domingo, 12 de enero de 2014

Y el Señor le tocó diciendo: quiero. San Ambrosio

Ayer sábado 11 de enero, se leía en el evangelio (Lc 5,12-16) el episodio de la curación de un leproso por parte de Cristo. San Ambrosio de Milán nos muestra la riqueza del episodio.

El acto de arrodillarse delante del Señor da a entender su humildad y su pudor, con el fin de que cada uno se avergüence de los pecados de su vida; pero la vergüenza no detuvo su confesión, sino que mostró su herida y pidió la curación, diciendo: "Señor, si quieres puedes limpiarme". No dudó de la bondad del Señor porque desconociese su gran caridad, sino que, siendo consciente de su propia iniquidad, no presumió, pues rica es de religión y de fe la confesión, que se entrega a la voluntad de Dios. Lo cura en la forma que había pedido; y prosigue: "Y el Señor, extendiendo la mano, le tocó, diciendo: Quiero", etc. La ley prohibía tocar a los leprosos; pero como el Señor era el autor de la ley, no estaba sujeto a ella. No lo tocó precisamente porque no pudiese curarlo sin tocarlo, sino para demostrar que no estaba obligado a la ley ni temía contagiarse como los hombres. No podía contaminarse quien curaba a los demás. Antes al contrario, la lepra, que ordinariamente mancha al que la toca, desapareció al contacto del Señor. (San Ambrosio de Milán. in Lucam lib. 5)

Este leproso nos representa a todos nosotros y nos señala cómo acercarnos al Señor. ¿Quién no lleva consigo algún tipo de lepra espiritual o física? Todos tenemos nuestros ojos repletos de vigas que nos impiden ver y entender a quienes nos rodean. Todos llevamos los hombros cargados con nuestras derrotas y desesperaciones. Todos tenemos problemas para aceptar que sólo el Señor es capaz de sanar estas lepras y devolvernos la salud del cuerpo y del alma. ¿Cuánto nos cuesta arrodillarnos y suplicar, con el corazón, la sanación que sólo puede venir de Dios?

"Señor, si quieres puedes limpiarme" y si es voluntad de Dios, seremos sanados. Esta brevísima petición me recuerda a la oración del corazón: “Señor, Hijo de Dios, ten misericordia de mi, pecador”. La oración del corazón es una tradición cristiana ortodoxa, que acompasa la breve petición al latido de nuestro corazón. No es que al Señor le haga falta que verbalicemos la oración, pero para nosotros es importante tener un elemento simbólico al que agarrarnos para que nuestra mente no se pierda en otras cosas. Cada latido nos acercamos al Señor, de rodillas y con la certeza que El puede sanarnos, si es Su voluntad.

El Señor no teme contagiarse de nosotros. No teme acercarse a un leproso de su tiempo, ni a cualquiera de los “rechazados” del momento actual. La misericordia de Dios fue tal que Dios mismo se “contagió” de la carne mortal para demostrar la dignidad del ser humano. Cuando Dios nos toca, somos nosotros quienes nos “contagiamos” de su Gracia. El Señor no tiene que cumplir las “leyes” humanas para que su misericordia llegue a nosotros. Sólo espera que nosotros nos acerquemos a Él y aceptemos su misericordia.

Muchos nos sentimos con frecuencia desanimados o desesperanzados. No ha nada malo en ello mientras tengamos confianza en el Señor. No es que la derrota sea culpa de nosotros, sino que la carga que llevamos sobre nuestros hombros excede nuestras fuerzas. El Señor no nos reprende ni se burla de nuestras incapacidades. No nos reprende como si fuésemos desobedientes por sentirnos derrotados. El Señor no nos acusa de ser seres llenos de límites. El extiende la mano y nos dice: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera" (Mateo 11,28-30) El Señor nos toca con sus dedos y nuestra lepra desaparece.


