jueves, 20 de abril de 2017

Buscar al mundo como solución cuando la Solución es Cristo. P. Steffano Gobbi

El P. Stefano Gobbi fue un sacerdote italiano que durante su vida recibió una gran cantidad de locuciones provenientes de la Virgen. No entro en la veracidad o no, de los mensajes recibidos por el P. Gobbi, ya que la Iglesia no se ha pronunciado a favor ni en contra de ellos. Es cierto que el P. Gobbi tuvo una cercana amistad con el Papa Juan Pablo II y que le tenía en gran estima. El Movimiento Sacerdotal Mariano, fundado por el P. Gobbi, tiene atractivos innegables, como su fidelidad a Cristo y la Virgen María. También dice mucho de este movimiento que no se haya convertido en un movimiento estructural dentro de la Iglesia. Esto propicia que sus integrantes estén menos “protegidos” y pongan la confianza principalmente en la Virgen y no en el poder de prelados presentes en la jerarquía.

Ahora, también es necesario indicar que es necesario ser crítico y discernir bien hasta donde los mensajes proféticos pueden degenerar en mileniarismo y con ello, en una espesa red que condiciona anímicamente la fe. La fe debe ser vivida con esperanza y sin estar esperando el final de los tiempos. Cristo fue especialmente claro en este punto, cuando fue preguntado por “la fecha” del final:

¿Cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo? Tened cuidado de que nadie os engañe —les advirtió Jesús—. Vendrán muchos que, usando mi nombre, dirán: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos. Oiréis de guerras y de rumores de guerras, pero procurad no alarmaros. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. (Mt 24, 3-8)

Ante la insistencia de los Apóstoles, dejó muy claro que no les iba a revelar el día:

Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. La venida del Hijo del hombre será como en tiempos de Noé. Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre. (Mt 24, 36-39)

Entonces, cuidado con las profecías que nos puedan llevar a desear el final de los tiempos. Cuidado si empezamos a hacer caso a más y más videntes que conjeturan, señalan o propician que creamos que saben cuándo sucederá el fin de los tiempos. Nadie lo sabe. Hay que vivir como si cada día fuera el último día, sabiendo que cada día más es un regalo del cielo y una oportunidad para ser fieles a Cristo. Dicho todo esto, me permito citar un pequeño trozo de una de las locuciones del P. Gobbi, ya que nos ayuda a adentrarnos en el momento que vivimos actualmente:

[Habla la Virgen] Mi Corazón Inmaculado está herido, al ver cómo alrededor Suyo, se difunden el vacío y la indiferencia; la rebelión por parte de algunos pobres hijos Míos, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, y la oposición soberbia a su Magisterio. Por eso hoy Mi Iglesia es lacerada por una profunda división, es amenazada por la pérdida de la Verdadera Fe, es invadida por una infidelidad que se hace cada vez mayor. Cuando este Papa haya cumplido la misión que Jesús le ha encomendado y Yo baje del Cielo para acoger su sacrificio, todos seréis envueltos por una densa tiniebla de apostasía que entonces llegará a ser general. Permanecerá fiel solamente aquel pequeño resto que en estos años, acogiendo Mi invitación maternal, se ha dejado encerrar en el Refugio seguro de Mi Corazón Inmaculado. Y será este pequeño resto fiel, que Yo he preparado y formado, quien tendrá la misión de recibir a Cristo que volverá en gloria, iniciando así la nueva era que os espera”. (P. Stefano Gobbi. 13 de Mayo de 1991. Aniversario de la Primera Aparición de Fátima)

Dejemos a un lado las indicaciones temporales que contiene el mensaje que ha trascrito el P. Gobbi. Sólo Dios sabe el día y pretender poner fechas es, como poco, temerario. Fijémonos en la indicación que el P. Gobbi hace del resto fiel. Un resto pequeño, que concuerda con la indicación Joseph Ratzinger en el libro "Informe sobre la fe". La Virgen no se indica que el resto fiel deba hacer nada especial, ni dedicarse a luchar, ni intentar que el designio de Dios no se cumpla por medio de fuerzas humanas, estrategias, marketing o planificación empresarial. La Virgen pide fidelidad y oración para recibir a Cristo cuando retorne a la tierra. Esta "lucha", que no es una "lucha humana", se encuentra reflejada en el Apocalipsis (Revelación). Ahora podemos preguntarnos ¿Qué hacemos promocionando una iglesia activista tipo ONG, mientras que despreciamos la necesidad de oración y profunda confianza en Dios? ¿No estamos andando justo en sentido contrario a lo solicitado por el Señor y Nuestra Madre?

El “humo de satanás”, del que hablaba Pablo VI, tiene gran coincidencia con la “densa tiniebla de apostasía”, que el P. Gobbi reseña. El humo del maligno impide ver y envenena. Genera apostasía y tibieza en la fe. Nos hace creer que la solución es el mundo, cuando la única solución es Cristo. El humo maligno nos separa, nos divide, nos debilita. Asfixia la fe, que parece que pierde todo sentido trascendente. Nos lleva a preferir crear alianzas que cimienten el poder temporal y a despreciar la verdadera unidad interna de la Iglesia.

En este sentido es interesante hablar sobre la soledad del creyente fiel. Una soledad de la que tenemos que ser conscientes y aprender a vivir con ella. La trataremos en el siguiente artículo. 

jueves, 13 de abril de 2017

Una Iglesia pequeña, un resto fiel. Card. Ratzinger

Volvamos a un texto de una entrevista al entonces Teólogo Joseph Ratzinger (Informe sobre la fe, 1968), donde habla del futuro de la Iglesia, una Iglesia pequeña y desprovista de poder:

La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión.

La Iglesia es cada vez más pequeña e irrelevante dentro de los países occidentales. Sólo tiene alguna pujanza en África y en determinados países de Asia. En occidente la fe se ha diluido en la sociedad líquida, reduciéndose a grupos socio-culturales muy en línea con una fe ligera, adaptada y desacralizada. En resumen, caminamos hacia una iglesia católica que se siente muy cómoda dentro del mundo y que se centrará en ser una ONG con “valores”. Valores que incluyen la integración de, al menos, luteranos y anglicanos, para que la unidad aparente nos permita promocionar nuestras actividades solidarias. Esta iglesia postrada ante el mundo encaja con las profecías que la Virgen ha ido mostrando en muchos lugares del mundo.

