domingo, 21 de julio de 2013

Marta y María, la Iglesia diversa y armónica

Sé, pues, como María, animado por el deseo de la sabiduría; es una obra mayor y más perfecta. Que las preocupaciones del servicio no te priven de aprender a conocer la palabra celestial. No critiques, ni juzgues como holgazanes a los que vieras aplicarse a la sabiduría, porque Salomón, el pacífico, la invocó para que hiciera morada en su casa. (Cf Sb 9,10) Con todo, no se trata de reprochar a Marta sus buenos servicios, pero María tiene la preferencia, por haber elegido la mejor parte. Jesús posee muchas riquezas y las distribuye con largueza. La mujer más sabia ha escogido lo que había juzgado como más importante.

En cuanto a los apóstoles, no prefirieron dejar la palabra de Dios para dedicarse al servicio (Hch. 6,2) Las dos actitudes son obra de la sabiduría, porque Esteban, él también, estaba lleno de sabiduría y fue escogido como servidor, como diácono (Hch. 6,5.8)... Porque el cuerpo de la Iglesia es uno; y los miembros siendo diversos, tienen necesidad los unos de los otros. “El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito...” (1Cor 12,21)... Si algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. La sabiduría reside en la cabeza, la actividad en las manos. (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 85-86)

Este breve párrafo de San Ambrosio es especialmente clarificador en la Iglesia actual. Tenemos que fijarnos que Cristo no reprende a Marta por afanarse en cubrir las necesidades de Suyas y sus Apóstoles. Sin la acción de Marta, María no podría haber disfrutado de las Palabras de Cristo. Es evidente que son necesarias muchas Martas que atiendan a la Iglesia. Pero estas Martas no deben reclamar que las Marías dejen la mejor parte para dedicarse a lo necesario que ella tan bien realiza.

En otra ocasión Marta y María podrán intercambiar sus tareas y será Marta la que disfrute de las Palabras de Cristo. Lo que no podemos es dejar a Cristo sólo sin nadie que reciba sus palabras y comunique su sabiduría, mientras todos nos afanamos en los detalles necesarios y urgentes.

Dice San Ambrosio, apoyándose en la teología del Cuerpo Místico, que algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. Las manos se benefician de la sabiduría que les permite actuar sobre el mundo. La cabeza, se beneficia de las acciones de las manos, yq que le permiten estar en lo que ella sabe hacer mejor. Una Iglesia diversa y en armonía es la forma de unidad más perfecta que podemos alcanzar. ¿Por qué el Señor no nos hizo homogéneos?

Hubiera sido más fácil actuar juntos si todos fuésemos capaces de todo. Sin embargo, Dios sabe hacer las cosas mejor que nosotros. El nos creó con carismas y talentos diferentes y complementarios. Precisamente estas diferencias nos señalan el camino: tenemos que colaborar con humildad y desprendimiento. Cada miembro actuando en lo que su carisma le hace idóneo, de forma la Iglesia sea un todo perfecto y armónico.

El diablo, que sabe como entorpecer, se dedica a instigar las envidias, soberbias y enojos entre nosotros. Sabe que separados y enfrentados nos desesperaremos y terminaremos por perder la Fe. La Fe necesita la unidad para ser sólida y coherente. Si la Fe se divide, la desesperación nos termina por romper interna y externamente. Una vez rotos, la caridad carece de sentido, ya que nadie está dispuesto a darla ni a recibirla. Cuando no se está dispuesto a recibir y comunicar caridad, amor y cercanía de los demás ¿Qué esperanza nos queda? Realmente poca, tristemente.

Fijémonos que San Ambrosio nos dice que seamos, todos, como María y al mismo tiempo reconoce que Marta es necesaria. Seamos María, sin dejar de ser Marta cuando la Iglesia lo necesite.


