jueves, 12 de diciembre de 2013

El ABC, DEF y G de la Evangelización

“El ABC de la evangelización consta de: Afecto, Bondad y Cercanía. Habría que añadir, además, D y E: Diálogo y Ejemplo, sin olvidar la F: Formación. Pero para que todo fructifique es necesaria la G: Gracia de Dios”

Evangelizar es una palabra polisémicas que suele ser entendida como la principal acción que realizamos todos y cada uno de los bautizados: difundir la Nueva Noticia, el Evangelio.

Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. (1Co 9, 16-19)

Evangelizar es una misión que no está limitada a determinados momentos o a determinadas personas. Todos evangelizamos y lo hacemos sobre toda aquella persona que se acerque a de nosotros. Se evangeliza tanto dentro y fuera de la Iglesia, ya que el Evangelio se transmite con la palabra, las actitudes y las actividades que realicemos.

El ABC del evangelio comienza por Afecto, Bondad y Cercanía, ya que sin estas tres avanzadillas, no hay comunicación ni empatía posible.

Para que el ABC llegue a los demás son necesarios DEF, es decir Diálogo,  Ejemplo y Formación. El diálogo es una característica propia del ser humano, a través de la cual aprendemos y nos relacionamos. También es necesario el ejemplo. Si lo que decimos queda sólo en palabras, nuestro testimonio es nulo. Nadie nos creerá ni querrá acercarse a nosotros para conocer más.

No tenemos que olvidarnos de una necesidad imperiosa: la Formación. Si no tenemos la formación suficiente, es muy posible que nos encontremos con dificultades considerables. Hoy en día, los prejuicios son eficaces anticuerpos que bloquean la difusión del Evangelios. Actúan poniendo en duda todo lo que podamos decir y a nosotros mismos. Saber desmantelar los prejuicios necesita de vitamina C3: Conocimiento, Constancia y Compromiso. Esta vitamina se adquiere mediante la formación continua. Tenemos que ser conscientes que los prejuicios son capaces de mutar con rapidez, por lo que tenemos que estar siempre al día y preparados.

Por último tenemos el elemento más importante: la Gracia de Dios. Nada podemos hacer sin Cristo. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”. (Jn 15,5) La conversión parte de un diálogo en el que no podemos participar, ya que es un diálogo íntimo entre cada persona y el Señor. Dios respeta escrupulosamente nuestra libertad. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)

¿Qué podemos hacer nosotros? Como estamos en Adviento, no podemos olvidar las palabras de Lucas, que a su vez, toma del profeta Isaías:

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; Y verá toda carne la salvación de Dios.” (Lc 3, 4-6).

Isaías nos llama a allanar el camino al Señor para que todo ser humano tenga la oportunidad de encontrarse con Cristo, de forma similar a como se encontró con los discípulos de Emaús.


Cristo se hace el encontradizo y escucha las dudas, problemas, dolores y necesidades de quienes le dejan acercarse y acompañarles. Después habla a nuestro corazón llenándolo de Esperanza, ya que sólo El tiene Palabras de vida eterna, pero el encuentro espera nuestro permiso. Si no aceptamos que necesitamos de El, la puerta queda cerrada y El no partirá el Pan con nosotros.

martes, 10 de diciembre de 2013

Seguimos la Estrella en el desierto. San León Magno

Seguimos andando el Adviento. Ya estamos casi en el ecuador de este tiempo litúrgico, que tiene bastante de peregrinación, caminando hacia el momento en que el Señor nace y se manifiesta al mundo. ¿A quien se manifiesta el Señor? Primero a sus padres, después a los pastores, convocados por un Ángel. Por último llegaron los fueron los primeros convocados: los Magos de Oriente. Los que tuvieron que recorrer un camino más largo y peligroso.

A la manifestación de Dios, los primeros convocados fueron los últimos y los últimos convocados, los primeros. Los Magos fueron convocados a través de su ciencia. No necesitaron de grandes prodigios para emprender un largo viaje hacia algo que no terminaban de comprender. Seguramente dudaron de los signos que aparecían escritos en el cielo, pero no por ello dejaron atrás la Esperanza escrita en sus corazones.

