martes, 20 de agosto de 2013

Sacralidad, comunidad y agnosticismo

Hablar de “lo sagrado” en pleno siglo XX es una temeridad, lo reconozco. Buscar la sacralidad, en una sociedad que únicamente valora lo aparente y placentero, es una locura. Pero es una temeridad y una locura, que nace desde el corazón. No se trata de una moda o una afición pasajera. Cuando una persona necesita a Dios, puede buscarlo de muchas formas y ciertamente lo encontraremos en la comunidad, en los necesitados, en el estudio de los textos sagrados, en la oración personal, en las devociones, etc. Nuestro problema es que nos cuesta entender que todos estos aspectos, son una manifestación sagrada de Dios. ¿Sagrada?

Lo sagrado es aquello que nos une y comunica de forma mística con Dios. Ante la magnificencia del Misterio, no podemos tener una actitud desafectada y desdeñosa. Sea cual sea la manifestación de Dios, sólo si nos acercamos con reverencia, respeto y compromiso, seremos capaces de abrir nuestro corazón a la Gracia que Él no regala.

Nuestros antepasados sí tenían ese sano temor y reverencia a Dios ¿Qué ha pasado? Desgraciadamente hemos racionalizado la Fe y al hacerlo, hemos perdido lo sagrado entre nuestros dedos. Ahora entendemos la Fe de forma funcional, como una herramienta; mientras que la fe es un don.

Hace un par de días estuve viendo un documental sobre el Concilio Vaticano II llamado “Vaticano 1962 - Revolución en la Iglesia”. No es un documental tradicionalista ni mucho menos contemporizador con este gran evento. Es un documental que prima y valora el Concilio como una herramienta de cambio de una Iglesia vieja y caduca. Me sorprendió que los autores incluyeran el siguiente comentario sobre la veneración de los santos y reliquias por las personas de sencillas del pueblo: “Con esta devoción popular, esta veneración por las reliquias, la Iglesia postconciliar no supo desempeñar con brillantez su papel. No se apoyó el culto a los santos, otra de la víctimas de la gran racionalización del Vaticano II

¿Qué me llamó la atención esta frase?  Precisamente la mención a la racionalización que trajo consigo el postconcilio. Esta racionalización no es fruto directo de las constituciones del Concilio, sino del llamado “espíritu del Concilio”, que impregnó los años posteriores y todavía sigue marcando en entendimiento religioso de muchos de nosotros. En el “espíritu del Concilio” la fe es una herramienta para conseguir objetivos diversos, la justicia social, la socialización, el diálogo con quienes no creen otras cosas, etc.

¿Qué nos ha sucedido? Como indicaba el documental, hemos racionalizado la religión, convirtiéndola en una serie de obligaciones, pasos y costumbres. Indudablemente, una religión que se queda en este nivel de entendimiento y vivencia, no llena al ser humano. Hemos perdido el entendimiento de lo sagrado como un don de Dios y en el mejor de los casos, lo hemos convertido en rutinas que “ayudan” a que la comunidad se reúna una vez por semana o las familias se vean en bodas, bautizos y funerales. El fenómenos de los alejados tiene mucho que ver con la racionalización de la Fe y la “inutilidad” de la presencia de Dios en la vida cotidiana.

Dios se ha vuelto lejano para muchos de nosotros. Nos hemos vuelto cristianos agnósticos. Es decir, creyentes en un Dios lejano que se ha desentendido de nosotros. Conservamos los rituales y las costumbres, porque nos ayudan a encontrar algo importante, pero no absoluto: la comunidad. Para muchos, la comunidad se ha convertido en el sucedáneo palpable y “vivible” de Dios. Vamos a la misa del domingo para estar un rato en comunidad y disfrutar de una interconexión social dotada de cierta trascendencia. Con esto no quiero denigrar a la comunidad, sino señalar que estamos colocando algo importante en lugar de Dios mismo.