Ese es el gran misterio de la Iglesia de todos los tiempos. Igual que en el Apocalipsis se nombran siete comunidades para representar la diversidad, la Iglesia, de hoy en día, está compuesta por miles de comunidades diferentes que deben de conocerse, amarse, comprenderse, colaborar y unidas, hacer que el Reino de Dios sea una realidad día a día.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Quién es el Buen Samaritano? Usted, yo o tal vez, El Señor

La visión que san Ambrosio nos muestra del la parábola del Samaritano merece leerse con tranquilidad. Es muy ilustrativa, actual y cotidiana:

 “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó.” (Lc 10,30) Jericó es un símbolo de nuestro mundo donde, después de haber sido expulsado del paraíso, de la Jerusalén celestial, Adán descendió... No es el cambio de lugar sino de conducta lo que originó su exilio. ¡Qué cambio!  Aquel Adán que gozaba de felicidad sin inquietud, tan pronto como descendió a los pecados del mundo, encontró a los ladrones... ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas que se disfrazan a veces de ángeles de luz (2 Cor 11,14)? Empiezan por despojarnos de los vestidos de la gracia espiritual que habíamos recibido y así nos hieren. Si guardamos intactos los vestidos que hemos recibido, los golpes de los ladrones no podrán herirnos. Guárdate, pues, de dejarte despojar, como Adán, privado de la protección del mandamiento de Dios y desnudo del vestido de la fe. Por ello le alcanzó la herida mortal que hubiera hecho caer a todo el género humano, si el Samaritano no hubiese descendido a curar sus heridas.

No es un cualquiera este Samaritano. Aquel que fue despreciado por el levita y por el sacerdote, no fue despreciado por el Samaritano que descendía. “Nadie ha subido al cielo a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.” (Jn 3,13) Viendo medio muerto a este hombre, que nadie antes de él lo había podido curar, se acerca, es decir: aceptando sufrir con nosotros, se hizo nuestro prójimo y apiadándose de nosotros se hizo nuestro vecino. (San Ambrosio de Milán. Comentario sobre el evangelio de Lucas, 7,73)

Ayer estuve reflexionando un rato sobre las parábolas con que Cristo nos señala la forma en que deberíamos comportarnos y encontré que en todos los comportamientos existe un nexo común: la apertura. El corazón abierto que no se deja engañar por las apariencias. Apariencias que son, a menudo, herramientas de los Ángeles de las tinieblas que nombra San Ambrosio.

Vivimos en un mundo en el que las apariencias lo son todo. Como en la parábola, encontrarse con un necesitado nos puede llevar a cuatro actitudes diferentes:

  • Ignorancia. Fingimos no verlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Nos mostramos lejanos, imbuidos en nuestras propias cosas y desconectados de los demás.
  • Rechazo. Nos fastidia que existan los necesitados y les miramos con cierto desprecio. Pensamos que ellos mismos deberían se capaces de salir de la necesidad que les atenaza.
  • Ligera empatía. Sentimos que algo debemos hacer, pero delegamos las acciones en los demás. Mejor que un “experto” lo haga antes de equivocarnos. Vemos que lo que hay que solucionar son las apariencias de la necesidad, pero nos cuesta pensar en la persona que está tras la necesidad.
  • Compromiso. Nos bajamos del burro y nos acercamos a quien lo necesita sin esperar que el necesitado nos acepte o no. Ante incluso de actuar sobre la necesidad, abrimos el corazón y le comunicamos que para nosotros él/ella, es lo importante.
San Ambrosio se da cuenta del paralelismo entre el samaritano y Cristo. El, que es despreciado su propio pueblo es quien da su vida por nosotros. Primero acercándose a nosotros y mostrándonos que le importamos. Después regalándose para que el camino de nuestra salvación quedara abierto. Hay personas que dan más importancia a luchar contra las apariencias de la necesidad y se olvidan de quien hay detrás de esas necesidades. Practican el activismo que busca cambiar el mundo cambiando o creando leyes, sin cambiar el corazón de cada uno de nosotros.

