lunes, 24 de diciembre de 2018

Feliz y Santa Navidad



Pero veamos si la profecía siguiente que se refiere a la venida de Cristo, se ha cumplido. De hecho, el texto prosigue: «todo lo torcido se enderezará». Cada uno de nosotros estaba torcido –por lo menos si se trata de lo que era en otro tiempo y no de lo que todavía hoy somos- y la venida de Cristo, que se ha realizado en nuestras almas, ha enderezado todo lo que estaba torcido... Oremos para que cada día se cumpla  su venida en nosotros y podamos decir: «Vivo, pero ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20) (Orígenes. Homilías sobre San Lucas, nº 22, 1-3)

Si somos cristianos ¿Qué sentido tiene el nacimiento de Cristo? Seguramente que los festejos paganos nos llevan a olvidar que Cristo vino con un sentido claro: enderezar todo lo torcido. También tendemos a centrar el nacimiento de Cristo en una única noche, siendo una oportunidad cada momento de nuestra vida. Los Padres de la Iglesia hablaban de tres venidas del Señor: la primera, hace más de 2000 años, la última, cuando llegue el momento del juicio final. ¿Cuán nos queda? La que debería de celebrarse en nuestro interior todos los días. Ese es el sentido de la Navidad, recordar que Cristo viene a nuestro corazón cada vez que le abramos la puerta. 

Que esta Nochebuena sea una de esas oportunidades que aprovechemos. Feliz Navidad

lunes, 10 de diciembre de 2018

Liturgia interior y exterior



Uno de los propósitos de la liturgia externa es activar una liturgia interior en la mente y el corazón del adorador, donde se mantendrá a Dios en constante recuerdo para que las oraciones y las intercesiones se le puedan ofrecer sin cesar. Mientras el corazón, por ejemplo, reza la oración de Jesús, la "liturgia interior" se celebra en la capilla del alma. Los Padres de la Iglesia hablan de una kruptiergasia "una obra secreta", que ocurre constantemente en la mente y el corazón del verdadero creyente. Con esto quieren decir que la mente y el corazón estaban constantemente sintonizados con Dios, orando salmos y practicando. Su presencia incluso cuando la persona exterior estaba ocupada en el trabajo manual. La Divina Liturgia sirve para iniciar y fomentar la liturgia interna que tiene lugar en la mente y el corazón del creyente. (Anónimo)

¿Qué es la Liturgia para el cristiano de esta postmodernidad que nos ha tocado vivir? Para la inmensa mayoría de nosotros, la Liturgia es una excusa para ver y ser vistos, es decir, es lo que da pié a una relación social. Por eso la Liturgia se deforma hasta puntos que la llevan a convertirse en un show. Si miramos atrás, no nos encontraremos con el paraíso soñado, ni mucho menos. La Liturgia no pasaba de algo con lo que se debía cumplir, aunque no fuese relevante en la vida. ¿Por qué sucede esto? El texto que compartido como entrada de este post lo dice forma muy clara: ""liturgia interior" se celebra en la capilla del alma" mientras la Liturgia exterior se celebra. Incluso más. La Liturgia interior se ajusta al mandato de orar en todo momento. Podemos vivir con sentido litúrgico y hacer de la Liturgia la línea de vida que nos une a Dios en todo momento.

Aquí es donde la mística nos traslada lejos del sentido socio-cultural de las celebraciones. Nos conduce la Misterio que es "una obra secreta".Secreta no porque sea oculta, sino porque se celebra dentro del templo que todos llevamos en nuestro ser profundo. En esta época de apariencias, simulacros y shows sociales, nuestro corazón es el único lugar seguro donde encontrarse con Dios y arrodillarnos ante Su Majestad y Gloria.  

domingo, 9 de diciembre de 2018

No nos quieren. Nos señalan la salida.


"Ustedes están fuera de los lugares de culto, pero la fe permanece en ustedes. Veamos: ¿Qué es más importante, el lugar o la fe? ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en esta lucha? ¿Quien conserva la Sede o quien conserva la fe? Es verdad que las estructuras son buenas cuando la fe es predicada a través de ellas; son santas, si todo sucede en ellas de un modo santo… 

Ustedes son los que están felices, ustedes que permanecen dentro de la Iglesia en razón de su fe; ustedes, que mantienen firmes sus cimientos tal como les fueron transmitidos a través de la Tradición Apostólica. Y si celos execrables intentaran hacerla flaquear en alguna ocasión, no lo lograrán. Son ellos los que se separaron en la crisis actual. Nadie, nunca, prevalecerá contra vuestra fe, queridos hermanos, y creemos que Dios hará que un día volvamos a nuestros templos.