Si alguna vez miramos atrás y nos preguntamos por la sacralidad y la necesidad de un contacto místico con Dios, parece que mencionamos algo mágico que ya ha sido superado. Pareciera que rezar arrodillado fuese algo herético o maligno. Creer en la presencia de Cristo en los sacramentos, parece que es algo que terminará por desaparecer. ¿Qué joven le interesa arrodillarse frente a un imagen antigua? Algunos los prefieren ver en misa, twiteando con el smartphone.  Les pongo un ejemplo real.

He escuchado con cierta frecuencia a personas adultas, comprometidas y asiduas a las misas dominicales, que se preguntan por qué la Iglesia sigue “diciendo que Cristo está presente en la Eucaristía”. Después de charlar con ellas sobre el tema, aparece siempre la comunidad como el objetivo de su compromiso. Dios resulta algo tan grande y lejano, que no somos capaces de acercarse a El. Se nos ha olvidado que Cristo abrió caminos de comunicación que ahora hemos olvidado.

Entonces uno comprende la razón de que casi nadie se arrodille en la consagración o que se comulgue y se siga bailando al ritmo de la canción que se está poniendo en ese momento. Simplemente, no creen en la presencia de Cristo ni en la presencia de Dios junto a nosotros. Incluso, si se estima que Dios está presente, se cree que lo hace de forma indiferente y lejana. La comunidad es lo único que les llena y les da sentido. ¿No es triste?

¿Encontrar a Cristo en la comunidad es malo? Nada más lejos de la realidad, ya que Cristo mismo dijo que cuando nos reunimos, en su Nombre, El está en medio de nosotros. Una comunidad que ora unida, recibe los sacramentos, unida y además trabaja unida, es un lugar ideal para que el Señor nos encuentre.

Pero, ¿Qué sucede si la comunidad “nos sale rana”, el párroco lo trasladan o las personas que asisten a misa cambian? El desamparo puede llegar hasta hacer perder la poca Fe que retenemos. La comunidad está compuesta por seres humanos falibles y débiles. No podemos colocarla en lugar de Dios, por mucho que sea una vía de acceso a Él. Es lo mismo que si colocamos una figura en el lugar de Cristo, olvidando que la reverencia y el respeto no se le ofrece a la imagen, sino a Quien representa.


La comunidad es muy importante, casi imprescindible para nosotros, pero lo realmente imprescindible es la presencia de Dios entre nosotros. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Música y oración I

"yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz diverso en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33) 
¿Qué tienen que ver la oración, canto y música? La historia de la Iglesia atestigua que el canto, la música y la oración han estado siempre ligadas de forma provechosa para nosotros. Para San Agustín esta relación era tan evidente que no duda en señalar que “Quien canta, ora dos veces”. Pero San Agustín no es el único Padre de la Iglesia que se ocupa de esta relación, San Atanasio también aporta una visión interesante: 
Como plectro [Púa] para la armonía, en ese salterio [Instrumento] que es el hombre, el Espíritu debe ser fielmente obedecido, los miembros y sus movimientos deben ser dóciles obedeciendo la voluntad de Dios. Esta tranquilidad perfecta, esta calma interior, tienen su imagen y modelo en la lectura modulada de los Salmos. Nosotros damos a conocer los movimientos del alma a través de nuestras palabras; por eso el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente. Precisamente este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5,13). (San Atanasio. Carta a Marcelino sobre la interpretación de los salmos, 18 

Orar cantando, orar acompañado con música, prepararse para orar con música,  son formas de que nos ayudan a acercarnos al Señor.Pensemos en la importancia que tuvieron la música y el canto en los monasterios, durante muchos siglos. Todavía nos toca el alma escuchar un coro de religiosos entonando canto gregoriano o polifonía sacra. Por desgracia esta música y canto ha ido desapareciendo de nuestras celebraciones litúrgicas y nuestra vida cotidiana. 