Hay muchos tipos de necesidades y no nos damos cuenta que cada vez que alguien se acerca a nosotros solicitando tiempo, ser escuchado, un lugar dentro de un grupo, un poco de amistad y cercanía, está tendido en el camino tras ser apaleado por los ladrones que nos roban la Gracia de Dios.


A veces, lo fácil es alejarlos, señalando lo que nos separa como barrera infranqueable. Lo fácil es buscar la ignorancia que nos aleja del compromiso de encontrarnos con la persona que se acerca a nosotros. Si no es posible echar o alejar a la persona, nos desagrada tener que tratan con ella y atender a sus requerimientos. A veces damos un paso y sentimos empatía, lo que nos lleva a vestir a quien carece de vestido, dar de comer al hambriento y de beber al sediento. También dejamos que quien se acerca nos hable y sin llegar a escucharlo. Pero si la Gracia de Dios actúa en nosotros, abrimos el corazón y atendemos a la persona antes de nada. Después le ayudaremos a salir de la necesidad que la acongoja, porque no es un desconocido. Se ha convertido en un amigo, un hermano. 

domingo, 7 de julio de 2013

Yo evangelizo, tu evangelizas, el evangeliza…

En el bosque cercano a la capilla de Santa María de la Porciúncula, donde tenían costumbre los hermanos de retirarse para la oración, reunió a los seis hermanos que le seguían entonces y les dijo: “Queridos hermanos, entendamos bien nuestra vocación. En su misericordia, Dios no nos ha llamado solamente para nuestro provecho propio sino también para el servicio y la salvación de muchos otros. Vayamos pues, por el mundo, exhortando y mostrando a los hombres y las mujeres, por nuestra palabra y nuestro ejemplo, la penitencia de sus pecados y a acordarse de los preceptos de Dios que habían quedado en el olvido.”

Luego añadió: “No tengáis miedo, pequeño rebaño!” (Lc 12,32) tened confianza en el Señor. No os preguntéis el uno al otro: ¿Cómo vamos a predicar nosotros, ignorantes e iletrados?” Acordaos, más bien, de las palabras del Señor a sus discípulos: “Yo os digo: no seréis vosotros los que hablaréis sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros.” (Mt 10,20) Es pues, el Señor mismo quien os comunicará su Espíritu y su sabiduría para exhortar y predicar a los hombres y mujeres la senda y la práctica de sus mandamientos. (Vida de San Francisco de Asís. Anónimo de Perusa, 18)

El evangelio de hoy XIV domingo del tiempo ordinario nos hace volvernos hacia lo que el Señor espera de nosotros.

  • Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Mc 16,15)
  • Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19)

¿Por qué tenemos que evangelizar? ¿No es suficiente ir a misa y recibir los sacramentos? El mandato de evangelizar es mucho más directo e imperativo de lo que solemos pensar. Si el mismo Cristo nos llama a difundir la Buena Noticia ¿A qué esperamos?

Para olvidar la misión evangelizadora tenemos un buena cantidad de excusas: no tenemos tiempo, no sabemos hacerlo, ¿Quién somos nosotros para hacer algo que le corresponde a los curas?, “Yo cumplo con los mandamientos” y cientos de variaciones similares. Todas ellas son simples excusas, ya que se evangeliza en la misma vida cotidiana. No se trata de sacar tiempo, sino de emplear la propia vida para hacerlo. ¿Evangelizar e sólo cosa de curas? Me temo que el imperativo es para todo cristiano. Quizás la formación puede ser, en cierta forma, la excusa que mejor hay que rebatir.

Sin duda, los católicos tenemos una formación en la fe con graves carencias. La formación que hemos recibido la mayoría de nosotros, es una formación infantil y además muy sesgada a determinados aspectos. Se suele hacer mucho hincapié en los aspectos sociales y anímicos, dejando los aspectos cognitivos, espirituales y volitivos sin casi tratar. Pero la evangelización no es dar catequesis, sino testimonio personal de nuestra fe. 

