domingo, 20 de abril de 2014

¡Christos anesti! ¡Alithos anesti!

El Señor ha resucitado. ¡Christos anesti! Claman en griego los cristianos esta noche. Quien oye este grito de alegría, responde lleno de esperanza: ¡Alithos anesti! Verdaderamente ha resucitado.

A los cristianos del siglo XXI nos cuesta entender esa alegría y gozo. Tenemos tan asumida la resurrección de Cristo nada cambia en nuestra vida. Cristo nos salva, pero ¿de qué nos salva? Ya nos sentimos salvados por la modernidad y la misma sociedad ¿Qué aporta la resurrección de Cristo a nuestra vida?

Con su resurrección, nuestro Señor Jesucristo convirtió en glorioso el día que su muerte había hecho luctuoso. Por eso, trayendo solemnemente a la memoria ambos momentos, permanezcamos en vela recordando su muerte y alegrémonos acogiendo su resurrección. Ésta es nuestra fiesta anual y nuestra Pascua; no ya en figura, como lo fue para el pueblo antiguo, mediante el degüello de un cordero, sino realizada, como para el pueblo nuevo, mediante el sacrificio del Salvador, pues Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, y lo antiguo ha pasado, y he aquí que todo ha sido hecho nuevo. Si lloramos es sólo porque nos oprime el peso de nuestros pecados y si nos alegramos es porque nos ha justificado su gracia, pues fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Llorando lo primero y gozándonos de lo segundo, estamos llenos de alegría. No dejamos que pase inadvertido con olvido ingrato, sino que celebramos con agradecido recuerdo lo que por nuestra causa y en beneficio nuestro tuvo lugar: tanto el acontecimiento triste como el anticipo gozoso…

Se entiende, en efecto, que esta noche pertenece al día siguiente que consideramos como día del Señor. Ciertamente debía resucitar en las horas de la noche, porque con su resurrección ha iluminado también nuestras tinieblas y no en vano se le había cantado con tanta anticipación: Tú iluminarás mi lámpara, Señor; Dios mío, tú iluminarás mis tinieblas. (San Agustin, Sermón 221, 1)

¿Lloramos por la carga de nuestros pecados? ¿Nos alegramos porque nuestros pecados son perdonados por la Gracia del Señor?

En la cotidianidad estos signos son irrelevantes para nosotros. La resurrección de Cristo parece que no cambia nada en nuestra vida. No somos capaces se entender el efecto del perdón, ya que no tenemos conciencia de necesitarlo. Pensamos en Dios como un Dios condescendiente, lejano y desentendido. Nuestro cristianismo se vuelve agnóstico. Somos cristianos que, en nuestra soberbia, creemos que el pecado no existe o si existe, la misericordia de Dios perdona sin necesidad de arrepentimiento alguno.

Hemos llegado aquí a un punto verdaderamente central. Me parece, en efecto, que el núcleo de la crisis espiritual  de nuestro tiempo tiene sus  raíces en el eclipse de la gracia  del  perdón.  Mas  fijémonos  antes  en  el  aspecto  positivo  del  presente:  la dimensión  moral comienza  de  nuevo  poco  a  poco  a  estar  en  boga.  Se  reconoce,  e incluso  resulta  evidente,  que  todo  progreso  técnico  es  discutible  y  últimamente destructivo  si  no  lleva  paralelo  un  crecimiento  moral… En efecto, el hombre no puede soportar la pura y simple moral, no puede vivir de ella; se convierte para él en una «ley» que provoca el deseo de contradecirla y genera el pecado. Por eso donde el perdón, el verdadero perdón lleno de eficacia, no es reconocido y no se cree en él, hay que tratar la moral de tal modo que las condiciones de pecar no pueden nunca verificarse propiamente para el individuo.  A  grandes  rasgos  puede  decirse  que  la  actual  discusión  moral  tiende  a librar a los hombres de la culpa, haciendo que no se den nunca las condiciones de su posibilidad. (Card. Joseph Ratzinger. La Iglesia. Una compañía en el camino. 4)

En la Pascua festejamos que nuestra esperanza no está vacía, pero ¿Qué esperanza? ¿Qué esperamos si no tenemos conciencia del pecado y nos creemos salvados por defecto? ¿Para qué resucitó Cristo si este tremendo milagro no cambia nada en nuestras vidas? ¿Cómo podemos sentirnos liberados si no aceptamos que estemos esclavizados?