Después de ser sanado, Cristo solicita al leproso que se cumpla la ley que le permite ser considerado limpio. Es decir, Cristo no desprecia las normas que los humanos nos damos para ordenar nuestro mundo. Pero, además, solicita al leproso que no diga que ha sido El quien le ha curado. Siempre me ha parecido curiosa esta petición. Quizás esta petición conlleve una solicitud de humildad. No te vanaglories, ante los demás, de que Dios te ha tocado y has sido sanado. En todo caso, el testimonio debe ser dado a quien lo solicite de ti. Nunca te creas superior o elegido, por recibir la misericordia del Señor. Nunca la mereceremos por nosotros mismos, sino por la Voluntad expresa del Señor.

domingo, 5 de enero de 2014

Los Magos, anuncian y preguntan, creen y buscan. San Agustin

Estamos en las vísperas de la Epifanía del Señor. Los Magos de Oriente adoran al Señor y le ofrecen sus presentes. El episodio evangélico no tiene desperdicio, tal como podemos leer en el siguiente pasaje de San Agustín:

Pero hoy hemos de hablar de aquellos a quienes la fe condujo a Cristo desde tierras lejanas. Llegaron y preguntaron por él, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo. Anuncian y preguntan, creen y buscan, como simbolizando a quienes caminan en la fe y desean la realidad. ¿No habían nacido ya anteriormente en Judea otros reyes de los judíos? ¿Qué significa el que éste sea reconocido por unos extranjeros en el cielo y sea buscado en la tierra, que brille en lo alto y esté oculto en lo humilde? Los magos ven la estrella en oriente y comprenden que ha nacido un rey en Judea. ¿Quién es este rey tan pequeño y tan grande, que aún no habla en la tierra y ya publica sus decretos en el cielo? Sin embargo, pensando en nosotros, que deseaba que le conociésemos por sus escrituras santas, quiso que también los magos, a quienes había dado tan inequívoca señal en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento en Judea, creyesen lo que sus profetas habían hablado de Él. Buscando la ciudad en que había nacido el que deseaban ver y adorar, se vieron precisados a preguntar a los príncipes de los sacerdotes; de esta manera, con el testimonio de la Escritura, que llevaban en la boca, pero no en el corazón, los judíos, aunque infieles, dieron respuesta a los creyentes respecto a la gracia de la fe. Aunque mentirosos por sí mismos, dijeron la verdad en contra suya. ¿Era mucho pedir que acompañasen a quienes buscaban a Cristo cuando les oyeron decir que, tras haber visto la estrella, venían ansiosos a adorarlo? (San Agustín. Sermón 199, 2)

En la Epifanía celebramos la manifestación de Dios en la tierra; entre nosotros. ¿Qué pensaríamos si una persona se plantara ante nosotros y nos dijera a la cara que él era dios? Seguramente le tomaríamos por un bromista o por un loco. ¿Qué pensaríamos si Dios se manifestara ante nuestros ojos en la figura de un niño que reposa en un pobre comedero de animales, en una ciudad perdida de un lejano país? ¿Nos arrodillaríamos para adorarle? ¿Le entregaríamos los tesoros que traíamos para el rey de Israel?

Los Magos de Oriente no eran personas normales. Salieron de sus países por causa de una señal en el cielo que les habló de lo que iba a suceder. Embarcarse en un viaje así requiere mucho amor, esperanza y fe. Arrodillarse y adorar a un niño tendido en un comedero de animales, requiere una visión inmensa sobrenatural.

Pensemos en los pastores, que fueron convocados por un Ángel. Dejaron sus rebaños en el campo y se acercaron al portal, atendiendo al anuncio que se les entregó. Los pastores eran personas pobres y no muy bien vistas por la sociedad de su tiempo, pero fueron los primeros convocados para adorar al Señor. Los Magos de Oriente tampoco fueron especialmente bien recibidos en Judea. Pensemos en la desconfianza que tuvo que producir que un grupo de extranjeros vinieran a “descubrir” lo que los judíos pensaban que era de su propiedad. Además, no vinieron a partir de las profecías sino a partir de la ciencia de los cielos. ¿Puede haber algo más sospechoso que una persona que se guía por la ciencia y el razonamiento para acercarse a Dios?

Si hoy en día, un científico dice que su fe parte de sus estudios científicos, seguramente todos lo miraríamos de reojo. Desconfiamos que la ciencia conduzca hacia Dios, aunque existen muchos testimonios en ese sentido. Desconfiamos de la revelación natural, porque creemos en un dios alejado y desentendido de nosotros. No podemos imaginar que Dios se manifieste y se comunique con nosotros a través de su propia creación.

Pero hay algo más que resalta en el pasaje de la adoración de los Magos de Oriente: los presentes que ofrecieron: oro, incienso y mirra. Presentes que podrían ser rechazados por ser demasiado “ricos”, pero que no lo fueron. Cada cual aporta al Señor según los talentos que Dios les ha dado y lo hace con total humildad. No se trata de sopesar la humildad por las apariencias, sino por el corazón que se abre y comparte sus dones.

