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domingo, 1 de febrero de 2015

Los signos preceden la misericordia. San Jerónimo



En pleno siglo XXI hablar de signos milagrosos parece algo que no va más allá de los cuentos y las películas. Todo lo que nos rodea se explica por medio de la ciencia y todo lo que logramos cambiar, se realiza por medio de la técnica. ¿Para qué necesitamos a Dios? Pareciera que nos bastamos nosotros mismos.

Si nos fijamos en el Evangelio de hoy domingo, Cristo de muestra como capaz de cambiar el orden natural de forma sobrenatural. Sus palabras obligan a que una persona deje de sufrir internamente, por medio de la expulsión del mal que llevaba dentro. Cristo no invoca a nadie para actuar, ya que tiene autoridad sobre lo natural y lo sobrenatural.

Fijémonos en los Hechos de los Apóstoles y en los signos que dieron los primeros profetas. ¿Qué dicen los magos del Faraón al ver los prodigios que hacía Moisés? "Es el dedo de Dios" (Ex 8,15). A pesar de ser Moisés quien los lleva a cabo, reconocen que hay un poder mayor. Más tarde los apóstoles obraron otros prodigios: "¡En el nombre de Jesús, levántate y camina!" (Hch 3,6); "Y Pablo, en el nombre de Jesucristo, ordenó al espíritu salir de aquella mujer" (Hch 16,18).

Siempre se recurre al nombre de Jesús. Pero aquí ¿qué es lo que él mismo dice? "Sal de él" sin precisar más. Es en su propio nombre que ordena al espíritu de salir. «Todos preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo». La expulsión del demonio no era en sí mismo nada nuevo: los exorcistas de los hebreos lo hacían corrientemente. Pero ¿qué dice Jesús? ¿Cuál es esta enseñanza nueva? ¿Dónde está la novedad? La novedad reside en que Jesús manda a los espíritus impuros con autoridad propia. No cita a nadie: él mismo da la orden; no habla en nombre de otro sino en nombre de su propia autoridad. (San Jerónimo)

Hoy en día pensamos en Dios como un ser lejano, que no se preocupa por nosotros. Le hemos excluido de nuestra vida y parece que esto nos da dado más libertad, pero esta aparente libertad no nos ha hecho más felices. (Seguir leyendo)

domingo, 25 de enero de 2015

Llamados por Cristo. San Jerónimo



El pasaje evangélico de hoy nos muestra cómo los Pedro, Andrés, Juan y Santiago, siguieron a Cristo. Son los mismos apóstoles que le acompañaron durante la Transfiguración y durante la oración en el Monte de los Olivos. Son las cuatro columnas sobre las que la Iglesia se sustentó en sus inicios.

Tras el llamado de Cristo, dejaron todo para seguir al Señor. De su misión no tenían más certeza que lo que sentían en su interior. En este pasaje vemos la fuerza que tiene la llamada del Señor cuando llega a corazones que están dispuestos a seguirle. San Jerónimo lo expresa con gran claridad:

¿Qué indicios tenían ellos, que señal sublime habían notado para seguirle así que los llamaba?- Nos damos cuenta, a todas luces, que algo divino emanaba de Jesús, de su mirada, de la expresión de su rostro que incitaba a los que él miraba a volverse hacia él (...). ¿Por qué digo todo esto? Para mostraros que la palabra del Señor actuaba y que a través de la palabra más insignificante, el Señor actúa: “él lo ordenó y fueron creados.” (Sal 148,5) Con la misma simplicidad con que él los llamó, ellos le siguieron. (San Jerónimo, Homilías sobre el evangelio de Marcos; PL 52)


Es maravilloso ver cómo el Espíritu sabe encender los corazones dispuestos cuando son llamados por Cristo. Si traladamos esta situación a nuestra sociedad del siglo XXI, nos parece un cuento imposible. ¿Quién va a dejar todo lo que tiene por el llamado del Señor? (Seguir leyendo) 

domingo, 29 de enero de 2012

Autoridad y libertad.

"El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió." Es esta la manera de expresar su dolor: retorcerlo. El demonio, puesto que no había podido alterar el alma del hombre, ejerció su violencia sobre su cuerpo. Estas manifestaciones físicas eran, por otra parte, el único medio que tenía para dar a entender que iba a salir de aquel hombre. Al manifestar su presencia el espíritu puro, el impuro no puede hacer más que retirarse... «Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto?'».

Fijémonos en los Hechos de los Apóstoles y en los signos que dieron los primeros profetas. ¿Qué dicen los magos del Faraón al ver los prodigios que hacía Moisés? "Es el dedo de Dios" (Ex 8,15). A pesar de ser Moisés quien los lleva a cabo, reconocen que hay un poder mayor. Más tarde los apóstoles obraron otros prodigios: "¡En el nombre de Jesús, levántate y camina!" (Hch 3,6); "Y Pablo, en el nombre de Jesucristo, ordenó al espíritu salir de aquella mujer" (Hch 16,18). Siempre se recurre al nombre de Jesús. Pero aquí ¿qué es lo que él mismo dice? "Sal de él" sin precisar más. Es en su propio Nombre que ordena al espíritu de salir. «Todos preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo». La expulsión del demonio no era en sí mismo nada nuevo: los exorcistas de los hebreos lo hacían corrientemente. Pero ¿qué dice Jesús? ¿Cuál es esta enseñanza nueva? ¿Dónde está la novedad? La novedad reside en que Jesús manda a los espíritus impuros con autoridad propia. No cita a nadie: él mismo da la orden; no habla en nombre de otro sino en nombre de su propia autoridad.(San Jerónimo Comentario al evangelio de Marcos, 2)

Autoridad. Esta palabra ha desaparecido de nuestro vocabulario desde hace unas cuantas décadas. Está proscrita porque implica que hay un orden que  nos demanda que nos ajustemos a el. El concepto de libertad parece quedar en entredicho, ya que nos dicen que la autoridad nos impide ser libres.

