sábado, 9 de enero de 2016

Misterio Cristiano cumple 7 años


Tal día como hoy, pero en el año 2009, publicaba mi primer post. Han pasado 7 años y esta cantidad de tiempo merece celebrarse. El número siete indica una cantidad de tiempo que da plenitud y tiene sentido para nosotros.  Cristo nos dijo que perdonáramos hasta setenta veces siete. Además, el blog está cercano a las 100.000 visitas. 

El post más visitado es: ¿Qué es lo sagrado? con más de 9000 visitas y uno de los primeros puestos en las búsquedas de google. Si buscan ¿Qué es lo sagrado en google? se darán cuenta de la relevancia del post. Le siguen De lo Divino y lo humano. De lo Sagrado y lo profano. con más de 3000 y El tiempo sagrado con más de 2000. 

En el primer post del blog hacía referencia a una de las frases de Cristo que mejor definen qué es el Misterio Cristiano:

“Los discípulos se acercaron y le preguntaron: ¿Por qué le hablas a la gente en parábolas? Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los Misterios del Reino de los Cielos; mas a ellos no les es dado. Al que tiene, se le dará más y tendrá en abundancia. Al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará”. (Mt 13,10-12)

A unos se les da en abundancia, a otros se le quita hasta lo que tienen. A unos se le habla directamente de los Misterios del Reino y a otros no les es posible acceder a ellos porque se enuncian mediante parábolas, símiles o símbolos. Hoy en día nos rasgamos las vestiduras por lo poco igualitario que parece ser Dios. Tengo que señalar que la Iglesia ha dado unos cuantos pasos atrás desde ese año 2009. En aquel momento algunas personas nos dedicamos a ahondar en el Misterio y difundirlo como parte sustancia de la fe cristiana apostólica. Hoy en día muchos de estas personas, desgraciadamente, han tirado la toalla. Unos pocos pertinaces y obstinados seguimos adelante. ¿Por qué seguimos? Lo contesto con una frase del mismo Cristo:

Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse, ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un celemín, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. (Mt 5, 14-15)

Cuando una persona tiene esa Luz viva en el corazón, es difícil que decida esconderla debajo de un cajón de medidas (Celemín). La medida es la ley irracional creada discrecionalmente por el se humano. La Luz no se puede medir, cuantizar o retener por el ser humano. La Luz se pone en un candelero para que alumbre y evidencia lo que está en orden y en desorden dentro de la casa. Quiera el Señor que esta Luz no se extinga en mi corazón y siga escribiendo de vez en cuando sobre estos temas.

Aunque la situación eclesial es preocupante, la esperanza nunca desaparece. ¿Cuándo no ha estado perseguida la fe y la Verdad? No es posible quejarse cuando Cristo nos ha dado la respuesta a nuestras dudas:

¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? (1Co 6, 19

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (Jn 4, 21-24)

martes, 5 de enero de 2016

Epifanía, Dios manifestado y ser humano.

La Epifanía es primicia del sacramento eucarístico. Los Magos de Oriente llegaron de muy lejos guiados por la Estrella de Belén. Pasaron por la tentación de la visita al Rey Herodes y continuaron su camino hasta encontrar a Dios encarnado en un Niño que había nacido en un resguardo provisional e improvisado. Los Magos no se dejaron engañar por lo que veían, ya que si hubieran visto sólo con los ojos, se hubieran dado la vuelta, decepcionados.

Los Magos admiraron el milagro porque fueron capaces de ver con el corazón y el entendimiento. Dios estaba presente, pero detrás de unos profundisimos símbolos. Nadie puede ver a Dios de forma directa, pero Dios si puede manifestarse por medio de símbolos y comunicarse a través del entendimiento de los mismos. Los Magos se arrodillaron y adoraron al Niño Dios. Le entregaron los presentes con gran reverencia y humildad: oro, signo de realeza, incienso, signo de divinidad y mirra, signo de sufrimiento y pasión. Sin duda el corazón de  los Magos estaba limpio y radiante después de su larga peregrinación y las pruebas a las que se vieron sometidos.

