viernes, 22 de junio de 2018

¿Qué es el Símbolo? ¿Cuál es su función?


Actualmente confundimos símbolo con signo o alegoría. Tenemos serios problemas para llegar a adorar a Dios en Espíritu y Verdad (Jn 4, 23). Si no nacemos de nuevo del Agua y del Espíritu (Jn 3, 5) no podremos entrar en el Reino de Dios. ¿Por qué? Porque seremos como aquellos que fueron invitados al banquete y rechazaron la invitación porque no era relevante.

Para el cristiano del siglo XXI es imprescindible tener muy claro qué es y qué no es símbolo. Para dar un paso hacia la comprensión, leamos lo que Marie-Madeleine Davy nos indica:

¿Qué es el símbolo y, también, cuál es su uso? Y ¿cómo diferenciarlo de la alegoría? Las Etimologías de Isidoro de Sevilla a las que los autores y escultores de la Edad Media recurrían gustosamente, precisan ambos términos. Así la alegoría es extraña al lenguaje habitual, y se llama  alieniloquium, pues otro es el sonido y otro el sentido que conviene  captar. Como una piedra preciosa, la alegoría posee diferente significado de la forma que reviste .En efecto, según Isidoro de Sevilla, el sonido o la forma no se corresponden con la realidad. En cuanto al símbolo, Isidoro, interpretando la etimología griega del término, lo toma como un signo (signum) que da acceso a un conocimiento. En griego la palabra δúμβολον (symbolum) significa también la tesera (tableta), cuya mitad se entregaba a los huéspedes con el fin de poder reconocerlos siempre. Las ciudades la empleaban con sus visitantes y los primeros cristianos también se sirvieron de ella como símbolo de unión. Esta interpretación no se aleja mucho de Yámblico que define el símbolo mostrando que presenta un signo, y que este signo establece una relación. También especifica que este término designa normalmente una secreta convención de los Pitagóricos. Para Juan Escoto Erígena, el símbolo es un signo sensible que ofrece semejanzas con las realidades inmateriales. Dichas semejanzas puedes ser puras o confusas. Las puras son exactas, y las confusas están plagadas de diferencias. (Maria-Madeleine Davy. Iniciación a la Simbología Románica)

Quizás nos ayude a entender a qué nos enfrentamos si pensamos en la etimología de la palabra: "diablo". Diablo proviene del griego dia-bolos, por lo tanto significa lo que separa. El símbolo une, da sentido, mientras que el diablo hace justamente lo contrario. Puede haber símbolo verdaderos o falsos. Son verdaderos cuando hacen su función perfectamente. Pero ¿Cuál es su función? Volvamos al texto de Marie-Madeleine Davy:

La función del símbolo consiste en religar lo alto con lo bajo, creando entre lo divino y lo humano una forma de comunicación que deje conjuntados uno a otro. No se trata de celebrar «el matrimonio del cielo y del infierno» según la expresión de William Blake, sino las nupcias de lo divino y de lo humano. Mircea Eliade ha mostrado que el símbolo no sólo « prolonga una hierofanía o actúa como sustituto», sino que su importancia proviene de «que pueda continuar el proceso de hierofanización, y sobre todo, porque, si llega el caso, él mismo es una hierofanía, es decir, que revela una realidad sagrada o cosmológica que ninguna otra "manifestación" está en condiciones de revelar».

De esta manera el símbolo, en su realidad profunda, da testimonio de la presencia de lo divino, traza un círculo en torno a lo sagrado y por este hecho es comparable a una revelación. El hombre siente así una experiencia más o menos inefable de lo divino que adopta formas diversas, dependiendo del punto de la trayectoria sobre la que los símbolos se sitúan y del nivel espiritual del hombre que deviene sujeto de dicha experiencia. (Maria-Madeleine Davy. Iniciación a la Simbología Románica)

El símbolo es mucho más que un signo, aunque ambos comuniquen un significado. El Símbolo representa y sustituye a lo representado. El signo tan sólo comunica algo entre un emisor y un receptor. El símbolo, como indica Marie-Madeleine Davy, re-liga una realidad superior con una inferior. Por ejemplo, si en química utilizamos el símbolo Na, estamos representando al elemento sodio en todas sus dimensiones y en toda su profundidad. En el caso de la religión, los símbolos enlazan en entendimiento limitado del ser humano, con una realidad sobrenatural que excede a la representación de la misma. Podemos decir el símbolo muestra el Misterio y nos permite llegar a entender parte de lo que hay dentro de la profundidad del mismo. 

