viernes, 30 de octubre de 2015

Cuando la Iglesia enferma

La Iglesia es un ser vivo en el que las personas somos las células que le dan cohesión. La Iglesia, como todo ser vivo, necesita comunión, porque las células necesitan estar unidas para apoyarse, recibir alimento y desarrollarse.

Pero no todo es idílico en la vida de los seres vivos. A veces las células enferman y generan problemas. Estas células enfermas pueden desarrollarse en cualquier parte del cuerpo, por lo que ninguno de nosotros estamos a salvo de poder enferman espiritualmente y perder los vínculos de unidad que nos hacen sentirnos plenamente integrados en el gran organismo eclesial.

En los momentos en que vivimos, el cuerpo eclesial está enfermo por una gran diversidad de motivos, pero el síntoma más evidente de esta enfermedad es que los católicos cada vez nos alejamos más los unos de los otros. Las sinergias que dan vida al organismo se van perdiendo y el cuerpo se va debilitando poco a poco. Detrás de las enfermedades eclesiales siempre está el diablo, el gran separador, el gran mentiroso, el gran conspirador. El diablo juega con los carismas para enfrentarnos e imposibilitar que trabajemos unidos.

El principal vínculo de unidad, la fe, se ha convertido en algo relativo y maleable. El segundo vínculo de unidad: la relación con Dios, la sacralidad, casi ha desaparecido del mapa. Lo podemos ver en la gran cantidad de Liturgias y paraliturgias que conviven. Lo podemos ver en la construcción de templos multi-funcionales capaces de ser utilizados para fiestas, congresos o actos sociales, pero que cada vez albergan menos actos sagrados, como las misas. Lo podemos ver en la desacralización de los sacramentos y su transformación en signos socio-culturales.

Incluso el signo de unidad que Cristo no donó: el Santo Padre, se ha convertido en elemento de discordia y separación. Cada cual crea su clon de Papa ajustado a su ideología y egoístas deseos. Después grita, ¡Todos con el Papa!, reclamando que se unan a su clon Papal. Si no lo hacemos, nos atizan inmisericordes papazos, hasta que consiguen que nos vayamos lejos. Hablan de una misericordia que esconde dentro complicidad indiferente. Cuando se habla de justicia les duele, porque no aceptan que Dios nos regala la ley como primicia de su Gracia. Dios nos señala el camino y después nos envía la Gracia para que lo consigamos andar.

En el caos de propuesta de iglesitas personales, muchos reclaman una Iglesia plural. Si ahondamos en esta propuesta nos encontramos que lo que se solicita realmente es "otra iglesia" diferente. Una iglesia alternativa que se intenta imponer a los demás con buenas palabras y sonrisas vehementes. En todo caso, si les señalamos el engaño, nos dicen que cada cual se quede con la iglesia que más le guste. Eso sí, lo suficientemente lejos para que no nos tengamos que ver unos con otros.

En esta ambiente tan complejo y disonante, sólo el Espíritu Santo consigue que no nos rompamos en decenas de grupos independientes, cada cual con la iglesia que más le gusta. Hay esperanza por que el Señor habla de la victoria frente al maligno. La Iglesia prevalecerá, pero seguramente mucho más pequeña e irrelevante que en estos momentos, tal como el Card. Ratzinger nos comentó en su juventud. Esto es lo que nos hace seguir adelante día a día, la esperanza que conlleva tener fe en las Palabras de Cristo, que siempre son la Buena Noticia que da fuerzas y ánimo.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

¿Quién puede ver a Dios? ¿Dónde encontrar a Dios?

Hoy en día la fe católica se ve amenazada por una gran diversidad de formas relativizantes de entenderla. Podríamos decir que el creyente medio tiene la fe en la existencia de Dios, pero lo entiende como un dios lejano o un ídolo-herramienta personal. Hemos perdido el vínculo de la sacralidad. El Misterio Cristiano es desconocido o ignorando. Lo sagrado ya no nos permite acercarnos a Dios e intentar que Dios viva en nosotros. Arrinconamos lo sagrado en museos y admiramos únicamente la estética de su realización humana. Nos importa su historia y su valor, que la puerta a la trascendencia que lleva consigo. Ya no somos capaces de ver la cerradura que abre nuestra alma para que la Luz de Dios entre en nosotros.

