No creo que nadie pueda pensar en que los seres humanos podamos entender a Dios. Sólo tenemos entendimiento parcial de lo que El nos ha revelado y aún así, rara vez podemos llegar a un acuerdo entre nosotros. La Verdad, que es Cristo, nunca puede se propiedad de nadie, aunque nos empeñemos en querer limitar a Dios según nuestras propias limitaciones. Podríamos decir que tendemos a pensar en Dios como hecho a imagen y semejanza de nosotros.
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domingo, 12 de abril de 2015
Amor y Verdad. Dos caras de la misma moneda.
domingo, 1 de febrero de 2015
Los signos preceden la misericordia. San Jerónimo
En pleno
siglo XXI hablar de signos milagrosos parece algo que no va más allá de los
cuentos y las películas. Todo lo que nos rodea se explica por medio de la
ciencia y todo lo que logramos cambiar, se realiza por medio de la técnica.
¿Para qué necesitamos a Dios? Pareciera que nos bastamos nosotros mismos.
Si nos
fijamos en el Evangelio de hoy domingo, Cristo de muestra como capaz de cambiar
el orden natural de forma sobrenatural. Sus palabras obligan a que una persona
deje de sufrir internamente, por medio de la expulsión del mal que llevaba
dentro. Cristo no invoca a nadie para actuar, ya que tiene autoridad sobre lo
natural y lo sobrenatural.
Fijémonos en los Hechos de los Apóstoles y en los signos que dieron
los primeros profetas. ¿Qué dicen los magos del Faraón al ver los prodigios que
hacía Moisés? "Es el dedo de Dios" (Ex 8,15). A pesar de ser
Moisés quien los lleva a cabo, reconocen que hay un poder mayor. Más tarde
los apóstoles obraron otros prodigios: "¡En el nombre de Jesús, levántate
y camina!" (Hch 3,6); "Y Pablo, en el nombre de Jesucristo, ordenó al
espíritu salir de aquella mujer" (Hch 16,18).
Siempre se recurre al nombre de Jesús. Pero aquí ¿qué es lo que él
mismo dice? "Sal de él" sin precisar más. Es en su propio nombre que
ordena al espíritu de salir. «Todos preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto?
Este enseñar con autoridad es nuevo». La expulsión del demonio no era en sí
mismo nada nuevo: los exorcistas de los hebreos lo hacían corrientemente. Pero
¿qué dice Jesús? ¿Cuál es esta enseñanza nueva? ¿Dónde está la novedad? La
novedad reside en que Jesús manda a los espíritus impuros con autoridad propia.
No cita a nadie: él mismo da la orden; no habla en nombre de otro sino en
nombre de su propia autoridad. (San Jerónimo)
Hoy en
día pensamos en Dios como un ser lejano, que no se preocupa por nosotros. Le
hemos excluido de nuestra vida y parece que esto nos da dado más libertad, pero
esta aparente libertad no nos ha hecho más felices. (Seguir leyendo)
domingo, 18 de enero de 2015
El remedio muerde, pero quita la infección. San Ambrosio
Hace unos días escribía sobre la cadena del pecado y sus
consecuencias en el atentado de Charlie Hebdo, pero la cadena del pecado no
sólo produce grandes asesinatos y crímenes. La cadena del pecado es tan
cotidiana como nuestra propia vida. Nos lleva a dañar a los demás con la escusa
de que, a su vez, nosotros hemos sido heridos anteriormente. Dentro de la
Iglesia, esta cadena produce muchos sufrimientos, ya que evidencia que los
fieles no somos tan pecadores como cualquier otro. La diferencia es que sabemos
quien puede curar el dolor y ayudarnos a romper la cadena: Cristo. San
Ambrosio de Milán nos habla de cómo la Gracia de Dios transforma el hombre
viejo en el hombre nuevo. El ser humano herido y desesperado se transforma
en el ser humano sano y esperanzado. Para ello nos comenta la conversión de San
Pablo:
Ya no me comporto como un publicano, decía;
ya no soy el viejo Leví; me he despojado de Leví revistiéndome de Cristo. Huyó
de mi vida primera; sólo quiero seguirte a ti, Señor Jesús, que curas mis
heridas. ¿Quién me separará del amor de Dios que hay en ti? ¿La tribulación? ¿La
angustia? ¿El hambre? (Rm 8,35). Estoy unido a ti por la fe como si fuera con
clavos, me has sujetado con las buenas trabas del amor. Todos tus mandatos
serán como un apósito que llevaré aplicado sobre mi herida; el remedio muerde,
pero quita la infección de la úlcera. Corta, Señor, con tu espada poderosa
la podredumbre de mis pecados; ven pronto a cortar las pasiones escondidas,
secretas, variadas. Purifica cualquier infección con el baño nuevo." (Seguir leyendo)
domingo, 16 de noviembre de 2014
En los primeros siglos, el cristianismo se enfrentó a una prueba de fuego: el gnosticismo. Fue una mezcla de filosofía pagana y apariencias cristianas, que confundió a muchas personas. Una de las características del gnosticismo es la condenación de la materia como algo diabólico. Algunas corrientes afirmaban que era necesario el castigo y martirización del cuerpo para contribuir a la liberación del espíritu.