Para muchos relevantes teólogos y prelados, las diferencias en la fe entre los cristianos han dejado de tener sentido. La sociedad líquida en que vivimos da importancia a la apariencia y desprecia lo sustancial. Desde lo más alto de la jerarquía católica se promueve el intercambio de celebraciones entre católicos, luteranos y anglicanos, indicando que esto es una riqueza. Riqueza aparente, que intenta tapar el vacío profundo que se va abriendo paso en el interior de la Iglesia Católica. Se van dando pasos hacia la intercomunión entre católicos, luteranos y anglicanos, ya que la fe se postula como algo personal que no debe llevar a alejarnos unos de otros. Aparentemente esto podría verse como un logro ecuménico, pero no lo es. Es tan sólo una rendición ante los templos vacíos y la ausencia de vocaciones sacerdotales y religiosas. El vacío se oculta mediante la unidad aparente.

Pero todo esto tiene consecuencias. El creyente vive tiempos de soledad. Las comunidades católicas se han ido convirtiendo en guetos o en páramos desiertos. Los nuevos movimientos ofrecen consistencia en la fe, pero la entienden como un factor pertenencia estricta y en línea con el fundador de la corriente eclesial. Por otra parte, las comunidades parroquiales son cada vez más un páramo volcado en actividades socio-culturales y solidarias. El Espíritu Santo parece que ha dejado de soplar en ellas debido a las incertidumbres provocadas por el enemigo y el humo maligno que nos nubla el corazón

Hay que ser conscientes que hay pocos sacerdotes y estos están dedicados a todo tipo de actividades periféricas. La fe se da por supuesta y se prefiere no entrar en ella para no generar roces que nos separen aún más. La consigna es callar sobre lo fundamental para poder colaborar en lo circunstancial. El modelo de iglesia plural es todo un éxito. Un éxito porque nos quita de encima la necesidad de vivir unidos por misma fe y cimentarla con oración y conocimiento. La pluralidad nos ofrece la oportunidad de proclamar que “aquí cabemos todos”, pero sólo entran los que acepten que este es el modelo. El que discrepe del modelo plural, se excluye/aleja porque genera tensiones y discordias. Se le llama fundamentalista o rigorista y se termina por considerar un corrupto que no merece ni la Gracia de Dios. 

La Iglesia está llamada a ser pequeña, un resto, una pequeña cantidad de creyentes que vivan su fe a partir la profunda fidelidad a Cristo, la Tradición y la Iglesia. Entiéndase como Iglesia a los convocados por Cristo que acuden al Banquete adecuadamente. Estos pequeños reductos de fe se irán concretando en cada sitio y lugar. Habrá personas unidas físicamente, porque puedan verse de vez en cuando. Las personas vivan lejos entre sí, tendrán que vivir su fe por medio de un vínculo virtual y la Comunión de los Santos. Con humildad y llenos de esperanza, encontrando en la Verdad el vínculo que nos una más allá de los kilómetros físicos que nos separen.

jueves, 6 de abril de 2017

El humo de satanás ha penetrado en la Iglesia. Pablo VI

Fue en la solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972, cuando Pablo VI pronunció una frase que, desde entonces, ha venido generando ecos en nuestro ánimo y entendimiento. Para entonces Pablo VI había pasado nueve años largos y complicados gobernando la Iglesia. Los dos primeros años inmerso en el Concilio Vaticano II y los siete restantes, apoyándose en el Concilio para conducir al Pueblo de Dios en un tiempo lleno de incertidumbres y optimismos poco racionales.  En ese tiempo se dió cuenta de que no se cumplían las expectativas optimistas del postconcilio. La sociedad se oponía al Concilio de recreándolo según un entendimiento ajeno al mismo. Aquella recreación se llamó el "espíritu del concilio". Un espíritu que no era de luz, sino de confusión y tinieblas. Pablo VI señaló al humo de satanás y a su penetración en la Iglesia por medio de "una grieta". Benedicto XVI intentó detener al espíritu del concilio con lo que llamó "hermenéutica de la continuidad". Como es lógico, esta hermenéutica fue rechazada e ignorada por la inmensa mayoría de prelados y sacerdotes. En la actualidad la propuesta de buscar la continuidad ha quedado olvidada y enterrada. Leamos las palabras de Pablo VI con tranquilidad, porque hablan de su vivencia directa como pastor universal:

Ciertas corrientes sociológicas de hoy tienden a estudiar a la humanidad, mientras que prescinden de ese contacto con Dios. Por el contrario, la sociología de San Pedro y la sociología de la Iglesia estudian a los hombres señalando precisamente este aspecto sagrado de la conversación con lo inefable – con Dios, con el mundo divino. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma.

Las palabras de Pablo VI son  clarificadoras:
  1.  Habla de "un poder adverso”, “el demonio”, que ha entrado en la Iglesia por una “grieta”. Pablo VI señala con firmeza que “Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio”.
  2. La Iglesia vive en un “estado de incertidumbre” que se evidencia como “un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe”.
El optimismo del postconcilio no nos ha llevado a una situación mejor que la anterior. En muchos aspectos, estamos peor que antes. Tal como Pablo VI indica, el “ecumenismo” nos aleja en vez de acercarnos. Ninguna de las afirmaciones del Papa son para tomarlas a broma ni para olvidarlas en un cajón cerrado. La situación de la Iglesia no ha parado de degradarse desde entonces, lo que demuestra que el humo del enemigo se sigue extendiendo y provocando ceguera y desesperación. La pregunta que nos podemos hacer es precisamente ¿Qué hacer? Pero ¿Realmente se trata de hacer algo o más bien de vivir la Voluntad de Dios en toda su extensión?

Hay una esperanza que no podemos perder de vista, la promesa de Cristo: “Sobre esta roca edificare mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). En el Apocalipsis podemos ver el triunfo de Cristo sobre los poderes del mundo. Existen muchas profecías que hablan de lo mismo, entre ellas algunas muy actuales, como las de Fátima y La Sallete. Ante estas profecías de la Virgen, la Iglesia no ha hecho más que encogerse de hombros, como si las palabras de Nuestra Señora no tuvieran relevancia ni trascendencia en el día a día eclesial. En todo caso, se ven como curiosidades o excentricidades de los videntes.