No sin razón, cuando los tres Magos fueron conducidos por el resplandor de una nueva estrella para venir a adorar a Jesús, ellos no lo vieron expulsando a los demonios, resucitando a los muertos, dando vista a los ciegos, curando a los cojos, dando la facultad de hablar a los mudos, o en cualquier otro acto que revelaba su poder divino; sino que vieron a un Niño que guardaba silencio, tranquilo, confiado a los cuidados de su Madre. No aparecía en Él ningún signo de su poder; mas les ofreció la vista de un gran espectáculo: su humildad. Por eso, el espectáculo de este santo Niño, el Hijo de Dios, presentaba a sus miradas una enseñanza que más tarde debía ser proclamada; y lo que no profería aún el sonido de su voz, el simple hecho de verle hacía ya que Él lo enseñara. (San León Magno, Homilía Nº 7)

Los Magos llegaron donde su ciencia les indicó y se encontraron con una familia en apuros y unos cuantos pastores. Un Niño recién nacido les esperaba y no podemos decir que ese Niño mostrara el poder de Dios. Más bien todo lo contrario, mostraba el abajamiento de Dios. Como dice San León Magno, el que no hablaba, sólo con mirarle enseñaba y proclamaba la gloria de Dios. ¿Somos capaces de oír y ver esta enseñanza en nosotros?

Pensemos en nuestro Adviento. Como los Magos de Oriente, hemos recibido signos que nos indican qué va a suceder. ¿Qué signos hemos recibido? Muchos: nuestro bautismo, la Palabra de Dios, el testimonio de nuestros padres y familiares, el testimonio de los santos y sobre todo, el la marca de Dios en nuestros corazones.

En el camino, lo que nos rodea es similar al desierto que debieron atravesar los Magos. Nuestro desierto no es un desierto de arena y sequedad, sino de consumo y ausencia de Dios. Como los Magos, no debemos de perder la Esperanza  seguir los signos que hemos recibido.

¿Por qué el mundo no grita la Buena Noticia? ¿Qué hace que las Naciones no parezcan conmoverse por lo que va a acontecer?

La práctica de la sabiduría cristiana no consiste ni en la abundancia de palabras, ni en la habilidad para discutir, ni en el apetito de alabanza y de gloria, sino en la sincera y voluntaria humildad, que el Señor Jesucristo ha escogido y enseñado como verdadera fuerza desde el seno de su Madre hasta el suplicio de la Cruz. (San León Magno, Homilía Nº 7)

Seguramente nos encontremos por el camino con personajes importantes que buscan beneficios personales y que temen que encontremos el verdadero Salvador. Igual que Herodes, nos ofrecerán premios si desviamos el camino de vuelta. El camino de la humildad.

Por lo tanto, no podemos esperar el mundo se haga eco verdadero del Nacimiento de Cristo. Tampoco podemos esperar signos milagrosos que nos transporten, sin darnos cuenta, hacia el Portal de Belén. Nos toca andar por el desierto del sinsentido y de las ofertas comerciales, sin que ello haga mella en nuestra Esperanza.


Muchas veces quisiéramos convocar al mundo con grandes fuegos de artificio, mega eventos y hasta con planes organizados de evangelización. Lo que solemos olvidar es que Cristo nació en un pobre pesebre, rodeado únicamente de unos pocos que fueron capaces de abrir su corazón a los signos de Dios

domingo, 8 de diciembre de 2013

En Adviento, oremos como la Virgen

Este domingo celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y es, además, el II Domingo de Adviento. Para reflexionar un poco estas dos fechas tan señalas, traigo un texto que creo adecuado:

Aceptar la doctrina bíblica de la creación significa profesar que el principio último de mundo es un Dios libre, por tanto persona, un Padre. Este Dios creó el mundo pronunciando una palabra. “Considera la Palabra  de Dios que recorre la creación y que seguirá avanzando hasta el fin del mundo”. Ella constituye la ley del universo, pero sigue siendo palabra. La palabra se dirige a alguien y en este caso, se le dice al hombre. Para el y sólo para el, la ley del mundo se convierte en una palabra en sentido estricto, pronunciada por el Padre en los cielos a su imagen, el hombre. Entonces, el mundo ya no es un enorme mecanismo opresor, sino un lugar de diálogo entre Dios Padre y la persona humana. (Card. Tomas Spidlik. Teología de la evangelización desde la belleza. El diálogo Divino-humano)

Recordemos que las palabras que fueron pronunciadas a María y la trascendencia de esas palabras en la historia del ser humano. Todavía son palabras que resuenan y nos dan sentido de muy diversas formas. Como dice el Card Spidlik, utilizando una frase de San Basilio: “Considera la Palabra  de Dios que recorre la creación y que seguirá avanzando hasta el fin del mundo”  La Palabra de Dios que se encarnó a través de María, dando lugar a prodigios hasta ese momento desconocidos en este mundo.

