domingo, 13 de octubre de 2013

La suavidad es la mejor respuesta. San Ambrosio de MIlán


Hay dos palabras que suelen resonar en nuestros oídos con frecuencia: misión y compromiso. Ambas se utilizan para señalar nuestra actitud frente al mandato de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura". (Mc 16,15). Misión y compromiso requieren valentía. ¿Dónde la podemos encontrar?

Cuando Jesús mandó a los discípulos ir a su mies, que había sido bien sembrada por el Verbo del Padre, pero que necesitaba ser trabajada, cultivada, cuidada con solicitud para que los pájaros no saquearan la simiente, les dijo: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos»... El Buen Pastor no podía temer a los lobos para su rebaño; sus discípulos no fueron enviados para ser una presa, sino para difundir la gracia. La solicitud del Buen Pastor hace que los lobos no puedan emprender nada contra los corderos que envía; les envía para que se cumpla la profecía de Isaías: «Llegará el día en que lobos y corderos pacerán juntos» (Is 65,25)... Por otra parte ¿no han sido enviados los discípulos con la orden de no llevar ni tan siquiera un bastón en la mano?...

Lo que el humilde Señor les ha mandado, sus discípulo los cumplen por la práctica de la humildad. Porque les envía a sembrar la fe no por obligación sino por la enseñanza; no haciendo servir la fuerza de su poder, sino exaltando la doctrina de la humildad. Y juzgó necesario unir la paciencia a la humildad, y de ahí el testimonio de Pedro en favor de Cristo: «Cuando lo insultaban no devolvía el insulto; cuando lo golpeaban, no devolvía los golpes» (1P 2,23).

Todo eso quiere decir: «Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes». (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 45.49)

Ser testigos creíbles es una actividad expuesta a las críticas de los demás. Críticas que saben incidir justo en aquello que más no duele o nos perturba. La prepotencia de quien nos critica, perdonándonos después la vida con desdén, suele exasperar a cualquiera. ¿Qué se creen? ¿Nos toman por ignorantes y locos?

Precisamente la Iglesia, que es sabia y está iluminada por el Espíritu Santo, ha sabido crear toda una teología entorno a la aparente ignorancia y a la aparente locura del cristiano. La “docta ignorancia” de Nicolás de Cusa nos hace reflexionar sobre la ignorancia del cristiano, contraponiéndola a la ignorancia de los sabios. La ignorancia de los sabios parte de la soberbia, la ignorancia del cristiano, parte de la humildad. La divina locura nos la enseño San Francisco de Asís. Su forma de actuar y vivir nos enseña que no podemos actuar como el mundo espera de nosotros, ya que la desesperación no tarda en rompernos por dentro.

En ese sentido, ser cristiano y una persona actual, es algo totalmente coherente, aunque parezca a muchos un oxímoron, es decir, una contradicción que sólo la retórica puede hacer pasar por válida. El cristianismo, para estas personas, se reduce a un espacio vacío, anticuado y carente de sentido en la postmodernidad que vivimos. Sin duda, podríamos atacar esta visión con las mismas armas y volver la tortilla con facilidad, pero es un ejercicio inútil. Nadie puede juzgar lo que desconoce y si lo hace, dice más de sí mismo, que de lo que ignora.

¿Qué postura podemos tomar los cristianos? Como indica San Ambrosio: “Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes” Podríamos pensar en que su postura es un tanto ingenua, pero hay una prueba de que San Ambrosio no se equivocaba: la conversión de San Agustín.

Ante el desprecio prepotente que la sociedad tiene con nosotros, nada mejor que la paciencia que perdona. La mejor respuesta es la que se da con suavidad y caridad. No puede ser una respuesta que reproduzca la soberbia de quien nos juzga y tolera displicentemente, ya que no arreglamos nada utilizando la ley del Talión. La respuesta cristiana debe ser de apertura a quien necesita de Cristo y se ve impedido por los prejuicios que generan ignorancia. Simplemente, con paciencia, hay que señalar que somos igual de humanos, limitados y falibles que cualquiera. Pero lo que nos diferencia es la Esperanza que nos permite cimentar la Fe y actuar con caridad. Tender la mano a quien nos necesita con honestidad y amor. Poner la otra mejilla tiene este significado: humildad y honestidad. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Quien tiene esperanza en su corazón, espera...