Como indicaba antes, hay símbolos falsos, que mienten con ello, destrozan toda comunicación fiable. Estos símbolos son el arma del diablo, del maligno, para embaucarnos o hacernos pelear entre nosotros. Son fuente de divergencia y lucha, además hacernos perder la fe, esperanza y la caridad. Pero los símbolos hay que comprenderlos para acercarnos al Misterio que llevan consigo. No debemos quedarnos en la estética o en su sentido social, porque estaremos encallando la nave de nuestro entendimiento en bancos de arena superficiales. La superficialidad, la racionalismo limitativo y las estéticas, destrozan la comunicación entre nuestro ser y el símbolo que tenemos delante.

Por otra parte, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda cuando necesitamos comprender y profundizar en el entendimiento del símbolo. La Gracia de Dios hace posible que nuestra limitada inteligencia y cerrado raciocinio, supere sus limitaciones y profundice en aspectos imposibles de entender y vivir por nosotros mismos. De nada vale saber el significado de un símbolo, porque nos estaríamos quedando en la superficie del mismo. Adentrarse en el símbolo es lo que hacen los místicos. El conocimiento se expande en todas las dimensiones cuando el Espíritu Santo habla directamente a nuestro ser, nuestro corazón. Entonces aprehenderemos aquello que va más allá de lo visible, entendible y razonable, pero, posiblemente no seamos capaces de comunicar a los demás esa revelación que hemos recibido. Tan sólo podremos vivir la revelación, encontrando el símbolo en nosotros mismo y dándole vida en la plenitud que Dios ha estimado conveniente. Esta es la razón por la que el lenguaje místico es imposible de comprender en su totalidad. El lenguaje místico intenta comunicar con palabras el Misterio que no puede ser explicado con nuestras limitadas capacidades.

Leamos otro fragmento esclarecedor del mismo libro que ante he citado:

¿Cómo manifestar la naturaleza o la presencia de Dios, si no es por símbolos? En este aspecto, un texto de Máximo de Tiro evoca perfectamente lo que queremos expresar: «Dios Padre de todas las cosas y su Creador, es anterior al sol y más antiguo que el cielo; más fuerte que el tiempo y la eternidad, y más fuerte que la naturaleza entera que transcurre... Su nombre es indecible, y los ojos no podrían verlo. Entonces, al no poder captar su esencia, buscamos ayuda en las palabras, en los nombres, en las formas animales, en las figuras... en los árboles y en las flores, en las cimas y en las fuentes. Con el deseo de comprenderlo, en nuestra debilidad, préstamos a su naturaleza las bellezas que nos son accesibles... Es una pasión similar a la del amante, para el cual están dulce ver un retrato del ser amado, o incluso su lira, su jabalina... (Maria-Madeleine Davy. Iniciación a la Simbología Románica)

Seguramente nos planteemos qué hacer con los símbolos. ¿Qué tendríamos que hacer? Si lo usamos como objetos de poder, estaríamos dando peligroso pasos hacia la magia. Magia que sabemos que es falsa en sí misma. Sí los admiramos desde la estética o la culturalidad, estaríamos quedando sólo en la superficie del Misterio que representan. Los símbolos hay que contemplarlos más allá de sí mismos, mientras rogamos al Espíritu que nos revele aquello que nos cambiará, nos convertirá, nos transformará por medio de la Gracia de Dios. Como cristianos, nuestro fin es llegar a ser símbolos vivos de Cristo. Símbolos que reflejen al Señor a los demás. Símbolos que les desafíen a no permanecer que actitud quietista o pelagiana, racionalista o emotivista. Símbolos que contagien una pasión similar a la del amante, para el cual están dulce ver un retrato del ser amado, o incluso su lira, su jabalina... Esto sí es evangelizar y parece que se nos ha olvidado complemente.