El Ángel Gabriel dice a María “Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo” Las Palabra de Dios se dirige hacia alguien, que es en este caso en María, pero que también podemos ser cada uno de nosotros en el momento en que nos acercamos suplicando la misericordia de Dios, como hizo la mujer Cananea. “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mt 15, 22).

No es fácil arrodillarse ante el Señor y solicitar su misericordia. En el corazón de las personas del siglo XXI anida la incredulidad y el desafecto. Parece que solicitando la misericordia de Dios, estuviéramos perdiendo nuestra dignidad y esto nos da vergüenza y miedo. Vergüenza porque nadie parece tener necesidad de arrodillarse ante nadie y miedo, porque solicitar la misericordia de Dios, para por abrir nuestro corazón y evidenciar que nos somos autosuficientes e independientes.

Nos dice San Agustín: “Nadie se aparta con el corazón de este mundo si no es ayudado con el don de la misericordia divina” (San Agustín. Comentario al Salmo S 113,3). La misericordia de Dios se manifiesta en la Inmaculada Virgen que da a luz a la Palabra hecha carne. La misma Palabra llegó a María y le lleno de Gracia y sentido. Pero María, como cualquiera de nosotros, sólo puede actuar según la Volunta de Dios, cuando acepta que la misericordia de Dios es la que mueve el mundo. Cuando lo aceptamos el mundo ya no es un enorme mecanismo opresor, sino un lugar de diálogo entre Dios Padre y la persona humana.

Es interesante pensar en la anunciación de María y en que el milagro de la Encarnación se produjo a partir de un diálogo entre el Ángel, mensajero de la Palabra de Dios y María. Si pensamos en ello nos daremos cuenta la maravilla que María pronuncia para aceptar libremente la Voluntad de Dios “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”. Esta frase tiene varios antecedentes. El ofrecimiento de María, que lleva el ofrecimiento de Samuel "Habla Señor, que tu siervo escucha". También nos recuerdan las palabras de Cristo esperando la pasión "Padre haz que pase de mi este cáliz, pero no sea mi voluntad, sino la Tuya".

Nosotros podemos decir al Señor diciendo: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mi. He aquí un simple siervo de mi Señor, sea en mi tú voluntad, no la mía. Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una Palabra tuya será mi salvación”.

¿Hay mejor forma de preparar el nacimiento de Cristo que aceptar que sólo la misericordia de Dios puede salvarnos?



jueves, 5 de diciembre de 2013

Navidad con fe, el Amor, la Verdad BXVI y Papa Francisco

Seguimos andando por el Adviento, camino de la Navidad. Navidad que es el objetivo más directo, pero que contiene otros objetivos no tan visibles a primera vista.

Celebrar el nacimiento de Cristo es celebrar la manifestación de Dios entre nosotros, es decir algo muy cercano a un sacramento. Los sacramentos son signos que nos unen con Cristo y nos permiten acceder a la Gracia de Dios. Este pre-sacramento fue muy especial, ya que el signo fue la encarnación de Dios y el efecto, la Luz que habitó y habita entre nosotros.

La luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad. A menudo la verdad queda hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo para la vida de cada uno. Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos. Sin embargo, si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común. La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos. (Benedicto XVI - Papa Francisco. Encíclica “Lumen fidei)

¿Qué nos puede impedir acercarnos al Belén y adorar al niño?

  • Podemos no creer en los signos. La Estrella estuvo visible para muchos, pero sólo los Magos de Oriente la siguieron con Esperanza.
  • Podemos encontrarnos con murallas o accidentes infranqueables. Nuestros prejuicios actúan como murallas que nos impiden salir de nosotros mismos y ver más allá de su fría protección.
  • Podemos temer que la Manifestación de Dios nos “esclavice”, pero sabemos que los Magos volvieron a sus tierras con más libertad de la que tenían antes. En el camino de ida, tuvieron que apoyarse en Herodes, en el de vuelta, decidieron no seguir sus indicaciones.
  • Podemos temer que Dios actúe con violencia en nosotros. Quizás la conversión pueda parecer un tipo de violencia psicológica sutil. Pero la alegría de todos los que vieron al Niño Dios, no deja espacio para pensar en violencias

Como dice la encíclica escrita a cuatro manos, que a quien encuentra la Verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. Parece un contrasentido que la Verdad pueda poseernos sin violencia y que nosotros la abrazamos con plena libertad. Este contrasentido es tan sólo una manifestación de nuestros prejuicios y limitaciones. Como seres humanos, que somos, sólo pensamos que es posible poseer y dominar a una persona actuando de forma violenta con ella.