Evangelizar cuando estamos llenos de dudas, es una locura. De ahí la importancia que debiera haber tenido este año de la fe y el compromiso que cada uno de nosotros ha debido de tomar para cimentar su fe y robustecerla. Pero, permítanme indicar que mirando el interés de la mayoría de nosotros, creo que no hemos avanzado demasiado.

¿Quién puede evangelizar? Aquel que no tiene dudas y puede dar testimonio creíble de su fe. No hacen falta doctorados ni masters en teología para compartir con las demás personas algo que debería ser fundamental para nosotros.

Nos permite evangelizar justo lo que los primeros discípulos de Cristo tenían en abundancia: la experiencia directa del Señor. ¿Se puede dar testimonio de alguien con el que no nos hemos cruzado en toda la vida? Evangelizar es comunicar la Buena Noticia que es Cristo. Evangelizar es comunicar cómo el encuentro con el Señor nos ha transformado y cómo puede transformar la vida de las personas que nos escuchan. Es lanzar el Kerigma como hizo Pedro tras recibir el Espíritu día de Pentecostés. Pero ¿Hemos recibido el Espíritu? Ya que como indica San Francisco, será el Espíritu quien hable por nuestra boca.

Un cristiano que no ha tenido experiencia de Cristo y que no hay recibido el Espíritu ¿Es plenamente cristiano? Preguntémonos a nosotros mismos ¿Somos plenamente cristianos? A lo mejor nuestro cristianismo es parcial o intermitente, lo que explica que no nos sintamos capacitados para evangelizar.


Es un tema para que cada uno de nosotros reflexione y se plantee lo mismo que indica San Francisco: “Yo os digo: no seréis vosotros los que hablaréis sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros.” (Mt 10,20)

domingo, 30 de junio de 2013

Unidos en las diferencias: el camino de Jesús. Papa Francisco

El Papa Francisco presidió ayer la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, patronos de la Iglesia romana. En su homilía quiso hacer especial hincapié en la unidad, ya que la unidad es uno de los dones que más nos cuesta entender y poner en práctica:

El Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor «con estos apóstoles formó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (ibíd. 19). Y prosigue: «Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios» (ibíd. 22). La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias: éste es el camino de Jesús

En contraste con esta visión, hace unos pocos días, nos hemos sentido consternados con la declaración que la Hermandad de San Pío X ha realizado con ocasión del XXV aniversario de las consagraciones que dieron continuidad a su estructura episcopal. En esta declaración dicen:

Siguiendo a Mons. Lefebvre, afirmamos que la causa de los graves errores que están demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos conciliares – una “hermenéutica de la ruptura” que se opondría a una “hermenéutica de la reforma en la continuidad” -, sino en los textos mismos, a causa de la inaudita línea escogida por el concilio Vaticano II. Esta línea se manifiesta en sus documentos y en su espíritu: frente al “humanismo laico y profano”, frente a la “religión (pues se trata de una religión) del hombre que se hace Dios”, la Iglesia, única poseedora de la Revelación “del Dios que se hizo hombre” quiso manifestar su “nuevo humanismo” diciendo al mundo moderno: “nosotros también, más que nadie, tenemos el culto del hombre” (Pablo VI, Discurso de clausura, 7 de diciembre de 1965)

Nadie niega el peligro de evangelizar las periferias, ya que a veces terminas queriendo centrar la Iglesia en los extremos. Es evidente que acomodar la Iglesia al mundo siempre ha sido lo más cómodo para todos. Nadie niega que con demasiada frecuencia se “adora” al ser humano y se dice que eso es lo que debe hacer la Iglesia para inculturizarse. Pero, como dice el Papa Francisco: "Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse"

Encerrarnos en nosotros mismos es lo más cómodo y seguro, pero así no se evangeliza. Ahora, lo que ni el Papa ni nadie duda, es que lo mejor es una Iglesia sana que además salga hacia las periferias para traerlas al centro. Si nos accidentamos en esta misión, toca volver, curarnos, fortalecernos y volver al mismo frente de batalla. La anterior frase del Papa Francisco, ha sido interpretada por algunas personas como que el Papa quiere una Iglesia accidentada, lo que es demencial. Una Iglesia accidentada es ineficaz, como hemos podido ver en muchos experimentos vanguardistas que languidecen sin seguidores.