Si la corporeidad fuese algo maligno ¿Por qué habría sido creada por Dios? ¿Por qué Cristo, al resucitar, recobró el cuerpo y no se quedó únicamente como espíritu? San Justino (s.II) Nos habla sobre el tema.
¿No acusaríamos a Dios de crear el cuerpo inútilmente? Pero no, el Inmortal no es así; ¡aquel que por su naturaleza es el Espíritu del universo no podría ser tan insensato!...En verdad, Dios ha llamado al cuerpo a renacer y le ha prometido la vida eterna.
Porque donde se anuncia la buena noticia de la salvación del hombre, ésta se refiere también al cuerpo. En efecto ¿qué es el hombre sino un ser viviente dotado de inteligencia, compuesto de alma y cuerpo? ¿El alma, ella sola, es el hombre? No, es tan sólo el alma de un hombre. ¿Se llamará «hombre» al cuerpo? No, se dice que es el cuerpo de un hombre. Si pues, ninguno de estos dos elementos él solo no es el hombre, es a la unión de los dos al que se llama «hombre». Así pues, es a este hombre que Dios ha llamado a la vida y a la resurrección, y no tan solo a un parte del mismo sino al hombre entero, es decir al alma al cuerpo. ¿No sería, pues, absurdo, siendo que existen los dos según y en la misma realidad, que uno se salve y el otro no? (San Justino. Tratado sobre la Resurrección, 8)
Los talentos que guardamos, nos condenan. S. Juan Crisóstomo
La palabra misericordia está de moda. Estamos en un momento en donde se supone que debemos esperar del Señor misericordia por nuestra vida y nuestros errores sin que haya condiciones o restricciones. En la parábola de los talentos vemos que el Señor valora el esfuerzo y la fidelidad, antes que los logros y los éxitos. En la Parábola de los Obreros de la Hora Undécima se ve que la justicia y la misericordia del Señor son inmensas y equivalentes.
La Parábola de los Talentos nos muestra a Dios como alguien tan lleno de misericordia, que da un premio superior a las ganancias con sus sirvientes le devuelven. La cantidad no es lo más importante, sino la actitud que han tomado con los dones recibidos.
Pero, hoy en día choca la actitud que Dios toma con el siervo que devuelve lo mismo que recibió. Para nosotros devolver lo recibido es un mérito, no un deber. Pensamos que quien es honesto ya es merecedor de elogios, lo que demuestra que la deshonestidad es común y abundante entre nosotros.
Al siervo que recibió y devolvió un talento, no sólo le reprobó y no llegó a darle nada a cambio, sino que encima fue expulsado de forma violenta. Fue llamada siervo perezoso y malo. Lo de perezoso podemos llegar a entenderlo, pero, ¿Malo? Pero si no se ha quedado el talento ¿Qué mal ha hecho?
Ya veis cómo no sólo el que roba y defrauda ni sólo el que obra mal, sino también el que no hace el bien, es castigado con el último suplicio. Escuchemos, pues, esas palabras. Mientras es tiempo, trabajemos por nuestra salvación, tomemos aceite para nuestras lámparas, negociemos con nuestro talento. Porque si somos perezosos y nos pasamos la vida sin hacer nada, nadie nos tendrá allí ya compasión, por mucho que juremos. También el que entró en el banquete de bodas con ropa sucia se condenó a sí mismo; pero de nada le aprovechó. ...(Seguir leyendo)
domingo, 17 de agosto de 2014
Señor ¿Cuánto tardarás en venir a socorrer mi torpeza?