Y si alguien nos pregunta por qué está dicho: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8), nuestra posición, a mi juicio, se afirmará mucho más con esto, pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón, sino entenderle y conocerle con la mente, según lo que antes hemos expuesto? En efecto, muchas veces los nombres de los miembros sensibles se refieren al alma, de modo que se dice que ve con los ojos del corazón esto es, que comprende algo intelectual con la facultad de la inteligencia. Así se dice también que oye con los oídos cuando advierte el sentido de la inteligencia más profunda. Así decimos que el alma se sirve de dientes cuando come, y que come el pan de vida que descendió del cielo (Orígenes de Alejandría. Los Principios)

En la Eucaristía sucede algo similar. Dios está presente, pero nosotros sólo vemos un trozo de pan en manos de un ser humano, el sacerdote, que nos ofrece comerlo. Si miramos la escena con superficialidad postmoderna, sólo veríamos a un hombre vestido de forma extraña que entrega una galleta de pan a quienes se acercan. Por desgracia los propios católicos ya no somos capaces de ver en la Eucaristía a Dios que se manifiesta. La misa y el tiempo que dedicamos a ir a ella, nos parece tiempo perdido. Lo que acontece dentro del templo, nos parece incomprensible e innecesario. Por ello no dejamos de recrear la Liturgia intentando convertir un acto sagrado (incomprensible por naturaleza) en un acto social (cercano, divertido y amigable). Transformamos la misa en un encuentro social y la Eucaristía en un signo de pertenencia al grupo que se reúne. De esta visión social de los sacramentos proviene la reclamación del derecho a que todos puedan comulgar para no sentirse excluidos y de sentirse de “segunda clase”. Hemos perdido la capacidad de ver a Dios en los signos sagrados. Hemos perdido la capacidad de entender más allá de lo que vemos.

Nos pasa como a Parsifal, protagonista de las epopeyas medievales del Santo Grial. Cuando se presenta ante él una procesión con una serie de signos sagrados, es incapaz de preguntar el significado de todo ello. La consecuencia es que el mundo sigue siendo un páramo seco y el Rey Pescador, no sana su herida. Nosotros somos como Parsifal, incapaces de pararnos a ver más allá de las apariencias y darnos cuenta que Dios está presente y nos llam. En resumidas cuentas, ignoramos la maravillosa y terrible manifestación de Dios que acontece delante de nosotros.

El símbolo (El que une y da sentido) es lo que nos dice que hay una realidad invisible tras de él. Lo contrario al símbolo es el diablo (el que separa signo, significado y realidad, genera ignorancia e indiferencia). El diablo nos dice que nada tiene sentido y que sólo las apariencias son importantes para nosotros. Los Magos vieron el Logos, la Luz que vino al mundo y se arrodillaron ante Él. Herodes se quedó en su magnifico Palacio, indiferente a lo que acontecía a pocos kilómetros, aunque los Magos le hubieran advertido de ello. Quedó tramando intrigas y crímenes para que su poder no se viera amenazado. ¿Qué elegimos?

domingo, 22 de noviembre de 2015

Eucaristía, verdadera Carne verdadera Sangre. Benedicto XVI

Los sacramentos son caminos, vías, medios de comunicación con los que Dios nos hace llegar su Gracia. Alguno de nosotros se puede preguntar si estos medios son realmente necesarios o Dios puede enviarnos su Gracias de forma directa. Para Dios todo es posible, podría hacer su Voluntad como quisiera, pero ha decidido darnos unos signos visibles para hacerse presente entre nosotros. Ahora ¿Qué pasa hoy en día con los sacramentos? ¿Por qué son campo de batalla? Desgraciadamente los hemos reducido a ceremonias sociales. No creemos que Dios se haga presente por estos medios e incluso hemos dejado de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Pero son muy claras las palabras que Cristo pronunció en esa circunstancia: "Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros" (Jn 6, 53). Realmente, tenemos necesidad de un Dios cercano.  Ante el murmullo de protesta, Jesús habría  podido conformarse con palabras tranquilizadoras. Habría podido decir: "Amigos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se trata sólo  de una profunda comunión de sentimientos". Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. Mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos de sus discípulos (cf. Jn 6, 66). Más aún, se mostró dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos Apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia, hacemos nuestra: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). (Seguir leyendo)

viernes, 30 de octubre de 2015

Cuando la Iglesia enferma

La Iglesia es un ser vivo en el que las personas somos las células que le dan cohesión. La Iglesia, como todo ser vivo, necesita comunión, porque las células necesitan estar unidas para apoyarse, recibir alimento y desarrollarse.