San Atanasio compara al ser humano con un instrumento musical, que resuena tocado por la púa del Espíritu. Decía San Pablo que el Espíritu es quien ora por nosotros, ya que somos incapaces de orar por nosotros solos: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rm 8,16). 

El Señor ha sabido propiciar que la música en la oración se unan como anhelo del alma. San Atanasio nos indica que “el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente”. Música, canto y oración han sido creados para acercarnos a Dios de una forma más sencilla y profunda. El Espíritu, sin duda, sabe utilizar la música como herramienta de ayuda en nuestra relación con Dios. Dice San Atanasio: “este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5,13)

Pero no seamos ilusos, en nuestro mundo actual oración, canto y música no generan la unidad que sería deseable dentro de las comuniddes.Parece que hubiéramos asistido a un episodio similar al de la Torre de Babel y desde hace años, los lenguajes musicales nos separaran. El sentido de la sacralidad, unido a la belleza de la música y el canto, se ha ido transformando en diversas formas de utilitarismo de tipo social. El objetivo de la música y el canto ya no es acercarnos al Señor, sino reunir a la comunidad socialmente, dándole el protagonismo.

Pero no perdamos la esperanza, como indica el Papa Francisco, en su primer discurso ante el colegio cardenalicio: 

El paráclito es el supremo protagonista de toda iniciativa y manifestación de fe. Es algo curioso. Esto me hace reflexionar: el paráclito marca todas las diferencias en las iglesias. Parece ser un apóstol de Babel pero por otro lado es el que genera la unidad de esta diferencia. No en la igualdad sino en la armonía 

El misterio de unidad en la diversidad es algo que debe hacernos reflexionar. Nadie duda que necesitamos comunidades más unidas y vivas. Comunidades que compartan su vida de fe con alegría y participación, pero no deberíamos aceptar un trueque que implique perder el sentido sagrado de la oración y el canto litúrgico a cambio de que las comunidades sean lugares de unidad y fraternidad. ¿Cómo superar esta aparente contradicción? 

Recordemos el discurso del Kerigma que lanzó el Apóstol Pedro en Pentecostés. Milagrosamente,la voz de Pedro fue comprendida por todos los presentes, hablaran el idioma hebreo u otros muy diferentes. Ser capaces de abrir el corazón a las formas musicales que nos permiten orar al Señor, dentro de un orden y en armonía. 


Sería maravilloso vivir la fe en comunidades que sepan respetar los diferentes carismas que las integran y que todos puedan tener cabida en ellas, enriqueciéndonos. ¿Complicado? Imposible si contamos con nuestros egoísmos personales. Necesitamos del Espíritu Santo, ya que el es el supremo ordenador y armonizador de la Iglesia. Oremos para que el Señor nos muestre la forma de hacerlo posible.

domingo, 21 de julio de 2013

Marta y María, la Iglesia diversa y armónica

Sé, pues, como María, animado por el deseo de la sabiduría; es una obra mayor y más perfecta. Que las preocupaciones del servicio no te priven de aprender a conocer la palabra celestial. No critiques, ni juzgues como holgazanes a los que vieras aplicarse a la sabiduría, porque Salomón, el pacífico, la invocó para que hiciera morada en su casa. (Cf Sb 9,10) Con todo, no se trata de reprochar a Marta sus buenos servicios, pero María tiene la preferencia, por haber elegido la mejor parte. Jesús posee muchas riquezas y las distribuye con largueza. La mujer más sabia ha escogido lo que había juzgado como más importante.