Como la
cananea, muchas veces nos parece que Dios se ha olvidado de nosotros. Muchas
veces miramos al cielo esperando que nuestra voluntad sea la que prevalezca y
que nuestros deseos más sinceros se realicen. Pero la Voluntad de Dios es a
veces complicada de entender, ya que nos exige que aprendamos a negarnos a
nosotros mismos y dar la vida para salvarla.
A veces, Señor, te siento pasar, pero no te detienes para mí, pasas de
largo, y yo te grito como la Cananea. ¿Me atreveré todavía a acercarme a ti?
Seguro que sí, los perritos echados fuera de la casa de su amo siempre vuelven
a ella, y cuidando guardar la casa, reciben cada día su ración de pan. Echado,
aquí estoy todavía; frente a la puerta, te llamo; maltrecho, suplico. Así
como los perritos no pueden vivir lejos de los hombres, ¡de la misma manera mi
alma no puede vivir lejos de mi Dios!
Ábreme, Señor. Haz que llegue hasta ti para ser inundado por tu luz. Tú,
que habitas en los cielos, te has escondido en las tinieblas, en la oscura nube.
Como lo dice el profeta: «Te has arropado en una nube para que no pasara la
oración» (Lm 3,44). Me corrompo en la tierra, el corazón como en un lodazal...
Tus estrellas no brillan para mí, el sol se ha oscurecido, la luna ya
no emite su luz. Oigo cantar tus hazañas en lo salmos, los himnos y los
cánticos espirituales; en el Evangelio, tus palabras y tus gestos resplandecen
como la luz; los ejemplos de tus siervos, las amenazas y las promesas de tus
Escrituras de verdad se imponen a mis ojos y vienen a golpear la sordera de mis
orejas. Pero mi espíritu se ha endurecido; he aprendido a dormir de cara al
resplandor del sol; me he acostumbrado a no ver ya lo que se me pone delante
así...
¿Hasta cuándo, Señor, cuánto tardarás en romper tus cielos, en
descender para venir a socorrer mi torpeza? (sl 12,1; Is 64,1). Que yo no
se ya más lo que soy..., que me convierta y que, por lo menos, venga al
atardecer como un perrito hambriento. Recorro tu ciudad; en parte aún peregrina
sobre la tierra, aunque la mayoría de sus habitantes han encontrado ya su gozo
en el cielo. ¿Encontraré también yo allí mi morada? (Guillermo de San Teodorico Oraciones
meditativas, nº 2)
Ayer
comentaba en una entrada de este blog: Cuando
la herramienta se subleva ante el artista, la triste evidencia de que
nuestras realidades personales no siempre coinciden con los planes de Dios. Seguir leyendo...
domingo, 30 de marzo de 2014
Hay dos especies de vista y dos de ceguera. San Juan Crisostomo
El
episodio evangélico del ciego en la piscina de Siloe nos puede ayudar a
comprender lo importante que es estar abiertos al entendimiento de la
misericordia de Dios. En un momento dado, Cristo dice: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los
que no ven y queden ciegos los que ven” ¿Quiénes son los que ven y
quienes lo que no ven? San Juan Crisóstomo puede ayudarnos a discernir:
Porque hay dos especies de vista y dos de ceguera: la de los sentidos
y la de la inteligencia. Ellos suspiraban únicamente por las cosas sensibles y
sólo se avergonzaban de la ceguera de los sentidos; de aquí el manifestarles
que era preferible que fueran ciegos, y no que viesen de esta manera. Así les
dice: "Si fueseis ciegos no tendríais pecado", porque vuestra condenación
sería menos terrible; mas ahora decís que veis. (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el evangelio de San Juan,
58)
Es
importante tener claro que los judíos pensaban que los defectos físicos eran
debidos al pecado de los antepasados. Pero Cristo sabía que las circunstancias
vitales no son consecuencia del pecado o de la virtud de quienes nos
precedieron. Dios da a cada uno de nosotros las circunstancias adecuadas a lo
que espera de nosotros. Como en la parábola de los talentos, a unos da 5, a
otros 3 y a otros 1. Espera que cada uno de nosotros utilicemos las
circunstancias según la Voluntad de Dios. Lo que Dios no quiere es que nos
conformemos con lo que somos y dejemos de ser herramientas fieles en Sus Manos.