El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en el Reino de los Cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios. Pues del mismo modo que quienes ven la luz están en la luz y perciben su esplendor, así también los que ven a Dios están en Dios y perciben su esplendor. Ahora bien, la claridad divina es vivificante. Por tanto, los que  contemplan a Dios tienen parte en la vida divina. (San Ireneo de Lyon. Contra las Herejías, libro IV, 20, 4- 5)

¿Vemos el esplendor a Dios en nosotros, en quienes nos rodean y en todo lo creado por Él? Más bien no. Hemos reducido a Dios a la imagen que está impresa en nuestro hermano, pero aún así, lo que nos importa es sentirnos útiles y se bien vistos cuando obramos filantrópicamente.

Podemos fijarnos en la próxima misa en las actitudes de quienes estamos allí. ¿Cuántas personas se arrodillan en la Consagración? Pocas, por desgracia. ¿Cuántas personas se arrodillan para recibir la Eucaristía? Nadie, porque rara vez nos permiten hacerlo. Para la mayoría de los sacerdotes, lo importante es terminar la misa rápido.

Somos capaces de ver a Dios en los espacios sagrados? ¿Somos capaces de vivir el tiempo sagrado de la Liturgia, para participar de la vida divinidad? San Ireneo nos invita a vivir el sentido sagrado de nuestra existencia cotidiana, pero ya no somos capaces de entender qué nos quiere decir.

No se trata de desvelar un enigma y ver a Dios como algo escondido: “el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna”. El Misterio no es un enigma, algo secreto a descubrir con nuestras fuerzas e inteligencia. El esoterismo no es compatible con el cristianismo aunque a veces nos vendan que sí lo es. El Misterio Cristiano parte de nosotros mismos que dejamos a Dios actuar en nosotros. Es el Espíritu quien nos prepara y acondiciona para ver a Dios. Nosotros le dejamos actuar, adecuarnos y santificarnos.


El Espíritu es quien nos permite entrar en la Luz, que es el Logos, Cristo. Dios nos permita dejar que el Espíritu nos lleve hasta Cristo y entonces ver su Luz y dejarnos transformar por Ella.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Secularidad y sacralidad

Las palabra sacro  y «sagrado proceden de la lengua latina, como es evidente. Parten del verbo “sancio”, cuyo significado es acotar un espacio físico que será utilizado de forma diferente a los que les circundan. Las palabras derivadas de “sacer” evidencian un uso trascendente de lo material o físico. Se aplican directamente al culto a través de conceptos derivados como “santo”, que relacionan con el espacio físico donde encontramos realidades no cotidianas y dignas de veneración trascendente. La palabra santo, ha terminado por ser sinónimo de  limpio, puro, inocente, propiedades que se relacionan directamente con la trascendencia de las personas que quieren ser, por sí mismas, ese tipo de espacio diferente respecto de lo que nos rodea. La sacralidad es la propiedad que hace a este “espacio acotado” diferente de lo demás. Lo “sagrado” existe en nuestro entendimiento de lo que nos rodea y de nuestra propia vida.

La etimología de secularidad es también interesante. “secular” procede del sustantivo “siglo” en latín. “siglo” indica un largo tiempo que no es eternidad. Contrasta con el término “eternidad” que tiene una dimensión ilimitada y que sobrepasa al ser humano en todos los aspectos.  Secular ser utiliza para indicar el tiempo en vivimos en el mundo, en la realidad que nos rodea. La secularidad o “secular” también tiene relación con nuestra propia vida.

Se puede considerar “secular” como sinónimo de “profano” o “laico”, pero estas dos palabras definen aspectos diferentes de la realidad. De hecho “laico” tiene como sinónimo “seglar”, que es la persona que no ha recibido una consagración especial a Dios. Profano es una propiedad que se contagia. Se hace profano o profana, cuando tomamos algo sagrado y le damos un trato cotidiano, que no lo liga a Dios. Laico se refiere a una persona que no se ha consagrado de forma religiosa. Una persona religiosa que rompe sus votos, se reduce a estado laical. De todas formas, a veces es posible utilizar estas dos palabras de forma similar a secular.

Como creyentes podríamos reflexionar si vivimos nuestra vida de forma secular o sagrada. Evidentemente, la realidad física en que vivimos será la misma sea cual sea la visión que tengamos de nuestra propia vida. Si cogemos un vaso de agua, este acto será lo que es, le demos un sentido sagrado o secular. Lo que hace que un mismo acto sea sagrado o secular, es el entendimiento que demos al acto y a los elementos que intervienen. Para una persona, determinado vaso puede ser sagrado, mientras que para otra puede ser un vaso normal. Tomar ese vaso puede ser un acto sagrado para unos y para otros un acto totalmente secular.