Pero no todo es idílico en la vida de los seres vivos. A veces las células enferman y generan problemas. Estas células enfermas pueden desarrollarse en cualquier parte del cuerpo, por lo que ninguno de nosotros estamos a salvo de poder enferman espiritualmente y perder los vínculos de unidad que nos hacen sentirnos plenamente integrados en el gran organismo eclesial.

En los momentos en que vivimos, el cuerpo eclesial está enfermo por una gran diversidad de motivos, pero el síntoma más evidente de esta enfermedad es que los católicos cada vez nos alejamos más los unos de los otros. Las sinergias que dan vida al organismo se van perdiendo y el cuerpo se va debilitando poco a poco. Detrás de las enfermedades eclesiales siempre está el diablo, el gran separador, el gran mentiroso, el gran conspirador. El diablo juega con los carismas para enfrentarnos e imposibilitar que trabajemos unidos.

El principal vínculo de unidad, la fe, se ha convertido en algo relativo y maleable. El segundo vínculo de unidad: la relación con Dios, la sacralidad, casi ha desaparecido del mapa. Lo podemos ver en la gran cantidad de Liturgias y paraliturgias que conviven. Lo podemos ver en la construcción de templos multi-funcionales capaces de ser utilizados para fiestas, congresos o actos sociales, pero que cada vez albergan menos actos sagrados, como las misas. Lo podemos ver en la desacralización de los sacramentos y su transformación en signos socio-culturales.

Incluso el signo de unidad que Cristo no donó: el Santo Padre, se ha convertido en elemento de discordia y separación. Cada cual crea su clon de Papa ajustado a su ideología y egoístas deseos. Después grita, ¡Todos con el Papa!, reclamando que se unan a su clon Papal. Si no lo hacemos, nos atizan inmisericordes papazos, hasta que consiguen que nos vayamos lejos. Hablan de una misericordia que esconde dentro complicidad indiferente. Cuando se habla de justicia les duele, porque no aceptan que Dios nos regala la ley como primicia de su Gracia. Dios nos señala el camino y después nos envía la Gracia para que lo consigamos andar.

En el caos de propuesta de iglesitas personales, muchos reclaman una Iglesia plural. Si ahondamos en esta propuesta nos encontramos que lo que se solicita realmente es "otra iglesia" diferente. Una iglesia alternativa que se intenta imponer a los demás con buenas palabras y sonrisas vehementes. En todo caso, si les señalamos el engaño, nos dicen que cada cual se quede con la iglesia que más le guste. Eso sí, lo suficientemente lejos para que no nos tengamos que ver unos con otros.

En esta ambiente tan complejo y disonante, sólo el Espíritu Santo consigue que no nos rompamos en decenas de grupos independientes, cada cual con la iglesia que más le gusta. Hay esperanza por que el Señor habla de la victoria frente al maligno. La Iglesia prevalecerá, pero seguramente mucho más pequeña e irrelevante que en estos momentos, tal como el Card. Ratzinger nos comentó en su juventud. Esto es lo que nos hace seguir adelante día a día, la esperanza que conlleva tener fe en las Palabras de Cristo, que siempre son la Buena Noticia que da fuerzas y ánimo.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

¿Quién puede ver a Dios? ¿Dónde encontrar a Dios?

Hoy en día la fe católica se ve amenazada por una gran diversidad de formas relativizantes de entenderla. Podríamos decir que el creyente medio tiene la fe en la existencia de Dios, pero lo entiende como un dios lejano o un ídolo-herramienta personal. Hemos perdido el vínculo de la sacralidad. El Misterio Cristiano es desconocido o ignorando. Lo sagrado ya no nos permite acercarnos a Dios e intentar que Dios viva en nosotros. Arrinconamos lo sagrado en museos y admiramos únicamente la estética de su realización humana. Nos importa su historia y su valor, que la puerta a la trascendencia que lleva consigo. Ya no somos capaces de ver la cerradura que abre nuestra alma para que la Luz de Dios entre en nosotros.

El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en el Reino de los Cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios. Pues del mismo modo que quienes ven la luz están en la luz y perciben su esplendor, así también los que ven a Dios están en Dios y perciben su esplendor. Ahora bien, la claridad divina es vivificante. Por tanto, los que  contemplan a Dios tienen parte en la vida divina. (San Ireneo de Lyon. Contra las Herejías, libro IV, 20, 4- 5)

¿Vemos el esplendor a Dios en nosotros, en quienes nos rodean y en todo lo creado por Él? Más bien no. Hemos reducido a Dios a la imagen que está impresa en nuestro hermano, pero aún así, lo que nos importa es sentirnos útiles y se bien vistos cuando obramos filantrópicamente.