sábado, 16 de junio de 2018

Elementos del Símbolo del Sagrado Corazón de Jesús



Celebramos el mes del Sagrado Corazón de Jesús y por ello no viene mal recodar los elementos que componen su iconografía. Para muchos católicos actuales, el Sagrado Corazón de Jesús es poco más que una imagen más dentro de la infinidad de imágenes que se veneran dentro de la Iglesia. Pero el Sagrado Corazón es algo más que “una imagen más”. Por otra parte, el culto al Sagrado Corazón de Jesús derivó en el siglo XIX hacia un emocionalismo irracional que ha llevado a que muchos lo vean como algo pasado de fecha y totalmente prescindible. Desgraciadamente, cuando dejamos que las emociones suplanten el entendimiento, cualquier manifestación sagrada queda convertida en un elemento cultural más. Veamos entonces los elementos que componen la iconografía y reflexionemos brevemente sobre ellos:

  1. El Corazón. Se encuentra en el centro del símbolo, representando la centralidad, el ser de Cristo, Hijo de Dios. No se trata de una representación de emoción alguna. En todo caso, lo que entendemos al ver el Corazón es la fuente de Agua Viva que se nos ofrece para beber.
  2. La Cruz. La Cruz que se muestra sobre el Sagrado Corazón representa el sacrifico del Señor, la redención que Dios planeó para todo aquel que acepte a Cristo. En la Cruz Dios es elevado como fue elevado la serpiente de bronce por Moisés. “…Y como Moisés, levantó la serpiente (de bronce) en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:14). La Cruz nos habla de la vida como sacrificio a Dios y del camino para ser discípulos fieles.
  3. La corona de espinas. La corona de espinas tiene dos entendimientos unidos: la realeza de Cristo y el sufrimiento que conlleva hacer la Voluntad de Dios. No existe corona espiritual sin el sufrimiento que transforma y convierte. La corona de espinas nos muestra que el camino a la santidad es la única jerarquía verdadera para Dios.
  4. Las llamas. Las llamas que salen del Sagrado Corazón representan la Caridad. Dios es Amor-Caridad. No se trata de amorcillo o querencia humana, tal como muchas personas lo quieren entender hoy en día. La Caridad es donación de sí mismo a Dios, para servir a Su Voluntad.
  5. La llaga. Representa la herida abierta por la punta de hierro en el costado del Señor. San Agustín dice que el divino Corazón se abre para acogernos en vida y en la hora de la muerte. La herida en el costado produce que salga del cuerpo de nuestro Señor sangre y agua dando final a la agonía que representa la vida humana.
  6. Sangre y agua. Representan la materia sagrada que Dios nos ofrece a los seres humanos. La materia que nos re-liga, nos conecta, nos re-une con su Voluntad. Hablamos de los Sacramentos, aunque la sacralidad se extiende mucho más allá. El mismo símbolo del Sagrado Corazón forma parte de esta materia sagrada que Dios nos ofrece. Agua, que nos muestra la conversión. Sangre, que nos muestra el final que nos llegará con la muerte. Entre una y otra, se eleva Cristo, como símbolo vivo de la Eucaristía.
  7. La luz, que sale del Corazón y se expande hasta el infinito. Representa los efectos de la redención y también el llamado a todos los seres humanos. Dios ha nacido entre nosotros y nos ha dicho que todo y todos, tenemos sentido en Él. Esta luz muestra la acción del Espíritu Santo en todas las acciones del cristiano. La evangelización no es una acción que tengamos que realizar, sino una realidad viva que se desprende de cada corazón humano que se ha unido con el Divino Corazón del Señor.


El símbolo del Sagrado Corazón de Jesús no es algo que aparece de repente a finales del siglo XVII cuando Santa Margarita María de Alacoque recibió las apariciones del Señor. Es un símbolo que ha estado presente desde mucho antes. De hecho hay referencia escritas en el siglo XIII e imágenes muy anteriores.

Los católicos del siglo XXI casi nos hemos olvidado de la importancia del Símbolo en nuestra fe, por lo que el Sagrado Corazón ha dejado de ser fuente de devoción y luz en el camino espiritual de la Iglesia. Pero no desesperemos, Dios sabe escribir recto con renglones torcidos. El hecho de que recordemos este símbolo en este humilde blog y que usted haya leído estas reflexiones, indica que el Sagrado Corazón sigue vivo en nosotros. Dios no nos olvida.

lunes, 21 de mayo de 2018

¿Necesita el ser humano del siglo XXI lo Sagrado?