Nadie dudó de la humildad de los Magos de Oriente, por muy espléndidas vestiduras y presentes que trajesen consigo. Nadie desconfió de la humildad de la Sagrada Familia que los aceptó como un don providencial. Después les servirían para ponerse a salvo en Egipto. Dios se vale de simbolismo para enseñarnos y mostrarnos su Voluntad. Hoy en día despreciamos el simbolismo porque  pensamos que es algo antiguo que no tiene relación con la realidad que vivimos. Algo similar a lo que le pasó a Herodes cuando los Magos le dijeron que leyeron los signos en el cielo. Tendemos a ver en los símbolos las apariencias externas y nos olvidamos que lo importante es lo que se revela a través de ellos.

¿Qué pensaríamos de una familia sencilla que recibe oro, incienso y mirra de unos elegantes señores extranjeros? Seguramente pensaríamos en que el oro significa riqueza y les señalaríamos como cómplices del sistema económico imperante. Si vemos el incienso y la mirra, pensaríamos en que su fabricación conlleva injusticias sociales en donde fueron recogidos. Terminaríamos por desconfiar de la familia que acepta unos regalos que los hacen “ricos” y diferentes de las demás. Todo lo que ponga en cuestión la igualdad en la mediocridad, atenta a nuestra soberbia y enciende nuestra envidia. Pero todos estos razonamientos parten únicamente de las apariencias externas. Las apariencias que tanto valoramos y que marketing emplea con tanta eficacia con nosotros. Lo triste es que olvidamos que detrás de las apariencias existe un lenguaje simbólico. Si olvidamos este lenguaje perdemos el 99% de la revelación de Dios. Dios que se manifiesta de forma indirecta y personal a través de este maravilloso lenguaje.

Quizás dentro de poco, seamos incapaces de entender el relato de la adoración de los Magos. A lo mejor ya somos incapaces y por eso hay que leerlo rápido, flojito y no comentar nada que sea políticamente incorrecto.

Tendríamos que intentar ser como los Magos de Oriente: “los magos, a quienes había dado tan inequívoca señal en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento”, para ser capaces de leer lo que Dios nos dice a cada uno de nosotros a través del oído que tenemos en nuestro corazón. Solía decir Cristo “…quien tenga oídos que oiga

¿Cómo se revela Dios hoy en día a cada uno de nosotros? ¿Es Dios un dios lejano, sin voz? ¿Nuestra fe es cada día más socio-política y menos un sobrenatural? A lo mejor es que tenemos cerrados nuestros corazones con el candado de la ideología y el lenguaje simbólico nos parece incomprensible y hasta rechazable.


Nuestra sociedad, como la sociedad judía del siglo I, no está dispuesta a escuchar ni a seguir lo que Dios habla en nuestro corazón. ¿Era mucho pedir que acompañasen a quienes buscaban a Cristo cuando les oyeron decir que, tras haber visto la estrella, venían ansiosos a adorarlo? Hoy en día sigue siendo mucho pedir.

martes, 24 de diciembre de 2013

La luz de Belén nunca se ha apagado. Benedicto XVI

En la noche del día 24 celebramos el nacimiento del Niño Emmanuel, Dios con nosotros. Es una noche de alegría en donde el Nacimiento de Cristo se representa a través de dos palabras clave: Luz y Paz.

…luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”. Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón.  (Benedicto XVI, Homilía de Navidad 2005)

No es fácil pensar en una Navidad oscura y en conflicto. La noche de amor, necesita de Luz para que veamos más allá de nuestros egoísmos, gustos e ideologías. De ahí, como indica Benedicto XVI, que la Luz siempre  contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Luz que es conocimiento para dar sentido a nuestra vida.

Esta Luz nos ha guiado a través de los siglos y los sigue señalando hacia donde han de ir nuestros pasos. En ese sentido, la estrella de Belén y el Ángel que habla a los Pastores, son prefiguraciones de la Luz que tanto necesitamos. Es Luz de conocimiento de Quién, cuándo y dónde. Luz que no es simple emotividad o activismo.