“Entonces, él ordenó a los discípulos no decir a nadie que él era Cristo” ¿Por qué esa orden? Para que, todo motivo de escándalo fuera descartado, la cruz y su pasión cumplidas, todo obstáculo capaz de detener a la multitud de creer en él aplazado, el conocimiento exacto de que él tenía poder se graba profundamente ya en todas las almas. Su poder no tenía aún el brillo de una manera resplandeciente. El esperaba, porque ellos predicaban, que la evidencia de la verdad y la autoridad les hacia confirmar el testimonio de los Apóstoles.

Otra cosa era el ver ahora multiplicar los prodigios en Palestina, después en el blanco de las persecuciones y los ultrajes, y la cruz  iba seguida de estos prodigios; otra cosa de ver adorada, creída por toda la tierra, al refugio de los tratamientos que otras veces  había sufrido. Mira, por qué les recomienda no decir a nadie. (San Juan Crisóstomo Homilías sobre san Mateo 54, 1-3)

Este pasaje de San Juan Crisóstomo no habla de un aspecto del Señor que a veces pasa desapercibido: la precaución. Esta misma faceta aparece cuando recomienda a los apóstoles, ser “Astutos Como Serpientes y Sencillos Como Palomas” (Mt 10,16)

Si Dios tiene todo el poder ¿Por qué este cuidado con las formas y los tiempos? “Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo” (Ec 3,1) El plan de Dios tiene su tiempo y su cadencia. De nada nos vale afanarnos en ir más rápido que la voluntad del Padre, ya que nuestro afán será infructuoso.

Si nos fijamos en todo lo que nos rodea, encontraremos prisas, horarios, calendarios, puntualidades, objetivos y miles de pasos intermedios. Vivimos en la era del estructuralismo. Damos más importancia a las redes que al lugar y el momento en que debemos de echarlas. Pensemos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa. Los pescadores se afanaron toda la noche intentando pescar, pero la voluntad de Dios era diferente al afán de estos pescadores. Cristo señaló el lugar y el momento, para que las redes estuvieran llenas a rebosar.

Nadie duda de la importancia de las redes y de nuestra capacidad de utilizarlas con habilidad. Tampoco nadie duda de nuestra voluntad por hacer lo que creemos que debemos hacer. Pero no es extraño que nuestros afanes y preparativos no terminen de dar frutos. Pensemos en la evangelización y los pobres resultados que se obtienen para los esfuerzos que se acometen. Pensemos en la labor asistencial y social de la Iglesia. Pensemos en las vocaciones y en otras decenas de cuestiones que parecen estancadas.

No es extraño que nos sintamos desesperanzados y dolidos con las circunstancias. No es raro que busquemos en qué no estamos equivocando y no encontremos nada que podamos cambiar por voluntad personal. En estos momentos de desesperanza, es necesario pensar que Dios sabe cuándo y cómo lo imposible se convierte en algo natural y evidente.

Sólo espera quien tiene esperanza en su corazón. Quien la ha perdido, desespera y deja lo que tiene entre manos.


Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin”(Ec 3, 10-11)

martes, 3 de septiembre de 2013

Música y Liturgia


Este verano he tenido la dicha de visitar Dublín (Irlanda) durante unos días. Como toda visita turística, no es sencillo elegir que se visitará en el limitado tiempo que se dispone. Lo que si tenía claro era que no podía dejar de visitar al Señor en la misa dominical e hice planes para que fuese posible. De hecho localicé el templo católico más cercano, que resultó ser la Catedral de Santa María (St Mary's Pro Cathedral). La catedral es un templo no muy antiguo, cuya consagración data de 1825; año en que el primer obispo católico tomó posesión después de la reforma protestante.