He estado mirando cuál es el post más leído de este humilde blog y tengo que indicar que el segundo de los publicados: ¿Qué es lo Sagrado? es el que se lleva todos los honores con poco menos de 14.000 visitas. Si les soy sincero no me extraña lo más mínimo. No es frecuente que alguna persona nos explique qué es lo Sagrado y le dé sentido en nuestra vida actual. Alguna vez en la vida seguro que nos hemos puesto a pensar en ello y seguro que hasta hemos podido tener la tentación de buscarlo en google. Esta es la principal razón de la popularidad del post.

Pero ¿Necesita el ser humano del siglo XXI lo Sagrado? Para responder a esto es mejor responder antes a otra pregunta ¿Qué es lo sagrado para el ser humano del siglo XXI?

En su acepción más superficial, "los Sagrado" es aquello a lo que debemos respeto reverencia, debido a que tiene implícito un cierto tabú. ¿Qué tiene este tabú hoy en día? Podemos hablar de los famosos a los que hay muchas personas que admiran. Podemos hablar de ciertos tópicos socio-culturales que no pueden ser cuestionados porque nos lloverían insultos hasta agresiones físicas. Lo Divino, lo trascendente sólo guarda un ligero y superficial tabú cultural. Sobre todo en determinadas regiones en los que la religión y cultura se mezclan una o más veces al año.

Pero lo Sagrado está más allá de lo social y lo cultural que tanto respetamos. Lo Sagrado es un vínculo de comunicación entre Dios y nosotros. Lo Sagrado conlleva reflejo, analogía, imagen y semejanza de Dios en lo creado y en lo revelado. Por ejemplo, una cruz es sagrada por lo que simboliza, no por su material, su utilización cultural o el sentido social que se le dé. Un sacramento es sagrado, porque Dios se hace presente en él y se comunica a nosotros. En el caso de la Eucaristía tenemo el culmen de lo sagrado, ya que es verdadera Carne y Sangre del Señor. Quien se queda en la apariencia de la Eucaristía, sólo ve una galleta. Quien se queda en el aspecto social, sólo ve que se genera una dinámica comunitaria inclusiva en torno. Quien se queda con el aspecto cultura, ve una costumbre, una tradición, que tiene valor por sí misma.

Volvamos a la pregunta que dá título al post: ¿Necesita el ser humano del siglo XXI lo Sagrado?  La respuesta es SÍ. Cuando el ser humano pierde el sentido de la trascendencia acepta sustitutos de todo tipo. Cambia a Dios por líderes humanos. Cambia el Evangelio por los escrito ideológicos que le dan un sentido a su vida. Cambia el respeto reverencial a lo divino, por un respeto reverencial a lo social. Cambia la unidad con Dios por la unidad socio-cultural de un grupo humano determinado. Dar sentido a los sagrado es complicado para las personas que vivimos en el siglo XXI. Tenemos tantos ídolos que venerar, grupos humanos a los que pertenecer e ideologías que defender, que Dios queda oculto por las estructuras que hemos ido creando en torno del Él. 

A veces hay que ser valiente y hacer como Moisés en el monte Horeb. Llegar hasta la Zarza Ardiente sólo se consigue dejando atrás todo y dejando que sea la Gracia de Dios quien nos guíe en el camino. ¿Quien tiene confianza en que Dios nos llevará a Él en pleno desierto, en una montaña desprovista de vegetación y áspera en todo momento para nosotros. Pero hay que seguir adelante. Aunque nos veamos ascendiendo solos y sintamos que nuestras manos se queman por el contacto con las piedras ardientes. Dios nos espera. Mientras ascendemos, sólo lo sagrado nos recuerda que Cristo es Camino, Verdad y Vida. Esta es la clave y esa Clave sólo es Cristo, el Logos. 



domingo, 1 de abril de 2018

Feliz Pascua 2018



Parecía, pues, que se había satisfecho la sentencia ya que el hombre -que había sido hecho para vivir si no pecaba- comenzaba a morir. Con todo, a fin de que la gracia de Dios perdurase, murió el hombre, pero Cristo halló la resurrección, es decir, que El quiso reintegrar el beneficio celestial que se había perdido por el fraude de la serpiente. Ambas cosas (muerte y resurrección) fueron, pues, para nuestro favor, porque la muerte es fin de los pecados y la resurrección es reformación de la naturaleza (San Clemente de Alejandría. Los sacramentos. I, IV, 17)

La resurrección de Cristo nos muestra que la muerte no es el último destino del ser humano. La vida no es el único tiempo que debemos de considerar, ya que después de morir encontraremos la Mano de Dios, tendida. Si no rechazamos esta Mano, podremos vivir en la Gloria. Aunque tengamos que pasar un tiempo de purificación en el Purgatorio. Pero, si la rechazamos, entonces viviremos una vida de eterna lejanía de Dios.