Librar al ser humano del sentimiento de culpa impide que reciba la Gracia del perdón. Hacernos creer que somos libres, impide que recibamos el don de la salvación. Por eso es tan maravillosa la celebración de la Pascua, ya que rememoramos que Cristo vino a salvarnos y a ofrecernos el perdón de nuestros pecados. No podemos vivir la Pascua como un día más, ya que eso evidenciaría que necesitamos más que nunca convertirnos y creer en el Evangelio.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!


¡Feliz Pascua!

viernes, 18 de abril de 2014

Humildad y colecta pro Tierra Santa

El Viernes Santo recordamos la muerte de Cristo en al Cruz, pero no como una derrota sino como el necesario preludio a la resurrección. Cristo indicó que era capaz de reedificar el templo en tres días, el templo del Espíritu Santo.

Gloriémonos, pues, también nosotros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para nosotros y nosotros para el mundo. Cruz que hemos colocado en la misma frente, es decir, en la sede del pudor, para que no nos avergoncemos. Y si nos esforzamos por explicar cuál es la enseñanza de paciencia contenida en esta cruz o cuán saludable es, ¿encontraremos palabras adecuadas a los contenidos o tiempo adecuado a las palabras? ¿Qué hombre que crea con toda verdad e intensidad en Cristo se atreverá a enorgullecerse, cuando es Dios quien enseña la humildad no sólo de palabra, sino también con su ejemplo? La utilidad de esta enseñanza la recuerda en pocas palabras aquella frase de la Sagrada Escritura: Antes de la caída se exalta el corazón y antes de la gloria se humilla. Es la misma música que suena en estas otras palabras: Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes y en estas otras: Quien se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado. Por consiguiente, ante la exhortación del Apóstol a que no seamos altivos, sino que nos acomodemos a los humildes, el hombre ha de pensar, si le es posible, a qué gran precipicio es empujado si no se conforma a la humildad de Dios y cuán pernicioso es que el hombre encuentre dificultad en soportar lo que quiera el Dios justo, si Dios sufrió pacientemente lo que quiso el injusto enemigo. (San Agustin. Sermón 218,4)

Podemos meditar en la cruel muerte de Cristo y en las consecuencias que tuvo para todos los que lo seguían. El dolor de ver crucificado a su Salvador les rompió a los Apóstoles y discípulos, por dentro y por fuera. La esperanza desapareció de ellos, pero Dios les tenía reservada una maravillosa sorpresa el domingo... Seguir leyendo AQUÍ

martes, 15 de abril de 2014

¿Tiene sentido la Cruz? San Cirilo de Jerusalén


La Semana Santa es un momento adecuado para reflexionar sobre la muerte de Cristo y nuestra propia vida. Muchas personas se preguntan sí era realmente necesario que Dios ofreciera a su propio Hijo y permitiera que padeciera como padeció. En una sociedad que se escandaliza del sufrimiento y huye del dolor, no es extraño que estas ideas aparezcan como una evidencia de la crueldad de Dios y de la falsedad de todo el relato evangélico.

Pero esto no es nuevo. El Domingo de Ramos pudimos escuchar en el Evangelio, algunos de los comentarios que hacían personas que presenciaban la crucifixión:

Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!". De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios". También lo insultaban los ladrones crucificados con él. ” (Mt 27, 39-44)

Este pasaje nos recuerda directamente a las tentaciones que Cristo tuvo que soportar antes de iniciar Su vida pública. Pulse para seguir leyendo...

domingo, 13 de abril de 2014

¿Quien conduce la comitiva del Domingo de Ramos?

Es domingo de Ramos, día de gozo y alabanza. Día en que celebramos la entra jubilosa de Cristo en Jerusalén. Muchas veces me he imaginado la muchedumbre gritando y festejando que el Mesías de Israel estaría presente en la Ciudad Santa, llenos de esperanzas e incertidumbres.