Por esto, este camino de Adviento debería prepararnos para acercarnos al Portal de Belén con humildad, Esperanza y sobre todo, con toda libertad. Dios no nos obliga a seguirle, es nuestra libertad la que nos señala que el único camino es dejar que la Verdad nos posea.


¿Por qué hemos de temer? La Verdad, naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. ¿Dejaremos que la Verdad nos llene y se desborde en nosotros? Si no lo hacemos, las Navidades no pasarán de ser unas bonitas, quizás familiares y consumistas vacaciones. Tenemos un reto por delante.

martes, 3 de diciembre de 2013

En verdad, yo brillo, pero tú, no me miras. Simeón el Nuevo Teólogo

Adviento es un momento prepararse a recibir al Señor en la Navidad. Para recibir al Señor, hay que verlo y en la sociedad que vivimos, esto es cada vez es más difícil. Quisiera reflexionar sobre la pregunta que le hicieron a Cristo, sobre el mandamiento principal:

Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mt 22, 36-40)

En estos tiempos que corren, se nos está olvidando el mandamiento mayor y el segundo más grande, tampoco lo llegamos a tener muy claro. De hecho, en las catequesis, homilías, libros diversos, conferencias, se suele hablar del segundo mandamiento porque nos resulta más cercano y accesible. El primer mandamiento nos resulta complicado de comprender y de hacerlo realidad. Si ya nos cuesta amar al prójimo que vemos, ¿Cómo vamos a amar a Dios si no lo vemos?, pero ¿Realmente no lo vemos?

Para clarificar la cuestión traigo un texto de Simeón el nuevo teólogo, monje ortodoxo que vivió entre el siglo X y el XI. El texto nos habla con una especial clarividencia de este tema:

Cuando cree a Adán, le di el don de poderme ver y por ese don establecerse en la dignidad de los ángeles. Con sus ojos corporales veía todo lo que yo había creado pero también con los ojos de la inteligencia, veía mi rostro, me veía a mí, que soy su Creador. Contemplaba mi gloria y conversaba conmigo en todo momento. Pero, cuando transgrediendo mi mandamiento, saboreó el árbol, se volvió ciego y cayó en la oscuridad de la muerte.

Pero me apiadé de él y vine de lo alto. Yo, el absolutamente invisible, compartí con él la opacidad de la carne. Recibiendo de la carne un principio, llegué a ser hombre y fui visto por todos. ¿Por qué, pues, acepté hacer todo esto? Porque la verdadera razón de haber creado yo a Adán es esta: que me pudiera ver. Cuando se volvió ciego, y, detrás de él todos sus descendientes al mismo tiempo, yo no podía soportar estar en la gloria divina y abandonar a los que había creado con mis manos; pero me hice en todo semejante a los hombres, corpóreo con los corpóreos, y me uní voluntariamente a ellos. Ves tú cuál es mi deseo de ser visto por los hombres. ¿Cómo, pues, puedes decir que me escondo de ti, que no me dejo ver? En verdad, yo brillo, pero tú, no me miras. (Simeón el Nuevo Teólogo.  Himno 53)

Realmente no vemos a Dios con los ojos físicos pero Dios brilla a nuestro alrededor. ¿Dónde podemos ver a Dios? En muchas partes, por ejemplo a través de los trascendentales: Unidad, Bondad, Belleza y Verdad. No creo descubrir ningún misterio si digo que estos cuatro trascendentales han sido demolidos y olvidados por la sociedad en que vivimos. ¿Cómo ver a Dios si olvidamos la Belleza o la Bondad? Simplemente, Dios desaparece de delante de nosotros cuando su manifestación se desprecia o se ignora.

Hemos sustituido la Unidad por la desafectada y lejana tolerancia. La belleza se ha convertido en estética e incluso nos admiramos ante el feismo, llamándolo arte. La bondad se ha convertido en una aséptica, desconfiada y organizada solidaridad. ¿La Verdad? ¿Qué es la Verdad? Preguntó Pilatos. La Verdad se ha sustituido por la realidad subjetiva de cada cual.

