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sábado, 11 de mayo de 2019

Que nadie diga que los cristianos no padecen persecución



... que nadie diga: «No puedo ser mártir porque no se persigue a los cristianos». Acabas de escuchar que Juan sufrió el martirio; y, si consideras conforme a la verdad, murió por Cristo. «¿Cómo —dices— murió por Cristo si no se le sometió a un interrogatorio al respecto ni se le obligó a negarle?». Escucha a Cristo mismo que dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Si Cristo es la verdad, por Cristo sufre y es legítimamente coronado quien es condenado por defender la verdad. Que nadie, pues, se busque excusas; todos los tiempos están abiertos a los mártires. Y que nadie diga que los cristianos no padecen persecución. (San Agustín, Sermón 94A, 2)

San Agustín lo dice claramente: "que nadie diga que los cristianos no padecen persecución". El verdadero cristiano siempre es perseguido. Cristo nunca ha sido aceptado por el mundo y por eso el cristiano no puede ser aceptado. No siempre es necesario esperar martirio violento. A veces el martirio sutil. Un martirio que se esconde detrás de las apariencias del mundo. Ignorar o despreciar a una persona es también martirio, aunque no lleve consigo derramamiento de sangre. 

Ser honesto y poner la Verdad por delante, conlleva ser odiado y despreciado. Quienes señalan la corrupción que nos rodea es incómodo. Cuando dejamos de ser útiles, aparece el silencio. Basta intentar comunicarnos con los demás para darnos cuenta que el silencio se va haciendo cada día más denso y aplastante. El silencio se ofrece como efecto de la tolerancia. Tolerancia que esconde el desprecio que el mundo tiene por todo el que no acepta sus premisas.

¿Qué hacemos ante este silencio? Lo más interesante es no deprimirnos ni desesperar. Seguramente el desprecio nos haga sentirnos decepcionados con tantas personas y estructuras humanas. Intentemos darnos cuenta que no perdemos nada siendo despreciados. Más bien todo lo contrario. Nos ayuda a darnos cuenta de quienes realmente nos aprecian y para quienes somos tan sólo útiles herramientas. Cuando la fraternidad es imposible, la soledad abre el camino hacia Dios. En todo caso, el Espíritu Santo será el mejor de los amigos que podamos tener. Él nunca nos abandona ni se aleja de nosotros.

martes, 17 de mayo de 2011

¿Has venido a acabar con nosotros?


“Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo”. Este espíritu no podía soportar la presencia del Señor; se trataba de ese espíritu impuro que había llevado a todos los hombres a la idolatría… “¿Qué acuerdo había entre Cristo y Satán?” (2C 6,15); Cristo y Satán no podían estar de acuerdo el uno con el otro. “Se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros?” El que así se exclama es un individuo que habla en nombre de muchas personas; eso da a entender que tiene conciencia de ser vencido él y los suyos.

“Se puso a gritar: ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’”. Atormentado y a pesar de la intensidad de los sufrimientos que le hacen gritar, no ha abandonado su hipocresía. Esconde el decir la verdad, el sufrimiento le aprieta, pero la malicia le impide decir toda la verdad: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret?” ¿Por qué no reconoces al Hijo de Dios? ¿Es este hijo de Nazaret el que te tortura, y no el Hijo de Dios?...

¿Acaso Moisés no era un santo de Dios? E Isaías y Jeremías, ¿no eran santos de Dios?... ¿Por qué no les has dicho: “Sé quién eres, santo de Dios”?... No digas “Santo de Dios” sino “Dios Santo”. Te imaginas que sabes, y no sabes nada; o bien si lo sabes, te callas por esa misma doblez. Porque no es solamente el Santo de Dios, sino Dios Santo. (San Jerónimo (347-420) Comentario al evangelio de Marcos, 2; PL 2, 125s)

-oOo-

Cada vez es más normal escuchar que las calles son lugar de escarnio para quienes creemos en Dios y somos fieles a la Iglesia. En Granada ha vuelto a acontecer uno  de estos episodios de odio a pocos días de la manifestación atea de Madrid. 

Este tipo de hechos me recuerdan al pasaje evangélico que San Jerónimo con tanta certeza comenta. ¿Qué quiere Cristo de nosotros? ¿Ha venido a acabar con algo? Cristo quiere que nos convirtamos y  que le sigamos. El demonio tenía toda la razón, ha venido a acabar con algo, con nuestro pecado.

¿Qué hace gritar a las personas contra nosotros? Solamente puedo imaginarme que les repele vernos reunidos en Nombre del Señor, ya que hacemos presente a Cristo en la sociedad. Entonces se comprenden los gritos e insultos. Aunque parezca que nos gritan a nosotros, no es así. Gritan a Cristo:

‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sabemos quién eres: el Santo de Dios’
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