Cuando estuve mirando el horario de misas, me llamó la atención que muchas misas indican que la liturgia era cantada. En concreto, la catedral cuenta con dos coros, uno de niños (Palestrina Choir) y otro de chicas (Girls' Choir). También existe una misa que se celebra con cantante y órgano y otra con un grupo llamado: Pro Nuova Music.

Conociendo el amor del pueblo irlandés por la música., supuse que cualquiera de estas Liturgias cantadas serían dignas de vivirse y así fue. La misa de 6:30 Pm del domingo la canta el grupo Pro Nuova Music. No tuvo nada que ver con los típicos cantos guitarreros que escuchamos en nuestras misas cantadas. Todo lo contrario, me encontré con una maravillosa simbiosis entre música y Liturgia. La música estaba muy bien elegida e interpretada para que formase parte de la ceremonia sin erigirse en protagonista. No se trata de un grupo que cante olvidando a los fieles y al sacerdote, sino que los fieles y el sacerdote se integran en los cantos con total normalidad. En resumen un delicia que todos podemos disfrutar gracias a una WebCam que retransmite esta y otras misas en vivo. Sólo hay que tener cuidado de determinar a qué hora local son las 6:30 pm en Irlanda. Ahora, la vivencia física es mucho mejor que la que podemos disfrutar por estos medios técnicos.

Decía San Agustín sobre la relación entre canto y oración: "yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz diverso en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33) 

Pensemos en la importancia que tuvieron la música y el canto en nuestra Liturgia durante muchos siglos. Una Liturgia cantada de forma bella y apropiada, nos toca el alma de forma especial y propicia nuestro acercamiento al Señor. Por desgracia la música y el canto de calidad han ido desapareciendo de nuestras celebraciones litúrgicas y de nuestra oración cotidiana. Me pregunto ¿Por qué conformarnos con un coro que cante desafinado o incluso utilice canciones impropias dentro de la Liturgia? ¿No podemos aspirar a algo mejor para ofrecer nuestra oración a Dios?

La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra.” (Exhortación Apostólica Postsinodal "Sacramentum Caritatis", Benedicto XVI)

Soy consciente que esta visión de una Liturgia bella, que integre oración y canto, se contrapone al entendimiento actual de la Liturgia como algo funcional y práctico. Si entendemos la Liturgia de forma práctica no nos debe extrañar que seamos capaces de aceptar feísmos o desaliños sin que se resienta la razón de la misma. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista práctico-social, la Liturgia es para muchos de nosotros una escusa para reunirnos cada semana. “Si conseguimos reunirnos ¿qué más da si los cantos son mejores o peores? Mejor que sean divertidos para no aburrirnos”. De forma práctica, al canto se le asigna el objetivo de propiciar nuestra participación en la celebración. Evidentemente hemos olvidado la importancia unir la belleza a las celebraciones litúrgicas.

Esta visión práctica de la Liturgia tiene muchos puntos débiles e incluso peligrosos. Me quedo con un aspecto de debilidad y peligro: sacar la belleza de la Liturgia es dañar el vínculo trascendente que nos liga a Dios. Bondad, belleza y verdad nos conducen a Dios, ya que Dios es bueno, bello y verdadero en grado sumo. Sin belleza, como dice Benedicto XVI, el misterio parece perder color, desaparece y nosotros nos alejamos de Dios.

Seguramente la escusa que pongamos para no tomarnos en serio la mejora del canto en las celebraciones Litúrgicas es que no tenemos tiempo para ensayar y que, además, faltan personas capacitadas. Esto es cierto, hasta cierto punto, pero evidencia nuestra incapacidad de compromiso. Seguramente tengamos tiempo para otras decenas de actividades diversas, pero para conformar un buen coro, con un buen repertorio, no. Creo que es interesante reflexionar sobre este tema y valorar nuestro compromiso con los hermanos que asisten a las mismas celebraciones litúrgicas que nosotros.

Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano.(Discurso a los artistas, 21-noviembre-2009, Benedicto XVI)

martes, 20 de agosto de 2013

Sacralidad, comunidad y agnosticismo

Hablar de “lo sagrado” en pleno siglo XX es una temeridad, lo reconozco. Buscar la sacralidad, en una sociedad que únicamente valora lo aparente y placentero, es una locura. Pero es una temeridad y una locura, que nace desde el corazón. No se trata de una moda o una afición pasajera. Cuando una persona necesita a Dios, puede buscarlo de muchas formas y ciertamente lo encontraremos en la comunidad, en los necesitados, en el estudio de los textos sagrados, en la oración personal, en las devociones, etc. Nuestro problema es que nos cuesta entender que todos estos aspectos, son una manifestación sagrada de Dios. ¿Sagrada?

Lo sagrado es aquello que nos une y comunica de forma mística con Dios. Ante la magnificencia del Misterio, no podemos tener una actitud desafectada y desdeñosa. Sea cual sea la manifestación de Dios, sólo si nos acercamos con reverencia, respeto y compromiso, seremos capaces de abrir nuestro corazón a la Gracia que Él no regala.

Nuestros antepasados sí tenían ese sano temor y reverencia a Dios ¿Qué ha pasado? Desgraciadamente hemos racionalizado la Fe y al hacerlo, hemos perdido lo sagrado entre nuestros dedos. Ahora entendemos la Fe de forma funcional, como una herramienta; mientras que la fe es un don.

Hace un par de días estuve viendo un documental sobre el Concilio Vaticano II llamado “Vaticano 1962 - Revolución en la Iglesia”. No es un documental tradicionalista ni mucho menos contemporizador con este gran evento. Es un documental que prima y valora el Concilio como una herramienta de cambio de una Iglesia vieja y caduca. Me sorprendió que los autores incluyeran el siguiente comentario sobre la veneración de los santos y reliquias por las personas de sencillas del pueblo: “Con esta devoción popular, esta veneración por las reliquias, la Iglesia postconciliar no supo desempeñar con brillantez su papel. No se apoyó el culto a los santos, otra de la víctimas de la gran racionalización del Vaticano II

¿Qué me llamó la atención esta frase?  Precisamente la mención a la racionalización que trajo consigo el postconcilio. Esta racionalización no es fruto directo de las constituciones del Concilio, sino del llamado “espíritu del Concilio”, que impregnó los años posteriores y todavía sigue marcando en entendimiento religioso de muchos de nosotros. En el “espíritu del Concilio” la fe es una herramienta para conseguir objetivos diversos, la justicia social, la socialización, el diálogo con quienes no creen otras cosas, etc.

¿Qué nos ha sucedido? Como indicaba el documental, hemos racionalizado la religión, convirtiéndola en una serie de obligaciones, pasos y costumbres. Indudablemente, una religión que se queda en este nivel de entendimiento y vivencia, no llena al ser humano. Hemos perdido el entendimiento de lo sagrado como un don de Dios y en el mejor de los casos, lo hemos convertido en rutinas que “ayudan” a que la comunidad se reúna una vez por semana o las familias se vean en bodas, bautizos y funerales. El fenómenos de los alejados tiene mucho que ver con la racionalización de la Fe y la “inutilidad” de la presencia de Dios en la vida cotidiana.

Dios se ha vuelto lejano para muchos de nosotros. Nos hemos vuelto cristianos agnósticos. Es decir, creyentes en un Dios lejano que se ha desentendido de nosotros. Conservamos los rituales y las costumbres, porque nos ayudan a encontrar algo importante, pero no absoluto: la comunidad. Para muchos, la comunidad se ha convertido en el sucedáneo palpable y “vivible” de Dios. Vamos a la misa del domingo para estar un rato en comunidad y disfrutar de una interconexión social dotada de cierta trascendencia. Con esto no quiero denigrar a la comunidad, sino señalar que estamos colocando algo importante en lugar de Dios mismo.