En este tipo de ocasiones festivas es fácil que alguien se “cuele” delante de la comitiva y parezca que el homenajeado es el y no Cristo. De la misma forma, a veces nosotros nos podemos delante del desfile que da gloria al Señor queriendo ser nosotros quienes recibamos los aplausos y las palmas que no merecemos.

Es la actitud del Fariseo que se coloca en el Templo delante de todos, queriendo demostrar que es merecedor de todas las glorias y alabanzas de las personas que han ido a orar a Dios. Mientras, el Publicano se queda detrás para que nadie lo viera y se da golpes de pecho solicitando la misericordia de Dios.

Muchas veces queremos ser nosotros quienes decidamos hacia donde debe caminar esa maravillosa comitiva que es la Iglesia peregrina. Decimos lo que nos parece bien o nos parece mal, ya que tenemos razones para ello. No cabe duda que las razones están allí, pero ¿Realmente merecemos estar delante de la comitiva intentando olvidar que Cristo es el verdadero centro de nuestra vida y de la Iglesia?

Sobre todo cuando la incertidumbre nos golpea, el mejor lugar para orar a Dios es detrás, donde nadie nos ve ni nos atienden. En ese diálogo no estamos solos ya que Dios se acerca a nosotros para aceptar que no podemos más o que nos sentimos sobrepasados. Nos sabemos pecadores y notamos la pesada carga sobre nuestros hombros:

Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que gravemente te ofendí; purifica mi corazón y mi mente. Condúceme por el camino recto, tú que eres una lámpara que alumbra. Pon tus palabras en mis labios; dame un lenguaje claro y fácil, mediante la lengua de fuego de tu Espíritu, para que tu presencia siempre vigile. Apaciéntame, Señor, y apacienta tú conmigo, para que mi corazón no se desvíe a derecha ni izquierda, sino que tu Espíritu bueno me conduzca por el camino recto y mis obras se realicen según tu voluntad hasta el último momento. Y tú, cima preclara de la más íntegra pureza, excelente congregación de la Iglesia, que esperas la ayuda de Dios, tú, en quien Dios descansa, recibe de nuestras manos la doctrina inmune de todo error, tal como nos la transmitieron nuestros Padres, y con la cual se fortalece la Iglesia. (San Juan Damasceno. Declaración de la fe, capítulo 1)

La Iglesia no irá donde nosotros queramos, sino hacia el lugar que Cristo tiene establecido. La Divina Providencia siempre consigue que caminemos hacia Cristo y no hacia donde nuestros deseos personales desean ir. De nada sirve ponernos a la cabeza de la comitiva con un gran cartel, ya que es a Cristo a quien seguimos.

Incluso en los peores momentos de la historia de la Iglesia, los santos han conseguido que no nos olvidemos de quien está sobre el burro blanco y quienes, tan solo, seguimos el camino marcado por Él. Existe una breve oración llamada Trisagio, que se suele cantar en griego, que recoge muy bien lo que el Publicano pudo orar apartado de la vista de todos los demás:

Agios O Theos
Agios Iskyros
Agios Athanatos, eleison imas.

Santo Dios.
Santo Fuerte.
Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros.


Dejemos que quien quiera diga que es él quien sabe hacia donde irá la iglesia y concentrémonos en orar al Señor al que seguimos este Domingo de Ramos. Misericordia Señor.

domingo, 6 de abril de 2014

Sacramentos: comunión invisible de la gracia y unidad

Los cristianos llevamos padeciendo el mal de la desunión desde muy pronto en nuestra historia. El enemigo sabe sembrar dudas, desconfianza, envidias y soberbias que nos alejan unos de otros. Fomenta que construyamos Torres de Babel para alcanzar a Dios con nuestras propias fuerzas. Como el episodio bíblico original, la división de lenguas termina destruyendo con cualquier teodisea que emprendamos. Tras el fracaso, desesperados, solos y rotos, somos perfectos transmisores de la cadena del pecado.

