jueves, 19 de enero de 2017

¡Unidad! Pero que sea verdadera, no sólo apariencias vacías. San Agustín

Podemos poner el símil de un cristal de una ventana que estaba perfectamente, pero la acción egoísta del ser humano ha ido partiendo de pedazos cada vez más pequeños y separados en sí. Cuando más separación exista, es más difícil ver el paisaje que ha detrás. Paisaje que en el símil sería Cristo que quiere transparentarse en el mundo a través de nosotros y de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene decidir que lo importante es que los trozos estén aparentemente unidos cuando las roturas hacen inviable que la ventana muestre el exterior? Hasta podemos engañarnos diciendo que lo importante es que entre luz y que cada cual se imagine el exterior como quiera. De hecho esto es lo que estamos haciendo desde hace décadas.

Empezamos la semana de oración para la unidad de los cristianos y como siempre, nos centramos más en la unidad aparente que en la unidad real. El objetivo es sacarnos algunas fotos juntos y decir que todos estamos muy interesados en la unidad. Decimos que “es más lo que nos une que lo que nos divide”, pero no valoramos el peso o profundidad de lo que nos separa. En la Iglesia Católica se hacen actos y grandes discursos para los medios, mientras internamente somos incapaces de vivir cerca unos de otros. Esto tiene un nombre claro: hipocresía.

Llamamos a la "unidad externa" mientras somos incapaces de establecer un diálogo interno que aclare qué nos pasa y qué es lo que queremos como Iglesia. Sin diálogo no se anda el camino en la unidad y dentro de la Iglesia el “silencio que desprecia”, se ha convertido en un arma. Cuando no hay respuesta al diálogo ofrecido, el Espíritu Santo no puede actuar. Nos lo explica San Agustín con claridad:

El que no está dentro de esa Iglesia, ni ahora siquiera recibe el Espíritu Santo. Cortado, pues, y separado de la unidad de los miembros, unidad que es la que habla las lenguas de todos, tiene que renunciar al Espíritu, no tiene el Espíritu Santo. Porque, si lo tiene, que muestre los signos que entonces se mostraban. ¿Qué significa que muestre las señales que entonces se mostraban? Que hable en las lenguas de todos. Me responde él: ¿Por qué? ¿Hablas tú las lenguas de todos? Las hablo, en efecto, porque toda lengua es mía, es decir, de aquel cuerpo del que soy miembro yo. La Iglesia, difundida por las naciones, habla todas las lenguas. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, y de ese cuerpo eres miembro tú; luego, como eres miembro de este cuerpo que habla todas las lenguas debes creer que tú las hablas también todas. La unidad de los miembros mantiene su concordia perfecta por la caridad, y la unidad habla las mismas lenguas que hablaba entonces un solo hombre. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan. 32, 7)

Las lenguas, que son las formas de comunicar, no son importantes para el Espíritu, porque su acción nos permite superar las murallas comunicativas. Lo que realmente nos separa o nos une, no son las apariencias del lenguaje, sino lo que sustancialmente se comunica cuando dialogamos. La Iglesia tiene un símbolo de unidad de gran valor y profundidad: el Papa. El Papa debe ser signo de unidad entre todos nosotros. Pedro es quien debe apacentar las ovejas y reunirlas en un solo rebaño. Da igual que sean de razas, colores y costumbres diferentes. Da igual que su forma de comunicarse sea diferente. Lo esencial es apacentar al rebaño y confirmarlo en la fe que nos une entre nosotros y nos une con la Iglesia desde el siglo I. De ahí la importancia del Papa como defensor de la Tradición Apostólica, que es sustancial para que las apariencias sean lo que más nos importe.

La caridad es fundamental. Es la sangre que nos debería unir. La caridad no puede detenerse por razones de política de grupo o de tendencia ideológica. Es cierto que la postmodernidad nos ofrece diversas falsas panaceas, como la armonía del silencio o la paz de la lejanía. Es cierto que la Iglesia lleva tiempo utilizando estas panaceas como forma de convivir internamente. Pero también es cierto que el silencio y la lejanía destrozan la unidad, por mucho que se ofrezcan como logros ecuménicos.

¿Qué es lo que vemos actualmente? Vemos que dentro de la Iglesia se van creando roturas en forma de guetos internos que viven “su” fe de diferente forma que los demás. Vemos que cada parroquia o grupo, personaliza la Liturgia para adaptarla a su estética y emotividad. Vemos que en algunos de estos guetos se habla más de sus segundos salvadores que del Evangelio y de Cristo. Vemos que la santidad deja de ser el objetivo, dejando paso a conceptos psico-sociales, como el liderazgo y la eficiencia misionera. Vemos que la evangelización se está centrando en elaborar atractivas estrategias de marketing que consigan discípulos que se unan a una especie de estrategia piramidal.