En cuanto a los apóstoles, no prefirieron dejar la palabra de Dios para dedicarse al servicio (Hch. 6,2) Las dos actitudes son obra de la sabiduría, porque Esteban, él también, estaba lleno de sabiduría y fue escogido como servidor, como diácono (Hch. 6,5.8)... Porque el cuerpo de la Iglesia es uno; y los miembros siendo diversos, tienen necesidad los unos de los otros. “El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito...” (1Cor 12,21)... Si algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. La sabiduría reside en la cabeza, la actividad en las manos. (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 85-86)

Este breve párrafo de San Ambrosio es especialmente clarificador en la Iglesia actual. Tenemos que fijarnos que Cristo no reprende a Marta por afanarse en cubrir las necesidades de Suyas y sus Apóstoles. Sin la acción de Marta, María no podría haber disfrutado de las Palabras de Cristo. Es evidente que son necesarias muchas Martas que atiendan a la Iglesia. Pero estas Martas no deben reclamar que las Marías dejen la mejor parte para dedicarse a lo necesario que ella tan bien realiza.

En otra ocasión Marta y María podrán intercambiar sus tareas y será Marta la que disfrute de las Palabras de Cristo. Lo que no podemos es dejar a Cristo sólo sin nadie que reciba sus palabras y comunique su sabiduría, mientras todos nos afanamos en los detalles necesarios y urgentes.

Dice San Ambrosio, apoyándose en la teología del Cuerpo Místico, que algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. Las manos se benefician de la sabiduría que les permite actuar sobre el mundo. La cabeza, se beneficia de las acciones de las manos, yq que le permiten estar en lo que ella sabe hacer mejor. Una Iglesia diversa y en armonía es la forma de unidad más perfecta que podemos alcanzar. ¿Por qué el Señor no nos hizo homogéneos?

Hubiera sido más fácil actuar juntos si todos fuésemos capaces de todo. Sin embargo, Dios sabe hacer las cosas mejor que nosotros. El nos creó con carismas y talentos diferentes y complementarios. Precisamente estas diferencias nos señalan el camino: tenemos que colaborar con humildad y desprendimiento. Cada miembro actuando en lo que su carisma le hace idóneo, de forma la Iglesia sea un todo perfecto y armónico.

El diablo, que sabe como entorpecer, se dedica a instigar las envidias, soberbias y enojos entre nosotros. Sabe que separados y enfrentados nos desesperaremos y terminaremos por perder la Fe. La Fe necesita la unidad para ser sólida y coherente. Si la Fe se divide, la desesperación nos termina por romper interna y externamente. Una vez rotos, la caridad carece de sentido, ya que nadie está dispuesto a darla ni a recibirla. Cuando no se está dispuesto a recibir y comunicar caridad, amor y cercanía de los demás ¿Qué esperanza nos queda? Realmente poca, tristemente.

Fijémonos que San Ambrosio nos dice que seamos, todos, como María y al mismo tiempo reconoce que Marta es necesaria. Seamos María, sin dejar de ser Marta cuando la Iglesia lo necesite.


Ese es el gran misterio de la Iglesia de todos los tiempos. Igual que en el Apocalipsis se nombran siete comunidades para representar la diversidad, la Iglesia, de hoy en día, está compuesta por miles de comunidades diferentes que deben de conocerse, amarse, comprenderse, colaborar y unidas, hacer que el Reino de Dios sea una realidad día a día.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Quién es el Buen Samaritano? Usted, yo o tal vez, El Señor

La visión que san Ambrosio nos muestra del la parábola del Samaritano merece leerse con tranquilidad. Es muy ilustrativa, actual y cotidiana:

 “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó.” (Lc 10,30) Jericó es un símbolo de nuestro mundo donde, después de haber sido expulsado del paraíso, de la Jerusalén celestial, Adán descendió... No es el cambio de lugar sino de conducta lo que originó su exilio. ¡Qué cambio!  Aquel Adán que gozaba de felicidad sin inquietud, tan pronto como descendió a los pecados del mundo, encontró a los ladrones... ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas que se disfrazan a veces de ángeles de luz (2 Cor 11,14)? Empiezan por despojarnos de los vestidos de la gracia espiritual que habíamos recibido y así nos hieren. Si guardamos intactos los vestidos que hemos recibido, los golpes de los ladrones no podrán herirnos. Guárdate, pues, de dejarte despojar, como Adán, privado de la protección del mandamiento de Dios y desnudo del vestido de la fe. Por ello le alcanzó la herida mortal que hubiera hecho caer a todo el género humano, si el Samaritano no hubiese descendido a curar sus heridas.