Podemos fijarnos en la próxima misa en las actitudes de quienes estamos allí. ¿Cuántas personas se arrodillan en la Consagración? Pocas, por desgracia. ¿Cuántas personas se arrodillan para recibir la Eucaristía? Nadie, porque rara vez nos permiten hacerlo. Para la mayoría de los sacerdotes, lo importante es terminar la misa rápido.

Somos capaces de ver a Dios en los espacios sagrados? ¿Somos capaces de vivir el tiempo sagrado de la Liturgia, para participar de la vida divinidad? San Ireneo nos invita a vivir el sentido sagrado de nuestra existencia cotidiana, pero ya no somos capaces de entender qué nos quiere decir.

No se trata de desvelar un enigma y ver a Dios como algo escondido: “el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna”. El Misterio no es un enigma, algo secreto a descubrir con nuestras fuerzas e inteligencia. El esoterismo no es compatible con el cristianismo aunque a veces nos vendan que sí lo es. El Misterio Cristiano parte de nosotros mismos que dejamos a Dios actuar en nosotros. Es el Espíritu quien nos prepara y acondiciona para ver a Dios. Nosotros le dejamos actuar, adecuarnos y santificarnos.


El Espíritu es quien nos permite entrar en la Luz, que es el Logos, Cristo. Dios nos permita dejar que el Espíritu nos lleve hasta Cristo y entonces ver su Luz y dejarnos transformar por Ella.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Secularidad y sacralidad

Las palabra sacro  y «sagrado proceden de la lengua latina, como es evidente. Parten del verbo “sancio”, cuyo significado es acotar un espacio físico que será utilizado de forma diferente a los que les circundan. Las palabras derivadas de “sacer” evidencian un uso trascendente de lo material o físico. Se aplican directamente al culto a través de conceptos derivados como “santo”, que relacionan con el espacio físico donde encontramos realidades no cotidianas y dignas de veneración trascendente. La palabra santo, ha terminado por ser sinónimo de  limpio, puro, inocente, propiedades que se relacionan directamente con la trascendencia de las personas que quieren ser, por sí mismas, ese tipo de espacio diferente respecto de lo que nos rodea. La sacralidad es la propiedad que hace a este “espacio acotado” diferente de lo demás. Lo “sagrado” existe en nuestro entendimiento de lo que nos rodea y de nuestra propia vida.

La etimología de secularidad es también interesante. “secular” procede del sustantivo “siglo” en latín. “siglo” indica un largo tiempo que no es eternidad. Contrasta con el término “eternidad” que tiene una dimensión ilimitada y que sobrepasa al ser humano en todos los aspectos.  Secular ser utiliza para indicar el tiempo en vivimos en el mundo, en la realidad que nos rodea. La secularidad o “secular” también tiene relación con nuestra propia vida.

Se puede considerar “secular” como sinónimo de “profano” o “laico”, pero estas dos palabras definen aspectos diferentes de la realidad. De hecho “laico” tiene como sinónimo “seglar”, que es la persona que no ha recibido una consagración especial a Dios. Profano es una propiedad que se contagia. Se hace profano o profana, cuando tomamos algo sagrado y le damos un trato cotidiano, que no lo liga a Dios. Laico se refiere a una persona que no se ha consagrado de forma religiosa. Una persona religiosa que rompe sus votos, se reduce a estado laical. De todas formas, a veces es posible utilizar estas dos palabras de forma similar a secular.

Como creyentes podríamos reflexionar si vivimos nuestra vida de forma secular o sagrada. Evidentemente, la realidad física en que vivimos será la misma sea cual sea la visión que tengamos de nuestra propia vida. Si cogemos un vaso de agua, este acto será lo que es, le demos un sentido sagrado o secular. Lo que hace que un mismo acto sea sagrado o secular, es el entendimiento que demos al acto y a los elementos que intervienen. Para una persona, determinado vaso puede ser sagrado, mientras que para otra puede ser un vaso normal. Tomar ese vaso puede ser un acto sagrado para unos y para otros un acto totalmente secular.