En el siglo XX hemos tenido a santos maravillosos como el Santo Padre Pío. Santos que deberían servirnos de modelo para no desesperar. El Padre Pío conocía la deriva eclesial y estaba al tanto de los mensajes que la fue la Virgen fue dejando en diversos lugares. Mensajes que recibía gente sencilla y humilde, no grandes políticos o poderosos prelados. La Virgen no pide activismo ni cruzadas que destronen al príncipe del mundo sino oración y consagración. Destronar al príncipe del mundo es tarea de Cristo no de nosotros. La Virgen no se cansa de pedirnos oración y confianza, que se integran a la perfección en la consagración de cada uno de nosotros. Nos pide esperanza para cerrar todas aquellas fuentes de humo maligno que nos afligen desde hace décadas. Ahora sólo cabe una pregunta ¿A qué esperamos?

jueves, 30 de marzo de 2017

Una especie de Luz. San Agustín

¿Qué es lo que amo, cuando amo a Dios?

No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne.

Nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. (San Agustín, las Confesiones)

Amar a Dios es amar eso que está, pero no se ve con los ojos del cuerpo. Es amar eso que se siente más allá de los sentidos humanos. Es amar aquello que actúa en todos y todo, pero que estás más allá de la voluntad humana. Amar a Dios es amar el sentido, la Verdad, el Camino y la Vida. Amar a Dios es dejarse encontrar por el Señor en cada instante de nuestra vida. Amar a Dios es buscar las pisadas de Cristo, para que nuestro siguiente paso coincida justamente con su huella. Amar a Dios es olvidarnos de nosotros mismos, para donarse totalmente a Quien es sentido de todo nuestro ser. Amar a Dios es dejarse morir en Él y así vivir verdaderamente esta vida.

jueves, 23 de marzo de 2017

La señal de la cruz. Persignarse

Persignarse significa hacer el signo de la cruz sobre nosotros. Un signo debe tener significado para que el signo sea algo más que una apariencia o un acto casi mágico. Cuando nos persignamos estamos escribiendo la cruz en nosotros. La cruz que cada cual lleva consigo es el dolor humano que todos portamos a lo largo de nuestra vida. Dolor que puede ser profundo y lacerante, pero si lo unimos al dolor de Cristo en la Cruz, no debería hacernos sufrir. Él cargó con nuestras culpas y las ofreció para que vivamos en plenitud.

Cuando trazamos la cruz sobre nosotros, ofrecemos nuestra cruz a Cristo, uniéndonos en oración de ofrecimiento, por medio de la Comunión de los Santos. Nuestro dolor cobra sentido en Cristo, por eso no persignamos y al hacerlo, nos hacemos símbolos de Cristo sobre la tierra. 

Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Cruz en la que la redención tuvo lugar, esperando que Cristo transforme la oscuridad y las sombras, en luz radiante. Al trazar la cruz sobre mi, uno mi vida a la Voluntad de Dios, para que no sea yo quien imponga mi voluntad. Al trazar la cruz sobre mi, me uno a Cristo en su pasión, esperando la resurrección prometida por el Señor.

jueves, 16 de marzo de 2017

Orar en todo momento. Que vuestra vida sea oración

Orar en todo momento es tanto como decir, que nuestra vida sea oración. Que todo instante que vivamos, todo latido del corazón, toda circunstancia, sea presentada ante Dios de forma humilde y esperanzada.

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lc 11, 9-10)

Orar es comunicarnos con Dios y esta comunicación puede ser mediante palabras, sentimiento y acciones. Todo lo que somos, debería se oración constante a Dios. Cada vez que actuamos con virtud, la caridad de nuestras acciones es oración a Dios. Cada vez que sintamos con esperanza, nuestro sentimiento es oración a Dios. Cada vez que haya Verdad en nuestra boca, estamos orando con fe a Dios. Nuestra vida, al completo, es una oración que busca llegar a Dios y unirnos a Él.

Aunque las distracciones sean muchas y nos golpeen constantemente la cara, Dios debería estar presente al menos en intención y confianza. Dentro, en nuestro corazón, en nuestro ser, en nuestro Templo Interior, oraremos ofreciendo cada instante al Señor, para que llene de su Espíritu todo lo que salga de nosotros y todo lo que quede dentro. Bien sabemos que el ser humano no ha sido creado para el Sábado, pero el Sábado ha sido creado para nosotros. El Sábado simboliza la consagración a Dios en cada instante. Por eso es importante que la oración sea mucho más que una salmodia repetitiva y superficial. Nuestro ser debe estar en cada palabra, sentimiento y acción que ofrezcamos a Dios.

Al levantarnos, ofrecer todo lo que va a acontecer en ese día y pedir por quienes ya no verán un nuevo día. Al comer, dar gracias a Dios por los alimentos y pedir por todos aquellos que les falta el alimento. Al saludar a toda persona, ofrecer ese momento a Dios para que se haga presente y nos transforme. La despedirnos, hacer que ese "adiós" sea realmente una plegaria al Señor y no una simple palabra que soltamos sin darnos cuenta. Cuando nos encontramos un problema, bendecir al Señor por darnos una oportunidad de transformar la realidad en su Reino. Cuando sentimos que se nos rechaza e insulta, ofrecer ese momento por todos los cristianos que son perseguidos y maltratados. Cuando nos acostemos, dar gracias a Dios por el día y ofrecerle nuestro sueño para que Él siga siendo nuestro dueño durante este tiempo reparador.

Orar sin parar y sin dejar de tener a Dios presente con nosotros.

jueves, 9 de marzo de 2017

Cristo es la única Estructura para el cristiano



Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. (Carta a Diogneto)


Los cristianos no somos de este mundo, no somos sociedad, aunque estemos inmensos en ella. No participamos de las estructuras del mundo, porque nuestra única estructura es Cristo. Formamos parte de la Iglesia, entendida como la unidad de aquellos que adoran a Dios en Espíritu y Verdad. Para nosotros la Tradición no cambia porque es Revelación de Dios, pero la Tradición se hace vida en nuestra vida en todo lo que hacemos. Cristo es la Piedra Angular que sostiene con su peso el arco de la Salvación. Esta Piedra es rechazada porque no se deja adaptar a las circunstancias y gustos.

Actualmente nos encontramos en medio de la lucha de dos extremos: uno que absolutiza las formas antiguas. Otro que relativiza todo y a todos, para generar formas más agradables y adaptadas al mundo. Ambos ponen el énfasis en las apariencias, las formas y se olvidan del Espíritu y de la Verdad. Ambos bandos buscan exterminar al contrario utilizando las más diversas estrategias. Ninguno es capaz de negarse a sí mismo, para dejar que sea Cristo el que prevalezca. Todos quieren poder, dominio y satisfacciones personales. La lucha del cristiano no contra otros hermanos, sino contra el afán de dominio que lleva imponernos estructuras eclesiales que no son Cristo.


Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. (Ef 6, 12)


Los cristianos estamos dispersos, no es fácil que no reunamos en un mismo momento y lugar, porque somos pocos. Somos el resto fiel que asiste al banquete al que fueron llamados muchos. Somos quienes asistimos al banquete revestidos de humildad y sencillez. Hoy en día es más fácil encontrarse gracias a los medios de comunicación que nos acercan, aunque estemos a miles de Km de distancia. Pero aún así, somos pocos, dispersos y en continua lucha. Lucha para permanecer fieles a Cristo, en medio de la guerra de apariencias que acontece alrededor de nosotros.

 ¿Qué puede hacer un cristiano en medio de la actual guerra eclesial? Orar en silencio y lleno de esperanza. Es triste ver cómo se caen las Torres de Babel que tanto esfuerzo ha costado construir. Es triste ver cuantos hermanos quedan destrozados espíritualmente por este derrumbe. Es triste ver que, mientras todo se derrumba, hay quienes intentar construir nuevas Torres de Babel con los restos caídos de las anteriores. No nos dejemos engañar, sólo Cristo es la Piedra Angular que sostiene el arco del Templo del corazón. El Templo donde la Estrella Interior brilla para guiarnos y dar luz a los demás.

Es importante orar con fe, esperanza y caridad. Encarnar en nosotros la Tradición para quienes no vean puedan darse cuenta que sólo Cristo tiene Palabras de Vida Eterna. Dejar que el Espíritu Santo nos transforme en símbolos vivos de Cristo, para que Él esté presente en medio de nosotros cada vez que nos reunamos en Su Nombre.

jueves, 2 de marzo de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Una posible respuesta: "los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo" (y III)

Vivimos tiempos complicados y a la vez, muy interesantes y motivadores. Motivadores para ser verdaderos testigos del Evangelio. Ojo el Evangelio completo, no recortado. Momentos para ser testigos de la Fe Apostólica. Ojo de la Fe que procede de la Tradición Apostólica, no de los flujos de cada momento. La gran pregunta es ¿Cómo ser verdaderos testigos en pleno siglo XXI? Desde luego, ser testigos apologéticos de espada en mano no vale para nada. Hay tantos de tantas visiones, ideologías y tendencias, que serás uno más que da gritos en medio de una multitud a la que molestas y se alejan de ti. 

En este sentido, podemos buscar un modelo eclesial muy conocido y al mismo tiempo, necesitado de ser reinterpretado dentro de esta sociedad líquida: el eremitismo. Vivir en el mundo, como si no fuéramos del mundo. Incluyamos dentro del mundo las estructuras humanas de la Iglesia y los enfrentamientos internos que nos destrozan continuamente. Podemos encontrar un modelo de esta forma de vivir en la milagro de andar sobre las aguas. Si Cristo nos da la mano y confiamos en Él, caminaremos sobre la sociedad líquida que pugna por tragarnos y ahogarnos en ella. No dejamos de correr el peligro de volver a hundirnos, pero sabemos que Cristo nos ayudará a no hacerlo.

El eremitismo es un modo de vida nacido en Oriente en el siglo III. Se conocen los primeros eremitas o ermitaños en Egipto y Siria, pero el modelo fue exportado rápidamente a toda la cristiandad.

El eremita es un cristiano que ve imposible cumplir con una vida cristiana dentro de la sociedad que le rodea. Ser verdaderamente cristiano fue tan complicado en el siglo III como en la actualidad. Nada nos predispone o ayuda a ello. El eremita busca, con toda libertad, una vida contemplativa y penitente que ofrecer a Dios. Podemos ser eremitas en pleno siglo XXI y en medio de nuestra sociedad? No hay que olvidar la necesidad de ser testigos del Evangelio y para ello no es adecuado aislarse como se hacía en la antigüedad. Lo ideal sería conseguir ser una piedra incómoda en el zapato de la postmodernidad, sin que la liquidez social perturbara la paz interior que deseamos alcanzar

Podemos reflexionar sobre varios aspectos:

Aislamiento social: Se puede vivir más aislado dentro de una sociedad moderna, que en medio del Amazonas. Hay personas que viven terriblemente solas en medio de una ciudad de varios millones de congéneres.

Vida contemplativa: Se puede encontrar a Dios en todo lo que hacemos, incluso cuando escribimos en una computadora. Indudablemente hay actividades no recomendables para encontrar a Dios, porque nos predisponen al pecado, pero Dios está en todas partes y es posible contemplar su obra dentro de las ciudades que hemos creado.

Prácticas religiosas: ¿Se puede rezar el rosario en el metro? ¿Se puede dar gracias a Dios por el alimento en un pequeño restaurante? ¿Se puede asistir a la Liturgia con asiduidad en una ciudad? Esta última pregunta es la más complicada, porque puede ser que tengamos que desplazarnos muchos Km para encontrar una celebración digna y poder confesarnos con asiduidad. En todo caso, encontramos los mismos problemas que un ermitaño que viva en medio del desierto.

Como he comentado muchas veces, la carta a Diogneto nos da unas pautas muy claras para acercarnos a una vida cristiana dentro de la sociedad que vivimos. Si no la han leído, léanla con detenimiento porque merece la pena.


Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpoEl alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo.

El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

¡Alabado sea el Señor! 





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jueves, 23 de febrero de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Ejemplo real (II)

En una sociedad a la que todo le da igual, mientras la alimenten con pan y circo, las etiquetas son parte del show de los medios. Los medios son los motores del fluido social que nos rodea. Con el cisma, algunos medios de comunicación ganarán mucho dinero, lo que presenta una oportunidad que no dejarán pasar. Lo promocionarán o lo combatirán, según saquen más beneficios. Algunas personas también verán oportunidades en la tormenta mediática y utilizarán la situación para conseguir notoriedad social, relevancia, capacidad de influencia. Los apologetas ideológicos de uno y otro signo intentarán crear o profundizar en los prejuicios que más les convienen. Los fieles, que no estén desconectados ya, se cansarán pronto del circo y se alejarán un poco más de una Iglesia que se percibe como otra tribu urbana entre la infinidad de las que existen.
Sobre la liquidez eclesial podemos leer unas declaraciones de Mons. Coccopalmerio en la presentación de su libro sobre Amoris Laetitia. Habla sobre el acceso a la Eucaristía y a quienes debe estar vedado el sacramento. No tienen desperdicio:

Pero, ¿a quién no puede la Iglesia admitir de ninguna manera («sería una latente contradicción») conceder los sacramentos? Coccopalmerio responde: al fiel que, «sabiendo que está en pecado grave y pudiendo cambiar, no tuviere ninguna sincera intención para llevar a cabo tal propósito». Es lo que afirma «Amoris laetitia»: «Obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad. Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión…».