Feliz Pascua 

martes, 20 de marzo de 2018

La valentía de preguntar

Comencé este blog el nueve de enero del año 2009. Ya han pasado casi diez años. Cuando abrí este blog, lo hice con la certeza de que sería acogido y valorado, en lo poco que pudiera aportar. En aquellos momentos vivimos un momento de gracia en la red. Un momento en el que muchos confluimos en la blogosfera para aportar un granito de arena de testimonio de nuestra fe. Una fe que se sentía acogida por la Iglesia y un esfuerzo que sentíamos que era valorado por la Iglesia en su totalidad. La red se presentaba ante los católicos como un continente lleno de oportunidades de evangelización. Un continente lleno de posibilidades y peligros. Hoy, mirando este blog, he podido comprobar la gran cantidad de blogs que han quedado mudos. 

Blogs que eran como pequeñas velas en la inmensidad de la red. Velas que querían guiar a aquellas personas que buscaban el camino hacia una fe trascendente y profunda. 

¿Qué ha pasado con todos estos blogs? Lamentablemente ha desaparecido la cálida acogida eclesial de hace diez años. Antes nos sentíamos una oportunidad eclesial. Ahora sentimos que se sospecha de nosotros y que siempre hay alguien dispuesto a maltratarnos porque no nos ajustamos al canon eclesial del momento. En el mejor caso, nos ignoran con desprecio. De sentirnos colaboradores, hemos pasado a sentirnos fugitivos. Lo fácil es echar la culpa a tal o cual persona, prelado o tendencia eclesial, pero la culpa no es directamente de estas personas o sensibilidades eclesiales. La culpa es de nosotros mismos, los católicos. Todos tenemos parte de la culpa. 

Nos hemos ido volviendo obtusos, histéricos y melindrosos. Desconfiamos de todos los que nos rodean, porque los sentimos como potenciales maltratadores. Nosotros mismos, tendemos a filtrar el mosquito mientras nos tragamos el camello con satisfacción. 

No podemos decir que la aparente “iglesia de puertas abiertas” nos acoja, pero nosotros tampoco andamos con demasiadas ganas de acoger a nadie. Así, cerrados en nosotros mismos, escalamos peldaños en la postmodernidad que nos oprime. Hay un malsano regocijo en el resentimiento y la desconfianza. Un regocijo de sentirse víctima que mira la yermo que tiene delante. ¿Qué hacer ante le yermo en que la Iglesia se ha convertido? Si echamos la vista atrás, encontramos este tema en el mito de Parsifal. 

Parsifal estaba destinado a sanar la herida del rey pescador. Herida que lo incapacitaba para devolver a la tierra su fecundidad. Parsifal vivió mil aventuras simbólicas en su viaje. Aventuras que debían de prepararlo para el momento crucial. El momento en que vería una enigmática procesión en el castillo del rey pescador. ¿Qué tenía que hacer Parsifal? 

No se trataba de destreza militar o de audacia con las armas o temple ante el peligro. Era todo mucho más sencillo. Únicamente tenía que preguntar qué significaba la procesión y lo que se veneraba el ella.

La primera vez que Parsifal se encontró en esa situación, no fue capaz de preguntar. Su silencio alargó la agonía del mundo. Tuvo que vagar largos años hasta encontrarse ante  la misma ocasión de nuevo. Entonces no dejo pasar la ocasión. Preguntó y su pregunta liberó al rey pescador de la herida que le afligía. El mundo cambió, volviendo los días de esplendor y fecundidad.

Tal vez debamos dejar de mirar las heridas que llevamos encima y atrevernos a preguntar con valentía. 