Si alguna vez miramos atrás y nos preguntamos por la sacralidad y la necesidad de un contacto místico con Dios, parece que mencionamos algo mágico que ya ha sido superado. Pareciera que rezar arrodillado fuese algo herético o maligno. Creer en la presencia de Cristo en los sacramentos, parece que es algo que terminará por desaparecer. ¿Qué joven le interesa arrodillarse frente a un imagen antigua? Algunos los prefieren ver en misa, twiteando con el smartphone.  Les pongo un ejemplo real.

He escuchado con cierta frecuencia a personas adultas, comprometidas y asiduas a las misas dominicales, que se preguntan por qué la Iglesia sigue “diciendo que Cristo está presente en la Eucaristía”. Después de charlar con ellas sobre el tema, aparece siempre la comunidad como el objetivo de su compromiso. Dios resulta algo tan grande y lejano, que no somos capaces de acercarse a El. Se nos ha olvidado que Cristo abrió caminos de comunicación que ahora hemos olvidado.

Entonces uno comprende la razón de que casi nadie se arrodille en la consagración o que se comulgue y se siga bailando al ritmo de la canción que se está poniendo en ese momento. Simplemente, no creen en la presencia de Cristo ni en la presencia de Dios junto a nosotros. Incluso, si se estima que Dios está presente, se cree que lo hace de forma indiferente y lejana. La comunidad es lo único que les llena y les da sentido. ¿No es triste?

¿Encontrar a Cristo en la comunidad es malo? Nada más lejos de la realidad, ya que Cristo mismo dijo que cuando nos reunimos, en su Nombre, El está en medio de nosotros. Una comunidad que ora unida, recibe los sacramentos, unida y además trabaja unida, es un lugar ideal para que el Señor nos encuentre.

Pero, ¿Qué sucede si la comunidad “nos sale rana”, el párroco lo trasladan o las personas que asisten a misa cambian? El desamparo puede llegar hasta hacer perder la poca Fe que retenemos. La comunidad está compuesta por seres humanos falibles y débiles. No podemos colocarla en lugar de Dios, por mucho que sea una vía de acceso a Él. Es lo mismo que si colocamos una figura en el lugar de Cristo, olvidando que la reverencia y el respeto no se le ofrece a la imagen, sino a Quien representa.


La comunidad es muy importante, casi imprescindible para nosotros, pero lo realmente imprescindible es la presencia de Dios entre nosotros. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Música y oración I

"yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz diverso en el canto o en la simple voz..." (San Agustín, Las Confesiones, 10,33) 
¿Qué tienen que ver la oración, canto y música? La historia de la Iglesia atestigua que el canto, la música y la oración han estado siempre ligadas de forma provechosa para nosotros. Para San Agustín esta relación era tan evidente que no duda en señalar que “Quien canta, ora dos veces”. Pero San Agustín no es el único Padre de la Iglesia que se ocupa de esta relación, San Atanasio también aporta una visión interesante: 
Como plectro [Púa] para la armonía, en ese salterio [Instrumento] que es el hombre, el Espíritu debe ser fielmente obedecido, los miembros y sus movimientos deben ser dóciles obedeciendo la voluntad de Dios. Esta tranquilidad perfecta, esta calma interior, tienen su imagen y modelo en la lectura modulada de los Salmos. Nosotros damos a conocer los movimientos del alma a través de nuestras palabras; por eso el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente. Precisamente este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5,13). (San Atanasio. Carta a Marcelino sobre la interpretación de los salmos, 18 

Orar cantando, orar acompañado con música, prepararse para orar con música,  son formas de que nos ayudan a acercarnos al Señor.Pensemos en la importancia que tuvieron la música y el canto en los monasterios, durante muchos siglos. Todavía nos toca el alma escuchar un coro de religiosos entonando canto gregoriano o polifonía sacra. Por desgracia esta música y canto ha ido desapareciendo de nuestras celebraciones litúrgicas y nuestra vida cotidiana. 