No podemos descartar ver en el futuro a tradicionalistas católicos, valdenses y luteranos aparentemente futuro. Unidos por “todo lo que nos une” que básicamente una etiqueta, pero incapaces de vivir la misma fe en verdadera comunión. Eso sí, a quienes señalan que esto es un macabro juego del maligno, se les margina sin misericordia alguna. La misericordia se reserva para quienes juegan al juego de la unidad aparente, vistiéndose con las modas eclesiales de cada momento.

jueves, 12 de enero de 2017

Misterio es símbolo y el símbolo no se inventa, nos es dado.

Para la inmensa mayoría de nosotros, un símbolo es algo aparente que carece de realidad. Cuando se hace algo para aparentar, se dice que se actúa de forma simbólica, cuando lo que se hace realmente es un simulacro.


Símbolo y simulacro son antitéticos. Se simula lo que no es cierto, se simboliza lo que es profundamente real pero es imposible de mostrar por sí mismo. Suelo poner el ejemplo de un símbolo de circulación que todos conocemos: peligro. Seguro que todas las personas responsables se detienen delante del símbolo y se preparan para no los posibles problemas que puedan encontrar. La pregunta que nos podrían hacer es ¿Te da miedo una forma abstracta pintada y puesta sobre un palo? Toda persona responsable dirá que a ellos no les asusta la señal, sino lo que simboliza: el peligro del que nos informa. La realidad que hay detrás del símbolo que evidencia su existencia. Lo simbólico es totalmente real, aunque no se pueda ver, tocar y comunicar por sí mismo y necesite de un medio llamado símbolo.


El Credo que rezamos todos los domingos se denomina también el Símbolo de la Fe. ¿Por qué? Porque proclamarlo en público evidencia la fe que tenemos y nos permite reconocernos como hijos de Dios y hermanos en Cristo. Por desgracia pocas personas saben lo que hacemos al profesar el Credo cada domingo qué estamos haciendo. El Credo se recita como una salmodia ininteligible más dentro de la Liturgia. Al recitar el Credo de esta forma estamos profanando y despreciando de nuestra fe. ¿Alguien nos ha dicho esto? Nadie. Hasta dudo que muchos sacerdotes sepan esto y los que lo saben, prefieren no meter el dedo en en la herida.


El cristianismo aparente es, por desgracia, lo más habitual hoy en día, pero ya ocurría en tiempos de Cristo (1). Nadie le extraña que pasemos nuestra vida de simulacro en simulacro, aunque después nos preguntemos las razones por las que cada vez hay menos personas en las misas, catequesis o celebraciones diversas. Terminamos replanteándonos si tanto simulacro es necesario y nos alejamos poco a poco de una fe que no entendemos y que al no entenderla, no puede llenarnos de esperanza. Esperanza, que es imprescindible para la caridad. Caridad que debería de ser: constante y secreta, porque nos lleva a una profunda experiencia de conversión. La caridad existe cuando dejamos que Dios actúe a través de nosotros y vemos la imagen de Dios en la persona necesitada.


La filantropía y la solidaridad sólo nos satisface de nosotros mismos y nos deja vacíos de trascendencia. Para el cristiano es esencial entender y vivir cada momento de la vida como una oportunidad de ver a Dios y dejar que actué a través de nosotros. Pero para ello nos encontramos con la necesidad de discernimiento:
Existe la necesidad de un continuo discernimiento para individualizar los caminos de la consumación de todo en Dios. Pero dicho discernimiento sólo es posible en el interior de un horizonte único, que se nos haya hecho inteligible a través de la Sabiduría divina, memoria del origen y del estado definitivo de la creación, manifestación de lo divino y forma sacramental de lo creado, para lo que hemos sido educados por la revelación bíblica y por la Tradición de la Iglesia. Nosotros no damos el significado a lo creado, como tampoco podemos darle sentido a los acontecimientos que tienen lugar en la historia. Si nos consideramos los protagonistas absolutos del conocimiento, entonces los significados que demos a las cosas o a los sucesos estarán casi siempre sometidos a la idea general o al interés que tengamos. Los límites de dicho enfoque los testimonia un simbolismo idealista o romántico, donde el vínculo, entre símbolo y realidad expresada, es convencional, artificial. En el simbolismo verdadero, en cambio, el símbolo expresa una  realidad que va más allá de si misma, que manifiesta en sí misma lo que es más que ella, que se revela también a través de ella porque es el reflejo de un doble orden de lo real fenoménico y ontológico. En esta perspectiva, el símbolo no se inventa, se encuentra dado. En este sentido, el pensamiento simbólico es un pensamiento religioso, precisamente porque es la percepción del vínculo de toda forma de vida con un principio superior. (Card. T. Spidlik, M. Rupnik, El Conocimiento Integral. La vía del Símbolo. C6 El Símbolo da acceso al conocimiento del mundo)


Permítanme dar un paso más allá de los que M. Rupnik nos indica. Vivir la vida como un símbolo constante de la presencia de Dios en nosotros, los demás y el mundo que nos rodea, es dar pasos hacia la santidad. La santidad no es un ideal al que nadie pueda llegar. Los santos nos atestiguan que la Voluntad de Dios es que la Gracia nos transforme de forma continua. La santidad no es recluirse para vivir alejados del mundo, sino vivir en el mundo como si no pertenecieramos a él (3).