Pero no por conocido y sabido, dejamos de sufrir por estas separaciones, alejamientos y divisiones. El P. Raniero Cantalamessa ha utilizado la inspiración de San Agustín para tratar este tema en la segunda predicación de esta cuaresma. Tomo un párrafo que me parece especialmente certero:

La pertenencia plena a la Iglesia exige las dos cosas juntas: la comunión visible de los signos sacramentales y la comunión invisible de la gracia. Pero ésta admite grados, por lo que nada dice que se debe estar por fuerza dentro o fuera. Se puede estar en parte dentro y en parte fuera. Hay una pertenencia exterior, o de los signos sacramentales, en la que se sitúan los cismáticos donatistas y los malos católicos mismos y una comunión plena y total. La primera consiste en tener el signo exterior de la gracia (sacramentum), pero sin recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti), o en recibirla, pero para la propia condena, no para la propia salvación, como en el caso del bautismo administrado por los cismáticos o de la Eucaristía recibida indignamente por los católicos. (P. Raniero Cantalamessa. 2º predicación de Cuaresmal, 2014)

Si preguntamos sobre la unidad de la Iglesia a cualquier fiel que asista a misa con asiduidad, dudo que nos respondiera que uno de los dos pilares fundamentales son los signos sacramentales que compartimos. Que poca importancia damos a los signos sacramentales hoy en día.

Esto se evidencia en la tremenda diversidad de formas que tenemos a la hora de vivir estos signos en nosotros y en comunidad. Pensemos en cualquier sacramento y reflexionemos sobre qué significa el signo que imprime en nosotros por medio el los santos oleos o la imposición de manos.

¿Por qué nos signamos? Somos marcados para diferenciarnos y para reconocernos. Diferenciarnos de nosotros mismos antes de ser signados y reconocernos, unos a otros, como parte de una misma Iglesia. No una Iglesia de santos perfectos, sino una Iglesia de pecadores que transitan el mismo camino por medio de la Gracia de Dios. Si no reconocemos los signos que señalan un antes y un después en nosotros, cómo pretendemos vivir la posterior comunión invisible de la gracia. El sacramento es una puerta a la acción de la Gracia de Dios en nosotros.

Cuando un signo se imprime en un ser humano, este ser humano tiene la posibilidad de convertirse en símbolo de lo que el signo representa. Les pongo un ejemplo. Si un médico lleva un signo que lo diferencia y nos permite reconocerlo, el hecho de ver el signo nos lleva a sentir y saber que es una persona con capacidad de curarnos o atendernos. El médico que lleva un signo de lo diferencie lleva la esperanza a quienes necesitan de su conocimientos y habilidades. El momento en que termina sus estudios y recibe la capacidad de portar el signo, es el momento en que siente la diferencia entre el antes y el después. A partir de ese momento sabe que tiene una capacidad y una responsabilidad que antes no poseía.

Un cristiano que recibe un signo sacramental se convierte en símbolo de la Gracia de conlleva el signo. La Gracia que permite perfeccionar nuestra naturaleza caída, de forma que seamos una imagen más nítida de Cristo.

Tal como indica el P Cantalamessa, apoyándose en San Agustín, existe un segundo nivel en la unidad de la Iglesia, que proviene de dar un paso más allá del signo sacramental: recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti). Recibir realmente la Gracia conlleva algo más que “dejarse marcar”. Necesita abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo y con ello, la superación de la eterna Torre de Babel. Volviendo al ejemplo del médico, recibir el signo identificativo no lo hace médico, aunque marque el inicio del camino de serlo realmente. Lo que lo convierte realmente en médico es la unión de la capacitación recibida y la aceptación de la responsabilidad que conlleva ser reconocido como médico. Dicha unión empieza actuar cuando recibe el signo sobre su solapa.

Tras recibir el sacramente, ya no somos nosotros quienes buscamos a Dios, es Dios mismo quien llama a nuestra puerta. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. (Ap 3,20). La Torre de Babel ya no es necesaria para llegar a Dios. Dios está llamando a la puerta de nuestro corazón. ¿Qué hacemos?

¿Tendremos la valentía suficiente para abrir la puerta? Pensemos en lo que conlleva abrir la puerta y nos daremos cuenta de la razón del miedo que nos inunda. Miedo que nos induce a hace relativizar y desdeñar los sacramentos.