Si no somos capaces de amar a Dios. ¿Cómo seremos capaces de ver Su imagen en las personas con las que convivimos? Al ser incapaces de ver a Dios, sólo lo intuimos como un ser lejano e indiferente con nosotros. ¿Cómo, pues, puedes decir que me escondo de ti, que no me dejo ver? En verdad, yo brillo, pero tú, no me miras. Si Dios no está en nuestros hermanos, ¿cómo podremos amarlos?  No cabe duda que no tenemos nada claro en qué consiste amar a Dios sobre todas las cosas, lo que repercute en que amemos a nuestro prójimo de forma sesgada y a veces, equivocada.

Si no sabemos dónde mirar para ver a Dios, ¿Cómo veremos nacer el Niño Dios delante de nosotros en Navidad? Es lógico que la Navidad se haya convertido en una fiesta consumista y mundana. Si Dios no está presente ¿Qué celebra el mundo? Se celebra a sí mismo y se vanagloria de lo que el mismo se ha dado: consumo, fatuidad, tolerancia desafectada, estética feísta, solidaridad aséptica y la total ruptura de la unidad entre nosotros y en nosotros.


En Navidad nace quien viene a salvarnos de todos estos sinsentidos. Nace quien es sentido de todo lo que existe, la Palabra que es Camino, Verdad y Vida. Intentemos ser capaces de ver a Dios y enseñar a las demás personas a verlo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Arte, vida cotidiana y Adviento.

Para iniciar el Adviento, traigo un breve texto de la obra: Belleza y vida de Fe, del P. Jesús Casás Otero.

Por lo tanto, el equívoco o malentendido, según el cual “la obra de arte sería únicamente obra humana, debe ser eliminado. Dios actúa en el hombre de una forma más de acuerdo con la Verdad que en el terreno de la naturalidad pura y simple” (pseudo Dionisio, Epístola X). Porque en las creaciones del espíritu, lo divino se manifiesta en y a través de la conciencia y al ser la conciencia superior a la naturaleza, será también un medio más adecuado para expresar lo divino en las creaciones artísticas.

[Al hombre] No le satisface ser un individuo separado; parte del carácter fragmentario de su vida individual, para elevarse a una “plenitud” que siente y exige, hacia una plenitud de vida que no puede conoce por las limitaciones de su individualidad, hacia el mundo comprensible y más justo, hacia un mundo con sentido.

Esto nos lleva a la conclusión de que la belleza y el arte, por principio, además de estar perfectamente relacionados, llevan en sí el germen religioso de la estética cristiana. Esta idea coincide con el pensamiento de la patrística que, desde el siglo II, habla de “la semilla del logos inmersa en la naturaleza”. (P. Jesús Casás Otero. El arte y la fe. Capítulo IV)

Pensemos que toda obra del ser humano puede ser una obra de arte o una simple respuesta a una necesidad funcional. Nuestra labor profesional, espiritual o evangelizadora, puede ser realizarse con un sentido que trascienda lo necesario o simplemente ajustarse a las necesidades de cada momento.

Hay que tener mucho cuidado con todo discurso que comienza por “lo mejor”, “lo principal”, “lo que prefiero”, porque nuestra psicología y naturaleza, tienden a quedarse con lo se destaca, olvidando todo lo que desde ese momento parece secundario. Si decimos que lo principal de una casa es que tenga techo, no implica que despreciemos los muros, ventanas, puertas, etc. ¿Qué sentido tiene un techo plantado en la nada? Por ejemplo, ¿Qué sentido tiene evangelizar sin una comunidad que recoja y de sentido a las personas que se acerquen al mensaje de Cristo?

Nos han educado para que aceptemos el funcionalismo minimalista como estándar de nuestra vida, lo que contradice las palabras de Cristo. En la parábola de los talentos, el Señor no se conforma con que se le devuelva lo mismo que nos ha prestado. Espera de nosotros más que el mal menor que preferimos y que está bien visto por la sociedad. Aumentar los talentos supone colaborar con Dios y aceptar que la Gracia actúe en nosotros. Igual que el grano de mostaza, “la semilla del logos inmersa en la naturaleza” necesita cuidados para crecer y dar frutos. ¿Podemos devolver la semilla, tal cual, diciendo que salimos a sembrar con buena voluntad, pero que se nos olvidó el sentido de nuestra evangelización?