Nos ha dado consciencia, voluntad y discernimiento con los que vivir y aumentar
los talentos recibidos.
La peor
ceguera es la ceguera del entendimiento. Esta ceguera se evidencia por la
arrogancia y la soberbia de quien la posee. Esta ceguera impide aceptar que
Dios espera de nosotros que participemos en su plan. Este ceguera nos hace
sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Nos hace despreciar la misericordia
de Dios. ¿Para qué queremos misericordia si ya nos sentimos plenos y gloriosos?
¿Para qué necesitamos la misericordia si nos declaramos vencidos por las
circunstancias de la vida?
Cristo
vino para abrir los ojos de quienes desean ver la luz y señalar la oscuridad de
quienes creen que no necesitan abrir sus ojos para ver.
El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad
viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un
ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo,
"porque el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de
nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le
hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado
en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a
conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: "Que quiere decir
Enviado", porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros
habría sido absuelto del pecado. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de
San Juan, 44)
El
pecado original tuvo muchos efectos, pero el más fuerte de ellos es la pérdida
de comunicación directa con Dios. Ya Dios no nos habla y nosotros escuchamos.
Nos hemos vuelto ciegos y sordos a la Voluntad de Dios. Pero Cristo vino a
abrir los ojos de todo aquel que reclame su misericordia. Con el mismo barro
que se creó a Adán y Eva, Cristo corrige nuestra ceguera.
Es
maravilloso darnos cuenta que el comportamiento de Cristo era simbólico, a fin
de que entendiéramos más allá de la circunstancia donde se produjo. Tras el
barro, el agua acaba de sanar la ceguera. El bautismo se evidencia el camino
que Cristo no señala. El camino del Agua Viva que ofreció a la Samaritana y el
segundo nacimiento que indicó Nicodemo: tenemos que volver a nacer del agua y
del Espíritu.
La
pregunta que nos hacemos todos es ¿Realmente queremos nacer de nuevo? Nacer de
nuevo supone dejar la comodidad de nuestra zona de confort. Supone dejar las
justificaciones que utilizamos para no cambiar. Significa comprometernos a dar
a Dios lo que es de Dios sin pensar en lo que dejamos atrás de nosotros.
¿Cómo
podemos desprendernos de todo y aceptar el llamado de Cristo? Sólo si nos damos
cuenta que estamos ciegos y que recobraremos la vista cuando seamos curados,
podemos empezar a aceptar el milagro que nos ofrece el Señor.
domingo, 12 de enero de 2014
Y el Señor le tocó diciendo: quiero. San Ambrosio
Ayer
sábado 11 de enero, se leía en el evangelio (Lc 5,12-16) el episodio de la
curación de un leproso por parte de Cristo. San Ambrosio de Milán nos muestra
la riqueza del episodio.
El acto de arrodillarse delante del Señor da a entender su humildad y
su pudor, con el fin de que cada uno se avergüence de los pecados de su vida;
pero la vergüenza no detuvo su confesión, sino que mostró su herida y pidió la
curación, diciendo: "Señor, si quieres puedes limpiarme". No
dudó de la bondad del Señor porque desconociese su gran caridad, sino que,
siendo consciente de su propia iniquidad, no presumió, pues rica es de religión
y de fe la confesión, que se entrega a la voluntad de Dios. Lo cura en la forma
que había pedido; y prosigue: "Y el Señor, extendiendo la mano, le
tocó, diciendo: Quiero", etc. La ley prohibía tocar a los leprosos;
pero como el Señor era el autor de la ley, no estaba sujeto a ella. No lo
tocó precisamente porque no pudiese curarlo sin tocarlo, sino para demostrar
que no estaba obligado a la ley ni temía contagiarse como los hombres. No
podía contaminarse quien curaba a los demás. Antes al contrario, la lepra, que
ordinariamente mancha al que la toca, desapareció al contacto del Señor. (San Ambrosio de Milán. in Lucam lib. 5)
Este
leproso nos representa a todos nosotros y nos señala cómo acercarnos al Señor. ¿Quién
no lleva consigo algún tipo de lepra espiritual o física? Todos tenemos
nuestros ojos repletos de vigas que nos impiden ver y entender a quienes nos
rodean. Todos llevamos los hombros cargados con nuestras derrotas y
desesperaciones. Todos tenemos problemas para aceptar que sólo el Señor es
capaz de sanar estas lepras y devolvernos la salud del cuerpo y del alma. ¿Cuánto
nos cuesta arrodillarnos y suplicar, con el corazón, la sanación que sólo puede
venir de Dios?