El alejamiento de la Hermandad de San Pío X no tiene que ver con la fidelidad a Cristo, sino con la incomodidad de estar incluidos dentro de una Iglesia diversa que se debería complementar en armonía, creando fraternidad. Dentro de la Iglesia Católica existen personas, grupos y movimientos tan diferentes como maravillosos, pero a veces los postulados de unos y otros nos hacen enfrentarnos creando controversias y resentimientos. Estas limitaciones humanas se hacen presentes en la parábola del Hijo Prodigo. El hermano “fiel”, se sintió menospreciado por la felicidad que vio en su Padre al encontrar al hermano perdido. El mismo Padre le reprende por esta actitud, ya que es obvio que todo lo que tiene es hijo “fiel”, ya que el resto lo ha dilapidado el hijo pródigo sin pararse a pensar en lo que hacía. ¿Qué puede temer el hijo fiel? ¿No será que en el fondo desconfía del Padre? Quizás ese es el problema de fondo: la desconfianza en la Divina Providencia. Esta desconfianza soterrada es un las caras más complicadas de detectar del actual pelagianismo.

Una asignatura pendiente es conseguir que la diversidad no implique que unos se impongan a otros señalando en los segundos la paja y olvidando la viga propia. Esto se vive en la Iglesia con demasiada frecuencia y tristemente no se aborda con misericordia y caridad.

Unas veces toca a los más tradicionales soportar formas que no sienten y otras a los más vanguardistas, soportar formalidades que no comprenden. Cuando alza la voz el grupo de sensibilidad incomprendida, la única opción que se le da es señalarles la  puerta y decirles que sobran. El Papa Francisco también ha hablado de este tema hace poco: “Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios

La Hermandad de San Pío X decidió salirse de ese juego diabólico de enfrentamientos y descalificaciones y echar a andar por su cuenta. Esta actitud que les ha valido el justo correctivo de verse fuera de la Iglesia. Ellos se han quedado fuera de la Casa del Padre con resentimiento y soberbia.

Creo que es justo señalar que les duele que a otros colectivos, abiertamente cismáticos, se les permita actuar dentro de la Iglesia con bastante impunidad. La diferencia es precisamente la astucia que Cristo pidió a sus Apóstoles y que se utilizan con arte quienes desean vernos desunidos. Los astutos saben esconderse y actuar contra la Iglesia con mucha más facilidad que quienes, desde su honestidad, señalan lo que les hace sentir incómodos.

De esta forma la obra del maligno se desarrolla eficientemente: separar a los que son fieles en grupitos y dejar a los que desean desunir hacer su labor con libertad. Nada mejor que generar “iglesitas personales”, cada vez más vacías de personas.

Creo que es imprescindible centrarnos en la necesidad de gestionar la diversidad o terminaremos siendo todos cristianos tristes, encerrados en nuestros propios carismas convertidos en egoísmos. “Cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella


Melancólicos de nuestras deseadas iglesitas personales y enfrentados porque no conseguimos superar nuestros egoísmos. Más que nunca, es necesario orar por la unidad en la Iglesia.

viernes, 28 de junio de 2013

Nadie es inútil o secundario en la Iglesia. Papa Francisco

En sus tradicionales homilías en la Casa de Santa Marta, El Papa Francisco nos ha hablado sobre el papel que cada uno de los cristianos dentro de la Iglesia: «Si alguien dice: “Pero, oiga, Papa, usted no es igual a nosotros”. No, no es cierto, todos somos iguales, todos hermanos. Todos estamos en la Iglesia, contribuimos para construirla y esto nos debe hacer reflexionar, porque si falta un ladrillo, hay algo que falta en esta casa»

¿Somos todos iguales? ¿En qué sentido? Miremos la estructura de una catedral. Todas y cada una de las piedras es necesaria, pero cada una de ellas tiene una función particular. Ninguna piedra es inútil, ya que cada una de ellas tiene que realizar la misión para la que fue creada. Todos los católicos somos Iglesia y el Santo Padre es tan Iglesia como el último bautizado.