Pensemos que “en las creaciones del espíritu, lo divino se manifiesta en y a través de la conciencia”. Quien no tiene conciencia de lo que hace, difícilmente puede ser una herramienta de Dios.


Estamos ya en Adviento. Es el tiempo litúrgico del despertar de lo cotidiano, para empezar a prepararnos para la cercana Navidad. La preparación conlleva hacer examen de conciencia de aquellos talentos que no dan todos los frutos que sería deseable. Como los Magos de Oriente, tenemos que trabajar, observar el cielo y trazar el camino que hemos de seguir detrás de la Estrella. Tenemos que tener confianza en la Estrella y no desesperar en el camino. Tampoco podemos dejarnos arrastrar por las tendencias o modas que se dan, tanto dentro como fuera de la Iglesia. La Estrella nos guía y nos llevará hasta el Niño Dios, en la noche de Navidad.

domingo, 24 de noviembre de 2013

¿Nos encontramos con Cristo o con los mercaderes?

Celebramos la solemnidad de Cristo Rey, pero ¿Es Cristo nuestro verdadero Rey? San Agustín nos recuerda la adoración de los Magos de oriente y el comportamiento de los mismos tras el encuentro con Cristo:

Una vez conocido y adorado nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle, pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido. El cambio de ruta es el cambio de vida. También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella, la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos que no nos acompañaron; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a Él tomemos la nueva ruta y no regresemos por donde vinimos (San Agustín. Sermón 202)

En la entrada previa a esta, me preguntaba si Cristo era nuestro líder. Líder de una fraternidad que sólo puede ser pequeña, ya que “pocos son los escogidos” (Mt 22,14). Hablar de Cristo como Rey, no se aleja mucho de esta visión. Cristo aparece ante nosotros como Rey del Universo: pantocrátor, todopoderoso. Su poder se manifiesta a través nuestra ya, cuando estamos unidos a El: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5)

Es un Rey un poco especial, ya que nos dijo que “Mi Reino no es de este mundo” (Jn 18, 36) y no reclama los bienes de este mundo para sí: “dad Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Entonces ¿Qué es lo que reclama de nosotros?

Cristo nos convoca de muchas formas, a los Magos de Oriente los llamó a través de la ciencia, a los Apóstoles los encontró uno a uno, al Buen Ladrón, lo encontró en la Cruz, a Zaqueo subido en un Sicómoro, a la Samaritana cuando buscaba agua en un pozo, etc. Podemos decir que a cada uno de nosotros nos encuentra en un momento y un lugar diferente. La evangelización nunca puede ser una obra de masas ni de grandes medios de comunicación. Es una obra que suma personas, una a una, haciendo que cambien su vida.

Lo interesante del comentario de San Agustín es cómo interpreta el cambio de camino de regreso de los Magos de Oriente: “El cambio de ruta es el cambio de vida”. Tras el encuentro personal con Cristo, siempre hay un cambio en el camino de nuestra vida. El encuentro marca un antes,  un después y un futuro muy diferente. Si cada vez que nos acercamos a Cristo, volvemos por el mismo camino ¿Realmente nos hemos encontrado con Él? En la homilía de Santa Marta del pasado viernes, el papa Francisco nos señaló un aspecto interesante de nuestra rutina religiosa: ir al templo y salir tal como entré.

Nuestros templos, ¿son lugares de adoración, favorecen la adoración? ¿Nuestras celebraciones favorecen la adoración?”. Jesús echa a los “mercaderes” que habían tomado el Templo por un lugar de comercio, antes que de adoración. Pero hay otro “Templo” que hay que considerar en la vida de fe. San Pablo nos dice que nosotros somos templos del Espíritu Santo. Yo soy un templo. El Espíritu de Dios está en mí. Y también nos dice: ‘¡No entristezcáis al Espíritu del Señor que está dentro de vosotros!’ ”.


Quizás en el templo de nuestro corazón hay demasiados mercaderes. Tantos mercaderes, que el Rey queda oculto e inaccesible tras ellos. Hay que tener valor para tomar una cuerda y echar a tantos mercaderes que nos rodean. Encontrarnos con Cristo Rey no puede ser una rutina social que repetimos cada domingo. El verdadero encuentro con el Señor se realiza en el Templo que somos nosotros mismos. El encuentro es lo que desencadena que nos arrodillemos y le ofrezcamos el único tesoro que llevamos siempre con nosotros: nosotros mismos.
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