En estas declaraciones podemos ver que:


La apariencia está sobre el ser. Lo que resulta importante es ostentar, evidenciar o intentar imponer a los demás algo que no se ajuste a lo que enseña la Iglesia. Si la Iglesia enseña cosas contradictorias, como de hecho lo hace según el documento al que nos refiramos, lo sustancial es “no intentar imponer” a los demás esa visión particular. Es decir, su cojo el Evangelio en el que se indica claramente que el adulterio es un pecado muy grave e intento que los demás comprendan que hay que atender a lo que dice Cristo, antes que lo que se interprete de documentos poco clarificadores, no debería comulgar. “Algo me separa de la comunidad” que acepta que los sacramentos son signos socio-culturales y desconoce toda sacralidad y trascendencia. Debo volver a escuchar el Evangelio, pero cuál evangelio y la invitación a la conversión, pero ¿A qué me tengo que convertir?

Sin duda algunos empezamos a pensarnos si es conveniente, o no, evidenciar una unidad que no es real y consistente. Si nos atrevemos a hacerlo público, dejaremos de tener el acceso a al Eucaristía, ya que hemos pecado de señalamiento del rey desnudo y dar razones de ello. Seríamos excomulgados aparentes, porque en esencia seguimos fieles a la Iglesia de Cristo. Por desgracia hay quienes insinúan que se nos puede considerar como "corruptos" o "corruptores" y aplicando el nuevo magisterio, dejaríamos de tener opciones de salvación. Estaríamos condenados directamente y sin posible remisión. Quien sabe a dónde nos llevará toda esta locura. Sólo Dios lo sabe y Él tenemos que orar con esperanza.

jueves, 16 de febrero de 2017

¿Cisma? ¿Qué Cisma? Planteamiento (I)

Cada día es más habitual escuchar a personas que hablan de cisma dentro de la Iglesia. Cisma (proveniente del griego schisma, separación, división) es la ruptura de la unidad y unión eclesiásticas. De hecho, desde hace décadas existen una inmensa cantidad de cismas dentro de la Iglesia, pero al no ser reconocidos como tales, quedan a nivel de cisma formal. Es decir, existe una ruptura que nos impide vivir unidos la misma fe y trabajar unidos.

Aunque la situación eclesial es muy preocupante, no creo en que lleguemos a un cisma real, porque a nadie le interesa generar una ruptura real y además, la estructura social/eclesial es muy diferente a la que existía hace siglos. Ya no tenemos una fe y una Iglesia sólida, coherente y consistente. La fe y la Iglesia actual es vivo reflejo de la sociedad en que nos movemos y a la que pertenecemos. Si nos damos cuenta, la Iglesia está compuesta por las mismas personas que vivimos en la sociedad actual. Vivimos en una sociedad líquida, por lo tanto la Iglesia se convierte en un apéndice socio/cultural de la misma sociedad.

¿Se puede romper un líquido? Evidentemente no es posible. En todo caso se puede separar, pero para ello hacen falta recipientes diferentes sin conexión alguna entre ellos. Nuestra sociedad, aparte de líquida, es global. Llega a todas partes e impregna la vida de todos los que estamos unidos por los medios de comunicación. Otra cosa es que un grupo de persona se separe totalmente de la sociedad y viva aislado de ella. Por ello no es sencillo generar un cisma en la sociedad en la que vivimos.

Antes, cuando un pastor se separaba de Roma, todos sus sacerdotes y fieles iban detrás, aunque no se hubieran enterado de nada. Cuando la sociedad y la Iglesia eran sólidas, se podían padecer rupturas y separaciones reales. Eso pasó con la Iglesia de Inglaterra cuando Enrique VIII se separó de Roma. El mismo hecho de que el rey asumiera la cabeza de la Iglesia inglesa, produjo un cisma.
Actualmente la sociedad y la Iglesia son líquidas y eso cambia muchas cosas. Plantear un cisma real puede quedar en una tremenda tormenta mediática y poco más. Si Roma ignora el planteamiento separador o dice que al como “¿quién soy para juzgar?”, encogiéndose de hombros, todo seguirá igual, como si nada hubiera pasado. De hecho es lo que viene pasando con frecuencia. Pensemos en el movimiento de curas austriacos y las consecuencias reales que ha tenido su rebeldía. Nada de nada. Seguramente me equivoque, pero soy muy escéptico con las consecuencias de un Cisma real, por muy consecuente y coherente que sea.

"Ser católico" ya no representa un entendimiento coherente y una fe sólida. La sociedad ya no comprende esos conceptos y categorías, porque su modelo es “fluir”, adaptarse. Se católico es una marca, una etiqueta que cualquiera se pone encima por estética socio/cultural. Es cierto que te puedes poner duro e indicar que la etiqueta no se ajusta a la realidad. Puedes llenar 20 libros de razones y hablar durante horas de ello ante los medios. En la postmodernidad las razones no tienen valor alguno. Lo que manda y ordena la sociedad es qué nos sentimos. Si te sientes árbol, todos aceptamos que eres un árbol. ¿Quiénes somos para juzgar? Eres árbol y punto. Te regaré mañana. Si pasas de dar razones a señalar incoherencias te rechazarán porque destrozas la panacea postmoderna. La panacea de la unidad del vacío, la armonía del silencio, la tolerancia de la lejanía mutua, la misericordia que es complicidad y la fe como herramienta social. Serás un rigorista, un “cara de pepinillo en vinagre”, una inadaptado socio/espiritual, un fariseo, pero nadie hará nada contra ti. En el fondo comprenden que te pones la etiqueta de “rigorista” y “disfrutas” haciendo evidente lo que sientes que eres. Eres molesto, pero se te tolerará. Perteneces a  tribu urbana peculiar dentro del fluido social donde nos movemos.