Ahora, lo que no es lógico es que todos nos dediquemos a hacer lo que queramos en momento que creamos conveniente. Cada persona, cada católico, tiene un espacio donde desarrollarse y colaborar activamente dentro de un orden lógico y razonable. Por eso no tenemos que tener miedo a que alguien nos diga que sobramos o que no servimos para nada.

«Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios»

Este entendimiento de la Iglesia es algo que muchas personas alejadas o enfrentadas con nosotros, no lo terminan de comprender.

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domingo, 23 de junio de 2013

El tesoro es lo compartido con los demás. Papa Francisco

Tú que escondes tu tesoro en la tierra (Mt 25,25) eres su esclavo y no su dueño. Cristo dice: “Donde está tu tesoro allí está tu corazón.” (Mt 6,21) Con el tesoro has enterrado también tu corazón. Más vale vender tu tesoro y comprar la salvación. Vendes un mineral y adquieres el Reino de Dios, vendes el campo y adquieres para ti vida eterna.

Diciendo esto, estoy diciendo la verdad porque me apoyo en la palabra misma de aquel que es la Verdad: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en los cielos.” (Mt 19,21) ¡No te entristezcas con estas palabras, por miedo que te dirijan a ti las mismas palabras que al joven rico: “Os aseguro que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos.” (Mt 19,23) Aún más, si tú lees esta frase, considera que la muerte te puede arrancar tus bienes, que la violencia de un poderoso te los puede quitar. A fin de cuentas, no te habrás preocupado más que por bienes minúsculos en lugar de grandes riquezas. No son más que tesoros de dinero en lugar de tesoros de gracia. Por el mismo hecho son corruptibles en lugar de eternos. (San Ambrosio, Sobre Nabaot, 58)

Las riquezas son uno de los principales problemas de todo cristiano. Riquezas de dinero, fama, propiedades, conocimiento, orgullo, que nos hacen sentirnos superiores a los demás y nos hacen envidiar lo que no tenemos. La naturaleza humana nos lleva a desear y envidiar lo que los demás tienen, la envidia nos lleva al resentimiento, el resentimiento al odio y el odio a la violencia. Menuda cadena de errores encadenados.

El problema, explicó el Papa Francisco en su homilía de ayer sábado en la Casa Santa Marta, se encuentra en el no confundir el tesoro verdadero con las riquezas. Hay “tesoros peligrosos que seducen pero que debemos dejar”, aquellos que acumulamos durante la vida y que la muerte evidencia como innecesarios e inútiles. El Papa francisco utilizó el sentido del humor al indicar: “jamás vi un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre, jamás”. ¿Cuál es el verdadero tesoro? Es el que podemos llevar con nosotros tras la muerte y que nadie puede robar:

Aquel tesoro que hemos dado a los demás, ese tesoro lo llevamos. Y ese será nuestro mérito, ¡pero el ‘merito’ de Jesucristo en nosotros!. Es aquello que el Señor nos deja portar. El amor, la caridad, el servicio, la paciencia, la bondad, la ternura, esos son tesoros bellísimos: aquellos que llevamos. No los otros”.