"Señor, si quieres puedes limpiarme" y si es voluntad de Dios, seremos sanados. Esta brevísima petición me
recuerda a la oración del corazón: “Señor, Hijo
de Dios, ten misericordia de mi, pecador”. La oración del corazón es
una tradición cristiana ortodoxa, que acompasa la breve petición al latido de
nuestro corazón. No es que al Señor le haga falta que verbalicemos la oración,
pero para nosotros es importante tener un elemento simbólico al que agarrarnos
para que nuestra mente no se pierda en otras cosas. Cada latido nos acercamos
al Señor, de rodillas y con la certeza que El puede sanarnos, si es Su
voluntad.
El Señor
no teme contagiarse de nosotros. No teme acercarse a un
leproso de su tiempo, ni a cualquiera de los “rechazados” del momento actual.
La misericordia de Dios fue tal que Dios mismo se “contagió” de la carne mortal
para demostrar la dignidad del ser humano. Cuando Dios nos toca, somos
nosotros quienes nos “contagiamos” de su Gracia. El Señor no tiene que
cumplir las “leyes” humanas para que su misericordia llegue a nosotros. Sólo
espera que nosotros nos acerquemos a Él y aceptemos su misericordia.
Muchos
nos sentimos con frecuencia desanimados o desesperanzados. No ha nada malo en
ello mientras tengamos confianza en el Señor. No es que la derrota sea culpa
de nosotros, sino que la carga que llevamos sobre nuestros hombros excede
nuestras fuerzas. El Señor no nos reprende ni se burla de nuestras
incapacidades. No nos reprende como si fuésemos desobedientes por sentirnos
derrotados. El Señor no nos acusa de ser seres llenos de límites. El extiende
la mano y nos dice: "Venid a mí todos los
que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro
descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera" (Mateo 11,28-30) El Señor nos toca con sus dedos y nuestra
lepra desaparece.
Después
de ser sanado, Cristo solicita al leproso que se cumpla la ley que le permite
ser considerado limpio. Es decir, Cristo no desprecia las normas que los
humanos nos damos para ordenar nuestro mundo. Pero, además, solicita al leproso
que no diga que ha sido El quien le ha curado. Siempre me ha parecido curiosa
esta petición. Quizás esta petición conlleve una solicitud de humildad. No te
vanaglories, ante los demás, de que Dios te ha tocado y has sido sanado. En
todo caso, el testimonio debe ser dado a quien lo solicite de ti. Nunca te
creas superior o elegido, por recibir la misericordia del Señor. Nunca la
mereceremos por nosotros mismos, sino por la Voluntad expresa del Señor.
domingo, 8 de diciembre de 2013
En Adviento, oremos como la Virgen
Este
domingo celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y es, además, el
II Domingo de Adviento. Para reflexionar un poco estas dos fechas tan señalas,
traigo un texto que creo adecuado:
Aceptar la doctrina bíblica de la creación significa profesar que el
principio último de mundo es un Dios libre, por tanto persona, un Padre. Este
Dios creó el mundo pronunciando una palabra. “Considera la Palabra de Dios que recorre la creación y que seguirá
avanzando hasta el fin del mundo”. Ella constituye la ley del universo, pero
sigue siendo palabra. La palabra se dirige a alguien y en este caso, se le dice
al hombre. Para el y sólo para el, la ley del mundo se convierte en una palabra
en sentido estricto, pronunciada por el Padre en los cielos a su imagen, el
hombre. Entonces, el mundo ya no es un enorme mecanismo opresor, sino un lugar
de diálogo entre Dios Padre y la persona humana. (Card. Tomas Spidlik. Teología de la evangelización desde la belleza.