Tampoco se trata de sólo de pensamiento simbólico, aunque sea imprescindible. Se trata de plantearse vivir como símbolo de Cristo cada segundo de nuestras existencia. Por eso hemos recibido los sacramentos y por eso accedemos a ellos siempre que los necesitamos. Ser símbolos de trascendencia en un mundo inmanente, es un escándalo para quienes viven aferrados a los cotidiano, funcional y relativo. M. Rupnik nos dice algo que debería de ser, pero que por desgracia no es frecuente: haber sido educados en la Revelación Bíblica y en la Tradición de la Iglesia. El cristiano medio vive su fe de forma asilvestrada, personal, emotivista y en demasiados caso trufada de continuos simulacros. Me acuerdo cuando leí por primera vez el “Tratado sobre los Sacramentos” de San Ambrosio de Milán. En esa obra encontré un entendimiento que nunca me había imaginado. Si una persona en el siglo IV hablaba así a otras que seguramente ni sabían leer ni escribir ¿A qué tememos para no hacerlo ahora a las personas actuales, teóricamente más formadas y capaces?


La respuesta es simple. Las personas del siglo IV tenían nociones y entendimiento de los que ahora carecemos. Entendían la relación entre el ser humano y Dios, porque la tecnología no la había distorsionado todavía. Entendían que Dios se manifestaba en torno suya a través de todo lo creado. Es verdad que era un entendimiento mágico, pero tenía a Dios como centro y motor de todo. Ahora creemos en una magia diferente, la tecnología. Es magia porque detrás de poder que posee está al ser humano, no a Dios. La tecnología hace aparentes milagros cuando la política y el dinero lo permiten.


El ser humano del siglo XXI, no ve más allá de su entorno socio-político-cultural y busca soluciones a través de otros seres humanos, administraciones e instituciones humanas. El marketing es una máquina de esclavización maravillosa y cada vez lo es más. En una sociedad dominada por apariencias, simulacros y espejismos sociales, los símbolos se convierten en un problema, porque nos devuelven a la Verdad e impiden que seamos engañados.


Como dice M. Rupnik, el símbolo no es inventado por el ser humano. El símbolo es por sí mismo, es donado por Dios. Todo lo creado tiene la huella dactilar de Dios y a través de la Revelación Natural y Sobrenatural, encontramos lo que hay detrás de las apariencias que nos rodean. Pero, claro, siempre que decidamos seguir a Cristo: negándonos a nosotros mismos, tomando nuestra cruz y siguiendo sus pisadas. Este es el camino de la santidad.


(1)          No todo el que me dice: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 7, 21)
(2)      Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6, 3)
(3)      Leer con tranquilidad lo que la carta a Diogneto nos dice sobre la presencia de los cristianos en el mundo.

lunes, 9 de enero de 2017

Ocho años en la red, demos gracias a Dios por ello.

Hoy cumple este humilde blog ocho años. Un nueve de enero de año 2009 comenzamos la andadura con un post que intentaba resumir lo que deseaba compartir a través de esta herramienta de comunicación digital: Misterio Cristiano. Ahora, ocho años después, vuelvo a replantearme el objetivo tras infinidad de vivencias interiores y exteriores. Mi interior no es el mismo, tampoco la Iglesia es la misma. La sociedad es la única que siguen dando pasos hacia el mismo sinsentido, ahora incluso más rápidamente que antes. La Iglesia ha perdido la fascinación por la trascendencia que vivió durante los años del Papa Benedicto XVI. Ahora la moda eclesial nos invita a andar e integrarnos en la sociedad que nos rodea. No hay que extrañarse, la Iglesia está compuesta por personas que también son sociedad y por lo tanto, viven su vida buscando coherencia a todos los niveles. El desafío es llegar a "no ser de este mundo", lo que conlleva andar el camino de la santidad. Santidad que conlleva ser despreciados por la sociedad y por la parte funcionalista de la Iglesia. Hace ocho años decía en el primer post:

“En el cristianismo (como en la mayoría de las religiones) es posible definir dos tipos de acercamientos a la Revelación. El primer acercamiento es externo, aparente, abierto al mundo y a la sociedad. El otro acercamiento es interno, trascendente, profundizador en los misterios de la Divinidad y los objetivos del Creador”

En estos momentos, lo aparente, lo funcional y lo humano, es lo que prima. Por ello es complicado que un blog, como este, consiga la misma relevancia que tuvo en determinados momentos. Relevancia que hizo que fuese invitado al Blogger Meeting que organizó el Vaticano en el año 2011.