¿Qué significa la situación eclesial que vivimos? ¿Qué son los signos que se presentan ante nuestros ojos? ¿Qué sentido tiene la fe cristiana hoy en día? ¿Por qué el Reino sigue yermo y nuestros esfuerzos son incapaces de cambiar lo que sucede? No se trata de hacer-hacer-hacer, sino de entender, arrodillarnos con humildad y dejarnos transformar por la Gracia de Dios. Quedan pocos blogs y los que quedan, a duras penas ocultan el desánimo que anida dentro de nosotros. 

Quizás sea el momento propicio para dejarnos transformar por el Señor. La Pascua está delante, muy cerca. El tiempo es propicio.

martes, 3 de octubre de 2017

Rompo el silencio con una pregunta...



¿Tiene sentido que un perro se pase el día ladrando, cuando nadie le hace caso y además, molesta a quienes no quieren escuchar sus ladridos? 

No creo que podamos negar que la Iglesia ha cambiado sustancialmente. Lo sagrado, que antes era sustancial, ha sido sustituido por "lo social", buscando un compromiso que permita que cada cual viva y deje vivir. Actualmente vivimos una variedad de nuevas religiones intraeclesiales. Incluso si utilizamos los mismos signos, el entendimiento de ellos cambia radicalmente de un católico a otro. Los sacramentos se han convertido en signos sociales, por lo que dejan de tener las restricciones de acceso que antes existían.

Para la inmensa mayoría de los fieles, los sacramentos son signos de inclusividad social, dentro de una iglesia que aspira a tener las "puertas abiertas" para todos y a todo.  

Muchos prelados y personas encuentran maravilloso el sentido social que se puede deducir de la Encíclica Amoris Laetitia. El sacramento del matrimonio se ha convertido en algo tan relativo y adaptable, que podemos seguir accediendo a todos los sacramentos, aunque se viva de forma contraria a lo que Cristo nos pide. Si protestas por ello, te llaman de todo menos bonito. ¿Razón? Porque rompes la "armonía social inclusiva" con razonamientos incómodos, que no merecen ser considerados.

Miren la imagen que he incluido en este post. Es un ejemplo de arquitectura postmoderna. Yuxtaposición de estilos, formas, funcionalidad y pérdida de un sentido global y sustancial. ¿Tiene sentido protestar delante de un edificio como este? La gente pasa por delante indiferente. Quien quiera vivir en la parte clásica, puede hacerlo. Quien quiere vivir en la parte moderna, no tiene problema alguno. Quien quiere pasar de una a otra, tiene libertad para hacerlo. Quien ignora todo, sigue adelante como si nada.

A la inmensa mayoría de los fieles les da igual el significado de lo sagrado. No va con ellos, porque tienen asuntos más importantes a los que dedicarse. 

Somos pocos los que sentimos que nos han robado nuestra religión, trasformado nuestra fe y nos excluyen si protestamos. Somos como perros que ladran y ladran. Molestamos y en el mejor caso, nos ignorarán. La garganta inflamada nos impedirá seguir ladrando tarde o temprano.

Es evidente que dentro de la Iglesia ya existen una amplia variedad de religiones. Aunque nos reunamos en un mismo sitio con un rito medianamente común, la realidad es que celebramos cosas muy diferentes. Aunque la Liturgia aparente ser la misma, hay muchas formas de entender, celebrar internamente y vivir, los mismos signos. Hace unos días leía un artículo que decía que caminamos hacia una iglesia católica no confesional. Ser católico es aceptar el universo humano de entendimientos de la fe y la ausencia de fe. Dicen que Dios no es católico sin que pase nada.

Se nos olvida que además de católicos, somos apostólicos. Apostólicos porque aceptamos que la catolicidad debe estar referida a la Tradición Apostólica y no a la tolerancia postmoderna imperante.

En la Diócesis de Turín se lleva celebrando una “misa ecuménica” desde hace tiempo. Esta misa va cambiando de templo para que comunidades luteranas, evangélicas, valdenses y católicas, puedan compartir la misma celebración. Como es lógico, desaparece la presencia de Cristo en la consagración. ¿Por qué? Para no causar problemas y permitir que la reunión sea amistosa. Esta misa está apoyada por el obispo turinés y por la Santa Sede, por lo que su celebración no es algo marginal o secundario. ¿Qué es lo importante en esta misa ecuménica? La comunidad que se reúne y convive, para dar gracias a un dios lejano e indiferente. Un dios que cede el protagonismo al ser humano, porque le damos igual. Ya no tiene sentido “amar a Dios sobre todas las cosas”, ya que lo importante es amarnos a nosotros mismos por encima de todo. Incluso encima de Dios. En este contexto, parece innecesario que nos preocupemos por posibles cismas formales, ya que en la iglesia parece que todo cabe. Todo cabe mientras que nadie ponga en duda lo que otros hacen, creen o predican. Entonces se excluye a quien evidencia que el rey está desnudo.