Hagámonos algunas preguntas ¿Se puede vivir la vida de ambas formas al mismo tiempo o son antitéticas? ¿Podemos dar un sentido sagrado, de unidad plena con Dios, a cualquier acto? Evidentemente no es posible. Sólo los actos que están en sintonía con la Voluntad de Dios pueden considerarse como sagrados. Lo que Dios no desea, no nos puede unir a Él. Lo sagrado se vive en unidad y sintonía con lo que Dios desea de nosotros. Un acto secular no conlleva relación y sintonía con Dios. Por lo tanto no es posible vivir la unidad con Dios y no vivirla, al mismo tiempo.

¿Qué diferencias hay entre una visión y otra? Vivir de forma sagrada, como hemos visto, tiene una relación directa con la santidad. La santidad es, al mismo tiempo, un objetivo y una realidad que se unen en cada momento que vivimos. Ser herramientas dóciles a la Voluntad de Dios hace posible la santidad y un entendimiento sagrado de nuestra existencia.

¿Podemos decidir cómo vivir nuestra propia vida? Sin duda podemos poner nuestra voluntad en ello, pero es evidente que vivir con un entendimiento sagrado o santo, es imposible para nuestra limitada,  escasa e intermitente voluntad. Los santos no lo son por ejercer su voluntad personal, sino por poner su voluntad en manos de Dios, para hace posible que la Gracia les permita acceder a la santidad. Ahora, quien no poner su voluntad en manos de Dios, rechaza la Gracia de Dios, ya que no cree en ella o la cree innecesaria para su vida. Sin duda esto nos permite entender determinadas expresiones de Cristo que parecen imposibles de aceptar por ser contradictorias al entendimiento secular de la vida. Por ejemplo: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. (Mt 16,24-24).

Los cristianos de hoy en día hemos perdido el sentido de lo sagrado. Pensamos que es algo que no tiene nada que ver con nosotros. Algo imaginario que no nos aporta nada a nuestra vida. Estamos en un gran error y estamos pagando por ello. Lo podemos ver en las constantes contradicciones que existen dentro de la Iglesia y los enfrentamientos entre nosotros mismos. La secularidad es siempre múltiple y relativa a cada uno de nosotros. La sacralidad es coherente y única, ya que sean cuales sean las formas que utilicemos, nos llevan al mismo sitio: a Cristo, la Verdad, el Logos que da sentido a todo y a todos.


domingo, 9 de agosto de 2015

¿Dispuesto a recibir la Gracia de Dios? San Ambrosio de Milán


Confieso que con más de treinta años y tras leer a San Ambrosio de Milán empecé a entender qué son los sacramentos y su importancia dentro de mi vida de fe. Es trágico que las catequesis mistagógicas hayan quedado relegadas a algo accesorio o prescindible.


La fe que se nos ofrece hoy en día es una mezcla de cultura, socialización, emotividad y buenismo concentrado. Despreciamos el conocimiento y sobrevaloramos el activismo y la emotividad por separado, lo que nos lleva a dividirnos internamente y a ser incapaces de entender que hay mucho más allá de los aparente, estético o social.

Lo sacramentos se reconocen por la Iglesia como signos que transmiten la Gracia de Dios. Signos que comunican a Dios mismo, aunque a veces parece que son simples actos conmemorativos de tipos social. De hecho algunas personas comulgan para no sentirse rechazadas por la comunidad. Otras veces, como en el bautismo, parece que la Liturgia sea como un formulario que permite al niño integrarse socialmente. Por eso se le da tanta importancia a aspectos accesorios, como las personas que hacen de padrinos o el festejo posterior. Decía Cristo que si un ojo te hace caer, arráncatelo. Si el problema es que los padrinos no representan lo que debieran y la presión social se impone a obispos y sacerdotes, simplemente olvidemos a los padrinos. No son necesarios.

Los sacramentos son mucho más que formas rituales de integración social. Son medios de comunicación de Dios mismo:

Es admirable que Dios haya hecho llover el maná para nuestros padres y que se hayan saciado cada día con pan del cielo. Es porque se ha dicho: «El hombre ha comido el pan de los ángeles» (Sl 77,25). Sin embargo todos los que comieron de este pan en el desierto murieron. Y por el contrario, este alimento que recibes, este pan vivo bajado del cielo, da el alimento de la vida eterna, y quienquiera que lo coma no morirá jamás. Es el Cuerpo de Cristo... (Seguir leyendo)


domingo, 26 de julio de 2015

Los milagros de Cristo no fueron magia. San Agustín


Hoy en día muchas personas no creen en la divinidad de Cristo ni en ninguna divinidad. Ellos creen que no existe nada más que la realidad física y humana que les rodea cotidianamente. Los milagros, por lo tanto, les parecen cuentos o exageraciones que los Apóstoles compusieron para embaucar a la gente. Si pensamos que todos dejaron todo lo que tenían detrás, para seguir a Cristo. La mayoría murieron martirizados. ¿Qué razón tenían para querer engañar a los demás? Ninguna, por lo sólo queda una hipótesis cuando no queremos aceptar los milagros: sufrieron alucinaciones además de padecer problemas mentales.