Me pregunto ¿Qué hacer? Sobre todo porque mi otro blog /La Divina Proporción dentro del portal ReL/ resulta más sencillo de llevar, lo que ha hecho que haya ido dejando de actualizar este blog. Pero le tengo mucho cariño y no quiero olvidarlo. Hay entradas que siguen siendo relevantes en la red. Por ejemplo: ¿Qué es lo Sagrado?, que desde hace ocho años está en los primeros puestos de búsqueda dentro de Google. Es decir, este blog responde y guía aunque no tenga la vitalidad de los primeros años.

En una sociedad inmanente, laicista, funcionalista y postmoderna, parecería que nadie necesita saber qué es lo sagrado. Pero no es así, seguimos sintiendo el llamado que busca sentido de lo que somos y hacia dónde nos dirigimos. La respuesta no existe dentro de la dimensión funcional-socio-cultural que sociedad e Iglesia nos ofrece como referentes. Ya sabemos por los teoremas de la incompletud de Gödel que dentro de un dominio de definición no es posible encontrar respuestas de los dominios que están por encima y lo contienen. Deberíamos de tener claro unas cuantas cosas:

  • Las respuestas están en el plano místico, el plano del Misterio. Misterio revelado por Cristo, que es el Logos, la Palabra de da sentido a todo y a todos. No podemos esperar hallar respuestas trascendentes, profundas, liberadoras, dentro del funcionalismo postmoderno, con sus tendencias emotivistas y socio-culturales. 
  • El sentimentalismo y la inclusividad social no lo es todo. El Evangelio es la Buena noticia que deberíamos de llevar siempre con nosotros. Evangelizar es mostrar el Camino, la Verdad y la Vida a quien quiera escucharnos. Todo tiene sentido en Cristo, incluso el dolor y la muerte cobran sentido en Él.
  • Somos hijos de Dios, gracias al bautismo y la Gracia de Dios. No somos individuos que conforman una macro-estructura que busca automatizarse de forma óptima para beneficio del propio sistema. 
  • Nuestro objetivo es la santidad. Nos engañan cuando nos ofrecen ser discípulos de un credo funcionalista-empresarial, que asigna funciones-cargos-responsabilidades y si cumplimos la misión encomendada por el líder de turno, nos remuneran con gratificaciones emocionales. 
  • Las estructuras humanas no salvan. La Torre de Babel es el mejor ejemplo para quitarnos de la cabeza las soluciones basadas en funcionalismo y liderazgos humanos. ¿Cuál es la Panacea? Cristo que nos permite por medio del bautismo ser parte de Su Cuerpo, la Iglesia.
  • No podemos solucionar los problemas e incoherencias del ser humano mediante la relativización, poliedrismo, multiculturalidad ni ecumenismos corrompidos. La Solución vuelve a ser Cristo. Negarnos a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz y seguir sus pasos, era, es y será la solución
  • No podemos vivir encerrados en guetos homogeneizadores. Vivir alejados unos de otros, no sólo nos lleva a la indiferencia, sino que impone como sustituto a la caridad, la tolerancia y el desafecto. El ser humano tiene que vivir de forma que sus carismas se unan a los carismas de los demás, para que así nuestra naturaleza humana pueda ser herramienta dócil y eficaz en manos de Dios.
  • Es una locura monumental seguir a segundos salvadores, anteponiendo sus palabras, gestos, tendencias y defectos a la Palabra que ofrece el Agua Viva. Tenemos que seguir a Cristo según lo revelado por Dios.
  • La Tradición Apostólica es el mejor manual para discernir y entender. Los discursos de unos y otros, los shows mediáticos, las entrevistas a los medios y los comentarios de pasillo, no son más que ruido. Ruido que nos aleja de Cristo.
  • Unirnos todos en el Misterio Cristiano, que es Cristo revelado y sacramental, es la única y verdadera panacea a la que podemos acceder. Lo demás, son Torres de Babel que tarde o temprano caerán sobre quienes las construyen.

¿Tiene algún sentido escribir un blog con este perfil en pleno siglo XXI? Yo creo que sí y por eso sigo ilusionado con compartir con ustedes lo que el Espíritu humildemente sopla a mi humilde oído. Siempre dentro de la fidelidad más absoluta a Cristo, la Tradición Apostólica y la Iglesia Católica. Declaro que sólo dentro de la Iglesia hay salvación. También soy consciente que una pertenencia formal y socio-cultural no es más que un engaño a nosotros mismos.

Decía Karl Rahner: "El cristiano del siglo XXI será místico o no será", pues ya estamos en el siglo XXI y el cristianismo es todo menos místico. ¡Incluso somos incapaces de ponernos de acuerdo sobre el significado y entendimiento de la mística!