¿Qué consecuencias tiene todo esto?


  • La primera consecuencia es el alejamiento de los fieles. Un alejamiento similar al que se sufre en los entornos luteranos o anglicanos. Como aceptamos que le damos igual a Dios ¿Qué sentido tiene reunirnos en comunidades, cuando al hacerlo, siempre terminamos peleando o ignorándonos con hipócritas caras sonrientes? 
  • Otra consecuencia es la pérdida de sentido de toda evangelización. En el mejor de los casos, cada uno de los entornos y sensibilidades eclesiales, entiende el Evangelio de forma diferente. Para algunos el Evangelio es activismo socio-solidario, para otros es activismo socio-organizacional, para otros es socio-cultural, para otros es diversidad de emotivismos estéticos, para otros es diversidad de herméuticas cognitivas. 
  • Se implanta una eclesialidad basada en dos palabras palabras: liquidez y postmodernidad. Lo único que no se acepta es proclamar que la Verdad es absoluta y que debemos adorarla tal cual se revela al mundo. Además, como dice el Cardenal Marx, no hay posible vuelta atrás. 
  • Exclusión para quien no se adhiera a la nueva religión. Los que se opongan a la liquidez eclesial se van quedando fuera. Fuera en una "teórica" iglesia que se predica como "de puertas abiertas" y "llena de misericordia". Véase lo sucedido con el prestigioso académico Josef Seifert, como ejemplo de la forma de actuar. Formas de actuar que han sido avaladas desde lo más alto de la Iglesia. Recordemos el ejemplo de los clavos. Clavos que "se sacan haciendo presión hacia arriba. O se los coloca a descansar, al lado, cuando llega la edad de la jubilación".
  • Las dimensión sagrada desaparece. Es innecesaria frente a lo social. Se pueden celebrar banquetes de Basílicas y pasear a dioses hinduistas por nuestros templos, convertir el templo en zona de recreo o en un dormitorio.
La sociedad reclama que la nueva iglesia y la nueva religión sean así. Una iglesia y una religión líquidas, maleables y adaptables a cada uno de nosotros. Si actualmente podemos definirnos a nosotros mismos como lo que queramos. ¿Qué sentido tiene dar un sentido transcendente y sagrado, a espacios arquitectónicos que pueden ser utilizados para socializarnos con regocijo de todos. Bueno, de todos menos de una minoría a la que se desprecia. Una minoría a la que se echa a patadas por ser rigorista, farisea, cara de pepinillo en vinagre, corrupta y hasta indigna de la salvación.

Cabe preguntarnos ¿Qué podemos hacer? La opción de ladrar vale para desahogarnos momentáneamente, pero ladrar de forma continua no nos llevará lejos. Más bien nos desesperará y nos hará desentendernos de la fe que tanto nos duele en nuestro corazón. Corazón que debería ser Templo del Espíritu Santo. Si dejamos que sea lacerado, con tanto dolor terminará por convertirse en un espacio de sufrimiento. No deberíamos dejar que el mundo nos hiera en el corazón, porque estaríamos perdidos. ¿El silencio? Es casi una obligación. Tenemos que buscar en silencio a Dios en nosotros y ser fieles a Cristo. Pensemos en Job y no perdamos de vista su ejemplo. No renegar de Dios, aceptar sus designios y tener la esperanza siempre viva en nuestro interior. ¿Esperanza en el mundo? ¡No! Esperanza en Cristo y en sus promesas. Si no podemos vivir la fe en una comunidad, al menos vivámosla con alegría y en silencio en nuestro corazón. Como el publicano, puede llegar el momento que nos pongamos al fondo de la iglesia, para no molestar y pedir perdón a Dios por nuestros pecados. En la penumbra, sin que nadie repare en nosotros. Dios nos ve aunque nadie más repare en nosotros. La comunidad que nos rechaza, es lo de menos. Dejemos que sigan dándose culto a sí mismos y alabando la dimensión socio-cultural de su humanidad.


miércoles, 21 de junio de 2017

Silencio, es la Palabra...


