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sábado, 16 de junio de 2018

Elementos del Símbolo del Sagrado Corazón de Jesús



Celebramos el mes del Sagrado Corazón de Jesús y por ello no viene mal recodar los elementos que componen su iconografía. Para muchos católicos actuales, el Sagrado Corazón de Jesús es poco más que una imagen más dentro de la infinidad de imágenes que se veneran dentro de la Iglesia. Pero el Sagrado Corazón es algo más que “una imagen más”. Por otra parte, el culto al Sagrado Corazón de Jesús derivó en el siglo XIX hacia un emocionalismo irracional que ha llevado a que muchos lo vean como algo pasado de fecha y totalmente prescindible. Desgraciadamente, cuando dejamos que las emociones suplanten el entendimiento, cualquier manifestación sagrada queda convertida en un elemento cultural más. Veamos entonces los elementos que componen la iconografía y reflexionemos brevemente sobre ellos:

  1. El Corazón. Se encuentra en el centro del símbolo, representando la centralidad, el ser de Cristo, Hijo de Dios. No se trata de una representación de emoción alguna. En todo caso, lo que entendemos al ver el Corazón es la fuente de Agua Viva que se nos ofrece para beber.
  2. La Cruz. La Cruz que se muestra sobre el Sagrado Corazón representa el sacrifico del Señor, la redención que Dios planeó para todo aquel que acepte a Cristo. En la Cruz Dios es elevado como fue elevado la serpiente de bronce por Moisés. “…Y como Moisés, levantó la serpiente (de bronce) en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:14). La Cruz nos habla de la vida como sacrificio a Dios y del camino para ser discípulos fieles.
  3. La corona de espinas. La corona de espinas tiene dos entendimientos unidos: la realeza de Cristo y el sufrimiento que conlleva hacer la Voluntad de Dios. No existe corona espiritual sin el sufrimiento que transforma y convierte. La corona de espinas nos muestra que el camino a la santidad es la única jerarquía verdadera para Dios.
  4. Las llamas. Las llamas que salen del Sagrado Corazón representan la Caridad. Dios es Amor-Caridad. No se trata de amorcillo o querencia humana, tal como muchas personas lo quieren entender hoy en día. La Caridad es donación de sí mismo a Dios, para servir a Su Voluntad.
  5. La llaga. Representa la herida abierta por la punta de hierro en el costado del Señor. San Agustín dice que el divino Corazón se abre para acogernos en vida y en la hora de la muerte. La herida en el costado produce que salga del cuerpo de nuestro Señor sangre y agua dando final a la agonía que representa la vida humana.
  6. Sangre y agua. Representan la materia sagrada que Dios nos ofrece a los seres humanos. La materia que nos re-liga, nos conecta, nos re-une con su Voluntad. Hablamos de los Sacramentos, aunque la sacralidad se extiende mucho más allá. El mismo símbolo del Sagrado Corazón forma parte de esta materia sagrada que Dios nos ofrece. Agua, que nos muestra la conversión. Sangre, que nos muestra el final que nos llegará con la muerte. Entre una y otra, se eleva Cristo, como símbolo vivo de la Eucaristía.
  7. La luz, que sale del Corazón y se expande hasta el infinito. Representa los efectos de la redención y también el llamado a todos los seres humanos. Dios ha nacido entre nosotros y nos ha dicho que todo y todos, tenemos sentido en Él. Esta luz muestra la acción del Espíritu Santo en todas las acciones del cristiano. La evangelización no es una acción que tengamos que realizar, sino una realidad viva que se desprende de cada corazón humano que se ha unido con el Divino Corazón del Señor.
El símbolo del Sagrado Corazón de Jesús no aparece de repente a finales del siglo XVII cuando Santa Margarita María de Alacoque recibió las apariciones del Señor. Santa Margarita María de Alacoque actúa como recordatorio y potenciador de esta maravillosa devoción. El Símbolo del Sagrado Corazón de Jesús ha estado presente entre nosotros desde mucho antes. De hecho hay referencias escritas desde el siglo XIII y contamos con imágenes muy anteriores. Dios no nos olvida.