Los cristianos creemos firmemente las palabras que los Apóstoles dejaron escritas en los Evangelios, ya que son Palabra de Dios. Creemos que el Espíritu Santo iluminó su mente y sus recuerdos, para conformar la Tradición, que se volcó en los Evangelios parcialmente. Quien no cree en los milagros de Cristo, no cree en su divinidad y por lo tanto, intenta humanizar a Dios para poderlo utilizar a su conveniencia.

Los milagros que ha obrado nuestro Señor Jesucristo son, verdaderamente, obras divinas. Disponen a la inteligencia humana para que conozca a Dios a partir de lo que es visible, puesto que nuestros ojos, en razón de su misma naturaleza, son incapaces de verle. (Seguir Leyendo

domingo, 12 de julio de 2015

Veintiún siglos y todavía no tenemos claro qué es evangelizar



Puede parecer mentira o una exageración, pero según pasa el tiempo me doy cuenta que evangelizar un verbo que no terminamos de tener claro los católicos. Esta intuición la llevo conmigo varios años pero se me ha reavivado con el viaje del Papa Francisco a varios países de América. Si nos damos una vuelta por las redes sociales leeremos que el Papa, al hacer o no hacer determinados actos, estaba evangelizando. Por ejemplo, al hablar de forma poco amable con la labor evangelizadora y civilizadora de la Iglesia en América, resulta que estaba evangelizando. Cuando aceptó con normalidad el crucifijo comunista, también era evangelizar. Cuando pidió perdón por el maltrato a los pueblos indígenas, también evangelizaba.

Muchos de los gestos “políticamente correctos” que el Papa ha realizado no son evangelizadores, sino gestos diplomáticos que buscan distender las siempre complicadas relaciones entre la Iglesia y los gobiernos. No los confundamos, porque podríamos creer que evangelizamos cuando le decimos a un niño que no tire papeles al suelo.

¿Qué es entonces evangelizar? Evangelio significa: la Buena Noticia. Como nota curiosa, para los romanos contemporáneos de Cristo, la “buena noticia” era la Paz Romana impuesta en torno al mar mediterráneo. ¿Cuál es la buena noticia para un cristiano? Que Cristo, el Hijo de Dios, nació como uno de nosotros, para vivir con nosotros y hacer posible la salvación de todo aquel que le acepte. Evangelizar no es una acción secundaria sino una labor prioritaria:

Si a alguno disgusta el oír que será juzgado porque no enseñó a otros, recuerde aquello del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1Cor 9,16). (Orígenes, homilia 33 in Matthaeum)     (SEGUIR LEYENDO...)

domingo, 5 de julio de 2015

Líderes Prêt-à-porter para el siglo XXI. Simeón nuevo teólogo



Igual que ver a una persona sufrir es triste, ver como la Iglesia sufre es triste. Pero cuidado, estar triste no quiere decir que se haya perdido la esperanza y se viva con la alegría que da el evangelio. Señalar lo problemas y sentir el gran daño que el diablo está haciendo es tan necesario como no dejarse llevar por la resignación y la desesperanza. La Iglesia actual sufre por una fuerte falta de unidad interna, vivimos una época de separación, distancia, sospechas mutuas, simplezas y complicaciones extremas, apariencias sin fondo y misterios que ya no sabemos comunicar. 
Ante todo esto, cabría preguntarse por qué hacer y qué postura tomar. ¿Qué sería de nosotros si hubiéramos vivido en el tiempo de los Apóstoles? ¿Habríamos vivido una época con menos problemas y desastres? ¿Nos hacen falta líderes que nos lleven de la mano? ¿Qué líder hace falta para un rebaño que los repudia? 

Son muchos los que no cesan de decir: «Si hubiéramos vivido en tiempo de los Apóstoles, y si hubiéramos sido juzgados dignos de ver a Cristo como ellos, también como ellos seríamos santos». Con eso ignoran que entonces como ahora que es Él el mismo que habla, tanto ahora como entonces, en todo el universo... La situación actual no es seguramente la misma que la de entonces, pero es la situación de hoy, de ahora, que es mucho más dichosa. Con más facilidad nos conduce a una fe y una convicción más profundas que el hecho de haberlo visto y escuchado entonces corporalmente… (Seguir leyendo)

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