La evangelización camina en estos momentos por el campo de la gestión de recursos humanos y el marketing de medios y eventos. Como muchas personas piensan, en todo ello se huele el mal olor del humo del maligno. Yo tengo poco que decir ahí, porque no comparto las bases sobre las que se está montando actualmente. Las redes sociales han cambiado mucho en los últimos años, por lo que es necesario replantearse muchas cosas. La misma Iglesia es muy diferente a la que disfrutábamos hasta hace unos 5-6 años. Hoy en día se disfruta echando, marginando y despreciando a los que deberían ser considerados como hermanos en la fe. Los blog han dejado de tener sentido, ya que lo que hoy en día nos seduce son los shows mediáticos y los lideres. Líderes que no dejan de ser multicopias de Flautistas de Hamelin. 

No es lógico seguir actuando en unos espacios sociales donde la actividad es nula y “hagas lo que hagas”, recibes golpes de alguna de las tendencias eclesiales del momento. Como personalmente estoy muy lejos de alinearme con ningún grupo, sesgo o tendencia eclesial, es mejor el silencio que dedicarme a generar ruido mediático. El ruido mediático es cada día más tóxico e insoportable. Los medios toman las noticias eclesiales y las convierten en shows con los que llamar la atención de un mundo cada vez más saturado y descreído. Por desgracia, hoy en día tenemos demasiados líderes dispuestos a golpearnos con saña, mientras repiten el mamtram de moda: "misericordia, misericordia, quién soy yo para juzgar". La Iglesia ya no es un espacio de libertad, porque la Verdad se ha convertido en postverdad interpretable por quienes nos venden remedios humanos al dolor espiritual.

Por todo ello les comento que voy a reducir un poco más mi presencia en las redes a partir de final de este mes de junio. Les comento los pasos que voy a ir dando:

1.- Dejaré de publicar pensamientos de San Agustín en este perfil personal, centrando su publicación en el grupo que tengo para ello: https://www.facebook.com/groups/pensamientosagustinianos/
2.- Reduciré el Nº de contactos en mi perfil de FB poco a poco. Tener cerca de 1500 contactos y muchos seguidores con quienes no intercambio palabra alguna desde hace años, me parece que no es lógico. Me quedaré con las personas con las que he interactuado de forma positiva en los últimos meses. 
3.- Saldré de todos grupos en los que no participo, ya que es innecesario estar donde no se vive realmente. Tampoco aceptaré entrar en grupos de FB por la misma razón.
4.-Mis blogs andan casi sin actividad. Este es uno de ellos. No encuentro temas que compartir sin que generen polémicas, comentarios y ataques de unos u otros. Reflexionaré sobre la conveniencia de cerrarlos o replantear totalmente su actividad. Los blogs ya no tienen capacidad de unión alguna, como sí pasaba hace algunos años. 
5.- Seguiré contestando gustosamente los mensajes privados que me envíen y colaborando en todo aquello que no genere ruido y enfrentamiento mutuo.
 
Les recomiendo que lean el último libro del Card. Sarah: la Fuerza del Silencio y reflexionen sobre el insoportable ruido mediático en el que vivimos sumergidos diariamente. Leamos un breve párrafo de este libro:

En Nazaret Dios estaba junto a Dios constantemente y en silencio. Dios hablaba con Dios en silencio. Cuando los hombres se interrogan sobre ese silencio, penetran en el misterio insondable y silencioso de la Trinidad. La vida pública de Cristo estuvo enraizada y fundamentada en la oración silenciosa de su vida oculta. El silencio de Cristo, Dios presente en un cuerpo humano, está escondido en el silencio de Dios. Su palabra terrenal se halla habitada por la palabra silenciosa de Dios. Toda la vida de Jesús está envuelta en el silencio y el misterio. Si el hombre quiere imitar a Cristo, le basta con observar sus silencios.

Siguiendo la recomendación del Card. Sarah, vivamos el silencio y el recogimiento como oración constante al Señor. Son tiempos en que el silencio es la protesta más fuerte frente a las dictaduras relativistas de dentro y de fuera de la Iglesia.
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