No es un cualquiera este Samaritano. Aquel que fue despreciado por el levita y por el sacerdote, no fue despreciado por el Samaritano que descendía. “Nadie ha subido al cielo a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.” (Jn 3,13) Viendo medio muerto a este hombre, que nadie antes de él lo había podido curar, se acerca, es decir: aceptando sufrir con nosotros, se hizo nuestro prójimo y apiadándose de nosotros se hizo nuestro vecino. (San Ambrosio de Milán. Comentario sobre el evangelio de Lucas, 7,73)

Ayer estuve reflexionando un rato sobre las parábolas con que Cristo nos señala la forma en que deberíamos comportarnos y encontré que en todos los comportamientos existe un nexo común: la apertura. El corazón abierto que no se deja engañar por las apariencias. Apariencias que son, a menudo, herramientas de los Ángeles de las tinieblas que nombra San Ambrosio.

Vivimos en un mundo en el que las apariencias lo son todo. Como en la parábola, encontrarse con un necesitado nos puede llevar a cuatro actitudes diferentes:

  • Ignorancia. Fingimos no verlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Nos mostramos lejanos, imbuidos en nuestras propias cosas y desconectados de los demás.
  • Rechazo. Nos fastidia que existan los necesitados y les miramos con cierto desprecio. Pensamos que ellos mismos deberían se capaces de salir de la necesidad que les atenaza.
  • Ligera empatía. Sentimos que algo debemos hacer, pero delegamos las acciones en los demás. Mejor que un “experto” lo haga antes de equivocarnos. Vemos que lo que hay que solucionar son las apariencias de la necesidad, pero nos cuesta pensar en la persona que está tras la necesidad.
  • Compromiso. Nos bajamos del burro y nos acercamos a quien lo necesita sin esperar que el necesitado nos acepte o no. Ante incluso de actuar sobre la necesidad, abrimos el corazón y le comunicamos que para nosotros él/ella, es lo importante.
San Ambrosio se da cuenta del paralelismo entre el samaritano y Cristo. El, que es despreciado su propio pueblo es quien da su vida por nosotros. Primero acercándose a nosotros y mostrándonos que le importamos. Después regalándose para que el camino de nuestra salvación quedara abierto. Hay personas que dan más importancia a luchar contra las apariencias de la necesidad y se olvidan de quien hay detrás de esas necesidades. Practican el activismo que busca cambiar el mundo cambiando o creando leyes, sin cambiar el corazón de cada uno de nosotros.

Hay muchos tipos de necesidades y no nos damos cuenta que cada vez que alguien se acerca a nosotros solicitando tiempo, ser escuchado, un lugar dentro de un grupo, un poco de amistad y cercanía, está tendido en el camino tras ser apaleado por los ladrones que nos roban la Gracia de Dios.


A veces, lo fácil es alejarlos, señalando lo que nos separa como barrera infranqueable. Lo fácil es buscar la ignorancia que nos aleja del compromiso de encontrarnos con la persona que se acerca a nosotros. Si no es posible echar o alejar a la persona, nos desagrada tener que tratan con ella y atender a sus requerimientos. A veces damos un paso y sentimos empatía, lo que nos lleva a vestir a quien carece de vestido, dar de comer al hambriento y de beber al sediento. También dejamos que quien se acerca nos hable y sin llegar a escucharlo. Pero si la Gracia de Dios actúa en nosotros, abrimos el corazón y atendemos a la persona antes de nada. Después le ayudaremos a salir de la necesidad que la acongoja, porque no es un desconocido. Se ha convertido en un amigo, un hermano. 

domingo, 7 de julio de 2013

Yo evangelizo, tu evangelizas, el evangeliza…

En el bosque cercano a la capilla de Santa María de la Porciúncula, donde tenían costumbre los hermanos de retirarse para la oración, reunió a los seis hermanos que le seguían entonces y les dijo: “Queridos hermanos, entendamos bien nuestra vocación. En su misericordia, Dios no nos ha llamado solamente para nuestro provecho propio sino también para el servicio y la salvación de muchos otros. Vayamos pues, por el mundo, exhortando y mostrando a los hombres y las mujeres, por nuestra palabra y nuestro ejemplo, la penitencia de sus pecados y a acordarse de los preceptos de Dios que habían quedado en el olvido.”