Pensemos en todo aquello que vamos acumulando a través de los años y que resguardamos de los demás para disfrutarlo en soledad. Tantos dones que Dios nos ha dado gratuitamente y que encerramos en cada uno de nosotros y que se pierden dentro de nuestros bancos y también dentro de nuestros corazones. ¿Para qué queremos saber mucho de algo si no lo compartimos con los demás? ¿Para qué queremos atesorar nuestro tiempo sin que dé fruto en quienes necesitan que estemos junto a ellos? ¿Para qué atesoramos en nosotros el amor, misericordia, bondad, desprendimiento si encerrados en nosotros no sirven para nada?
Hoy en día se promueve que nos queramos a nosotros mismos, que nos demos caprichos, que gastemos nuestro dinero sobre nosotros mismos y no nos damos cuenta de que todo esto resta sentido a nuestras vidas.

Tal como dice el Papa Francisco, el tesoro que podremos llevarnos al cielo es todo lo que hemos recibido de Dios y hemos compartido con los demás. Encerrar en nosotros los dones de Dios hace que nuestro corazón se canse y empiece a sufrir. A veces no sabemos la razón de nuestro sufrimiento, ya que tenemos de todo. Dice el Papa Francisco:

Pensemos en esto. ¿Qué cosa tengo: un corazón cansado, que sólo quiere acomodarse, con tres o cuatro cosas, una abundante cuenta bancaria, esto, o esto otro? ¿O un corazón inquieto, que cada vez más busca las cosas que no puede tener, las cosas del Señor? Siempre es necesaria esta inquietud del corazón”.

Lo que necesitamos es un corazón inquieto por compartir y buscar en el compartir la verdadera razón de la vida. La pregunta del millón es: Si compartimos todo lo que tenemos ¿Nos quedaremos sin nada?

Es curioso, pero cuando uno comparte amor, recibe el amor multiplicado. De igual forma, si uno comparte paciencia, recibe la paciencia de los demás. Si uno comparte su apoyo y ánimo, recibe el mismo apoyo y ánimo multiplicado por cien o mil. Es cierto que siempre encontraremos a alguien incapaz de compartir lo que le damos, pero pensemos en que nosotros también tuvimos los mismos miedos y avaricias hasta que el Señor nos ayudó a abrir nuestro corazón.

martes, 18 de junio de 2013

Cristianos de corazón arrugado. Papa Francisco



Escuchad lo que nos dice el mismo Señor: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis el descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). He aquí que, de manera breve, con una sola palabra, nos muestra la raíz y la causa de todos los males, junto con su remedio, fuente de todos los bienes. Nos enseña que lo que nos hace caer es la soberbia, y que no es posible alcanzar misericordia sino por la humildad, que es la disposición contraria. De hecho, la soberbia engendra el desprecio y la desobediencia que conduce a la muerte, mientras que la humildad engendra obediencia y la salvación de las almas: yo entiendo la verdadera humildad, no como un rebajarse de palabra y en actitudes, sino como una disposición verdaderamente humilde en lo más íntimo del corazón y del espíritu. Por esto dice el Señor: “Yo soy manso y humilde de corazón”. El que quiera encontrar el verdadero descanso para su alma que aprenda a ser humilde. (Doroteo de Gaza. Instrucciones, nº 1, 8) 

Todos los cristianos sabemos que somos hijos de Dios, dignos y capaces de acercarnos al Señor con humildad. Nuestro problema es que este conocimiento se queda en una teoría que no deseamos recordar con frecuencia. Todos aspiramos a ser más que los demás y que esta superioridad impregne toda nuestra vida. Pero, como es evidente, no es posible que todos seamos superiores a todos y ahí aparece la envidia Envidia que nos hace caer en la cuenta de lo que otros tienen y de lo que carecemos. De la envidia se pasa al rencor y al odio. Del odio se pasa a la violencia verbal y física. Como la violencia solo puede engendrar violencia, nos pasamos la vida viviendo un constante enfrentamiento con los demás. Un enfrentamiento que no tiene sentido ni futuro alguno. 

Doroteo de Gaza nos dice: “la humildad engendra obediencia” y la obediencia da lugar a la verdadera armonía.

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