¿Eres cismático? Te preguntarán y como decía Jack Lemmon, en Con Faldas y a lo Loco, te responderán encogiéndose de hombros: "nadie es perfecto". Te insultarán por ser tan poco "tolerante, misericordioso y sociable" pero te dejarán vivir como quieras. ¿A quién le importa que unos u otros se pongan etiquetas entre sí o se pongan a sí mismos la que más les guste? Las etiquetas de "cismático" o la de "testigo del evangelio" o incluso la de "santo" han dejado de tener sentido. La postmodernidad hace que las etiquetas sean sólo apariencias emotivistas y socializadoras. Son formas de reconocerse y reconocer a los demás en un momento dado. Ya nadie desea etiquetarse para toda la vida, porque nos parece que perdemos libertad al hacerlo. 

jueves, 9 de febrero de 2017

El templo interior (II). Cuando lo externo no quiere hablarnos de Dios

Actualmente no resulta especialmente fácil vivir una vida de fe tradicional y profunda. Las comunidades se van convirtiendo en espacios de confrontación de formas de entender, sentir y vivir la fe. Desconfiamos unos de otros y nos etiquetamos con todo tipo de calificativos denigrantes.

Los templos son cada vez más funcionales y asépticos. Parecen salas multifunción que sirven para cualquier actividad comunitaria. No tienen signos ni símbolos sagrados, ya que nos resultan incomprensibles e incluso los despreciamos por ser "anacrónicos".

Las celebraciones litúrgicas han ido cambiando su centro. Ahora se entiende que el centro de la celebración es la comunidad, olvidando el sentido sagrado y trascendente de la Liturgia. Hay tantas Liturgias como comunidades creativas y plurales. Una Liturgia creativa nos lleva a una fe adaptada a cada uno y a las realidades en las que cada cual vive. 

Se acepta con normalidad que conciencia personal está por encima del Sacramento y de la Revelación de Dios, como podemos ver en la forma en que está aplicando la Exhortación Apostólica "Amoris Laetitia". Si hablas de discernir, te cierran la boca clavándola con un "no juzgues". Callarte para que no te atrevas a descubrir el simulacro en que se desarrolla la fe. Vivimos las consecuencias de la postmodernidad, que nos come por lo piés. ¿Cómo podemos responder a ello?

Tenemos tres orientaciones importantes que considerar:
  1. Vivir el espacio sagrado en el Templo Interior que llevamos cada uno de nosotros en nuestro corazón. La Estrella Interior, la Luz de Cristo, habita en este espacio y en él podemos adorar al Señor en Espíritu y Verdad, como Cristo mismo indicó a la Samaritana.
  2. Vivir el tiempo sagrado en cada acto que realizamos. La Liturgia nos abre a la dimensión cósmica de la fe, como Benedicto XVI nos indicó. Vivir desde Cristo y a través de Cristo es posible si dejamos que el Espíritu Santo obre el milagro de la santidad en nosotros. Cada entendimiento, sentimiento o acción, debe ser una oración al Señor, que nos pide orar constantemente.
  3. Vivir la comunidad por medio de la Comunión de los Santos, que nos une y reúne aunque vivamos a 100000 km de distancia unos de otros. La comunidad donde es posible vivir la fe no siempre es la que encontramos cuando vamos a misa, ni la que intentamos ayudar en lo que podemos y se deja ayudar.

Estas tres orientaciones se pueden complementar con una comprensión más profunda del sentido de nuestra vida y del camino de la santidad. Si el mundo ha penetrado en la Iglesia y la ha contagiado de complicidad mundana, nosotros podemos hacer vida real lo que nos dice la Carta a Diogneto:

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.

Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones.

No desesperemos si el mundo parece conquistar la Iglesia, porque es imposible. Pueden conquistar las formas, nombres, apariencias y reclamarse católicos como quien reclama ser de cualquier equipo de fútbol. Las etiquetas se ponen y se quitan con facilidad, porque sólo son apariencia. El ser católico no necesita etiquetas, porque se hace evidente sin tener que reclamar socialmente se considerado como tal. Sin duda la Iglesia subsiste y subsistirá a cualquier ataque del maligno, porque el diablo no puede transformar el ser. Tan sólo puede confundirnos con apariencias y mentiras. Depende de nosotros no escuchar sus cantos de sirena y centrarnos en lo esencial: Cristo, el Logos, Camino, Verdad y Vida.

El Templo Interior es el refugio de quien se ve despojado de un espacio externo donde celebrar los Misterios. La vida cotidiana, se hace Liturgia para quien no puede vivir con profundidad los Misterios en las celebraciones. La Comunión de los Santo, nos entrelaza aunque no estemos suficientemente cercanos unos a otros. Es como ser un ermitaño en mitad del mundo, tal como la Carta a Diogneto nos relata. Tengamos esperanza. En el Templo interior, brilla la Luz de Cristo, doblemos nuestras rodillas y adorémosle.



martes, 24 de enero de 2017

¿A qué unidad aspiramos? Del teólogo Ratzinger a Benedicto XVI


Sigo reflexionando sobra la unidad que tanto necesitamos y que por desgracia, no está cerca todavía. Estos días se puede encontrar en la red una foto de Benedicto XVI unida a un fragmento de un texto del teólogo Joseph Ratzinger, nada más terminado el Concilio Vaticano II. Este es el texto:

… la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

El texto proviene del libro: “Theological Highlights of Vatican II” publicado en plena euforia postconciliar (1966), por lo que debe ser tratado con cierto cuidado. No es adecuado indicar que está escrito por el Papa Benedicto XVI, sino por el teólogo Ratzinger en un momento muy determinado de la historia de la Iglesia. Para contextualizar su contenido hay que indicar que el teólogo Ratzinger habla sobre una propuesta de unidad elaborada por el Edmund Schlink, profesor de la universidad de Heidelberg, en un artículo de prensa. A continuación tienen una referencia más amplia de lo que se puede leer en el libro antes indicado:

Estas consideraciones pueden abrir la manera de responder a la pregunta planteada por el profesor Schlink. ¿El ecumenismo católico no equivale en última instancia a la absorción de las otras Iglesias? ¿No es por lo tanto la Contra-Reforma en una forma diferente? Mientras la unidad se identificara con uniformidad, el objetivo católico no podía dejar de parecer a los cristianos no católicos como una absorción completa en la forma actual de la Iglesia. El reconocimiento de una pluralidad de Iglesias dentro de la Iglesia implica dos líneas de cambio:

(A) El católico tiene que reconocer que su propia Iglesia aún no está preparada para aceptar el fenómeno de la multiplicidad en la unidad; debe orientarse hacia esta realidad. También debe reconocer la necesidad de una renovación católica completa (traducción del editor: revolución), algo que no se puede lograr en un día. Esto requiere un proceso de apertura, que lleva tiempo. Mientras tanto, la Iglesia Católica no tiene derecho a absorber a las otras Iglesias. La Iglesia aún no ha preparado un lugar adecuado para ellos, que es a lo que legítimamente tienen derecho.