El diálogo Divino-humano)
Recordemos
que las palabras que fueron pronunciadas a María y la trascendencia de esas
palabras en la historia del ser humano. Todavía son palabras que resuenan y nos
dan sentido de muy diversas formas. Como dice el Card Spidlik, utilizando una
frase de San Basilio: “Considera la Palabra de Dios que recorre la creación y que seguirá
avanzando hasta el fin del mundo” La Palabra de Dios que se encarnó a través de
María, dando lugar a prodigios hasta ese momento desconocidos en este mundo.
El
Ángel Gabriel dice a María “Dios te salve,
María; llena eres de gracia; el Señor es contigo”
Las Palabra de Dios se dirige hacia alguien, que es en este caso en María, pero
que también podemos ser cada uno de nosotros en el momento en que nos acercamos
suplicando la misericordia de Dios, como hizo la mujer Cananea. “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mt 15, 22).
No
es fácil arrodillarse ante el Señor y solicitar su misericordia. En el corazón
de las personas del siglo XXI anida la incredulidad y el desafecto. Parece que
solicitando la misericordia de Dios, estuviéramos perdiendo nuestra dignidad y
esto nos da vergüenza y miedo. Vergüenza porque nadie parece tener necesidad de
arrodillarse ante nadie y miedo, porque solicitar la misericordia de Dios, para
por abrir nuestro corazón y evidenciar que nos somos autosuficientes e
independientes.
Nos
dice San Agustín: “Nadie se aparta con
el corazón de este mundo si no es ayudado con el don de la misericordia divina” (San Agustín.
Comentario al Salmo S 113,3). La misericordia
de Dios se manifiesta en la Inmaculada Virgen que da a luz a la Palabra hecha
carne. La misma Palabra llegó a María y le lleno de Gracia y sentido. Pero
María, como cualquiera de nosotros, sólo puede actuar según la Volunta de Dios,
cuando acepta que la misericordia de Dios es la que mueve el mundo. Cuando lo
aceptamos el mundo ya no es un enorme mecanismo
opresor, sino un lugar de diálogo entre Dios Padre y la persona humana.
Es
interesante pensar en la anunciación de María y en que el milagro de la
Encarnación se produjo a partir de un diálogo entre el Ángel, mensajero de la
Palabra de Dios y María. Si pensamos en ello nos daremos cuenta la maravilla
que María pronuncia para aceptar libremente la Voluntad de Dios “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu
Palabra”. Esta frase tiene varios antecedentes. El ofrecimiento de
María, que lleva el ofrecimiento de Samuel "Habla Señor, que tu siervo
escucha". También nos recuerdan las palabras de Cristo esperando la pasión
"Padre haz que pase de mi este cáliz, pero
no sea mi voluntad, sino la Tuya".
Nosotros
podemos decir al Señor diciendo: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de
mi. He aquí un simple siervo de mi Señor, sea en mi tú voluntad, no la mía.
Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una Palabra tuya será mi
salvación”.
¿Hay
mejor forma de preparar el nacimiento de Cristo que aceptar que sólo la
misericordia de Dios puede salvarnos?
domingo, 16 de junio de 2013
Exige de ti que le hagas oír tu voz
“No son los que están sanos los que tienen
necesidad de médico, sino los que están enfermos” (Mt 9,12). Enseña al médico
tu herida de manera que puedas ser curado. Aunque tú no se la enseñes, Él la
conoce, pero exige de ti que le hagas oír tu voz. Limpia tus llagas con tus
lágrimas. Es así como esta mujer de la que habla el evangelio se quitó de
encima su pecado y el mal olor de su extravío; es así como se ha purificado de
su falta, lavando con sus lágrimas los pies de Jesús.
¡Resérvame para mí también, oh Jesús, el
poder lavar tus pies, esos que has ensuciado mientras caminabas conmigo!...
Pero ¿dónde encontraré el agua viva con la que podré lavar tus pies? Si no
tengo agua, tengo mis lágrimas. ¡Haz que, lavándote los pies con ellas, yo
mismo me purifique!