"Es complicado que hoy en día se acepte que la mística también es un camino intelectual y de acción, además de emotivo"
La mística nos lleva al Misterio y nos hace vivirlo en plenitud. Aunque a veces parezca lo contrario, el cristianismo no desaparece, aunque sea cada vez menos visible. Va quedando reducido a pequeños grupos de personas que buscan vivir su fe, esperanza y caridad, desde un plano diferente al funcionalismo postmoderno. Son el "Resto Fiel" (1), el conjunto de personas que son "escogidas" (2) por el Espíritu. Porque el mismo Cristo sabe que la fe se irá reduciendo hasta que parezca haber desaparecido (3). Quiera el Señor que estemos dentro de esto pequeño remanente que actuará como semilla para el momento en que Dios decida que caiga en tierra, muera y dé abundante fruto.

Aparte del Misterio Cristiano (vivencia), existe el Compromiso Cristiano (acción), que junto con el Mensaje Cristiano (evangelización), conforman un trío de elementos fundamentales para el cristiano. Espero seguir adelante con el compromiso adquirido hace ocho años y hacerlo con más asiduidad. El número de lectores es lo de menos. Aunque nadie me llegue a leer, el compromiso tiene sentido por sí mismo. Es el fruto que el sarmiento ofrece cuando vive unido a la Vid. Aunque nadie tome el fruto y caiga a la tierra, allí seguirán dando fruto por la Gracia de Dios. Gracias por estos ocho años y ya sabe dónde estoy para lo que necesite. Dios le bendiga en este año 2017 y ¡que sea la Voluntad de Dios la que nos guíe!



(1) Habrá un "Resto" fiel, "un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor" Sofonías (3, 12)
(2)Porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos. Mateo (22, 14)
(3) No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra? Lucas (18, 8)


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martes, 19 de julio de 2016

La incomprensibilidad de Dios. San Gregorio Nazianceno

¿Quién es capaz de comprender a Dios?  ¿Quién es capaz de llegar más allá de lo que Dios mismo nos ha indicado? Por desgracia el ser humano es capaz de subirse sobre su propia soberbia y creerse capaz de determinar lo que Dios no nos ha develado. Esta soberbia llega al punto de creer que la misma escritura humana puede revelar los Misterios revelados y hacerlos razonables y a la medida de nuestras mentes.

Debemos empezar, pues, una vez más como sigue: entender a Dios es difícil, pero expresarlo es imposible, como enseñó, no sin habilidad –creo yo–, uno de los "teólogos" griegos. Parecía haber entendido lo difícil que es hablar de Dios y evitaba al mismo tiempo toda refutación para con lo que había definido previamente como inexpresable. Yo pienso que hablar de Dios es imposible, y entenderlo, más imposible todavía. Porque lo que se ha entendido, tal vez podría ser explicado por la palabra, si no suficientemente, sí al menos de una manera oscura, al que no ha viciado totalmente sus oídos ni ha vuelto indolente su inteligencia. Pero alcanzar con el entendimiento esta realidad es absolutamente imposible e irrealizable, no sólo para los que se dejan llevar por la indolencia y se inclinan hacia abajo, sino incluso para los más elevados y amantes de Dios; es igualmente imposible para toda naturaleza engendrada, es decir, para quienes estas tinieblas y esta espesura carnal interceptan el conocimiento de la verdad. No sé siquiera si lo será también para las naturalezas más altas y espirituales, que, por estar más cerca de Dios y ser iluminadas por la luz plena, podrían ser esclarecidas, si no enteramente, al menos más completa y nítidamente que nosotros, unas más y otras menos, en proporción a su rango. (San Gregorio Nazianceno. Discurso 28, 4)

El camino de la santidad tiene un componente místico muy importante, ya que el santo es humilde e incapaz de sobrepasar la línea que Dios mismo ha trazado para nuestra comprensión de los Misterios. Todo razonamiento que sobrepase esta línea, aunque sea válido y se apoye en lo que ha sido revelado, constituye una profanación. Dios nos ha dona la naturaleza humana que tenemos. Esta naturaleza es limitada y herida por el pecado. Nuestro lenguaje no es capaz de transmitir los Misterios de forma total y completa. A los sumo somos capaces de encontrar analogías que símiles que nos ayuden a transmitir parte de la experiencia mística que podemos haber recibido de Dios.

Por ello debemos ser humildes, dóciles y prudentes. Dios le dijo: "No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra sagrada"(Ex 3, 5) ¿Qué significa descalzarse? Significa detrás las capacidades humanas a un lado y dejarse llevar por la Gracia de Dios. El calzado representa las herramientas humanas que nos permiten avanzar por el mundo. En tierra sagrada estas herramientas y habilidades humanas sólo nos pueden llevar a peligrosos errores. ¿Por qué le dijo Dios que no se acercara a la zarza ardiente? Porque los Misterio sólo pueden ser contemplado desde lejos y con suprema humildad. Moisés se tapó la cara porque temía ver a Dios, ya que ver a Dios significa dejar traspasar la naturaleza humana que nos da conciencia y consistencia.

