martes, 3 de febrero de 2009

De lo Divino y lo humano. De lo Sagrado y lo profano

Divino-humano y sagrado-profano forman dos binomios compuestos por elementos antagónicos que nos encontramos constantemente al escudriñar las profundidades de nuestra religión.

No es raro encontrar que se toma como sinónimos divino y sagrado, además de humano y profano. Esta simple asignación de equivalencia, más que simplificarnos la vida, nos trae innumerables dolores de cabeza al intentar componer el puzzle que significa creer en Dios en sociedad actual. Por lo tanto, es necesario delimitar qué es cada cosa y qué función tiene dentro de nuestro mapa interior.

Una de esas referencias que podemos tomar para delimitar qué es cada cosa, la encontramos en la obra de Mircea Eliade. Gracias a ella es posible acercarse al significado de “lo sagrado” como una dimensión de nuestra humanidad y concebir que todo hombre tiene una importante dimensión religiosa. Gabriel Andrade, en su artículo sobre Eliade y Girald [1] hace una síntesis de gran claridad sobre la esencia de la obra de Eliade:

“[Para Eliade] Lo sagrado es una suerte de absoluto que abarca todo lo religioso y que se opone a su contraparte, lo profano.”

Desde el punto de vista del “homo religiosus” de Eliade, “lo sagrado” se contrapone constantemente a “lo profano” en todos los aspectos vivenciales y actos que realiza. Además, entiende la dimensión sagrada como algo absoluto y común a todas las religiones, aunque no compartan el mismo concepto de divinidad.

Entrado en una rápida crítica y sin dejar de aceptar que la obra de Eliade es realmente espléndida, podemos resaltar que en muchos casos peca de falta de sistematización [1]. Esta falta de sistematización es lo que echamos en falta precisiones sobre las otras dimensiones a considerar: “lo divino” y “lo humano”.

Otra crítica realizable es que considera a Dios como parte de lo sagrado, lo que es aceptable solo si atendemos los aspectos fenomenológicos del estudio de las religiones. Si aceptacemos el punto de vista de Eliade, estaríamos reduciendo la divinidad a una idea más que se integra en “lo sagrado”. Aceptar la visión de la divinidad que Eliade nos propone significa aceptar que el “Sancta sanctórum” está vacío y que lo único que poseemos es la apariencia externa dada por la fenomenología sagrada. Pensando así nos quedaríamos en el exoterismo religioso imperante, olvidando que detrás de esta fenomenología es posible ver mucho más.

Para dilucidar el asunto es conveniente elaborar un estructura que sistematice esta serie de dimensiones y nos permita guiarnos entre el mare magnum de referencias cruzadas.

Sobre “lo profano”, podemos indicar que se presenta en mismo como la antítesis de “lo sagrado”. Quizás sea interesante reflexionar sobre el papel de nuestro entendimiento en la separación de los sagrado y lo profano. Hay corrientes cristianas que propugnan que lo sagrado es algo obsoleto que es necesario ver toda la realidad en igualdad. Otras corrientes, han indicado justamente todo lo contrario. Es necesario ver toda la realidad como una manifestación de Dios. Pero en ambos casos somos nosotros quienes valoramos lo que vemos, entendemos y optamos por dar un significado u otro a lo que se nos presenta delante de nosotros. Pero si consideramos que lo sagrado une al hombre con la divinidad, entonces lo profano separa al hombre de Dios. Es obvio que cuanto más unidos estemos con la divinidad, tendremos más capacidad de entender que todo lo que nos rodea tiene algo de sagrado.

Desde el punto de vista judío y cristiano, “lo divino” es aquella dimensión que se asocia con Dios. Dios es para nosotros es perfección, totalidad, amplitud, belleza, amor, etc. ¿Qué tipo de relación podemos tener los humanos con la divinidad? ¿Hubo alguna relación directa? Mirando el problema desde el punto de vista de la hermenéutica bíblica, la divinidad es inaccesible al hombre desde el mismo momento en que el hombre “es expulsado del paraíso“. Podemos aceptar que antes de la expulsión existía una relación directa Dios-ser humano y que esa relación fue rota por el ansia del hombre por ser como Dios. Entonces ¿Qué posibilidades tenemos de acceso a lo divino desde ese momento? Si aceptásemos que no es posible la existencia de ninguna relación entre Dios y el hombre, entraríamos en la esfera del agnosticismo, lo que sería contradictorio con la existencia de la revelación divina. Si consideramos que el ser humano fue creado por Dios con un objetivo y todavía seguimos existiendo, es evidente que debe existir una nueva relación que nos permita seguir formando parte del plan Divino.

Podemos definir “lo humano”, como todo lo relacionado con la naturaleza falible, relativa y condicionada que llevamos en nuestro interior mujeres y hombres. Lo humano se podría considerar circunstancialmente antitético con lo divino, pero a su vez no es posible desligarlo de la creación divina y de los objetivos que Dios tiene para nosotros. Hay algo que liga, amarra, atrae a lo humano hacia lo divino. Un ansia que solo en los tiempos modernos se desprecia y se acalla mediante la ignorancia y el abuso de las sensaciones y placeres.

Entre divinidad y humanidad aparece un puente: lo sagrado. Lo sagrado está integrado por la revelación que Dios ha dado al hombre a través de los siglos. Es la nueva relación entre Dios y el hombre.


[1] “Tiempo cíclico” en la obra de Mircea Eliade y René Girard. Andrade, G y campo-Redondo, S. Utopía y Praxis Latinoamericana Año 7. Nº 17 (Junio, 2002). Pp. 9-35

2 comentarios:

  1. yo estoy totalmente convencida de que lo humano se siente atraído por lo divino, porque entiendo que lo humano participa de alguna manera, de lo divino. Pero creo que es algo subjetivo, y no alcanzo a entender por qué no es universal.

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  2. Creo que por encima de la atracción por lo divino está la libertad individual que Dios nos dió al crearnos. Si repudias este ansia y la interpretas como erronea, terminas por creer que la haces desaparecer de ti. Pero no es así.

    Como ejemplo tenemos a los ateos que en determinado momento volvieron su mirada hacia Dios y encontraron dentro suya ese ansia que durante tanto tiempo despreciaron.

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