No puedo comparar a esta mujer con cualquiera
otra, ya que, con justa razón, fue preferida al fariseo Simón que recibía al
Señor a comer. Sin embargo, ella enseña, a todos los que quieren merecer el
perdón, que es besando los pies de Cristo y lavándolos con sus lágrimas,
enjugándolos con sus cabellos, y ungiéndolos con perfume, la manera de
obtenerlo... Si no podemos igualarla, el Señor Jesús sabe venir en ayuda de
los débiles. Allí donde nadie sabe preparar una comida, llevar un perfume,
traer consigo una fuente de agua viva (Jn 4,10), viene Él mismo. (San
Ambrosio de Milán. La Penitencia, II, 8)
El Evangelio de hoy domingo y este breve comentario de San
Ambrosio de Milán, nos ayudan a darnos cuenta del valor del arrepentimiento y
el tesoro del perdón de Dios. Tesoro que es también vínculo de amor.
La diferencia entre Simón el fariseo y la Pecadora, es que
Simón no es capaz de amar al Señor con la profundidad de la Pecadora ¿Por qué?
Porque se cree capaz de salvarse por si mismo, cumpliendo la ley. Simón no es
capaz de ofrecerle al Señor aquello que
la Pecadora no duda en darle: el amor de un corazón sufriente que está
arrepentido y busca el perdón.
Simón es la viva imagen del pelagianismo que vive a veces
agazapado dentro de la Iglesia, tal como el Papa Francisco y Benedicto XVI han indicado
en varias ocasiones.
Creer que nuestros esfuerzos, gestos y normas son los que nos salvan es, por
desgracia, demasiado común.
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domingo, 5 de mayo de 2013
Estamos ciegos. ¿Por qué no nos acercamos a Cristo?
Pensemos
en el episodio evangélico del ciego Bartimeo (Mc
10, 46-52) y leamos lo que San Gregorio Magno nos dice:
Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del
camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el
camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego.
Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera
del camino. Esto, sin embargo,
no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las
imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece
el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del
camino pidiendo limosna.
Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera,
quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta,
invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su
alma, diciendo: ‟Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí‟.
Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de
nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya
estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya
pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por
el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos
por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia
donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo
sigue a Jesús quien lo imita”. (Homilía de San Gregorio Magno sobre Mc 10, 46-52)
El episodio del ciego Bartimeo nos lleva a reflexionar
sobre nuestras cegueras y nuestras limitaciones. ¿Cuántas veces creemos que
vemos y solo imaginamos ver? ¿Cuántas veces nuestras cegueras nos hacen
imaginarnos realidades que sólo son reflejo de nosotros mismos y nuestros
deseos?
Muchas veces nos imaginamos esa iglesia a tanto nos
gustaría. Pensamos en perfecciones que son reflejos de nuestros deseos y
nuestras expectativas personales. La Iglesia no es como queremos que sea, ni la
perfección, como nos gustaría a nosotros. Podemos pasarnos la vida gritando que
la Iglesia necesita cambiar, sin darnos cuenta que somos nosotros quienes
necesitamos convertirnos para que la Iglesia mejore. Todos nosotros somos
ciegos de corazón, en alguna medida.
Miremos a los grandes santos que hay ayudado a la Iglesia
y nos daremos cuenta que nunca intentaron cambiar la Iglesia por medio de
leyes, normas o resoluciones. Cambiaron la Iglesia con su ejemplo y virtudes.
Estos santos siguieron en consejo de San Gregorio Magno: “Observemos hacia donde el
Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús
quien lo imita”
¿Cómo abandonar la ceguera? No podremos nunca hacerlo por
nosotros mismos. Necesitamos de la misericordia de Dios. Necesitamos acercarnos
al camino con humildad y saber esperar con paciencia. Esperar a que Cristo se
acerque a nosotros y gritar de corazón que necesitamos su misericordia.
Entonces El, con suprema caridad nos llamará. Cuento esto ocurra, debemos
saltar dejando las seguridades que tan cómodas son para nosotros. Tenemos de
soltar el manto que nos protege, para dejarnos ver por Cristo y nuestros
hermanos, tal como somos.
La llamada de Cristo, es nuestra vocación. Vocación que
nos llena de sentido al conocer lo que Dios quiere de nosotros. Vocación que
penetra en nuestra inteligencia iluminándonos: “…después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la
inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel
Jesús que conocemos con la inteligencia”
¿Qué nos queda? Seguir a Cristo con la luz que nos ha
aportado su llamada y su infinita misericordia.
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