(B) Una unidad básica - de iglesias que siguen siendo iglesia, pero que se convierten en una Iglesia - debe reemplazar la idea de conversión, aunque la conversión conserva su significado para aquellos en conciencia estén  motivados a buscarla. (Pr. Joseph Ratzinger, “Theological Highlights of Vatican II” Paulist Press, New York, 1966 p. 61)

En este texto podemos darnos cuenta de la sensación de euforia postconciliar por la forma en que el Profesor Ratzinger señala el problema y cómo se atreve a sugerir el camino de solución. Para el entonces profesor de teología el problema lo tenía la Iglesia Católica, que debía de transformarse según la típica hermenéutica rupturista postconciliar. Esta hermenéutica, alineada con el “espíritu del concilio”, se va a enfrentar con la defensa de la continuidad que el posterior Papa Benedicto XVI promociona como el enfoque correcto para comprender el Concilio Vaticano II. El lector puede fijarse también en el posicionamiento ante el Misterio de la conversión. De hecho deja a la conversión como algo secundario y opcional para el que esté motivado a buscarla. Sin conversión por parte del Espíritu Santo no puede haber docilidad para hacer la Voluntad de Dios, lo que conlleva dejar a la santidad como algo accesorio o secundario para el cristiano.



El postconcilio no dio los frutos que esperaban los promotores del “espíritu del concilio”, por lo que una persona reflexiva y juiciosa, como es el actual Papa Emérito Benedicto, no pudo sostener este punto de vista demasiado tiempo. Siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe nos da otra visión diferente:

No soy un profeta, por eso no me atrevo a decir qué es lo que dirán en cincuenta años, pero creo que será sumamente importante el hecho de que el Santo Padre haya estado presente en todas las partes de la Iglesia. De este modo, ha creado una experiencia sumamente viva de la catolicidad y de la unidad de la Iglesia. La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad, y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad. Esto aparece con gran claridad en el pontificado del Santo Padre con sus visitas pastorales, sus encuentros. (Card. Ratzinger. 30 de noviembre de 2002, Universidad Católica San Antonio de Murcia)

Podemos seguir su línea de pensamiento en otro texto importante, que ya tiene carácter magisterial y que nos ayuda a darnos cuenta que no podemos reducir el ecumenismo a voluntarismo y planificación. Tampoco podemos esperar un unidad sinfónica colocando juntos a muchos músicos con diferentes partituras y estilos. Diversidad como don que completa nuestros limites humanos, pero que debe estar dentro de un todo ordenado y coherente. Esa era la visión del Card Ratzinger en el año 2002. Pero el pensamiento del Cardenal siguió evolucionando. Ya siendo Papa Benedicto XVI su pensamiento se vuelve más profundo y consistente. Cuando se es director de una orquesta sinfónica y se desea que la música sea fiel a la partitura, es necesario dejar las cosas claras:


El tema elegido este año para la Semana de oración hace referencia a la experiencia de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como la describen los Hechos de los Apóstoles; hemos escuchado el texto: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42).

En el versículo citado de los Hechos de los Apóstoles, cuatro características definen a la primera comunidad cristiana de Jerusalén como lugar de unidad y de amor, y san Lucas no quiere describir sólo algo del pasado. Nos ofrece esto como modelo, como norma de la Iglesia presente, porque estas cuatro características deben constituir siempre la vida de la Iglesia.

Primera característica: estar unida y firme en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles; luego en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Como he dicho, estos cuatro elementos siguen siendo hoy los pilares de la vida de toda comunidad cristiana y constituyen también el único fundamento sólido sobre el cual progresar en la búsqueda de la unidad visible de la Iglesia.

El segundo elemento es la comunión fraterna. En el tiempo de la primera comunidad cristiana, así como en nuestros días, esta es la expresión más tangible, sobre todo para el mundo externo, de la unidad entre los discípulos del Señor. Leemos en los  Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos lo tenían todo en común y quien tenía posesiones y bienes los vendía para repartirlos entre los necesitados (cf. Hch 2, 44-45). Este compartir los propios bienes ha encontrado, en la historia de la Iglesia, modalidades siempre nuevas de expresión. Una de estas, peculiar, es la de las relaciones de fraternidad y amistad construidas entre cristianos de diversas confesiones. 

Tercer elemento: en la vida de la primera comunidad de Jerusalén era esencial el momento de la fracción del pan, en el que el Señor mismo se hace presente con el único sacrificio de la cruz en su entrega total por la vida de sus amigos: «Este es mi cuerpo entregado en sacrificio por vosotros... Este es el cáliz de mi sangre... derramada por vosotros». «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del Misterio de la Iglesia» (Ecclesia de Eucharistia, 1). La comunión en el sacrificio de Cristo es el culmen de nuestra unión con Dios y, por lo tanto, representa también la plenitud de la unidad de los discípulos de Cristo, la comunión plena.

Por último, la oración —o, como dice san Lucas, las oraciones— es la cuarta característica de la Iglesia primitiva de Jerusalén descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La oración es desde siempre la actitud constante de los discípulos de Cristo, lo que acompaña su vida cotidiana en obediencia a la voluntad de Dios, como nos lo muestran también las palabras del apóstol san Pablo, que escribe a los Tesalonicenses en su primera carta: «Estad siempre alegres, sed constantes en orar, dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros» (Benedicto XVI. Audiencia general. 19/1/11)

Benedicto XVI en el año 2011 se separa bastante del teólogo Ratzinger del año 1966. resumo lo que propone el ahora Papa Emérito, por medio de los cuatro elementos que deben guiar la unidad de los cristianos:

1) Tradición Apostólica. Es raíz del árbol de la unidad
2) Fraternidad, que es más que complicidad, amistad, gregarismo o comunidad. Es la naturaleza que nos une y reúne.
3) Sacralidad: trascendencia. Misterio y sacramentos. Es la savia que nutre y fortalece la humanidad caída que todos tenemos.
4) Oración. Es la flor que espera la mano de Dios para dar abundante fruto.

Desgraciadamente utilizamos los lenguajes humanos para crear apariencias y engañarnos unos a otros. Sabemos pervertir el entendimiento y destrozar la coherencia, intentando que Verdad sea nuestra herramienta y no al revés. Deberíamos ser instrumentos de la Verdad. ¿Qué sentido tiene distribuir una frase descontextualizada del teólogo Ratzinger, sobre una foto del Papa Benedicto XVI? 