Hagámonos algunas preguntas ¿Se puede vivir la vida de ambas formas al mismo tiempo o son antitéticas? ¿Podemos dar un sentido sagrado, de unidad plena con Dios, a cualquier acto? Evidentemente no es posible. Sólo los actos que están en sintonía con la Voluntad de Dios pueden considerarse como sagrados. Lo que Dios no desea, no nos puede unir a Él. Lo sagrado se vive en unidad y sintonía con lo que Dios desea de nosotros. Un acto secular no conlleva relación y sintonía con Dios. Por lo tanto no es posible vivir la unidad con Dios y no vivirla, al mismo tiempo.

¿Qué diferencias hay entre una visión y otra? Vivir de forma sagrada, como hemos visto, tiene una relación directa con la santidad. La santidad es, al mismo tiempo, un objetivo y una realidad que se unen en cada momento que vivimos. Ser herramientas dóciles a la Voluntad de Dios hace posible la santidad y un entendimiento sagrado de nuestra existencia.

¿Podemos decidir cómo vivir nuestra propia vida? Sin duda podemos poner nuestra voluntad en ello, pero es evidente que vivir con un entendimiento sagrado o santo, es imposible para nuestra limitada,  escasa e intermitente voluntad. Los santos no lo son por ejercer su voluntad personal, sino por poner su voluntad en manos de Dios, para hace posible que la Gracia les permita acceder a la santidad. Ahora, quien no poner su voluntad en manos de Dios, rechaza la Gracia de Dios, ya que no cree en ella o la cree innecesaria para su vida. Sin duda esto nos permite entender determinadas expresiones de Cristo que parecen imposibles de aceptar por ser contradictorias al entendimiento secular de la vida. Por ejemplo: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. (Mt 16,24-24).

Los cristianos de hoy en día hemos perdido el sentido de lo sagrado. Pensamos que es algo que no tiene nada que ver con nosotros. Algo imaginario que no nos aporta nada a nuestra vida. Estamos en un gran error y estamos pagando por ello. Lo podemos ver en las constantes contradicciones que existen dentro de la Iglesia y los enfrentamientos entre nosotros mismos. La secularidad es siempre múltiple y relativa a cada uno de nosotros. La sacralidad es coherente y única, ya que sean cuales sean las formas que utilicemos, nos llevan al mismo sitio: a Cristo, la Verdad, el Logos que da sentido a todo y a todos.


domingo, 9 de agosto de 2015

¿Dispuesto a recibir la Gracia de Dios? San Ambrosio de Milán


Confieso que con más de treinta años y tras leer a San Ambrosio de Milán empecé a entender qué son los sacramentos y su importancia dentro de mi vida de fe. Es trágico que las catequesis mistagógicas hayan quedado relegadas a algo accesorio o prescindible.


La fe que se nos ofrece hoy en día es una mezcla de cultura, socialización, emotividad y buenismo concentrado. Despreciamos el conocimiento y sobrevaloramos el activismo y la emotividad por separado, lo que nos lleva a dividirnos internamente y a ser incapaces de entender que hay mucho más allá de los aparente, estético o social.

Lo sacramentos se reconocen por la Iglesia como signos que transmiten la Gracia de Dios. Signos que comunican a Dios mismo, aunque a veces parece que son simples actos conmemorativos de tipos social. De hecho algunas personas comulgan para no sentirse rechazadas por la comunidad. Otras veces, como en el bautismo, parece que la Liturgia sea como un formulario que permite al niño integrarse socialmente. Por eso se le da tanta importancia a aspectos accesorios, como las personas que hacen de padrinos o el festejo posterior. Decía Cristo que si un ojo te hace caer, arráncatelo. Si el problema es que los padrinos no representan lo que debieran y la presión social se impone a obispos y sacerdotes, simplemente olvidemos a los padrinos. No son necesarios.

Los sacramentos son mucho más que formas rituales de integración social. Son medios de comunicación de Dios mismo:

Es admirable que Dios haya hecho llover el maná para nuestros padres y que se hayan saciado cada día con pan del cielo. Es porque se ha dicho: «El hombre ha comido el pan de los ángeles» (Sl 77,25). Sin embargo todos los que comieron de este pan en el desierto murieron. Y por el contrario, este alimento que recibes, este pan vivo bajado del cielo, da el alimento de la vida eterna, y quienquiera que lo coma no morirá jamás. Es el Cuerpo de Cristo... (Seguir leyendo)


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