San Atanasio compara al ser humano con un instrumento musical, que resuena tocado por la púa del Espíritu. Decía San Pablo que el Espíritu es quien ora por nosotros, ya que somos incapaces de orar por nosotros solos: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rm 8,16). 

El Señor ha sabido propiciar que la música en la oración se unan como anhelo del alma. San Atanasio nos indica que “el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente”. Música, canto y oración han sido creados para acercarnos a Dios de una forma más sencilla y profunda. El Espíritu, sin duda, sabe utilizar la música como herramienta de ayuda en nuestra relación con Dios. Dice San Atanasio: “este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5,13)

Pero no seamos ilusos, en nuestro mundo actual oración, canto y música no generan la unidad que sería deseable dentro de las comuniddes.Parece que hubiéramos asistido a un episodio similar al de la Torre de Babel y desde hace años, los lenguajes musicales nos separaran. El sentido de la sacralidad, unido a la belleza de la música y el canto, se ha ido transformando en diversas formas de utilitarismo de tipo social. El objetivo de la música y el canto ya no es acercarnos al Señor, sino reunir a la comunidad socialmente, dándole el protagonismo.

Pero no perdamos la esperanza, como indica el Papa Francisco, en su primer discurso ante el colegio cardenalicio: 

El paráclito es el supremo protagonista de toda iniciativa y manifestación de fe. Es algo curioso. Esto me hace reflexionar: el paráclito marca todas las diferencias en las iglesias. Parece ser un apóstol de Babel pero por otro lado es el que genera la unidad de esta diferencia. No en la igualdad sino en la armonía 

El misterio de unidad en la diversidad es algo que debe hacernos reflexionar. Nadie duda que necesitamos comunidades más unidas y vivas. Comunidades que compartan su vida de fe con alegría y participación, pero no deberíamos aceptar un trueque que implique perder el sentido sagrado de la oración y el canto litúrgico a cambio de que las comunidades sean lugares de unidad y fraternidad. ¿Cómo superar esta aparente contradicción? 

Recordemos el discurso del Kerigma que lanzó el Apóstol Pedro en Pentecostés. Milagrosamente,la voz de Pedro fue comprendida por todos los presentes, hablaran el idioma hebreo u otros muy diferentes. Ser capaces de abrir el corazón a las formas musicales que nos permiten orar al Señor, dentro de un orden y en armonía. 


Sería maravilloso vivir la fe en comunidades que sepan respetar los diferentes carismas que las integran y que todos puedan tener cabida en ellas, enriqueciéndonos. ¿Complicado? Imposible si contamos con nuestros egoísmos personales. Necesitamos del Espíritu Santo, ya que el es el supremo ordenador y armonizador de la Iglesia. Oremos para que el Señor nos muestre la forma de hacerlo posible.

domingo, 21 de julio de 2013

Marta y María, la Iglesia diversa y armónica

Sé, pues, como María, animado por el deseo de la sabiduría; es una obra mayor y más perfecta. Que las preocupaciones del servicio no te priven de aprender a conocer la palabra celestial. No critiques, ni juzgues como holgazanes a los que vieras aplicarse a la sabiduría, porque Salomón, el pacífico, la invocó para que hiciera morada en su casa. (Cf Sb 9,10) Con todo, no se trata de reprochar a Marta sus buenos servicios, pero María tiene la preferencia, por haber elegido la mejor parte. Jesús posee muchas riquezas y las distribuye con largueza. La mujer más sabia ha escogido lo que había juzgado como más importante.