Es curioso que la Luz sólo se manifestase a Pastores y Magos de Oriente, pero si repasamos el relato del la Natividad, leeremos que los Magos comunicaron a Herodes su objetivo, pero sólo urdió un plan para deshacerse de aquel Niño. Quizás esta sea la actitud que nuestra sociedad evidencia durante estos días de Adviento. Se aprovechan de las fechas, pero urden planes para impedirnos ver al Niño Dios. De hecho toda la publicidad se concentra en cambiarnos el objeto de nuestra adoración. Nos presentan a lo ídolos de siempre, dispuestas a los adoptemos y nos adoremos. Detrás, muy detrás, queda el Niño, que sólo es recibido por unos pocos.

Pero algunas personas han cerrado su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen que no necesitan a Dios; no lo quieren. Otros, que quizás moralmente son igual de pobres y pecadores, al menos sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad, aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con ella, su paz. Dios busca a personas que sean portadoras de su paz y la comuniquen. Pidámosle que no encuentre cerrado nuestro corazón. Esforcémonos por ser capaces de ser portadores activos de su paz, concretamente en nuestro tiempo. (Benedicto XVI, Homilía de Navidad 2005)

Los pastores representan a las personas sencillas, que están dispuestas a escuchar el llamado que les llega a través del Ángel. Son personas vigilantes, que velan por la noche para que sus rebaños no sufran. Se reúnen alrededor de un fuego, que vuelve a ser un símbolo de Luz pero que además lo es de Paz y comunidad.

La parábola de las diez vírgenes, se pueden ver las dos actitudes que podemos tener en la espera. Unas han traído suficiente aceite para esperar al novio, otras se han presentado sin esperanza suficiente, lo que hace que no tarden en desesperar y alejarse. La palabra clave es “Esperanza”, que tenían tanto los Magos como los Pastores. Quienes viven sin Esperanza, ¿Qué pueden esperar de su propia vida? ¿Por qué tendrían que esperar que Dios tocara a su puerta para cenar con él? Si se llegan a dar cuenta de que Cristo les llama, se esconderán gritando atemorizados.

Mirando hacia nosotros mismos, tendríamos que hacer un balance de cuanta Esperanza llevamos con nosotros para estar preparados para la espera del nacimiento del Niño Dios.

Particularmente me gusta felicitar por la Navidad utilizando el plural: Felices Navidades. En plural porque da pié a señalar las dos Navidades que tenemos tan cerca. La Navidad externa a celebrar unidos con nuestros amigos y familia y la Navidad interna de nuestra conversión.


Felices Navidades

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Sentido se hace carne cada Navidad. Card. Ratzinger

Así vino a nosotros, efectivamente, el eterno sentido del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (1 Jn 1,1). Pues lo que Juan denomina «la Palabra» o «el Verbo», significa en griego, al mismo tiempo, algo así como el sentido. Según eso, podemos también traducir nosotros: el sentido se ha hecho carne. Pero este sentido no es simplemente una idea corriente que penetra en el mundo. El sentido se ha aplicado a nosotros y ha vuelto a nosotros. El sentido es una palabra, una alocución que se nos dirige. El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal. Él mismo es una persona: el Hijo del Dios vivo, que nació en el establo de Belén.

Él vino como niño para quebrar nuestra soberbia. Tal vez nosotros capitularíamos antes frente al poder o a la sabiduría. Pero Él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres. Dejemos, pues, que la alegría tranquila de este día penetre en nuestra alma. Ella no es una ilusión. Es la verdad. Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa. Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al hombre. Ella habla a partir del Niño, el cual, sin embargo, es el propio hijo de Dios. (Card Joseph Ratzinger, mensaje de Navidad 2002)

Estamos cerca del día de Navidad y conviene ir mirando qué para encarar el último tramo del Adviento. ¿Quién nació hace 2000 años en un pobre pesebre en una pequeña ciudad de la periferia del Imperio Romano? Si miramos la escena del nacimiento, podríamos decir que tuvo que nacer alguien sin importancia alguna.

Es curioso, pero Cristo también nace en nuestro corazón de la misma forma. Sin soberbia, ya que no se impone por la fuerza. En la periferia, ya que aparece siempre como algo colateral a nuestros intereses personales. Pero quien nace en nuestro corazón es algo más que una persona. El Cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI señala un aspecto muy importante para el ser humano del siglo XXI: “el sentido se ha hecho carne”. La Navidad nos recuerda que nace el Sentido y que nace como persona, capaz de comunicarse a todos nosotros.

