno. 

La pobreza de espíritu la explica estupendamente San Francisco en esta admonición que comparto con usted. Toda pobreza es antitética a la abundancia o la riqueza.

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domingo, 9 de junio de 2013

¿Que sentido tiene el Sagrado Corazón en el siglo XXI?

Si bien, como hemos dicho ya y como se verá más adelante, la doctrina del Sagrado Corazón hunde sus raíces en los propios orígenes del cristianismo, su formulación expresa fue ante todo objeto de revelaciones privadas. Lo cual se explica por el hecho mismo de su importancia, debida a su carácter totalmente «interior», como señala justamente H. Montaigu en su excelente libro sobre Paray. El cristianismo tiene por dogmas oficiales los misterios, que, por otra parte, son también los arcanos de la vida contemplativa; Cristo desveló algunos desde el comienzo; los demás, poco a poco, en el transcurso de la historia de la salvación. Este es el caso del «misterio del Corazón». Y así se explica su carácter escatológico: la revelación de este misterio, que es el centro más interior de todo el misterio de Cristo, estaba reservada al período del «Fin de los tiempos», o dicho de otro modo, al fin del ciclo de nuestra humanidad. Eso es lo que se desprende de una revelación recibida del apóstol San Juan por Santa Gertrudis (siglo XIII). La santa le preguntó por qué no había escrito nada sobre el corazón de Cristo; San Juan le respondió: «Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comenzase a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada.

Por eso, muy al contrario de no ser más que una devoción entre otras, el culto al Sagrado Corazón, que viene de lo más profundo del cristianismo, aparece como la tentativa, por parte del Cielo de enderezar y renovar toda la tradición cristiana, en el campo de la espiritualidad individual, por supuesto, pero también, cosa que suele olvidarse o incluso ignorarse, en el campo intelectual y en el campo social. 
(Jean Hani, El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos) 

Confieso que no tengo muchas devociones, pero una de estas pocas es el Sagrado Corazón de Jesús, por lo que he ido recogiendo documentación, libros e información diversa sobre Él. Hablar del Sagrado Corazón de Jesús es hablar de Cristo mismo como centro y sentido de todo lo que existe y por lo tanto, centro de nuestra vida. 

Seguramente a muchas personas les parezca que este tipo de devociones están pasadas de moda y que son entretenimiento de personas mayores sin gran cultura. Nada más lejos de la realidad. Las devociones son caminos actualizados de acceso a los misterios que nuestra fe nos señala. 

Santa Gertrudis la Grande (1256-1301) fue una religiosa benedictina alemana de gran cultura filosófica y literaria. Fue una de las primeras personas a las que se reveló el Sagrado Corazón, varios siglos antes de que  Santa Margarita de Alacoque (1647-1690) difundiera la devoción de forma definitiva. 

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jueves, 6 de junio de 2013

Dios nos dió la tarea de cultivar y custodiar la creación. Papa Francisco

El Papa Francisco ha realizado un fuerte llamado en contra de la “cultura del desperdicio”, del “usa y tira”, del consumo veloz y sin frenos que lleva a la idolatría del dinero. En ocasión de la Jornada Mundial del Ambiente, el Papa Francisco aprovechó para lanzar “un fuerte llamado a la necesidad de eliminar los desperdicios y la destrucción de los alimentos”.

La cultura del desperdicio, que tiende a convertirse en mentalidad común que contagia a todos, pone en peligro, en primer lugar, a la persona humana. Dios, de hecho, dio al hombre la tarea de cultivar y custodia la creación, pero los hombres olvidan demasiado a menudo esta tarea, distraídos porque persiguen obsesivamente el dinero. Y lo hacen hasta el punto de no sentir a la persona ni a la vida humanas como valor primario que hay que respetar y tutelar, sobre todo si es pobre o discapacitada, si todavía no sirve, como el que está por nacer, o si no sirve más, como el anciano” 


La pregunta que se nos viene a la cabeza es ¿Por qué somos tan reacios a buscar el bien común, que es bien para nosotros mismo y los que nos rodean. Parecería que el consumo desmedido no tiene incidencia en nuestro entorno humano y ambiental, pero esto es una mentira tremenda. Una mentira que se esconde detrás del marketing que nos acucia a comprar para sentirnos vivos. Comprar para llenar el vacío de sentido que cargamos en nuestro interior. Comprar para llenar el vacío que el egoismo crea en nosotros.

¿Por qué tanta ceguera al bien común? San Agustín nos ayuda indicando un elemento muy interesante...

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martes, 4 de junio de 2013

BXVI nos habla de Parroquia, Eucaristía y Corpus Christi

El domingo pasado celebramos la solemnidad del Corpus Christi, recordando la importancia que la Eucaristía tiene para todos nosotros. Quizás en esta solemnidad pueda quedar desdibujada la relación entre Eucaristía y comunidad de fieles, por eso traigo aquí un fragmento de una obra pequeña en tamaño, pero inmensa en su profundidad “La Fraternidad Cristiana” escrita por el entonces profesor Ratzinger, hoy Papa Emérito, Benedicto XVI:

¿Cómo puede realizarse en concreto la fraternidad de los miembros de una parroquia? A este respecto puede ayudarnos, adicionalmente, la consideración de la antigua significación verbal de eclessia, pues esta palabra no solo significa “Iglesia” y “comunidad local”, sino también “reunión de culto”. Estos tres significados no se encuentran simplemente yuxtapuestos uno junto al otro, sin ningún tipo de relación, sino que son en realidad tres escalones de un mismo significado y por consiguiente, se solapan unos con otros. Están tan unidos unos con otros que podría decirse que la única Iglesia está representada concretamente por la comunidad local. Y la comunidad local se realiza, a su vez, como Iglesia en la reunión de culto, es decir, principalmente en la celebración de la Eucaristía. Por lo tanto, la fraternidad cristiana exige, concretamente, la fraternidad de las distintas comunidades parroquiales. Y esta fraternidad tendrá de nuevo su fundamento decisivo y su fuente primera en la celebración de los misterios sagrados. De hecho, la teología clásica de la Iglesia ha entendido la Eucaristía no tanto como “encuentro del alma con Cristo” sino como la “concorporatio cum Christo”, la unión de los cristianos en el único cuerpo de Cristo. (Joseph Ratzinger. La Fraternidad Cristiana, 5)

El entendimiento de los sacramentos es fundamental, ya que a veces perdemos el norte y tendemos a recluirlos en el espacio personal de cada uno de nosotros. 

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