Cuanto mayor sea la violencia que empleen en ocupar los lugares de culto, tanto más se separan de la Iglesia. Ellos aducen que representan a la Iglesia, pero en realidad son ellos los que fueron expulsados y los que se encuentran fuera del camino".( San Atanasio S. IV. Sermón)

No nos quieren, nos señalan la salida porque estorbamos. Nuestra sola presencia les hace sentirse incómodos y prefieren ignorarnos. Ponemos en entredicho las estructuras que les hacen sentir cómodos y protegidos. Aún así no tenemos que preocuparnos porque la fidelidad a Dios hecho Palabra hace que nada de material o social nos haga sentir mal. En el aislamiento al que nos condenan nos encontramos con Dios. Es el desierto de socio-culturalidad donde podemos encontrarnos más fácilmente con Dios. Este es el gran regalo que el Señor nos ofrece: encontrarnos con Él justo donde se nos proscribe y aleja.

Tendemos el mejor de los templos donde alabar y orar a Dios: nuestro corazón. Tenemos la mejor Liturgia, ya que de la Liturgia interior nace la Liturgia que mueve y conmueve el mundo. Tenemos al desierto para evangelizar, tal como lo hizo San Juan Bautista es su tiempo.


domingo, 2 de diciembre de 2018

Dóciles velas que comunican la Luz, que es Cristo.


Si el hombre se encuentra vacío de bienes superiores, ¿para qué ambiciona bienes exteriores? Considera: ¿de qué sirve un arca llena de bienes si la conciencia está vacía? #SanAgustin (S 72,5).

Tener sólo es una apariencia que oculta que no somos mucho más o mucho menos, que nuestro prójimo. El Señor nos dijo que quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos (Mc 9,30-37) . Servidor, que sirve, ofrece, hace posible, es medio por el que la presencia de Dios se evidencia en medio de nosotros. Servidor que es herramienta dócil en manos de Dios. Servidor que ansía ser transparente, para convertirse en un humilde  medio por el que la gloria de Dios se haga presente en el mundo. Ser transparente para que la Luz, que es Cristo, se manifieste. 

Fijémonos en una simple y maravillosa vela. La vela se quema para que la luz llene el vacío que le rodea. La vela se convierte en nada y no pide nada a cambio. Nadie esconde una vela debajo de un celemín (  Mt 5:14-15 ), porque tener una vela escondida sólo beneficia a nuestra soberbia. Soberbia que es apariencia hinchada y falsedad cómplice. Porque quien quiera salvar su vida la perderá (Mt 16:25) de la misma forma que quien esconde la vela, perderá la luz que está destinada a dar.
A veces. Cuando Dios lo hace posible, la vela que se da cuenta de que sólo tiene sentido mientras se consume dócilmente. Entonces y sólo entonces, se da cuenta de qué es la verdadera felicidad. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt 5, 8) Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida.(Jn 8, 12)

domingo, 25 de noviembre de 2018

El cristiano del siglo XXI


La [verdadera] vocación monástica es primordialmente una llamada al desierto, porque el monje es aquel que ha renunciado públicamente a las ficciones de una existencia colectiva y social en la que éxito se identifica con poder, placer y riquezaErmitaño Urbano

El desierto es un concepto que ha desaparecido del cristianismo contemporáneo. Después del CVII, los católicos hemos emprendido un camino de acercamiento humano al mundo. Un camino que busca exaltar lo humano sobre la divinización. Una falsa humanización que se nos presenta como una meta y un fin en sí misma. No nos damos cuenta que la forma de vida actual, llena de apariencias y simulacros, es por sí misma un desierto, un desierto espiritual, un desierto de veracidad. El mundo es un desierto donde parece que Dios ha desaparecido y todo se mueve por la lucha de poder entre quienes lo habitamos. Un desierto sin Dios.

Hay otro desierto muy diferente. Un desierto que invierte la perspectiva de realidad a la que nos hemos acostumbrado. Este sería el desierto donde lo aparente y lo social dejan de ser esenciales. Un desierto en el que los simulacros quedan al margen de nuestra vida. Un desierto donde la presencia de Dios se convierte en lo único esencial.