Ahora, los católicos del siglo XXI somos los que casi nos hemos olvidado de la importancia del Símbolo del Sagrado Corazón en nuestra fe. Nuestra fe necesita del Símbolo, porque nos ayuda a ver más allá de lo puramente cotidiano. Este olvido ha dado lugar a que el Sagrado Corazón haya dejado de ser una inmensa fuente de devoción y luz en el camino espiritual de la Iglesia. Pero no nos desesperemos, Dios sabe escribir recto con renglones torcidos. El hecho de que recordemos este símbolo en este humilde blog y que usted haya leído estas reflexiones, indica que el Sagrado Corazón sigue vivo en nosotros. Dios no nos olvida y hace llegar su Luz cuando menos lo esperamos. Tengamos esperanza y sobre todo, vivamos la esperanza que nos permite seguir adelante. Oremos teniendo al Sagrado Corazón frente a nosotros.

viernes, 1 de julio de 2011

El Sagrado Corazón de Jesús, rostro de Dios y limpieza de corazón

[Santa Catalina oyó que Dios decía:] En el último día del juicio, cuando el Verbo, mi Hijo, revestido de mi majestad, vendrá a juzgar al mundo con su poder divino, no vendrá como pobre y miserable tal como se presentó cuando nació del seno de la Virgen, en un establo y en medio de animales, o tal como murió, entre dos ladrones. Entonces, en él mi poder estaba escondido; como hombre le dejé sufrir dolores y tormentos. No fue, en absoluto, que mi naturaleza divina se separara de la naturaleza humana, sino que le dejé sufrir como a hombre para expiar vuestras faltas. No, no es así que vendrá en el momento supremo: vendrá con todo su poder y con todo el esplendor de su propia persona.

A los justos les inspirará, al mismo tiempo que un temor respetuoso, un gran júbilo. No es que su rostro cambie: su rostro, en virtud de su naturaleza divina, es inmutable porque no es sino uno conmigo, y en virtud de la naturaleza humana su rostro es igualmente inmutable porque tiene asumida la gloria de la resurrección. A los ojos de los réprobos, aparecerá terrible, porque le verán con ese ojo de espanto y turbación que los pecadores llevan dentro de sí mismos. ¿No es lo mismo que ocurre con un ojo enfermo? Cuando brilla el sol no ve más que tinieblas, mientras que el ojo sano ve la luz. No es que la luz tenga algún defecto; no es que el sol cambie. El defecto está en el ojo ciego. Es así como los réprobos verán a mi Hijo: en la tiniebla, el odio y la confusión. Será por culpa de su propia enfermedad y no a causa de la majestad divina con la que mi Hijo aparecerá para juzgar al mundo. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, cap. 39)
-oOo-
No hace falta esperar al día del juicio para preguntarnos ¿Cómo vemos el rostro Dios cada uno de nosotros? ¿Qué les sucede a nuestros ojos? ¿No somos capaces de ver a Dios de forma clara?

Cuando hablo con ateos es frecuente que ellos lo pinten como algo innecesario y en todo caso sádico, desprovisto de lógica y hasta malo por naturaleza. Lo entienden como una pintura de nosotros mismos, que encima está hecha para asustar a quienes son “tan tontos” de acercarse a la Iglesia.

Pero ¿Cómo ver a Dios lo más objetivamente posible? Cristo nos da una pista maravillosa en las bienaventuranzas:

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)

¿Pero podemos ver a Dios o no? ¿Cómo ver a Dios?