Luego añadió: “No tengáis miedo, pequeño rebaño!” (Lc 12,32) tened confianza en el Señor. No os preguntéis el uno al otro: ¿Cómo vamos a predicar nosotros, ignorantes e iletrados?” Acordaos, más bien, de las palabras del Señor a sus discípulos: “Yo os digo: no seréis vosotros los que hablaréis sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros.” (Mt 10,20) Es pues, el Señor mismo quien os comunicará su Espíritu y su sabiduría para exhortar y predicar a los hombres y mujeres la senda y la práctica de sus mandamientos. (Vida de San Francisco de Asís. Anónimo de Perusa, 18)

El evangelio de hoy XIV domingo del tiempo ordinario nos hace volvernos hacia lo que el Señor espera de nosotros.

  • Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Mc 16,15)
  • Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19)

¿Por qué tenemos que evangelizar? ¿No es suficiente ir a misa y recibir los sacramentos? El mandato de evangelizar es mucho más directo e imperativo de lo que solemos pensar. Si el mismo Cristo nos llama a difundir la Buena Noticia ¿A qué esperamos?

Para olvidar la misión evangelizadora tenemos un buena cantidad de excusas: no tenemos tiempo, no sabemos hacerlo, ¿Quién somos nosotros para hacer algo que le corresponde a los curas?, “Yo cumplo con los mandamientos” y cientos de variaciones similares. Todas ellas son simples excusas, ya que se evangeliza en la misma vida cotidiana. No se trata de sacar tiempo, sino de emplear la propia vida para hacerlo. ¿Evangelizar e sólo cosa de curas? Me temo que el imperativo es para todo cristiano. Quizás la formación puede ser, en cierta forma, la excusa que mejor hay que rebatir.

Sin duda, los católicos tenemos una formación en la fe con graves carencias. La formación que hemos recibido la mayoría de nosotros, es una formación infantil y además muy sesgada a determinados aspectos. Se suele hacer mucho hincapié en los aspectos sociales y anímicos, dejando los aspectos cognitivos, espirituales y volitivos sin casi tratar. Pero la evangelización no es dar catequesis, sino testimonio personal de nuestra fe. 

Evangelizar cuando estamos llenos de dudas, es una locura. De ahí la importancia que debiera haber tenido este año de la fe y el compromiso que cada uno de nosotros ha debido de tomar para cimentar su fe y robustecerla. Pero, permítanme indicar que mirando el interés de la mayoría de nosotros, creo que no hemos avanzado demasiado.

¿Quién puede evangelizar? Aquel que no tiene dudas y puede dar testimonio creíble de su fe. No hacen falta doctorados ni masters en teología para compartir con las demás personas algo que debería ser fundamental para nosotros.

Nos permite evangelizar justo lo que los primeros discípulos de Cristo tenían en abundancia: la experiencia directa del Señor. ¿Se puede dar testimonio de alguien con el que no nos hemos cruzado en toda la vida? Evangelizar es comunicar la Buena Noticia que es Cristo. Evangelizar es comunicar cómo el encuentro con el Señor nos ha transformado y cómo puede transformar la vida de las personas que nos escuchan. Es lanzar el Kerigma como hizo Pedro tras recibir el Espíritu día de Pentecostés. Pero ¿Hemos recibido el Espíritu? Ya que como indica San Francisco, será el Espíritu quien hable por nuestra boca.