El problema de los cristianos actuales proviene de hacer nuestro ese desierto sin Dios y abrazar al mundo como lo único relevante para nosotros. Entonces nos convertimos, en el mejor caso, en cristianos socio-culturales. Cristiano-agnósticos que ignoramos la Voluntad de Dios porque nos parece que Dios, está lejos, es indiferente, no es ni útil ni esencial para nuestra vida. Primeramente invertimos los mandamiento (Mt 22, 34-40), anteponiendo el amor a nosotros mismos (egoísmo) y después volcamos este egoísmo encubierto hacia el prójimo. Entonces aceptamos dar la prójimo aquello que nos haría sentir bien a nosotros, aunque eso sea veneno espiritual concentrado. El amor a Dios queda como algo secundario que termina por desaparecer debajo del activismo social que centra la pastoral eclesial actual.

Si recordamos bien, Cristo se retiraba con frecuencia al desierto físico para estar más cerca de Dios. San Juan Bautista realizó la mayoría de su ministerio en el desierto. Los primeros cristianos buscaban tiempos en los que el aislamiento y serenidad. Hoy llamamos “retiros espirituales” a diversas variantes de los ejercicios espirituales Ignacianos. Variantes que no dejan de ser una reunión socio-cultural de sesgo emotivista. En realidad, tememos quedarnos solos frente a nosotros mismos, porque perdemos las justificaciones que nos “protegen” psicológicamente de la mirada de Dios. Somos adictos a los simulacros socio-culturales que nos rodean y motivan diariamente.


¿Cómo debería ser el cristiano del siglo XXI? No deberíamos estar lejos de una vida monástica, aunque vivamos integrados en la sociedad moderna. No hay otra forma de dar testimonio de Cristo en medio de millones de simulacros y apariencias superficiales. Nuestras comunidades deberían buscar lo esencial, en vez de centrarse en lo socio-culturalmente valorado. Seguramente muchos pensarán que esto es muy muy aburrido y que precisamente, esto aleja a las personas que buscan un [pseudo] cristianismo divertido, atractivo y a un modelo de cristiano con una eterna sonrisa de anuncio de dentífrico. Si lo que buscamos en marketing, vender un producto, atender necesidades egoístas, evidentemente no hemos leído los Evangelios y seguimos a algo que tiene poco que ver con Nuestro Señor.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Necesitamos Paz interior. ¿Dónde encontrarla?





Los católicos necesitamos paz interior. Sólo quien tiene paz en su corazón, puede compartirla con los demás. No es nada sencillo disponer de este don y además, encontrar a alguna persona dispuesta a que le comunique. Los seres humanos solemos sentirnos motivados por las polémicas, los enfrentamientos y los antagonismos. Hablar de paz interior, suele conllevar el desprecio y ser señalado como "tibio". La tibieza anida en quien no tiene su existencia dirigida hacia Cristo.
Felices los hacedores de paz, porque se llamarán los hijos de Dios. La perfección está en la paz, donde no hay oposición alguna; y, por tanto, son hijos de Dios los pacíficos, porque nada en ellos resiste a Dios; pues, en verdad, los hijos deben tener la semejanza del Padre. Son hacedores de paz en ellos mismos los que, ordenando y sometiendo toda la actividad del alma a la razón, es decir a la mente y a la conciencia, y dominando todos los impulsos sensuales, llegan a ser Reino de Dios, en el cual de tal forma están todas las cosas ordenadas, que aquello que es más principal y excelso en el hombre, mande sobre cualquier otro impulso común a hombres y animales, y lo que sobresale en el hombre, es decir la razón y la mente, se someta a lo mejor, que es la misma verdad, el Unigénito del Hijo de Dios. Pues nadie puede mandar a lo inferior, si él mismo no se somete a lo que es superior a él. Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad, es la vida dada al sabio en el culmen de su perfección. De este mismo Reino tranquilo y ordenado ha sido echado fuera el príncipe de este mundo, que es quien domina a los perversos y desordenados. Establecida y afianzada esta paz interior, sea cual fuere el tipo de persecución que promueva quien ha sido echado fuera, crece la gloria que es según Dios; y no podrá derribar parte alguna de aquel edificio y con la ineficacia o impotencia de las propias máquinas de la guerra, significa la gran solidez con que está estructurada desde el interior. Por esto continúa: Felices aquellos que sufren persecución por ser honestos, porque de ellos es el Reino de los cielos (San Agustín. El Sermón de la Montaña II, 9)