Les pongo un ejemplo. Un niño quiere meter su mano en el fuego y el padre le dice: si lo haces te dolerá. El niño no sabe que es lo que le dice y decide meter la mano. Siente un fuerte dolor y llora amargamente. Llora de dolor, pero también llora su ignorancia. Ha metido la mano porque ignoraba lo que le podía suceder ¿Era libre? Decididamente no. La libertad se fundamenta en el conocimiento y quien ignora es esclavo del azar en sus acciones.

Pero en este episodio el padre del niño ha ganado autoridad. La próxima vez que le diga al niño que se cuide de hacer algo, el niño sabrá que lo hace por su bien y se interesará por conocer la razón de que su acto le traiga consecuencias negativas. La autoridad del padre dona libertad a su hijo, no se la recorta.

En el evangelio de este domingo y en este comentario de San Jerónimo, se evidencia la autoridad de Cristo. ¿Por qué los demonios obedecen a Cristo? Porque ellos saben quien es El y saben que su palabra no puede ser desobedecida sin que les traiga un mal. Hasta los demonios le hacen caso. Asombroso: «Todos preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo». No estamos acostumbrados a aprender desde la autoridad, ya que no reconocemos dicha autoridad. Así nos va como sociedad y los resultados son evidentes en todas las esquinas.

¿Aún dudamos de la autoridad de Cristo? Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6) Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8,32)

La verdadera autoridad nos hace libres. Nos libera como sucedió con en endemoniado del Evangelio. ¿Seremos capaces de entender esto? Me temo que la sociedad no está dispuesta oír hablar de autoridad. Incluso dentro de la Iglesia, cada vez tenemos menos consciencia de la necesidad de aceptar la autoridad para ser más libres.

La autoridad, como la Verdad, no proviene de una persona, sino del conocimiento que nos transmite Dios por medio de las personas y la revelación. Aprovechemos este conocimiento, esta Verdad. No asociemos la autoridad y libertad como elementos antagónicos sino como colaboradores uno del otro para nuestro bien.

Pero ¿Qué sucede cuando la autoridad humana obra de manera contraria a la Verdad?

Cuando la autoridad [humana] favorece a la verdad y castiga, alaba al que se enmienda. Cuando esa autoridad [humana] es enemiga de la verdad y castiga, alaba al que es coronado por haberla despreciado (San Agustín. Carta 93,6)

La autoridad se pierde cuando se disocia de la Verdad. Si el padre del ejemplo anterior, engaña a su hijo, este deja de considerar sus consejos y si lo obedece lo hace por el temor al castigo. La autoridad humana puede ayudarnos a vivir en libertad o esclavizarnos. Entonces deja de ser autoridad y se convierte en simple poder. Este poder merece ser despreciado y evidenciar su falacia.

Quiera el Señor que nuestras palabras estén siempre llenas de Verdad, ya que entonces se reconocerá la autoridad de Dios en toda su plenitud.

martes, 17 de mayo de 2011

¿Has venido a acabar con nosotros?


“Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo”. Este espíritu no podía soportar la presencia del Señor; se trataba de ese espíritu impuro que había llevado a todos los hombres a la idolatría… “¿Qué acuerdo había entre Cristo y Satán?” (2C 6,15); Cristo y Satán no podían estar de acuerdo el uno con el otro. “Se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros?” El que así se exclama es un individuo que habla en nombre de muchas personas; eso da a entender que tiene conciencia de ser vencido él y los suyos.

“Se puso a gritar: ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’”. Atormentado y a pesar de la intensidad de los sufrimientos que le hacen gritar, no ha abandonado su hipocresía. Esconde el decir la verdad, el sufrimiento le aprieta, pero la malicia le impide decir toda la verdad: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret?” ¿Por qué no reconoces al Hijo de Dios? ¿Es este hijo de Nazaret el que te tortura, y no el Hijo de Dios?...

¿Acaso Moisés no era un santo de Dios? E Isaías y Jeremías, ¿no eran santos de Dios?... ¿Por qué no les has dicho: “Sé quién eres, santo de Dios”?... No digas “Santo de Dios” sino “Dios Santo”. Te imaginas que sabes, y no sabes nada; o bien si lo sabes, te callas por esa misma doblez. Porque no es solamente el Santo de Dios, sino Dios Santo. (San Jerónimo (347-420) Comentario al evangelio de Marcos, 2; PL 2, 125s)

-oOo-

Cada vez es más normal escuchar que las calles son lugar de escarnio para quienes creemos en Dios y somos fieles a la Iglesia. En Granada ha vuelto a acontecer uno  de estos episodios de odio a pocos días de la manifestación atea de Madrid. 

Este tipo de hechos me recuerdan al pasaje evangélico que San Jerónimo con tanta certeza comenta. ¿Qué quiere Cristo de nosotros? ¿Ha venido a acabar con algo? Cristo quiere que nos convirtamos y  que le sigamos. El demonio tenía toda la razón, ha venido a acabar con algo, con nuestro pecado.

¿Qué hace gritar a las personas contra nosotros? Solamente puedo imaginarme que les repele vernos reunidos en Nombre del Señor, ya que hacemos presente a Cristo en la sociedad. Entonces se comprenden los gritos e insultos. Aunque parezca que nos gritan a nosotros, no es así. Gritan a Cristo:

‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sabemos quién eres: el Santo de Dios’
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