Un cristiano que no ha tenido experiencia de Cristo y que no hay recibido el Espíritu ¿Es plenamente cristiano? Preguntémonos a nosotros mismos ¿Somos plenamente cristianos? A lo mejor nuestro cristianismo es parcial o intermitente, lo que explica que no nos sintamos capacitados para evangelizar.


Es un tema para que cada uno de nosotros reflexione y se plantee lo mismo que indica San Francisco: “Yo os digo: no seréis vosotros los que hablaréis sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros.” (Mt 10,20)

domingo, 30 de junio de 2013

Unidos en las diferencias: el camino de Jesús. Papa Francisco

El Papa Francisco presidió ayer la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, patronos de la Iglesia romana. En su homilía quiso hacer especial hincapié en la unidad, ya que la unidad es uno de los dones que más nos cuesta entender y poner en práctica:

El Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor «con estos apóstoles formó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (ibíd. 19). Y prosigue: «Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios» (ibíd. 22). La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias: éste es el camino de Jesús

En contraste con esta visión, hace unos pocos días, nos hemos sentido consternados con la declaración que la Hermandad de San Pío X ha realizado con ocasión del XXV aniversario de las consagraciones que dieron continuidad a su estructura episcopal. En esta declaración dicen:

Siguiendo a Mons. Lefebvre, afirmamos que la causa de los graves errores que están demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos conciliares – una “hermenéutica de la ruptura” que se opondría a una “hermenéutica de la reforma en la continuidad” -, sino en los textos mismos, a causa de la inaudita línea escogida por el concilio Vaticano II. Esta línea se manifiesta en sus documentos y en su espíritu: frente al “humanismo laico y profano”, frente a la “religión (pues se trata de una religión) del hombre que se hace Dios”, la Iglesia, única poseedora de la Revelación “del Dios que se hizo hombre” quiso manifestar su “nuevo humanismo” diciendo al mundo moderno: “nosotros también, más que nadie, tenemos el culto del hombre” (Pablo VI, Discurso de clausura, 7 de diciembre de 1965)

Nadie niega el peligro de evangelizar las periferias, ya que a veces terminas queriendo centrar la Iglesia en los extremos. Es evidente que acomodar la Iglesia al mundo siempre ha sido lo más cómodo para todos. Nadie niega que con demasiada frecuencia se “adora” al ser humano y se dice que eso es lo que debe hacer la Iglesia para inculturizarse. Pero, como dice el Papa Francisco: "Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse"

Encerrarnos en nosotros mismos es lo más cómodo y seguro, pero así no se evangeliza. Ahora, lo que ni el Papa ni nadie duda, es que lo mejor es una Iglesia sana que además salga hacia las periferias para traerlas al centro. Si nos accidentamos en esta misión, toca volver, curarnos, fortalecernos y volver al mismo frente de batalla. La anterior frase del Papa Francisco, ha sido interpretada por algunas personas como que el Papa quiere una Iglesia accidentada, lo que es demencial. Una Iglesia accidentada es ineficaz, como hemos podido ver en muchos experimentos vanguardistas que languidecen sin seguidores.

El alejamiento de la Hermandad de San Pío X no tiene que ver con la fidelidad a Cristo, sino con la incomodidad de estar incluidos dentro de una Iglesia diversa que se debería complementar en armonía, creando fraternidad. Dentro de la Iglesia Católica existen personas, grupos y movimientos tan diferentes como maravillosos, pero a veces los postulados de unos y otros nos hacen enfrentarnos creando controversias y resentimientos. Estas limitaciones humanas se hacen presentes en la parábola del Hijo Prodigo. El hermano “fiel”, se sintió menospreciado por la felicidad que vio en su Padre al encontrar al hermano perdido. El mismo Padre le reprende por esta actitud, ya que es obvio que todo lo que tiene es hijo “fiel”, ya que el resto lo ha dilapidado el hijo pródigo sin pararse a pensar en lo que hacía. ¿Qué puede temer el hijo fiel? ¿No será que en el fondo desconfía del Padre? Quizás ese es el problema de fondo: la desconfianza en la Divina Providencia. Esta desconfianza soterrada es un las caras más complicadas de detectar del actual pelagianismo.