Amar la paz conlleva unirse al orden que Dios ha determinado dentro de lo natural y lo sobrenatural. Actualmente, quien encuentra la paz dentro del templo de su corazón, será piedra de discordia dentro de una sociedad y una Iglesia postmoderna. ¿Quién se atreve a no dejarse llevar por las modas, los segundos salvadores, las tendencias bien vistas? ¿Quién se atreve a señalar la desnudez del rey desde la sinceridad que conlleva entender lo que sucede? Bienaventurados quienes sufren persecución por causa de la justicia, la honestidad, la sinceridad, que nace de sus corazones. Triste de aquellos que se ven aclamados por las multitudes. Multitudes que le utilizan como excusa y complicidad en sus perversiones y profanaciones.

¿Dónde encontrar esa paz interior que tanto deberíamos ansiar? El corazón de Cristo nos tiene su protección y el Espíritu Santo nos ofrece el sabio entendimiento de lo que acontece. ¿Queremos abrir la puerta cuando llama a ella el Señor? ¿Preferimos quedarnos dentro? Ese es el drama que vivimos actualmente.

domingo, 26 de agosto de 2018

Cuando el Mal corrompe la naturaleza


Estamos viviendo un momento eclesial muy complicado. Estamos viendo cómo el mal ha colonizado la Iglesia y cómo nuestra Madre está siendo ultrajada por algunos que se hacen llamar sus hijos. Aunque sintamos dolor, seamos conscientes que es necesario que el mal se haga evidente para alejarlo de nosotros. Les pongo un ejemplo, normalmente hace falta que tengamos síntomas de una enfermedad para seamos conscientes de la necesidad de curarnos y de hacer más sana nuestra propia vida. Leamos lo que San Agustín nos dice sobre la corrupción:

Si la corrupción destruye en las cosas corruptibles todo lo que constituye en ellas la medida, la belleza y el orden, por el mismo hecho destruye o suprime la naturaleza. De esto se deduce que la naturaleza que es esencialmente incorruptible es Dios. Y, por el contrario, toda naturaleza sujeta a la corrupción es un bien imperfecto o relativo, ya que la corrupción no puede dañarle más que suprimiendo o disminuyendo la nota o el carácter de bondad que hay en ella.  (San Agustín. La naturaleza del bien. C VI)

¿Qué sucede en nuestra Madre Iglesia? Hemos perdido el sentido de lo sagrado y con ello, todo orden, belleza, medida y trascendencia queda supeditado a la subjetividad de cada uno de nosotros. Si cada uno de nosotros propone las medidas y el orden, adecuado a sus intereses, todo es posible y nada llega a ser considerado malo. Si desaparece el entendimiento del mal, el bien deja de ser el sentido de quienes somos católicos. De hecho, hemos dejado entender la Liturgia como la actividad principal de la Iglesia, dejándola como una excusa para darnos importancia a nosotros mismos: la asamblea. Los convocados nos reunimos para nosotros mismos, dejando de lado a Quien nos convoca. ¿Es tan extraño que la corrupción haya golpeado tan fuertemente a la asamblea de convocados? Es la consecuencia lógica de haber olvidado a Dios y haber puesto a nosotros mismo como centro de la Iglesia.

¿Qué hacer? Lo primero es dejar que Dios actúe, mostrando toda la podredumbre que hay dentro. No tengamos vergüenza, sino esperanza. Si no localizamos el foco de la infección, no podremos cauterizar la herida y curarla con los medicamentos adecuados. Si queda algo de podredumbre escondida, la infección seguirá latente. Mejor que aparezca todo lo que está corrompiendo a la Iglesia. Lo segundo es lo que nos toca hacer a cada uno de nosotros: buscar la santidad para que a través de nosotros, Dios se haga presente dentro de la Iglesia. Seguramente estemos pensando en la necesidad de un castigo. San Agustín nos habla de ello:

Dios es para nosotros un bien tan grande, que todo redunda en beneficio de quien no se separa de Él. Del mismo modo, en el orden de las cosas creadas, la naturaleza racional es un bien tan excelente, que ningún otro bien puede hacerla dichosa, sino Dios. Los pecadores, que por el pecado salieron del orden, entran de nuevo en él mediante la pena. Como este orden no es conforme a su naturaleza, por eso implica la razón de pena o castigo. Se le denomina justicia, porque es lo que le corresponde a la culpa o falta. (San Agustín. La naturaleza del bien. C VII)