¿Por qué los seres humanos queremos traspasar la línea del Misterio? La pregunta la podemos llevar hasta Adán y Eva. ¿Por qué comieron del fruto prohibido? Fueron tentados por la serpiente, que les ofreció ser como Dios. Ser como Dios sonaba tan maravilloso que no se pudieron resistir y pecaron. De igual forma, quien se cree capaz de llegar donde Dios no ha determinado que lleguemos, peca de arrogancia y soberbia. Lo más triste es que cuando queremos ser como Dios, lo único que hacemos es destrozarnos a nosotros mismos. ¿Qué le pasa a un globo que se llena con más aire del que puede soportar? Estalla y deja de ser lo que era antes. Su naturaleza le permitía contener una cierta cantidad de aire. Una vez roto, ya no tiene sentido, ha perdido su razón de ser.

En todo caso, será Dios quien decida hasta dónde su gracia nos permitirá llegar a cada uno de nosotros. No podemos exigir que nadie llegue más allá de la línea marcada, porque estaríamos haciendo violencia a la naturaleza de nuestro hermano..

jueves, 16 de junio de 2016

Culto, cultura y Liturgia

Hablar de Liturgia es hablar de un Misterio al que no es sencillo acercarse. Para una persona normal que se acerca a misa, hay tres esferas o dimensiones que debería considerar dentro de este Misterio:


  • Dios que se manifiesta a los seres humanos a través de los medios que ha dispuesto para ello
  • Los medios que Dios ha dispuesto para hacerse presente en medio de nosotros. Este es el espacio-tiempo de lo sagrado, que une y reúne al ser humano con Dios. De forma muy adecuada podríamos decir que nuestra religión es precisamente esto, la forma en que no re-ligamos con Dios.
  • Nosotros, usted y yo, que en la medida que comprendamos, sintamos y actuemos, podremos acercarnos a Dios a través de estos medios privilegiado.

¿Qué es la Liturgia? Podemos proponer una definición sencilla que nos sirva para introducir el tema, pero que se queda muy corta en todos los aspectos. Ya hemos dicho que es un Misterio, por lo que es imposible de definir plenamente. Liturgia es el conjunto de prácticas y reglas establecidas para la celebración del culto y las ceremonias religiosas. Ahora ¿Qué es el culto?

No crean que es sencillo definir qué es culto, ya que estamos reduciendo a unas pocas palabras una infinidad de dimensiones naturales y sobrenaturales. Culto serían las manifestaciones externas de una religión. El culto es parte importante de cualquier religión, porque es lo que nos permite evidenciar la fe de forma comunitaria. El culto tiene una relación directa con cultura.  Cultura es el conjunto de entendimientos, sentimientos y acciones que dan sentido a un grupo de personas y les permiten comunicarse y vivir, de forma unida, coherente y efectiva. El culto es cosustancial a una cultura que le da sentido.

Como católicos podemos valorar hasta donde todo esto tiene sentido para nosotros o estamos hablando de algo totalmente desconocido. Digo que es desconocido porque actualmente padecemos una serie de enfermedades sociales y espirituales que hacen que todo lo que hemos dicho antes pueda parecer de otro mundo. ¿Qué enfermedades padecemos?


  • Postmodernidad, que relativiza la cultura y nos induce a crear subculturas sin capacidad de comunicación mutua. Preferimos los grupos cerrados, en donde nos sentimos privilegiados y protegidos del “exterior”.
  • Emotivismo, que nos induce a dudar de la razón y a dale a todo un sentido emotivo en contradicción con el entendimiento y la voluntad.
  • Agnosticismo. Incluso dentro de la propia Iglesia. Creemos que Dios está tan lejos y le importamos tan poco, que le da igual todo lo que hagamos. La santidad deja de ser un objetivo y la posición social toma su lugar.


Estas enfermedades inciden en la cultura, en el culto y en la Liturgia. Hoy en día la “cultura común” se interpreta como una amenaza que nos impide ser nosotros mismos. El culto se ha degradado hasta conformar acciones socio-culturales en donde se reafirma la comunidad como una realidad en oposición a “los demás” y autoreferencial. El culto llega a ser una excusa para entablar y desarrollar relaciones sociales. La Liturgia termina por ser un espacio-tiempo creativo, que cada comunidad conforma a su imagen y semejanza. La sacralidad pierde sentido en este esquema antropocéntrico donde lo social es la dimensión relevante. De hecho el sentido de lo sagrado no existe en muchos católicos actuales.