Y si alguien nos pregunta por qué está dicho: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8), nuestra posición, a mi juicio, se afirmará mucho más con esto, pues ¿qué otra cosa es ver a Dios con el corazón, sino entenderle y conocerle con la mente, según lo que antes hemos expuesto? En efecto, muchas veces los nombres de los miembros sensibles se refieren al alma, de modo que se dice que ve con los ojos del corazón esto es, que comprende algo intelectual con la facultad de la inteligencia. Así se dice también que oye con los oídos cuando advierte el sentido de la inteligencia más profunda. Así decimos que el alma se sirve de dientes cuando come, y que come el pan de vida que descendió del cielo(Orígenes de Alejandría. Los Principios)

Ver realmente a Dios es imposible. Para nosotros, ver a Dios es entender el sentido que tiene en nuestra vida. Pero todo entendimiento que tengamos de Dios está influenciado por nosotros mismos. Influenciado por “nuestra propia enfermedad” ocular, tal como Santa Catalina nos indica.

Si somos ciegos de entendimiento, no podremos ver a Dios. Si tenemos problemas en el entendimiento, lo veremos deformado según la misma deformación interior que tengamos cada cual. A veces la deformación es tal, que en nuestra desesperación buscamos “lentes” o prótesis externas para poder encontrar algún sentido en la distorsionada forma de entender que tenemos. Las lentes nos ayudan, nadie lo niega, pero no llegan transformar nuestra naturaleza. Nos permiten seguir adelante sin la debida y necesaria conversión. Las lentes son cómodas formas de no tener la necesidad de cambiar. Además, hay lentes que colorean y distorsionan a propósito lo que vemos. Hay que tener cuidado y reflexionar sobre estas ayudas que nos hacen dejar la conversión para más adelante.

Y ¿Qué tiene que ver todo esto con el Corazón de Jesús? Hoy es la fiesta en que hacemos memoria del Corazón de Cristo y es bueno entender qué a través de esta figura lo que vemos es al propio Cristo y a Dios.

El corazón de algo, es su parte más interna, la esencia de su propio ser. Ver el Corazón de Jesús es ver la naturaleza de Dios que se manifiesta ante nosotros en su expresión más clara y diáfana. Por lo tanto, no se trata de una fiesta segundaria de devoción emotiva. Esta celebración es una oportunidad que nos brinda Dios para la reflexión y la conversión.

Al menos para mí, esta celebración me mueve a reflexionar sobre la limpieza y naturaleza de mi corazón, ya que en la proporción de su transparencia y perfección, podré entender y admirar el Corazón de Jesús. También me lleva a reflexionar sobre las “lentes” que he elegido para paliar mis defectos “visuales” ¿Son adecuadas las lecturas, compromisos, sentimientos que albergo en mi corazón? ¿Necesito más oración y voluntad de dejarme en manos de Cristo?

En la eucaristía de hoy podríamos pedir a Dios que nos ayude a limpiar-convertir nuestro corazón. De esta forma no tendremos que buscar prótesis externas para ver-entender el rostro de Dios. Rostro de Dios que se nos presenta como el Corazón de Jesús.

Que el Sagrado Corazón nos ayude a limpiar y sanar nuestros corazones.

sábado, 20 de junio de 2009

Sagrado Corazón de Jesús. Oración y devociones.

En un mundo tan moderno y bien comunicado como en el que vivimos ¿Qué razón tenemos para orar? ¿Qué razón podríamos tener para adoptar una devoción particular?

Podemos clasificar las oraciones que realicemos puede enfocarse de tres formas diferentes:

a) Aquellas que piden los bienes y gracias cotidianas necesarias para poder vivir y desarrollar la actividad cotidiana
b) Aquellas que se realizan para alabar y dar gracias por lo recibido.
c) Aquellas en las que el orante se somete, todo humildad, a la inescrutable voluntad de Dios. Son oraciones contemplativas que buscan alcanzar un punto de contacto que nos una a Dios.

Todas estas formas son respetables y necesarias para los creyentes. Todas ellas reflejan el sometimiento a la voluntad divina. Todas permiten expresar nuestros sentimientos y anhelos a Aquel que está más allá de nuestra finitud y nuestras limitaciones. Pero la tercera opción es la que nos permite elevarnos un peldaño y acercarnos un poco más a Dios. No se pide nada, solo se contempla y se siente la sacralidad que nos une a Dios. Pero ¿Cómo comprender este tipo de oración? ¿Cómo enfocarlo en la práctica?