Una asignatura pendiente es conseguir que la diversidad no implique que unos se impongan a otros señalando en los segundos la paja y olvidando la viga propia. Esto se vive en la Iglesia con demasiada frecuencia y tristemente no se aborda con misericordia y caridad.

Unas veces toca a los más tradicionales soportar formas que no sienten y otras a los más vanguardistas, soportar formalidades que no comprenden. Cuando alza la voz el grupo de sensibilidad incomprendida, la única opción que se le da es señalarles la  puerta y decirles que sobran. El Papa Francisco también ha hablado de este tema hace poco: “Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios

La Hermandad de San Pío X decidió salirse de ese juego diabólico de enfrentamientos y descalificaciones y echar a andar por su cuenta. Esta actitud que les ha valido el justo correctivo de verse fuera de la Iglesia. Ellos se han quedado fuera de la Casa del Padre con resentimiento y soberbia.

Creo que es justo señalar que les duele que a otros colectivos, abiertamente cismáticos, se les permita actuar dentro de la Iglesia con bastante impunidad. La diferencia es precisamente la astucia que Cristo pidió a sus Apóstoles y que se utilizan con arte quienes desean vernos desunidos. Los astutos saben esconderse y actuar contra la Iglesia con mucha más facilidad que quienes, desde su honestidad, señalan lo que les hace sentir incómodos.

De esta forma la obra del maligno se desarrolla eficientemente: separar a los que son fieles en grupitos y dejar a los que desean desunir hacer su labor con libertad. Nada mejor que generar “iglesitas personales”, cada vez más vacías de personas.

Creo que es imprescindible centrarnos en la necesidad de gestionar la diversidad o terminaremos siendo todos cristianos tristes, encerrados en nuestros propios carismas convertidos en egoísmos. “Cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella


Melancólicos de nuestras deseadas iglesitas personales y enfrentados porque no conseguimos superar nuestros egoísmos. Más que nunca, es necesario orar por la unidad en la Iglesia.

viernes, 28 de junio de 2013

Nadie es inútil o secundario en la Iglesia. Papa Francisco

En sus tradicionales homilías en la Casa de Santa Marta, El Papa Francisco nos ha hablado sobre el papel que cada uno de los cristianos dentro de la Iglesia: «Si alguien dice: “Pero, oiga, Papa, usted no es igual a nosotros”. No, no es cierto, todos somos iguales, todos hermanos. Todos estamos en la Iglesia, contribuimos para construirla y esto nos debe hacer reflexionar, porque si falta un ladrillo, hay algo que falta en esta casa»

¿Somos todos iguales? ¿En qué sentido? Miremos la estructura de una catedral. Todas y cada una de las piedras es necesaria, pero cada una de ellas tiene una función particular. Ninguna piedra es inútil, ya que cada una de ellas tiene que realizar la misión para la que fue creada. Todos los católicos somos Iglesia y el Santo Padre es tan Iglesia como el último bautizado.

Ahora, lo que no es lógico es que todos nos dediquemos a hacer lo que queramos en momento que creamos conveniente. Cada persona, cada católico, tiene un espacio donde desarrollarse y colaborar activamente dentro de un orden lógico y razonable. Por eso no tenemos que tener miedo a que alguien nos diga que sobramos o que no servimos para nada.

«Nadie es inútil en la Iglesia. Si alguien, por casualidad, dice: “vete a tu casa, eres inútil”, no es cierto. Todos somos necesarios para ser Templo del Señor. Nadie es secundario, todos somos iguales a los ojos de Dios»

Este entendimiento de la Iglesia es algo que muchas personas alejadas o enfrentadas con nosotros, no lo terminan de comprender.

Seguir leyendo AQUÍ 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...