Desde mi humilde punto de vista, lo que se busca es ganar la “partida” antes que desgastarnos suplicando que la Verdad nos acoja en su infinita bondad. El dolor que hace que la Iglesia se retuerza y gima, proviene de nuestra tendencia querer ser los protagonistas del show que nosotros mismos montamos. Es marketing se convierte en fe y esto no nos puede llevar muy lejos. Sigamos orando por la unidad de los cristianos. Unidad que sólo puede existir si profundizamos en los cuatro elementos enunciados por el Papa Benedicto.

Resalto la palabra profundizar, porque la tendencia actual es señalar que lo fundamental de la unidad es la dimensión horizontal y no la vertical. Utilizando un símil, nos contentamos con conseguir que llamemos “árbol” al bosque y así no tener que convertirnos y conseguir tener la misma raíz de la Tradición y que la savia de lo sagrado no corra por nuestro interior. El árbol tiene ramas diferentes, pero la diversidad de ramas nunca puede ser confundida con unidad de naturaleza y ser que Cristo quiere para Su Iglesia. La diversidad es un don que hace posible que los carismas personales se unan para ser una Iglesia santa, católica y apostólica.

jueves, 19 de enero de 2017

¡Unidad! Pero que sea verdadera, no sólo apariencias vacías. San Agustín

Podemos poner el símil de un cristal de una ventana que estaba perfectamente, pero la acción egoísta del ser humano ha ido partiendo de pedazos cada vez más pequeños y separados en sí. Cuando más separación exista, es más difícil ver el paisaje que ha detrás. Paisaje que en el símil sería Cristo que quiere transparentarse en el mundo a través de nosotros y de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene decidir que lo importante es que los trozos estén aparentemente unidos cuando las roturas hacen inviable que la ventana muestre el exterior? Hasta podemos engañarnos diciendo que lo importante es que entre luz y que cada cual se imagine el exterior como quiera. De hecho esto es lo que estamos haciendo desde hace décadas.

Empezamos la semana de oración para la unidad de los cristianos y como siempre, nos centramos más en la unidad aparente que en la unidad real. El objetivo es sacarnos algunas fotos juntos y decir que todos estamos muy interesados en la unidad. Decimos que “es más lo que nos une que lo que nos divide”, pero no valoramos el peso o profundidad de lo que nos separa. En la Iglesia Católica se hacen actos y grandes discursos para los medios, mientras internamente somos incapaces de vivir cerca unos de otros. Esto tiene un nombre claro: hipocresía.

Llamamos a la "unidad externa" mientras somos incapaces de establecer un diálogo interno que aclare qué nos pasa y qué es lo que queremos como Iglesia. Sin diálogo no se anda el camino en la unidad y dentro de la Iglesia el “silencio que desprecia”, se ha convertido en un arma. Cuando no hay respuesta al diálogo ofrecido, el Espíritu Santo no puede actuar. Nos lo explica San Agustín con claridad:

El que no está dentro de esa Iglesia, ni ahora siquiera recibe el Espíritu Santo. Cortado, pues, y separado de la unidad de los miembros, unidad que es la que habla las lenguas de todos, tiene que renunciar al Espíritu, no tiene el Espíritu Santo. Porque, si lo tiene, que muestre los signos que entonces se mostraban. ¿Qué significa que muestre las señales que entonces se mostraban? Que hable en las lenguas de todos. Me responde él: ¿Por qué? ¿Hablas tú las lenguas de todos? Las hablo, en efecto, porque toda lengua es mía, es decir, de aquel cuerpo del que soy miembro yo. La Iglesia, difundida por las naciones, habla todas las lenguas. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, y de ese cuerpo eres miembro tú; luego, como eres miembro de este cuerpo que habla todas las lenguas debes creer que tú las hablas también todas. La unidad de los miembros mantiene su concordia perfecta por la caridad, y la unidad habla las mismas lenguas que hablaba entonces un solo hombre. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan. 32, 7)

Las lenguas, que son las formas de comunicar, no son importantes para el Espíritu, porque su acción nos permite superar las murallas comunicativas. Lo que realmente nos separa o nos une, no son las apariencias del lenguaje, sino lo que sustancialmente se comunica cuando dialogamos. La Iglesia tiene un símbolo de unidad de gran valor y profundidad: el Papa. El Papa debe ser signo de unidad entre todos nosotros. Pedro es quien debe apacentar las ovejas y reunirlas en un solo rebaño. Da igual que sean de razas, colores y costumbres diferentes. Da igual que su forma de comunicarse sea diferente. Lo esencial es apacentar al rebaño y confirmarlo en la fe que nos une entre nosotros y nos une con la Iglesia desde el siglo I. De ahí la importancia del Papa como defensor de la Tradición Apostólica, que es sustancial para que las apariencias sean lo que más nos importe.

La caridad es fundamental. Es la sangre que nos debería unir. La caridad no puede detenerse por razones de política de grupo o de tendencia ideológica. Es cierto que la postmodernidad nos ofrece diversas falsas panaceas, como la armonía del silencio o la paz de la lejanía. Es cierto que la Iglesia lleva tiempo utilizando estas panaceas como forma de convivir internamente. Pero también es cierto que el silencio y la lejanía destrozan la unidad, por mucho que se ofrezcan como logros ecuménicos.

¿Qué es lo que vemos actualmente? Vemos que dentro de la Iglesia se van creando roturas en forma de guetos internos que viven “su” fe de diferente forma que los demás. Vemos que cada parroquia o grupo, personaliza la Liturgia para adaptarla a su estética y emotividad. Vemos que en algunos de estos guetos se habla más de sus segundos salvadores que del Evangelio y de Cristo. Vemos que la santidad deja de ser el objetivo, dejando paso a conceptos psico-sociales, como el liderazgo y la eficiencia misionera. Vemos que la evangelización se está centrando en elaborar atractivas estrategias de marketing que consigan discípulos que se unan a una especie de estrategia piramidal.

No podemos descartar ver en el futuro a tradicionalistas católicos, valdenses y luteranos aparentemente futuro. Unidos por “todo lo que nos une” que básicamente una etiqueta, pero incapaces de vivir la misma fe en verdadera comunión. Eso sí, a quienes señalan que esto es un macabro juego del maligno, se les margina sin misericordia alguna. La misericordia se reserva para quienes juegan al juego de la unidad aparente, vistiéndose con las modas eclesiales de cada momento.

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