En este siglo de prodigios de la ciencia y la técnica, parece que no necesitamos a Dios. La sociedad en que vivimos se proclama como salvadora del ser humano y garante en todas sus necesidades básicas. Al menos eso es lo que dicen, porque en la realidad no vivimos en una sociedad más feliz y justa, más bien todo lo contrario.

Hay algo que nuestra sociedad no es capaz de darnos: sentido. Precisamente, el laicismo imperante rechaza este sentido como algo que nos oprime y esclaviza. Para contrarrestar el anhelo de sentido que tenemos impreso en nuestro interior, ofrece que cada cual se busque el sentido que desee, que lo cambie y hasta que lo elimine de su vida. Nos dicen que la libertad es precisamente no tener sentido y decidir, sin conocimiento ni compromiso, aquello que más nos apetezca en cada momento.

El Sentido nos libera de la esclavitud de lo inmediato y no lo hace imponiéndose, sino amándonos. “Él no busca nuestra capitulación, sino nuestro amor. Él quiere librarnos de nuestra soberbia y así hacernos efectivamente libres.” El sentido no homogeniza ni aborrega. El Sentido persona que nos une a los demás, reconoce los carismas que Dios nos ha donado y nos permite vivir lo que somos y Dios quiere de nosotros, con un humildad y esperanza.

El sentido nos conoce, nos llama, nos conduce. El sentido no es una ley común, en la que nosotros desempeñamos algún papel. Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal.” Es maravilloso darnos cuenta que el Sentido nos llama, conduce y nos ama a cada uno, tal como ha sido creado. Nos damos cuenta de la profundidad de las palabras de Cristo, cuando nos dijo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.” (Mt 11, 28-30). El yugo que nos ofrece la sociedad pesa y destroza interiormente, porque carece de sentido.

El cardenal Ratzinger nos habla de la alegría que nace de sentir que somos libre y que esa libertad procede del Sentido, que es Amor. ¿Cómo vivir la alegría del Evangelio sin liberarnos de las cadenas del sinsentido de nuestra vida? Por eso es tan importante encontrarnos con la Verdad:


Pues la verdad, la última, la auténtica, es hermosa. Y, al mismo tiempo, es buena. El encontrarse con ella hace bueno al hombre. Ella habla a partir del Niño, el cual, sin embargo, es el propio hijo de Dios.

martes, 17 de diciembre de 2013

Preparémonos para noche santa del perdón divino. BXVI

El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?

El Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. (Benedicto XVI: Homilía a los Jóvenes en Colonia. Cuaresma 2011)

El cristianismo es una religión simbólica. Utilizamos los signos y los símbolos para acercar nuestro entendimiento al Misterio de Dios y la forma en que se revela a nosotros. Pero, como es lógico, el simbolismo tiene un peligro: perder la conciencia del Misterio que subyace detrás de los elementos que utilizamos para señalarlo.

El Portal de Belén, el Árbol de Navidad, la Corona de Adviento, los regalos, la continua presencia de la Luz en las lecturas, cuando se hacen cultura, costumbre, hábito, pierden su verdadera esencia, dando lugar a versiones adaptadas a los intereses de la sociedad donde vivimos. Los regalos en el día de Navidad, querían simbolizar el gran Regalo que es el Niño Dios nacido. ¿En qué los hemos convertido? En una ocasión para comprar para sentirnos vivos. El Portal de Belén, buscaba acercarnos el Misterio de la redención hasta nuestros hogares. Pero ahora se ha convertido en un reclamo comercial de los grandes almacenes y ayuntamientos.

Con las carreras por comprar los regalos, las estridentes luces de neón, las insulsas y pegadizas canciones navideñas se nos olvida lo que Benedicto XVI nos señala: “la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta” ¿Oculta? ¿Dónde?

Oculta porque no se anuncia en spots publicitarios, ni aparece en las estanterías de lo grandes centros comerciales. Tampoco se anuncia por parte de los famosos y poderosos. Es una presencia sublime, constante y profunda, que anida en nosotros casi sin darnos cuenta. “El objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento”, pero solemos perder el norte cuando nos sumergimos en la vorágine consumista y los hábitos que cada año repetimos casi sin darnos cuenta. En Navidad celebramos el nacimiento de Cristo y en Adviento preparamos los caminos para que el Niño Dios nazca en nosotros y quienes nos rodean. El núcleo del acontecimiento es mucho más que una cena en familia y una misa de medianoche. Ambas costumbre son geniales y no deberían desaparecer, pero el núcleo, el objetivo oculto, la razón de que todo a nuestro alrededor cambie por unos días debería hacerse presente.