Para cualquiera de nosotros, la pena empieza por rechazar lo que nos hace pecar. Para nosotros y para la Iglesia, es necesario sufrir alejándonos de los medios que nos han hecho pecar. ¿Hemos sido soberbios y prepotentes? Se impone la humildad y la docilidad. Dar espacio a la verdadera pobreza, que no es no tener dinero, sino dejar que sea Dios quien ordene nuestra vida. tenemos que dejar que vernos y entendernos como poderosos y empezar a vernos como herramientas defectuosas que esperan ser limpiadas y reparadas, por las manos de Dios. Esa limpieza y ajuste duele. Duele porque renunciamos a lo que nos gusta ser y a las apariencias que nos hacer tener poder. Duele porque tendremos que pensar en hacernos pequeños e irrelevantes. Ser irrelevante es el primer paso para que Dios sea el protagonista verdadero. 

El castigo viene dentro de la propia conversión y en el hecho de aceptar humildemente la justicia de Dios. Si no aceptamos hacer esto, el castigo no será vivificador, sino todo lo contrario. Quien se separa de la Voluntad de Dios, va desgastando su naturaleza, para terminar siendo un maltratado muñeco en manos del maligno. ¿Qué castigo es peor? ¿El que nos redime o el que nos hunde y destroza? En nuestra voluntad está empezar a negarnos a nosotros mismos y tomar la cruz, o despeñarnos para morir para siempre. ¿Por dónde empezar? Podemos tomar como punto de partida la profecía que nos legó en 1969 un sacerdote llamado Joseph Ratzinger:

La Iglesia se reducirá y tendrá que empezar de nuevo, más o menos desde el principio. Ella ya no podrá habitar muchos de los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. A medida que el número de sus adherentes disminuya. . . ella perderá muchos de sus privilegios sociales. . . Como pequeña sociedad, [la Iglesia] exigirá mayor iniciativa de sus miembros....

Serán tiempos difíciles para la Iglesia, porque el proceso de cristalización y aclaración, le costará mucha energía valiosa. Esto la hará pobre y se convertirá en la Iglesia de los humildes. . . El proceso será largo y tedioso como fue el camino del falso progresismo en la víspera de la Revolución Francesa - cuando un obispo se podría pensar que era inteligente si se burlaba de los dogmas e incluso insinuaba que la existencia de Dios no era en absoluto cierta. . .  Pero cuando la prueba de esta criba pase, un gran poder fluirá de una Iglesia más espiritualizada y simplificada. Los hombres en un mundo totalmente planificado se encontrarán indeciblemente solos. Si han perdido de vista a Dios por completo, sentirán todo el horror de su pobreza. Entonces descubrirán al pequeño rebaño de creyentes como algo completamente nuevo. Ellos lo descubrirán como una esperanza que es para ellos, una respuesta para los que siempre han estado buscando en secreto.

Y por lo tanto me parece cierto que la Iglesia se enfrenta con tiempos muy difíciles. La verdadera crisis apenas ha comenzado. Vamos a tener convulsiones terribles. Pero estoy igualmente seguro de lo que quedará al final: no la Iglesia del culto político, que ya está muerto, pero la Iglesia de la fe. Ella no será el poder social dominante en la medida en que fue hasta hace poco, pero disfrutará de un nuevo florecimiento y será vista como el hogar del hombre, donde se encuentra la vida y la esperanza más allá de la muerte. (La Fe y el Futuro, Joseph Ratzinger)

Tenemos que hacernos pequeños e irrelevantes por nosotros mismos. Tenemos que esperar todo de Dios y no de nuestras fuerzas, edificios, instituciones, poderes, valores, complicidades, mafias, redes de corrupción, etc. Si dejamos de tener poder, será cuando el verdadero poder, el poder de Dios, habitará entre nosotros. Cuando volvamos a reunirnos en Nombre del Señor, Él habitará entre nosotros. Cuando la jerarquía de la Iglesia vuelva a ser la santidad, empezaremos a sentir que la Gracia fluye por cada uno de nosotros. Quizás este sea el mejor de lo momentos para empezar el largo éxodo para volver al hogar que dejamos hace tantos siglos. Dios lo quiera, ruego por ello.



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