En cuanto a los apóstoles, no prefirieron dejar la palabra de Dios para dedicarse al servicio (Hch. 6,2) Las dos actitudes son obra de la sabiduría, porque Esteban, él también, estaba lleno de sabiduría y fue escogido como servidor, como diácono (Hch. 6,5.8)... Porque el cuerpo de la Iglesia es uno; y los miembros siendo diversos, tienen necesidad los unos de los otros. “El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito...” (1Cor 12,21)... Si algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. La sabiduría reside en la cabeza, la actividad en las manos. (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, 7, 85-86)

Este breve párrafo de San Ambrosio es especialmente clarificador en la Iglesia actual. Tenemos que fijarnos que Cristo no reprende a Marta por afanarse en cubrir las necesidades de Suyas y sus Apóstoles. Sin la acción de Marta, María no podría haber disfrutado de las Palabras de Cristo. Es evidente que son necesarias muchas Martas que atiendan a la Iglesia. Pero estas Martas no deben reclamar que las Marías dejen la mejor parte para dedicarse a lo necesario que ella tan bien realiza.

En otra ocasión Marta y María podrán intercambiar sus tareas y será Marta la que disfrute de las Palabras de Cristo. Lo que no podemos es dejar a Cristo sólo sin nadie que reciba sus palabras y comunique su sabiduría, mientras todos nos afanamos en los detalles necesarios y urgentes.

Dice San Ambrosio, apoyándose en la teología del Cuerpo Místico, que algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. Las manos se benefician de la sabiduría que les permite actuar sobre el mundo. La cabeza, se beneficia de las acciones de las manos, yq que le permiten estar en lo que ella sabe hacer mejor. Una Iglesia diversa y en armonía es la forma de unidad más perfecta que podemos alcanzar. ¿Por qué el Señor no nos hizo homogéneos?

Hubiera sido más fácil actuar juntos si todos fuésemos capaces de todo. Sin embargo, Dios sabe hacer las cosas mejor que nosotros. El nos creó con carismas y talentos diferentes y complementarios. Precisamente estas diferencias nos señalan el camino: tenemos que colaborar con humildad y desprendimiento. Cada miembro actuando en lo que su carisma le hace idóneo, de forma la Iglesia sea un todo perfecto y armónico.

El diablo, que sabe como entorpecer, se dedica a instigar las envidias, soberbias y enojos entre nosotros. Sabe que separados y enfrentados nos desesperaremos y terminaremos por perder la Fe. La Fe necesita la unidad para ser sólida y coherente. Si la Fe se divide, la desesperación nos termina por romper interna y externamente. Una vez rotos, la caridad carece de sentido, ya que nadie está dispuesto a darla ni a recibirla. Cuando no se está dispuesto a recibir y comunicar caridad, amor y cercanía de los demás ¿Qué esperanza nos queda? Realmente poca, tristemente.

Fijémonos que San Ambrosio nos dice que seamos, todos, como María y al mismo tiempo reconoce que Marta es necesaria. Seamos María, sin dejar de ser Marta cuando la Iglesia lo necesite.


Ese es el gran misterio de la Iglesia de todos los tiempos. Igual que en el Apocalipsis se nombran siete comunidades para representar la diversidad, la Iglesia, de hoy en día, está compuesta por miles de comunidades diferentes que deben de conocerse, amarse, comprenderse, colaborar y unidas, hacer que el Reino de Dios sea una realidad día a día.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Quién es el Buen Samaritano? Usted, yo o tal vez, El Señor

La visión que san Ambrosio nos muestra del la parábola del Samaritano merece leerse con tranquilidad. Es muy ilustrativa, actual y cotidiana:

 “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó.” (Lc 10,30) Jericó es un símbolo de nuestro mundo donde, después de haber sido expulsado del paraíso, de la Jerusalén celestial, Adán descendió... No es el cambio de lugar sino de conducta lo que originó su exilio. ¡Qué cambio!  Aquel Adán que gozaba de felicidad sin inquietud, tan pronto como descendió a los pecados del mundo, encontró a los ladrones... ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas que se disfrazan a veces de ángeles de luz (2 Cor 11,14)? Empiezan por despojarnos de los vestidos de la gracia espiritual que habíamos recibido y así nos hieren. Si guardamos intactos los vestidos que hemos recibido, los golpes de los ladrones no podrán herirnos. Guárdate, pues, de dejarte despojar, como Adán, privado de la protección del mandamiento de Dios y desnudo del vestido de la fe. Por ello le alcanzó la herida mortal que hubiera hecho caer a todo el género humano, si el Samaritano no hubiese descendido a curar sus heridas.