En este momento eclesial la diversidad de culto llega a distorsionar completamente la unidad de la Iglesia. Para muchos la unidad no es más que una realidad “sentimental” que no tiene razón de partir de cultura, culto y Liturgia común. Tenemos Liturgias Tradicionales que conviven con neo liturgias muy diferentes. Tenemos ritos como el mozárabe o el Vetus Ordo que son capaces de atraer grupos más o menos limitados de personas. Tenemos el Novus Ordo, que teóricamente es el que celebramos de forma normal, pero que se celebra con integridad y coherencia pocas veces. En los ritos tradicionales prima el sentido de belleza y sacralidad. En los ritos modernos, lo importante es la componente socio-cultural que da sentido a la comunidad.

Aparte de la evidencia del culto y la Liturgia, dentro de la cultura tenemos una gran cantidad de divergencias doctrinales y de fe, que hacen que dos personas, que se dicen católicos, sean como el agua y el aceite en muchos aspectos eclesiales. Si somos muy estrictos con la definición de religión, podríamos decir que dentro de la Iglesia Católica existen muchas religiones diferentes que no siempre conviven cómodamente. Lo cierto es que la gran diversidad en el culto evidencia que no tenemos la misma cultura y esto conlleva graves problemas de comunión. A veces se dice que esto es “inculturación”, pero lo que realmente estamos haciendo es creando culturas intra-eclesiales diferentes que se cierran en sí mismas.

A todo esto ¿Dónde queda la dimensión sagrada del culto y la Liturgia? Tristemente está prácticamente olvidada. Los grupos que defienden las Liturgias Tradicionales, que guardan la sacralidad con cierta vitalidad, son vistos como peligrosos por los grupos que defienden el carácter socio-cultural de la fe y la religión. La unidad no es un camino sencillo aunque todo sea posible para el poder de Dios. Decía Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Summorum Pontificum, “…las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente” y no dudo que este fue el deseo del nuestro querido Papa Emérito. Ahora, si los católicos tenemos fe y cultura diferentes, el culto y la Liturgia nunca podrán ser comunes. Dicho esto ¿Quién se atreve a reclamar una misma cultura católica sin que le tachen de dictador y de cosas más feas aún?
En la segunda década del siglo XXI, la unidad eclesial es imposible de conseguir mediante las fuerzas humanas. La unidad ya es una obra que sólo Dios puede llevar a cabo. ¿Qué podemos hacer entonces?

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! (Salmo 126)

Podemos sufrir las consecuencias de la diversidad cultural y ofrecer este sufrimiento por la unidad que tanto ansiamos unos pocos. Podemos asistir a una Liturgia que no nos resulta cómoda y ofrecer este sacrificio por el bien de nuestra amada Iglesia. Podemos hablar de este problema con otras personas, para que sean conscientes de todo lo que nos separa y que no se trata de mala voluntad mutua. Se trata de un fino y eficaz trabajo diabólico. Podemos intentar dialogar dentro de la Iglesia, para que al menos, se comprenda que no todas las personas nos sentimos alineadas con una religiosidad aparente y socio-cultural, basada en hacer de los sacramentos unos entretenidos shows.

En este momento, poco más podemos hacer. Intentar que algo de la misericordia, de la que tanto se habla,  pueda llegar a quienes estamos en una lejana y mal vista periferia existencial.

domingo, 24 de abril de 2016

La esperanza no ha desaparecido

La Iglesia es santa, pero quienes la componemos no los somos. No cabe duda que el momento actuar nos revela que quienes componemos la Iglesia estamos enfermos de postmodernidad o como también se suele llamar, modernidad líquida. Cuando las células del cuerpo enferman, el cuerpo padece y nadie puede negar que el Cuerpo de Cristo padezca de problemas que crecen día a día. Pero no tenemos que desesperar. La Iglesia es un todo desde que fue instituida, por lo que no podemos decir que su santidad pueda ser puesta en duda. En todo caso, lo que vivimos es un dolor que no compromete su santidad, apostolidad y unidad.

El momento eclesial es realmente feo, con dudas,  enemistades, predisposición a las actuaciones sacrílegas y una lucha interna que no puede ser disimulada. No es una lucha que se pueda ver en los medios de comunicación, ya que estos sólo son capaces de ver la superficie del cuerpo eclesial. La lucha se libra dentro de cada uno de nosotros, ya que nos tientan con dulces voces de sirenas, para que olvidemos a Dios y nos centremos en el ser humano. No deberíamos escuchar estas voces, pero por desgracia son potentes e inciden en aquellas personas que no tienen conocimiento y voluntad suficiente como para ignorarlas. Estas personas, que durante décadas han sido formadas de forma leve, superficial y de manera proclive a aceptar soluciones humanas, son las células que realmente están sufriendo la enfermedad. Ellas son las que dejan de buscar la santidad y se conforman con la aceptación de sus debilidades humanas. Estas personas son las que se ven alejadas de los sacramentos, porque se les induce a pensar que son sólo apariencias sociales vacías. Estas personas son las que se alegran porque parece que la solución a sus pecados ya no es la confesión, sino la declaración eclesial de que no existe pecado.