En Adviento encendemos las velas de la Corona de Adviento y con esta acción significamos que necesitamos Luz, Sentido y Verdad. Belleza y Bondad. “Las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia”. Consuelo a la soledad de una vida en donde Dios es cada vez más un extraño. Advertencia de que tenemos que descubrirlo en nosotros y en aquellas personas que nos rodean. Advertencia de que ya quedan pocos días y todavía nos queda mucho que poner de nuestra parte.

Sólo así encontraremos la “certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino”.

La Navidad se desvela ante nosotros como un anticipo de los sacramentos que vendrán tras la redención. Dios se hace presente y necesita que estemos preparados a recibirle. De igual forma, para recibir a Cristo a través de los sacramentos, necesitamos estar preparados y dispuestos. Una vez entre en nuestros corazones, adoraremos su presencia en nosotros y el mundo.

Ya quedan pocos días para la Navidad. Poco tiempo para prepararnos por nosotros mismos, pero para Dios el tiempo es solo un convencionalismo. Para El todo es posible.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Nos parece increíble lo prometido por Dios. San Agustín

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza-, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido. Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por Él.

¡Qué lejos estábamos de él! ¡Él muy alto y nosotros aquí abajo! Estábamos enfermos, sin posibilidad de curación. Un médico fue enviado, pero el enfermo no le reconoció, "porque si le hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de gloria" (1Co 2,8). Pero la muerte del médico fue el remedio del enfermo; el médico había venido a visitarlo y murió para curarle. Dio a entender a los que creyeron en Él que era Dios y hombre: Dios que nos creó, hombre que nos recreó. Una cosa se veía en Él, otra estaba escondida; y lo que estaba escondido llevaba a muchos hacia lo que se veía… El enfermo fue curado por lo que era visible, para llegar a ser capaz de ver plenamente más tarde. Esta última visión, Dios la difería escondiéndola, no la negaba. (San Agustín. Comentario a los Salmos, Sal. 109 “No sabemos nada”)

Seguimos andando hacia la Navidad. Quizás este tercer domingo de Adviento nos resulta un poco extraño porque el protagonismo de la lectura del Evangelio se desplaza a Juan el Bautista. La misión de evangelizar nunca es un misión secundaria o superflua. La misión del cristiano consiste en llevar la Buena Noticia a quienes más la necesitan.

San Agustín señala que Cristo es el Medico que Dios envió para curar nuestra enfermedad. Pero ¿De qué sirve un Médico formidable, si el enfermo nunca sabe de Él? ¿De qué sirve este médico si el enemigo se ha dedicado a crear prejuicios en torno suyo? 

Cristo dijo de Juan el Bautista: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino” de igual forma que Cristo nos envía a nosotros a preparar el camino para que el gran Médico pueda atender a quienes más le necesitan. Pero los enfermos no están muy dispuestos a ser atendidos por el Médico, le tienen miedo, desconfían de Él. Les han convencido  de que su enfermedad es parte de si mismos y que si son curados, sería como dejaran de ser ellos. Estos enfermos se sienten amenazados y luchan contra el Médico. Hace 2000 años, le crucificaron y ahora intentan callar a quienes seguimos proclamando que la Medicina existe y que está disposición de todos.

Dentro de una diez días celebraremos que Cristo nació entre nosotros y que su mensaje sigue tan vivo como siempre. ¿Qué nos encontramos por las calles, los medios de comunicación, los grandes almacenes? ¿Qué medicinas se ofrecen? Las falsas medicinas del consumo, que buscan ser evidencia de que el “sistema social” en que vivimos, es un éxito. Buscan deslumbrarnos con luces cegadoras y música pegadiza. Nos ofrecen una “alegría” basada en comprar, beber y comer, siempre que gastes dinero. Más que la celebración de quien nació en un pobre pesebre, vivimos la celebración del gran dios del consumo. Opulento, derrochador, capaz de sonreír a quien llena sus bolsillos con el dinero que tanto le ha constado ganar. Ya en la antigüedad le llamaron Baal y lo representaban como un todo o un becerro. Un becerro de oro, que se nos ofrece como el remedio a nuestros sufrimientos. ¿Celebrar la opulencia del becerro de oro o la humildad de Dios que nace en un establo? ¿Qué nos resulta más atractivo?