No es un cualquiera este Samaritano. Aquel que fue despreciado por el levita y por el sacerdote, no fue despreciado por el Samaritano que descendía. “Nadie ha subido al cielo a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.” (Jn 3,13) Viendo medio muerto a este hombre, que nadie antes de él lo había podido curar, se acerca, es decir: aceptando sufrir con nosotros, se hizo nuestro prójimo y apiadándose de nosotros se hizo nuestro vecino. (San Ambrosio de Milán. Comentario sobre el evangelio de Lucas, 7,73)

Ayer estuve reflexionando un rato sobre las parábolas con que Cristo nos señala la forma en que deberíamos comportarnos y encontré que en todos los comportamientos existe un nexo común: la apertura. El corazón abierto que no se deja engañar por las apariencias. Apariencias que son, a menudo, herramientas de los Ángeles de las tinieblas que nombra San Ambrosio.

Vivimos en un mundo en el que las apariencias lo son todo. Como en la parábola, encontrarse con un necesitado nos puede llevar a cuatro actitudes diferentes:

  • Ignorancia. Fingimos no verlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Nos mostramos lejanos, imbuidos en nuestras propias cosas y desconectados de los demás.
  • Rechazo. Nos fastidia que existan los necesitados y les miramos con cierto desprecio. Pensamos que ellos mismos deberían se capaces de salir de la necesidad que les atenaza.
  • Ligera empatía. Sentimos que algo debemos hacer, pero delegamos las acciones en los demás. Mejor que un “experto” lo haga antes de equivocarnos. Vemos que lo que hay que solucionar son las apariencias de la necesidad, pero nos cuesta pensar en la persona que está tras la necesidad.
  • Compromiso. Nos bajamos del burro y nos acercamos a quien lo necesita sin esperar que el necesitado nos acepte o no. Ante incluso de actuar sobre la necesidad, abrimos el corazón y le comunicamos que para nosotros él/ella, es lo importante.
San Ambrosio se da cuenta del paralelismo entre el samaritano y Cristo. El, que es despreciado su propio pueblo es quien da su vida por nosotros. Primero acercándose a nosotros y mostrándonos que le importamos. Después regalándose para que el camino de nuestra salvación quedara abierto. Hay personas que dan más importancia a luchar contra las apariencias de la necesidad y se olvidan de quien hay detrás de esas necesidades. Practican el activismo que busca cambiar el mundo cambiando o creando leyes, sin cambiar el corazón de cada uno de nosotros.

Hay muchos tipos de necesidades y no nos damos cuenta que cada vez que alguien se acerca a nosotros solicitando tiempo, ser escuchado, un lugar dentro de un grupo, un poco de amistad y cercanía, está tendido en el camino tras ser apaleado por los ladrones que nos roban la Gracia de Dios.


A veces, lo fácil es alejarlos, señalando lo que nos separa como barrera infranqueable. Lo fácil es buscar la ignorancia que nos aleja del compromiso de encontrarnos con la persona que se acerca a nosotros. Si no es posible echar o alejar a la persona, nos desagrada tener que tratan con ella y atender a sus requerimientos. A veces damos un paso y sentimos empatía, lo que nos lleva a vestir a quien carece de vestido, dar de comer al hambriento y de beber al sediento. También dejamos que quien se acerca nos hable y sin llegar a escucharlo. Pero si la Gracia de Dios actúa en nosotros, abrimos el corazón y atendemos a la persona antes de nada. Después le ayudaremos a salir de la necesidad que la acongoja, porque no es un desconocido. Se ha convertido en un amigo, un hermano. 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...