En un breve tratado anónimo sobre la oración nos podemos encontrar con algunas pistas para responder a nuestras preguntas:


“En la oración no se trata de pedir cosas a Aquel que todo conoce. La oración no es para decirle a Dios lo que quieres sino para escuchar lo que El quiere para ti y que no es otra cosa que compartir lo que El es: Tranquilidad profunda, Beatitud, Paz, Bondad, Belleza, Amor ...

No se trata de pedir cosas sino de comprender que no necesitas nada más que la presencia de Dios y descansar en esa morada llena de sus cualidades.

Antes de orar debes de comprender que detrás de todos tus deseos de objetos o de situaciones del mundo, solo hay un deseo: la paz profunda. Y ese deseo último que tanto anhelas y que proyectas en los objetos y situaciones del mundo solo lo puedes obtener en la interioridad. La tranquilidad y la plenitud solo están en tu espíritu que es el espíritu de Dios.

Una persona se pone a orar cuando ha comprendido claramente la futilidad y la relatividad de todos los objetivos convencionales humanos que, aun teniendo su importancia relativa, no pueden darle la paz profunda, la plenitud que todo ser humano anhela con nostalgia. Es comprendiendo claramente esto bien sea por la propia inteligencia, o movido por las constantes dificultades de la vida, cuando uno se acerca a la Paz, la Belleza, la Bondad, la Plenitud y la Alegría que proporciona el contacto con lo Absoluto y con lo Sagrado a través de la oración en su calidad más contemplativa.

Sumergirse en el "acto orante" es el síntoma más claro de que se ha llegado al discernimiento (entre lo verdadero y lo falso), al desapego (de las cosas del mundo), a la sumisión (a la presencia de Dios), a la humildad (respecto a nuestra capacidad humana), a la sabiduría (habiendo comprendido donde está la plenitud y el gozo verdaderos), a la caridad (al abrazar en nuestra oración a toda la creación), y a todas las demás virtudes... Todas las virtudes están contenidas en la oración.

Orar es un acto simple de colocación ante la presencia de lo Sagrado.”


(Breve tratado sobre la oración . Anonimo)


La oración es parte imprescindible de nuestro camino hacia Dios ya que es un acto donde nos sumergimos en la sacralidad de forma voluntaria y consciente.

Las oraciones se pueden estructurar en rituales más completos y ricos dando lugar a devociones más o menos tradicionales. Tenemos el Rosario, las Novenas, Octavas, etc… que nos permiten acceder de forma colectiva a los beneficios de la oración contemplativa. Dentro de las devociones podemos citar al Rosario y la devoción del Sagrado corazón como dos de las más importantes y profundas


Jean Hani nos habla de estas dos devociones capitales para el creyente católico.

“Quisiera recordar tan sólo dos de estas intervenciones celestiales, que se encuentran entre las más importantes y de las que cabía esperar los mayores efectos para la cristiandad: la solemne institución del Rosario y la introducción del culto al Sagrado Corazón.

No es que estas dos «devociones» se encuentren totalmente olvidadas, pero sí es verdad que han pasado a segundo plano; además, y esto es más grave, la mayoría de quienes las practican, sean clérigos o laicos, no conocen más que su significado más exterior, de tal suerte que no constituyen más que meros ejercicios de piedad, lo cual es mejor que nada, desde luego, pero que sin embargo hace que se ignore su más profundo significado, valor, y por tanto eficacia, que son precisamente lo que hubiera podido repercutir en el destino del catolicismo. A mostrar este significado esencial van destinadas las reflexiones que siguen, pues la «devociones» siguen conservando naturalmente intactas sus secretas riquezas a disposición de quienes aspiren a ellas.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

No es ninguna novedad que se diga que las devociones se toman actualmente como elementos de piedad sentimental carentes de utilidad. Por lo tanto son rechazadas por el “creyente moderno” por la apariencia de dulzona y sentimental que han creado entorno suya. Para este nuevo creyente practicar las devociones supone una perdida de tiempo y un aburrimiento inaceptable. Jean Hani, en el mismo capítulo dedicado al culto de Sagrado Corazón, muestra su discrepancia con este punto de vista contemporáneo:

“Si bien, como hemos dicho ya y como se verá más adelante, la doctrina del Sagrado Corazón hunde sus raíces en los propios orígenes del cristianismo, su formulación expresa fue ante todo objeto de revelaciones privadas. Lo cual se explica por el hecho mismo de su importancia, debida a su carácter totalmente «interior», como señala justamente H. Montaigu en su excelente libro sobre Paray. El cristianismo tiene por dogmas oficiales los misterios, que, por otra parte, son también los arcanos de la vida contemplativa; Cristo desveló algunos desde el comienzo; los demás, poco a poco, en el transcurso de la historia de la salvación. Este es el caso del «misterio del Corazón». Y así se explica su carácter escatológico: la revelación de este misterio, que es el centro más interior de todo el misterio crístico, estaba reservada al período del «Fin de los tiempos», o dicho de otro modo, al fin del ciclo de nuestra humanidad. Eso es lo que se desprende de una revelación recibida del apóstol San Juan por Santa Gertrudis (siglo XVI). La santa le preguntó por qué no había escrito nada sobre el corazón de Cristo; San Juan le respondió: «Mi misión era anunciar a la Iglesia naciente la doctrina del Verbo increado de Dios Padre; pero, por lo que se refiere a este Corazón sagrado, Dios se reservó hacerlo conocer en los últimos tiempos, cuando el mundo comenzase a caer en la decrepitud, para reavivar la llama de la caridad ya enfriada»

Por eso, muy al contrario de no ser más que una devoción entre otras, el culto al Sagrado Corazón, que viene de lo más profundo del cristianismo, aparece como la tentativa, por parte del Cielo de enderezar y renovar toda la tradición cristiana, en el campo de la espiritualidad individual, por supuesto, pero también –cosa que suele olvidarse, o incluso ignorarse– en el campo intelectual y en el campo social.” (Jean Hani.
El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

Quizás no sea evidente para el católico actual, pero el Corazón de Jesús contiene su Bendita Sangre, lo que nos lleva directamente al misterio eucarístico y está en consonancia con tradiciones que se hunden en la antigüedad, como es la leyenda del Santo Grial.
“Todo el simbolismo y todo el significado del Sagrado Corazón está sintética y maravillosamente resumido en algunas invocaciones de las letanías que le están consagradas. El Corazón de Cristo es llamado «Templo santo de Dios», «Tabernáculo del Altísimo», «Casa de Dios y Puerta del Cielo», «Hoguera ardiente de caridad», «Santuario de la Justicia y del Amor», «Rey y Centro de todos los corazones», «Corazón donde reside la Plenitud de la Divinidad», «Fuente de vida y de santidad», «Corazón cuya plenitud se derrama sobre nosotros», «Corazón en el que se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Se ve de inmediato que tales denominaciones no pueden aplicarse al corazón tal como lo concibe el mundo moderno, o sea únicamente como centro emocional y sede de los sentimientos.”
(Jean Hani.El Culto al Sagrado Corazón. Mitos Ritos y Símbolos)

En esta semana en la que se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no está de más que intentemos hundirnos un poco más en el significado y el simbolismo de la devoción, ya que si no hacemos este esfuerzo la devoción se nos presentará como una costumbre anacrónica y prescindible para el católico contemporáneo.

Para conocer más sobre la devoción pueden consultar en esta dirección: http://www.revelacionesmarianas.com/paray_le_monial.htm 
 (Página tristemente borrada)


Cor Iesu Christi,
plenum veritatis,
plenum sanctitatis,
plenum pietatis.
Infinitum sapientia,
infinitum potentia,
infinitum clementia,
Cor Iesu Christi.

Cor Filii Dei,
Cor Agni Dei,
Verum Cor Dei,
Cor Regis magni,
Cor Regis sancti,
Cor Iesu mei.

Oración tomada del estupendo blog: http://laudetur-iesus.blogspot.com/ 
(Blog tristemente cerrado)
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