Dios no es tonto ni le da todo igual. No es cómplice de nuestras infidelidades ni prisionero de nuestras limitaciones. Podemos decir mil veces que no existe pecado ni tampoco infierno, pero su existencia no parte de nuestros deseos. Esta cantinela es tan antigua como el mundo. Ya Adán y Eva la padecieron y les trajo consecuencias desastrosas. Sin duda son tiempos donde es imprescindible discernir, separar grano y paja, reconocer la Palabra de Dios entre tantos discursos humanos. Son tiempos de esperanza, para quienes sabemos que Dios no nos abandona ni nos repudia. Esperemos la venida del Señor con alegría y ánimos renovados. Los sacramentos seguirán siendo fuente de Gracia para quienes los vemos como signos sagrados y los intentamos vivir como tales. La sacralidad seguirá existiendo en templo que llevamos dentro de nosotros, aunque sea imposible de vivir en los templos físicos. Dios no nos deja de la mano, somos nosotros quienes nos separamos conscientemente de Él.

Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres: más la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada

Mt 12, 31

sábado, 27 de febrero de 2016

Sacramentos alternativos

La Iglesia, desde muy pronto en su historia, señaló la existencia de una serie de sacramentos, que han llegado a nosotros como siete. De ellos, el que resalta sobre todos los demás es la Eucaristía, porque mediante este sacramento nos alimentamos de la Gracia de Dios. También son importantes el Bautismo y la confirmación, ya que son la columna vertebral del acceso a la fe. Los sacramentos son signos por medio de los que Dios nos ofrece su Gracia. Gracia que puede ser rechazada aunque el signo se haya realizado de forma totalmente válida. Para la recepción de los sacramentos, hace falta estar en estado de gracia y predispuestos a abrir el corazón al Espíritu Santo.

Es curioso que esta doctrina tan clara y unificadora, hay perdido hoy en día toda su fuerza y consistencia. Pocas personas ven en los sacramentos algo más que ritos antiguos que conservamos por costumbres. De hecho muchas personas dan más importancia a las obras de caridad que a los mismos sacramentos. Las obras de caridad son maravillosas, pero los sacramentos lo son aún más.

En el pasado viaje del Santo Padre a México, se dio la oportunidad de hablar a que una pareja de personas que conviven como matrimonio, aunque no están casados sacramentalmente. Entre todo lo que dijeron, reseñó un párrafo que creo que es central:

"No podemos acceder a la eucaristía, pero podemos comulgar a través del hermano necesitado, del hermano enfermo, del hermano privado de su libertad" y "buscamos la manera de transmitir el amor de Dios"

Como es lógico, esta pareja no puede comulgar por su situación de convivencia. Esto les ha llevado a buscar una alternativa al sacramento y por eso dan un sentido sacramental a la obras de caridad que realizan. El problema es que no es lo mismo. La caridad no es un sacramento y además, sería muy beneficioso que quienes realizaran estas obras tan maravillosas, vivieran en total sintonía con la fe de la Iglesia. Con esto no quiero decir que estas personas no puedan hacer obras filantrópicas, pero no encontramos con algunos problemas. ¿Cuáles? Leamos un pasaje evangélico que habla justamente de eso:

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. (Mt 6, 1-5)

Cristo nos deja claro que las obras de caridad deberían ser secretas, nunca públicas, porque si las aireamos para justificar nuestra bondad, pierden el sentido de sacrificio que Dios desea. Si nuestras obras de caridad las utilizamos como palanca para reclamarnos buenos y perfectos, estamos más cerca del Fariseo que del Publicano. Este último se escondía en las sombras pidiendo perdón a Dios por ser lo que era. No creo que las obras de caridad deban ser utilizadas para justificar una situación de convivencia inadecuada que da testimonio erróneo dentro de la comunidad cristiana.


No dudo que este matrimonio se desviva por hacer el bien a los demás, pero esas buenas obras no son un sacramento y tampoco deberían ser utilizadas para justificarse a sí mismos. No creo que ninguno podemos tomar la palabra para decir que somos maravillosos y señalar que sufrimos por no poder acceder a los sacramentos. Ninguno tenemos derecho a los sacramentos y tampoco tenemos derecho a usar las buenas obras para justificar el acceso a ellos. Siempre es mejor quedarnos detrás, donde nadie nos vea y orar el Señor para que nos perdone nuestra múltiples infidelidades. Si podemos comulgar, debemos hacerlo sin que esto se comprenda como un privilegio ni un premio por nuestra caridad. Si hacemos algo bueno, es porque Dios nos ofrece su Gracia de forma gratuita y nosotros no la rechazamos.
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