Juan el Bautista anunció el Médico de forma austera y sencilla. No necesitó los grandes medios de comunicación de la época. Su espacio público fue el desierto. Su voz resonaba donde nadie vivía, que paradoja. Ofrecía lo único que tenía: Esperanza y un sentido para la vida. Pero, las palabras que se pronunciaban en el desierto llegaron a toda Judea y Galilea. Llegaron hasta el rey Herodes sin que mediara acto de poder alguno. Tal vez la Navidad sea un momento propicio para dejar de intentar dar gritos por encima del ruido social imperante. Es evidente que gritando más fuerte no conseguimos demasiado. El mundo no necesita más gritos y más ceremonias de grandeza. 

Cada día más, necesitamos el silencio expectante y lleno de Esperanza que sólo se puede encontrar en el desierto y en un humilde establo de un pueblo perdido del Imperio Romano Tal vez la Navidad sea un momento propicio para dejar de intentar dar gritos por encima del ruido social imperante. Es evidente que gritando más fuerte no conseguimos demasiado. El mundo no necesita más gritos y más ceremonias de grandeza. Cada día más, necesitamos el silencio expectante y lleno de Esperanza que sólo se puede encontrar en el desierto y en un humilde establo de un pueblo perdido del Imperio Romano.

jueves, 12 de diciembre de 2013

El ABC, DEF y G de la Evangelización

“El ABC de la evangelización consta de: Afecto, Bondad y Cercanía. Habría que añadir, además, D y E: Diálogo y Ejemplo, sin olvidar la F: Formación. Pero para que todo fructifique es necesaria la G: Gracia de Dios”

Evangelizar es una palabra polisémicas que suele ser entendida como la principal acción que realizamos todos y cada uno de los bautizados: difundir la Nueva Noticia, el Evangelio.

Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. (1Co 9, 16-19)

Evangelizar es una misión que no está limitada a determinados momentos o a determinadas personas. Todos evangelizamos y lo hacemos sobre toda aquella persona que se acerque a de nosotros. Se evangeliza tanto dentro y fuera de la Iglesia, ya que el Evangelio se transmite con la palabra, las actitudes y las actividades que realicemos.

El ABC del evangelio comienza por Afecto, Bondad y Cercanía, ya que sin estas tres avanzadillas, no hay comunicación ni empatía posible.

Para que el ABC llegue a los demás son necesarios DEF, es decir Diálogo,  Ejemplo y Formación. El diálogo es una característica propia del ser humano, a través de la cual aprendemos y nos relacionamos. También es necesario el ejemplo. Si lo que decimos queda sólo en palabras, nuestro testimonio es nulo. Nadie nos creerá ni querrá acercarse a nosotros para conocer más.

No tenemos que olvidarnos de una necesidad imperiosa: la Formación. Si no tenemos la formación suficiente, es muy posible que nos encontremos con dificultades considerables. Hoy en día, los prejuicios son eficaces anticuerpos que bloquean la difusión del Evangelios. Actúan poniendo en duda todo lo que podamos decir y a nosotros mismos. Saber desmantelar los prejuicios necesita de vitamina C3: Conocimiento, Constancia y Compromiso. Esta vitamina se adquiere mediante la formación continua. Tenemos que ser conscientes que los prejuicios son capaces de mutar con rapidez, por lo que tenemos que estar siempre al día y preparados.

Por último tenemos el elemento más importante: la Gracia de Dios. Nada podemos hacer sin Cristo. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”. (Jn 15,5) La conversión parte de un diálogo en el que no podemos participar, ya que es un diálogo íntimo entre cada persona y el Señor. Dios respeta escrupulosamente nuestra libertad. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)

¿Qué podemos hacer nosotros? Como estamos en Adviento, no podemos olvidar las palabras de Lucas, que a su vez, toma del profeta Isaías:

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; Y verá toda carne la salvación de Dios.” (Lc 3, 4-6).

Isaías nos llama a allanar el camino al Señor para que todo ser humano tenga la oportunidad de encontrarse con Cristo, de forma similar a como se encontró con los discípulos de Emaús.


Cristo se hace el encontradizo y escucha las dudas, problemas, dolores y necesidades de quienes le dejan acercarse y acompañarles. Después habla a nuestro corazón llenándolo de Esperanza, ya que sólo El tiene Palabras de vida eterna, pero el encuentro espera nuestro permiso. Si no aceptamos que necesitamos de El, la puerta queda cerrada y El no partirá el Pan con nosotros.
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