La Gracia de Dios hace posible la verdadera unidad de la Iglesia. Unidad que parte de reconocer, comprender y aceptar los mismos signos. ¿Queremos una Iglesia unida? ¿Podemos darnos le lujo de dividirnos por el significado de los signos sacramentales? Volvamos a dar sentido, significado y profundidad a los sacramentos.

domingo, 30 de marzo de 2014

Hay dos especies de vista y dos de ceguera. San Juan Crisostomo

El episodio evangélico del ciego en la piscina de Siloe nos puede ayudar a comprender lo importante que es estar abiertos al entendimiento de la misericordia de Dios. En un momento dado, Cristo dice: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven” ¿Quiénes son los que ven y quienes lo que no ven? San Juan Crisóstomo puede ayudarnos a discernir:

Porque hay dos especies de vista y dos de ceguera: la de los sentidos y la de la inteligencia. Ellos suspiraban únicamente por las cosas sensibles y sólo se avergonzaban de la ceguera de los sentidos; de aquí el manifestarles que era preferible que fueran ciegos, y no que viesen de esta manera. Así les dice: "Si fueseis ciegos no tendríais pecado", porque vuestra condenación sería menos terrible; mas ahora decís que veis. (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de San Juan, 58)

Es importante tener claro que los judíos pensaban que los defectos físicos eran debidos al pecado de los antepasados. Pero Cristo sabía que las circunstancias vitales no son consecuencia del pecado o de la virtud de quienes nos precedieron. Dios da a cada uno de nosotros las circunstancias adecuadas a lo que espera de nosotros. Como en la parábola de los talentos, a unos da 5, a otros 3 y a otros 1. Espera que cada uno de nosotros utilicemos las circunstancias según la Voluntad de Dios. Lo que Dios no quiere es que nos conformemos con lo que somos y dejemos de ser herramientas fieles en Sus Manos. Nos ha dado consciencia, voluntad y discernimiento con los que vivir y aumentar los talentos recibidos.

La peor ceguera es la ceguera del entendimiento. Esta ceguera se evidencia por la arrogancia y la soberbia de quien la posee. Esta ceguera impide aceptar que Dios espera de nosotros que participemos en su plan. Este ceguera nos hace sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Nos hace despreciar la misericordia de Dios. ¿Para qué queremos misericordia si ya nos sentimos plenos y gloriosos? ¿Para qué necesitamos la misericordia si nos declaramos vencidos por las circunstancias de la vida?

Cristo vino para abrir los ojos de quienes desean ver la luz y señalar la oscuridad de quienes creen que no necesitan abrir sus ojos para ver.

El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, "porque el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: "Que quiere decir Enviado", porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 44)

El pecado original tuvo muchos efectos, pero el más fuerte de ellos es la pérdida de comunicación directa con Dios. Ya Dios no nos habla y nosotros escuchamos. Nos hemos vuelto ciegos y sordos a la Voluntad de Dios. Pero Cristo vino a abrir los ojos de todo aquel que reclame su misericordia. Con el mismo barro que se creó a Adán y Eva, Cristo corrige nuestra ceguera.

Es maravilloso darnos cuenta que el comportamiento de Cristo era simbólico, a fin de que entendiéramos más allá de la circunstancia donde se produjo. Tras el barro, el agua acaba de sanar la ceguera. El bautismo se evidencia el camino que Cristo no señala. El camino del Agua Viva que ofreció a la Samaritana y el segundo nacimiento que indicó Nicodemo: tenemos que volver a nacer del agua y del Espíritu.

La pregunta que nos hacemos todos es ¿Realmente queremos nacer de nuevo? Nacer de nuevo supone dejar la comodidad de nuestra zona de confort. Supone dejar las justificaciones que utilizamos para no cambiar. Significa comprometernos a dar a Dios lo que es de Dios sin pensar en lo que dejamos atrás de nosotros.


¿Cómo podemos desprendernos de todo y aceptar el llamado de Cristo? Sólo si nos damos cuenta que estamos ciegos y que recobraremos la vista cuando seamos curados, podemos empezar a aceptar el milagro que nos ofrece el Señor.

domingo, 23 de marzo de 2014

Actuar, sentir y entender la fe. San Agustín

Es maravilloso darse cuenta que cada uno de los pasajes del Evangelio representa un misterio que se va desentrañando paso a paso, de forma similar a la forma en que se abren las muñecas rusas. Cada muñeca esconde otra en su interior.

El episodio de la Samaritana en el pozo de Jacob es uno de los que más “muñecas rusas” esconde en su interior. San Agustín nos habla de una de estas capas de entendimiento, especialmente interesante en el momento que vivimos.

Viendo, pues, Jesús que la mujer no entendía y queriendo que ella entendiese, le dice: Llama a tu marido. No comprendes lo que digo porque tu inteligencia no está contigo. Yo hablo según el espíritu, y tú entiendes según la carne. Lo que estoy, diciendo no tiene relación alguna ni con placer de los oídos, ni de los ojos, ni del olfato, ni del tacto; lo que estoy diciendo sólo la mente lo comprende, sólo el entendimiento lo alcanza. Esta inteligencia no está contigo; ¿cómo vas a comprender lo que digo? …

Así también en nuestra alma hay algo, que es el entendimiento. Este algo, que es el entendimiento y la mente, es esclarecido por una luz superior, y esa luz superior que esclarece a la mente humana es Dios. El era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Esta luz era Cristo; ésta era la luz que hablaba con la mujer; mas no está allí con esa luz su entendimiento para ser por ella iluminado: no sólo ser inundado de esa luz, sino también del goce de ella. Como si dijera el Señor: Yo quiero iluminar, pero no encuentro a quién. Anda, dice, llama a tu marido; presenta aquí a tu entendimiento, por el que seas alumbrada y dirigida.  (San Agustin. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 15, 19)

Esta tarde cogí una revista de temática ecologista-Nueva Era, que estuvo muy de moda hace ya algunos años. Conservo algunas de ellas porque tienen recetas de cocina interesantes y algunas fotos realmente preciosas. Repasando la revista me encontré con una frase que me hizo pensar: “Un error frecuente es esperar a sentirse bien para actuar, en vez de actuar para sentirse bien”

Vivimos en una sociedad que prima la emotividad sobre el entendimiento y la acción. En constantemente nos dicen que lo auténtico es lo que se siente, mientras que ponemos en entredicho lo que pensamos. Esperamos a sentir para actuar y si no “sentimos algo” nos dicen que mejor no nos movamos. Esta visión ha permeado en la Iglesia, dando lugar a muchos problemas. Desde mi humilde punto de vista, la sentimentalización de la fe es unos de los problemas que conduce a muchas personas a alejarse.

Hay una frase que se suele repetir cuando se justifica porque se es “creyente no practicante”: “es que no lo siento y si uno no siente algo, mejor dejarlo”. Si escarbas más, aparece la siguiente escusa: es que todo lo que se dice y se hace en la Iglesia no tiene sentido para mi, son costumbres antiguas que nadie comprende ya, la Iglesia tiene que cambiar. Si tienes paciencia y escarbas más, aparecen los prejuicios que defienden la fortaleza del alejamiento: las riquezas de la Iglesia, la inquisición, la pederastia, el machismo, etc.

Como San Agustín indica: No comprendes lo que digo porque tu inteligencia no está contigo. Yo hablo según el espíritu, y tú entiendes según la carne. Lo que estoy, diciendo no tiene relación alguna ni con placer de los oídos, ni de los ojos, ni del olfato, ni del tacto; lo que estoy diciendo sólo la mente lo comprende, sólo el entendimiento lo alcanza. La pregunta que muchas veces nos hacemos es: ¿Estamos fomentando el entendimiento de la Fe o sólo damos importancia a la emotividad social y piadosa?

No estoy en contra de dar espacio a la amistad, la empatía ni a la animación socio-cultural, pero la fe tiene otros dos aspectos adicionales que son también dimensiones de nuestra persona: entendimiento y acción.

Una vida de fe no se sustenta únicamente con la secuencia: me siento bien entonces actúo. El entendimiento nos permite sentir y actuar. La acción nos permite sentir y entender. ¿Por qué quedarnos sólo con la emotividad?


Las comunidades se sustentan también en el entendimiento y en los signos que utilizamos para comunicarnos. También es necesario cimentar la comunidad en la acción, ya que nuestro testimonio necesita hacerse evidente en el mundo. 
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